Laborio de minas.—Un almuerzo.
VEN, Guillermo, oirás una conversacion de unos mineros, de la que
puedes sacar partido para tus apuntaciones: están en mi cuarto, y les
he dicho que iba á tener el honor de presentarte.
Diciendo y haciendo, me puse al lado de Francisco y entramos á su
cuarto.
Rodeados á la pequeña mesita que fungia de escritorio de mi amigo, se
encontraban tres personajes, que por ser característicos, me voy á dar
el trabajo de bosquejar.
Era el uno Mr. Wood, de nueve arrobas de tara, con cada dedo como un
morillo y con cada pié como una canoa traginera; de la piel de su cara
escarlata habria podido salir una tambora.
La frente aplastada y ancha, los ojos azules, parapetados en los
carnudos pómulos, el cabello blanco, cayendo en hilos separados sobre
sus hombros y espaldas.
Negro leviton, con la figura de un baul á medio abrir, y uno de esos
sombreros puntiagudos, desgobernados, de ala ancha y accidentada, que
solo se ven en la cabeza de un yankee.
Ese tosco campesino; ese hombre de carcajada franca y estrepitosa, con
una dentadura de marfil luminoso, con su pipa de palo apagada en la
diestra, y su pulgar de la mano derecha negro de tabaco; ese tiene más
de tres millones de pesos, su casa es como un palacio y se trata como
un príncipe.
El otro que está á su lado, con la espina dorsal doblada, dando su
rostro casi sobre sus rodillas, cayendo su pelo castaño como una
cortina sobre su rostro, con una enorme navaja en la mano, puliendo,
como distraido, un palito, volviéndose á cada instante para escupir el
negro tabaco que masca grosero; ese, es Mr. Keen, accionista de minas,
que en los _Stokes_ ha perdido y ganado inmensas fortunas; hombre de
negocios, _manejador_ de plata.
El tercero, de sombrero blanco, elegante porte, rica cadena de oro,
pálido, rubio, nariz puntiaguda, boca pequeña, escasa patilla y barba
rasurada. Es ingeniero de minas: está con el pié derecho sobre el sofá,
inclinado sobre la mesa, tiene una de sus manos en el bolsillo del
pantalon, cuyo bolsillo encierra llavero, lápices, medidas, compases,
navajas, y no sé cuántos útiles que suelen sacar las narices y
desaparecen en aquel antro que hemos titulado bolsillo. Este ingeniero,
á quien llamaremos Mr. Swift, es hombre de números, y por consiguiente,
encanto de los negociantes.
Los caballeros con quienes acabo de dar conocimiento á mis lectores,
iban á consultar al Sr. Gomez del Palacio sobre una escritura de
Compañía, porque es de advertir, para orgullo nuestro, que el Sr.
Gomez del Palacio es conocido de toda la gente de valer de los
Estados-Unidos, no solo como eminente jurisconsulto y hombre próvido,
sino como muy entendido en negocios y como hombre que escribe con
la mayor cultura y correccion el idioma inglés. Por otra parte, un
hombre tan distinguido y considerado como Mr. Cushing, es el amigo
de Gomez del Palacio, amigo á quien mucho estima, y esta es una gran
recomendacion en aquellos países. Muchas de las consideraciones que yo
merecí en los Estados-Unidos á las personas de la alta sociedad, las
debo á mi amistad con el respetable Mr. Bryant, eminente poeta, y uno
de los hombres más dignos y más ilustres de la patria de Washington.
La consulta habia concluido muy satisfactoriamente, reinaba el buen
humor, se atizaba el _coptail_ y la cerveza, con alguna economía del
tabaco, porque á Francisco le endiablan los fumadores.
M. Wood me flechó, nos hablamos un inglés españolizado que hizo soltar
la risa al concurso, y á poco, el comerciante de granos y ganados y yo,
hubiéramos hecho la envidia de Pílades y Orestes.
El ingeniero que tenia la palabra cuando fué á llamarme Gomez del
Palacio, fué invitado á continuar despues de la interrupcion que
produjo mi llegada.