Pero hay en el fondo de esas iniquidades ciertos principios de vida
propia, ciertos cimientos de derecho universal, cierta inviolabilidad
del derecho, un acatamiento ciego á la ley, tanto, que esa espuma, esa
borra impura, esas inmundicias, pasan sin perturbar la vida en sus
condiciones esenciales.
Se alzará más y más el coloso en la inundacion de los pueblos; su
grandeza misma lo derribará, y de las piedras que se esparzan nacerán
pueblos, como nacian hombres del diluvio de Pirra......
El viejo se alejó hablando á solas.... y le pude oir: “México....
México,” con acento de ternura infinita.
Corrí tras el anciano, á quien ya queria y veneraba.... acerquéme á
él.... le pregunté su nombre.... Vaciló un momento.... despues, con
voz resuelta y bronca, me dijo: “Quede vd. con Dios”.... y siguió su
marcha, proyectándose en el camino su sombra gigantesca, con su baston.
Preocupado con la conversacion del viejo del baston, promoví en mi
visita conversacion acerca de lo que me habia hablado, y uno de los
huéspedes de la casa, marino inteligentísimo y noble amigo de México,
me prestó un folleto titulado: _Coleccion de documentos relativos
al Departamento de Californias, publicados por el ciudadano Manuel
Castañares, diputado por aquel Departamento. Impreso en México en 1845_.
En ese folleto encontré confirmados todos los conceptos emitidos por
el viejo, y ellos forman la apología del ignorado representante de
California.
En una nota del Sr. Castañares, fecha 2 de Agosto de 1844, dice:
“La revolucion acaecida en California en 1836, se verificó por los
hijos del país, pero instigados por los americanos y apoyados por el
llamado capitan Green, que á la cabeza de un respetable número de
rifleros, secundó el movimiento que, sin este auxilio, no hubiera
podido triunfar de las tropas del gobierno; pero aun hay más en contra
de la pequeña seccion militar que existe en California, y es esto: en
el interior del Departamento se encuentran al pié de dos mil americanos
armados, que en su mayor parte viven al pié de la Sierra de Santa Cruz.”
Hablando de la riqueza del país, y bajo el rubro de “Pesca de pieles,”
se expresa en estos términos:
“Es incalculable la riqueza extraida de Californias en este ramo. La
abundancia de la nutria de agua salada era en tal extremo, que los
marineros de los botes, al tiempo de pasar sobre el _zargazo_, las
mataban con los remos. Es admirable la exportacion que se ha hecho y
aun se hace del castor, nutria de agua dulce y otras pieles. Respecto
de la nutria de agua salada, calculan los marinos, que hace muchos años
recorren aquella costa, que puede llegar al número de cincuenta mil
pieles las extraidas en los años de 1830 á 40. Del castor y nutria de
agua dulce es incalculable, porque éste lo sacan los hijos del país,
los extranjeros establecidos en él, porcion de compañías americanas y
canadenses, que vienen á Californias con este exclusivo objeto; y las
tribus bárbaras hacen tambien caza de pieles para cambiarlas á dichas
compañías por los efectos que traen, y que tanto halagan con ellos al
salvaje.
“Don Cárlos Augusto Sutter, dueño del establecimiento de campo conocido
con el nombre de la Nueva Helvecia, situado en las márgenes del rio
Sacramento, fué nombrado por el Sr. D. Juan B. Alvarado, juez de
paz de su establecimiento y comandante militar de aquel rumbo casi
desierto.”
Continúa el Sr. Castañares:
“PUERTO DE DEPÓSITO.—Desde el año de 1825 se ocupó ya de este asunto
una junta nombrada por el supremo gobierno para proponer los medios más
conducentes al progreso, cultura y civilizacion de las Californias.
Desde entónces se conoció la importancia que podria cobrar esta
península mexicana por su situacion topográfica en el comercio del
Asia, haciéndola el centro de las especulaciones que las diferentes
partes de Europa emprenden con la China. Se propuso por aquella
ilustrada junta el establecimiento de una compañía de comercio directa
con el Asia por el mar Pacífico en el puerto de Monterey, que deberia
denominarse: “Compañía Asiático-Mexicana, protectora del fomento de la
Península de California.”
Por último, como un grito de desesperacion terrible; como una profecía
espantosa; como un anatema, se repite en ese cuaderno, hablando al
gobierno: “_Si no atendeis pronto á California, se pierde sin remedio!_”
¡Cuán dolorosas reflexiones me sugirió la lectura del interesante
cuaderno á que acabo de referirme.
Nuestra inmensa costa del Pacífico propicia como las Californias al
comercio con las otras Américas y con el Asia, se encuentra en completo
abandono. Sus desiertos, su sistema fiscal, sus caminos, todo la
condenan á la absorcion de los Estados-Unidos, y á ello coopera la
ceguedad de los gobiernos y su respeto á los bastardos intereses que
mantienen en sus puestos _á los politicastros_ de la capital.
No hay remedio: si en la lucha indeclinable _de intereses_ con los
Estados-Unidos está de nuestra parte la barbarie, la repulsion y la
indolencia, y de parte de ellos la civilizacion, la confraternidad y el
trabajo, la derrota será nuestra, pronto, y lo que es más doloroso, con
aplauso de la humanidad entera.
Si tiene un inmenso puerto de depósito San Francisco, convirtamos
nosotros en puertos de depósito, desde la Baja California hasta
Acapulco; si llama San Francisco la colonizacion por medio de sábias
leyes y de franquicias, mejoremos esas leyes y séamos más liberales;
si aquellos inquietan á los chinos, llamémoslos nosotros con mayores
atractivos.
El arancel americano es absurdo y sacrifica á la codicia del Norte
y del Este los intereses del Sur y del Oeste; en esa tarifa hay
una cotizacion insostenible: declaremos libres de todo derecho los
artículos gravados por ellos, y veremos efectuarse una revolucion que
nos sorprenderá á nosotros mismos.
La creacion del ferrocarril de Veracruz, tiene dividida á la República
y condenados á los Estados distantes de la vía á la miseria y á la
muerte, entre tanto los Estados de Occidente oyen los gritos de la
locomotora del Pacífico ofreciéndoles salvacion. No volvamos la espalda
á esta situacion, atendamos á esos Estados, porque se perderán sin
remedio, como decia hablando de California su diputado Castañares.
Muy loable es el empeño para extender la línea de ferrocarriles,
ligando al Atlántico con el Pacífico; pero en mucho se esterilizarán
esos esfuerzos, si no se procuran cambios, si los ferrocarriles no dan
consumidores; si esas arterias no llevan sangre, ¿de qué servirán?
La cuestion hacendaria de México es su cuestion social y política, y
solo un conjunto de medidas sábias puede proveer á las necesidades del
Occidente y de nuestras fronteras.
Pero ya se encargará algun rábula de algun Club de proponer la panacea
para nuestros males públicos, exagerando el proteccionismo.
Fijemos sobre todo nuestra atencion en que esas familias y esos
capitales que ingresan á San Francisco procedentes de Sonora,
Sinaloa y la Baja California, aunque parecen abandonar nuestro suelo
accidentalmente, quitan vigor, trabajo y recursos de subsistencia á los
pueblos que abandonan, presentando contrastes que ceden en mengua y en
empobrecimiento de nuestra patria.
Esos hombres han emigrado por el pésimo sistema de impuestos, por
las extorsiones de los jefes militares, por los robos oficiales que
se llaman préstamos forzosos, por el plagio oficial que se llama
leva y por el estúpido provincialismo que repele y ahuyenta todas
esas poblaciones, que al principio escuchaban con espanto y odio los
amagos de anexion al Norte, y que hoy han perdido mucho de su energía
patriótica.
Muy tristes consideraciones me sugirió el cuaderno del Sr. Castañares,
y quién sabe hasta dónde las habria extendido, con riesgo de dormir á
mis lectores, cuando tocó á mi puerta Gomez del Palacio.