El 4 de Marzo.—El muelle.—El ferry.—Amigos cariñosos.—Ibarra y
Alatorre.—Capitan Hagen.—La estacion.—El tren.
AMANECIÓ al fin el 4 de Marzo, reinando aún cruelísimo el invierno.—No
obstante los preparativos de viaje y el buen arreglo de los equipajes,
expeditados desde la víspera, quedaron como adheridos á nosotros,
flotantes y sin colocacion, canastos, abrigos, sombreros, paraguas y
todo aquello á que se le ha dado el significativo nombre de _triquis_,
no obstante proclamar todo viajero, que estorba hasta el rosario á los
que tienen la costumbre de usarlo.
A mí me condujo hasta el muelle el coche de un caballo, mi vehículo
constante, el confidente, por decirlo así, de todas mis impresiones de
San Francisco.
Ya hemos dado idea del muelle de Oakland y ya conocemos esos _ferrys_
ó vapores de rios, encargados en tragin constante del acarreo de
viajeros de uno al otro lado de la bahía.
Las aguas estaban un tanto inquietas, pero como encadenadas y
obedeciendo al timon y viendo subordinadas las maniobras de los buques.
Al entrar en nuestro vapor, á las seis de la mañana, encontramos
arropados á varios de nuestros amigos, y á algunas señoritas vestidas
elegantemente y desafiando el ventisco helado, que azotaba sus hermosos
rostros.
Entre los favorecedores que acabo de mencionar, se contaban los Sres.
Andrade, Ferrer, Ahumada, Gaxiola, Coroella, y las Sritas. Gutierrez,
de lo más inteligente y virtuoso que cuenta la colonia mexicana.
Dos ó tres dias ántes de nuestra partida, un amigo veracruzano, á quien
soy deudor de mil finezas, me invitó á una visita por una de las calles
más accidentadas y embrionarias, por decirlo así, de San Francisco: la
calle de Green.
No hacia mucho, en una de mis descarriladas por falta de direccion,
me encontré en el término de los ferrocarriles urbanos del N. E. de
la ciudad: apéeme resuelto para seguir á pié; interceptó mi vista un
barranco profundo; descendí casi rodando; á poco me salió al paso una
montaña y la escalé decidido: entónces me quisieron envolver marañas
de casas, escaleras escurriéndose y asaltando las rocas, ventanillas
como los ojos de un buho en las eminencias, tendederos de ropa, juegos
de coche botados en el suelo, vacas pastando tranquilas en la llanura
tendida entre dos casas, hondonadas con sus árboles, sus jardines
floridos y sus graciosas fuentes, todo á los lados de una cuesta; yo
descendia entretenido, cuando ví en un farol escrito el nombre de
_Green_. Estaba en la calle de Green, indicando la resurreccion de la
ciudad.
[Illustration: _LIT. H. IRIARTE._