En cuanto á los católicos, más compactos, con mejor disciplina, mucho
más ilustrado y tolerante que el nuestro, su crédito, ha sabido
aprovechar la emigracion europea, sobre todo la irlandesa, y puede
asegurarse que seis millones de habitantes de la Union son católicos.
En uno de los dias en que los recuerdos caian como sombras en mi
espíritu, busqué el apartamiento de la ciudad, encumbrando una de las
calles centrales.
Llamó mi atencion un templo con su torre en el centro, y el aspecto de
una extensa galera descansando en groseros estribos de cal y canto,
rodeada de un bello jardin circundado por un barandal de fierro.
Espié hácia el templo; estaba completamente solo, se oian mis pisadas
resonar en el pavimento de madera, y el eco de mi tos moria en la
altísima bóveda.
Volví el rostro á todos lados: dominaba en el altar la Vírgen María; al
lado del altar ardia la lámpara; era un templo cristiano con todos los
adornos, accidentes y particularidades que un templo de México.
Tal vez la disposicion de mi alma, acaso la soledad y el silencio, que
es una solemnidad para el espíritu, no sé, pero el conjunto me produjo
intensa conmocion.
Sentia en mi oido el acento de mi Santa Madre como encaminando mis
pasos al cielo por la senda misteriosa de la oracion, poblaban mis
recuerdos los altares, algo de la blanca luz de mi risueña infancia
coronaba las simas negras de mis desengaños y de mis dolores.
Yo dudo de todo lo que puede haber inventado el ingenio humano para
hacer de Dios un objeto de tráfico; mi razon protesta contra esa fé que
consiste en volar en el caos como los arcángeles malditos de Milton;
pero yo siento á Dios y él da luz á mis fibras y canta mi sangre dentro
de mi corazon sus alabanzas.
Yo estaba prosternado: mi patria descendió á mí en espíritu, en
recuerdo, con los afectos de los que amo, con las memorias de los que
esperan mi regreso sobre sus lechos de piedra.
Algun rayo de sol que reverberó en el oro de las molduras del altar, el
gorgear de alguna ave que cantó en las ventanas del templo, huyéndose
alegre, me volvió de mi arrobamiento.... y me dispuse á salir.... en
la puerta del templo habia una mujer anciana que pedia limosna en
español.... vestida como las mujeres pobres de nuestra clase media, de
mi clase.... no sé lo que pasó por mí.... se me figuró que era nuestra
raza entera refugiada cerca de los altares, como una barca náufraga
tras una roca bienhechora.
Voy ahora á dar cuenta á mis lectores de mis impresiones en la Sinagoga.
A gran distancia percibimos la Sinagoga Emmanuel; brillaban al sol las
voluptas de oro colosales en que terminan sus dos torres ó almimbares.
El templo levanta su pórtico como un nicho sobre dos elevadas
escaleras, y ostenta el arco de su pórtico sostenido por macizas
columnas del órden compuesto.
Sobre el arco se ve uno como segundo pórtico formado por tres arcos
ó nichos, y coronado por una gran cornisa saliente de la que parecen
arrancar las torres hasta su mitad, cubiertas en el interior por
espesas celosías.
La parte exterior del templo puede dividirse en tres cuerpos: el
primero, compuesto de grandes ventanas coronadas de respiradores
ó tragaluces circulares de gran tamaño; el segundo lo compone una
colosal arquería con vidrios de colores, como los tragaluces, pero de
forma gótica los bastidores, y el tercer cuerpo, el techo en declive
por ambos lados, como un caballete cercado de pilares de tamaño
proporcional á la mole estupenda del edificio.
Al penetrar al templo nos hallamos casi á oscuras; la luz se modifica
en sus rasgadas ventanas por los vidrios de colores, arabescos de
exquisito primor en que el nácar, el azul y el naranjado, sobresalen y
se combinan con deliciosa belleza.
El templo es como un gran salon; componen su techumbre grupos de
bóvedas, recogidas como un cortinaje azul, sembrado de estrellas.
Sobre el pavimento de madera hay tres hileras de lujosas bancas,
separadas por cómodos pasillos para que la concurrencia transite con
holgura.
En las bancas, de madera fina, con muelles cojines, se encontraban con
sus adornos variados, sus gorros, chales y mantillas, las hijas de
Abigael y de Ruth, que son morenas, de ojos negros, nariz aguileña; en
una palabra, de una hermosura que rinde el alma.
Los caballeros estaban sentados con sus sombreros puestos, lo mismo
los niños; pero todos leyendo en el mayor silencio y guardando la más
reverente compostura.
En el fondo del templo, de sobre el presbiterio arranca un arco
gigantesco que casi toca el techo: en su clave está colocado el órgano,
y á los lados, tras balaustrada riquísima, cantores y cantoras.
Debajo del órgano se desplega un segundo arco y penetra la vista en una
especie de capilla interior, á cuya entrada cuelga una profusa cortina
de color oscuro.
En el centro de la capilla se alza una especie de plataforma, á la que
se asciende por dos amplias escaleras. En medio de la plataforma se ve
un gran bulto de figura cilíndrica, cubierto de terciopelo carmesí.
A los dos lados del arco del presbiterio estaban dos hombres de pié con
sus sombreros puestos.
En la barandilla que limita el presbiterio, que está en alto, se veia
un gran atril y en él varios libros.
Frente al atril, y á uno de sus lados, se percibian dos sacerdotes;
el uno leia, el otro escuchaba atento; ambos vestian ropas talares,
percibiéndose sus camisas, corbatas y trages de caballeros. Cubrian sus
cabezas unos como gorrillos griegos.
El sacerdote, que leia en hebreo, es de arrogante figura, como de
treinta y cinco años, alto, blanco, de negra y espesa barba y de un
metal de voz sonoro y dulcísimo.
Leia con gran fervor el Rabino ó Doctor de la ley y escuchaba el
auditorio conmovido. A veces se ponia de pié el concurso y como que
pasaba invisible sobre él el espíritu de Dios.
El aura recogia el acento melodioso del Rabino, y entónces, léjos, muy
léjos, entre los rayos trémulos de aquella luz crepuscular, se oia una
música de notas celestiales.
Fuese como acercando aquella música que descendia, como gotas de
lluvia heridas por el sol, de regiones sublimes, y entónces, voces
de arcángeles, que no de mujeres, se desataron en cantos dulcísimos
empapados en ternura infinita.
El sacerdote que estaba de pié, al acercarse el canto, abrió sus labios
y escuché la voz de barítono más grandiosa, más augusta y más tierna de
que puede tener idea el sentimiento humano.
Era un idioma extraño, un canto que no tiene analogía con la música
religiosa que prestó sus alas á mi espíritu cuando niño, y que sabe
trasparentar la queja y el ruego; no, era el canto que nos conduce en
la arrobacion del éxtasis, á las contemplaciones de lo infinito y de lo
eterno.
Me sentí conmovido en lo más hondo de mi alma; fué aquella para mi
espíritu una aparicion de la inmortalidad en su más esplendente
seduccion.
La lectura, la deprecacion y el canto, se siguieron alternando entre
los sacerdotes, el auditorio y las melodías en las alturas.
Unas hermosas judías que estaban frente á mí, lloraban, y se limpiaba
sus ojos y su barba blanca un caballero que estaba á mi lado.
De pronto se rasgó el velo que oculta dentro de la capilla el _Sancta
Sanctorum_: los torrentes de armonías del órgano descienden como en
cascadas sonoras. En los cielos, en la tierra, en todas partes resuenan
cánticos sagrados. El auditorio entero hacia vibrar como una sola voz
el himno triunfal del Dios de Jacob.
Los sacerdotes ascendieron por las dos escaleras del fondo de la
capilla que conducen al tabernáculo, y uno de ellos colocó en sus
brazos el bulto forrado en terciopelo carmesí, de que hemos hablado.
Descendieron del tabernáculo los sacerdotes: lo que conducian eran las
Tablas de la Ley.
“¡Aleluya! ¡Aleluya!” clamaba el acento henchido de acentos de la
multitud, entre las vibraciones metálicas del órgano.
Se hizo ascender á un niño al presbiterio, repitiendo como una leccion
la voz del sacerdote la lectura del Decálogo.
Moisés, los Profetas, los truenos y relámpagos del Sinaí, los tiempos
bíblicos de la comunion íntima del hombre con su Dios, palpitaban,
irradiaban en mi alma.
_ Al Dios de Sabahot, honor y gloria_;
_Cantemos su poder y su bondad_, etc.,
repetia yo maquinalmente con la voz trémula y los ojos llenos de
lágrimas.
He asistido á los templos cristianos y á los protestantes, he escuchado
la voz de las catedrales y los cantos rústicos de la iglesia de la
aldea ensalzando al Dios de mis padres; y jamás mi alma ha sentido una
impresion más intensa, con ciencia más patente de la Divinidad, que la
que me poseyó en la Sinagoga Emmanuel de California.
* * * * *
Fuí invitado y concurrí á otro templo en ciernes, dedicado á la Vírgen
de Guadalupe, favorecido por las familias mexicanas.
En efecto, el domingo que yo asistí la concurrencia era numerosa.
El templo es casi subterráneo, oficiaba el señor obispo de la Baja
California, al que escuché una plática doctrinal dicha con pretenciosa
prosopopeya y muy vacía de sentido.
El templo presenta el aspecto de cualquiera de nuestras parroquias de
pueblo, con la sola diferencia de las hileras de bancas, lo que siempre
da á la concurrencia cierto aspecto de formalidad y compostura, que una
vez vista, se echa mucho de ménos en nuestras iglesias.
Aquella anciana oronda que hace plaza y ocupa los tránsitos; aquella
madre de familia que se aplasta, recoge los sombreros de sus hijos
y los deja retozar sin cuidado, distrayendo y molestando á los
circunstantes; aquellos devotos que atraviesan como haciendo equilibrio
para llegar al altar mayor, y aquellos sacristanes cuchicheadores,
entrometidos y diestros para cruzar entre los ruedos de los túnicos
y de las enaguas que tapizan el suelo; aquellos grupos de hombres
recargados en las puertas, brujuleando y formando biombo á los que de
rodillas ven á su espalda, eso no se conoce en ningun templo de aquí,
por infeliz que sea.
Respecto al servicio de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe,
aunque el templo tiene un carácter de muy provisional, deja mucho que
desear.
—Y qué, ¿no ha oido vd. predicar, me decia un paisano, á un padre G***
que se chupa el dedo para eso de la elocuencia? Hace dos domingos nos
predicó un sermon, poco más ó ménos en estos términos. Se hablaba de lo
efímero de la felicidad mundana:
“Dios Nuestro Señor es muy bueno: no seré yo quien hable mal de Su
Divina Majestad, ni quien le ponga tacha; pero no lo vayan vdes. á
creer, un Juan de buena alma, que aguanta carros y carretas.
“Ve, por ejemplo, á un ladron, y haciéndose disimulado, dice: “Buen
provecho, tú las pagarás todas juntas.”
“Se le pasea por los bigotes un borrachin, que le hace tanto caso como
si estuviera pintado, y él dice para sus adentros: “Goza, borrachito,
goza, que no me la has de ir á penar.”
“Se pavonea con su madama uno de estos amancebados que parece que no lo
merece la tierra, y el Señor se está como si tal cosa, ya clavado en su
cruz, ya recibiendo azotes en la columna, ya con la mano en la mejilla,
como quien dice: “Véamos hasta cuándo se hartan estos pecadores.”
“Pero un dia se levanta con todo lo Dios en la cabeza y dice: “Ahora se
hizo la mia,” y entónces, allá va una tempestad, allá va un temblor,
allá una epidemia, por aquí suelta una apoplegía, por allá un insulto,
por acullá una peritonitis de momento, y entónces todos aquellos
pecadorcitos que hemos visto, van sin zumba, sin alcanzar resuello, á
los apretados infiernos.
“Amados fieles: no hay que andarse con chiquillas ni que aturdirse:
amar á Dios sobre todas las cosas y á tu prójimo como á tí mismo: así
se gana la gloria, que os deseo en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. Amen.”
Mucho me temo que el sermon del padre G*** sea invencion de mi amigo;
pero sí me consta que por el estilo son los rasgos de elocuencia que me
han referido personas muy sensatas.
Insistiendo en la importancia del culto católico, se calcula que la
iglesia de Santa María, de que hablamos al principio, y es considerada
como la Catedral, San Patricio y San Ignacio, han costado 175,000 pesos
la primera, 100,000 la segunda y 160,000 la tercera.
Son más de cuarenta los establecimientos que subsisten de la caridad
cristiana, como conventos, colegios, escuelas y hospitales.
El colegio de San Ignacio, para niños exclusivamente, es un
establecimiento de educacion de primer órden. El número de alumnos que
tiene la escuela es de seiscientos.
* * * * *
El sentimiento práctico de igualdad, el respeto á lo ajeno, y sobre
todo, cierta altura de civilizacion, provocan en este país á las
asociaciones, que centuplican la valía del hombre, aumentan su
inteligencia, procuran su perfeccionamiento y combaten enérgicamente
el socialismo, porque la libertad es el vínculo de esos empeños
fraternales.
La asociacion cria el capital, emancipa el trabajo, funda bajo
sólidas bases el crédito y prepara al obrero solaz y consuelos en las
enfermedades y la vejez.
Uno de los resortes más poderosos de la grandeza de los Estados-Unidos,
acaso el mayor, son esas asociaciones que en lo científico, en lo
industrial, y de todas maneras, impulsan el inmenso desarrollo de los
elementos de prosperidad de los pueblos.
La civilizacion ilustra al hombre y duplica su importancia, luego que
otro hombre, que á la vez es un capital, se une á él: la moralidad
mantiene la balanza de los intereses entre los asociados: el espíritu
de igualdad impide las explotaciones ventajosas y embota los avances de
la mala fé y de la especulacion vedada. Cuando un pueblo ó una reunion
de hombres no pueden armonizar sus intereses, búsquese la causa
en cualquiera de los motivos que dejamos anunciados, y no culpemos
exclusivamente á la educacion y á la raza, como solemos hacerlo. _El
mal radical de nuestra sociedad mexicana está en que no es armónica.
Piénsese mucho en esto._
Favorece en gran parte en los Estados-Unidos la asociacion, que no hay
cuestiones religiosas, ni se indaga para favorecer á un hombre cuáles
son sus creencias. Se ven frecuentemente tan felices enlaces entre
protestantes y judíos, entre cristianos y turcos, que es un hábito
respetar el ajeno sentir en estas materias.
La política, por otra parte, á nadie divide; el país está constituido y
se desconoce el terreno de la conspiracion: los _polyticians_ se ocupan
de intrigas y de aspiraciones; pero esto es aparte, es como lo poco
que se cuida el público de que haya maromas por San Pablo y ejercicios
en la Villa de Guadalupe: maromeros y devotos hacen su negocio; pero
á la masa del público no le afecta ni le conmueve que un maromero se
descoyunte, ó que un devoto gane con una salve ochenta años de perdon
de sus culpas.
Pero no solo en lo científico ó en lo literario, en las grandes
empresas industriales y en la beneficencia y caridad la asociacion
opera sus milagros, sino en reuniones de puro contentamiento y
distraccion: el _Club_ estrecha las voluntades y calienta los corazones
extendiendo la órbita de las relaciones y los placeres.
Hay, no obstante, quien asigne al Club influencia perniciosa, diciendo
que enfrian los afectos de familia, arrancando á los esposos del
hogar y encendiendo en su corazon las propensiones á la soltería, la
intemperancia y el despilfarro. Acaso sea cierto; acaso sea uno de
los motivos del apartamiento del hombre de negocios del bello sexo,
haciendo insustancial á la mujer y amiga de las aventuras: yo no sé,
ni es mi objeto entrar en semejante análisis; el hecho es que el Club
tiene vida activísima, y los de California son centros en que se
disfrutan las delicias de la buena sociedad.
Los más selectos Clubs son la Union, el Pacífico, y el Club de
California: tiene merecida estimacion el Club aleman, la asociacion y
el Club Hispano-Americano, de que hablaré despues.
El Club se instituye á expensas de los socios y se rige por sus
reglamentos particulares.
Dispone el Club en general de grandes y elegantísimos salones en que
hay su cantina con exquisitos vinos, sus mesas de billar en salas
separadas, mesillas para jugar ajedrez y departamentos para los
aficionados á la música y á las conferencias científicas y literarias.
Los amigos se agrupan ó se aislan acompañados de aquellos con quienes
tienen mayores simpatías, se congregan los artistas, los dados á la
lectura encuentran selectas bibliotecas y periódicos de todo el mundo,
y muchas veces, sin pretenderse, se ajustan entre dos copas negocios, y
se celebran transacciones que tal vez habrian sido difíciles fuera de
aquel lugar.
Yo asistí al “Bohemian Club” (Club de los Bohemios).
Su reglamento particular acoge periodistas, artistas y gente de todas
las naciones, con tal de que las aliente el espíritu de confraternidad
y el buen humor.
Tiene mil prácticas extravagantes dirigidas á hacer más cordiales que
lo comun las relaciones de los socios y quitarle á la reunion la
tiesura y las etiquetas, que son á veces incompatibles con la franca
alegría.
Cada vez que se renuevan los oficios, el presidente pronuncia un
discurso al frente de una enorme tetera que se pasea en procesion, y se
rinden honores á un buho que se mantiene vivo y lleno de atenciones en
uno de los salones del Club.
Pero en medio de esta gresca se verifican interesantísimas lecturas y
conferencias que honrarian á los más encopetados cuerpos científicos y
literarios.
Aunque el Club tiene el nombre de aleman, en el vulgo, hay socios de
todas las naciones, y cuando la caldera de la cantina eleva el vapor,
se produce en miniatura una torre de Babel, que no hay más que pedir.
Mi compañero en esas excursiones era el Lic. Pablo Newman, aleman al
decir; pero que pertenece á la alta aristocracia del universo que se
llama del talento y la virtud.
M. Newman habla español como Fígaro y conoce los modismos de México
como el Pensador, tararea en francés un M. de Framboisy como pudiera
hacerlo la Aimé, y se da cierto _chic_ y sazona con su sal y pimienta
las canciones de la Estudiantina Alemana.
En los negocios nadie es más grave y sesudo que M. Newman; pero luego
que encuentra un resquicio para dar un puntapié á los códigos y á los
comentadores taciturnos, desplega un carácter franco, jugueton, y es el
bebedor más alegre y divertido, sin dejar nunca la finura de cumplido
caballero.
Rubio; con unos desordenados rizos que se columpian sobre su ancha
frente, nariz chata, boca grande, con dentadura temeraria de blancura
y de fuerza, regordete y de movimientos listos: tal es M. Newman.
Le veia una noche hacer más piruetas que de costumbre.
—Muy alegre está vd., le dije....
—¡Oh amigo, eso no es de mi cuenta! Es esta pierna (mostrándome una de
sus piernas) que se acuerda de su orígen campestre....
En efecto, era una pierna de palo la que se regocijaba, con total
independencia de su humanidad.
El Bohemian Club hizo al Sr. Iglesias la acogida á que es acreedor por
su sabiduría y finura, distinguiéndose entre otras personas el Sr.
Lohse, amigo entusiasta de México, que es uno de los ornamentos más
preciados del Club de los Bohemios.
Pero lo que ha dejado en mi alma más vivos recuerdos, es nuestra visita
al Club Hispano-Americano.
Es una preciosa estancia compuesta de cuatro salones y dos pasadizos,
en uno de los cuales está como en modesto retiro una muy bien surtida
cantina.
En el centro está el salon de tertulia.
A un lado se extiende la sala de billares, y al opuesto uno en que se
suelen ajustar juegos de cartas, y el contiguo que funge de gabinete de
lectura.
Españoles, hijos de las Américas hermanas y mexicanos, formaban la
animada reunion.
Un jóven español, cuyo nombre, si mal no recuerdo, es Arrillaga, y un
aleman, ambos eminentes profesores, hacian cantar divinidades al piano
que adornaba la sala.
En la aurora del entusiasmo, llegaron dos caballeros vestidos de negro,
que parecian retraidos.
Al rincon en que estaban llegó una arpa, y en pos de ella una guitarra,
con cuyos instrumentos hicieron conocimiento los recien llegados.
A poco se oyó el cuchicheo de la arpa y el primer carcajeo de la
guitarra: M. Newman estaba en medio de la pieza radiante de alegría.
Aquellos eran eminentes artistas; sus instrumentos expresaron el
requiebro y la zandunga, y el clamoreo sentimental, y el suspirar
apasionado por la patria ausente.
Apareció el Champaña desbordándose, como tendiéndonos los brazos,
escoltado por M. Newman, los Gaxiolas, Pepe Shleidem, Andrade y no sé
cuántos más.
Nos rodeamos á una mesilla que estaba en el centro de la sala, donde se
colocó el Champaña, y un caballero nombrado por todos los socios del
Club, nos dió la bienvenida en los términos más elocuentes y sentidos.
Habló el Sr. Iglesias con la correccion y elegancia con que sabe
hacerlo, hablaron Gomez del Palacio y Velasco, y yo dije cuatro
atrocidades de piés cortos, que se publicaron en los periódicos.
Estaba en su colmo el contento: Labiaga queria torrentes de Champaña
hasta para los que paseaban en la calle.
Nuestros amigos Salvatierra y Ferrer, que eran los artistas de arpa
y guitarra, nos convertian en armoniosos y divinos los recuerdos de
México; Benitez con sus modales finísimos se aislaba con unos amigos,
formaban grupos, enlazados de los brazos, americanos, mexicanos y
españoles, y Carrascosa me llamaba aparte para echar un trago entre
carcajadas y palabras extra-diccionario, por nuestras memorias
juveniles, como Cleto y Venancio en la Gallina Ciega.
—¿Te acuerdas de aquellas costurerillas de que éramos los Tenorios?
—¡Cállate! ¡cállate!
Despertóse á varios la impaciencia de que yo hiciese versos sin cesar:
en medio de aquel barullo, yo comencé el que sigue, apuntándolo con
un lápiz sobre la rodilla y arrebatándomelo de las manos sin concluir
para darle lectura, porque lo que importaba era dar pábulo á la comun
alegría, y allá va:
Más vino á mí: que mi razon se finja
El ruido atronador de los festines:
Que mujeres de faz de querubines
Me den sonriendo el tósigo á beber.
Que produzcan los ecos del contento,
Ráfagas de huracan, notas extrañas:
Bebed! bebed, que se arden mis entrañas
Y tiene el labio inextinguible sed.
* * * * *
Bebed! bebed; pero á la vez ansiosos,
Vosotros ilusiones, yo el olvido,
Bebed, para que apague mi gemido,
El ruidoso tumulto del gozar.
Y en esas olas en que envuelve el íris
Entre el oro del ópalo, la llama,
No mireis que furtivo se derrama
Con llanto acerbo de mi pena el mar.
* * * * *
¿Dónde estoy? Esas calles, esos ecos,
Esas bellas.... sus gracias y su lloro,
No son tuyos ¡oh patria á quien adoro!
Nada me dicen, para mi alma á mí.
¿Dó están las hadas que en mis negros sueños
Fúlgidas pasan, mis dolores viendo,
Y á mí sus brazos, con amor tendiendo,
Porque tal vez por siempre las perdí?
* * * * *
Que alce el Yankee palacios en los mares;
Que de férreo tendon doten al viento,
Para que tenga cuerpo el pensamiento,
Rieles el éter, el espacio voz.
Que entre el triunfal hosanna del trabajo
Levanten los alcázares su frente;
Que pase sobre el cuello del torrente
Envuelto en humo rápido el vapor....
* * * * *
Todo lo pueden ellos; ellos pueden
Convertir en espléndidas naciones
De mi patria infelice los girones,
Botin de engaño, presa de baldon.
Todo lo pueden ellos; mas no pueden
Arrancar á mi patria su nobleza:
Ni robar á su espléndida belleza
Su heróico, su divino corazon.
* * * * *
Más vino á mí, ¡bebamos! á la patria,
Que más se adora, cuánto más ausente....
Que disipen las sombras de mi frente
Sus recuerdos dulcísimos de amor....
Que se desplegue el lábaro latino
Refulgente en los cielos del progreso....
Copa de mis amigos.... en mi beso
Recoge con ternura.... mi ovacion......
No estoy cierto si he descifrado con fidelidad los garabatos medio
borrados del lápiz, pero ellos alentaron el contento; Carrascosa me los
aprobó sorbiendo sin tiquis ni miquis, como él dice, una copa en que se
podia bañar un cristiano.
Hemos visto, bajo el aspecto que parece más trascendental y frívolo,
la asociacion; pero si la consideramos con sus verdaderos caractéres,
veremos que ella realiza esas obras gigantescas, esas empresas
titánicas que como que borran en la historia los recuerdos de Egipto y
Babilonia.
Surcan los vientos, comunican los mares, taladran las montañas,
encadenan el desierto, ahogan la distancia entre los dos brazos de los
rieles.
En la ciudad, la asociacion derrama sobre la cabeza del pueblo las
aguas puras de la instruccion, recogen al huérfano, alivian los dolores
del enfermo, ofrecen apoyo al anciano, desposan en alianza bienhechora
al capital con el trabajo, y decoran como morada del placer, el triste
asilo de la muerte.
En San Francisco hay más de cien sociedades de beneficencia, excluyendo
las sociedades masónicas, que son muchas, y de que no pude tener
conocimiento.
Los caballeros de Pitias tienen una firme organizacion, con doce logias
que le están subordinadas (1869).
El antiguo órden de los Hibernianos que cuenta nueve (1869).
Asociacion de socorros mútuos de los hombres de color (Reed Men).
Idem de la Grande Armada, organizada en 1867 para socorro de soldados y
marineros.
Antigua órden de Druidas, para socorro de forasteros desvalidos.
Casi todas las congregaciones religiosas sostienen instituciones de
beneficencia, generosamente dotadas por los creyentes.
La Sociedad de Jóvenes Cristianos es una de las que procuran mayores
beneficios á California: cuenta con una magnífica librería.
La asociacion para alivio de muchachos y muchachas desamparados, ha
contribuido muy eficazmente á mejorar la condicion de la juventud en
San Francisco.
Para no cansar al lector copiando la larga lista de los
establecimientos de caridad, de educacion y de mejora, diré que casi
no se ha manifestado una necesidad que no haya procurado socorrer la
asociacion, desde la casa en que el niño se inicia en la vida, hasta la
tumba en que descansan los restos de los mortales.