Un viejo.—Comercio.—Recuerdos históricos.
PASEANDO una hermosa tarde, á pié, por las orillas del extenso Parque
que conocemos, formamos corrillo, en la esquina de una calzada, varios
mexicanos.
Nos rodeaban altos médanos: en una de aquellas quiebras que hace la
arena, un carromato desvencijado, una tienda de lona, un caballejo
flaco, haciéndose las ilusiones de pastar, y un grupo de mujeres,
hombres y muchachos, sucios, abigarrados y siniestros, nos llamaron
la atencion. Eran gitanos. Una mujer de tez morena, gruesos mechones
de cabellos á la frente, ojos grandísimos y apasionados, y una boca
guarnecida de blanquísimos dientes, con harapos flotantes sobre su
arrugada frente, nos llamaba para decirnos la buena ventura.
Al extremo opuesto de la gitana, y á la entrada de unas elegantísimas
calzadas del Parque, hay un _bar-room_ espléndido, y en la esquina
que forma, se veia cabizbajo un viejo inclinado sobre su baston, y
pendiente de nuestro grupo que estaba muy cerca. El aspecto del viejo
era como el de nuestros militares retirados, adorno del Zócalo y de los
arbolitos.
Mugroso sorbete, arrugado pantalon de lienzo, y cabellos grises
alborotados sobre la frente, y descolgándose sobre el cuello de la
levita.
Como de costumbre, lamentábamos las desdichas de nuestra patria. Uno
decia:
—Vea vd. esta tierra; para nosotros era desconocida, nadie le hacia
caso, y no bien sale de nuestras manos, llueven sobre ella las
bendiciones del cielo.
—Yo apénas sabia que existia la tal California; oí decir que habia un
rincon de la tierra por aquí, en que frailes y soldados hacian cera y
pábilo.
—Ahora es el paraíso; todos los encantos de la vida; todas las
riquezas de la tierra, y un porvenir de grandeza que apénas alcanza á
concebirlo la imaginacion.
—Es porque nosotros no tenemos hechura; cuando existia California para
México, se sabia por los situados de Mazatlan y por los mordiscos que
todo el mundo le tiraba al _fondo piadoso_.
—No seamos injustos; los presidios eran el gran medio de civilizacion
del indio, ayudado por los misioneros.
—En eso hay su más y su ménos, decia otro: muchos dicen que léjos de
mejorarse la suerte del indio, se empeoraba.
—Lo cierto es, hacia notar otro, que cuando la guerra de Tejas, ya
muchos aventureros americanos, por sí y ante sí, habian tomado posesion
de mucha tierra, y el puerto de Monterey habia tenido una invasion en
forma.
El viejecito del baston, aunque disimulando, habia seguido con vivo
interes nuestra conversacion, y más de una vez le ví en ímpetus de
levantarse y tomar la palabra en nuestro corrillo; pero se reprimia y
se fingia como dormitando.
Nuestra conversacion continuó bajo el mismo tema: nos dispusimos á
retirarnos, y yo torcí solitario por la calle de Franklin, para la casa
de la Sra. Cima, donde frecuentemente tomaba té al caer la tarde.
Apénas habria yo andado treinta pasos, separado de mis amigos, cuando
noté que me seguia el viejecito del baston: suspendí mi marcha y le
esperé, creyendo que llegaba en solicitud de un socorro.
Sin más preámbulo, y fijando en mí sus pequeños y animadísimos ojos,
como dos chipas, bajo los tejados blancos de sus cejas, y abriendo su
bolsuda y desdentada boca, me dijo:
—Todo eso que han hablado sus amigos de vd. es una sarta de mentiras,
que prueban su ignorancia de la historia y su ingratitud para con los
hombres que luchamos porque tuviera patria toda esa maldita canalla.
Yo veia atónito al viejo, me imponian respeto sus años, me subyugaba
su mirada, me atraia el tono de majestuosa verdad que revestia aquella
conmovida palabra.
Animado con mi atencion, continuó:
—Desde el tiempo del gobierno español se dió suma importancia á
California; se dotaron las misiones, se protegie-ron los presidios, se
vió como rica joya y como llave del mar Pacífico.
Es una impostura histórica, continuó el viejo, pintar al indio
amamantado por el cristianismo, entrando al goce de la civilizacion:
el indio era tratado como esclavo, se le enervaba con el vicio, se le
embrutecia con el fanatismo y se le degradaba como á la béstia.
El cepo, los azotes, la crueldad más impía se ejercia con esos hombres,
cuya posicion aferraba á los salvajes en su libertad.
Ese _Fondo Piadoso de California_, léjos de servir para la conversion
y alivio del indio, conforme á la mente de los fundadores, era
instrumento de tortura, cebo de codicia y elemento de asquerosa
corrupcion.
En California se dejaron frailes y soldados, que no eran ya los
misioneros apostólicos, ni los jesuitas fervorosos que menciona la
historia.
En cambio, el soldado no era el aventurero ávido, ni el asesino
implacable.
La riqueza de California era ya conocida en 1844 y denunciada al
gobierno.
El Sr. D. Manuel Castañares, digno representante del Departamento,
decia al gobierno: “además de las minas de plata, se ha descubierto _un
placer de oro de treinta leguas de extension_, y muchas minas de carbon
de piedra.”
Yo vine á esta tierra de maldicion para México, decia con acento
doloroso el anciano, con el patriota, con el sabio, con el gran general
Micheltorena.
El, en las horas de corto descanso que nos daban las fatigas militares,
nos instruia como un padre y nos hacia notar que el trigo da
seiscientos por uno, el maíz mil, el frijol quinientos.
El alentaba á los indios al cultivo de la caña, de donde sacaban azúcar
que se exportaba.
Del cultivo de la jarcia daban testimonio las embarcaciones todas del
Pacífico; del lino, nuestros vestidos y los de los habitantes de las
misiones.
La nutria y el castor de California se enviaban de regalos á los
magnates de México, y los periódicos europeos estaban cansados de
llamar la atencion del mundo sobre la pesca de la perla y la ballena.
¿Queria aquel gobierno y todos los que le sucedieron más noticias?
Diga vd. que en México, por la fatal organizacion de aquella sociedad,
los que estaban fuera del presupuesto luchaban para derribar á los que
estaban dentro de él, y que en esa tarea infame los ha de hallar la
pérdida de la nacionalidad.
Miéntras aquella puja y aquel tráfico del poder, única industria
de aquella clase média y de aquellos magnates ignorantes, fátuos y
corrompidos, se efectuaba, habia aquí un puñado de mexicanos, con el
general Micheltorena, sacrificándonos por la independencia.
Aquel jefe tenia á sus órdenes, para contener la rebelion, de hijos del
país y aventureros, 195 hombres, de todo punto desnudos, con armamentos
de diversos calibres, con cuatro paradas de cartuchos por plaza,
con treinta pesos para dar de comer á toda la tropa, y veintitantos
oficiales en el puerto de Monterey, sin tener quien les diera al
crédito una sola libra de carne.
El general Codallos, antecesor del general Micheltorena, fué modelo de
honor y sufrimiento: éste hizo cotidiano el heroismo. Jamás le oimos
exhalar una queja, nunca desmayó en las fatigas, su palabra elocuente
nos reconciliaba con la patria, que parecia habernos condenado á la
vergüenza y al abandono.
¿No se encuentra la Baja California en posicion semejante? ¿No tenemos
las costas del Pacífico en peligros análogos? ¿No escucha vd. en
los desiertos el grito de la locomotora llamando á los pueblos á la
participacion del Progreso? ¿Quedarán Sonora, Sinaloa y la California
como los príncipes del cuento indio, atados á sus columnas de bronce,
de espectadores, retorciéndose de hambre, miéntras se entregan sus
vecinos á los placeres en brazos de la opulencia?
¿Legitimará esta situacion la moral? ¿La humanidad? ¿No es hacer del
patriotismo una virtud de pigmeos y de idiotas?....
La luz del sol poniente daba al viejo de espalda y presentaba sus
contornos luminosos.... era terrible y bella para mí la presencia del
viejo.
—Y no piense vd., continuó, que yo creo en ese paraíso que pintan sus
menguados amigos. Yo trato con injusticia á este suelo, lo detesto,
porque es para mí como la hija que se prostituye y nos insulta con su
riqueza en brazos de su raptor.
Hay políticos venales como en parte alguna, al robo se le llama
comercio, las niñas se embriagan y cambian el Champaña por el arsénico
en el dia de su infortunio. El yankee dice á su hijo: _si puedes tener
dinero bien habido, tenlo; y si no lo puedes tener honradamente, tenlo
tambien_.
[Illustration: _LIT. DE H. IRIARTE MEXICO._