El Templo chino.—Confucio.—Fábrica de vinos.—El Bwilden Hotel.
SEÑOR Don Francisco, dije á Gomez del Palacio, aquí me tienes con mi
librillo y con mi lápiz en regla, para ir á obsequiar tus consejos; me
siento chino hasta la médula de los huesos, y si á mano viniese, para
cobrar mi naturalizacion en el celeste imperio, me hallo en disposicion
de almorzarme una rata con el mayor desplante.
—Vé, hombre, vé y no dejes de buscar la compañía del policía aquel,
tan conocedor y tan atento con nosotros.
—Voy en su busca, clamé, cerrando la puerta con tiento, porque le
enojan mucho los puertazos, y dejándolo, como pasaba las horas enteras,
sin despegar los ojos de su libro.
En tres brincos subí á la calle de Dupont, con sus cuestas
y hondonadas, sus arboledas, sus casitas provocativas, sus
tarjas de metal en las puertas:—_Mis Adeline._—_Madamoisel
Printemps._—_Carlotita._—_Lola_,—y otros nombres de personas
que saben saludar con un _para servir á vd._, que allá para los
_biencriados_ dicen que tiene mucho chiste.
Como lo esperaba, en medio del barullo inmenso del mercado chino, me
encontré á mi policía, tieso como un pilar, esperándome impasible.
Me parece que indiqué cuando visité el barrio chino que el policía de
que se trata es un cumplido caballero, que sirvió como coronel en el
ejército invasor de México, que habla perfectamente castellano y que ha
hecho especial estudio de las costumbres chinas.
Agreguen vdes. á todo esto, que M. M*** es de trato franco y alegre, y
pocas veces me habrán visto en mejor compañía.
—_Oll rihgt_, me dijo al verme, á tres pasos tenemos uno de los
grandes templos chinos.... perderá vd. poco tiempo.
—Se lo quitaré á vd., debia decir.... que mi sola ocupacion es perder
tiempo; pero yo no veo, continué, entre estos balcones salientes y
entre esas tupidas celosías, nada que indique un templo.
—Ni lo veria vd., si á eso se atuviese, aunque recorriera toda la
ciudad: los templos están por dentro; por fuera son casas como todas.
—¿Lo mismo será en China?
—Allá es otra cosa; pero aquí tienen carácter muy provisional los
templos, sin duda por las hostilidades de que son objeto los chinos, ó
por la desconfianza que tienen de amalgamarse con la raza anglo-sajona.
—¿Y es una misma la secta ó religion dominante?
—Diré á vd., que por lo poco que he podido comprender en San
Francisco, las sectas chinas de más prestigio son dos: la de Confucio
y la de los Teonistas ó Buddistas; esta última es la que tiene más
privanza.
—Me saca vd. de un error: yo creia que Confucio no tenia rival.
—Como es aceptado, en efecto, por muchos, como el divino maestro de
los hombres, el mecanismo gubernativo está basado en sus máximas, y los
sabios se dedican á la lectura de sus obras para comprender bien sus
instituciones.
El Libro de los Ritos de los chinos, es, como si dijéramos, ley suprema
aun para los discípulos de Budda ó del divino _Lao-Tsze_.
—Y vd., que habrá leido algo, dígame lo que sepa de la vida de
Confucio.
—Si mal no recuerdo, continuó el coronel mi guía, Confucio nació el
19 de Junio, 551 años ántes de J. C., en la pequeña provincia de Lu;
su nombre era Kong; pero sus discípulos y admiradores le llamaban
Kong-fu-tzi, que significa maestro de los maestros, de cuyo nombre,
latinizado por los misioneros jesuitas, viene el de Confucio.
Confucio no se dió jamás tono de sabio ni de gran filósofo; se
contentaba con predicar su doctrina, sin armar campaña con alma
viviente. El enseñó á los hombres el cómo debian vivir, y dejó el
cuidado de morirse á cada cual, como negocio muy privado.
En sus obras no habla de Dios; pero en cuanto al hombre, le creia capaz
de llegar al más alto grado de perfeccion moral é intelectual.
Sus obras tienen un carácter moral marcadísimo, y en mi juicio, son
admirables sus doctrinas: recae todo sobre las relaciones:
1ª.—Del soberano y el súbdito.
2ª.—Del padre y del hijo.
3ª.—Del marido y la mujer.
Proclama como capitales, cinco virtudes:—Caridad
universal,—Justicia,—Conformidad en el infortunio,—Rectitud,—y
Sinceridad en pensamiento, palabra y obra.
Dicen que se ocupó mucho de la conmemoracion de los muertos, y que sus
preceptos se siguen hasta el dia.
Confucio desempeñó con integridad é inteligencia notables, cargos
públicos; fué legislador sapientísimo y se le recuerda como introductor
de utilísimas reformas. Murió á la edad de 70 años, 479 años ántes de
J. C.... vd. me perdone, esto lo puede vd. ver en cualquier catecismo
de biografía.
—Prosiga vd., dije á mi guía; en eso tengo mucho interes y estoy
avergonzado de mi ignorancia.... ya se ve, el vulgo es muy estúpido;
yo tengo un amigo muy querido á quien han valido en mi patria sátiras
y ridículo, su indisputable instruccion en estas materias: el Sr.
Caravantes, á quien guardo un lugar muy privilegiado en mi estimacion.
—La doctrina de Confucio es muy digna de estudiarse, y los que
ensalzan la escuela positivista, deberian no atribuir á Comte y á
otros, méritos que no les pertenecen.
¡Qué sencillez de principios! ¡qué esplendor de la moral universal,
conservadora de las sociedades!
_Lao-Tsze_, fundador de la escuela Taonista, de la razon mística,
floreció 604 años ántes de J. C.: fué contemporáneo de Confucio, con
quien no se avino en las pocas conferencias que sostuvieron.
Con la doctrina Taonista especularon multitud de farsantes alquimistas
y adivinadores: atribuyéronle longevidad fabulosa, y al fin fingieron
sus adeptos una ascension al cielo, montado el apóstol en un búfalo.
—Soberbio! dije yo: ese viaje en búfalo me agrada. ¿Y no dice más el
repertorio religioso de vd.?
—Mi escasísimo repertorio acaba en Budda el inspirado; las creencias
del Indostan de que habla tan elocuentemente Jacoliot, que sé que
le es á vd. conocido: lo curioso de este dogma es lo referente á la
trasmigracion; hay muchos cielos para estos creyentes chinos, y la
friolera de 136 infiernos...
En San Francisco hay seis grandes templos de las diferentes sectas de
que hemos dado idea.
Como dije al principio, la vista del templo que visitábamos, era de
apariencia comun.
La entrada al templo, es una galera oscura y angosta; de distancia en
distancia hay sobre una especie de altares, toscos nichos y en ellos
unos ídolos, que verdaderamente faltan á la gente al respeto, de puro
feos.
Los vestidos de esos ídolos son magníficos; sedas deslumbradoras de
riqueza, bordados, afrenta del pincel, y ramajes, aves y flores, de
embebecer de encanto y admiracion.
Al frente de alguno de los dioses, dentro de bombillas de cristal,
habia pequeños, pero robustos cirios de cera, y al pié de su altar,
braseros en donde á fuego lento se quemaban dia y noche granos de
incienso y astillas de sándalo, que tienen no poco tiznados, ojos y
narices de aquellas divinidades.
Contra las paredes se ven aquí y allá mesas con ramilletes semejantes
á los de los altares de los pueblos de indios de nuestra tierra, y
regados en las mismas mesas pedacitos de _bambou_, que es una especie
de carrizo flexible, varitas, astillas y menudos fragmentos de papel,
cuyo objeto no supieron explicarme.
Entre ese pintoresco basurero veíanse figurillas humanas y de animales,
muy quitados de la pena: sin duda eran de la comitiva de los dioses ó
de los héroes.... pero nadie me sacó de dudas.
En un marco de palo habia suspendida una gran campana y á su lado una
tambora....
—¿Qué significan esos dos _instrumentos_ de dulce música? dije á mi
guía.
—Son para despertar á los dioses, me dijo con mucha seriedad el
coronel.
Frente á los dioses principales se veian varias mesas para que los
fieles coloquen las ofrendas.... esto es, la tesorería general, porque
sus divinas majestades quieren ver sin duda con la que pierden.
En esas mesas hay siempre buen _thé_ y bizcochos, porque los dioses
saben lo que es una necesidad.... y á cada momento.... esto es, en
cuanto los dejan solos, toman un _tente en pié_, como lo puede hacer
cualquiera persona decente.
La parte interior del dosel de los principales dioses, así como las
paredes, pilastras y artesones, están pintados de color morado, y
escrito en letras de oro sobre los altares:
_Ching-Ti-Ling-Zoi_,
que me dijeron que queria decir: _Galería espiritual de los dioses
omnipotentes_, y adelante
_Ching-Cham-Mo-Keung_,
ó sea: _Dioses cuya santa edad es perpétua_. Y con ese par de
rengloncitos, siento inclinado el cuerpo por hablar chino.
Por otra parte, ¿quién quita que sea verdad eso que me dijo tan formal
el coronel?
Las principales imágenes que en aquel templo se adoran, son:
_Young-Zen-Tin_.—Dios de los cielos sombríos.
_Koban-Tai_.—Dios de la guerra.
_Gua-Tau_.—Dios de la medicina.
En fin, dios que se encarga de remediar en algo las averías del
compañero de poder, y _Tsot-Pah-Sheing_, dios de la riqueza, que aunque
puesto en último término, ha de ser en último resultado el que mueva
los alambres; pero como no sé chino, nada puedo decir. Bastante trabajo
me ha costado ver multitud de librejos para explicarme lo mismo que
veia. Esta relacion la ilustré principalmente con los libros titulados
“Luces y Sombras.”—“César Cantú.”—“Jacoliot”—y “Joseph Ferrari.”
Diré sí que los creyentes me parecieron los hombres de más confianza
con sus dioses: entran al templo conversando, cubiertos con sus
bonetes, fumando sus pipas, se pasean y no gastan ceremonias.
Hay no obstante algunos que hacen profundas reverencias.... y otros más
fervorosos que se postran de remate y como quien se va á dormir.... No
obstante, por lo poco que ví, las ofrendas no escasean y el presupuesto
de los siervos de los dioses no arroja deficiente....
Salia medio mareado por el humo del templo chino, cuando á tres pasos
oí la voz de Francisco G. del Palacio.
—¿No se los dije á vdes? decia; yo sabia que por aquí andaba
_Fidel_.... ¡Hola! eh! por aquí, Guillermo.
Eran Francisco, M. Collen y otros amigos que andaban en mi busca.
—¿Qué se ofrece? estoy á la disposicion de vdes., dije á mis amigos.
—Aquí hacemos á vd. prisionero, dijo con excelente humor M. Collen. De
frente, marchen!
Me despedí á toda prisa del coronel, mi guía, y seguí obediente la voz
de mando.
Anduvimos no sé cuántas cuadras, dimos vuelta por callejones y
vericuetos embarazados con carros, cajones vacíos y no sé cuántos
despojos más, y nos detuvimos en una especie de bodega, toda travesaños
y escaleras, cordeles de elevadores y signos de tragin extraordinario.
En uno de los lados de la bodega, formado de latas, habia un
departamento dividido en dos secciones: en uno, gran caja de fierro,
mostrador para contar dinero y grande aparato de escritorio; en el
otro, mesas, sillas, bitoques, canillas y varios instrumentos de esos
que extraen los vinos de los barriles, y que no recuerdo cómo se
llaman, y no soy yo quien me he de estar diez minutos con la mano en la
mejilla para atinar con el nombre.
Por negada que sea la persona, conoce con esas señas que se trata de
empinar el codo.... Así era en efecto.... y para quitar dudas, el
dueño, á nuestra entrada, nos recibió con sendas charolas repletas de
copas, con vinos de todos colores y de todos los nombres conocidos.
Acogióse aquel recibimiento con regocijo, no porque hubiese copólogos
en nuestra comitiva, sino por los sacerdotes de aquel templo, esto es,
adeptos apasionados, de nariz escarlata, ojos llorosos y alegrones,
franco reir y vientres prominentes.
Aquel era el jubileo de los vinos; la California del licor del Tokay al
Jerez y al Chacoli; desde el Burdeos y el Champaña, hasta el Joanisbert
y el Lacrimæ Christi. ¡Qué magnificencia de _beberecua_, como diria un
pelado de mi tierra! Por supuesto todo era allí técnico: por aquí se
hablaba del buen _bouquet_; por allí de que estaba muy cabeceado; más
adelante de la preeminencia del Jerez; de la excelencia del Burdeos
para las familias; de la virtud del Rhin, porque dizque no ataca al
cerebro. Hicimos los honores á las copas, y nos dispusimos á visitar la
riquísima fábrica.
Eran océanos, que no pipas ni tanques de vinos, colocados en secciones,
los que nos iban enseñando, explicándonos peculiarmente cada
elaboracion al pié del edificio, porque así podia llamarse cada una de
aquellas tinas.
Entre los que se agregaron de la calle, sin saberse cómo, á nuestra
comitiva, y se entraron con nosotros á la fábrica, iba un jóven de
poco ménos de veinticinco años, blanco, robusto, sin ser obeso, de tez
femenil, de hermosos ojos azules, de desordenado y delgado cabello
rubio sobre la angosta frente.
Tenia sombrero ancho á la mexicana, chaleco de lienzo, una mascada azul
detenida por un anillo de diamantes por corbata, ajustado pantalon y
zapato de gamuza: era el yankee neto; pero, segun me dijeron, estaba
perdidamente enamorado de una mexicana, y Coelupaita (Guadalupita), lo
volvia loco.
Este chico, por otra parte muy servicial y amable, aunque bobalicon y
sincerote, se apoderó de mí y no me dejó imponer de todos los grandes
misterios del templo de Baco.
—Cuando vienes tú por mi casa, me decia, yo prepara mis botella de
pulque por tu chocolata.
—Muchas gracias!
—Tú nos vende los mecsicana Sonora, y yo voy allá por Coelupaita....
—Excelente idea....
—¿Está cierta que las señorita de Mecsico tienen navaca por el amor....
—Hombre! qué me está vd. diciendo? las señoritas mexicanas son de lo
que vdes. ni sospechan de finura y amabilidad.
—_Oll rihgt_, ¿cuando baila su palomito?
—Hombre! ¿pues qué no ve vd. aquí que las mexicanas dan el tono de
buen trato y delicadeza?
—Esas está ya americana, and habla yo de la casa de tu tiera....
—¿Y todos vdes. andan en dos piés? me dieron ganas de decirle.
La comitiva proseguia: íbamos por dilatadísimos subterráneos,
alumbrados por gas; las paredes del subterráneo las componian grandes
armazones llenos de cientos de miles de botellas.
—En tu tiera, me decia M. Foolisch, que este es su nombre, toda la
lampara está ocota....
—Toda, le decia yo, y está bruta.... (me iba amoscando aquel maldito
que se moria por mí).
Llegamos á un punto donde unos chinos estaban fabricando el Champaña:
llegar los cascos, llenarlos, revolver el dedo en el vino del cuello,
taparlo con unas maquinitas y volverlos al carro conductor, era obra de
un instante.
—Dicen que todo lo suegro é suegra de tu tiera está como un pero de
rabias.... ¿é por qué están robadoras las señoritas mecsicanas?
—Yo veo que vd. es incapaz de ofendernos; pero ni vd. conoce México,
ni sabe lo que está diciendo, y le solté un _espiche_ que lo dejé
espantado.
Entónces medió uno de los que venian con M. Collen, y nos dijo que
aquel jóven era del Kentuky, hijo de buena familia, que se habia
apasionado de una mexicana y que no tenia más noticias de México que
las comunes á la gente vulgar de los Estados-Unidos, que es mucha.
Así, estaba creido en que nos desayunábamos con tortillas con
chile.... que hombres y señoras pasan el dia sentados al sol con sus
guitarritas, en el bosque de Chapultepec.... que en los ridículos
cargan los tamalitos y que son capaces de robarle la dentadura postiza
á cualquiera que pasa con la boca cerrada. Sobre todo, él delira con
ser padrecita ó general, que le parece que es lo único que puede llenar
el ojo á Coelupaita.
Despues de hacer las paces con M. Foolisch, á quien fué forzoso
considerar como una especie de salvaje blanco, nos unimos á nuestros
compañeros que estaban en una verdadera oficina.... de nuevo género.
En grandes estantes, con cuidadoso esmero, habia tapones, alambres,
lacres, sellos, y sobre todo, variadísimas etiquetas para hacer los
pasaportes de la falsificacion de todos los licores, porque realmente
se trataba de una gran negociacion de falsificaciones.
—Aquí tiene vd. todos los sacramentos del Burdeos: nada le falta para
Chateau Laffite: esta marca, este lacre, estos tapones.... para San
Vicente esta imprenta más tosca; para el Champaña esta cubierta, estas
botellas, este estaño; y vea vd., el cometa Cliquot, exactísimo. Aquí
tiene vd. el Jerez que enloquece á los ingleses....
Y todo se decia con tal desenfado, en tono de tan plena legalidad, que
yo estaba, lo mismo que mis compañeros, aturdido.
—Las ventas son locas, decia el dueño; muchos prefieren el Champaña de
aquí al de por allá.
Despues de nuestra excursion, volvimos al despacho.
Allí volvieron las copas á despedirnos con mayor ostentacion.