esta peculiaridad de la Península, este grito característico de
Zaragoza,[162] _¡guerra a cuchillo!_, es aquí más real que en
España.[163] El cuchillo, a más de un arma, es un instrumento[164] que
le sirve para todas sus ocupaciones; no puede vivir sin él; es como la
trompa del elefante, su brazo, su mano, su dedo, su todo. El gaucho, a
la par de jinete, hace alarde de valiente y el[165] cuchillo brilla a
cada momento, describiendo círculos en el aire a la menor provocación,
sin provocación alguna, sin otro interés que medirse con un desconocido;
juega a las puñaladas como jugaría a los dados. Tan profundamente entran
estos hábitos pendencieros en la vida íntima del gaucho argentino, que
las costumbres han creado sentimientos de honor y una esgrima que
garantiza[166] la vida. El hombre de la plebe de los demás países toma
el cuchillo para matar, y mata; el gaucho argentino lo desenvaina para
pelear, y hiere solamente. Es preciso que esté muy borracho, es preciso
que tenga instintos verdaderamente malos o rencores muy profundos, para
que atente contra la vida de su adversario. Su objeto es sólo
_marcarlo_, darle una tajada en la cara, dejarle una señal indeleble.
Así se ve a estos gauchos[167] llenos de cicatrices, que rara vez son
profundas. La riña, pues, se traba por brillar, por la gloria[168] del
vencimiento, por amor a la reputación. Ancho círculo se forma en torno
de los combatientes, y los ojos siguen con pasión y avidez el centelleo
de puñales, que no cesan de agitarse un momento. Cuando la sangre corre
a torrentes, los espectadores se creen obligados en conciencia a
separarlos. Si sucede una _desgracia_, las simpatías están por el que se
desgració; el mejor caballo le sirve para alejarse a parajes lejanos, y
allí lo acoge el respeto o la compasión. Si la justicia le da alcance,
no es raro que haga frente, y si _corre a la partida_,[169] adquiere un
renombre desde entonces que se dilata sobre una ancha circunferencia.
Transcurre el tiempo, el juez ha sido mudado, y ya puede presentarse de
nuevo en su pago sin que se proceda a ulteriores persecuciones; está
absuelto. Matar es una desgracia, a menos que el hecho se repita tantas
veces que inspire horror el contacto del asesino. El estanciero Don Juan
Manuel de Rosas, antes de ser hombre público, había hecho de su
residencia una especie de asilo para los homicidas, sin que jamás
consintiese en su servicio a los ladrones; preferencias que se
explicarían fácilmente por su carácter de gaucho propietario, si su
conducta posterior no hubiese revelado afinidades[170] que han llenado
de espanto al mundo.
En cuanto a los juegos de equitación, bastaría[171] indicar uno de los
muchos en que se ejercitan, para juzgar del arrojo que para entregarse a
ellos se requiere. Un gaucho pasa a todo escape por enfrente de sus
compañeros. Uno le arroja un[172] tiro de bolas, que en medio de la
carrera maniata el caballo. Del torbellino de polvo que levanta éste al
caer vese salir al jinete corriendo seguido del caballo,[173] a quien
el impulso de la carrera interrumpida hace avanzar obedeciendo a las
leyes de la física. En este pasatiempo se juega la vida, y a veces se
pierde.
[Illustration: GAUCHO EN EL ACTO DE ARROJAR UN TIRO DE BOLAS
_Hutchinson, Buenos Aires and Argentine Gleanings_]
¿Creeráse que estas proezas y la destreza y la audacia en el manejo del
caballo son la base de las grandes ilustraciones que han llenado con su
nombre la República Argentina y cambiado la faz del país? Nada es más
cierto, sin embargo. No es mi ánimo persuadir a que el asesinato y el
crimen hayan sido siempre una escala de ascensos. Millares son los
valientes que han parado en bandidos[174] oscuros; pero pasan de
centenares los que a esos hechos han debido su posición. En todas las
sociedades despotizadas, las grandes dotes naturales van a perderse en
el crimen; el =genio=[175] romano que conquistara el mundo, es hoy el[176]
terror de los Lagos Pontinos,[177] y los Zumalacárregui,[178] los Mina
españoles, se encuentran a centenares en Sierra Leona. Hay una necesidad
para el hombre[179] de desenvolver sus fuerzas, su capacidad y su
ambición, que cuando faltan los medios legítimos,[180] él se forja un
mundo con su moral y sus leyes aparte, y en él se complace en mostrar
que había nacido Napoleón o César.
Con esta sociedad, pues, en que la cultura del espíritu es inútil o
imposible, donde los negocios municipales no existen, donde el bien
público es una palabra sin sentido, porque no hay público, el hombre
dotado eminentemente se esfuerza por producirse, y adopta para ello los
medios y caminos que encuentra. El gaucho será un malhechor o un
caudillo, según el rumbo que las cosas tomen en el momento en que ha
llegado a hacerse notable.
Costumbres de este género requieren medios vigorosos de represión, y
para reprimir desalmados se necesitan jueces más desalmados aún. Lo que
al principio dije del capataz de carretas,[181] se aplica exactamente al
juez de campaña. Ante toda otra cosa, necesita valor: el terror de su
nombre es más poderoso que los castigos que aplica. El juez es
naturalmente algún famoso de tiempo[182] atrás, a quien la edad y la
familia han llamado a la vida ordenada. Por supuesto, que la
justicia[183] que administra es de todo punto arbitraria; su conciencia
o sus pasiones lo guían, y sus sentencias son inapelables. A veces suele
haber jueces de[184] éstos, que lo son de por vida, y que dejan una[185]
memoria respetada. Pero la conciencia de estos medios ejecutivos, y lo
arbitrario de las penas,[186] forman ideas en el pueblo sobre el poder
de la _autoridad_, que más tarde vienen a producir sus efectos. El juez
se hace obedecer por su reputación de audacia temible, su autoridad, su
juicio sin formas, su sentencia, un _yo lo mando_, y sus castigos
inventados por él mismo. De este desorden, quizá por mucho tiempo
inevitable, resulta que el caudillo que en las revueltas llega a
elevarse, posee sin contradicción, y sin que sus secuaces[187] duden de
ello, el poder amplio y terrible que sólo se encuentra hoy en los
pueblos asiáticos. El caudillo argentino es un Mahoma que pudiera a su
antojo cambiar la religión dominante y forjar una nueva. Tiene todos
los poderes: su injusticia es una desgracia para su víctima, pero no un
abuso de su parte; porque él puede ser injusto; más todavía, él ha de
ser injusto necesariamente; siempre lo ha sido.
Lo que digo del juez es aplicable al comandante[188] de campaña. Éste es
un personaje de más alta categoría que el primero, y en quien han de
reunirse en más alto grado las cualidades de reputación y antecedentes
de aquél. Todavía una circunstancia[189] nueva agrava, lejos de
disminuir, el mal. El gobierno de las ciudades es el que da el título de
comandante de campaña; pero como la ciudad es débil en el campo, sin
influencias y sin adictos, el gobierno echa mano de los hombres que más
temor le inspiran para encomendarles este empleo, a fin de tenerlos en
su obediencia; manera muy[190] conocida de proceder de todos los
gobiernos débiles, y que alejan el mal del momento presente, para que se
produzca más tarde en dimensiones colosales. Así el gobierno papal hace
transacciones[191] con los bandidos, a quienes da empleos en Roma,
estimulando con esto el vandalaje y creándole un porvenir seguro: así el
sultán concedía[192] a Mehemet Alí la investidura de Bajá de Egipto,
para tener que reconocerlo más tarde rey hereditario a trueque de que no
lo destronase.[193] Es singular que todos los caudillos de la
revolución[194] argentina han sido comandantes de campaña: López e
Ibarra, Artigas y Güemes, Facundo y[195] Rosas. Es el punto de partida
para todas las ambiciones. Rosas, cuando hubo apoderádose de la ciudad,
exterminó a todos los comandantes que[196] lo habían elevado, entregando
este influyente cargo a hombres vulgares, que no pudiesen seguir el
camino que él había traído: Pajarito, Celarrayán,[197] Arbolito, Pancho
el Ñato, Molina, eran otros tantos comandantes de que Rosas purgó
al[198] país.
Doy tanta importancia a estos pormenores, porque ellos servirán a
explicar todos nuestros fenómenos sociales, y la revolución que se ha
estado obrando en la República Argentina: revolución que está
desfigurada por palabras del diccionario civil, que la disfrazan y
ocultan creando ideas erróneas: de la misma manera que los españoles, al
desembarcar en América, daban un nombre europeo conocido a un animal
nuevo que encontraban, saludando con el terrible de león, que trae al
espíritu la magnanimidad y fuerza del rey de las bestias, al miserable
gato llamado puma, que huye a la vista de los perros, y tigre al jaguar
de nuestros bosques. Por deleznables e innobles que parezcan estos
fundamentos que quiero dar a la guerra civil, la evidencia vendrá luego
a mostrar cuán sólidos e indestructibles son. La vida de los campos
argentinos, tal como la he mostrado, no es un accidente vulgar; es un
orden de cosas, un sistema de asociación, característico, normal, único,
a mi juicio, en el mundo, y él solo basta para explicar toda nuestra
revolución. Había antes de 1810 en la República Argentina dos sociedades
distintas, rivales e incompatibles; dos civilizaciones diversas: la una
española, europea, culta; y la otra bárbara, americana, casi indígena;
y la revolución de las ciudades sólo iba a servir[199] de causa, de
móvil, para que estas dos maneras distintas de ser de un pueblo se
pusiesen en presencia una de otra, se acometiesen, y después de largos
años de lucha, la una absorbiese a la otra. He indicado la asociación
normal de la campaña, la desasociación, peor mil veces que la[200] tribu
nómada; he mostrado la asociación ficticia en la desocupación, la
formación de las reputaciones[201] gauchas--valor, arrojo, destreza,
violencia y oposición a la justicia regular, a la justicia civil de la
ciudad. Este fenómeno de organización social existía en 1810, existe aún
modificado en muchos puntos, modificándose lentamente en otros, e
intacto en muchos aún. Estos focos de[202] reunión del gauchaje
valiente, ignorante, libre y desocupado, estaban diseminados a millares
en la campaña. La revolución de 1810 llevó a todas partes el movimiento
y el rumor de las armas. La vida pública que hasta entonces había
faltado a esta asociación árabe-romana, entró en todas las ventas, y el
movimiento revolucionario trajo al fin la asociación bélica en la
_montonera_ provincial, hija legítima de la venta y de la estancia,
enemiga de la ciudad y del ejército patriota revolucionario.
Desenvolviéndose los acontecimientos, veremos las _montoneras_
provinciales con sus caudillos a la cabeza; en Facundo Quiroga,[203]
últimamente triunfante en todas partes, la campaña sobre las ciudades, y
dominadas éstas en su espíritu, gobierno, civilización, formarse al fin
el gobierno central, unitario, despótico, del estanciero Don Juan Manuel
de Rosas que clava en la culta Buenos Aires el cuchillo del gaucho y
destruye la obra de los siglos, la civilización, las leyes y libertad.
LEYENDAS DEL PAÍS DE LA SELVA
C. O. BUNGE (Según Ricardo Rojas)
I. El País de la Selva, Sus Leyendas y Trovadores
Llamo _País de la Selva_ a la región argentina que se extiende, en el
interior de la república, desde la cuenca de los grandes ríos hasta las
primeras ondulaciones de la montaña, es decir,[204] entre las llanuras
bañadas por el Paraná y sus afluentes y los contrafuertes iniciales de
la cordillera de los Andes. A esa región central correspondíale en los
tiempos del coloniaje el nombre de Tucumán, y abarcaba, más o menos, las
actuales provincias de Tucumán, Santiago del[205] Estero y Córdoba. En
los tiempos anteriores a la conquista estuvo ella poblada por varias
razas y pueblos indígenas, entre los cuales descollaran[206] los Lules,
por haber recibido y adoptado del Cuzco la cultura quichua o
incásica.[207]
No hay en toda la República Argentina territorio alguno donde existan
más tradiciones y leyendas locales que en el País de la Selva. Los mitos
y argumentos legendarios de la antigua cultura indígena han persistido
hasta los tiempos actuales, mezclándose y amalgamándose a veces, curiosa
y originalmente, a las ideas y sentimientos aportados por la conquista
española. Es sobre todo en la provincia de Santiago del Estero, que se
diría el corazón del País de la Selva, donde mayormente se conservan las
antiguas leyendas indiocoloniales, siendo las más populares la de
_Zupay_ y la del _Kacuy_.
Transmítense las leyendas verbalmente en quichua, de padres a hijos.
Pero la Selva tiene también sus trovadores que saben cantar su poesía.
La poesía y la música se hallan unidas en las costumbres de la Selva,
cual lo estuvieron en la Grecia clásica. Siendo éstas las
manifestaciones estéticas más genuinas del país, los trovadores,
generalmente, cultivan las dos. La melodía acompaña y sostiene la copla,
y ambas se integran en la danza por un ritmo común.
Ninguna de las fiestas del país se realiza sin la presencia del
trovador, especie de sacerdote de la alegría y de la muerte. Es su
escenario la selva[208] toda, recorrida por él en vida vagabunda. Hoy
le llevan a velorios, mañana a una trinchera de carnestolendas, después
a pesebres, luego a holgorios de boda, más tarde a bailes
tradicionales.... Él es el órgano expresivo de todos los sentimientos
del pueblo. Él agasaja al viajero, al caudillo, al magistrado, o
simplemente al patrón. Él anima las reuniones carnavalescas o nupciales;
él plañe en torno al féretro de los difuntos monótonas alabanzas, y
junto al cadáver de los párvulos musita las letanías de los
ángeles,--pues allí donde no llega la acción sacramental de la iglesia,
no sólo realiza su misión profana de la alegría báquica, sino las
ceremonias de un verdadero culto religioso....
Ninguna particular indumentaria singulariza la indumentaria del cantor;
pero el instrumento del cual se acompaña, completa su figura. Cultiva
ante todo el amor de su vihuela. Protégela de la humedad y del sol;
quiérela como si fuera una mujer.... Y la vihuela corresponde tanto a
sus amores, que la trova dice:
Las cuerdas de mi guitarra
gimen conmigo a la par
y me ayudan a llorar
el dolor que me lastima...
¡Si parece que la prima[209]
hubiese aprendido a hablar!
[Illustration: RICARDO ROJAS, JOVEN ESCRITOR ARGENTINO
_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]
II. Zupay
Entre los mitos del país _Zupay_[210] es, sin duda, la encarnación más
potente del misterio selvático. Zupay es el Diablo de la Selva; y, como
tal, no es producto genuino del espíritu quichua, ni la tradición
incontaminada del demonio español. Más bien es una resultante del uno y
del otro. En su estado primordial es un genio latente y maligno; es el
genio de todo lo adverso que aflige a los hombres y el enemigo de
Nuestro Señor. Puede estar en el agua, en el fuego, en la atmósfera; y
sabe, al par, dirigir estos elementos para sembrar en la Selva pestes,
inundaciones, sequías, catástrofes....
El mito de Zupay se relaciona tanto con los de la hechicera y la
Salamanca,[211] que constituyen inseparable unidad. Los poderes de la
bruja provienen de un pacto con Zupay, y la Salamanca no es sino la
academia subterránea, oculta en el bosque, donde el neófito aprende su
ciencia junto a las cátedras diabólicas. Zupay, maestro, da sus
lecciones a la bruja, su discípula, en su escuela tenebrosa, la
Salamanca....
Zupay, universal y ubicuo en su estado latente, es multiforme en sus
personificaciones y manifestaciones. Prefiere en sus metamorfosis
figuras humanas. Ha encarnado alguna vez en cuerpo de hermoso mancebo,
apareciéndose en un rancho a cierta mujer ingenua. Se ha mostrado otra
ocasión como un gaucho rico y joven que visita la Selva en su caballo
enjaezado de mágicos arreos. Otra sazón, un paisano, cantor de la
comarca, atravesando el bosque, rumbo a la fiesta, vióse de pronto
acompañado por alguien que le desafiaba a "payar", guitarra en mano: era
también Zupay,[212] el Malo, como en la leyenda de Santos Vega. Los
nativos hablan asimismo de un diminuto duende, que es como la
encarnación humorística y bromista de Zupay. Es el travieso enano de la
siesta, con[213] su corta estatura, su rostro magro y barbirrucio, el
ingenio maligno bullendo bajo el ancho sombrerote de copa en embudo....
Los hijos de la Selva refieren otras revelaciones de Zupay. Cierto día
los montes saladinos oyeron[214] el baladro de un fabuloso toro, bestia
chúcara de olímpica frente sobre cuello crinado, y ¡era también Zupay!
Otro día le vieron, entre las penumbras del ramaje, con rostro de
sátiro, peludas piernas y hendidas patas de chivo....
He ahí cómo este dios o demonio numeroso parece mezclarse a la diaria
existencia de esas campañas. Sus dominios se extienden a la espesura
toda; y hasta un árbol de la flora local señala con nombre equívoco la
presencia del mito. En la descriptiva nomenclatura de las plantas
silvestres figura la _malop'taco_, "algarroba del diablo"....
III. El Kacuy
Vive en la Selva un pájaro nocturno que, al romper el silencio de las
sombras, estremece el alma con su lúgubre canto. Esa ave tiene su
historia. Y es la tragedia de su origen lo que evoca con su grito
lastimero, ayeando entre las[215] arboledas tenebrosas: ¡Turay!...
¡Turay!...[216] ¡Turay!...
En la época muy remota, dicen las tradiciones indígenas, una pareja de
hermanos (un hermano y una niña) habitaba un rancho en las selvas. Él
era bueno; ella era cruel. Amábala él como pidiéndole ventura para sus
horas huérfanas; pero ella acibaraba sus días con recalcitrante
perversidad. Desesperado, abandonaba él en ocasiones la choza,
internándose en las marañas; y ella amainaba en el aislamiento sus iras,
hilando alguna vedija en la rueca o tramando una colcha en sus telares.
Mientras vagaba por la Selva el buen hermano pensaba en la hermana, y,
perdonándola siempre, llevábale al rancho las algarrobas más gordas, los
místoles más dulces, las más sazonadas tunas. Vivían ambos de los frutos
naturales en aquel siglo de Dios. Proveyendo a su subsistencia, él traía
hoy para la casa un mikilo atrapado a garrote[217] por el estero
cercano; o bien un sábalo pescado[218] en fisga en el remanso del río;
si no un quirquincho[219] de la barranca próxima, o algún panal de
lachiguana, manando rubio néctar por los simétricos alvéolos. Palmo a
palmo conocía su monte, y, siendo cazador de tigres además, protegía la
morada. Insigne buscador de mieles, nadie tenía más despiertos ojos para
seguir a la abeja voladora que lo llevaba a su colmena: la de la
_ashpa-mishqui_[220] escondida en el suelo, en un cardón enjambrada; la
del _tiu-simi_ y la de _cayanes_ o de _queyas_ fabricada en el tronco de
los más duros árboles.... Todo esto le costaba trabajo y pequeños
dolores; pero ella en cambio mostrábase indiferente, como gozándose en
sus penas.
Volvió él una tarde sediento, fatigado, tras un día de infructuosa
pesquisa; pues, como reinaba la sequía, estaban yermos y en escasez[221]
los campos. Sangrábale la mano, porque al pretender agarrar una perdiz
boleada a lives y caída[222] entre unas matas, pinchóle el
_uturuncu-huakachina_, el cactus espinoso "que hace llorar al tigre".
Pidió entonces a su hermana un poco de hidromiel para beberla y otro de
agua para restañarse los arañazos. Trajo ella ambas cosas; mas, en lugar
de servírselas, derramó en su presencia en el suelo la botijilla de agua
y el tupo de miel. El hombre,[223] una vez más, ahogó su desventura.
Pero, como al día siguiente le volcara también la ollita donde se
cocinaba el locro de su refrigerio habitual, desesperado,[224] resolvió
vengarse. Encubriendo en su invitación sus deseos de venganza, invitóla
para que le acompañase a un sitio no lejano, donde había descubierto
miel abundante de _moro-moros_. No vistió su zamarra profesional, ni sus
guanteletes, ni el sachasombrero, ni llevó la bocina de las meleadas
porque juzgaba fácil la ventura. El árbol, un abuelo del bosque, era sin
embargo de gigantesca talla. Cuando llegaron allí, el muchacho persuadió
a su perversa hermana a que debían operar con cuidado, buscando
beneficiarse del néctar sin destruir las abejas pequeñitas, pues se
referían historias de cazadores meleros desaparecidos bruscamente a
manos de un dios invisible que protege las colmenas.... Sobre la
horqueta más alta[225] hizo pasar un lazo; y lo preparó en un extremo, a
guisa de columpio, para que subiese su hermana, bien cubierta por el
poncho, en defensa del enjambre, ya alborotado por la maniobra. Tirando
al otro extremo, a manera de corrediza palanca, la solivió en el aire,
hasta llegar a la copa; y, cuando ella se hubo instalado allí, sin
descubrirse, él empezó a simular que ascendía por el tronco,
desgajándolo a hachazos, mientras bajaba en realidad. Zafó después el
lazo, y huyó sigilosamente.... Presa quedaba en lo alto la infeliz.
Transcurrieron instantes de silencio. Ella habló.... Nadie respondía....
Como empezaba a temer, soliviantó la manta que la tapaba, dejando apenas
una rendija para espiar. El zumbido de los insectos la aturdió, pues el
armado enjambre revolaba furioso en derredor, vibrante de alas y
trompas. Ese rumor confuso revelaba la profundidad del silencio. ¿Qué
podría ser? No sospechaba la hora ni el lugar. Ciega de horror y de
coraje se desembozó de súbito; al descubrir el espacio, el vacío del
vértigo la dominó.... ¡Sola, sola para siempre!
Abandonada a semejante altura, sobre un tronco liso y largo, sin otras
ramas que ésas a las cuales se aferraban sus prietas manos, espiaba para
ver si el hermano reaparecía por ahí. La acometían deseos de arrojarse,
pero la brusquedad del golpe amilanábala. No obstante, si perecía allá,
quien sabe si los caranchos no vendrían a saciarse en ella, como en las
osamentas de los animales que morían ignorados en el monte.
Mientras tanto la noche iba descendiendo en[226] progresiva nitidez de
sombra. Desde su atalaya, la pobre huérfana había podido, por primera
vez, contemplar sobre el panorama de la Selva la inmensidad de los
horizontes, y la sucesión de las copas verdes que se unían formando
obscuro océano encrespado de gigantescas olas. El sol hundiéndose tras
los árboles, la impresionó más soberbio qué nunca, iluminado el enorme
lomo del bosque con su claridad apacible y decorado el cielo de
Occidente por cosmogónicos resplandores. Luego vió aquella gran luz
aguarse hasta disolverse toda en la noche,--noche sin astros para mayor
desventura.... Nunca se le mostró más pavoroso el cielo, ni más callada
la breña. Viniéronle ansias locas de perderse en lo ignoto, de hender
esa inmensidad de árboles y tinieblas, o llenar el silencio de un solo
grito. Mas, ahora, se le añusgaba la garganta muda y la lengua se le
pegaba en la boca con sequedad de arcilla. Tiritaba como si el ábrego la
azotase con su punzante frío y sentía el alma toda mordida por
implacables remordimientos. Los pies, en esfuerzo anómalo con que ceñían
su rama de apoyo, fueron desfigurándose en garras de buho; la nariz y
las uñas se encorvaban; y los dos brazos, abiertos en agónica
distensión, emplumecían desde los hombros a las manos. Disnea asfixiante
la estranguló, y, al verse de pronto convertida en ave nocturna, un
ímpetu de volar arrancóla del árbol y la empujó a las sombras....
Así nació el kacuy. La pena rompió en su garganta llamando a aquel
hermano justiciero. Y el grito de contrición de esa mujer convertida en
ave, resuena aún y resonará siempre sobre la noche de los bosques
natales: ¡Turay!... ¡Turay!... ¡Turay!...
LA LEYENDA DE SANTOS VEGA
C. O. BUNGE
Entre las leyendas pampeanas, y puede decirse que entre todas las
leyendas argentinas, ninguna[227] tan expresiva y popular como la de
Santos Vega. Santos Vega es la más pura y elevada personificación del
gaucho. Es el hijo, es el señor, es el dios de la Pampa. Su historia,
que puede reducirse al episodio de su justa poética con el diablo,
representa el destino de una raza y es la síntesis de su epopeya. Aunque
fuera acaso alguna vez persona de carne y hueso, transformóse Santos
Vega en verdadero mito, hasta constituir un símbolo nacional.
[Illustration: UNA PAYADA DE CONTRAPUNTO
_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]