VI

Visita á la Sra. Godoy.—Sus hijos.—Casa de Moneda.—Album.

ENTRE las personas que nos favorecieron con sus atenciones, debo

mencionar al jóven abogado Godoy, hijo del Sr. D. José Antonio Godoy,

periodista notable en México, con cuya suerte se identificó cuando

la invasion francesa, siguiendo al Gobierno de la nacion, y despues

nombrado cónsul mexicano en California.

El jóven á quien me refiero es de selecta instruccion y su primer deseo

fué presentarnos á su familia.

Habita la distinguida familia Godoy una modesta casita en la calle de

Sutter, con su escalerilla al frente, sus enredaderas colgando del

airoso pórtico y las conveniencias de una decente medianía.

Tocamos la puerta, depositamos en la antesala en un mueble _ad hoc_

que existe en todas las casas de los Estados-Unidos, sombrero y

paraguas, y penetramos al salon, casi á oscuras, porque eran más de las

seis de la tarde.

La Sra. Godoy, que aunque no es como sus hijos nativa de México tiene

verdadera pasion por nuestro país, nos recibió al Sr. Gomez del Palacio

y á mí con finas atenciones y con la dulzura seductora de las señoras

de nuestro país. La Sra. Godoy trabaja á la par de su hijo, dando

lecciones de música é idiomas.

Como he dicho, al entrar estaba el salon casi á oscuras: á poco de

estar en él se encendió el gas y vimos una reducida estancia adornada

con exquisito gusto; alfombras, espejos y cuadros, un buen piano en el

fondo de la pieza; pero yo apénas me fijé en esos accesorios, porque la

luz bañó la cabecera de la sala y me conmovió lo que ví.

Cruzadas dos banderas mexicanas formaban pabellon á tres hermosos

cuadros con los retratos de Juarez, Zaragoza y Ocampo: al pié de Juarez

está otro cuadrito con Degollado y fotografías de mexicanos ilustres.

El conjunto forma una especie de altar en que hay acomodadas chucherías

de México, muñequitos de barro de Guadalajara, figuritas de alabastro

de Celaya, con tal amor, con tan voluptuoso esmero, como puede arreglar

una madre el tocador de una hija adorada.

Respirábamos mexicano, teniamos inesperadamente una entrevista con la

patria: la señora recordaba todas las calles, todos los paseos y á

todas las personas notables. Atropellábanse preguntas y respuestas, se

encendían los ánimos: nos entregamos al culto de la patria.

La señora se colocó frente al piano: el saludo era de rigor, el Himno

nacional, que escuchamos con íntima emocion y recogimiento; despues....

ya conocen mis lectores mis flaquezas, me atreví á solicitar un

recuerdo para los sonecitos del país, que como es de suponerse,

pusieron como almíbar mis labios y armaron fandango dentro de mi

corazon.

La conversacion se animó extraordinariamente.

—No vaya vd. á pensar, me decia la Sra. Godoy, aquí en muchas casas se

tiene este fanatismo por nuestra patria. Hay un barrio mexicano, en que

las tiendas, las fondas, los guisos, son al estilo de México.... Vd.

verá: nuestro templo mexicano es provisional, porque la iglesia grande

está en obra. El templo está dedicado á la Vírgen de Guadalupe, se

predica en castellano y hace los oficios el señor obispo, que ahora se

encuentra aquí.

En los dias de gloriosos recuerdos para nuestros hijos, reunidos ó

aislados, pero todos tributamos á México nuestros homenajes. El 16 de

Setiembre, el 5 de Mayo, el 2 de Abril, no faltan sus diversiones,

porque al fin la sangre habla, y habla muy alto, en aquella patria de

mis hijos.

Yo me contenia; estaba al cometer una barbaridad, mandando traer

Champaña ó pidiéndolo; pero me volvia serio este Pancho Gomez, que no

olvida jamás los reglamentos de la circunspeccion.

El jóven abogado se ofreció á ser mi _cicerone_ en las excursiones que

le anuncié para conocer algo de California.

La visita de la familia Godoy ha sido de las impresiones más agradables

que yo tuve en California: es una familia modelo de finura y honra de

México.

Al despedirnos me anunció la Srita. Godoy que me remitiria su Album

para que escribiera yo cuatro palabras; y aunque me vinieron ímpetus

de ponerme de rodillas para que olvidase mi manía aquella que en el

buque me dió tanto en qué pensar, no hubo remedio.... el álbum aquel

fué motivo para que me llovieran _Albums_ por todas partes y yo soltara

granizadas de versos á troche moche, como un espirituado.

A los dos dias de esta visita, el jóven Godoy, con exquisita cortesía y

despues de invitar al Sr. Iglesias, pasó á mi cuarto para que fuésemos

á la _Casa de Moneda_.

Copiaré mis apuntaciones hechas al paso y á pulso en aquella excursion.

“Estamos al frente del edificio de la Casa de Moneda, y no le doy

epíteto alguno, porque lo colosal y lo gigantesco son términos

vulgares, aquí donde lo titánico y estupendo sustituye muchas veces á

lo grande y á lo bello.

Amplio y tendido pórtico de correcto estilo griego y robustas columnas

de cantería, reciben que no sorprenden al viajero.

Está el edificio situado en la 5.ª calle y Mission, y se penetra por

una corrida escalera de granito.

A un empleado que parece tener el exclusivo objeto de recibir á los

viajeros, hicimos los saludos oficiales.

Miéntras se daba parte al superintendente de nuestra llegada,

descansamos en un salon calentado por una gran chimenea, al frente de

la cual un _gentleman_ en cuclillas y poniendo el reverso al fuego,

apénas se apercibió de nuestra llegada.

Al entrar al salon nos presentaron un gran libro para que escribiésemos

en él nuestros nombres, como es la costumbre.

El superintendente ó director del establecimiento es el capitan

Lagrange, jóven robusto, desembarazado, rubio, de nariz roma y de

amabilidad extrema.

Materialmente nos colocó el director nuestro guía en la locomotora de

su voluntad, y comenzamos un viaje de huracan recorriendo la Casa de

Moneda.

Imposible me será dejar aquí en claro mis impresiones recogidas al

vuelo. Es un laberinto de salones inmensos, en los que el ruido

ejercita todos los tonos, la máquina todas las actitudes, la ciencia

todo su poder y el oro y la plata toda su fascinacion deslumbradora.

Volaba que no corria el inteligente conductor; seguíale el Sr.

Iglesias, imponiéndose sesudo de sus explicaciones y yo las asgaba

jadeando y á pedazos, entendiendo algo que me trasmitia el Sr. Godoy,

lleno de deferencia y bondad para conmigo.

Va diciendo me hacia notar mi guía que siempre hay aquí gran depósito

de plata y oro procedente del Oregon.

—Aunque está vd. mirando, continuaba el guía, tan multiplicadas

operaciones, solo hay empleados en él ciento veinte hombres y sesenta

mujeres.

Siempre corriendo, me decia al oido Sr. Godoy:

—El gobierno nombra cuatro empleados de categoría, de los que uno de

ellos es el director; estos cuatro forman Consejo para decidir de los

asuntos árduos y cada uno preside un departamento, siendo libre en su

esfera de accion.—Ande vd. más vivo.—Esas galerías espaciosas que vd.

está viendo, son pertenecientes á la fundicion.—Inclínese vd.—¿Ve

vd. ese chorro líquido que flamea? Es el oro. Esas son oficinas de

refinacion.—Ande vd. aprisa que están nuestros amigos frente á

la maquinaria.—Yo me limpiaba el sudor, y seguia.—Esas máquinas,

decia yo, merecian ponerse bajo un capelo: ¡qué limpieza! ¡qué finura

de piezas!—Esa máquina grande tiene una fuerza de ciento veinte

caballos.—Allí se verifica el apartado.

—Advierta vd., me decia sin detenerse mi guía, que estos salones

tienen doble piso: uno terso, compacto, de fierro, como una sola

lámina; otro de fierro dividido en fracciones y compuesto de agujeros

como de celosía, que se quitan para barrer, y con las que no se

pierde ni la más leve partícula de metal, recogiéndose fácilmente y

con seguridad las monedas que caen al suelo, sin que los vigilantes

lo perciban. Más adelante se hacen los rieles.—Dése vd. prisa: Sr.

Iglesias va muy léjos.

—Estamos donde se opera la acuñacion, y no me fijo en detalles porque

todas estas operaciones se hacen en México con mejor órden y más

perfeccion que aquí.

—Un poquito más ligero.—Caballero, me estoy ahogando: ese director es

un torbellino.

Sin oirme, me siguió diciendo Sr. Godoicito:

—Esta casa acuña cincuenta millones de pesos anualmente.

En todos los Estados-Unidos solo hay tres Casas de Moneda, que dan

perfectamente abasto: ésta, la de Filadelfia y la de Nevada, que es la

verdaderamente opulenta.

—Le dan á vd., me hizo advertir Sr. Godoy.—Tiene vd. en la mano el

famoso _Trade dollar_ (peso de tráfico).—Yo no estoy cierto, añadió mi

guía, pero diré á vd. su orígen. En el tráfico con China, compitiendo

con los pesos mexicanos, perdian los Estados-Unidos el 8%. El cambio

que hicieron en México de tipo, abatió su precio en el Japon y

China: entónces se inventó aquí el peso de tráfico con su águila á la

mexicana, para el comercio chino.... Vd. lo está viendo: este peso, así

como está, pesa ahora más que el mexicano. Con este peso se hace un

tráfico con China calculado en treinta millones.

En solo el mes pasado (Enero de 77) se enviaron á China ocho millones!!

—¡Hermoso salon! dije á mi compañero, sin alcanzar resuello, y lo que

es más, lindísimas muchachas.

—Esas _ladies_, continuó mi buen guía, están haciendo el pulimento de

los pesos; cada una tiene su balanza al frente y su lima en la mano:

¡qué silencio! ¡cuánta decencia y compostura!

—Aquí, me dijo deteniéndome Sr. Godoy, se cuenta. Vea vd.

En efecto, sobre un tablon dividido en pequeños carriles formados

de rieles paralelos de laton, ví llover como al acaso una granizada

de pesetas. Un empleado cernia el tablon, las pesetas se acomodaban

como por sí mismas en los rieles, y en un abrir y cerrar de ojos, con

exactitud infalible, se habian contado doscientos cincuenta pesos.

Existe en otras partes otro mecanismo para contar los pesos.

Es una especie de tolva en que se depositan los pesos. Estos caen sobre

un plano inclinado dividido por rieles pequeños de laton y cerrados por

una faja. Al caer se acomodan, se levanta la compuerta y se precipitan

en un talego; así se cuentan en minutos miles de pesos.

La maquinita para contar monedas en otras partes, de cinco y diez

centavos, tiene la hechura de un molinito de café, cuyos dientes tienen

el hueco para contener la monedita; se llena de pequeñas monedas la

taza, se agita el manubrio y caen contadas las monedas, señalándose la

cantidad en una especie de reloj que está en el tornillo que afianza el

manubrio.

—Entre vd. á esos pequeños cuartitos de fierro, me dijo mi guía.

Estaban casi oscuros; pero la luz del gas alumbró á nuestra entrada y

me ví cercado de pilas de barras de plata y oro y algunas tortas de

cobre, que reverberaban como espuma de oro salpicada de esmeraldas.

—Habrá aquí, me dijo mi guía, tres millones que están á disposicion

del gobierno federal. El mes pasado dispuso de ocho millones.

Al decir esto iba descendiendo las escaleras mi guía, como arrebatado

por una máquina de vapor, y nos detuvimos en el primer piso del

edificio, en los grandes almacenes de leña y de todos los útiles de la

negociacion.

Hay allí extensos talleres en que se fabrica y repara la maquinaria:

hicimos parada al frente de un inmenso pozo artesiano, de donde manan

cada veinticuatro horas 25,000 galones de agua.

El pozo costó á la negociacion 1,600 pesos, y produce un ahorro de

8,000 pesos al año.

Pero nuestras observaciones se hacian por vapor: de trecho en trecho

estábamos al dejarnos caer de fatiga; al fin nos derribamos en unas

muelles poltronas en el despacho del director.

Amplio salon con grandes ventanas rasgadas á todos los vientos, larga

y despejada mesa en el centro con recado de escribir, lujo espléndido

con el dejo y el buen tono de sencillez admirable.

Ardia la chimenea. El director puso el dedo sobre un timbre que resonó

obediente y apareció como brotando de la pared un negro vestido

elegantemente, conduciendo en una charola de plata espumosas copas de

Champaña helado.

Bebimos á la salud del director, y éste, en los términos más corteses,

correspondió al bríndis, apurando su copa por México y por el Sr.

Iglesias.

Despues se nos repartieron unos cuadernos, que son las Memorias anuales

del estado que guarda la casa.

Nos despedimos llenos de gratitud y prendados de la finura y

complacencia de los Sres. Lagrange y Godoy. Al volvernos, como para

despedirnos del grandioso edificio, pregunté su costo y me dijo un

empleado que habia sido de 1.600,000 pesos, y que todo él era de bóveda

y estaba á prueba de fuego.

Al volver de la expedicion de la Casa de Moneda, y como por vía de

descanso, escribí en el Album de la Srita. Godoy lo siguiente:

Viaje a los Estados Unidos, Tomo I · 第 20 / 106 题