IX

El Parque.—Cliff House.—El Woodward’s Garden.

APROVECHANDO los accidentes del terreno, las hondas cuencas, las

empinadas lomas que corren desde el centro de la ciudad, como los

pliegues caprichosos de una lona mal desdoblada, hasta la orilla del

mar, se ha formado el Parque, sembrando de árboles las sinuosidades y

laderas, convirtiendo las hondonadas en jardines y cruzando con amplias

calzadas de menuda arena el recinto bastante espacioso, que remeda un

laberinto de árboles y flores limitado por el mar, que se rompe en la

orilla á veces, y á veces como que se retira para que transiten en la

playa carruajes y caballos. El conjunto de la perspectiva es de una

belleza superior á todo encarecimiento.

Al caminar por las cañadas que forma el terreno, flotan sobre nuestras

cabezas las copas de los árboles, y vamos admirando su relieve en

el cielo azul. Al ascender, como que avasallamos á nuestros piés

aquella naturaleza fecunda, y al recorrer los tendidos horizontes que

nos cercan, vemos en las lomas distantes casas como rostros alegres

que nos espían, apoyándose unos edificios como en los hombros de los

otros, y es un tumulto de árboles, estatuas, flores, balcones, ventanas

y azoteas que siempre nos sorprenden, y percibimos en las llanuras

casas que como que van corriendo entre los árboles, ya aisladas, ya en

grupos, á unirse al conjunto que primero deslumbró nuestros sentidos.

Ya hemos hablado de la importancia del carruaje en su más humilde

acepcion. Digamos algo del carruaje aristocrático.

La calesa abierta, el landó, el _troiquart_, el faeton, son comunes y

abundan; pero el _vogue_ es lo característico.

El _vogue_ es un quitrin de dos ruedas, ligero como pluma y más barato

que un saludo; el _vogue_ es como complemento del _pollo_ que algo se

respeta y del hombre de negocios. Es una adicion á la personalidad

del yankee, que lo convierte en más movible y ligero. De ahí la

predileccion extraordinaria.

Por otra parte, un _vogue_ decente con su caballo bien guarnecido,

podrá tener de costo doscientos ó doscientos cincuenta pesos, nuevo,

y de segunda mano mucho ménos. El _vogue_ tiene dos asientos, y como

el propietario arrienda, el asiento sobrante es del amigo íntimo ó la

querida.

Para el aislamiento con esta última es admirable, por la estrechez

de la distancia, por la independencia que se disfruta y porque en

las cuestiones de seguridad, un brazo amigo es siempre un delicioso

respaldo.

Es de advertir que en casas de recreo y particulares, así como en

fondas y _restaurants_, hay columnillas con sus argollas para asegurar

los caballos, y escalones para que las señoras desciendan, sin distraer

al encargado de las riendas.

Pero el _vogue_, en su acepcion más poética, es cuando funge como

relicario, como nido, como la concha en que brillan dos deidades como

dos perlas.

Sea _vogue_, ó sea calesa, la señorita es quien maneja las riendas casi

siempre, con rara destreza, y parece que el frison galante se somete

humilde á la mano encantadora que le guía.

Nada más bello que ver dos gentiles damas envueltas en sus capotas de

pieles, con sus gorrillos, dejando flotar al viento las blancas gasas

del tocado, festivas, alegres, atravesar hasta perderse en la playa, en

la bruma del mar.

Allí, con temerario arrojo, azotan al corcel, compiten con otras

amigas, entretanto que enfurecido el mar, se rompe en tumbos

estrepitosos contra las ruedas del carruaje, pareciendo que éste

levanta las olas en su vertiginosa carrera.

Nada más bello que el correr de los ginetes, entre cientos de veloces

carruajes, como en vuelo fantástico, y verse esa hilera ó cordon

de paseantes al través, de la bruma, tomando algo de aéreo, de

sobrenatural, ese capricho en que el amor y el placer cierran con besos

los ojos de la temeridad.

El gentío se agolpa, y carruajes y ginetes, ya aparecen en las alturas,

ya se precipitan en los bajíos, ya tascando los frenos los caballos en

competencia, los aurigas se persiguen en las alturas, compiten en las

curvas, y buscando la arena endurecida por las aguas, hacen gala de

despreciar el peligro, como las deidades fabulosas que pasaban sobre

las olas sin hundirse.

En las quiebras del Parque hay casas de recreo y _restaurants_ en que

está previsto el aislamiento, porque nada más típico en la naturaleza

de un _yankee_ que asumir su soberanía y emanciparse.... Ya me dirán

los lectores que tengan pizca de vergüenza, si en esto tienen razon....

El término del Paseo del Parque es _Cliff House_, que con ayuda de Dios

voy á describir.

Desde lo alto de una elevada montaña cuya base bañan las olas del mar,

se ha precipitado una vereda tan pendiente, que parece, culebreando,

que es el surco que abrió un rayo: despues de descender la vereda se

pierde en una ciudadela natural, saliente sobre el mar, y se abren al

abandonarla dos caminos: uno que sube en cómodo terraplen al Parque,

que está á un costado de la montaña; el otro que, separando las peñas y

apoyado en un borde salvaje, parece caer en el mar.

En la plataforma ó ciudadela saliente, está construido lo que se llama

_Cliff House_.

Es un vasto edificio de fierro y madera apoyado en piés derechos que

entran en las aguas.

El edificio, que es un cuadrilongo imperfecto, consta de tres secciones.

La primera es un amplísimo corredor techado, del ancho de diez varas, y

su airoso balaustrado guarnecido con lujosa sillería, que da sobre las

aguas del mar.

La seccion intermedia se compone de lujosísimos gabinetes privados, con

sus persianas, en que se aislan parejas y familias.

La tercera seccion es el paradero de carruajes y caballos, en donde hay

abundantes criados para recibir y despedir á los viajeros.

A los lados del edificio hay dos extensos salones. Uno con grandes

espejos, pianos, candelabros, estatuas, sofaes y sillones, para

tertulias, conciertos y bailes, y en el opuesto extremo, están

la cantina que por sí constituye una negociacion cuantiosa, la

opulentísima fonda y mesillas para refrescos y licores.

En este departamento existe un órgano valioso en veinte ó treinta mil

pesos, movido por una cigüeña que comunica accion á un cilindro, y

cuyo órgano hace los oficios y remeda los instrumentos de una orquesta

completa.

Extraordinario es el gentío elegante y el movimiento que se nota en

_Cliff House_; lo que tiene de más espléndido la moda, de más seductor

la hermosura, de más lujoso los grandes trenes de la riqueza, todo se

da cita para concurrir determinados dias á aquel sitio encantador.

Una de las particularidades que distinguen á _Cliff House_, es que al

frente del tendido balcon, que ve al mar, se levanta entre el choque

de las aguas un promontorio de rocas, nido, estancia y palacio de los

leones marinos.

Estos animales monstruosos, con su piel lisa y reluciente como de

tafilete pardo, sus cabezas como cabezas humanas, sin pelo, sus ojos

redondos, y sus labios partidos, cayendo en arco á los lados de la

enorme boca, se arrastran sobre las rocas, descienden y como que

ladran, aullando de un modo espantoso. Esta es la diversion. La ciudad

ha tomado bajo su proteccion á los monstruos, y ha dictado penas

severas á los que los molesten ó persigan.

El edificio lo construyó en 1863 el capitan Foster.

El paisaje que se admira desde la balaustrada saliente de _Cliff

House_, haria la reputacion del pintor ó del poeta que lograran

trasladarlo al lienzo ó al papel. Por una parte la bahía con su

animacion sorprendente; por el otro, el mar con su majestad augusta; al

frente las islas, las alegres sementeras, los ganados y las montañas.

En los barandales que rodean el edificio, en los corredores, en los

salones, sombrillas, gorros, paraguas, mujeres como arcángeles,

caballeros y niños, dan al conjunto un aire de fiesta indescribible....

* * * * *

Yo todo lo queria ver, queria fijarme en todo y sacar las consecuencias

más absurdas de mis primeras impresiones.

Mis amigos, que sabian que acumulaba datos y hacia apuntaciones, me

procuraban medios para que hiciese á cada instante nuevos conocimientos.

—No deje vd. de apuntar en su cartera que en esta tierra se come sin

cesar un instante, y que se podria navegar en la cerveza que se consume

aquí diariamente.

—Hombre, ponga vd. que estas judías con su tez apiñonada, sus ojos

negros, su nariz aguileña, fueron las que realmente crucificaron

á Nuestro Señor, que los usureros de los judíos estaban demasiado

ocupados en sus negocios, para andarse de Herodes á Pilatos.

—¿No ha visto vd. al médico espiritista? ¿ni al frenólogo? La

charla de los franceses es una reputacion usurpada; los verdaderos

saltimbanquis y charlatanes, aquí los tiene vd.

—Hombre, dí que aquí todas las mujeres son divinas y amigables:

las ves, y te ven más; sonríes, y ellas se desmorecen; les tiras un

beso.... y mete la mano en el bolsillo, porque te enganchan á su brazo

y te meten á tomar ostiones, que tú pagas por supuesto, y te despabilan

los pesos con una habilidad extraordinaria.

—Ahora me perteneces, decia uno; vas á saber lo que son las _Matinés_.

—Yo estoy comprometido á que vaya, clamaba otro, á ver el barrio de

California.

—¡Eh, Fidel! gritaba Carrascosa cuando me asomaba á la ventana. Hoy es

la cita para ver el Depósito.

—Toma tu sombrero, replicó al fin Francisco, que esos señores esperan

á la puerta para llevarnos á Woodward’s Garden, y con esta son tres

veces que los dejamos plantados.

Me separé de los amigos colaboradores, y cátennos vdes. en marcha para

el Célebre Jardin, ornamento de San Francisco.

Como ya tengo dicho, despues de las calles principales se halla uno

entre iniciativas de calles figuradas con latas, en las que hay, sin

embargo, régias mansiones, falta de banquetas, tablazon y escombros, y

parques, y jardines encantadores, solares abandonados, con montones de

arena, en que los muchachos juegan á la pelota, con sendos garrotes en

vez de _chacuales_; y _ladies_ preciosas con sus botes de hoja de lata,

que fungen de cestos, y sus libros debajo del brazo, marchan solitarias

á su negocio, ni más ni ménos que un corredor de número.

Ocupa el Gran Jardin que visitamos un terreno espacioso sembrado de

árboles y de exquisitas flores, entre las que las enredaderas envuelven

profusas los muros de los varios edificios que contiene el Jardin, de

formas gótica, arabesca, china y judía.

Sobre cada pabellon, _kiosko_ ó galería, flotan banderas, sobresaliendo

y prodigándose la americana, con vanidosa ostentacion.

Frente á la entrada del edificio, nos llamó la atencion un arco dentado

de figura extraña: me dijeron que era una quijada de ballena ó monstruo

marino.... Yo abrí tantos ojos, y no dije oste ni moste.

Lo primero que recorrimos fué lo que llaman el Museo, formado de varios

estantes incrustados en la pared y cubiertos de grandes cristales.

Las colecciones geológica y mineralógica son extensas y variadas, pero

muy léjos de competir en riqueza con las de nuestro museo.

Las cristalizaciones y petrificaciones son muchas, colocadas con

esmero; pero sin gusto, ni grande escrupulosidad científica, segun

algunos observaron.

En una seccion de ese departamento existe una coleccion de minerales

del Japon, formada por el japonés Jacques Kaderly, bastante conocido en

el mundo científico.

Los gabinetes que forman el Museo que da al jardin, circuyen lo que se

llama el pabellon y el _restaurant_.

El primero es un salon elíptico con su valla y sus gradas capaces de

contener como mil personas. Allí se dan bailes públicos esplendidos;

en el pavimento de madera, terso como el acero, patinan en invierno

las hermosas, y cuando yo lo visité habia en el centro una orquesta

alemana, de gran reputacion y nombradía.

Contiguo al salon se ve el _restaurant_, con su armazon, su mostrador,

sus mesillas, sus bebedores y sus periódicos, distinguiéndose entre

espesas nubes de tabaco.

El departamento zoológico lo forma un inmenso patio, en que se ven por

una parte jaulas para fieras y para aves; por otra, establos; por otra,

largos corredores con jaulas, como celdillas con rejas, residencia de

los monos, y en el centro un pozo en cuyo fondo se solazan los osos,

teniendo la facultad de ascender á una plataforma bastante distante en

el brocal del pozo, cuando se quieren dar en espectáculo.

La multitud recorre aquel lugar para conocer al tigre feroz, á la

pantera inquieta y alevosa, al gato montés amenazador, al leopardo ágil

y atrevido.

En el establo se examinan búfalos, camellos, bisontes, llamas, zebras,

caballos de diferentes razas y algunos burros indiferentes á cuanto les

rodea, como cualquier filósofo de primer órden.

El lugar más concurrido de la _menajería_ es el de las jaulas de los

monos, y confieso que yo disentí del general parecer.

Ese plagio carnavalesco de la figura humana; ese juego grotesco de

la fisonomía del hombre; esa especie de demente ó de idiota que nos

provoca con su semejanza y humilla nuestro orgullo con el miedo de la

certeza de su paternidad; ese parecido á personas que tienen rango

social y á las que tendemos la mano de amigo ó llamamos parientes, todo

eso, lo confieso, me mortifica, me horripila, me hace estar inquieto y

humillado frente á un mono.

Hay monos de todos tamaños, glotones, atrevidos, impúdicos, que nos

interrogan con la mirada y quieren establecer inteligencia con la

accion; los muchachos se perecen de gusto con estos borradores de

hombrecillos; les pinchan, les tiran frutas, les azuzan y les irritan.

El pozo de los osos es sombrío, está coronado de gente. Los animales,

cabizbajos y taciturnos como un juez íntegro, suben á la plataforma,

hacen sus maromas y suelen presentar espectáculos poco adecuados para

las señoras y para los niños.

—De todo esto ha visto vd. mucho en México, me decia un amigo: lo que

puede que le ofrezca algun interes es el _acuario_; pase vd. por este

costado.

Atravesamos el primer patio, en que nos detuvimos á ver un leon marino,

con el que se entretenia la gente arrojándole sendos trozos de carne

que devoraba, y nos detuvimos al frente de una cueva oscurísima.

La cueva parecia abierta en la roca viva: es bastante extensa, y á

algunos pasos del cañon de la entrada, se abre una especie de salon

circular de bastante amplitud.

En ese punto, habituados los ojos á la oscuridad, comienzan á percibir

como lampos de luz en las paredes, hasta aparecer del todo iluminadas,

y cercándonos por todas partes.

Entónces, recuperados de la sorpresa, á nuestros lados y sobre nuestra

cabeza, como si estuviéramos sumergidos en el agua, vemos pasar

pescados de todas formas y colores, con sus caras de sordo, sus hocicos

aguzados ó redondos, conservando abiertos sus ojos saltones é inmóviles.

Van, vienen, ascienden, se precipitan, se agrupan, riñen y se separan.

El cangrejo despatarrado y torpe, la anguila escurridiza, el pez espada

bélico, el tiburon con su aspecto de sargento serrano hecho general de

brigada, y todo como se palpa a través de los cristales, y como que se

abre para el hombre el misterio de los mares y completa su señorío del

universo.... Esta iniciacion en la vida íntima de los peces me agradó

infinito, y es uno de los espectáculos que más llamó mi atencion en San

Francisco.

X

Divagaciones.—Visitas.—Convites.—Tipos originales.—Northons.—Casa

ambulante.

SAN Francisco es una ciudad que tiene regularidad en sus calles, salvo

una que otra diagonal no muy católica; un solo nombre guía al viajero

de uno al otro extremo de la poblacion: el reparto de la numeracion

en pares de un lado y nones del otro, no da lugar á dudas; además, de

trecho en trecho, en los faroles se ven escritos los nombres de las

calles; cocheros, vendedores y transeuntes, son comedidos al extremo,

para señalar el sitio á donde el extranjero quiere dirigirse, y por

último, los policías tienen deber estricto de conducir al viajero á su

destino, siempre que se le requiera.

Los wagones que transitan por todas las calles, tienen los nombres

á donde se dirigen; además, lo indican con sus pinturas, y en las

noches, el distinto color de los faroles, al hombre más torpe del mundo

le dan rumbo y le advierten de cualquiera extravío.

¿Ya ven vdes. todo eso? ¿Ya se han fijado en que mucha gente habla

español ó francés ó italiano, de modo que yo estaba en plena aptitud

de comprenderlos? Pues bien; mi estancia en California fué un perderme

incesante, una eterna desviacion de mi objeto, una tergiversacion como

una enfermedad, porque no solo confundia las calles sino las casas, y

no solo las casas sino las personas, dirigiéndome á unas por dirigirme

á otras, con una diabólica perseverancia.

En cuanto á las calles, queria dirigirme al Sur, y de fé resultaba muy

orondo en el Norte; queria remediar mi error, y resultaba atascado

por unos médanos del Poniente.... iba al teatro, y héteme de manos á

boca á la entrada del cementerio; tomaba entónces un wagon procurando

elegir el que creia tener conocido: andaba, andaba, y cuando ménos

lo esperaba, habian acabado las calles y me hallaba á una legua de

distancia de mi objeto. Al fin, ébrio de ira contra mi propia barbarie,

con el sombrero hundido hasta las orejas y cara de simple, sacaba

una peseta del bolsillo y al primer muchacho vendedor de papeles que

cruzaba le decia:—“Gaillard Hotel,” y me dejaba conducir por él como

un ciego, hasta la puerta del hotel, donde producian la hilaridad de

mis amigos, haciéndose proverbiales mis distracciones.

Respecto de las casas, como hay muchas de una uniformidad desesperante,

como hechas con molde, las equivocaciones eran más patentes. Tomaba á

cada paso una por otra, tocaba la campana, me entraba de rondon, me

encontraba caras extrañas, bigotudos con apetencia de descrismarme,

señoras no vestidas para recibir visitas, que me ponian moro.

Y esa imperturbable corbata blanca, y ese eterno vestido negro, y ese

desbarajustado _sobretodo_ al brazo, me hacian tender la mano al más

pintado y dejarlo estupefacto cuando le iba soltando un abrazo de

esprimirlo.

Nada digo de los chinos: con esos se confunde todo el mundo; son como

los pericos, fotografías los unos de los otros, se tiran ejemplares, se

producen bajo el tema de vestidos de municion.

Con la mayor sangre fria del mundo, confiaba mi ropa, para que me

la lavase, al primer chino que se me ocurria. El chino, en algunos

dias, ni su luz. Entónces yo, frenético, salia á la puerta del hotel

y arremetia con todos los hijos del celeste imperio, reclamándoles

mi ropa.... unos ladraban explicaciones que jamás entendí; otros se

enojaban; yo poseia la evidencia de que tenia entre mis manos al

lavandero.... pues, señor, iba yo saliendo con un sacerdote ó con un

médico.

Pero á esta enfermedad, porque no puedo darle otro nombre, que me

acometió en California, daba realce y la convertia en única y en

monumental, mi torpeza infinita para articular el delicioso idioma de

Byron.

Habia aprendido unos cuantos nombres: tenia la necesidad de pedir agua,

y decia yo, en inglés, sombrero: se reian á mis barbas, yo insistia; el

yankee, muy pacífico, quitaba mi sombrero de la percha, y lo colocaba

entre los platos; entónces mi furor no tenia límites, ni tenia límites

la risa y el buen humor de los que me rodeaban; no habia en semejante

extremidad, sino echar las cosas á la broma.

Mi carácter se sublevaba contra tanta contrariedad, y entónces se

empeñaba en mí la lucha de dominar aquella situacion á fuerza de

audacia; pero mi lengua se empeñaba en no ayudarme y las gentes en no

entenderme, constituyendo yo solo un espectáculo grátis, una diversion

ambulante.

En un dia en que me era preciso decir unas cuantas palabras á una

persona que salia para México, me informé bien del nombre del muelle

que yo creí saber, me lo escribieron en mi cartera y me pusieron en la

calle por donde debia pasar el wagon para conducirme.

Pero es de saber que en California hay cientos de muelles y wagones por

docenas, que parecen brotar de las piedras.

La hora de la salida de los vapores tiene una diabólica exactitud.

Tomé un wagon y me llevó derechito á la puerta de una iglesia en que

habia millares de almas justas encomendándose á Dios. Hecho un demonio

me aparté de aquel lugar; atravesaba un _cupé_, paré al auriga, le

enseñé la cartera; el tiempo avanzaba, faltaba media hora para el plazo

fatal; el coche corrió como seis cuadras, me paró en un muelle, habia

gran movimiento, el cochero me pidió dos pesos y medio por haber andado

diez minutos; resistí, porfié, clamé al cielo.... dí los veinte reales,

me fuí al costado del buque.... _ladies_ encantadoras, chicos riendo,

canastos de almuerzo, música, aquello era un paseo en el mar....

Un chiquitin caravanista y risueño, francés por más señas, celebró

mi llegada, aprestó su botella de coñac, que llevaba con un cordon

atravesado á un costado,—-es vd. de los nuestros ¡que viva!—me

queria presentar á todo el mundo. Yo le hice presente mi afliccion,

le mostré mi reloj; por fin, lo tomó á lo serio y me endilgó con uno

de los coches de retorno: yo no sé lo que le dijo al conductor, en el

desastrado inglés de su uso particular; yo habia tomado las señas del

muelle; ví que el cochero me extraviaba entre el tumulto de la carga y

descarga de los muchos muelles; iba volando, pero me extraviaba: tiré

del cordon; ni por esas; toqué, pateé, saqué medio cuerpo, y nada; el

tragin lo detuvo un instante: yo lo aproveché para saltar del coche y

echar á correr: el cochero dejó el coche, y culebreando por entre los

carros, corria tras de mí; forcejeo.... me toma del brazo, resisto:

al fin, me arranco de sus garras. La hora iba á sonar.... Atravesaba

un italiano vendedor de verdura en su carrillo, en la direccion del

muelle.... faltaban tres minutos.... detuve el carro, hablé al vendedor

para que me llevase corriendo en su vehículo. Ir botado entre nabos y

lechugas, se me resistia, entre otras cosas, porque me habria empapado.

Le pedí ir en el pescante; pero el pescante era una reata atravesada

de uno al otro lado del carreton: allí me senté en peligro de muerte;

el carro corria dando tumbos y al desbaratarse: yo me caia; me monté á

caballo en el lazo.... el italiano azotaba el caballo con fuerza....

yo abracé al auriga con un entusiasmo desconocido para las Julietas y

Romeos.... coles, nabos, rábanos y lechugas se estrellaban contra mí:

así entramos triunfales al suspirado muelle: banqueros y gente de buen

tono que presenciaron aquel arrebato, alzaron mi nombre al cielo; y

aquella atrocidad ¡quién lo creyera! fué motivo de buenas y cordiales

relaciones con gente de verdadera importancia.

El círculo de nuestras amistades se extendia, y se hizo general la

opinion de finura y respetabilidad de los mexicanos, entre la gente de

buena sociedad. Por supuesto independientemente de mí y de la aventura

de las lechugas.

En las casas del Sr. D. Guillermo Andrade, mexicano; en la de las

Sritas. Rotausis, encantadoras italianas; en los salones de las

señoritas francesas y judías, habia animadas tertulias, en que se

tocaba, se bailaba y se tenian los goces todos de reuniones de personas

distinguidas.

La frecuencia del trato con extranjeros; la conviccion íntima y

universal de que la amabilidad es la primera de las cualidades de todo

hombre ó señora que están en sociedad; la vulgarizacion de la riqueza;

la filosofía que engendra el espectáculo de fortunas que se improvisan

y fortunas que desaparecen, comunican cierta bondad á las reuniones de

que no tenemos idea.

Por otra parte, la abundancia increible de mujeres hermosas, llenas de

gracias y dinero, la generalidad en el bien vestir, y más que nada, la

conviccion íntima de que una mujer gana mucho y adquiere una posicion

social casándose, hacen que no exista esa gente uraña y montaraz que

vemos por otras partes; esta muchacha aferrada á su título de rica y

encastillada en su tren y en sus talegos, no se conoce, mejor dicho,

seria el borron y la sombra de una buena sociedad.

Entre esas casas en que tan especialmente fuimos favorecidos, se

distinguió la de la Sra. Doña Concepcion Ramirez.

Es la Sra. Ramirez, de treinta años, morena, gentil y de una grandeza

de alma y una inteligencia que como que iluminan su fisonomía, como

el sol cuando deja caer sus rayos sobre la nube que lo medio oculta en

Occidente.

Habla el inglés con rara perfeccion, y lo que la hacia y la hace

estimable á todos los mexicanos, es la exaltacion por México, que la

vió nacer.

No hay mexicano desvalido que no tenga acogida en su casa; no hay

enfermo infeliz que no la vea prodigándole consuelos á la cabecera de

su cama; no conoce dolor del que no solicite el alivio; no ve lágrimas

que no procure enjugar.

Para Conchita, la llegada de los mexicanos fué un acontecimiento y una

ocupacion preferente; á todos les dispensó servicios, queria que todos

disfrutásemos comodidades, que nuestras habitaciones fuesen las más

sanas, nuestros sirvientes los mejores.

En su casa se nos dió la bienvenida con una tertulia espléndida.

El elegante salon en que recibe se iluminó á _giorno_, las jóvenes

más lindas de California le daban vida, las flores más exquisitas la

adornaban.

En el _bassements_ ó piso subterráneo se sirvió el banquete.

Manjares que habrian honrado una mesa dispuesta por Brillat de Savary,

vinos deliciosos, mujeres divinas, música, flores, luz: ni en la gloria.

Alternaban las marchas nacionales. La inglesa, casi religiosa; la

Marsellesa, pasion y entusiasmo; la italiana, clamores y lágrimas;

México, al fin, heroismo y gloria: las señoras se pusieron en pié,

los caballeros tenian en alto sus brazos con sus cálices de Champaña.

Conchita descubrió un objeto que estaba en el centro de la mesa,

envuelto en un espeso velo, en un momento dado y.... apareció como

un sol la estatua de Juarez, con la bandera nacional en la mano....

México.... ¡hurra México! repetian alemanes, franceses, españoles,

judías: era como el Tedeum triunfal cantado á nuestra patria por todos

los acentos del mundo.

Cuando ménos lo esperábamos, Joaquin Alcalde, encaramado en una silla,

formulaba en un bríndis los sentimientos de la patria que se estaban

desbordando de todos los corazones.

Las lágrimas, las risas, el repicar de las copas, el frenesí, cubrieron

las últimas palabras de Alcalde, que con la instrumentacion metálica de

su voz y con su accion, tan elocuente como su palabra, supo ponerse á

la altura de la situacion.

Despues de Alcalde, brindamos otros muchos, en todos los idiomas, y

cada bríndis era como la refaccion riquísima del placer.

—Estos mexicanos son como algunos muchachos traviesos; en la casa

ajena son deliciosos.

Yo me ponia como un pavo, como tia vieja que tiene sobrinas hermosas.

Quién me elogiaba la modestia y sabiduría de Iglesias; quién la

apostura y modales aristocráticos de Lancaster; quién la caballerosidad

de Gomez del Palacio; quién la viveza y las simpatías que sabe

granjearse Alcalde; quiénes la elegancia y la urbanidad de Alatorre y

de Ibarra, y todos, el comedimiento y el buen trato de todos los otros

muchachos, que, la verdad de Dios, á mí mismo me cautivaban.

Conchita cooperó muy eficazmente á abrirnos las puertas de la más culta

sociedad de California.

No hay ni para qué decir que yo tuve que cargar mi cruz. Al dia

siguiente de la fiesta, más de treinta _albums_ estaban esperando sobre

mi mesa las caricias de mi pluma.

Y ya que estamos en familia, como por vía de sobremesa y entre sorbo

y sorbo de café, para no dormirnos, platiquemos algo de esta preciosa

mitad del género humano, que á pesar de mis años, como dice la zarzuela

de la Gallina Ciega, repertorio el más rico de mi erudicion, me hace

tilin, tilin......

Advierto que son mis primeras impresiones, es decir, parciales,

insustanciales, compuestas de las observaciones de amigos aguerridos en

eso de dimes y diretes con las bellas.

—Hombre, ni te metas en esos apuntitos de pipiripau, me decia

Carrascosa; si aquí, como en toda tierra en que se anda en dos piés, la

mujer es el freno del gato; quítate de tapujos y de circunloquios; si

son malditas, ó si no, pon:

Artículo primero: en esta tierra, mujeres y hombres, blancos y negros,

muchachos y viejos, hacen cuanto se les antoja, es decir, hacen de sus

cuerpos y de sus almas cera y pábilo, con tal que no estorben el paso á

nadie.

Un sonorense sesudo que escuchaba atento, añadia:

—Eso que parece mentira, es la pura verdad.

—Para mí la dificultad consiste, replicaba un tocayo á quien mucho

quiero, y que sin preciarse de ello, es muy entendido, en que cada

grupo conserva su nacionalidad, sin dejar de participar de las que ya

son manías de la tierra: va vd. al barrio francés, y está en Francia;

toma su _trompinell_ y canta su _M. de Framboisy_, toma tabaco el

señor, y un jesuita mete la cola en la familia; pero la niña va á la

_matiné_ y deja el idioma de Racine por contestar á un _my dear_ (mi

querida), con toda su sal y pimienta.

Sazona sus macarrones la italiana y se enternece con los recuerdos de

Garibaldi frente á su madona; pero como le ha escrito su _swethear_ un

precioso papelito, revuelve el diccionario inglés para endulzar la vida

del nietecito de Washington.

Y la mexicana, dispone para la mesa mole poblano y chiles rellenos;

pero encarga que no pique, porque su maestro de francés brama con

los guisos aztecas, y bufa el yankee banquero, patron de su primo

idolatrado.

—No te lo he dicho, exclamaba Carrascosa, déjate de apuntes.

—Hombre, si solo quiero hablar de la sociedad selecta.

—Maldito! aquí no hay selectos ni repulgos de monjas; aquí hay ricos y

pobres.

—Pero la gente fina.

—¿Qué millonario no se vuelve fino en cuanto le pega la gana?

—Y los que han aprendido en Europa.... A esos les retienta el _leage

beer_ y el jamon á la hora ménos pensada.

¿Ya oyes todos esos sermones de la educacion de la mujer, y de la

inocencia, y de la conservacion de la moralidad por la confusion de

los sexos en las escuelas?.... pues, chico, todos esos son embustes;

embustes del tamaño de una bala de á treinta y seis.

¿Ya las ves chiquitinas, con su gorrito como una hoja de col ó como una

cazuela boca abajo en las cabezas?.... pues eso es cajeta; á los doce

años tienen el novio en la escuela, y son capaces de llevarse un hombre

en cada bolsillo del delantal, como si fueran dos perones.

Salen de vareta en cuanto Dios echa su luz; eso sí, como unas vireinas

de lindas y de guapas: la que no tiene por lo bajo tres vestidos para

cambiar en el dia, es mujer al agua.

Si aprenden música, nada de escalas, ni de piropos, ni de ejercicios de

paciencia; no, señor: la cancioncilla por aquí, la ária por allá, lo

que tiene salida para los novios.

Al papá se le paran de gallo á la primera observacion....

—¿Y la mamá?

—Anda por su lado y se hombrea con la hija para vestir y acicalarse

más que ella.... porque aun declarada vieja, procura sobrenadar, aunque

sea como un zoquete de corcho, en las olas de la juventud.

—Eso de gobierno de casa, y de repaso de ropa y de cocina, eso para

ella es casi lo estúpido.

—Entremos en cuentas, mis amigos, decia uno de los circunstantes,

muy dado á los estudios sociales. Esta es una sociedad, en que no se

puede presentar una fisonomía única, porque es sociedad de extranjeros,

en que cada cual sigue sus costumbres como le acomoda, y no puede

presentar un conjunto ó tipo regular, como la española á que estamos

acostumbrados. Entre españoles, franceses é italianos se pudiera hallar

la señorita á nuestra manera; entre las otras naciones, no.

Comience vd. porque el sentimiento de la emancipacion se respeta y su

desarrollo es poderoso y rápido.

Desde muy temprano, el niño y la niña asumen la responsabilidad de sus

acciones; se le suelta, es cierto que cae, pero es cierto que confía

en sus fuerzas y las mide para no caer segunda vez. Esto produce

extravíos, pero comunica virilidad, independencia y reflexion al niño

desde sus primeros pasos.

El niño mexicano tiene ayo que cuida sus pasos; á poco andar se vuelve

su cómplice. Se apega al árbol paterno y se nutre con los mimos de

familia; pero ese sér menesteroso y raquítico, confiado en las ajenas

fuerzas, amigo del ócio, será femenil en sus aspiraciones, corromperá

la vida íntima, acabará por casarse para que le mantengan á su mujer.

Eso no concibe el americano; en sus juegos finge atravesar los mares y

recorrer los desiertos, juega con costalitos de tierra en que descarga

café, conduce fierro ó plantea un ferrocarril, y á los quince años,

es carpintero, ó voluntario, ó quiere marchar á China, ó resulta

perniquebrado, ensayando dar direccion á los globos; pero ese es un

hombre y un hombre útil á la sociedad; miéntras el niño nuestro, es un

muñeco que cuando más aspira á ser del Colegio Militar ó diputado, es

cierto; á ser mantenido de la nacion, ya que no por sus padres.

La sociedad americana se cuida mucho de los delitos, es decir, de las

acciones que perjudican á los demás; no se cuida de los pecados: á esto

llamamos nosotros inmoralidad; lo otro constituye un gobierno de trabas

y de chisme, que degrada y envilece á los pueblos.

En cuanto á la mujer, se siente desde que nace rodeada de respeto:

una niña, una señorita, puede atravesar de aquí á Nueva-York, de dia

ó de noche, sin que nadie la importune; va con la conciencia de ser

protegida de cuantos la rodean.

La niña se educa, ilustra su razon, se desarrolla, y protegida por

la universal consideracion, aspira á la libertad; para mí todo eso

es excelente: _la parte delicada de esta educacion es que, en mi

juicio, no se le inculca bastante la idea de que se tiene que educar

para madre de familia, es decir, con aspiraciones adecuadas, con la

subordinacion á una voluntad superior_.

La educacion, á fuerza de extraviado engrandecimiento, pretende

hacer de una mujer un hombre, y la educacion de la mujer debe ser

el perfeccionamiento de la mujer. No puede ser perfeccionamiento el

hermafrodismo intelectual.

La mujer, con ese falso principio desarrollado en sistema, busca los

medios de vida propia é independiente, y como ni su organizacion, ni su

naturaleza la sostienen en su tarea, termina por explotar sus gracias,

y semejante mercancía atenta contra la familia y hace la desdicha de la

misma mujer.

Es cierto que amparando esa independencia, se abren la oficina y el

taller; pero la oficinista y la obrera son séres masculinos, sin sexo,

y de esto siempre nacen aberraciones sociales.

—Alto, chico! clamó otro españolito, amigo de Carrascosa, todo eso

bien pudiera ser: ¿quién quita de que estos salvajes blancos son tan

pazguatos y tan friones, que ellas, pues, vd. me entiende, se dan sus

mañas para no pasar la vida tan triste, y vienen con nosotros que somos

más amorosillos?

—Sí, muy amorosillos, replicó con ironía mi tocayo; nos derretimos

en una mesa ó en una tertulia, brota una flor de cada una de nuestras

palabras; pero le faltamos al respeto al lucero del alba, no nos

paramos en pintas para una seduccion, y mil veces se recuerdan con

lágrimas nuestras dulzuras en las casas honradas....

—Eso es la fuerza de la sangre, dijo el españolito.

—No, amigo; es en el hombre el respeto al derecho ajeno, y es en la

mujer el sentimiento de su propia dignidad.

—Hombre, hombre, interrumpió otro concurrente, vdes. se están metiendo

en honduras de esas de que se escriben cientos de libros, sin que se

le encuentre punta á la hebra, y yo queria hablar de la _lady_, de esa

que no tiene padre ni madre, que es linda como una estrella, que viste

como una reina, toca, canta, sonríe, endulza la vida, y el dia ménos

pensado toma un bebistrajo que la despacha al otro barrio, de guante de

cabritilla y capota de riquísimas pieles.

—A propósito, dijo uno de los amigos, á uno de los compañeros de vd.

acaba de pasar un lance que parece de novela....

—Que se oiga el cuento.

—¡¡¡Atención!!!

—Vd. tiene la palabra.

—Silencio....

—¿Vdes. conocen á P. Y. G.?

—Como á mis manos, repliqué yo, es nuestro íntimo.

El muchacho es gallardo, elegante y hombre de mundo, aunque muy

reservado y duro de aspecto.

Convidóle el capitan á una cena, en _Lit-House_, de esas fincas entre

árboles y flores que habrá vd. visto á la orilla del Parque.

Grandes salones con columnas, colgaduras y espejos, magnífico piano,

candil soberbio, decoraban la estancia.

Departamentos como claustros y habitaciones propias para cambiar de

direccion á cada instante, y un comedor con todos los adminículos que

exige el buen tono cuando impera la gula.

Eran de la partida cosa de siete garzones como almendros, y otras

tantas bellas, realizaciones del ideal de los bardos más enamorados.

Cantóse, tocóse, danzóse, y se deshojó la flor de la vida, dejándola

caer en agua cristalina con esencia de rosa.

Aislábanse las parejas al pié de las estatuas, en sofaes magníficos.

Parece que veo á P. con sus ojos negros, su rizado cabello, su

dentadura que al sonreir despide luz. Leila estaba á su lado, con su

vestido de seda blanco, atravesado por unas lindísimas sartas de rosas.

¿Conocen vdes. á Leila?

Leila triunfa en su perfeccion de la Vénus de Médicis; entre una

cabellera de espuma de oro, aparece su semblante como una glorificacion

del ideal; en la atmósfera que la rodea se mece la voluptuosidad; sus

movimientos acarician, sus ojos embriagan y atormentan. Su conjunto

es como un canto, su andar es el himno. Si cerrados los ojos pasara á

nuestro lado, sentiriamos como nadando en luz nuestra alma......

Esa mujer hablaba con P. Y. G., y su brazo de alabastro descansaba

sobre su cabello de ébano, á los piés de una estatua de Apolo, como

completando un grupo de Fidias.

P. la reprochaba su tristeza.

Ella le decia que cumplia con un compromiso estando allí; que tenia una

amiga moribunda; que le parecia escucharla; que no tenia sosiego; y se

abandonaba melancólica, escondiendo su labio de carmin en un cáliz de

rosa blanco, que parecia rendirse y abrir sus pétalos con avidez, para

recoger sus besos.

P. fijó atentamente los ojos en aquella mujer, erguió su cuerpo sobre

el sofá, y con un aire de finura y atencion irresistibles, y con un

ademan en que habia respeto, súplica y mandato, se quitó una de las

riquísimas mancuernas del puño de la camisa, y le dijo:

—Hágame vd. favor de ofrecer á su amiga ese recuerdo; yo libraré á vd.

de todo compromiso; vaya vd. á su lado: mi coche está listo.

Atravesaron el salon los jóvenes, no sin que los siguieran algunas

maliciosas miradas.

Habló P. con el dueño de la casa, y condujo á la hermosa al carruaje.

—Está vd. á las órdenes de la señorita, dijo al cochero, y se retiró

sin demostracion alguna, sin un movimiento que indicase interes.

—El nombre de vd., caballero? le dijo, con el pié en el estribo del

coche, aquella divinidad.

-Soy un mexicano, respondió P.

El coche se perdió en las sombrías calzadas del Parque.

La preciosa Leila no habia mentido: fuése del convite á asistir á la

amiga moribunda que estaba en la miseria.

—Esos demonios son así, exclamó el españolito, gastan cada dia los

cientos de pesos en alhajas y aventuras, y van á un hospital.

Apénas alumbró el dia, fué Leila á realizar la mancuerna. Sin titubear,

le ofrecieron quinientos pesos.

Sea por la riqueza de la dádiva, sea por la originalidad de la

aventura, sea por el poco interes de la recompensa manifestado por P.,

lo cierto es que Leila se apasionó perdidamente: corria las calles

preguntando por Mr. Pibl, y nada de diversion ni de amoríos. El mundo

elegante estaba asombrado con la conversion de Leila.

P., sea que realmente se propuso hacer una buena accion sin recompensa;

sea que sus amigos le retrajeron de un empeño que pudiera haberle sido

funesto; sea capricho, evitó las ocasiones de ver á Leila y se encerró

en su reserva.

La linda mujer de que hablo era sin duda una de esas jóvenes de

opulentas familias que caen en las redes de la disipacion y pierden

para siempre nombre, padres y hogar.

Conocia su situacion, se sentia abyecta, despreciable; los puros

sentimientos, sepultados en su vanidad y su locura, despertaban,

alumbrándole el hondo abismo de su infelicidad; era una mártir de quien

la presencia del resultado de sus extravíos, constituian su suplicio.

Una tarde recibió P. un billetito muy perfumado, en que Leila le

invitaba á un té en la bahía, á bordo de un buque.

Decíale en qué punto deberia hallar un bote que lo condujera, y

hacia alusion á la hermosísima vista de la bahía, á la luz de la

luna, viéndose á distancia y fantástica, la ciudad con sus luces

artificiales, reverberando, esparciéndose y agrupándose en todas

direcciones.

P. se forjó una novela, y asistió á la cita: en el comedor del buque, á

cierta hora, notó algun tragin y subió sobre cubierta, oyó los silbidos

del vapor y vió movimiento como de marchar.

Preguntaba por señas qué era lo que sucedia: nadie le daba razon.

Con mil trabajos, y despues de mil gestiones, supo que en aquel momento

partia para China la embarcacion.

La congoja de P. fué extrema; tratábase de un plagio: habló, protestó,

gritó, pidió socorro; y al fin, por milagro, se hizo entender; detuvo

su curso el buque, y descendió.... dejando á la nueva Dido, que siguió

su marcha, conducida por la desesperacion al celeste imperio.

—Saben vdes., dijo el españolito, que la broma estuvo pesada?

—Más pesada está la del paisano D., que queriendo hacer una de las

nuestras con una chica, dió cartitas, hizo promesas, regaló anillos,

como de juguete, y ahora, que quiera que no quiera, lo casan, y ni toda

la corte del cielo le quita de encima el ¡¡oh José, divino esposo!!

—Oiga vd., me dijo mi tocayo, si en las hembras tiene vd. tipos tan

originales, entre los machos puede vd. contar primores.

—Otra vez nos ocuparemos de las relaciones de los chicos de ambos

sexos, con divorcio, matrimonio y todo su acompañamiento.

—Echa líneas, chico, me decia Carrascosa, echa líneas para ejercitar

el pulso.... y solo cuando te encuentres muy diestro, emprende el

retrato.

—Pues, por ahora, te obedezco, contesté: dejo en tal estado mis

primeros perfiles.

[Illustration: _LIT. DE H. IRIARTE MEXICO._

Viaje a los Estados Unidos, Tomo I · 第 26 / 106 题