En tiempos distantes y nebulosos, allí donde se pierde el recuerdo de

los orígenes de la nacionalidad argentina, Santos Vega fué el más

potente payador. Su numen era inagotable en la improvisación[228] de

endechas, ya tiernas, ya humorísticas; su voz de timbre cristalino y

trágico inundaba el alma de sorpresa y arrobamiento; sus manos

arrancaban a la guitarra acordes que eran sollozos, burlas,

imprecaciones. Su fama llenaba el desierto. Ávida de escucharlo acudía

la muchedumbre de los cuatro rumbos del horizonte. En las "payadas[229]

de contrapunto", esto es, en las justas o torneos de canto y verso,

salía siempre triunfante. No había en las pampas trovador que lo

igualara, ni recuerdo de que alguna vez lo hubiese habido. Dondequiera

que se presentase rendíale el homenaje de su poética soberanía aquella

turba gauchesca tan amante de la libertad y rebelde a la imposición.

Para el alma sencilla del paisano, dominada por el canto exquisito,

Santos Vega era el rey de la Pampa.

A la sombra de un ombú, ante el entusiasta auditorio que atraía siempre

su arte, inspirado por el amor de su "prenda", una morocha de ojos

negros y labios rojos, cantaba una tarde Santos Vega, el payador, sus

mejores canciones. En religioso silencio escuchábanle hombres y mujeres,

conmovidos hasta dejar correr ingenuamente las lágrimas.... En esto se

presenta a galope tendido un forastero, tírase del caballo, interrumpe

el canto y desafía al cantor. Es tan extraño su aspecto, que todos temen

vaga y punzantemente una desgracia. Pálido de coraje, Santos Vega acepta

el desafío, templa la guitarra y canta sus _cielos_ y _vidalitas_. Y

cuando termina, creyendo imposible que un ser humano le pueda vencer,

los circunstantes lo aplauden en ruidosa ovación. Hácese otra vez

silencio. Tócale su turno al forastero....[230] Su canto divino es una

música nunca oída, caliente de pasiones infernales, rebosante de ritmos

y armonías enloquecedoras.... ¡Ha vencido a Santos Vega! Nadie puede

negarlo, todos lo reconocen condolidos y espantados, y el mismo payador

antes que todos.... ¡Adiós fama, adiós gloria, adiós vida! Santos Vega

no puede sobrevivir a su derrota.... Acaso el vencedor, en quien se

reconoce ahora al propio diablo, al temido Juan sin Ropa, habiendo

ganado, y como trofeo[231] de su victoria, pretenda el alma del

vencido.... Desde entonces, en efecto, desapareciendo del mundo de los

mortales, Santos Vega es una sombra doliente, que, al atardecer y en las

noches de luna, cruza a lo lejos las pampas, la guitarra terciada en la

espalda, en su caballo veloz como el viento.

Poetas populares y poetas cultos han cantado hermosamente la leyenda de

Santos Vega. La crítica le ha encontrado hoy un sentido épico. El[232]

diablo es la moderna civilización, que, con las máquinas y fábricas de

su portentosa técnica, vence al gaucho y lo desaloja de sus vastos

dominios. Como los primitivos cantores no podían prever este destino

del gaucho, el símbolo viene a ser posterior, y, en realidad, no

encuadra sino vagamente y por coincidencia en los verdaderos términos de

la leyenda. Su origen está más bien, a mi juicio, en la doctrina bíblica

del _Génesis_. Como los metafísicos[233] la adaptaron a la filosofía con

su concepto de la "edad de oro", los gauchos la traducen en su leyenda

de Santos Vega. Santos Vega en la Pampa fue Adán en el Paraíso

Terrestre, antes de incurrir en el pecado original. Su "prenda" ocupa el

mismo lugar secundario de Eva. El demonio tienta su orgullo de dueño y

señor de la[234] llanura. Él, estimulado por la presencia de la morocha,

acepta el reto, y es vencido. El demonio lo desaloja de sus dominios. El

ombú hace, aunque imperfectamente, el papel del árbol de la ciencia y

del bien y del mal. Lo cierto es que la ciencia vencedora, el arte del

demonio, se identifica al mal, contraponiéndola al bien, al arte

espontáneo, a la inspiración del payador que viene de Dios. Así, aunque

traidoramente vencido por sobrehumanas fuerzas, y quizá por su misma

derrota tan trágicamente humana, Santos Vega queda triunfante en el alma

del pueblo, y su sombra ha de verse pasar a la distancia mientras exista

un palmo de tierra argentina.

LA TRADICIÓN DE LUCÍA MIRANDA

C. O. BUNGE

Apenas descubierto el estuario que se llamaría más tarde río de La

Plata, sin dejarse intimidar por la trágica muerte de su glorioso

descubridor, don Juan Díaz de Solís, remontó en 1526 sus

majestuosas[235] aguas don Sebastián Gaboto, marino veneciano[236] al

servicio de España. Penetrando por primera vez en el río Paraná, fundó,

en la desembocadura del río Carcarañá, sobre su margen izquierda, el

fuerte del Espíritu Santo. Clavada allí la bandera de Castilla, dejó el

fuerte a cargo de su guarnición, subió hasta las cataratas del Iguazú, y

luego, por diversas circunstancias regresó a España.

[Illustration: CARLOS OCTAVIO BUNGE]

Dos años habían pasado desde la partida de Gaboto, y el fuerte del

Espíritu Santo conservaba su paz inalterable. Gobernábalo un hombre de

distinguido mérito, don Nuño de Lara, en quien delegó Gaboto el mando.

Una severa disciplina, sostenida por el ejemplo, quitaba a los suyos

toda[237] ocasión de desmandarse. Por su propia seguridad, los españoles

mantenían pacífico trato con una vecina tribu de indios, los timbúes. La

buena inteligencia y los oficios de la cordialidad más expresiva

apretaban de día en día los nudos de esa útil alianza.

Había entre los españoles una dama, Lucía Miranda, mujer del soldado

Sebastián Hurtado. El cacique de los timbúes, Mangoré, prendado de su

belleza, olvidó que era casada y resolvió hacerla su esposa. Decidido a

robarla, preparó una horrible traición. Aprovechando una oportunidad en

que salieron del fuerte, para procurarse víveres, buena parte de sus

pobladores, al mando de uno de los capitanes, presentóse como amigo,

seguido de treinta indios cargados de subsistencias. Esperaba afuera sus

órdenes, escondido en la maleza y bien adoctrinado, su hermano Siripo,

al mando de numerosa horda.

Sin sospechar los ocultos designios del cacique, recibió el donativo muy

atento y agradecido don Nuño de Lara. Con su castellana generosidad,

acogió a Mangoré y a su séquito bajo su mismo techo. Obsequióles con un

espléndido festín, brindando confundidos españoles e indios al dios[238]

de la amistad. Cuando terminó el festín recogiéronse a dormir unos y

otros. El sueño rindió a los españoles. Y, entrada ya la noche, en el

silencio[239] y las sombras, Mangoré cambió sigilosamente sus señas y

contraseñas con su hermano Siripo; hizo prender fuego a la sala de armas

y abrió las puertas del fuerte. De común acuerdo, los indios de Mangoré

y de Siripo cayeron sobre los españoles dormidos. Algunos de éstos

lograron sus armas, trabándose en combate siniestro. Con increíble

valor, Lara repartía en cada golpe muchas muertes. En medio de la

refriega buscó y encontró al fin a Mangoré. Aunque con una flecha en el

costado, abrióse paso entre la confusa multitud hasta que pudo herir al

traidor. La flecha, entretanto, con el movimiento y la lucha, habíale

penetrado hondamente. Ambos, el cacique indio y el denodado capitán

castellano, cayeron muertos. Sólo escaparon con vida del desastre

algunos niños y mujeres, entre ellas Lucía Miranda, su inocente causa.

Todos fueron llevados a presencia de Siripo, sucesor del detestable

Mangoré, quien los guardó cautivos.

Al siguiente día volvió al fuerte Sebastián Hurtado. Su dolor fué igual

a su sorpresa, cuando, después de encontrarse con ruinas en vez del

baluarte, buscaba a su consorte y sólo hallaba despojos de la muerte.

Luego que supo su cautividad, no[240] dudó un punto entre los extremos

de morir o rescatarla. Precipitadamente se escapó de los suyos y llegó

hasta la presencia de Siripo. Pero este bárbaro, habiendo muerto

Mangoré, cacique él ahora de los timbúes, olvidóse como su finado

hermano que Lucía era casada, y aspiraba a su vez a tomarla por esposa.

Ya que se le presentaba tan inopinadamente el legítimo marido, ardiendo

en celos infernales, decidió matarlo. Comprendió la heroica mujer la

suerte que esperaba a Hurtado, y, estimando más la vida de su marido que

la propia, renunció al tono altivo con que antes contestaba los avances

de Siripo, y tomó a sus pies el tono de la súplica y el llanto. De tal

modo consiguió que el cacique revocara su sentencia de muerte y salvó la

vida a Hurtado; mas con la dura condición de que el soldado castellano

se divorciase para siempre de Lucía y eligiera otra esposa entre las

doncellas timbúes. Acaso por ganar partido en el corazón de la bella

mujer blanca, que se mantenía firme en su resistencia a aceptarlo por

esposo, el cacique llegó a permitirles[241] que se vieran de vez en

cuando. No por eso consiguió el consentimiento de Lucía, que, como

española y como cristiana, estaba resuelta a perder antes la existencia

que la honra. Al contrario, en algunas de las breves entrevistas de los

esposos, pudo notar que ambos renovaban sus juramentos de conyugal

fidelidad. Entonces su furia no tuvo límites. Hizo atar a Sebastián

Hurtado a un árbol, donde se le mató a saetazos, y mandó arrojar[242] a

Lucía Miranda a una hoguera. Así, después de largo martirio y

cautiverio, murieron ambos esposos, para eterno ejemplo de amor y de

virtud.

Verdadera o fantástica, esta tradición ha perdurado en la mente de los

habitantes del río de la Plata. Dos siglos y medio después de que

ocurrió o pudo ocurrir el épico y luctuoso suceso, servía[243] él de

argumento a una hermosa tragedia de corte clásico, en verso y tres

actos, titulada _Siripo_. Su autor, el doctor Manuel José de Labardén,

que nació en Buenos Aires en 1754 y murió probablemente poco antes de la

gloriosa revolución de 1810, puede considerarse el más antiguo de los

poetas cultos de la literatura argentina. Su obra, en sonoros

hendecasílabos castellanos, representóse en el llamado _Corral_.

Componíase este sitio, que[244] hacía las veces de teatro, de un terreno

rodeado de un cerco o muralla baja y algún rancho en el fondo, para

guardar sus vituallas o adminículos. Una chispa de un cohete disparado

en la iglesia[245] de San Juan con motivo de celebrarse una fiesta

religiosa, ocasionó un incendio que redujo a cenizas el rancho. En el

incendio se quemó el precioso manuscrito de la tragedia, conservándose

sólo algunos largos fragmentos. Perdida la obra de Labardén, las sombras

familiares y heroicas de Lucía Miranda, Sebastián Hurtado, Mangoré y

Siripo esperan, pues, el poeta que las cante en las nuevas generaciones

de argentinos.

EL LUCERO DEL MANANTIAL

EPISODIO DE LA DICTADURA DE DON JUAN MANUEL ROSAS

MANUELA GORRITI

I. María

Era la hora en que calla el áspero relincho del potro salvaje; en que el

"cucuyo" se adormece sobre el sinuoso tronco de los algarrobos, y en que

el misterioso "pacui" comienza su lamentable[246] canto. La luna alzaba

su disco brillante tras los cardos de la inmensa llanura; y su argentado

rayo, deslizándose entre el frondoso ramaje de los "ombús" y las góticas

ojivas de la ventana, bañaba con ardor el dulce rostro de María.

¡Viajeros del Plata! En vuestras lejanas excursiones en las campañas,

¿oísteis hablar de María?[247] Su recuerdo vive todavía en las

tradiciones del Sur. María era la flor más bella que acarició la brisa

tibia de la Pampa. Alta y esbelta como el junco azul de los arroyos,

semejábale también en su elegante flexibilidad. Sombreaba su hermosa

frente una espléndida cabellera que se extendía en negros espirales

hasta la orla de su vestido. Sus ojos, en frecuente contemplación del

cielo, habían robado a las estrellas su mágico fulgor; y su voz dulce y

melancólica como el postrer sonido del arpa, tenía inflecciones de

entrañable ternura que conmovían el corazón como una caricia. Y cuando

en el silencio de la noche se elevaba cantando las alabanzas del Señor,

los pastores de los vecinos campos se prosternaban creyendo escuchar la

voz de algún ángel extraviado en el espacio. El viajero que la divisaba

a lo lejos pasar envuelta en su blanco velo de virgen a la luz del

crepúsculo, bajo la sombra de los sauces, exclamaba: "¡Es una hada!"

Pero los habitantes del "pago" respondían: "Es la hija del comandante,

el _Lucero del Manantial_."

En los últimos confines de la frontera del Sur, cerca de la línea que

separa a los salvajes de las poblaciones cristianas, en el Pago del

Manantial y entre los muros de un fuerte medio arruinado, habitaba María

al lado de su padre, entre los soldados de la guarnición. El adusto

veterano, antiguo compañero de Artigas, sólo desarrugaba el ceño de su

frente surcada de cicatrices para sonreír a su hija. Para aquellos

hombres hostigados por frecuentes invasiones y cuyos rostros tostados

por el sol de la Pampa expresaban las inquietudes de una perpetua

alarma, era María una blanca estrella que alegraba su vida derramando

sobre ellos su luz consoladora.

Pero ella, que era la alegría de los otros, ¿por qué estaba triste? ¿Qué

sombra había empañado el cristal purísimo de su alma? La hora del dolor

había sonado para ella, y María pensaba,... pensaba en su amor.

II. Un Sueño

Una noche vino a turbar una visión el plácido sueño de la virgen. Vió un

vasto campo cubierto de tumbas medio abiertas y sembrado de cadáveres

degollados. De todos aquellos cuellos divididos manaban arroyos de

sangre que, uniéndose en un profundo cauce, formaban un río cuyas rojas

ondas murmuraban lúgubres gemidos y se ensanchaban y subían como una

inmensa marea. Entre el vapor mefítico de sus orillas y hollando con

planta segura el sangriento rostro de los muertos, paseábase un hombre

cuyo brazo desnudo blandía un puñal.

Aquel hombre era bello; pero con una belleza sombría como la del

arcángel maldito; y en sus ojos azules como el cielo, brillaban

relámpagos siniestros que helaban de miedo. Y, sin embargo, una

atracción irresistible arrastró a María hacia aquel hombre y la hizo

caer en sus brazos. Y él, envolviéndola en su sombría mirada, abrasó sus

labios con un beso de fuego, y sonriendo diabólicamente rasgóla el pecho

y la arrancó el corazón, que arrojó palpitante en tierra para partirlo

con su puñal. Pero ella, presa de un dolor sin nombre, se echó a sus

pies y abrazó sus rodillas con angustia. En ese momento se oyó una

detonación, y María, dando un grito se despertó.

III. El Encuentro

--¡Era un sueño!--exclamó palpando su pecho virginal, agitado todavía

por los tumultuosos latidos de su corazón.--¡Era un sueño!

Y pasando la mano por su frente para alejar las últimas sombras del

terrible sueño, María saltó del lecho, vistió sus ropas de fiesta,

trenzó con flores su larga cabellera, y sentada gallardamente sobre el

lustroso lomo de un brioso alazán, dióse gozosa a correr por los frescos

oasis, sembrados como una vía láctea en las inmensas llanuras del Sur.

De repente el fogoso potro robado a las numerosas manadas de los

salvajes, aspirando con rabioso deleite las magnéticas emanaciones que

el viento traía de su agreste patria, sacudió su larga crin, mordió el

freno, y burlando la débil mano que lo regía, partió veloz como una

flecha, saltando zanjas y bebiendo el espacio. María, pálida de espanto,

vióse arrebatar lejos del límite cristiano al través de las complicadas

sendas que trillan los bárbaros con el afilado casco de sus corceles; y

su terror crecía a la vista de un bosque negro que terminaba el

horizonte, y entre cuyo ramaje el miedo dibujaba sombras confusas que se

agitaban.

De improviso vibró en el aire un silbido extraño, semejante al chillido

de un águila, y el caballo embolado por una mano invisible se abatió

sobre sí mismo a tiempo que la joven se deslizaba al suelo sin sentido.

Al volver en sí, se encontró reclinada en los brazos de un hombre y con

la mejilla apoyada en su pecho. Ese hombre era sin duda quien la había

salvado; y María, separándose de sus brazos, alzó hacia él una mirada de

gratitud. El joven era bello; pero al verlo María dió un grito y volvió

a caer exánime a los pies del incógnito.

Aquel hermoso joven era el fantasma de su sangriento sueño.

IV. Amor y Agravio

Ocho días más tarde María, velando inquieta, con el oído atento y la

mirada fija, medio desnuda y oculta tras las vetustas ojivas, esperaba

todas las noches a un hombre que, llegando cautelosamente al pie del

ombú, asíase a sus ramas, escalaba la ventana y caía en sus brazos. Y la

joven lo estrechaba en ellos con pasión; y apartándolo luego de sí,

contemplábalo con delicia y volvía a arrojarse en sus brazos,

exclamando: ¡Manuel! ¡Manuel! por qué te amo tanto, a ti que no sé quién

eres, a ti el terrible fantasma de mi sueño? Y, sin embargo, quien

quiera que seas, vengas del cielo o del abismo, y, aunque despedaces mi

pecho y me arranques el corazón, ¡te amo! ¡te amo!

Y María deliraba de amor, hasta que la luz del alba le arrebataba a su

amante que, deslizándose furtivamente entre el obscuro ramaje, se

desvanecía con las sombras.

Pero una vez María lo esperó en vano. Y desde entonces, cada noche, sola

y con el corazón palpitante de dolorosa ansiedad, vió pasar sobre su

cabeza y perderse en el horizonte todos los astros del cielo, sin que

aquél que alumbraba su alma volviera a aparecer jamás.

Por ese tiempo, la antorcha de la guerra civil abrasó aquellas comarcas,

y el fragor del cañón homicida ahogó las risas y los gemidos.

V. Dieciséis Años Después

En las últimas horas de un día de verano, una silla de posta atravesó

rápidamente las calles de Buenos Aires, y entró en el patio de una

hermosa casa en la calle de la Victoria. Un hombre de porte distinguido

que, asomado al balcón, parecía[248] esperar con impaciencia, bajó

presuroso, y adelantándose al cochero, corrió a abrir la portezuela del

carruaje, tendiendo los brazos a una bellísima mujer que se arrojó a su

cuello: ¡Mi amada María!--¡Amigo mío!--exclamaron ambos a la vez

estrechándose con ternura.

--¿Y mi hijo?... ¿Mi Enrique?--dijo de pronto la dama arrancándose de

los brazos de su marido y tendiendo en torno una codiciosa mirada.

--Nuestro hijo, respondió él haciéndola entrar en un magnífico

salón,--nuestro hijo,--amada mía, se halla en esta hora en el momento

más solemne de su vida escolar: da un brillante examen. Acabo de dejarlo

triplemente coronado; pero el premio más grato será el beso de su madre.

--¡Querido niño! ¿Es tan bello como a los doce años? ¡Oh!...

¡Alberto!... ¡Perdón!

--¿Perdón? ¿Y de qué?, amada María. ¿De ser una buena madre como eres

una buena esposa? ¡Al contrario!, gracias por el amor que guardas para

ese hijo cuya ternura ha alumbrado los tristes días de tu ausencia en

los cinco años que me has dejado aquí sólo. ¡Ah! ¿Qué placer encontrabas

en habitar Córdoba, lejos de tu hijo... lejos de tu esposo?

--¡Oh! ¡Alberto, noble y generoso corazón!--exclamó ella doblando una

rodilla ante su marido.

Alberto la alzó en sus brazos: ¡Todavía esa injusta timidez! ¡Todavía

esos importunos recuerdos! Me habéis prometido desecharlos y[249] ser

feliz.

--Y soy dichosa, amigo mío. ¿Quién no lo sería cerca de ti? Pero, a

medida que el tiempo pasa, la audaz confianza de la juventud desaparece,

reemplazándola medrosos recelos. ¿Será falta de[250] fe? No, pues yo

creo en ti como en el Dios del cielo; pero mientras más grande, mientras

más[251] sublime me aparecías, menos digna me encontraba de acercarme a

ti, y lo que tú llamas obstinación era un doloroso ostracismo.

--¡Pobre María! ¡Que nunca te oiga hablar así! ¡nunca! Te lo pido en

nombre de tu hijo. Toca este corazón; es tu más firme apoyo. Reposa

confiada sobre él, pues sólo alienta para ti.[252]

--¡Oh! ¡Dios mío!--dijo ella reclinándose en el seno de su marido, y

elevando al cielo una mirada de gratitud.--¡Dios mío!, bendito seas

porque has enviado al mundo degenerado que te reniega, estos seres de

paz, de indulgencia y de amor para redimir su iniquidad y hacernos creer

que en verdad formaste al hombre a tu divina imagen. Dieciséis años han

pasado, dieciséis años... y en cada uno de esos días, en cada una de

esas horas ví brotar en ese corazón, elevarse y resplandecer, alguna

nueva virtud. Dieciséis años hace encontréme un día abandonada, sola

entre mi dolor y un secreto terrible. La muerte era mi único recurso;

pero yo no podía morir. Junto a mi corazón desgarrado palpitaba otro

corazón que me pedía la vida y me encadenaba a una existencia de

oprobio. Tú me apareciste entonces, Alberto.--Te amo, me dijiste, y mi

amor ha penetrado el secreto de tu dolor. ¿Quieres confiarte en mí? Yo

seré tu esposo, tu amigo, y..., me dijiste al oído, el padre de tu hijo.

--¡Y bien! ¡Y bien!--la interrumpió Alberto, con esa brusca genialidad

de las almas generosas, para velar su grandeza.--¡Vaya un gran

mérito![253] ¡Cumplir con una misión que nos haga feliz!

Desgraciadamente, amada mía, no siempre es tan fácil conciliar el deber

con la felicidad. Hoy, por ejemplo, colocado entre el amor y la

conciencia, voy a sacrificar al deber la dulce costumbre de una antigua

amistad. Yo que hasta ahora he sostenido a mi amigo con todos los

recursos de mi influencia, voy a enarbolar contra él el estandarte de la

oposición; y el cuerpo legislativo, que actualmente presido, me verá con

asombro alzarme contra el voto que pretende dar a Rosas la facultad de

reunir todos los poderes del Estado.

A estas palabras de su esposo, María palideció.

--¡Oh! ¡Alberto!--dijo, estrechando su mano con terror,--en nombre del

cielo no toques la garra del tigre porque te despedazará!... Te

despedazará y hará de tu cadáver una grada más para escalar la cima del

poder.

--Y bien, amiga mía, moriría con la muerte de los buenos en el

cumplimiento del deber. Pero tranquilízate, amada María; Rosas tiene un

alma capaz de comprender mi sacrificio y me conservará su estimación,

aunque me haya quitado su amistad.

En ese momento un ujier anunció a Alberto que la cámara reunida esperaba

a su presidente para[254] discutir la importante cuestión del día.

Alberto despidió al ujier y volvió hacia su mujer una mirada de ternura.

--¿Lo veis, querida mía?--le dijo,--mi sacrificio comienza desde ahora.

Apenas he tenido tiempo de posar mis ojos en tu semblante, la voz del

deber me llama lejos de tí; y aunque sea por muy pocas horas, toda

separación en este momento me parece eterna....

Alberto se interrumpió. Habríase dicho que sus palabras encontraron

algún eco misterioso en el fondo de su alma. Pero reponiéndose luego

dijo a su esposa sonriendo:--Te dejo, amiga mía; pero voy a enviarte a

Enrique y él desvanecerá para siempre esos importunos recuerdos que

turban todavía la paz de tu alma.

Y besando tiernamente la mano que ella le tendía, salió no sin volverse

muchas veces para contemplarla.

VI. Madre e Hijo

Cuando la dama quedó sola alzó los ojos al cielo con dolorosa

expresión.--¡Jamás!--exclamó, ¡Jamás!... ¡Nunca se borrará esa imagen

que encuentro siempre en el horizonte de mis recuerdos, en el semblante

de mi hijo y en mi propio corazón! ¡He ahí esa frente altiva y

meditabunda! ¡He ahí esos rasgados ojos azules de tan sombría y sin

embargo tan hermosa mirada!... ¡Manuel! ¡Manuel!

La puerta se abrió con estrépito, y un hermoso mancebo de dieciséis

años, de porte arrogante y risueña expresión, se precipitó en la sala y

corrió a arrojarse en los brazos de la dama que lo estrechó en ellos

sollozando y besó mil veces sus mejillas y su frente.

--¡Qué hermosa eres, mamá!--decía el joven, contemplando extasiado el

radioso semblante de su madre.--Aunque tenía muy presentes las facciones

de tu rostro, no creía que fueras tan bella. ¡Bendición del cielo![255]

¡Dejar la fría[256] atmósfera del colegio para venir a contemplar los

rayos de este bello sol que da vida a mi vida y calor a mi alma!

--¡Poeta! ¡Poeta!--decía ella, sonriendo tiernamente a su hijo y

meciéndolo como un niño en sus rodillas.--Me está recitando un madrigal.

--A propósito,--dijo el joven dejando su actitud de abandono y

sentándose al lado de su madre.--Manuela Rosas me envió su álbum

pidiéndome[257] un soneto. ¡Y lo había olvidado! ¡Ya! la veo tan pocas

veces. Y no porque ella no sea una criatura amabilísima; pero me aleja

de su lado el extraño sentimiento que me inspira su padre. Llamaríalo

odio si su amistad con la mía no hicieran[258] el odio imposible.

Argentina, Legend and History · 第 6 / 25 段