Todos los gauchos del interior son rastreadores. En llanuras tan
dilatadas en donde las sendas y caminos se cruzan en todas direcciones,
y los campos en que pacen o transitan las bestias son abiertos, es
preciso saber seguir las huellas de un animal, y distinguirlas de entre
mil; conocer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o vacío.
Ésta es una ciencia casera y popular. Una vez caía yo de un camino de
encrucijada al de Buenos Aires, y el peón que me conducía echó, como de
costumbre, la vista al suelo. "Aquí va, dijo luego, una mulita mora, muy
buena... ésta es la tropa de don Zapata... es de muy buena silla... va
ensillada...[96] ha pasado ayer..." Este hombre venía de la[97] sierra
de San Luis, la tropa volvía de Buenos[98] Aires, y hacía un año que él
había visto por última vez la mulita mora cuyo rastro estaba confundido
con el de toda una tropa en un sendero de dos pies de ancho. Pues esto
que parece increíble, es con todo, la ciencia vulgar; éste era un peón
de arria, y no un rastreador de profesión.
El rastreador es un personaje grave, circunspecto, cuyas aseveraciones
hacen fe en los tribunales inferiores. La conciencia del saber que
posee, le da cierta dignidad reservada y misteriosa. Todos lo tratan con
consideración: el pobre, porque puede hacerle mal, calumniándolo o
denunciándolo; el propietario, porque su testimonio puede fallarle. Un
robo se ha ejecutado[99] durante la noche; no bien se nota, corren a
buscar una pisada del ladrón, y encontrada, se cubre con algo para que
el viento no la disipe. Se llama en seguida al rastreador, que ve el
rastro y lo sigue sin mirar sino de tarde en tarde el suelo, como si sus
ojos vieran de relieve esa pisada que para otro es imperceptible. Sigue
el curso de las calles, atraviesa los huertos, entra en una casa, y
señalando un hombre que encuentra, dice fríamente: "¡Éste es!" El delito
está probado, y raro es el delincuente que resiste a esta acusación.
Para él, más que para el juez, la deposición del rastreador es la
evidencia misma; negarla sería ridículo, absurdo. Se somete, pues, a
este testigo que[100] considera como el dedo de Dios que lo señala. Yo
mismo he conocido a Calíbar, que ha ejercido en una provincia su oficio
durante cuarenta años consecutivos. Tiene ahora cerca de ochenta años;
encorvado por la edad, conserva, sin embargo, un aspecto venerable y
lleno de dignidad. Cuando le hablan de su reputación fabulosa, contesta:
"ya no valgo nada; ahí están los niños;" los niños son sus hijos, que
han aprendido en la escuela de tan famoso maestro. Se cuenta de él que
durante un viaje a Buenos Aires le robaron una vez su montura de gala.
Su mujer tapó el rastro con una artesa. Dos meses después Calíbar
regresó, vió el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos, y no
se habló más del caso. Año y medio después Calíbar marchaba cabizbajo
por una calle de los suburbios, entra en una casa, y encuentra su
montura ennegrecida ya, y casi inutilizada por el uso. ¡Había encontrado
el rastro de su raptor después de casi dos años! El año 1830, un reo
condenado a muerte se había escapado de la cárcel. Calíbar fue encargado
de buscarlo. El infeliz, previendo que sería rastreado, había tomado
todas las precauciones que la imagen del cadalso le sugirió.
¡Precauciones inútiles! Acaso sólo sirvieron para perderle; porque,
comprometido Calíbar en su reputación, el amor propio ofendido le hizo
desempeñar con calor una tarea que perdía a un hombre, pero que probaba
su maravillosa vista. El prófugo aprovechaba todas las desigualdades del
suelo para no dejar huellas; cuadras enteras había marchado pisando con
la punta del pie; trepábase en seguida a las murallas bajas, cruzaba un
sitio, y volvía para atrás. Calíbar lo seguía sin perder la pista; si le
sucedía momentáneamente extraviarse,[101] al hallarla de nuevo
exclamaba: "¡Dónde[102] te _mi-as-dir_!" Al fin llegó a una acequia de
agua en los suburbios, cuya corriente había seguido aquél para burlar al
rastreador.... ¡Inútil! Calíbar iba por las orillas, sin inquietud, sin
vacilar. Al fin se detiene, examina unas hierbas,[103] y dice: "Por aquí
ha salido; no hay rastros, pero estas gotas de agua en los pastos lo
indican." Entra en una viña; Calíbar reconoció las tapias que la
rodeaban, y dijo: "Adentro está." La partida de soldados se cansó de
buscar, y volvió a dar cuenta de la inutilidad de las pesquisas. "No ha
salido", fué la breve respuesta que sin moverse, sin proceder a nuevo
examen, dió el rastreador. No había salido en efecto, y al día
siguiente fué ejecutado. En 1830 algunos reos políticos intentaban una
evasión: todo estaba preparado, los auxiliares de afuera prevenidos; en
el momento de efectuarla, uno dijo: "¿Y Calíbar?--¡Cierto!--contestaron
los otros anonadados, aterrados,--¡Calíbar!"
Sus familias pudieron conseguir de Calíbar que estuviese enfermo cuatro
días contados desde la evasión, y así pudo efectuarse sin inconveniente.
¿Qué misterio es éste del rastreador? ¿Qué poder microscópico se
desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán sublime
criatura es la que Dios hizo a su imagen y semejanza!
El Baquiano
Después del rastreador, viene el _baquiano_, personaje[104] eminente y
que tiene en sus manos la suerte de los particulares y la de las
provincias. El baquiano es un gaucho grave y reservado, que conoce a
palmo veinte mil leguas cuadradas de llanuras, bosques y montañas. Es el
topógrafo más completo; es el único mapa que lleva un general para
dirigir los movimientos de su campaña. El baquiano va siempre a su lado.
Modesto y reservado como una tapia, está en todos los secretos de la
campaña; la suerte del ejército, el éxito de una batalla, la conquista
de una provincia, todo depende de él.
El baquiano es casi siempre fiel a su deber; pero no siempre el general
tiene en él plena confianza. Imaginaos la posición de un jefe
condenado[105] a llevar un traidor a su lado, y a pedirle los
conocimientos indispensables para triunfar. Un baquiano encuentra una
sendita que hace cruz con el camino que lleva: él sabe a qué aguada[106]
remota conduce; si encuentra mil, y esto sucede en un espacio de cien
leguas, él las conoce todas, sabe de donde vienen y adonde van. Él sabe
el vado oculto que tiene un río, más arriba o más abajo del paso
ordinario, y esto en cien ríos o arroyos; él conoce en los ciénagos
extensos un sendero por donde pueden ser atravesados sin inconveniente,
y esto en cien ciénagos distintos.
En lo más obscuro de la noche, en medio de los bosques o en las llanuras
sin límites, perdidos sus compañeros, extraviados, da una vuelta en
círculo de ellos, observa los árboles; si no los hay, se[107] desmonta,
se inclina a tierra, examina algunos matorrales y se orienta de la
altura en que se halla; monta en seguida, y les dice para asegurarlos:
"Estamos en dereceras de tal lugar, a tantas leguas de las habitaciones;
el camino ha de ir al[108] Sur"--y se dirige hacia el rumbo que señala,
tranquilo, sin prisa de encontrarlo, y sin responder a las objeciones
que el temor o la fascinación sugiere a los otros.
Si aun esto no basta, o si se encuentra en la pampa y la obscuridad es
impenetrable, entonces arranca pastos de varios puntos, huele la raíz y
la tierra, los masca, y después de repetir este procedimiento varias
veces, se cerciora de la proximidad de algún lago, o arroyo de agua
salada, o[109] dulce, y sale en su busca para orientarse fijamente. El
general Rosas, dicen, conoce por el gusto el[110] pasto de cada estancia
del sur de Buenos Aires.
Si el baquiano lo es de la pampa, donde no hay[111] caminos para
atravesarla, y un pasajero le pide que lo lleve directamente a un
paraje distante cincuenta leguas, el baquiano se para un momento,
reconoce el horizonte, examina el suelo, clava la vista en un punto y se
echa a galopar con la rectitude de una flecha, hasta que cambia de rumbo
por motivos que sólo él sabe, y galopando día y noche, llega al lugar
designado.
[Illustration: ESTANCIA EN LAS PAMPAS
_Fraser, The Amazing Argentine_ _Photograph by A. W. Boote & Co., Buenos
Aires_]
El baquiano anuncia también la proximidad del enemigo; esto es, diez
leguas, y el rumbo por donde se acerca, por medio del movimiento de los
avestruces, de los gamos y guanacos que huyen en cierta dirección.
Cuando se aproxima,[112] observa los polvos[113], y por su espesor
cuenta la fuerza: "son dos mil hombres", dice--"quinientos",
"doscientos", y el jefe obra bajo este dato, que[114] casi siempre es
infalible. Si los cóndores y cuervos revolotean en un círculo del cielo,
él sabrá decir si hay gente escondida, o es un campamento recién
abandonado, o un simple animal muerto. El baquiano conoce la distancia
que hay de un lugar a otro; los días y las horas necesarias para llegar
a él, y además una senda extraviada e ignorada por donde se puede llegar
de sorpresa en la mitad del tiempo; así es que las partidas de
montoneras emprenden sorpresas sobre pueblos que están a cincuenta
leguas de distancia, y que casi siempre las aciertan.[115] ¿Creeráse
exagerado[116]? ¡No! El general Rivera,[117] de la Banda Oriental,[118]
es un simple baquiano que conoce cada árbol que hay en toda la extensión
de la República del Uruguay. No la hubieran ocupado los brasileños sin
su auxilio, y no la hubieran libertado sin él los argentinos.
Oribe,[119] apoyado por Rosas, sucumbió después de tres años de lucha
con el general baquiano, y todo el poder de Buenos Aires, hoy con sus
numerosos ejércitos que cubren toda la campaña del Uruguay, puede
desaparecer destruído a pedazos, por una sorpresa, por una fuerza
cortada mañana, por una victoria que él sabrá convertir en su provecho,
por el conocimiento de algún caminito que cae a retaguardia del enemigo,
o por otro accidente inadvertido o insignificante.
El general Rivera principió sus estudios del terreno el año 1804, y
haciendo la guerra a las autoridades, entonces como contrabandista, a
los contrabandistas después como empleado, al rey en seguida como
patriota, a los patriotas más tarde como montonero, a los argentinos
como jefe brasileño, a éstos como general argentino, a Lavalleja como
presidente, al presidente Oribe[120] como jefe proscrito, a Rosas, en
fin, aliado de Oribe, como general oriental, ha tenido sobrado tiempo
para aprender un poco de la ciencia del baquiano.
El Gaucho Malo
Éste es un tipo de ciertas localidades, un _outlaw_, un _squatter_, un
misántropo particular. Es el Ojo del Halcón, el Trampero de Cooper, con
toda[121] su ciencia del desierto, con toda su aversión a las
poblaciones de los blancos; pero sin su moral natural y sin sus
conexiones con los salvajes. Llámanle el Gaucho Malo, sin que este
epíteto le desfavorezca del todo. La justicia lo persigue[122] desde
muchos años; su nombre es temido, pronunciado en voz baja, pero sin odio
y casi con respeto. Es un personaje misterioso; mora en la pampa, son su
albergue los cardales; vive de perdices y de _mulitas_; si alguna vez
quiere regalarse con una lengua, enlaza una vaca, la voltea[123] solo,
la mata, saca su bocado predilecto, y abandona lo demás a las aves
montesinas. De repente se presenta el Gaucho Malo en un pago de donde la
partida acaba de salir; conversa pacíficamente con los buenos gauchos,
que lo rodean y lo admiran; se provee _de los vicios_, y si divisa la
partida, monta[124] tranquilamente en su caballo, y lo apunta hacia el
desierto, sin prisa, sin aparato, desdeñando volver la cabeza. La
partida rara vez lo sigue; mataría inútilmente sus caballos, porque el
que monta el Gaucho Malo es un parejero _pangaré_, tan célebre como su
amo. Si el acaso lo echa alguna vez de improviso entre las garras de la
justicia, acomete lo más espeso de la partida, y a merced de cuatro
tajadas que con su cuchillo ha abierto en la cara o en el cuerpo de los
soldados, se hace paso por entre ellos, y tendiéndose sobre el lomo del
caballo para sustraerse a la acción de balas que lo persiguen, endilga
hacia el desierto, hasta que, poniendo espacio conveniente entre él y
sus perseguidores, refrena su trotón y marcha tranquilamente. Los poetas
de los alrededores agregan esta nueva hazaña a la biografía del héroe
del desierto, y su nombradía vuela por toda la vasta campaña. A veces se
presenta a la puerta de un baile campestre con una muchacha que ha
robado; entra en baile con su pareja, confúndese[125] en las mudanzas
del _cielito_, y desaparece sin que nadie lo advierta. Otro día se
presenta en la casa de la familia ofendida, hace descender de la grupa a
la niña que ha seducido, y desdeñando las maldiciones de los padres que
lo siguen, se encamina tranquilo a su morada sin límites.[126]
Este hombre divorciado con la sociedad, proscrito por las leyes; este
salvaje de color blanco, no es en el fondo un ser más depravado que los
que habitan las poblaciones. El osado prófugo que acomete una partida
entera, es inofensivo para con los viajeros. El Gaucho Malo no es un
bandido, no es un salteador; el ataque a la vida no entra en su idea,
como el robo no entraba en la idea del _Churriador_; roba, es cierto,
pero ésta es su profesión, su tráfico, su ciencia: roba caballos. Una
vez viene al real de una tropa del interior; el patrón propone comprarle
un caballo de tal pelo extraordinario, de tal figura, de tales prendas,
con una estrella blanca en la paleta. El gaucho se recoge, medita un
momento, y después de un rato de silencio, contesta: "No hay actualmente
caballo así." ¿Qué ha estado pensando el gaucho? En aquel momento ha
recorrido en su mente mil estancias de la pampa, ha visto y examinado
todos los caballos que hay en la provincia, con sus marcas, color, señas
particulares,[127] y se ha convencido de que no hay ninguno que tenga
una estrella en la paleta: unos la tienen en la frente, otros una mancha
blanca en el anca.
¿Es sorprendente esta memoria? ¡No! Napoleón conocía por sus nombres a
doscientos mil soldados, y recordaba, al verlos, todos los hechos que a
cada uno de ellos se referían. Si[128] no se le pide, pues, lo
imposible, en día señalado, en un punto dado del camino, entregará un
caballo tal como se le pide, sin que el anticiparle el dinero sea un
motivo de faltar a la cita. Tiene sobré este punto el honor de los
tahures sobre la deuda. Viaja a veces a la campaña de Córdoba, a Santa
Fé. Entonces se le ve cruzar la pampa con una tropilla de caballos por
delante; si alguno lo encuentra, sigue su camino sin acercársele, a
menos[129] que él lo solicite.
El Cantor
Aquí tenéis la idealización de aquella vida de revueltas, de
civilización, de barbarie, y de peligros. El _Gaucho Cantor_ es el
mismo bardo, el vate, el trovador de la Edad Media, que se mueve en la
misma escena, entre las luchas de las ciudades y del feudalismo de los
campos, entre la vida que se va y la vida que se acerca. El cantor anda
de pago en pago, de "tapera en galpón", cantando sus héroes de la pampa,
perseguidos por la justicia, los llantos de la viuda a quien los indios
han robado sus hijos en un _malón_ reciente, la derrota y la muerte del
valiente Rauch,[130] la catástrofe de Facundo Quiroga,[131] y la suerte
que cupo a Santos Pérez. El cantor está haciendo candorosamente el mismo
trabajo de crónica, costumbres, historia, biografía, que el bardo de la
Edad Media; y sus versos serían recogidos más tarde como los documentos
y datos en que habría de apoyarse el historiador futuro, si a su lado no
estuviese otra sociedad culta, con superior inteligencia de los
acontecimientos que el infeliz[132] despliega en sus rapsodias ingenuas.
En la República Argentina se ven a un tiempo dos civilizaciones
distintas en un mismo suelo: una naciente, que sin conocimiento de lo
que tiene sobre su cabeza, está[1][133] remedando los esfuerzos ingenuos
y populares de la Edad Media; otra que, sin cuidarse de lo que tiene a
los pies,[134] intenta realizar los últimos resultados de la
civilización europea: el siglo XIX y el siglo XII viven juntos; el uno
dentro de las ciudades, el otro en las campañas.
El cantor no tiene residencia fija: su morada está donde la noche le
sorprende: su fortuna en sus versos y en su voz. Dondequiera[135] que el
_cielito_ enreda sus parejas sin tasa, dondequiera que se apura una copa
de vino, el cantor tiene su lugar preferente, su parte escogida en el
festín. El gaucho argentino no bebe, si la música y los versos no lo
excitan,[136] y cada _pulpería_ tiene su guitarra para poner en manos
del cantor, a quien el grupo de caballos estacionados a la puerta
anuncia a lo lejos donde se necesita el concurso de su gaya ciencia.
El cantor mezcla entre sus cantos heroicos la relación de sus propias
hazañas. Desgraciadamente, el cantor, con ser[137] el bardo argentino,
no está libre de tener[138] que habérselas con la justicia. También
tiene que dar cuenta de sendas puñaladas que ha distribuído, una o dos
_desgracias_ (¡muertes!) que tuvo, y algún caballo o muchacha que robó.
El año 1840, entre un grupo de gauchos y a orillas del majestuoso
Paraná, estaba sentado en el suelo y con las piernas cruzadas un cantor
que tenía azorado y divertido a un auditorio con la larga y animada
historia de sus trabajos y aventuras. Había ya contado lo del rapto[139]
de la querida, con los trabajos que sufrió; lo de la _desgracia_, y la
disputa que la motivó; estaba refiriendo su encuentro con la partida y
las puñaladas que en su defensa dió, cuando el tropel y los gritos de
los soldados le avisaron que esta vez estaba cercado. La partida, en
efecto, se había cerrado en forma de herradura; la abertura quedaba
hacia el Paraná, que corría veinte varas más abajo, tal era la altura de
la barranca. El cantor oyó la grita sin turbarse: viósele de improviso
sobre el caballo, y echando una mirada escudriñadora sobre el círculo de
soldados con las tercerolas preparadas, vuelve el caballo hacia la
barranca, le pone el poncho en[140] los ojos y clávale las espuelas.
Algunos instantes después se veía salir de las profundidades del[141]
Paraná, el caballo sin freno, a fin de que nadase con más libertad, y el
cantor tomado de la cola,[142] volviendo la cara quietamente, cual si
fuera en un bote de ocho remos, hacia la escena que dejaba en la
barranca. Algunos balazos de la partida no estorbaron que llegase sano y
salvo al primer islote que sus ojos divisaron.
Por lo demás, la poesía original del cantor es pesada, monótona,
irregular, cuando se abandona a la inspiración del momento: más
narrativa que sentimental, llena de imágenes tomadas de la vida
campestre, del caballo, y de las escenas del desierto, que la hacen
metafórica y pomposa. Cuando refiere sus proezas o las de algún afamado
malévolo, parécese al improvisador napolitano, desarreglado, prosaico de
ordinario, elevándose a la altura poética por momentos, para caer de
nuevo al recitado insípido y casi sin versificación. Fuera de esto, el
cantor posee su repertorio de poesías populares, quintillas, décimas y
octavas, diversos géneros de versos octosilábicos. Entre éstas hay
muchas composiciones de mérito, y que descubren inspiración y
sentimiento.
Aun podría añadir a estos tipos originales muchos otros igualmente
curiosos, igualmente locales, si tuviesen, como los anteriores, la
peculiaridad de revelar las costumbres nacionales, sin lo cual es
imposible comprender nuestros personajes políticos, ni el carácter
primordial y americano de la sangrienta lucha[143] que despedaza a la
República Argentina. Andando esta historia,[144] el lector va a
descubrir por sí solo dónde se encuentra el rastreador, el baquiano, el
gaucho malo y el cantor. Verá en los caudillos cuyos nombres han
traspasado las fronteras argentinas, y aun en aquellos que llenan el
mundo con el horror de su nombre, el reflejo vivo de la situación
interior del país, sus costumbres y su organización.
ASOCIACIÓN
DOMINGO F. SARMIENTO
Le gaucho vit de privations, mais son luxe est la liberté. Fier
d'une indépendence sans bornes, ses sentiments, sauvages comme sa
vie, sont pourtant nobles et bons.--HEAD
(MOTTO. _The gaucho lives amid privations, but his luxury is freedom.
Proud of the boundless independence he enjoys, his sentiments, as wild
as his life, are nevertheless noble and good._ Taken from _Croquis des
Pampas_, written in 1826 by Sir Francis Bond Head, after his return to
England from his mission as director of a mining company in the
provinces of the Plata.)
La Pulpería
En el capítulo primero[145] hemos dejado al campesino argentino en el
momento en que ha llegado a la edad viril, tal cual lo ha formado la
naturaleza y la falta de verdadera sociedad en que vive. Le hemos visto
hombre independiente de toda necesidad, libre de toda sujeción, sin
ideas de gobierno, porque todo orden regular y sistemado se hace de todo
punto imposible. Con estos hábitos de incuria, de independencia, va a
entrar en otra escala de la vida campestre, que, aunque vulgar, es el
punto de partida de todos los grandes acontecimientos que vamos a ver
desenvolverse muy luego.
No se olvide que hablo de los pueblos esencialmente[146] pastores; que
en éstos tomo la fisonomía fundamental,[147] dejando las modificaciones
accidentales que experimentan, para indicar a su tiempo los efectos[148]
parciales. Hablo de la asociación de estancias que, distribuídas de
cuatro en cuatro leguas, más o menos, cubren la superficie de una
provincia.
Las campañas agrícolas subdividen y diseminan también la sociedad, pero
en una escala muy reducida; un labrador colinda con otro: y los aperos
de labranza y la multitud de instrumentos, aparejos, bestias, que
ocupa,[149] lo variado[150] de sus productos y las diversas artes que la
agricultura llama en su auxilio, establecen relaciones necesarias entre
los habitantes de un valle y hacen indispensable un rudimento de villa
que les sirva de centro. Por otra parte, los cuidados y faenas que la
labranza exige, requieren tal número de brazos, que la ociosidad se hace
imposible, y los varones se ven forzados a permanecer en el recinto de
la heredad. Todo lo contrario sucede en esta[151] singular asociación.
Los límites de la propiedad[152] no están marcados; los ganados, cuanto
más numerosos son, menos brazos ocupan; la mujer se encarga de todas las
faenas domésticas y fabriles; el hombre queda desocupado, sin goces, sin
ideas, sin atenciones forzosas; el hogar doméstico lo fastidia, lo
expele, digámoslo así. Hay necesidad, pues, de una sociedad facticia
para remediar esta desasociación normal. El hábito contraído desde la
infancia de andar a caballo, es un nuevo estímulo para dejar la casa.
Los niños tienen el deber de echar caballos al corral apenas sale el
sol; y todos los varones, hasta los pequeñuelos, ensillan su caballo,
aunque[153] no sepan qué hacerse. El caballo es una integrante del
argentino de los campos; es para él lo que la corbata para los que viven
en el seno de[154] las ciudades. El año 41, el Chacho, caudillo de[155]
los Llanos, emigró a Chile.--¿Cómo le va amigo?,--le preguntaba
uno.--¡Cómo me ha de ir!--,[156] contestó con el acento del dolor y de
la melancolía.--¡En Chile... y a pie! Sólo un gaucho argentino sabe
apreciar todas las desgracias y todas las angustias que estas dos frases
expresan.[157]
Aquí vuelve a aparecer la vida árabe, tártara. Las siguientes palabras
de Victor Hugo parecen escritas en la pampa:
"¡No podría combatir a pie! no hace sino una sola persona con su
caballo."--(_Le Rhin_)
Salen, pues, los varones sin saber fijamente adónde. Una vuelta a los
ganados, una visita a una cría o a la querencia de un caballo
predilecto, invierte una pequeña parte del día; el resto lo absorbe una
reunión en una venta o _pulpería_. Allí concurren cierto número de
parroquianos de los alrededores; allí se dan y adquieren noticias[158]
sobre los animales extraviados; trázanse en el suelo las marcas del
ganado, sábese dónde se caza el tigre, dónde se le han visto rastros al
león: allí[159] en fin, está el cantor; allí se fraterniza por el[160]
circular de la copa y las prodigalidades de los que poseen.
[Illustration: UNA PULPERÍA EN EL CAMPO
_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]
En esta vida tan sin emociones, el juego sacude los espíritus enervados,
el licor enciende las imaginaciones adormecidas. Esta asociación
accidental de todos los días viene, por su repetición, a formar una
sociedad más estrecha que la de donde partió cada individuo; y en esta
asamblea, sin objeto público, sin interés social, empiezan a[161]
echarse los rudimentos de las reputaciones que más tarde, y andando los
años, van a aparecer en la escena política. Ved cómo.
El gaucho estima, sobre todas las cosas, las fuerzas físicas, la
destreza en el manejo del caballo y, además, el valor. Esta reunión,
este _club_ diario, es un verdadero circo olímpico en que se ensayan y
comprueban los quilates del mérito de cada uno.