Egresos ” 2.701,863 34
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Número total de escuelas en el Estado 2,190
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Valor de la propiedad de las escuelas de San
Francisco $ 5.068,678 30
La administracion de la instruccion pública en San Francisco se
compone de doce miembros, de los que se cambia un tercio cada año,
con un superintendente de escuelas, un diputado, un secretario, un
escribiente, un copista y un mandadero.
La poblacion total en la ciudad de California se estimaba, en 1875,
en 234,000 habitantes, y niños aptos para concurrir á las escuelas,
41,029. De éstos habia registrados en las escuelas públicas, 32,175, y
en las privadas, 6,094.
Los sueldos de preceptores y preceptoras son, desde seiscientos á
_cuatro mil pesos_, permitiendo estas altas dotaciones el ingreso al
profesorado de la primera enseñanza, de personas altamente notables. En
California hay la profunda conviccion de que sin decentes dotaciones á
los maestros, es imposible la buena enseñanza. Nosotros solemos dotar
maestros, sirviéndonos de norma el salario de los cocheros.
Hay escuelas conocidas con el nombre de Cosmopolitas, en que se da la
instruccion á un tiempo, en francés y aleman.
Las escuelas nocturnas, en que se admiten, sin distincion toda clase
de personas, sea el sexo, la edad y la procedencia la que fuere, hacen
mucho bien. Hay maestros de dibujo y de música, para los que da el
Estado 10,500 pesos.
El costo del edificio de la escuela de Lincoln en las calles 5.ª y
Mercado, cerca del edificio de la casa de Moneda, fué de 125,000 pesos.
—Bueno será que deje vd. sus apuntaciones, me dijo un polluelo alegre
que habia ido en nuestra busca; eso, continuó señalando mi escrito,
para tratado es muy diminuto, y para apuntaciones al correr la pluma,
dan sueño.
El chico tenia razon: despedímonos del preceptor que nos habia guiado,
significándole nuestro profundo reconocimiento, y quedando realmente
admirados y envidiosos de la grandeza y de la importancia que da
California á la instruccion pública.
* * * * *
—No todo ha de ser Valle de lágrimas, ni todo _Fidel_, estar como
un santo de piedra sin despegar los ojos del libro: ¿no sabes tú que
hay máscaras? ¿no sabes que el dios de la locura agita su sonaja y
hace repicar los cascabeles de su cucurucho? Disponte, que esta noche
se arde el teatro y la vida es bastante amarga, para desperdiciar la
ocasion de echarle unas gotitas de miel.
—¿Con esas á mí, eh? ¿con esas? Pues voy al baile, y llevando esta
mismísima cara, hago un máscara á pedir de boca: cuenten vdes. conmigo.
Esto dije á mis amigos, Lorenzo, Manuel y Pablo.
Ocupado con tan sério compromiso, me dirigí á la casa de las Sritas.
S. y C., como lo tenia pensado; ardia el mundo de entusiasmo, y los
preparativos estaban en todo su ardor.
En general, los saloncitos de recepcion de las casas tienen como
pared, bajo un elegante arco, dos lienzos corredizos de tablas, que
retirándose, se convierten en un salon elegante en las circunstancias
graves, y para el ordinario servicio, uno de los saloncitos funge de
comedor, asistencia ó gabinete.
Las piezas estaban de telon corrido, viéndose por un extremo, mesa,
aparadores, cuadros y muebles de un comedor elegante, y por el otro,
piano, sofaes, espejos, consolas, cuadros, candelabros y floreros para
salon.
La juventud y la hermosura reinaban: veíanse por aquí afanosas
costureras pegando listones y sembrando flores en los trages, que en
abultadas ondas caian de los sofaes á la alfombra; por el otro extremo,
chicos de buen carácter arreglando sobre la mesa del comedor, cascos y
plumeros, mantos de templarios y luengas cabelleras.
Las señoras en un rincon preparaban, para las niñas, peinados, joyas,
guantes y cuanto su vanidad maternal les sugeria, para la compostura de
las hijas.
Ya se deja entender la animacion de los diálogos, las monerías de las
presumidas, que con todo les parecia estar mal y ponerse en ridículo:
los recuerdos de las ancianas, los planes de los primitos y los amigos
íntimos.
Y al pedirse del hilo, y al valuar el colorete, y al dame ese carrete,
y dónde están las tijeras, se interponia una copita de _chericordial_
ó de rompope, ó circulaba un vaso de _coptail_ entre los polacos,
ingleses, italianos y mexicanos, que formábamos el grupo masculino.
Es de advertir que por aquellos dias estaban en toda su boga los
_Valentines_: estos _Valentines_ son obsequios de principio de año, por
todo el mundo hechos, y recibidos por los papás y mamás más cerriles.
El obsequio del _Valentin_ ó cortejo consiste en cajitas, cuadros y
chucherías, envueltas en papeles picados, y llevando en su centro
sentencias, versos, ardientes declaraciones de amor y sátiras más ó
ménos picantes.
La gracia del _Valentin_ es conservar el más riguroso anónimo, y esto
da lugar á chanzas y pesquisas, de que sacan inmenso partido, el amor,
el placer y la inocente amistad.
Como es de suponerse, hay _Valentines_ intencionales, y entónces son
valiosas cajitas con dulces y alhajas, _porta-bouquets_ de concha,
caracoles, nueces y huevos con ricas joyas, ó por el contrario, algun
chistoso envía un rizo de canas, una disciplina, ó una caricatura que
hace ver estrellas á la obsequiada.
Por supuesto, á las muchachas en cuya casa estaba les habian llovido
_Valentines_. A Ernestina le enviaron una cajita deliciosa, con unos
versos ingleses lindísimos, pegados á una áncora de oro (sospecho que
era un marino el _Valentin_); á Virginia, que es como un dulce de
agradable, le dirigieron, entre otros _Valentines_, un guante trunco
y un letrero que decia: “Busca el compañero,” y una judía, Raquel,
seductora como la beldad bíblica de quien lleva el nombre, recibió
en una cajita de ébano un _pensamiento_, y en el centro un riquísimo
diamante, figurando una gota de rocío. En la cajita estaba incrustado,
en menudísimas perlas, este nombre: “México.”
Y á la muy linda muchacha Mery le dispararon una caricatura en que
acariciaba á un vejete su galan, á quien la preciosa niña profesaba
especial antipatía, por meloso y farsante.
La niña lloraba de cólera y se hacia mil conjeturas.
Los _Valentines_ daban especial atractivo á las máscaras.
A las diez de la noche la comparsa estaba lista.
Pusiéronse en marcha los disfrazados, y las mamás y yo tomamos rumbo
diferente para no denunciar á nuestras amigas.
El baile se verificó en el gran salon de Platt, calle de Montgomery:
brillaba el edificio como un incendio, formaba ráfagas y labores el
gas en la techumbre, y reverberaba en globos de cristal apagado y en
lámparas y vasos de colores.
La orquesta, desde el palco escénico, derramaba á torrentes la armonía.
En un extremo del proscenio se veia un dosel magnífico: bajo él habia
majestuosos asientos.
Aquel lugar debian ocuparlo, á cierta hora, los jueces ya nombrados,
que debian adjudicar premio á la dama mejor vestida, al máscara que
mejor caracterizase su papel y al bailarin ó bailarina que más se
hubiera distinguido en el arte de Terpsícore.
A la entrada del teatro se encontraban los que recibian los boletos,
los que recogian sombreros y abrigos, y los comisionados del buen órden
del baile, con luengos listones con flecos de canutillos pendientes del
ojal del frac.
En el fondo del salon y en uno de los costados, se veian grandes
cuartos con cantinas y espléndido servicio de licores, refrescos y
cenas.
El conjunto de la concurrencia era espléndido, los corredores y
galerías estaban llenos de gente, que no se mezclaba con las máscaras,
y sí en las bancas que rodeaban el salon.
Odaliscas, rusas, gitanas, garbosas andaluzas, druidas y hadas
vaporosas, cruzaban por aquella atmósfera de luz, armonías y perfumes,
entre guerreros, sacerdotes, caballeros de la edad média y figurones
grotescos, con caras de perros, de patos y de leones.
Pero no habia bromas de carnaval; tal cual francés, vestido de mujer,
con insolente descoco daba patadas y hacia cabriolas; el yankee se
ahogaba, tiraba la careta y seguia andando con su vestido carnavalesco,
como si estuviera en sus negocios.
Un vejete de calzon corto y sombrero de tres picos, con un farolillo en
la mano, iba, como Diógenes, en busca de un hombre.
Las _ladies_ provocaban con sus llamamientos á verdaderos autómatas, y
no ví nada de más soso ni de más desgarbado que aquel baile de máscaras.
Iban á dar las doce de la noche, las cantinas estaban llenas y el
salon vacío. Se anunció la marcha de los premios; tomaron sus asientos
los jueces; los máscaras, con gravedad oficial, emprendieron su paseo.
¡Qué magnificencia de trages! ¡qué lujo de atavíos! ¡qué esplendor de
formas en las damas! ¡qué indiferencia y qué frialdad en la mayor parte
de los machos!
Cesó la música, y se proclamaron los nombres de los premiados.
Una bella italiana vestida de reina, obtuvo el premio de la elegancia;
premio que consistia en un _schal_ de seda y una bandeja de plata.
Se escuchó caluroso aplauso de parte de los hombres; un rumor sordo de
descontento contra la parcialidad de los jueces.
Al viejo del farol, modelo de sandez y de tiesura insulsa, le
adjudicaron como recompensa, un reloj de oro. Y el premio lo recibió
en medio de aplausos irónicos, que contribuyeron no poco á extender el
buen humor.
Por último, el lauro del baile lo otorgaron á una _lady_ sacudida y
despierta, que fué resultando hombre al recibir un precioso anillo con
un zafiro.
Dispersóse la concurrencia; pero se dispersó para agolparse al rededor
de un máscara que concentraba la atencion universal y merecia unánimes
aplausos.
Tenia el máscara bien asentado sobre la espaciosa frente, un sombrero
blanco, ancho, con gruesas toquillas y flecos de oro. Chapetas de
diamantes que figuraban águilas, y ribetes de galon de oro.
Caia sobre sus hombros finísima chaqueta de ante, con botonadura y
agujetas de plata, llena de bordados y alamares como _dolman_, y una
_pantalonera_ de casimir café, con botoncitos de filigrana de oro, de
los que cada uno podia pasar por una joya.
La camisa, las alhajas, el calzado, y sobre todo, las maneras, decian
que aquel _payo_ era un distinguido caballero mexicano.
El _ranchero mexicano_ hablaba inglés, francés, italiano y español
perfectamente, sin serle desconocido el aleman, aunque no hablaba en
ese idioma. Era el _mexicano_ chancero y alegre; pero encerrándose en
la más delicada finura, usaba de chanzas discretas con los jóvenes, á
los viejos decia palabras sesudas, y era tan galante con las damas, que
le hicieron su favorito y fué el rey de la fiesta.
Yo estaba encantado: lo inesperado de la aparicion me tenia lelo y
orgulloso; el jóven era mexicano, conocia nuestra vida en lo más
íntimo; pero no sospeché siquiera quién fué quien nos dió aquella
sorpresa de carnaval.
Entónces tuve motivo de conocer á la multitud de gente de California
que ha estado en México, que ha hecho en él su fortuna y que ha dejado
en todos recuerdos agradables.
El _mexicano_ fué conducido en triunfo á la cantina, se destapó
Champaña, se dijeron bríndis, se vitoreó á México, y no lograron, ni
la cortesía, ni la hermosura, ni la confianza loca, alzar el velo del
extraordinario personaje.
Despues de mucho tiempo, en una tertulia privada, invitaron á la linda
judía Raquel á que tocase el piano.... cuando lo estaba pulsando,
reconocí en uno de sus dedos de marfil, hecho anillo, un botoncito de
_filigrana_ con una piedrecita preciosa en el centro, y tal me pareció
que pertenecia al equipo del _rancherito mexicano_.
En cambio, otro de mis compañeros se empeñó en seguir á una circasiana
espléndida; salió con ella del baile.... y en los extremos de la
ciudad.... se quitó la deslumbradora vision la careta, y era.... una
negra, feroz, desastrada, amenazadora, hombruna, ronca, que le hizo
correr á todo escape hasta el hotel, donde llegó como quien se ha
salido de las garras de un tigre.