—Toma este vinito dulce y haz cuenta de que está Tlachico, del que te
bebe en Mecsico con tus señoritas.
—Así bebiera vd. arsénico, para no decir tanta atrocidad.
Despedímonos del dueño de la fábrica y de los sacerdotes del templo de
Baco.
Durante nuestra monótona comida promoví la cuestion china, que me traia
profundamente preocupado.
—Pero, véamos, me decia uno de los compañeros, tú cómo consideras la
cuestion?
—Yo, así en extracto, les diré que la veo como cuestion de
concurrencia de salario; el chino trabaja más barato, quita el trabajo
al yankee.
—Pero bien, esa baratura cede en beneficio público; sin los chinos no
se habrian efectuado las grandes obras de que se vanagloría California;
por otra parte, ese odio es consecuente con la doctrina proteccionista;
nada más perjudicial á una industria atrasada que un obrero adelantado.
—Entónces, échele vd. un galgo á las cuestiones de colonizacion.
—Yo aborrezco á los chinos, porque los chinos no tienen mujeres.... ya
vdes. lo ven, chinas perdidas es todo lo que aquí se conoce.
—Pues todo eso tengan vdes. en cuenta: el chino se incrusta en un
pueblo, sin asimilarse jamás, ni perder su tipo, ni consumir nada....
ya lo ven vdes.: vestidos, zapatos, frutas, legumbres, trastos,
lienzos, dioses, todo se trae de China, y habitantes así, sin cohesion,
más bien son un elemento disolvente en un pueblo....
—Eso lo produce la persecucion: otra cosa seria con la paz......
Hablábamos en estos términos, poco más ó ménos, cuando me dijeron que
un caballero que habia preguntado por mí, se paseaba al frente de mi
cuarto.
Subí precipitado: era el finísimo Sr. Gaxiola.
—Ha concluido vd.? yo no deseo molestarle, puedo esperar.
—Vd. no puede molestarme jamás, pase vd.: no quiere vd. tomar café con
nosotros?
—No, _Fidel_ querido, mil gracias; como los tiempos se acercan, he
querido que vea vd., aunque no está concluido, el “Bwilden Hotel” ántes
de nacer, anunciado como el rey de los hoteles de San Francisco.
—Vamos allá, dije.... y salimos á la calle.
—Ya tendrá vd. noticia, me dijo el Sr. Gaxiola, de que Mr. Baldwin es
uno de los pocos hombres de mérito con quien ha sido justa la fortuna.
—No estoy en pormenores, repliqué, de la vida de este caballero; sé
que es del Ohio; que desde 1853 reside en California y que ha sido tan
atinado y feliz en sus negocios, que siempre se le menciona con el
sobrenombre del “afortunado Baldwin.”
Llegamos á la calle del Mercado, en la union de las de Ellis, Powel....
de luego á luego me pareció el edificio de rara grandiosidad.
—Su frente, me dijo G*** en esta calle, es de 210 piés, y en la
Porwel, por donde está la entrada, 275.
Volteamos á la calle de Powel, y abracé entónces en su conjunto el
monstruoso edificio.
El Hotel Baldwin tiene seis pisos, y 162 piés de alto; es una manzana
como de una pieza, alta como las torres de Catedral, y con sus cuatro
fajas de nichos ó ventanas á los cuatro vientos.
Y si he dicho seis pisos, es porque las cuatro fajas de ventanas,
descansan en esas portalerías de cristales, que tienen sus columnas y
pórticos salientes y que hacen aparecer como en el aire el edificio.
Además, el subterráneo es un piso en forma, y ese, como se deja
suponer, no está á la vista.
Pero lo que se ve es, en las alturas del hotel monstruo, otra especie
de ciudad en las nubes, con sus edificios, sus torres, sus rotondas,
sus linternillas, sus cúpulas, un verdadero tumulto de prominencias,
que se las disputan con acueductos y con extensos lagos, pues no pueden
llamarse tanques los depósitos que existen verdaderamente en la region
de las aves.
Las cúpulas son de tal magnificencia, como la de nuestra iglesia de
Santo Domingo y Loreto, y pudiera dar ligera idea de su forma, la
cúpula del Señor de Santa Teresa de México, ó la del Cármen de Celaya.
Penetramos al interior del hotel; pero ¡qué! si aquello era una
Babilonia incapaz de dejar que se juntaran dos ideas.
Suspendidos en los aires, brotando del suelo, embarrados á las
paredes, encaramados en escaleras, colgando de los techos, por todas
partes habia carpinteros, herreros, hojalateros, pintores, tapiceros,
cargadores y traficantes, entre un ruido, superior á toda ponderacion,
al redoble de tambores y al repique, á un altercado de costeños y á un
_¡al hígado!_ de muchachos desaforados.
Virutas, pedruscos, retazos de lienzos, cubetas, carrillos, obstruian
el aire y el piso, y sin embargo, se perdia la vista en corredores
espaciosos, salones, rotondas y bóvedas de una grandiosidad
indescriptible.
G*** me decia:
—No nos engañaron: la arquitectura es del estilo frances del
renacimiento. Esas columnas corintias, esas cornisas del gusto clásico,
son airosas y correctas.
En este primer piso, como vd. lo ve, revestido de mármol, está el
despacho, la biblioteca, los _bar-roms_. Esta escalera que va del
primero al segundo piso, como vd. ve, toda es de mármol; tendrá poco
ménos de diez varas; las balaustradas son de maderas finísimas de
varios colores.
Subimos la escalera, y en el segundo piso me dijo, al frente de un
salon con grandes ventanas y columnas:
—Este es el comedor: tiene más de cincuenta varas de largo, por doce
de ancho. Como vd. ve, está dividido en varios departamentos. Hay otro
comedor preciosísimo para los niños.
Todo ese laberinto de salones de este segundo piso son piezas de
recepcion, para negocios, tertulias y solaz de los huéspedes.
—Y los pisos superiores?
—Los pisos superiores son viviendas, porque este propiamente es un
hotel para familias.
Cada una de las viviendas de esos pisos, continuó mi amigo, tiene cinco
piezas, que son: dos recámaras, una sala, un cuarto para vestirse y un
riquísimo tocador. Comunican extensos corredores todo el edificio y se
concentran en la escalera principal, escaleras privadas y elevadores
haciendo calle por los aires, de arriba para abajo y de abajo para
arriba.
En cada grupo de piezas hay sus linternillas, que dan luz, aire y sol á
todas y cada una de las piezas.
Tomamos uno de aquellos elevadores ó _simones_ del aire, y subimos al
techo.
A mí se me volteó el mundo al revés, porque me encontré en una
inmensa calzada y tenia á mis piés la ciudad, la bahía y los paisajes
deliciosos de los alrededores de San Francisco.
Cuando ménos lo esperaba, y en lo más alto de una torre, ¡señores de mi
alma! que me voy encontrando una pequeña pieza, elegantemente tapizada,
con primorosos muebles, y en medio de todo esto, dos ó tres mesas de
billar, ¡adivinen!.... para las _ladies_ (ya aprendí á escribir el
plural), para ellas, y tacos á propósito para sus.... ya iba yo á
decir manecitas; pero no, para sus manos de marfil.
Al rededor de la estancia etérea, prisioneras en sus jarrones las más
exquisitas flores, envían sus suspiros de perfume á los campos y á los
mares, y el sol poniente, rompiendo sus reflejos en los cristales de
las cúpulas, centuplica su luz como para caer en lluvias de centellas
en aquella mansion de las hadas.
Preguntando por el subterráneo donde no quise descender, me dijo G***
que allí están las piezas de los almacenes, carnicerías, lavaderos,
máquinas de vapor, bombas y calderas.
Un elevador particular comunica la cocina con el segundo piso, y así se
hace el servicio perfectamente.
La proteccion contra el incendio es completa; hay telégrafos para
dar toques de alarma, luego que se eleva la temperatura de un modo
desusado en cualquier departamento: cruzan tubos enormes en todas
direcciones, y en un momento dado, cúpulas, torres, acueductos, etc.,
pueden convertirse en caudalosas cataratas, é impetuosos rios, que
sin comprometer la vida de los habitantes del hotel, vierten 100,000
galones de agua, que son los que acopian dia á dia los pozos y los
tanques.
Estos son de una magnitud tal, que me llamó la atencion de cómo no
los han hecho navegables aquellos caballeros para recreacion de las
señoritas.
Mr. Alexander Macabee es el superintendente del edificio, y coadyuva
con gran inteligencia á las ideas de Mr. Baldwin.
Hay una particularidad en este hotel, y es que cada departamento tiene
su provision de gas separada, y bajo una sola y constante inspeccion.
La campana para llamar á todos los cuartos de cada piso, está colocada
en una estacion central del corredor, que comunica con el despacho por
medio de un pequeño elevador particular.
Hay una persona en constante espectativa de esta campana, para hacer
acudir al llamamiento de los huéspedes.
Haciendo observaciones á mi amigo sobre lo muy costosa que deberia ser
la vida en aquella mansion, me aseguró que el cálculo estaba hecho de
manera que el costo fuese menor de lo que seria en una habitacion comun.
Por supuesto, que solo he podido describir el cuerpo muerto del hotel:
cuando se tendrá verdadera idea de su magnificencia será cuando palpite
en él la vida y surja una poblacion entera en el auge de la opulencia,
y por decirlo así, en el corazon de una gran ciudad.
Al salir del hotel volví á fijarme en el _Conservatorio de Música_
de Baldwin, que está inmediato al hotel y que es un ornamento de la
ciudad. El teatro, porque eso es propiamente, puede contener 1,700
personas.
El arquitecto que ideó y dirigió el hotel y el teatro, es M. Jhon A.
Renier, y el pintor de todos los hermosos frescos es un artista de
New-York, llamado Garriboldi. La obra de pintura costó treinta mil
pesos.
El importe total de la obra del Conservatorio excede de dos millones
de pesos, habiéndose pagado solamente por la pintura de la cúpula del
teatro diez mil pesos; por uno de los telones, seis mil, y por cada uno
de los dos candiles que están á los lados del palco escénico, tres mil
cuatrocientos pesos.
Segun estos antecedentes, el auge y la preponderancia de la música
deberian ser extraordinarios; y aunque en todas las casas hay pianos
y es ramo de educacion el conocimiento del arte divino, no se hace
sensible el buen gusto como en México, ni se habla de compositores de
alta nombradía, como hay novelistas y poetas.
Ahora, si dicen vdes. que tanto trabajo y tanto apunte es paseo.... me
calumnian cruelmente mis lectores.