El gaucho argentino vivía absoluto e independiente,[27] con un

individualismo propio y libre. Se empancipaba de sus padres apenas

empezaba a sentir las primeras fuerzas de la juventud; y vivía

abundantemente de las _volteadas_[28] de los animales que Dios creaba

en el desierto. Armado del lazo, podía echar mano del primer potro que

le ofrecía mejores condiciones para su servicio; escogía, por su propio

derecho, la vaca más gorda para mantenerse; y si necesitaba algún

dinero, para procurarse alguno de los objetos commerciales que apetecía,

derribaba cuantos toros quería, les sacaba los cueros, e iba a venderlos

en las aldeas de las costas, a los mercaderes que traficaban con ellos,

para surtir el escasísimo comercio que teníamos con la Europa. La ley

civil o política no pesaba sobre él; y aunque no había dejado de ser

miembro de una sociedad civilizada, vivía sin sujeción a las leyes

positivas del conjunto.[29] Tomaba a una mujer de su clase, libre como

él, sumisa y buena, sin cuidarse mucho de las formas con que se unía a

ella. Plantaba una choza en la rinconada de un arroyo, bien cerca del

agua para evitarse el trabajo de acarrearla; y como los prebostes de la

hermandad solían tener la ocurrencia de atravesar los campos, con

cincuenta o sesenta blandengues, ahorcando expeditivamente bandoleros,

el gaucho tenía buen cuidado de levantar esa choza cubierta por el

bosque, y con sendas o vados que le eran conocidos, para[30] evitar

que le encontrasen desprevenido; porque la justicia del Rey no era muy

solícita en distinguir a los inocentes de los vagos; ni él mismo sabía

bien entre cuáles se había de clasificar.

[Illustration: CHOZA DE GAUCHO EN LA PAMPA

_Fraser, The Amazing Argentine_ _Photograph by A. W. Boote & Co., Buenos

Aires_]

A todos estos rasgos, propios del género de vida[31] que hacían, los

guachos agregaban las dotes de un temperamento fuerte, nervioso e

inquieto. El clima en que vivían les permitía viajar a la intemperie,

bajo las influencias, templadas algunas veces, rígidas otras veces, de

la naturaleza y del espacio. Acostumbrados al peligro, y ariscos, por

decirlo de una vez, estaban siempre prontos a _pelear_ a la justicia del

Rey, cuando los sorprendía; y como ella no usaba de procedimientos muy

cuidadosos para determinar sus fallos y sus castigos, los gauchos la

evitaban, siempre que podían, como se evita un peligro grave, o como se

huye de un yugo incómodo.

Su cuerpo era por consiguiente muy ágil. Sus miembros mostraban, por su

esbeltez y delicadeza, que, de una generación en otra, se habían críado

sueltos de las tareas abrumadoras y serviles de la agricultura o de la

industria. Esa constante gimnasia del caballo les daba una destreza

admirable para sorprender con la velocidad de un gato las furias del

potro salvaje, y sentarse gallardamente en sus lomos, con un equilibrio

que la fiera nunca descomponía, aunque brincase y se revolviese con

demencia para deshacerse del jinete que la domaba. Su porte era elegante

y cauto; sus maneras serias; y aunque parecían mansas, lo hacían

impenetrable y digno al mismo[32] tiempo. Algunas veces, fiero e

impetuoso, daba rienda suelta a sus pasiones; otras, era hidalgo y

generoso. Pero siempre era difícil y desigual, como los seres bravíos

que se crían en las soledades de la tierra. Era bello como ellos, por el

temple y por los rasgos pronunciados de su tipo.

En general, el guacho tenía a pecho ser amigable y hospitalario en su

cabaña. Recto en el cumplimiento de su palabra, no se excusaba jamás de

proteger con nobleza a los que reclamaban su amparo, aunque hubiesen

sido sus enemigos. Hablaba tranquilo, y con una voz cubierta que[33]

podría parecer dulce, si no fuese que sus palabras eran siempre escasas,

ambiguas o taimadas. Cuando encontraba algo de que burlarse, su ironía

era profunda, pero siempre disimulada con la doblez del sentido, con el

monosílabo o con un[34] acento particular que daba a sus expresiones. El

enojo no le arrancaba gritos ni gestos; y ya en las dificultades del

peligro, o dominado por la ira, era siempre concentrado, guardando las

apariencias de una moderación que era amenazante por su propio

laconismo.

Destituído de toda creencia en la fatalidad de los sucesos, ponía su

personalismo sobre todos los intereses de la vida y sobre todas las

influencias religiosas; así es que siempre estaba pronto para reaccionar

en defensa de su persona o de su libertad, y aun reducido al último

trance, marchando, por ejemplo, al suplicio entre filas de enemigos,

ocultaba bajo un aire resignado la atención más vigilante al menor azar,

al menor descuido de sus verdugos, para tirarse al fondo de un río,

salvar un precipicio, o saltar sobre un caballo y desaparecer como una

sombra entre los arcabuces y sablazos de sus perseguidores. Verdad es,

que nunca le faltaba entre estos mismos un cómplice, o un aparcero que

se interesase por su suerte, y que prepararse el lance dejándole los

riesgos de la ejecución.

[Illustration: VISTA DE UN PAGO DE GAUCHOS

_Fraser, The Amazing Argentine_ _Photograph by A. W. Boote & Co., Buenos

Aires_]

Todos estos contrastes hacían del gaucho argentino un hombre libre y

civilizado en medio de la semibarbarie en que vivía, o más bien, en que

vagaba. Porque aunque distante de la vida urbana de los europeos, no era

ajeno, sin embargo, a la vida política; y ya sea por la raza, ya por las

ideas, o por los móviles morales, estaba unido al orden fundamental de

la asociación colonial; puede decirse que era un europeo que había caído

en la vida errante de los desiertos americanos; y que habiendo

conservado su personalismo absoluto e independiente, había venido a

constituir un tipo especial, que reunía todos estos contrastes, con un

sello indefinido de identidad y de originalidad a la vez; y si fuese

posible dar claridad a cosas que parecerán tan contradictorias, yo diría

que los gauchos de las campañas argentinas, tomados en masa, fueron el

germen preparado para producir las evoluciones constitucionales de

nuestro organismo, y que a pesar de que, cuando arrojaron su influencia

decisiva en las vicisitudes de nuestra historia, se hallaban hundidos en

un estado cercano al de la barbarie, eran, con todo, un pueblo libre,

que lleno de la conciencia de sus intereses y de sus derechos políticos,

introdujo una revolución[35] social en el seno de la revolución política

de mayo, moviéndola en un sentido verdaderamente democrático y en busca

de una civilización liberal sin las trabas del pasado.

La vida de los gauchos no tuvo jamás ninguno de los accidentes de la

vida de las tribus. Ellos constituían una población homogénea, señalada

con un mismo tipo, con unos mismos hábitos, con unas mismas pasiones; y

que poseía todas las aptitudes y las formas de una nacionalidad

política, distinta y peculiar. Aunque los gauchos nunca vivían

aglomerados, estaban sin embargo espontáneamente distribuidos en

_pagos_, de acuerdo con la configuración que el curso de los ríos, los

montes y los accidentes limítrofes, le daban a cada porción de la

campaña. Reconocían entre sí, por esto, una cierta cohesión geográfica

análoga[36] a la que tienen los diversos vecindarios,[37] si es[38] que

la idea de vecindad puede aplicarse a las partes incultas de un vasto

territorio. Tenían por lo mismo una especie de patriotismo local

sumamente apasionado, con entidades dominantes o caudillejos que surgían

por el coraje, por el acierto, por la audacia de sus empresas y por los

crímenes que cometían o por otros mil de esos accidentes, que en todas

partes concurren para formar personajes populares a la altura del

medio[39] social en que nacen y en que se nutren.

El gaucho argentino no reconocía por jefe, ni prestaba servicio militar,

sino al caudillo que él mismo elegía por su propia inclinación; porque

ante todo se tenía por hombre libre, y como tal usaba de su criterio y

de su gusto individual con absoluta independencia de todo otro influjo.

Eso[40] sí, cuando se había decidido por una bandera, su adhesión no

tenía límites y podía contarse con ella para toda la vida; no

economizaba sacrificio alguno, y su constancia, sobre todo en las luchas

políticas, llegaba hasta el heroísmo. Tomaba[41] partido por sentimiento

propio y por pasión, jamás por interés, ni con la mira de obtener el

menor provecho directo como premio de sus esfuerzos. Lo único que le

movía eran las afinidades de los hábitos y de las tendencias entre su

persona y la de los jefes a quienes servía; es decir, un patriotismo a

su modo, pero que en resumidas[42] cuentas era un sentimiento político y

moral que tenía causas puras y libres en su misma voluntad.

Cuando el acaso terrible de la _leva_ lo había apresado para el servicio

de los ejércitos veteranos de la patria, se debatía, como un animal

bravío por[43] escapar a la presión y a la esclavitud de la disciplina

rigurosísima de San Martín o de Belgrano.[44] Desertaba apenas podía, y

se escondía en las entrañas de la tierra. Pero si le volvían a cazar, se

daba más o menos pronto según su carácter más o menos indómito; y cuando

una campaña feliz, una batalla ganada o perdida, venían a darle la

pasión del cuerpo en que servía, se convertía en un soldado ejemplar,

como no creo que tuviese mejor ninguna otra nación civilizada. Era

sobrio, sufrido, bravo y experto: ni el hambre, ni la desnudez lo

indignaban o lo abatían.

Entregado siempre a la voluntad de sus jefes, con una alegría templada

que jamás desmentía, servía animado del amor de la patria y con el

orgullo militar del ciudadano libre que tiene fe en su causa, y que se

considera con la obligación personal de vencer. Toda su filosofía se

reducía a saber que servía a la patria, y que _la patria esperaba ser

salvada por sus soldados_: la doctrina era lacónica, pero tan cierta,

que apelo al testimonio de cuantos hayan conocido al gaucho argentino,

convertido en _granadero de a caballo_, o en _voltigero_ del ejército de

los Andes, para que digan si esto era verdad.

En cuanto al sentimiento religioso, el gaucho estaba tan lejos del

árabe, que es imposible hallar entre ellos punto alguno de contacto. En

las cosas de su persona, de su casa, de sus relaciones, o de sus

negocios, la religión y sus ministros no valían ni pesaban un ápice para

él. El árabe es ante todo tétrico, _fatalista_ y _creyente_. Vive

dominado por un panteísmo religioso que dirige todas sus ideas: habla

directamente con Dios, en la nube que pasa, en las estrellas que brillan

en los cielos, en todos los fenómenos del desierto y en cada uno de los

acontecimientos que tejen el hilo fatídico de su vida. Su ferocidad, sus

crímenes y hasta sus virtudes, son hijos de su fanatismo. Al gaucho

argentino no se le ocurrió jamás nada de esto. Su alma había florecido

libre de todo cuerpo de doctrina y batida sólo por los intereses[45] de

la vida material: era alegre de espíritu y vivía independiente en un

país bellísimo, lleno de recursos, bien regado, fértil, abundante, y que

no tenía ningún punto de contacto con la adusta e imponente severidad

del clima abrasador del África, en donde sólo la noche y las sombras dan

expansión al alma de los mortales y de las fieras. El gaucho era en el

fondo un ser completamente descreído: su religión era un deísmo _sui

generis_[46] que se reducía a figurar una cruz con los dedos, o a besar

el escapulario que llevaba al pecho, en los momentos difíciles de la

vida. Una vez que lo hacía, se tenía por salvado en el cielo, si moría;

o por amparado del poder y del favor de Dios, si se salvaba. Después, ya

no volvía a acordarse de sus deberes religiosos, sino para saludar los

símbolos del catolicismo, si los encontraba a su paso: una cruz de un

sepulcro, un fraile, o la puerta de una iglesia. Con esto, se tenía por

católico romano y papal, sin entender palabra de la cosa, y sin procurar

entenderla tampoco; porque todo lo demás era para él asunto puro de

tradición, de[47] que no se daba otra cuenta sino como de un hecho

superior, que le venía impuesto por el[48] asentimiento vago del pueblo,

por una tradición que, aunque desprovista de doctrina, dominaba en[49]

las campañas y en las chozas donde criaba a su familia.

ORIGINALIDAD Y CARACTERES ARGENTINOS

El Rastreador--El Baquiano--El Gaucho Malo--El Cantor

DOMINGO F. SARMIENTO

Ainsi que l'océan les steppes remplissent l'esprit du sentiment de

l'infini[50]

Si de las condiciones de la vida pastoril, tal como la han constituído

la colonización y la incuria, nacen graves dificultades para una

organización política cualquiera, y muchas más para el triunfo de la

civilización europea, de sus instituciones, y de la riqueza y de la

libertad, que son sus consecuencias, no puede, por otra parte,

negarse[51] que esta situación tiene su costado poético, fases dignas de

la pluma del romancista. Si un destello de la literatura nacional puede

brillar momentáneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que

resultará de la descripción de las grandiosas escenas naturales, y sobre

todo de la lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena,

entre la inteligencia y la materia; lucha imponente en América, y que

da[52] lugar a escenas tan peculiares, tan características y tan fuera

del círculo de ideas en que se ha educado el espíritu europeo....

[Illustration: DOMINGO F. SARMIENTO

_Blasco Ibáñez, Argentina y sus grandezas_]

El único romancista norteamericano que haya logrado hacerse un nombre

europeo, es Fenimore Cooper, y eso, porque transportó la escena de sus

descripciones fuera del círculo ocupado por los plantadores, al limite

entre la vida bárbara y la civilizada, al teatro de la guerra que las

razas indígenas y la raza sajona están combatiendo por[53] la posesión

del terreno.

No de otro modo nuestro joven poeta Echeverría[54] ha logrado llamar la

atención del mundo literario español con su poema titulado _La Cautiva_.

Este[55] bardo argentino dejó a un lado a Dido y Argía,[56] que sus

predecesores los Varelas trataron con maestría clásica y estro poético,

pero sin suceso y sin consecuencia, porque nada agregaban al caudal de

nociones europeas, y volvió sus miradas al desierto, y allá en la

inmensidad sin límites, en las soledades en que vaga el salvaje, en la

lejana zona de fuego que el viajero ve acercarse cuando los, campos se

incendian, halló las inspiraciones que proporciona a la imaginación el

espectáculo de una[57] naturaleza solemne, grandiosa, inconmensurable,

callada; y entonces el eco de sus versos pudo hacerse oír con aprobación

aun por la península, española.

Hay que notar de paso un hecho que es muy explicativo de los fenómenos

sociales de los pueblos. Los accidentes de la naturaleza producen

costumbres y usos peculiares a estos accidentes, haciendo que donde

estos accidentes se repiten, vuelvan a encontrarse los mismos medios de

parar a[58] ellos, inventados por pueblos distintos. Esto me explica por

qué la flecha y el arco se encuentran en todos los pueblos salvajes,

cualesquiera que sean su raza, su origen y su colocación geográfica.

Cuando leía en _El Último de los Mohicanos_ de Cooper, que Ojo de Halcón

y Uncas habían perdido[59] el rastro de los Mingos en un arroyo, dije

para mí:[60] "van a tapar el arroyo."[61] Cuando en _La Pradera_[62] el

Trampero[63] mantiene la incertidumbre y la agonía mientras el fuego los

amenaza, un argentino habría aconsejado lo mismo que el Trampero[64]

sugiere al fin, que es, limpiar un lugar para guarecerse, e incendiar a

su vez, para poderse retirar del fuego que invade sobre las cenizas del

que se ha encendido. Tal es la práctica de los que atraviesan la pampa

para salvarse de los incendios[65] del pasto. Cuando los fugitivos de

_La Pradera_ encuentran un río, y Cooper describe la misteriosa[66]

operación del Pawnie con el cuero de búfalo que recoge,--va a hacer la

_pelota_, me dije a mí[67] mismo: lástima es que no haya una mujer que

la conduzca, que entre nosotros son las mujeres las que cruzan los ríos

con la _pelota_ tomada con los[68] dientes por un lazo. El procedimiento

para asar[69] una cabeza de búfalo en el desierto, es el mismo que

nosotros usamos para _batear_ una cabeza de vaca o un lomo de ternera.

En fin, mil otros accidentes[70] que omito, prueban la verdad de que

modificaciones análogas del suelo traen análogas costumbres, recursos y

expedientes. No es otra la razón de hallar en Fenimore Cooper

descripciones de usos y costumbres que parecen plagiadas de la pampa;

así, hallamos en los hábitos pastoriles de la América, reproducidos

hasta los trajes, el semblante grave y hospitalidad árabes.

Existe, pues, un fondo de poesía que nace de los accidentes naturales

del país y de las costumbres excepcionales que engendra. La poesía,

para despertarse, porque la poesía es, como el sentimiento religioso,

una facultad del espíritu humano, necesita el espectáculo de lo bello,

del poder terrible, de la inmensidad de la extensión, de lo vago, de lo

incomprensible; porque sólo donde acaba lo palpable y vulgar, empiezan

las mentiras[71] de la imaginación, del mundo ideal. Ahora, yo pregunto:

¿qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina

el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver... no ver nada?

Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso,

indefinido, más se aleja, más lo fascina, lo confunde y lo[72] sume en

la contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en

vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? La soledad,

el peligro, el salvaje, la muerte. He aquí ya la poesía. El hombre que

se mueve en estas escenas, se siente asaltado de temores e

incertidumbres fantásticas, de sueños que lo preocupan despierto.[73]

De aquí resulta que el pueblo argentino es poeta[74] por carácter, por

naturaleza. ¿Y cómo ha de[75] dejar de serlo, cuando en medio de una

tarde serena y apacible, una nube torva y negra se levanta sin saber de

dónde, se extiende sobre el cielo mientras se cruzan dos palabras, y de

repente[76] el estampido del trueno anuncia la tormenta que deja frío al

viajero, y reteniendo el aliento por temor de atraerse un rayo de los

mil que caen en[77] torno suyo? La obscuridad sucede después a la luz;

la muerte está por todas partes; un poder terrible, incontrastable, le

ha hecho en un momento reconcentrarse en sí mismo, y sentir su nada en

medio de aquella naturaleza irritada: sentir a Dios, por decirlo de una

vez, en la aterrante magnificencia de sus obras. ¿Qué más colores para

la paleta de la fantasía?--Masas de tinieblas[78] que anublan el día,

masas de luz lívida, temblorosa, que ilumina un instante las tinieblas y

muestra la[79] pampa a distancias infinitas, cruzándolas vivamente el

rayo, en fin, símbolo del poder.--Estas imágenes han sido hechas para

quedarse hondamente grabadas. Así cuando la tormenta pasa, el gaucho se

queda triste, pensativo, serio, y la sucesión de luz y tinieblas se

continúa en su imaginación, del mismo modo que, cuando miramos fijamente

el sol, nos queda por largo tiempo su disco en la retina.

Preguntadle al gaucho a quién matan con preferencia los rayos, y os

introducirá en un mundo de idealizaciones morales y religiosas,

mezcladas de hechos naturales, pero mal comprendidos, de tradiciones

supersticiosas y groseras. Añádase que si es cierto que el flúido

eléctrico entra[80] en la economía de la vida humana, y es el mismo que

llaman flúido nervioso, el cual excitado subleva las pasiones y enciende

el entusiasmo, muchas disposiciones debe tener para los trabajos de la

imaginación el pueblo que habita bajo una atmósfera[81] cargada de

electricidad hasta el punto que la ropa frotada chisporrotea come el

pelo[82] contrariad del gato.

¿Cómo no ha de ser poeta el que presencia esas escenas imponentes?

--"Gira en vano, reconcentra

Su inmensidad y no encuentra

La vista en su vivo anhelo[83]

Do fijar su fugaz vuelo,

Como el pájaro en el mar.

Doquier campo y heredades

Del ave y bruto guaridas;

Doquier cielo y soledades

De Dios sólo conocidas,

Que Él sólo puede sondar."

¿O el que tiene a la vista esta naturaleza engalanada?

--"De las entrañas de América

Dos raudales se desatan:

El Paraná, faz de perlas,[84]

Y el Uruguay, faz de nácar.

Los dos entre bosques corren

O entre floridas barrancas,

Como dos grandes espejos

Entre marcos de esmeraldas.

Salúdanlos en su paso

La melancólica pava,

El picaflor y el jilguero,

El zorzal y la torcaza.

Como ante reyes se inclinan

Ante ellos ceibos y palmas,

Y les arrojan[85] flor del aire,[86]

Aroma y flor de naranja;

Luego en el Guazú se encuentran.[87]

Y reuniendo sus aguas,

Mezclando nácar y perlas

Se derraman en el Plata."

Pero ésta es la poesía culta, la poesía de la ciudad; hay otra que hace

oír sus ecos por los campos solitarios: la poesía popular, candorosa y

desaliñada del gaucho.

También nuestro pueblo es músico. Ésta es una predisposición nacional

que todos los vecinos le reconocen. Cuando en Chile se anuncia por la

primera vez un argentino en una casa, lo invitan al piano en el acto, o

le pasan una vihuela, y si se excusa diciendo que no sabe pulsarla, lo

extrañan, y no le creen, "porque siendo argentino", dicen, "debe ser

músico". Esta es una preocupación popular que acusa nuestros hábitos

nacionales. En efecto, el joven culto de las ciudades toca el piano o la

flauta, el violín o la guitarra; los mestizos se dedican casi

exclusivamente a la música, y son muchos los hábiles compositores e

instrumentistas que salen de entre ellos. En las noches de verano se oye

sin cesar la guitarra en la puerta de las tiendas, y tarde de la noche,

el sueño es dulcemente interrumpido por las serenatas y los conciertos

ambulantes.

El pueblo campesino tiene sus cantares propios: el _triste_, que

predomina en los pueblos del Norte, es un canto frigio, plañidero,

natural al[88] hombre en el estado primitivo de barbarie, según

Rousseau; la _vidalita_, canto popular con coros,[89] acompañado de la

guitarra y un tamboril, a cuyos redobles se reune la muchedumbre y va

engrosando el cortejo y el estrépito de las voces. Este canto me parece

heredado de los indígenas, porque lo he oído en una fiesta de indios en

Copiapó[90] en celebración de la Candelaria, y como canto religioso debe

ser antiguo, y los indios chilenos no lo han de haber adoptado de los

españoles[91] argentinos. La _vidalita_ es el metro popular en que se

cantan los asuntos del día, las canciones guerreras; el gaucho compone

el verso que canta, y lo populariza por las asociaciones que su

canto[92] exige.

Así, pues, en medio de la rudeza de las costumbres nacionales, estas dos

artes que embellecen la vida civilizada y dan desahogo a tantas pasiones

generosas, están honradas y favorecidas por las masas mismas que ensayan

su áspera musa en composiciones líricas y poéticas. El joven Echeverría

residió algunos meses en la campaña en 1840, y la fama de sus versos

sobre la pampa le había precedido ya; los gauchos lo rodeaban con

respeto y afición, y cuando un recién venido mostraba señales de desdén

hacia el _cajetilla_, alguno le insinuaba al oído: "es poeta," y toda

prevención hostil cesaba al oír este título privilegiado.

Sabido es, por otra parte, que la guitarra es el instrumento popular de

los españoles, y que es común en América. En Buenos Aires, sobre todo,

está todavía muy vivo el tipo popular español, el _majo_. Descúbresele

en el compadrito de la ciudad y en el gaucho de la campaña. El _jaleo_

español vive en el _cielito_; los dedos sirven de castañuelas. Todos los

movimientos de los hombros, los ademanes, la colocación del sombrero,

hasta la manera de escupir por entre los colmillos, todo es un andaluz

genuino.[93]

Del centro de estas costumbres y gustos generales se levantan

especialidades notables, que un día embellecerán y darán un tinte

original al drama y al romance nacional. Yo quiero sólo notar aquí

algunos que servirán para completar la idea de[94] las costumbres, para

trazar en seguida el carácter, causas y efectos de la guerra civil.[95]

El Rastreador

Argentina, Legend and History · 第 3 / 25 段