El correo.—La aduana.—El Hipódromo.—Caballos trotadores.
ENTRE las calles de _Battery_ y de Washington está colocado el correo,
en conyugal armonía con la aduana, lo que no concuerda con la grandeza
que tienen en general las construcciones de California.
Es un edificio aislado con avenidas á los cuatro vientos, con
escalinatas y columnas á cada frente, y que pasaria por un bello
edificio si no estuviera en California.
Poco tiene que ver el edificio en los corredores que sirven de
despacho, porque formándole altas paredes los cajoncitos de apartado,
la comunicacion entre el público y los empleados, ó son buzones con
las diversas carreras de correspondencia, ó son postigos en los que se
venden estampas, se requisitan certificados y se dan las poquísimas
cartas que se ponen en lista.
Las operaciones de cambio y situacion de dinero están en otra oficina
separada, aunque conexa y en el mismo edificio del correo.
Pero si es cierto que no llamó mi atencion el edificio, sí me pareció
muy digno de atencion y de alabanza el servicio postal, por más que se
noten grandes abusos.
En la conciencia del gobierno y en la del último de los ciudadanos está
que la comunicacion es la respiracion, que el servicio postal debe
estar al alcance, no de la última aldea ni de la última choza, sino del
último de los ciudadanos.
Despues de levantada del suelo la colonia naciente, entre la primera
y segunda casa, hay una lata, una piedra, una carreta, en que está
escrito _Post office_, y no importa que no haya comunicacion ni que se
derroche en el aprovechamiento de los especuladores: la balija lleva
el hilo misterioso que une todos los vínculos sociales con aquel ó
aquellos hombres que parecen olvidados en los desiertos.
Se cree que donde está un hombre asiste la patria entera, para darle á
entender que pertenece á la gran comunidad social.
La bondad del servicio del correo se mide por la extension, la
regularidad, la seguridad y la violencia de los servicios que presta,
no por sus rendimientos.
En México tuvimos un administrador de correos, que formó á su antecesor
una reputacion de despilfarrado, porque extendió varias líneas de
comunicacion, y el muy bárbaro se jactaba de tener catorce mil pesos en
caja, sin pensar en crear una sola vía nueva para la correspondencia.
Lo singular es que el gobierno y el público aplaudian á dos manos al
inservible pero honradísimo administrador.
El solo condado de California tiene más de mil administraciones de
correos, y Nuevo-México más de cien, con todo y ser un país casi
desierto.
En la naciente ciudad de San Francisco se distribuyen de cuatro á seis
mil cartas diarias, y veinticinco mil, tambien diariamente, en todo el
Estado. Además, mensualmente se dirigen á China y al Japon seis mil
cartas, cinco mil á Australia, á la América central cuatro mil, y sobre
seis mil se reparten entre las islas de Sandwich, Alasca y otros puntos.
Para la proteccion de carreras extraordinarias, se gastan veinticinco
mil pesos por semana.
El número de periódicos que se reciben es enorme, y se calculan por
toneladas para la valuacion de los fletes.
Un pequeño ejército de empleados da cumplido lleno á las diferentes
labores del correo: cincuenta y cinco se emplean en lo que se llama
servicio de puertas, es decir, recibir y repartir la correspondencia en
el interior de la oficina, treinta fungen como agentes y escribientes,
y cuarenta trabajan con la denominacion de mensajeros ó colectores
(carteros).
El servicio de la ciudad se hace por pequeñas cajas de fierro, fijas
en las columnas que sostienen los faroles del gas. Tres veces al dia
recogen la correspondencia de esos buzones los carteros, y tres veces
reparten las cartas con la mayor puntualidad.
El cartero deja las cartas á los porteros, y cuando no hay porteros,
usa un silbato para avisar su llegada á una casa, y que estén
pendientes los que en ello tengan interes.
La proteccion al correo es decidida; no hay circunstancia alguna, por
grave que sea, que embarace su tránsito, y cuando el cerco es más
riguroso, por ejemplo, en un incendio, el correo se abre paso con solo
anunciarse.
A veces, mejor dicho, con mucha frecuencia, se llenan las cajas ó
buzones de la correspondencia que están en las calles; el público no se
detiene por eso, continúa poniendo cartas y periódicos sobre la tapa
de la caja, á la vista y al alcance de todo el mundo, sin que se dé
el caso de que se pierda una carta, ni de que nadie se atreva á tocar
aquellos papeles, puestos bajo el sagrado de la confianza pública. Este
solo rasgo hace la apología de un pueblo.
* * * * *
Ya hemos indicado que del edificio de la aduana no se puede hacer una
descripcion especial, confundida, como está, con el correo, y teniendo
las oficinas un carácter provisional y una adicion en otro edificio que
está á la espalda del correo.
Por lo demás, la aduana de San Francisco se considera que ocupa el
cuarto lugar en importancia entre los Estados-Unidos, siendo solo
inferior á New-York, Boston y Baltimore, pero superior á Filadelfia y
Nueva-Orleans.
Las embarcaciones que entran en el puerto anualmente, son 45,000, que
miden más de millon y medio de toneladas anualmente.
Las embarcaciones proceden de Europa y los mismos Estados-Unidos,
China, Japon, Indias Occidentales, Polinesia, Sur América y casi todos
los puntos del globo.
Se calcula el importe de los derechos aduanales solo en San Francisco,
en ocho millones de pesos anualmente, y el valor de las exportaciones
es de veinticinco millones por dicho puerto, y las extracciones de todo
el Estado cerca de sesenta.
Por supuesto que en esa suma están incluidos los productos minerales.
Pero la sorprendente grandeza de California se debe en gran manera á su
puerto de depósito, del que no me ocupo, porque ya ven mis lectores que
voy con la maleta debajo del brazo y escribo mis apuntaciones sobre la
rodilla. Por lo demás, en mi obrita de economía política he tratado con
la extension debida esta materia, repitiendo hasta el fastidio que los
puertos de depósito son una necesidad imperiosa para todo el país, y
para los pueblos de Occidente una tabla de salvacion......
* * * * *
—¿Y qué me quieren vdes.? dije á mis amigos que entraban por mi
puerta, dejando libros y poniendo á un lado los números que tenia en
rigurosa formacion para escribir sobre la aduana.
—Queremos, me dijo Pablo, con su hosquedad que no lo abandona jamás,
que cumplas tu palabra á los amigos á quienes tenemos esperando en el
Hipódromo.
—Te sobra la razon; van á ser las doce y á las once fué la cita: si de
que me veo con ciertos librejos delante, me pongo cerrado de mollera,
como guarda de garita ó lector apasionado de _El Flos Santorum_. Allá
voy.
Y diciendo y haciendo, zambullí la cabeza en el agua, me pasé los
dedos por entre los cabellos, que es en lo que consiste mi _toillet_,
y fuí á acabarme de vestir y á ponerme la corbata á la puerta de la
calle, como lo tengo de costumbre, cuando no se me olvida la tal
corbata.
Instaléme con mis tres compañeros en un carruaje abierto, cubriéndonos
muslos y rodillas con voluptuosas pieles de lobo marino, y partimos
para el Hipódromo, que se halla á un lado del Parque, por donde hemos
paseado ántes de hacer conocimiento con _Cliff-House_.
El Hipódromo es de la propiedad y está bajo la direccion del _Jockey
Club_, asociacion instituida para el desarrollo y mejoramiento de la
raza caballar.
La parte exterior del Hipódromo es un segmento de círculo, en donde se
ven tránsitos, corredores y escaleras para distintos departamentos.
La entrada es como la de nuestras plazas de toros.
El segmento de círculo que hemos visto exteriormente, está ocupado por
cuádruple galería de amplios tránsitos comunes, asientos ó bancos, y
lumbreras con asientos para señoras.
Corona el lugar que describimos una amplísima galería llena de sillas,
y en el extremo derecho lujosos asientos y privilegiados lugares para
los individuos del Club, porque aquel es su departamento especial.
Limitando la galería se perciben ricos salones, cantina bien surtida y
gabinetitos para comidas y refrescos.
Casi en la base de la gradería, y de uno y otro extremo, se encuentran
situados los departamentos para caballos y ginetes, teniendo la
preferencia los primeros, porque se trata de verdaderas alcobas,
perfectamente entablonadas, con sus lechos de paja, sus mantas, sus
cortinas, sus útiles de aseo, su cuarto para el veterinario, y sus
remedios para los casos que puedan ocurrir.
El Hipódromo tiene figura elíptica y su extension es de una milla, de
amplia calzada, perfectamente terraplenada de arena menuda, y corriendo
entre dos cercas de tabla que forman valla. El ancho del carril serán
diez varas.
En la elipse interior que forma la valla, se levanta el tablado de
los jueces, con vista á todos lados, y bajo su techo una mesa, reloj,
ampolleta y recado de escribir.
Al rededor del tablado, y en el amplio espacio que deja la cerca del
Hipódromo, discurren los facultativos, los íntimos y los que ensayan
sus caballos y ajustan sus partidos.
Al dirigirnos al Hipódromo, en competencia con multitud de carruajes
y caballos, distinguiamos á lo léjos, en todas las alturas que rodean
el circo, un gentío inmenso, que realmente hacia desaparecer lomas y
colinas, sobresaliendo en la figura de las eminencias, y siguiendo
su forma, lujosas calesas, ágiles _tilburis_, arrogantes faetones y
caballos lindísimos.
En la parte interior del Hipódromo formaba masa compacta la
concurrencia: los hombres permanecian de pié en las gradas. Las damas
formaban orlas encantadoras entre sus trages de pieles, flores y
plumas, y la luz jugaba en las sombrillas, en los velos y en los rizos
de las hermosas.
No habia carreras; la competencia se habia anunciado con caballos
trotadores, con tales particularidades y con circunstancias tales, como
si se tratara de los héroes de la Iliada.
El orígen de caballos y yeguas, sus retratos, los caballos históricos
que habian ilustrado la genealogía de cada corredor, con altas proezas
y referencias á sus títulos de nobleza ó blasones escrupulosamente
registrados.
El programa de la funcion á que asistiamos era igualmente minucioso.
El peso de los _vogues_, el de los aurigas, el nombre y color de cada
cuadrúpedo, la cantidad de las apuestas, los nombres de vedores, de
jueces y de árbitros, todo se contaba en el programa, con especiales
detalles y con una formalidad, como en el negocio público de mayor
trascendencia.
Reinaba la confusion: á nuestra entrada, la concurrencia vagaba de los
establos á los lugares de las apuestas, al tablado de los jueces, á
las lumbreras y las gradas: de pronto se presentaron en la escena los
primeros lidiadores.
El _vogue_ es un quitrin de dos ó cuatro ruedas y caja de dos asientos;
pero la diferencia entre el _vogue_ comun y los corredores, consiste
en que está suprimida la caja y hay en su lugar uno como asiento de
albardon que sirve al conductor. La construccion de estos _vogues_ es
tan leve, las varillas del juego tan delgadas y ligeras, que parecen
de alambre ó de hilo; se le figura á uno que desenredándose, se podian
contener en un carrete. Hay _vogue_ que pesa únicamente setenta y cinco
libras; el peso comun son noventa libras.
Aparecieron, como digo, los campeones con sus cachuchas de prolongada
visera, sus chaquetillas de seda, coloradas, verdes, azules, amarillas
y otros colores, pantalon blanco de casimir ó punto, y borceguí á la
pantorrilla, cubriendo el pantalon.
El _Jockey_, ó corredor, se sienta en la uña central del juego, abre de
par en par sus piernas, las apoya en las varas que carga el caballo, é
inclina su cuerpo hácia adelante; la figura que forma el conjunto, es
grotesca, es como un pinacate cabalgando en una araña.
Los caballos eran lindísimos: cuello tendido, leve cintura, anca
redonda; las piernas delgadas y ligeras como cañas de la India, el ojo
ardiente, la nariz abierta, y las crines tendidas.
Cinco eran los adalides, sobre cinco rúbricas de fierro, moviéndose con
tal ligereza y haciendo giros tan vistosos, que con razon animaban la
concurrencia.
Los conocedores saltaron cerca de la valla; veian si el caballo metia
el pié; si tenia puesto el forro para no chocar con la tierra dura el
pié ó la mano; si el arnés estaba seguro; si el freno era adecuado, y
entónces llovian las apuestas y tenian expansion las simpatías.
Fueron á las voces de mando encarrilándose los cinco campeones; los
caballos, inteligentes, se observaban, husmeaban, inquirian con
inteligencia suma el sonido de la campana, piafando, conteniéndose
apénas.... en un momento inesperado, sonó la campana.... la
concurrencia toda se puso en pié.... al fin partieron....
Confundiéronse los carruajes: en las sinuosidades del terreno, muy
calculadas, aparecian los competidores para perderse y reaparecer
de nuevo: los espectadores seguian con inquietud extrema la
competencia.... un caballo negro hacia punta, seguíale un alazan....
despues un bayo; los otros caballos quedaban muy atrás.... se
acercan.... se oye golpear la tierra con las herraduras de los
corceles.... ya llegan.... se duda si el alazan ó el prieto pisará
la línea; al fin, el prieto cruza.... desembarazado, arrogante,
victorioso.... la concurrencia aplaude con entusiasmo, las damas agitan
sus pañuelos, el nombre del _Jockey_ afortunado se proclama entre vivas
y bravos!
Así se entablaron varias competencias hasta anunciarse la última, en
que una yegua, cuyo retrato y biografía circulaban con profusion, saltó
á la arena.
A la presencia de la yegua, abandonaron sus asientos los _amatteurs_
y fueron á cortejarla como á una reina; la veian, la acariciaban, le
prodigaban elogios, le decian: “encantadora señorita.”
El hermoso animal parecia comprender y se mostraba contenta de sus
adoradores.
Se anunció la carrera, se cruzaron las apuestas, y casi sin esfuerzo
venció la gran señora de las yeguas, marcando con un nuevo lauro su
alta posicion.
Al terminar esta carrera, algunos de los individuos del Club nos
invitaron á tomar una copa, y penetramos en los grandes salones, en
donde habia distinguidas señoritas.
Yo no sé por qué singularidad de mi fortuna, uno de los más afamados
conocedores me creyó inteligente, y por más que le protesté mi
ignorancia, y no obstante llamar testigos para probar mi inutilidad,
luego que concluyó la carrera, me llevó á la caballeriza de la yegua,
donde recibia como una prima donna en su cuarto.
La yegua estaba arropada con una rica manta, se le daban paseos cortos,
despues se le sirvió agua con los tragos contados.
El amigo accidental que me deparó la fortuna, se empeñó en instruirme
en lo que él creyó á pié juntillas mi especialidad.
—Hasta 1852, me decia, no se pensó en California en introducir
caballos de raza pura procedentes del Ohio y el Kentucky; á la vez que
llegaron los primeros caballos, tuvimos el gusto de recibir aquí á la
famosa yegua llamada _Blak Swan_ (cisne negro.) Esta _dama_ corrió
una carrera de diez mil pesos, pagaderos en ganado, contra un caballo
mexicano cuyo nombre era _Zarco_, por cierto, soberbio animal.
Al comodoro Stockton somos deudores del primer caballo de las grandes
razas inglesas, llamado _Longfelow_, porque ya vd. sabe que los
caballos célebres tienen nombres de personajes célebres; un potrillo,
su hijo, le acompañaba como si fuera príncipe heredero.
_Ashlan_, caballo finísimo, vino á vivir entre nosotros: los caballos
de esas razas se vendian á diez mil pesos en el Sacramento, y llegaron
á alcanzar de velocidad en la carrera, cuatro millas en 7 minutos y 30
segundos.
En 1864, M. Alexandre pagó quince mil pesos por _Lexington_, que era un
caballo ilustre y ciego como Milton; cuando le burlaban decia que los
hijos de _Lexington_ valdrian tanto como sus hijos del comprador.
Por aquellos tiempos se verificó la famosa carrera de _Norfolk_ y
_Lodi_: corrieron esos caballos tres millas; el primero, en 5 minutos
27½ segundos; el segundo, en 5-29½: el vencido siguió disfrutando la
consideracion que se habia sabido conquistar.
—Muchos progresos han hecho, continuó mi instructor, en cuanto
al desarrollo de las más escogidas razas de los Estados-Unidos y
Australia. Hoy por hoy, podemos lisonjearnos de que la raza de
California es de las más sobresalientes. Pero en lo que sí podemos
tener ventajosa competencia con cualquier país del mundo, es en
cuanto á los caballos trotadores. El _Occidente_, que es el primero
de nuestros caballos de este género, trota una milla en 2 minutos 16¾
de segundo, y en tres millas, un caballo de carrera no le sacará de
ventaja dos minutos.