Calle de Montgomery.]

A la calle de Green fuí conducido por mi amigo el veracruzano, una

noche oscurísima. Llegamos á un punto en que estaba obstruido el paso;

era una casa en obra: atravesamos por entre escombros y como en un

subterráneo; yo llamaba á mi guía á cada momento, porque perdia el

piso: me dijo “suba vd.” y comencé mi ascension por una escalerita

de palo que casi flotaba como una cinta con nudos, que no tendrá una

vara de ancho; dí vuelta, y entónces me embarraba á la pared por una

verdadera cornisa con su barandal, todo trémulo y amenazante. Saliónos

al paso una puertecita pequeña. Estábamos á grande altura, causaba

pavor la consideracion de los muchos escalones que habiamos subido.

Abrióse la puertecita y nos hallamos en el sacramental pasadizo

americano, con sus _guarda-sombreros_, como es de rigor.

Podria caber la casita en la palma de la mano; pero qué limpieza! qué

elegancia! qué exquisitos adornos! siendo para mí el de más precio las

banderas nacionales y los retratos de Juarez, Zaragoza y Ocampo.

Esa es la casita de las Sritas. Gutierrez, entre quienes se mantiene

dudoso el sólido mérito, sin decidirse por la hermosura, por las

gracias ó las virtudes.

Saben encargarse de nuestra felicidad miéntras estamos bajo su techo,

olvidamos nuestras penas y va nuestra admiracion de sorpresa en

sorpresa, enorgulleciéndonos de lo que vale la mujer mexicana.

Una de las señoritas me enseñó sus versos, llena de timidez y de

bondad.

Lindísimos versos, alma pura de mujer, cantos de ave melodiosa que

enajenan por su elevacion y su pureza cristalina.

Estas Sritas. Gutierrez estaban tambien formando grupo cerca de nuestro

noble marino el capitan Hagen y de Schleidem, ambos sombríos, y el

primero con brusco aspecto y brillantes los ojos de llanto reprimido.

Nuestros amigos Ibarra y Alatorre, que quedaban en San Francisco, se

disponian á acompañarnos con M. Hagen hasta la primera estacion del

tren.

La conversacion fué animada, casi alegre, durante los primeros

momentos; entónces, en tiras de papel, escribí algunos versos; en

cuanto partió el vapor, se hizo entrecortada y difícil la palabra;

al tocar el muelle de Oakland, unos amigos se arrojaron en nuestros

brazos, los otros se alejaron, llevándose sus pañuelos á los ojos.

La estacion ó punto de partida del ferrocarril, con la grandiosidad del

edificio, los rieles y ruedas en los suelos, las máquinas, los talleres

y el inmenso agolpamiento de gente, presentaba aspecto singularísimo.

Los grupos de viajeros se ordenan como por sí mismos: el viajero

aguerrido se relaciona con el conductor, recorre los asientos para

apoderarse del mejor, y cuando suena la campana, está instalado.

Hablemos de los trenes.

Los diversos trenes corren por sus cuerdas separadas, aunque dependan

de una misma empresa.

Así es que hay trenes de efectos, de semillas, de ganados, y de

pasajeros con sus equipajes.

Los carros de semillas son verdaderas trojes rodantes de tablas, con

sus grandes puertas en el medio ó en los extremos.

Los carros de ganado son como grandes jaulas exteriormente, y en la

parte interior como corrales y caballerizas; hay carros descubiertos

totalmente, en que se conduce carbon, y otros, como tanques ó grandes

cajones para el petróleo.

El tren de pasajeros tiene dos grandes divisiones: una de carros que

pertenecen á la Compañía empresaria, y otra de carros accesorios y

especiales (_los de Pullman_), que pagan á la Compañía un tanto por

recorrer el trayecto.

Entre los carros de la empresa, los hay de primera y segunda clase,

division que marca más bien el precio para hacer más escogida la

concurrencia.

Los carros de primera clase tienen sus asientos traveseros de dos

en dos, con sus cojines, su alfombra y sus departamentos cuidados y

limpios.

Los de segunda, están llenos de sofacitos de bejuco; en uno de los

extremos de ese carro se ve la estufa y el depósito de la leña que la

alimenta.

Al extremo opuesto hay oficinas de desahogo y de aseo, y un aparato que

contiene agua con hielo para la provision comun.

La gente que se aloja en las secciones más baratas, es pobrísima y

de maneras las más bruscas; patanes, con pisones tremendos llenos de

clavos, por piés; racimos de plátanos, por manos; sobrecargados de

trapos y de chirlos, y con unos sombreros obtusos, inverosímiles,

escurridizos y sin figura determinada, como al derretirse, como al

pasar á líquidos. En esos carros se fuma con libertad, y eso quiere

decir el imperio de la pipa, esa hornilla adherida á un tubo y

dependiente de unos labios como claraboyas, y de unos pulmones como

fuelles, que soplan torbellinos de humo pestilente....

Y ese incidente es el menor; los que mascan tabaco, en los muladares,

en las zahurdas, en las cloacas, en donde la asafétida seria perfume

y la putrefaccion campea, pueden llevar el estandarte de la suciedad

repugnante.

El tabaco de mascar es un panecillo negro y meloso, compacto como una

tabla: las astillas de ese tabaco, que son las que se mascan, producen

raudales de saliva negra, que todo lo inunda, dejando por donde quiera

rastros asquerosos.

En esos carros, en que el que puede duerme sentado, se ostenta el tipo

del yankee ordinario, en toda su desnudez. El yankee en quietud, se

echa, se rueda, se empina, se para de cabeza; pero pocas ó ningunas

veces atina á sentarse como la gente, y el pandemonium aquel del carro,

es una de cuadriles, de codos, de patazas enarboladas, de gañanes

patiabiertos, que es una delicia.

El yankee es invasor por excelencia, y declara respaldo, cojin, ó

colchon, ó silla, al primero que se le presenta; cuando uno vuelve la

cara, ya un rinoceronte de esos se le reclinó en el pecho, como si le

hubiesen visto á uno cara de sofá: cuando ménos siente, puja oprimido

por una torre que se le vino encima; y cuando está más descuidado, un

brazo pesado y velludo le está enlazando el cuello como una serpiente,

si no es que se ha instalado con el mayor desplante en las rodillas de

cualquiera.

Por su parte, la mamá de baja estofa, protege con todas sus fuerzas la

independencia del nene, y el nene, en mangas de camisa, salta sobre

las gentes, invade tambien, y es un encanto pasar unas horas con los

renuevos de los titanes de la América.

En cuanto al _Pullman car_, hay el _carro-salon_, _el carro-comedor,

con cocina_, y el _carro de pasajeros_, secciones que constituyen el

departamento de un palacio andante, con cuanto el esplendor, el lujo,

la grandeza y la comodidad pueden inventar.

Me ceñiré por ahora á la descripcion del carro de dormir ó de

pasajeros, porque los otros se habian suprimido en el ferrocarril

central del Pacífico en que yo hice el viaje.

El carro todo es de madera exquisita, y en su interior, de chapeados y

embutidos de madera de rosa, con adornos y molduras riquísimas de plata

alemana.

Al entrar al carro, perfectamente alfombrado de alfombras, imitacion

de las turcas, se pasa por un callejon con sus ventanas de cristales

cincelados, que da al gabinete de aseo de las señoras.

Ese gabinete es un precioso camarin, con su tocador, con su mesa de

mármol, agua corriente, jabones, pomadas, cepillos, toallas y cuanto

puede desearse para el aseo.

Contiguo al tocador, y dando uno de sus costados al tránsito que ya

describimos, existe un cuarto pequeño para familias que desean estar

aisladas, y el que se incomunica del resto del carro, quedando con su

luz y todas sus comodidades.

Al extremo opuesto hay tres departamentos para los hombres, uno de

aseo, el _Water Closset_, y el cuarto de fumar, porque en el interior

de estos carros no se fuma.

La seccion de aseo la compone un gran mostrador, con tres ó cuatro

lavamanos bajo sus llaves, de metal blanco, que arrojan agua en

abundancia, requeridos por sus respectivas bombas; junto á cada

lavamanos, hay en sus trastos grandes trozos de jabon, una que otra

vez con esponjas; no se conoce el _zacate_, y á los extremos, toallas

que podrian llamarse fajas que giran contínuas en un perchero, y donde

litografía su rostro y se limpia todo bicho viviente.

El yankee zabulle su cabeza, escupe, hace diabluras, y deja las más

veces su agua inmunda como herencia al sucesor. En una especie de nicho

embutido en la pared, está un vaso y hay agua con hielo.

Por supuesto, las escenas de ese departamento son en paños menores, y

nada hay más repugnante que el estado en que dejan jabones y toalla

giratoria, los hijos de Guillermo Pen.

El _Water Closset_ y el _Smoking car_ (carro de fumar), son cuartos

adaptados á su objeto. Este último da á la plataforma, con completa

separacion del carro interior.

Veamos ahora lo que constituye el _Sleepen car_ (carro de dormir), que

se elogia como una invencion de las más felices.

Figuremos un salon, poco más ó ménos de doce varas de largo, lleno de

pequeños sofacitos de dos asientos, unos frente á los otros, pero con

goznes en el respaldo, de modo que se presten á la trasformacion en

lecho cuando conviene.

Los viajeros quedan durante el dia en secciones de cuatro en cuatro

con dos ventanillas disponibles. En el intermedio de las ventanas hay

un hueco donde se coloca una pequeña lámpara en las noches, y de dia

se afianza una mesita muy cómoda para escribir ó para comer los que

llevan provisiones y no quieren salir del carro.

En la parte superior del carro se abulta un adorno ó cómoda corrida que

lo corona lateralmente, y siguiendo una especie de órden gótico, toca

el cielo, de donde penden de trecho en trecho grandes lámparas dentro

de globos de cristal apagado, en sus sustentáculos elegantes de plata

alemana.

Al frente del adorno que describimos, corre una gruesa varilla de metal

blanco y reluciente.

Los pequeños sofaes ó asientos están forrados en terciopelo carmesí.

Los cristales de las ventanas son hermosísimos.

La concurrencia es selecta, generalmente se aisla, jamás importunan á

una señora, prodigan á los niños cariñosos cuidados, y un _yankee_ bien

educado, es de lo mejor y más caballeroso.

Fino sin afectacion, consecuente y franco sin llaneza.

Ríe con _bonhomie_ y estrepitosamente, manifiesta ingénua admiracion

por lo que cree bueno y no comprende, y se apasiona de las gracias y de

la dulzura de nuestras damas.

Sobre todo, el respeto á las señoras es de todos ellos, y eso explica

esa intimidad y esas grandes travesías sin accidentes, que no, no

pasarian con gente de nuestros hábitos; se puede jurar esto que digo,

no hay que acusarme de parcialidad.

En las noches, los asientos de los sofacitos se corren y extienden: el

adorno cae como una tapa, sirviéndoles de techo, de esa tapa se hace

otra alcoba y se convierte aquella seccion en dos camas: dentro de

la caja superior está la ropa de las dos camas, que quedan con sus

colchones, sus cobertores, sus respaldos, su lámpara y cuanto puede

apetecerse, ménos cierto adminículo que en esos casos quisiera uno

llevar colgado como un arete.

Dispuestas así las cosas, se corre una cortina por las varillas

superiores, se afianza de trecho en trecho de grandes clavos de metal,

y quedan formadas alcobas perfectamente iguales, donde se pasa la noche

muy cómodamente, cuando todo marcha en regla.

El exterior de las alcobas queda como un callejon angosto entre dos

altas paredes de lienzo grueso.

El servicio está sobrevigilado por caballerosos y atentos inspectores,

á quienes se recomiendan las mejores maneras, y los que son despedidos

á cualquiera falta.

Se ocupan del aseo y sirven á los viajeros, negros muy elegantes y

bien vestidos de azul, con sus cachuchas en que está escrito el oficio

á que se les destina. Estos negros asean, preparan el agua, cepillan

la ropa, limpian las botas, y en la carga y descarga de los trenes se

encargan de los equipajes, haciendo mandados en las estaciones y siendo

en general útiles y honrados.

En el interior de los carros, y á los piés de los asientos, corren

tubos caloríferos que los mantienen á la temperatura que se quiere, de

suerte que está azotando la nieve los cristales, á la vez que corren

los niños en el saloncito con sus vestidos de lienzo, y las damas

ostentan sus trages de primavera.

Por los tránsitos interiores de todo el tren pasa, con más frecuencia

que lo que se quisiera, álguien que ofrece en venta á los viajeros

libros y folletos á propósito para los ferrocarriles, guías de viaje,

vistas, itinerarios y cuadernos con novelas maravillosas y patibularias.

Acaba su primera excursion el vendedor y á poco vuelve á pasar con su

canasto de naranjas, peras, dulces y juguetes; en otro paseo ofrece las

curiosidades de la localidad que se recorre.

Los libros y cuadernos los deja en los asientos.... despues recoge los

que no se han vendido, y cobra.

Pero tanto éstos como los servidores, si bien no hablan sino pocas

palabras, dan en cambio sendos puertazos, que aturden cuando se cierran

y abren varias puertas á la vez.

Por la parte exterior de todos los carros, y saliente sobre las ruedas,

hay una andadera ó pasadizo por donde transita la servidumbre, con tal

desembarazo y rapidez, como si fueran en un corredor.

Corren, suben, bajan, se escurren, se acurrucan, se encaraman y se

estacionan como unos zopilotes horas enteras, asidos á la rueda de que

pende el garrote, en lo más alto de los trenes, con sus blusas cortas

y sus cachuchas, cuyas viseras se ven á lo léjos como anchos picos de

grandes pájaros.

El conjunto de la concurrencia que partió con nosotros era hermoso

é iba alegre como á un paseo, en el carro de dormir que ocupaba la

primera clase.

En lo alto del interior del carro veíanse, bien colocados, sombreros,

neceseres, paraguas y bastones, y bajo los asientos, petaquillas

manuables, sacos de noche, licoreros, botiquines, porta-ropas,

neceseres de viaje y esos mil utilísimos adminículos del viajero, que

están al alcance de todo el mundo en los Estados-Unidos, y donde se

confeccionan con increible baratura.

Hay baúles desde veinte reales hasta cuarenta y cincuenta pesos, con

cuanto se puede desear para un viajero, y lo mismo puede decirse de los

artículos manuables.

El interior del carro, lleno de luz, presentaba un bello conjunto.

_Ladies_ con sus sombrerillos con flores y plumas, sus grandes

sobretodos de nutria ó de paño, caballeros con paletós riquísimos de

las mismas materias y sus cubiertas de dril para conservar siempre el

aseo, y niños angelicales con increible gorrillos, encajes, sedas y

pieles.

Como deciamos, nos acompañaban nuestros amigos Ibarra, Alatorre y Hagen.

Nada puede compararse en fertilidad y animacion á los campos que

recorriamos. En los caminos se encontraban ómnibus y carruajes, y

carretas que chirriaban conduciendo mieses y granos; en el suelo

formaban alfombra las sementeras; bajo grupos de árboles gigantes

tendia la viña sus toldos caprichosos; sobresalian entre los sembrados

los discos de los molinos de viento, las chimeneas de las fábricas y

las puntiagudas torres de los templos; y á lo léjos, al pié de las

montañas, veíanse pastando los ganados ó corriendo en hileras al lago

en que reverberaba, tiñéndolo de azul y grana, la risueña luz matutina.

En la estacion de _Lanthroop_, ántes de Sacramento, recibimos los

adioses de nuestros amigos.............................

De aquella estacion parten varios caminos; pero dos me atraian por

su fama: el de los Angeles y el del Valle de _Yo-semite_. El primero

conserva mil recuerdos de México: en medio de la corriente de la

colonizacion; donde hay una leyenda sentida; donde se balancea una ave

canora; donde tiende el amor sus alas de oro, allí se invoca á México,

como si el sentimiento concediera nuestra nacionalizacion á todo lo

bello y á todo lo poético.

En cuanto al Valle de _Yo-semite_, llenos están los _Albums_ y las

guías de viaje con las relaciones de aquella naturaleza magnífica sobre

toda comparacion.

Arboles á los que se ha tenido que llamar monstruosos, porque ha

parecido vulgar y fria la denominacion de gigantescos, rocas cuyo

conjunto ha merecido el dictado de catedrales y de las que una

sola fungiria como montaña. Cataratas cayendo como en tropel y

precipitándose por gradas de inmensa altura, valles apacibles y

sombríos limitados por alturas inconmensurables, y lagos entre follajes

y arboledas, que como que se esconden avaros para guardar pedazos

de cielo en sus entrañas, y comprender en un sentimiento único de

admiracion tierna, las más espléndidas manifestaciones de Dios....

Pero no era posible detenerse: el _wagon_ tiene algo de fatal en su

marcha; sigamos contemplando lo que nos rodea, á vuelo de pájaro.

Dejando por uno y otro lado sembradas estancias y chozas, que como que

brotaban al borde de las ventanillas del carro, abriendo sus bocas y

sus ojos para vernos pasar y desaparecer veloces, los conocedores nos

hacian notar la proximidad de una grande estacion.... leña apilada por

dos y tres millas.... ruedas y rieles aquí y acullá.... grandes pipas

con agua.... carbon amontonado en colinas.... despues cruceros de

rieles en todas direcciones.... luego como una ciudad desbaratándose y

andando sus aceras cada una con su locomotora.

La estacion, cuando es de alguna importancia, está bajo grandes

jacalones que cubren el despacho, el telégrafo, los depósitos para la

carga, caminos para coches y carros, fondas y cantinas, depósitos de

ropa hecha, sombreros, zapatos, baúles y todo género de útiles de viaje.

Antes de llegar el tren á la estacion, repica á vuelo su sonora

campana; el mugir de la locomotora se hace vibrante y agudísimo, jadea

la máquina, el sonar de las ruedas parece remedar la carrera contenida

del monstruo.

A ese espectáculo corren en bandadas los vendedores y asaltan el tren

con periódicos, tarjetas y vendimias á millares; suena á la vez el

_gongo_ ó la campana del _restaurant_; la voz del conductor anuncia que

hay diez ó veinte minutos de descanso: entónces, como una catarata,

descienden los pasajeros y corren á las mesas del _restaurant_, esto

es, los pasajeros acomodados: los de escasa fortuna, vuelan á la

cantina ó _restaurant_ de puro mostrador.

Luego que han entrado los viajeros al _restaurant_ decente, se cierran

las puertas, quedando una salida única, donde se paga cuota fija,

cómase lo que se comiere, ó no se coma nada.

El arrastrar de sillas, el sonar de platos y cubiertos, los gritos y

el afan de engullir lo mejor y más pronto, preocupa la voracidad de

esta raza humana, que en ciertos momentos se las puede disputar á los

buitres y á los lobos.

En cuanto á las comidas, _plan_ americano neto: maíces, papas, huevos,

trozos de carne como para jaula de fieras, melaza, _cakes_, jamon,

polvos y salsa de lumbre y aguarrás.

Aunque á veces el tiempo concedido de diez á veinte minutos sea el

necesario para sorber unos tragos de café y devorar un trozo de carne,

la preocupacion de la marcha es tal, que las mismas horas parecerian

instantes.

Se come ladeado, con la vista fija en la puerta, con el oido atento al

más leve ruido.

Hay quien diga que esa situacion la explotan maravillosamente los

dueños de las fondas: de uno se contaba que hacia servir la sopa de tal

manera caliente, que entre un sorbo y un soplido y cien maldiciones,

por la tostada del esófago, se iba el tiempo sin que casi probaran

bocado los transeuntes: hacia así su negocio, porque el resto de la

comida quedaba intacto; pero despues notó que en las bolsas se sacaban

muchos la carne y las papas, etc., que el café y el caldo lo enfriaban

con trozos de hielo, y celebró una especie de transaccion.

Como tengo dicho, desde el anuncio del tren se agolpa la gente á la

estacion: nosotros estábamos en _Lanhtroop_. El ferrocarril tiene allí

ramales para _Yo-semite_, por Visalia y San Joaquin.

Partió por fin el tren por entre campos cultivados y caminos que

parecian escaparse de debajo de nuestros wagones, llenos de movimiento.

La personalidad se concentraba: cada uno queria acomodar lo mejor

posible sus cachivaches; cada cual buscaba medio de hacerse agradable á

los sirvientes.

El viajero aguerrido cuidaba su canasto con comestibles, sus neceseres

y sus babuchas.

El tétrico sacaba su libro, incomunicándose con todo el mundo.

Las simpatías y antipatías se manifestaban como por explosion, formando

grupos, aunque saludándose apénas.

Entre los viajeros, habia dos que desde luego me impresionaron.

Era el uno pelon, barbilampiño, rubio, de azules ojos, y de

desembarazados movimientos.

En todas partes habia estado y todo lo sabia, posee cuatro ó cinco

idiomas, es capaz de hacer una tortilla de huevos en la uña del dedo

meñique, lleva botiquin, hace prodigios con su navaja, lo mismo engulle

dulces que sorbe _wiskey_, parece diestro en las armas, habla de música

como un filarmónico consumado, tiene retratos de todos los artistas

célebres, que son sus amigos, y no hay suceso notable que no haya

presenciado y cuyos resortes íntimos no conozca del pé al pá.

Y no obstante esa pluralidad de aptitudes, á nadie molesta, sirve á

todo el mundo y de todo el mundo se hace querer: llámase Mr. Gland, é

iba para Missouri.

El otro era un viajero realmente de leyenda.

Encapotado, taciturno, á quien mejor deberia llamarse bulto que persona.

Le cubria hasta los ojos, escurriéndose como un lienzo, un sombrero

negro, de anchas alas, bajo de las cuales relumbraban los vidrios de

sus anteojos verdes, ocultaba su barba y su boca tosco _cachenéz_ de

lana, mal embutido en la solapa de su paletó, que caia sobre gruesas

botas de enormes suelas.

Unos guantes grises de lana forraban sus manos, haciéndolas de tamaño

desproporcionado con su cuerpo.

Pero el cabello que ocultaba el disparatado sombrero y se escapaba en

sutiles hebras sobre sus hombros, era de rayos de sol, y el cútis, que

solia verse por entre el gollete de groseros trapos en que se embutia

su cuello, tenia la tersura y la delicadeza de un cáliz de azucena.

Era evidente: tratábase de un jóven de alta distincion, que viajaba de

incógnito; no se oyó su voz una sola vez; de dia estaba como clavado en

su asiento, con su libro al frente, del que no despegaba los ojos. En

la noche solia descender en alguna estacion; pero salia ántes que todos

y volvia á su puesto primero que nadie.

En la noche, cuando todo el mundo se habia recogido, pasaba solitario

horas enteras en el cuarto de fumar.

Yo, que estaba como Hércules III, deseosísimo que algo me sucediera

para tener qué contar, me forjé una novela con aquel personaje

desconocido: pero por más intruso que me mostré, no conseguí saber nada

absolutamente.

A un amigo que nos acompañaba, y que por su desgracia sabia inglés

perfectamente, le iba agobiando á preguntas sobre los sitios que

recorriamos.

—Esta poblacion se llama Stockton, en memoria del célebre comodoro de

ese nombre, uno de los conquistadores de California.

—Qué alegre es! y parece de importancia por sus muchos edificios, sus

torres, sus plazas y el tragin que se nota.

—Este pueblo es la cabecera de San Joaquin.... vea vd. los ligeros

vaporcitos de su rio.... al principio, el único comercio eran las

minas; ahora, los granos hacen competencia á aquel comercio. Hace diez

años, continuó Lorenzo, que este es el nombre del amigo, esto era casi

desierto; ahora tiene trece iglesias de todos los cultos, catorce

escuelas públicas y particulares, está alumbrado con gas y tiene un

pozo artesiano de mil dos piés de profundidad, que produce 360,000

galones de agua.

Vea vd. esos grandes edificios: aquel que ve vd. al frente es

_Yo-semite_; más adelante tiene vd. á Lafayette, por entre aquellos

pinos, adelante de esos jardines.

Se publican varios periódicos: aquí han traido los tres principales,

que son: _El Independiente_, _La Gaceta_, _El Observador_........

Relinchó el vapor, sonó la campana.... trac, trac...... adelante.

El propio esmerado cultivo, las mismas sementeras; tras de las yuntas,

en apariencia señores decentes, con sus gruesos levitones de paño, sus

botas hasta la rodilla, alguno su sorbete muy catrin.... ¡diantre de

cosa! decia yo.... aquí no hay peones como en México.

—Sí, hombre; pero los peones de aquí son ciudadanos como los demás,

todos esos comen con tenedor y cuchillo, y leen su periódico, y tienen

su mujercita de gorro y de guantes cuando va á la ciudad.

—Hombre, ni me lo diga vd.; esas parejuras, por fuerza los han de

molestar.

Casi todos los campos que cruzábamos estaban cercados y atravesados por

pequeños caminos y multitud de carros de todos tamaños y hechuras: un

hombre con una carga á cuestas, ni para un remedio; mulas de carga, ni

por un ojo de la cara.... ¿y los burros?.... ¿los burros?....

—Pero venga vd. acá. ¿Vd. se puede imaginar siquiera á un yankee

arreando un burro? La gradacion tiene de ser forzosa: en una invasion

americana, los que no combatieran, que por fortuna serian los ménos,

bajarian al rango de indios, los indios al de burros y los burros

desaparecerian....

—Pues oiga vd., á palos muera el pronóstico, y no me ande con esas

bromas, si quiere que las amistades se conserven.

—Quieto, _Fidel_, que hemos llegado á Sacramento.

Desde luego conocimos que estábamos en una poblacion de alta

importancia: la capital nada ménos del poderoso Estado de California.

El gentío agolpado en la estacion era inmenso y de personas

distinguidas; negreaba de sombreros, casacas y sobretodos aquel

espacio; los mil vendedores de toda clase de efectos, circundaron

el carruaje, los muchachos repartidores de periódicos invadieron el

interior de los wagones, proclamando desaforados sus diarios.

El Sr. Iglesias recibió en el wagon la visita de las autoridades y

personas notables del Estado, quienes se particularizaron en finura y

atenciones.

Miéntras se verificaban esas presentaciones, Lorenzo me sacó á la

plataforma, dando espalda al bullicio, y me dijo:

—Aunque sea á tiro de fusil, vea vd. el Sacramento. Este era el

término del ferrocarril en 1870: desde San Francisco á Ogden solamente

tiene este ferrocarril 882 millas de largo, ó sean 294 leguas, es

decir, como desde México hasta cerca de Matamoros.

Vea vd. la ciudad como sobre una peana entre bosques de pinos: á esa

altura llaman el Banco de Sacramento: fíjese vd. en sus emparrados y

jardines; las calles son muy amplias, las plazas hermosísimas.

Los hoteles son excelentes: por aquí tiene vd. á Orleans: allí está

vd. viendo el Aguila de Oro; en aquel extremo se distingue el Hotel del

Capitolio.

Y no es el todo la mucha poblacion, sino la poblacion industriosa y

moralizada. Sacramento tiene 18,000 habitantes solamente, y hay más

energía de vida que en México comparativamente.

Serán 18 iglesias de varias religiones, hay dos orfanatorios, gas y

agua por todas partes. Se publican aquí cinco periódicos.

—Bien; ¿pero á qué se debe la extraordinaria altura á que está

colocada la ciudad?

—Se debe á la lucha que se tuvo que sostener con las corrientes

impetuosas del rio: en 1851 y 52 fueron esas inundaciones espantosas;

no dejaban rastros de construccion, pusiéronse murallas y barreras

que paliaron el inconveniente: en 1861 y 1862, repitiéronse las

inundaciones, hasta ahogar la ciudad: entónces se levantó el piso

sobre el mayor nivel que pudieron alcanzar las aguas, se desgarraron

las montañas, se levantó un dique poderoso á la corriente, que vino á

estrellarse contra este obstáculo invencible.

Una parte de la ciudad quedaba descubierta. Alzóse un muro fuertísimo y

se coronó con un ferrocarril.

Entónces á la ciudad se le dijo: “Florece.” Se tendió el rio á sus piés

como un lebrel, y ella, descuidada y tranquila, desplegó todos sus

encantos.... toda esa algarabía de alturas que está vd. viendo y parten

del centro y circundan la ciudad, son molinos, talleres, fundiciones y

fábricas de maquinaria.

Ese gran edificio es el hospital, que sostiene la Compañía del

ferrocarril, y en que se atiende á los enfermos como á príncipes. Tuvo

de costo el edificio, 60,000 pesos.

Nos quedan pocos, minutos, me dijo Lorenzo. Vea vd. la maravilla de

Sacramento: su Capitolio.

—El edificio, segun he leido en las guías, continuó Lorenzo, ocupa

como cuatro de nuestras manzanas regulares.

Se ven primero como tres terrados uno sobre otro en gradacion: á

cada uno de esos terrados, que son otros tantos deliciosos jardines

en ascenso, se sube por escaleras tendidas.... á los lados de las

escaleras centrales hay dos grandes alas de edificios suntuosos.

Como trepando á lo más alto, se ve como en el aire otra escalera de

granito, de 25 piés de alto por 80 de ancho, que conduce al pórtico.

Este pórtico tiene diez columnas de frente.... y se entra al salon de

la rotonda que tiene 72 piés de altura.

En el frente y alas del edificio hay distribuidas cinco colosales

estatuas que representan: á California, la Guerra, la Ciencia, la

Agricultura y la Minería.

Las alas son de 164 piés sobre el cimiento; los lados Norte y Sur

contienen las Cámaras de diputados y senadores.

A la espalda del edificio central, hay una extensísima proyeccion

circular, que contiene la librería.

La cúpula es, como lo está vd. viendo, grandiosísima.

Sobre ese pedestal circular que parece descansar en la parte alta del

edificio, se eleva esa gigantesca tribuna formada en círculo de 24

columnas histriadas: sobre ellas, como engastado más reducido círculo,

se alzan otros 24 pilares circuidos en su base de una balconería

corrida: allí se redondea la gran cúpula metálica y cierran su amplia

bóveda, 12 columnas corintias que sustentan la coronilla sobre que se

levanta la estatua olímpica de California.

—Ya se deja entender, dije aturdido, la profusion de cristales,

marcos, cuadros y todo lo consiguiente á ese _embutimiento_ de

palacios, á esa hipérbole de fierros, cristales, ladrillos, para cubrir

esa superficie de 60,000 piés que reza la guía......

—Juuú!!.... Ju-ú!.... hizo la locomotora; y adelante....

El sueño, que escolta á la gula satisfecha, puso en silencio el carro,

silencio que dejaba escuchar el compasado galopar del tren y los

puertazos con que anunciaba su presencia la servidumbre de los wagones.

Sentado, solitario en el cuarto destinado para fumar, saqué mi

carterita, y consagrando mis primeras apuntaciones á la locomotora,

escribí lo siguiente:

Viaje a los Estados Unidos, Tomo I · 第 73 / 106 题