Tú tienes una patria, niña graciosa,
Que pisa siempre alfombras de frescas flores,
En donde el aura pura cruza amorosa,
Cantando amores.
Tú tienes una patria, que como una Hada
Hechiza la existencia con sus halagos;
Que cual á cisne mecen limpios cristales
De mansos lagos.
Le rinde el liquidámbar dulces aromas,
Sombra dan á su frente verdes manglares,
Y se miran los nidos de sus palomas
Desde sus mares.
Las aves á sus aires les dan conciertos,
Y pompa del espacio son sus volcanes,
Sublimes atraviesan los huracanes
Por sus desiertos.
Da el trigal á sus campos matices de oro,
Y el algodon vellones de blanca espuma,
El árbol de sus frutos con el tesoro,
Cruge y se abruma.
Las montañas desparecen en el vacío
Cabelleras inmensas de humo y de llama,
A sus plantas torrente se torna el rio
Que ronco brama.
Cuando Vieron absortos tanta grandeza,
De la tierra se hundieron en las entrañas
Los metales, que buscan patrias extrañas,
Como riqueza.
Y son sombra de sueño tantos primores,
Y recuerdo de un sueño tantos placeres,
Comparado al encanto de los amores
De sus mujeres.
Ellas son luz de aurora de nuestra cuna,
Alivio, encanto, hechizo de nuestra suerte;
Ellas son en las ondas de duelo y muerte
Rayo de luna.
Ellas la aura perfuman cuando suspiran;
Ellas nos acarician con sus desvelos;
Infiernos de dolores tornan en cielos,
Cuando nos miran.
Y porque no me digas que por galante
Trovador mexicano, te forjo un cuento,
Frente á imparcial espejo puesto el semblante,
Dime si miento.
San Francisco California, Febrero 5 de 1877.