XXX

Lo de enántes.—La marina.—El Cementerio.

MUY conmovidas encontré á Pepa y á Sofía por nuestra conversacion del

dia anterior; cuando llegué á la casa, aun se ocupaban de ella con

D. Antonio, que es el nombre del viejo, sesudo representante de la

imparcialidad la noche anterior.

Don Pedro, que es el nombre del otro estimable viejo, decia:

—¡Ojalá no hubiera sido la conversacion entre señoras; por eso callaba

yo: si hubiera sido entre hombres de mundo, yo habria mostrado que la

prostitucion llega á un grado inverosímil. Yo habria dicho de las casas

ó establecimientos para dejar sin _nuissance_ (sin estorbos), á las

jóvenes desdichadas; habria pintado, con los colores á que se presta,

la colosal fortuna hecha por una charlatana para procurar _la soledad_

permanente de las jóvenes.

Y Doña Sofía, continuaba, ya recordarán lo que acontecia en Indiana,

donde el divorcio solo requeria la simple manifestacion de discordancia

de génios. Llegaba por el ferrocarril un matrimonio, se presentaba, y

al volver á partir el tren, estaban desligados para siempre los más

sagrados vínculos.

Muchos cócoras, en las estaciones de Indiana, gritaban al llegar los

wagones: “¡Veinte minutos para divorciarse!”

—Varios anuncios de abogados habrá vd. visto, añadió D. Pedro, que

dicen: _Fulano,—Licenciado,—Con especialidad para el divorcio, con

causa ó sin ella, cinco pesos.—Consultas grátis_.

Lo que espanta es que aun en la sociedad puritana, como en Vermont,

Maine, New-Hampshire, Filadelfia y otros pueblos, se muestre ese

disgusto por la duracion de la vida conyugal y ese _horror por

los niños_, como decia M. Dirou, y que más bien en el Oeste y en

las poblaciones más sencillas, se hayan refugiado los más puros

sentimientos de la naturaleza.

Mr. Jannet, en su obra titulada: “Los Estados-Unidos contemporáneos,”

publicada en 1876, dice:

“Los últimos censos tienen demostrado que en los Estados del Este,

la poblacion no crece con especialidad, sino en los distritos

manufactureros, donde afluyen los inmigrantes. En los distritos

rurales, ó permanece estacionaria, ó disminuye. Los últimos datos sobre

la poblacion de Rhode-Island, prueban que cien americanos tienen por

término medio dos hijos por año, miéntras seis emigrados tienen seis.

Si este desórden continúa, no habrá dentro de cincuenta años un solo

habitante de la raza anglo-sajona.”

—Contaré á vdes., interrumpió un jóven guatemalteco, que nos

escuchaba, una anécdota que es característica, y que reasume, por

decirlo así, cuanto hemos hablado sobre el particular.

Julio Martinez llamaremos al jóven. Contrajo matrimonio con una

lindísima _lady_, que pudiéramos llamar una de las más ricas joyas de

la 5.ª avenida, porque Esther era no solo hermosa, sino que su padre

poseia opulenta fortuna.

Los primeros albores de la luna de miel los hallaron como dos tórtolas;

eran la envidia y el modelo de los amantes entusiastas.

Julio es nativo de la Habana, hermoso, perfectamente educado y de

riquísimo caudal. Emigró de su país por causas políticas, se enamoró de

Esther, fué correspondido y se creia el más feliz de los mortales con

su enlace.

Un dia, y cuando no se sospechaba siquiera, llegaron á Julio cartas

de la Habana en que le participaban que su familia estaba perseguida,

que sus bienes los habia confiscado el gobierno y que no contase con

auxilio alguno.

El jóven participó el acontecimiento á la esposa, lleno de

consternacion, y como consecuencia le propuso la reduccion de gastos y

su cambio á una modesta habitacion.

La jóven escuchó con suma frialdad, casi con indiferencia, aquel

relato, y le dijo con cierto tono de superficialidad:

—A la modesta habitacion, te vas solo.

—¡Cómo! replicó sorprendido el marido, ¿no me sigues?

—Oh! á ese barrio de obreras?.... vas tú solito.

Quiso el marido esforzarse y obligar á su consorte; pero todo fué en

vano. No habia pasado una hora de esta conversacion, cuando Esther

estaba en un hotel y el matrimonio en realidad disuelto.

Julio.... abandonó la casa en que vivia.... y no se volvió á saber de

él......

Esther se dirigió á la casa de su padre.

—Vengo á decir á vd., le expuso, que Julio me quiere llevar á una casa

indigna de nosotros, muy pobre.

—Oh! esa es tu cuenta.... dijo el padre.

—Yo he resistido, y me vengo á mi casa.

—Oh! tú irás con tu marido ó por tu lado; esa es tu cuenta.... Esta no

es tu casa.

—La beldad no se dió por derrotada: se encerró en su cuarto del hotel

á calcular, y se encontró con que tenia _un obstáculo_ (¡un hijo!) que

le impedia discurrir con libertad.

Nada más sencillo.... como proemio de sus planes, hizo desaparecer _el

obstáculo_ y quedó como soltera.

Entónces, exhumó sus correspondencias amorosas, pasó una especie

de circular á sus antiguos pretendientes, y la tiene vd. instalada

de nuevo en su 5.ª avenida, merced á la prodigalidad de un judío

millonario, que fué el mejor postor.

—Eso es espantoso, exclamé yo.

—Será lo que vd. guste, me dijo D. Pedro; pero en esa foja arrancada

del Album de la vida íntima, tiene vd. la facilidad de romper las

relaciones más estrechas, los vínculos más sagrados, el horror á los

niños y la subasta y el remate al martillo.

················································

Uno de mis compañeros llegó en aquel momento, y tomó otro giro la

conversacion.

Habia hecho, en union de los Sres. Iglesias, Gomez del Palacio y otros

mexicanos, un hermoso paseo en la Bahía, invitados y obsequiados por el

Sr. D. Romualdo Pacheco, una de las personas más distinguidas y amables

que tratamos en California.

Antes de ceder la palabra á mi amigo, en lo que ganarán sin duda mis

lectores, para la relacion de su paseo, me la concedo yo para hacer la

presentacion del Sr. Pacheco en toda regla.

El Sr. D. Romualdo Pacheco nació en el pueblo de Santa Bárbara, donde

tenia ricas posesiones y numerosos ganados su familia.

Quince años tenia el jóven Pacheco cuando se verificó la guerra

americana, y de sus resultas, su cambio de nacionalidad.

Pacheco partió para Paris, donde perfeccionó su educacion, y vino á

ejercer, como juez de su condado, las primeras funciones públicas, con

aplauso universal.

Abrazó el partido republicano, se le nombró tesorero del Estado: sus

talentos y virtudes le granjearon la estimacion pública, y en 1871 le

hizo el voto popular teniente gobernador, y quedó al fin ejerciendo el

mando como gobernador, por renuncia que hizo Mr. Booth, nombrado para

ese encargo.

Hé aquí los términos en que habló entónces del Sr. Pacheco, el

periódico más acreditado de California:

“En su carrera pública, el gobernador Pacheco ha sido probo entre los

probos y honrado entre los honrados. Jamás se le ha atribuido un

hecho que pudiera empañar el escudo de un hidalgo en aquellos dias.

El gobernador Pacheco heredó los extensos terrenos de su familia, así

como sus ganados. Durante los años de sequía, se deshizo de todo eso,

que ahora constituiria la fortuna de un príncipe, para socorrer á los

pobres. A Pacheco pertenece la honra de haber atravesado una série de

pingües destinos, sin haberse enriquecido por ello.

“Personalmente posee cualidades que tienen mucho mérito para el pueblo.

“Es considerado como el hombre de mejor figura y de más finos modales

del Estado.

“Laza un oso con la propia facilidad que un becerro, maneja un _yate_

como el más diestro marino, es un tirador de primera fuerza, y como

cocinero, no le conocemos rival.”

Esto dice el periódico americano.

Nosotros podemos asegurar que ninguno de esos elogios es exagerado, y

que el cariño que profesa á México nos lo hizo recomendable en alto

grado.

El amigo que venia de disfrutar de la buena compañía del Sr. Pacheco,

estaba encantado con los recuerdos de su paseo.

Contábame regocijado mi amigo, que el Sr. Pacheco llevó en su compañía

al paseo á su hijita, niña encantadora en cuya fisonomía y modales

parece que se habian dado cita las dos razas, sajona y española, para

ostentar sus gracias: además, se reunieron al caballero obsequiante

unos americanos, tan francos, tan alegres, que sin la denuncia

impertinente de los años, se habria semejado el paseo á una _salada_ de

colegiales.

—Vimos la Bahía, me dijo el amigo, con sus muchos muelles, su tragin y

su riqueza deslumbradora.

Por una parte, el _the_ que llega del Oriente, entre la algarabía de

los chinos; por otro lado, montones de tercios de trigo, esperando

buques para un puerto extranjero.

Pacas, costales, barriles, maquinaria de fierro, pianos, cuanto sueña

la necesidad, cuanto inventa el lujo, cuanto solicita el trabajo,

cuanto imagina la gula.

Pasamos por enfrente de San Quintin, que es una isla en que está

la prision, y es al mismo tiempo escuela de artes y oficios, cuyos

talleres trabajan con la mayor actividad.

Allí, me dijo mi amigo, como en otras partes, no ha tenido solucion

satisfactoria la cuestion de talleres; el gobierno paga seis reales por

la manutencion de cada preso; pero en otras épocas se han apoderado de

ellos especuladores, que despues de exprimir su jugo, sueltan al preso

casi en la miseria cuando termina su condena.

Además, el auxilio del gobierno produce una baratura forzada, que da

superioridad á los efectos hechos por los presos, y esto sacrifica al

artesano honrado que no tiene más auxilio que su esfuerzo personal.

La prision de San Quintin está citada como modelo; pero yo creo que hay

instituciones mejores y más humanitarias en Europa.

Entre la multitud de asociaciones marítimas de _Express_ comisionistas

y traficantes de mar, descuella poderosa la Compañía que dirigen MM.

Goodall, Nelson y Pekin, titulada: “Compañía de vapores de la Mala del

Pacífico,” relacionada con otras compañías que recorren las islas del

Pacífico, China, Japon, los principales puertos de América, Europa,

Asia, Africa y Australia, haciendo de fácil acceso á California todos

los pueblos del mundo.

La seguridad, la baratura y las comodidades todas de la vida, se han

trasladado á esos buques, al punto que familias enteras se estacionan

en ellos.

Los negocios de la Compañía requieren, en movimiento perpétuo, 35

agencias colocadas en los puntos más importantes de las costas de los

Estados-Unidos, México, Sur, Centro América, el Canadá, Inglaterra,

Japon, China y las Indias Occidentales. La capacidad de su flota excede

de 70,000 toneladas, y la distancia entre los puertos de salida y

entrada que los vapores atraviesan en viajes regulares, es de más de

25,000 millas por viaje.

Uno de nuestros complacientes compañeros de paseo, continuó mi amigo,

nos hizo una descripcion animadísima del vapor conocido con el nombre

de “Ciudad de Pekin,” llamado por los marinos “El Palacio Flotante.”

Los salones, decia, refiriéndose á M. Lloyd, escritor americano de gran

mérito, son tan espaciosos y elegantes como los de los millonarios de

la 5.ª avenida en Nueva-York.

Grandes espejos, deliciosas pinturas, jarrones con flores y cuantos

primores ha derramado la estética en las estancias de los próceres

europeos.

La cocina parece dirigida por Brillat de Savary y por Alejandro Dumas

á competencia, es un paraíso en donde las seducciones no son manzanas,

sino los manjares más exquisitos; seria el orgullo de Manuel Payno,

haria las delicias de Morquecho, ese par de amigos de tan exquisito

gusto para sus comidas.

Cada camarote parece preparado por una novia solícita á un solteron

comodino.

Solo el “Grande Oriental” es superior en tamaño á la “Ciudad de Pekin,”

que mide 5,080 toneladas, es de fierro y hélice y hace el tráfico con

China.

La flota de la Compañía se compone de 16 buques de fierro y hélice, y 9

de madera de ruedas laterales.

Los buques de primera clase tienen los nombres de “Pekin,” “Tokio,”

“Gran República,” “Colorado,” “Ciudad de San Francisco,” “New-York,”

“Australia,” etc., etc.; miden de 3 á 5,000 toneladas; los de 2.ª y 3.ª

clase, de 1 á 3,000.

Diez de esos buques, los de primera clase, hacen el tráfico de China y

Australia; seis el de New-York y Panamá, y los demás los de las islas y

la América Central.

Por la brevísima idea que hemos procurado dar de la Mala del Pacífico,

se vendrá en conocimiento del movimiento de sus muelles, del tragin de

sus almacenes, de la multiplicidad de sus cambios, de la extension de

sus relaciones y del impulso que esa sola Compañía comunica á todos los

ramos de la riqueza pública.

—Volviendo al Sr. Pacheco, dijo mi amigo, es persona altamente

considerada, no obstante manifestar su adhesion por México; nosotros le

debemos mil atenciones y le estamos profundamente obligados.

—¿Creerán vdes. que he pensado muy detenidamente en lo que acontece,

no con el Sr. Pacheco, sino con otros mexicanos que conservan con

heroismo su nacionalidad? Ellos son tratados como cualquier otro

extranjero; léjos de recibir ofensas, son acogidos en la mejor

sociedad, y sin embargo, se tiene por nuestra raza sumo desprecio y se

siente algo en la atmósfera, que nos sofoca.

—Eso depende de dos cosas: primero, de que no se distingue bien entre

la gente bien educada y la que no lo es, y en que no es lo mismo las

ciudades que los campos.

La gente de las fronteras se cree sin fundamento que es, en general,

como el sedimento de lo que tienen de peor los dos pueblos; y como

el americano tiene la fuerza, y los testigos, y los medios de

superioridad; y como de nuestra parte la representacion es tan débil,

llevamos la peor parte en todo.

—Yo, dije, he estado en Tejas en 1865. La poblacion americana invadia

dia por dia la parte central de la ciudad; á sus orillas, bajo las

lonas, como la ramazon y los despojos que empujan á la tierra los

grandes lagos, se iba aglomerando la poblacion mexicana, sucia,

desnuda, corrupta, bajo girones de lienzo, ó bajo cueros de res,

apiñándose como gusanos, formando como costras y grumos repugnantes.

El cólera imperaba devastando. Se cebó en el barrio mexicano. Cuando

iba desapareciendo la plaga, se publicaba: “_Demos gracias á Dios. El

cólera se va: ya solo mueren algunos negros y muchos mexicanos._”

En los jurados generalmente resultaban condenados los mexicanos: los

nombres de mugrosos y de ladrones les designaban al castigo: yo jamás

me he sentido tan humillado como entre aquellas gentes.

—Habia mil razones, replicó mi amigo: los usurpadores de las tierras,

pintaban á los mexicanos como bandidos y citaban hechos atroces: los

mexicanos, que no tenian justicia ni apoyo alguno, recurrian á la

fuerza, se exacerbaban los odios y siempre el juez decidia en favor de

los suyos.

Por otra parte, debe tenerse en cuenta que tambien de nuestra parte ha

habido violencias.

Pero el hecho es que se pueden citar matanzas atroces por órden de las

autoridades, robos injustificables, incendios y todo lo que no seria

lícito emplear ni para el exterminio de fieras.

Pero los hechos que hemos palpado y de los que hemos sido víctimas, son

no tener quien hiciera justicia á un mexicano, sino condenarle por la

primera delacion; en Brownsvill, no se permitia á un mexicano galopar

á caballo, ni tener vela encendida, y la más leve sospecha provocaba

ejecuciones espantosas..................................................

Pepa, que observó que el terreno en que nos estábamos colocando era muy

resbaladizo, cambió de conversacion y me trajo su Album, empeñada en

que escribiese en él cualquier cosa que no fuera séria.

La conversacion séria voló hecha girones, los concurrentes se rodearon

del piano y á mí me dejaron con el Album y un tintero en la mesita del

centro de la sala.

Allí, al querer ó no, hilvané, en ménos que canta un gallo, unas coplas

festivas, que por fortuna de mis lectores no recuerdo.

La circunstancia de ser víspera de partida, y la intimidad de mis

relaciones con la estimable mamá de Pepita, hicieron pasable la

improvisacion, que se hubiera calificado de llaneza, si no estuviera

autorizada por la confianza y por la broma.

* * * * *

Al siguiente dia de esta entrevista me desprendí de todo compromiso

para hacer en la mañana mi paseo solitario al Cementerio, ya que era

preciso verlo todo.

Al Oeste de la ciudad, entre la árida playa y el Océano, en medio de un

hervidero de caprichosas colinas, se levanta entre un grupo de pinos

silenciosos, una gigantesca cruz rústica, recuerdo de los primeros

misioneros españoles, propagadores de la civilizacion y el Evangelio,

en aquellas remotas regiones.

La sombra del signo de la redencion se proyecta gigantesca con la luz

vespertina, como para abrigar los restos queridos de aquellos que

encendieron audaces la doctrina del Evangelio en aquellos dominios de

la barbarie; y algo de religioso y de sublime hay en aquel triunfo

de las conquistas del espiritu, frente al mar, representacion de lo

eterno, y la playa, símbolo del principio y del fin de la vida.

Lone-Mountain es el nombre de la ciudad de los muertos, y sus blancas

columnas y sus estatuas, sus cúpulas y campanarios, parecian cadáveres

de edificios, en que en otro tiempo se habia refugiado la vida.

No sabemos por qué, si no es por seguir alguna vulgar imitacion

del Este, se ha querido sustituir al nombre de Lon-Mountain el de

Laurel-Hill, por mil títulos más adecuado.

Sea como fuere, posee el cementerio una grandeza imponente, la soledad

y el silencio le revisten de extraña majestad.

Desde el pié de la cruz se distinguen, por una parte, las tendidas olas

del Océano, y por el otro, el tumulto de casas de la ciudad, corriendo

entre las arboledas de las calles, apiñándose en las azoteas, con sus

puertas y ventanas como fisonomías, y extendiéndose en las plazas,

abriendo campo como en espera de otra comitiva de edificios.

Entrando al cercado del cementerio, se ven anchas avenidas de árboles

sombríos, calles regulares, tramos de césped y jardines esmeradamente

cultivados, rodeando, ya monumentos, ya sencillos sepulcros en que

parecen confiadas á las regiones desconocidas, las memorias de los que

lloran en este suelo.

Templetes, arcos, bóvedas de granito y de mármol, proclamando la

opulencia, cruces de piedra denunciando la miseria: tambien allí se ve

la desigualdad en la cubierta del polvo.

Recorria las inscripciones, muchas sin entenderlas, como si yo fuese

instrumento del castigo de la vanidad mundana, como si tambien en la

muerte hubiese extranjería!

Una flor aislada y marchita, una corona comenzada á destruir por el

tiempo, hablaban más alto á mi corazon que los esfuerzos que sin duda

habia hecho el talento para protestar contra lo implacable de la nada.

Para un extranjero, para uno que viaja, un cementerio es la aparicion

de la patria comun, es el aviso de que todos los caminos tienen un

fin único, y de que el sueño eterno, lo mismo se concilia bajo todas

las zonas del globo.... ¡Qué pequeño es el hombre! ¡qué miserable la

existencia!

Todos los epitafios son lo mismo: la queja del bien perdido, la

protesta contra lo imposible, el ahinco de defraudar al olvido una

partícula de lo que tiene de desaparecer para siempre. ¿Pero por qué

siente uno morirse más definitivamente en un país extranjero?

En la parte más elevada de Lon-Mountain hay un monumento de mármol

erigido á una que fué persona muy estimable en California: por un lado

del monumento se lee: “Mecánico;” por el otro: “Senador.” Ese epitafio

tiene el mérito de que con dos palabras pinta á un yankee.

El epitafio que produjo en mí más honda impresion, fué el de Arturo

French, muerto en 1860 en el naufragio del vapor “Norterner,” cerca

del Cabo Mendocino. French era el primer oficial del buque; parece

que habia venido varias veces á la playa para procurar la salvacion

de sus compañeros. Contestó á los que trataban de disuadirlo que

volviese al buque náufrago: “Yo debo vivir como cualquiera otro; pero

mi vida pertenece á los que se hallan á bordo de aquel navío, y así,

iré y permaneceré allí con el capitan. Si muero, decid á mi esposa y á

mis hijos, que despues que hice siete inútiles tentativas, he muerto

cumpliendo con mi deber.”

Un mástil solo señala su tumba, emblema significativo de los peligros

de su vida y de su heróica muerte.

En un lugar apartado del cementerio, sin monumentos ni inscripciones,

está el lugar concedido á los extranjeros.

Crece allí espontánea la yerba; en piedras humildes están depositadas

algunas fechas y algunos nombres; de vez en cuando salpican frescas

flores sitios que no tienen inscripcion alguna; lágrimas, confidencias

íntimas, desconocidos misterios de amor y quebranto....

El murmullo de los árboles en aquel sitio, parece remedar los acentos

del hogar distante..........

Yo no sé por qué en aquel lugar tuve como la aparicion

de todo cuanto amo en el mundo.... La tumba en tierra

extraña.... ¿qué más da?.... Oh, no! es horrible morir sin

patria!........................................

La sensacion que acababa de recibir, no me dejó fijarme en otros

suntuosos monumentos ... ni en una seccion destinada á los sepulcros de

los individuos de las Compañías de apagar incendios, que es muy bella.

Poco me detuve en el Cementerio Chino, que está cerca de Lon-Mountain,

ó mejor dicho, que como el Cementerio Católico, son secciones separadas

de él.

El Cementerio Chino, realmente son depósitos de cadáveres encajonados,

que hacen las Compañías para conducirlos al Japon ó China, como es

sabido y está pactado: frente á los sepulcros hay hoyos en que se

queman lo que ellos llaman perfumes.

En estos lugares suele insultar el odio público á los cadáveres,

arrojándoles piedras y suciedades; no hay para qué encarecer lo que

tiene de sucio y repugnante aquel lugar.

En el Cementerio Católico descuella el del Sr. Labiaga, que costó más

de cincuenta mil pesos.

Aquella tarde fué de honda tristeza.... parece que algo de mí mismo

quedó allí sepultado. ¿A qué caminar? ¿á qué vivir? si al fin todos los

caminos conducen á la muerte!!!

Viaje a los Estados Unidos, Tomo I · 第 62 / 106 题