XXIV

Casas de habitacion.—Baños turcos y rusos.—Una aventura de wagon.

AUNQUE he hablado con mucha repeticion de las casas americanas,

insistiendo en su uniformidad, haciendo comprender que calles enteras

parecen hechas con molde, mejor dicho, que se tiran ejemplares de

casas, como de un aviso ó de un retrato fotográfico, quiero ahora que

he penetrado en el interior de varias de esas casas, consignar mis

recuerdos.

La casa americana ocupa un cuadrilongo, dividido en dos terceras partes

para la habitacion y otra para corral ó seccion interior á la espalda

de la habitacion, en que se deposita la leña y el carbon, se solazan

pollos y gallinas, y por lo comun se hacinan toda clase de trebejos:

allí suele existir el depósito de la agua.

Entremos á la habitacion. En su parte interior, corre del uno al otro

extremo un angosto pasadizo, á donde dan por un lado las puertas de las

piezas del primer piso y por el otro da la escalera al piso ó los pisos

superiores.

A la entrada de la calle existe siempre, en uno de los costados del

pasadizo, un mueble como tocador con su armazon, para depositar

bastones y paraguas, y su perchero, pues así deberia llamarse donde se

colocan sombreros y abrigos y puede asearse la visita para presentarse

_come il faut_: debajo de la escalera está imperturbablemente la

despensa, en que se guardan las provisiones todas de la familia.

El pasadizo descrito conduce al salon. Este, en general, es extenso: en

su centro se levanta un arco y ese arco sustenta un cancel de tablas

corredizo, que divide, cuando se requiere, el salon en dos salones

pequeños, segun las distribuciones de la casa.

Siguen al salon dos ó tres cuartos, y en el fondo del pasadizo están

ubicados el baño y el comun (water closer), departamento con agua

corriente, perfectamente aseado, y al que se dan siempre nombres que no

despierten ideas desagradables.

Del pasadizo parten dos escaleras; una ascendente, la otra descendente:

la primera conduce á las recámaras, con sus ventanas, su comun inglés y

su _closer_ ó perchero para la ropa. En esas habitaciones hay tambien

su baño.

La escalera que desciende lleva al comedor, en el _bassement_ ó

subterráneo, porque está hundido medio cuerpo y solo asoma los ojos de

sus ventanas al jardin exterior ó la banqueta de la calle.

En el comedor se ve una alacena, que no es propiamente sino ventana

ó punto de comunicacion con la cocina, lugar por donde se sirve, sin

percibirse desde la primera pieza el tragin de la oficina culinaria, ni

dar lugar á las disputas de los criados.

Las piezas de los varios pisos, en su espalda, se comunican con el

corral.

Pero en todo esto no hay un claro de luz, ni un pedazo de cielo,

sino el que se ve por las ventanas: cada casa es un estuche; con una

asa en la azotea, se podria trasportar como una portavianda: es una

construccion como de buque; son cajones de madera más bien para empaque

que para habitacion: de ahí nace la tendencia á la vida exterior y al

aire libre. En esas pichoneras nos asfixiariamos los mexicanos.

En las construcciones de San Francisco y en casi todas las de los

Estados-Unidos, hay una singularidad. Puertas y ventanas, sin excepcion

alguna, son del mismo tamaño, las mismas dimensiones para marcos y

vidrios, el mismo herraje y hasta el propio color, de suerte que

pérdidas y deterioros se reparan con la mayor facilidad, y las casas

enteras están en fracciones, de suerte que no es más que armarlas. Las

improvisaciones son muy comunes.

Los artesanos trabajan centuplicados ejemplares de celosías, de

goznes, de todos los artículos de carpintería y herrería, y aun

familias hay que parece tienen una especie de balero para reproducir

individualidades exactamente iguales.

Cuando salen del órden comun las habitaciones, entónces esas cajas

que hemos descrito cobran mayores dimensiones; ostenta en ellas sus

primores la arquitectura, y están ubicadas en el centro de un jardin

delicioso en que se admiran estatuas soberbias, se deleita la vista

con fuentes y cascadas, y se recrea con la competencia de los primores

de la naturaleza y del arte.

* * * * *

Ocupábame de las apuntaciones anteriores, para dar á conocer las casas

de habitacion de San Francisco y de la mayor parte de las ciudades de

los Estados-Unidos, cuando, como lo tenian de costumbre mis amigos, que

se esmeraban en prepararme diariamente una nueva sorpresa, llegaron,

no obstante que corria un cierzo cruel, con la peregrina ocurrencia de

llevarme á tomar un _baño turco_.

—Hombre, vdes. se han vuelto locos! Si en mi tierra, y con su aire

amoroso y las aguas dulcemente templadas, esto del baño lo veo como

asunto de pensarse sériamente, ¿qué será aquí? Vayan vdes. con la

música á otra parte.

Instaron, resistí; persuadió Alatorre, forzó Ibarra, espiaron todos

mis lados débiles, y dí al traste con mis propósitos, no sin ofrecer

y cumplir que seria simple espectador en el lance de aprender de

condenado, con que me brindaban.

Hicimos la excursion: contaria maravillas si la describiese

puntualmente. Despues que los bañadores salieron frescos y rozagantes,

tuvieron la bondad de mostrarme el establecimiento, que tiene el nombre

de “Hamman” y está en la conjuncion de las calles de Dupont y del

Mercado.

Los baños turcos de que hablo se construyeron bajo la direccion del Dr.

Loryea, quien ántes de poner mano á la obra habia recorrido por todo el

universo mundo los más famosos establecimientos de su género.

Proponíame hacer la descripcion lo mejor que pudiese, cuando cayó en

mis manos la traduccion que del inglés hizo mi amado amigo y hermano

Francisco Urquidi, del periódico _Overland Montly_, que conservaba

inédito entre sus papeles, y que yo me tomé la libertad de extractar y

acomodar al tono de esta obrilla. Oigamos:

“Subiendo la calle de Dupont, el viajero se detiene ante una hermosa

fuente de bronce, cuyos elevados chorros brillan con el sol.

“Sobre la puerta que da entrada al establecimiento que vamos á

describir, hay una inscripcion primorosamente ejecutada, que dice en

árabe: “Bismi Uah Allá il Allá.”

“A la derecha de la entrada se ve un departamento provisto de refrescos

y de estimulantes adecuados: á la izquierda está el despacho, que

se comunica por medio de tubos con los diferentes departamentos del

“Hamman.” Allí es donde el bañador deposita sus prendas, inscribe su

nombre y recibe su boleto. Despues de estos preliminares, penetra al

_mustaby_ ó cuarto fresco, cuyo centro está ocupado por una especie

de tina de mármol blanco, de seis piés de profundidad, seis de ancho

y como seis varas de largo. En ese departamento derrama sus purísimas

aguas una hermosa fuente de plata.

“A cada lado de la fuente hay piezas para descansar y para fumar,

espléndidamente amuebladas y separadas cada una de ellas por cortinajes

y tableros de madera calada y labrada, por donde penetra, como

adelgazándose y refrescándose, el aire.

“Los techos y paredes están magníficamente pintados al fresco. El dia

penetra en aquellas estancias por dos grandes tragaluces circulares

cubiertos de vidrios de colores, cuyos matices están graduados de

manera que impresionen con la sensacion de frescura que se experimenta

en aquel recinto.

“Sobre todas las puertas y algunas paredes, hay sentencias tomadas del

Koran y preces que se dirigen al consuelo de las buenas almas de Moslen.

“Inmensos espejos reproducen por todas partes los objetos, y el

visitador, con aquella luz ténue, aquel murmurar de la fuente, aquel

sosiego y frescura, se siente dominado por una languidez soñolienta,

voluptuosa, esencialmente oriental, viendo, al mismo tiempo que crece

su ilusion de lo turco, lo pérsico y lo asiático que le rodea.

“Con precaucion científica, se han cubierto los suelos de una hermosa

estera de la India, para que no se conserve el menor calor.

“El _mustaby_ ó pieza del fresco y del frio, es el _opodyterium_,

cónclave ó _spoliatorum_ de los romanos.

“Contiguo al _mustaby_ está el _tepideryum_, correspondiente al “mas”

de los indios y al _piscinium_ de los romanos. Este es el cuarto ó

la cámara caliente que con constancia se mantiene de 120° á 130°

Fharenheit.

“En este departamento todo corresponde al nombre que lo anuncia, y

concurre á producir el calor.

“La inmediata en el órden de las piezas es el _calidarium_ ó

_sudatorium_, que corresponde á los baños de piedra caliente de los

rusos, irlandeses y algunas tribus de América. El calor de esta pieza

es de 160° á 180° y puede aumentarse á discrecion del superintendente.

Aquí tambien cada cosa está en relacion con el nombre y uso del

departamento. Toda la pieza es de mármol, y de mármol la gran mesa que

se halla en el centro, rodeada de sillones de mármol tambien, destinada

para el procedimiento sudatorio, que es muy singular.

“Todos los empleados de los baños son turcos, educados en aquel oficio

desde la edad de ocho años.

“Los dependientes trabajan generalmente ocho años en los baños, y si se

debilitasen por estar expuestos tanto tiempo á tan alta temperatura, se

notaria en su apariencia, lo cual no sucede.

“El hermoso cielo arqueado del _calidarium_, refleja é irradia el calor

con igualdad por toda la pieza, iluminada por soberbios candelabros de

exquisito gusto y en perfecta armonía con sus accesorios.

“Separados de esta pieza por gruesas cortinas de fieltro, hechas é

importadas especialmente para su objeto, hay otros tres departamentos

más chicos, en dos de los cuales la temperatura es mucho más alta

que en la pieza principal. Habiendo pasado por el _calidarium_ y sus

auxiliares, el visitante encuentra la entrada de las señoras en _Bagley

Place_, donde una escalera volada une el segundo y tercer piso, estando

destinado el segundo al uso de ellas y el tercero á toda clase de baños

medicinales.

“Las piezas de las señoras están suntuosamente amuebladas y

profusamente provistas de cuanto puede conducir al deleite.

“La pieza destinada á los baños de vapor mercurial, está toda compuesta

de espejos trasparentes, de manera que quien se baña pueda ser visto

por el facultativo; esta es una nueva y valiosa idea introducida por el

Dr. Loryea.

“Sin emprender una descripcion de los departamentos de las señoras,

los cuales solo vistos se les puede hacer justicia, inspira una gran

admiracion la manera con que las investigaciones de la ciencia han sido

utilizadas y combinadas para hacer el “Hamman” tan perfecto como es

posible.

“Es un hecho establecido, que la química suministra el modo de extraer

los ingredientes activos de las aguas medicinales, por medio de lo

cual pueden ser trasportadas, en pequeño volúmen, disueltas de nuevo y

reproducidas las aguas, sin pérdida alguna de sus efectos, sino ántes

bien, con el poder de remediar algunos defectos existentes en las aguas

originales, y asegurando por tanto la certeza en su operacion, que no

se obtiene siempre en su estado primitivo.

“El Dr. Loryea se ha servido felizmente de la ayuda que proporciona la

química, y despues de haber examinado á fondo los principios activos

de las más célebres aguas sanitarias de Europa, ha condensado aquellos

principios y está preparado para administrar los baños de más nota en

el mundo. Puede uno allí tomar los baños de mar del Mediterráneo, sin

pasar el estrecho de Gibraltar; los baños de carbonato ó alcalinos de

Vichy, están á nuestras puertas; los famosos baños de la serpiente de

Schlaugenbad, han sido trasportados á la ciudad; los de Kesselbrunen,

Swalbash, Mariembad y Bareges, se han establecido aquí.

“Baños eléctricos administrados por diestros operadores, y hasta baños

cosméticos perfumados, para entonar la complexion delicada, encontramos

entre estos prodigios neptunianos.

“Las cuasi fabulosas virtudes de Bethesda, Siloam y el Jordan, han

sido restauradas y concentradas para nuestro regalo.”

Tal es la descripcion de los famosos baños turcos.

Miéntras los tomaban mis compañeros, yo conversaba en la pieza de la

entrada con un _amateur_, que disertó conmigo de lo lindo sobre las

excelencias del remojo humano.

El _amateur_ tenia sus puntas de erudito y de médico; disertaba sobre

las excelencias de los baños de aire para conservar libres los poros.

Yo, que deseaba no quedar en mal concepto con aquel personaje tan

entendido, y á la vez tan obsequioso, emprendí una disertacion sobre el

_Temascalli_ azteca, que yo mismo por dentro me dí coraje de verme tan

charlatan: despues me he persuadido de que es enfermedad que acomete

sin sentir al viajero.

Aquella indiezuela doliente que quiere vivificar su sangre y su

existencia, para renovar, despues de ser madre, sus gracias para

presentarse al esposo.

El local, especie de horno con su depósito de agua interior, en que

hace sus abluciones la jóven para exponerse á las devorantes caricias

de un aire como llama; el lienzo que se agita y con el aire que despide

refresca sus formas como envolviéndola en deliciosas emociones; las

ramas de árbol empapadas en agua helada y sacudidas sobre la piel,

tostada casi por la temperatura del horno.... yo no sé como expresé

todo esto, que el desconocido compañero, primero escuchó atónito,

despues tomó apuntes, renovó sus obsequios y me ofreció muy formalmente

que pronto tendria la dicha de participarme el establecimiento del

_Temascalli_ azteca en San Francisco.

Mis compañeros salieron complacidos al extremo de los baños turcos; no

así un español cejijunto y de alborotado cabello sobre la frente, que

aseguraba haber pasado las penas del purgatorio, y que al sentirse en

el cuarto caliente, echó á correr, desnudo como estaba, golpeando las

puertas y pidiendo socorro por haber caido en el mismo infierno!

Separéme de mis compañeros, y como de costumbre, me metí al acaso en el

primer wagon que atravesaba, sin cuidarme de la direccion que llevaba,

y como lugar cómodo para ir haciendo mis apuntaciones. El _wagoncito_

urbano la llevaba larga.

Quedamos gran trecho de tiempo, y casi á la salida de la ciudad, dos

pasajeros que nos espiábamos sobre nuestros respectivos libros.

Uno de estos transeuntes no era pasajero, era pasajera; pero la hembra

más excitadora del mundo para esto de la conversacion.

La señorita era francesa, ó por lo ménos sabia francés, á dar crédito

al libro que llevaba abierto en las manos; este descubrimiento ya era

algo para aquel á quien iba sabiendo la boca á medalla.

Yo veia, tosia.... dejaba escapar una que otra palabra como hablando á

solas.... y recordaba los usos de la tierra.... y me estaba fuerte....

al fin, ella, dizque entregada á su lectura, alzó la voz.... leia

el “Viaje á Oriente” de Lamartine, con acento tan dulce y con tan

apasionada modulacion, que yo, sin que al caso viniese, ni saber

precisamente de lo que se trataba.... me acerqué, como enajenado con la

lectura, diciendo:—“¡Oh: señorita, eso es divino, divino, Lamartine

es mi poeta....!” Por supuesto que tales exclamaciones requerian cierto

acortamiento de distancias....

Así se entabló la conversacion, primero desconfiada y curiosa, despues

franca y cordial, haciendo la señorita la debida justicia á mis años, y

dando esto soltura á nuestra naciente relacion.

En frente de la parte despoblada de la calle de Franklin, se detuvo,

cambiamos nuestras tarjetas y me invitó para su tertulia en la calle de

Washington; tertulia que se verificaba los miércoles y á la que asistia

Mr. Lestalié, jóven comerciante á quien profeso particular cariño, que

me habia presentado á la mejor sociedad francesa de San Francisco.

Como es de suponerse, acudí puntual á la cita.

El tabique de la sala de la tertulia Washington se habia corrido: en

una de las secciones se charlaba, se tomaban refrescos, bizcochos y

dulces: la otra seccion estaba consagrada á los artistas que ocupaban

el piano, cantaban y hacian ostentacion de sus notables habilidades.

En el rol de los artistas unas jóvenes italianas, las Sritas. Rotanzi,

deslumbradoras de gracia y sentimiento, rodearon el piano, reclamando

su nombre la atencion universal.

Interrumpióse el cuchicheo delicioso de viajes, de modas, de amores y

de bromas sabrosas, y las tres artistas preludiaron un canto en medio

del silencio más profundo.

Si á mí me hubiera tocado en suerte bautizar á las tres señoritas, que

sin pretenderlo se imponian á nuestra admiracion, á una hubiera llamado

_Ensueño_, á la otra _Pasion_ é _Inocencia_ á la tercera.

_Ensueño_ soltó sobre las teclas las deliciosas armonías que estaban

escondidas entre sus dedos, y dejó flotar en el éter invisible, la

inspiracion divina que se anidaba en su mente.

Alentadas con aquel ensayo, piando primero, despues en torbellino de

notas estusiastas, al último, en requiebro apasionado de desesperacion,

de locura y gemidos, se seguian las voces como cuando á dos aves en el

espacio separa el viento y luchan por reunirse, y ráfagas tempestuosas

las dividen, hasta juntarse y guarecerse bajo una rama amiga,

reprimiendo los sollozos para dar vuelo á las emociones del placer.

La concurrencia entera se agolpó al rededor de las artistas: yo veia

reproducidos los grupos en los espejos, pareciendo cuadros allí

fijados, ó más bien vistas fotográficas de otros países. Aquellos

viejos de anchas y relucientes calvas y cabellos canos colgando sobre

los hombros; aquellas jóvenes como estampas de un periódico de modas;

el perro junto á la chimenea; el jarron con flores sobre la consola; el

retrato de Napoleon I en su caballo blanco cruzando los Alpes, todo me

parecia que eran recuerdos que animaban en aquel instante mi fantasía.

Redobles continuados de aplausos ardientes, acogieron las notas de

aquel terceto en que la música fué el pretexto, la ejecucion un

accesorio, y la vida y el drama de pasion estaba en las animadas

fisonomías de aquellas celestiales hijas del Adriático.

El gozo dejó caer su lluvia de hojas de rosa y sus rayos de oro, y tomó

la concurrencia el carácter más agradable del mundo.

Disputábanse las muchachas el piano y los cantos; americanos, rusos,

ingleses, hebráicos y de todo el mundo, encontraron intérprete.

Hay en México una cancion que tiene su fecha: no se conoce su autor,

ni dos personas cantan los mismos versos. Es una cancioncilla que ni

cruza dorados salones, ni se anida entre el populacho; vive como paloma

consentida al calor de los corazones sensibles.

Esa cancion que me parece es de mi amigo el apasionado Antonio Plaza,

la arrullamos, la escondemos, es una confidencia y una duda; se exhala

caliente con un beso; muere como un sollozo entre los labios de quien

canta.

La cancion evoca el recuerdo de la adorable clase media de mi patria;

la polluela obstinada y heróica para el sacrificio, el galan rendido

y esperando su ingreso al presupuesto para la realizacion de sus

ensueños; lirio escondido para el escribiente de oficina; albor de luz

risueña para el colegial que está al romper el huevo de la preparatoria

y pretende volar á jurisprudencia ó medicina; desahogo del teniente, en

las altas horas de la noche, que vela en su guardia, y éxtasis para el

ranchero que va desde la hacienda á pasar el domingo en una ciudad de

tierra adentro con su novia; esa cancion, cuyo nombre no recuerdo, pero

dice en uno de sus versos, remendados como han querido los cantantes:

Pero mi amor aun al delirio excede;

Pero mi anhelo vence el cruel dolor;

Mi corazon sufrir ya más no puede:

Quiero morir, pero morir de amor,

esa la cantó _Pasion_ en su castellano peculiar, con tal ternura, con

tan intenso sentimiento, que la cancion vino á mí como una querida

que se lanza á nuestro cuello y nos envuelve en ella é inunda con sus

cabellos nuestro rostro, y esculpe su semblante sobre nuestro abrasado

corazon.

México, sus guitarras, sus pollas, sus enamorados, su zócalo, sus

noches de luna, todo vivia en aquella voz, y me requebraba y me

enloquecia.... “Quíteme vd. de aquí, le dije á mi compañero, porque de

fijo cometo una barbaridad si sigue ese canto.”

La misma dificultad de la pronunciacion española; vamos! ¿para qué lo

he de negar? me caia en gracia y me tenia trastornado el cerebro.

Yo quiere mucho mi morir damore.

Terminó la cancion: la Srita. Rotanzi recibió con suma amabilidad mis

cumplimientos, y mi compañera de _wagon_, á quien llamaremos Clara,

dijo: “La señorita dice, que quiere obtener de vd. un favor, M.

Guillermo.

—¡Favor! ¿quién no lo recibe sirviendo á la señorita?

—Lo vamos á ver.

—La señorita canta una cancion italiana, cuyos versos ha olvidado;

quiere que vd. improvise los versos: nosotros haremos coro.

A este anuncio, la concurrencia toda se puso en pié, _Pasion_ ensayó

las primeras notas y en un momento estuvo en corriente el coro.

Yo, sobre el piano, iba improvisando lo que _Pasion_ cantaba.

Antes dijeron que me dieran el asunto de la cancion.

Clarita dijo: “Figúrese vd. la vista del mar, la playa, el muelle; el

buque que se ve, está pronto á partir.... un jóven se despide de su

patria, y de su amor....”

Mil aplausos celebraron el asunto de Clarita.

Comenzó la música....

_Pasion_, inclinada, veia sobre mi hombro lo que yo iba escribiendo, y

nacia en la voz de _Pasion_, viva en mi oido, la idea que acababa de

depositar en el papel mi corazon.

El asunto, el compás acelerado y vehemente de los coros, la voz

vibrante de _Pasion_, la luz, la animacion de las fisonomías, todo

realzaba el cuadro y lo hacia interesante.

A medida que yo iba improvisando, tomaban parte todos en el coro y me

estimulaban á continuar.

Yo no sé de dónde aparecieron funcionando una flauta y un violin,

despues un piston que clamaba sus sonoras notas con acentos apasionados.

Yo, aunque hago esfuerzo, no puedo recordar lo que improvisaba; era

el estallar de mis propios dolores; dejar su quejido á mis penas,

guardando su revelacion en el misterio; eran alusiones á esos hondos

infortunios que lloran dentro de nuestra alma y encuentran simpatías en

todos los corazones.

¡Oh patria! ¡oh sagrado nombre! ¿quién te pronuncia indiferente cuando

teme perderte?

Al último, viejos, mujeres, muchachos, todos cantábamos agolpados al

piano y teniamos los ojos llenos de lágrimas.

Pues, señor, no puedo recordar ni una estrofa de los tales versos, y

ahora que no los puedo recordar, creo que estaban bonitos; ¡qué diantre

de cosa!

Miéntras nosotros componiamos y cantábamos, un viejo coronel italiano,

de calva frente, frac con cinta en el ojal del holgado redingote,

y pierna de palo, habia mandado por unas botellas de Champaña, y al

terminar el canto, entre hurras y palmadas, estalló una salva de

taponazos para resucitar á los muertos.

Por de contado, que yo era el amigo de todo el mundo, y vino aquello de

los _Albums_, y los encargos de epitafios, y todo lo que ya saben los

copleros que esto lean, que acaso sean pocos.

Clarita estaba ufana con su presentacion, como con un gorrillo nuevo:

me llenó de agasajos, me presentó á su novio, me dijo que le habia

hablado mucho de mí M. Lestalier, y que estaba cierta, cuando le hablé

en el _wagon_, que yo era el viejo _Fidel_, siempre amigo de las

muchachas alegres y de las buenas mozas.

Esto explica su fácil amabilidad con mi persona, en el encuentro del

_wagon_.

Aquella familia y aquella Clarita me dieron dias verdaderamente

agradables.

En una de mis visitas á Clarita, la hallé á la entrada de la casa,

frente al jardin, bajo el pórtico cubierto de enredaderas, blanqueando

entre los huecos del cortinaje de yerba.

Vinieron á nosotros como aves parleras que buscan sus nidos, los

recuerdos infantiles: me refirió Clarita sus dias de pobreza, y cómo

debió su fortuna á una tia que tenia en gran veneracion, y de quien me

contó la anécdota que van vdes. á saber:

“Como digo de mi tia, era una mujer de humilde nacimiento, robusta como

un carretero irlandés y con un buen sentido que ya envidiarian más de

cuatro gobernantes de naciones.

“La santa señora era viuda y solo me tenia á mí en el mundo; á mí que

perdí á mis padres desde mi tierna infancia y quedé á sus expensas,

porque ella era hermana de mi padre.

“Luchando á brazo partido con la miseria, se hundia su buque y ella

sobrenadaba dejando media vida en la lucha.

“Algunos de los amigos más íntimos de mi tia, sumidos como ella en la

desgracia, pensaron en alzar el vuelo, seducidos no sé por qué leyendas

de ventura, y situarse en las inmediaciones de San Francisco California.

“Omito decir á vd. cuántos fueron los trabajos para disponer la

partida, las despedidas y lágrimas de los viejos, el contento de los

muchachos y lo romancesco que es lanzarse sin un cuarto á correr

aventuras en tierras desconocidas.

“El terror á los peligros, la esperanza de la adquisicion de una

fortuna y una posicion, los proyectos frustrados, las ilusiones

deslumbradoras.

“Despues de establecidos en Oakland, y no sé al cabo de cuántas

fatigas, mi tia hacia sus pequeños acopios de carne salada, y se

contrató en una línea de vapores para hacer su tráfico á la Baja

California y Guaymas.

“Parece que la estoy viendo con su gran falla de lienzo blanco, los

rizos de sus canas saliendo sobre sus sienes, su pañolon de madraz, su

burdo vestido negro y sus chinelas de gruesas suelas, como un marino.

Ella era sin embargo fresca, derecha y hermosa.

“Su honradez, su comedimiento, y su desembarazo para servir en cuanto

se ofrecia, la hicieron muy querida, especialmente del capitan, jóven

americano, franco, alegre, valiente, liberal y comedido con las

mujeres.

“Mi tia fué como la madre de aquella tripulacion: ella veia al capitan

como á su hijo, y acrecia su fortuna, al punto de que ya M^[me.]

Peplier conducia, no un barril de salazon, sino barriles, y se hallaba

al frente de un tráfico respetable.

“Yo estaba, aunque niña, al frente de los trabajos de la casa.

“El capitalito de mi tia seria de unos 10,000 pesos: ella contrataba

los cerdos, compraba semillas, regañaba, escribia y navegaba como un

Nelson.

“Cuando nuestra fortuna parecia más propicia, cátese vd. que se va

poniendo una línea de vapores y establece la competencia á la línea de

M. Prittson, protector de mi tia.

“Los vapores de nuestra línea eran hermosísimos y andadores; los de la

competencia les igualaron: dispusieron los contrarios que hubiese á

bordo de sus barcos soberbias músicas que atrajeran el concurso; las

músicas que nosotros llamamos á bordo eran de más renombre: anunció

entónces la Compañía competidora pasajes grátis; la nuestra prometió

grátis el pasaje y la comida: entónces, grandes carteles llamaron á

bailes suntuosos en los vapores de la Compañía enemiga; y parvadas de

lindas muchachas poblaron las cubiertas de nuestros barcos.

“Fijóse, pues, la competencia en la celeridad, sin que en tres viajes

consecutivos se pudiese sacar la ventaja una á otra línea.

“Tratábase de una guerra en forma, hacíanse cuantiosas apuestas, la

gente de mar se dividió en bandos, y las tripulaciones de los buques,

de mil amores habrian convertido en naval batalla, aquella porfiada

competencia.

“Al partir los buques de los muelles y al llegar á su destino,

millares de espectadores agitaban sus pañuelos, alzaban en alto sus

sombreros y saludaban con hurras y palmadas á los campeones marítimos.

“En uno de esos viajes, acaso el más empeñado, en medio de la travesía

faltó carbon á la línea de M. Prittson, en que iba mi tia; la congoja

fué inmensa, la desesperacion tocaba á su colmo, la tripulacion

acarreaba de sobre cubierta cuanto podia servir de combustible, y todo

lo devoraba en instantes la llama, levantándose remolinos de humo en la

agonía del fuego, que anunciaba vergüenza y derrota.

“Mi tia, con el valor de Juana de Arco, con una intrepidez digna de los

tiempos fabulosos, se puso al frente de la desesperada situacion.

“Mandó que se arrojase al fuego cuanto habia en las bodegas, excitaba

á los marinos, alentaba los ánimos caidos, predecia la victoria,

anticipando su entusiasmo; pero faltaba el combustible: entónces, y sin

esfuerzo, como por una inspiracion salvadora, mandó atizar las calderas

con su barrilaje de lardo; la llama, alimentada, revive; el vapor cobra

demasiado empuje; la tripulacion se alienta; el buque se reanima, y

volando sobre las aguas, llega triunfal al puerto, con la valerosa

matrona en la popa, que se habia apoderado y revoleaba la bandera

americana.

“La línea competidora no sobrevivió á su derrota; á mi tia le hicieron

grandes obsequios: no obstante que en sus barriles de lardos cifraba

su fortuna, rehusó que se los pagasen, diciendo que cuando la Compañía

estuviese en fondos, repartiese el valor de sus barriles entre los

bravos marinos que habian alcanzado aquella victoria.

“La prensa, con sus mil trompetas, publicó estos sucesos, y del fondo

del Kentuky vino un riquísimo banquero, hizo la corte á mi tia y se

casó con ella, declarándola poseedora de una opulenta fortuna.

“De esa fortuna participé yo, y ve vd. que mis títulos de nobleza son

tan buenos, como los de cualquier potentado europeo.”

Clarita fué de las personas más queridas para mí.

Al separarme esa noche de la tertulia, dejé escritos en su Album estos

versos, que no puedo decir que improvisé, porque yo jamás hago otra

cosa:

Viaje a los Estados Unidos, Tomo I · 第 48 / 106 题