Ella estaba allí--contra mí, inclinada sobre mi pecho y llorando de
emoción. «Sí, le he dicho--, ante Dios y ante los hombres prometo no
tener otra esposa.» «¡Cállese!--ha exclamado--, Gastón no es un perjuro
y, sin embargo, promete ante Dios una cosa que nada puede hacer
posible.» «¿Qué obstáculo puede haber?» «No, Gastón no puede ser el
esposo de Adela. Gastón no es un hombre del pueblo, oscuro y pobre; el
esposo, el único esposo que conviene a mi estado y a mi indigencia.»
«Gastón será el esposo de Adela, he dicho yo. Es una reparación que te
debe la Providencia. Yo pagaré la deuda de la sociedad.» Yo le he
dicho, Eduardo, y lo juro por mi honor, que es preciso que ese deseo se
cumpla.
Estábamos tan preocupados, que a poco nos sorprende el crepúsculo en el
bosque. Al dejar a mi Adela he querido, he osado estrecharla otra vez en
mis brazos. Uno de los suyos me rechazaba débilmente, el otro me
retenía... Un deslumbramiento semejante al que produciría la claridad de
un meteoro ha turbado de pronto mi vista, mi cabeza se ha inclinado y mi
boca se ha encontrado con su boca. Una oleada de fuego ha descendido
hasta mi corazón. ¡Incomparable voluptuosidad! ¡Es un beso de Adela, la
huella, la dulce huella de sus labios, la que reposa sobre los míos!
¡Oh! la conservaré entera, inalterable. No la borraré jamás. ¡Que
perezca el día en que profana esa preciosa prueba de amor, en los labios
de otra mujer; el día en que una boca inanimada, insensible, marchite la
flor húmeda de tu beso! ¡que se aniquile mi alma antes que yo cometa tal
sacrilegio!
¡Qué difícil de soportar es el peso de mis sensaciones! ¡Quién hubiera
creído que tuviese tantas fuerzas para la dicha!
_27 de mayo._
Jamás he vivido tan rápidamente, jamás me he visto obsesionado por
tantas preocupaciones. Un solo día de mi vida actual reúne tantos
sentimientos tumultuosos, temores, esperanzas, alegrías, tormentos,
proyectos, irresoluciones como el resto de mi existencia pasada. No
encuentro mejor comparación para este estado que el de un febricitante
cuya imaginación enferma, extraviada en un mundo desconocido y
perseguida por reminiscencias confusas, pasa al azar de un objeto a
otro, une bajo el mismo punto de vista los contrastes más extravagantes,
las imágenes más disparatadas, y se pierde en esas transiciones sin
motivo y sin fin, tan incapaz de formar juicio de sus sensaciones como
de elegirlas. Si de cuando en cuando me atrevo a razonar, el minuto que
sigue me desilusiona y estoy como un alma en pena suspendida por los
espíritus malignos entre un cielo y un infierno.
Yo había acompañado a mi madre al castillo de Valency, donde debíamos
encontrar la sociedad acostumbrada, y, por consiguiente, al señor de
Montbreuse, cuyas asiduidades tienen, quizás, algo de notable. Era
natural que la conversación recayese sobre el asunto más propio, a
interesar, en aquel círculo orgulloso, la vanidad de todos, y no me
extrañó, por lo tanto, ver renovar la eterna tesis de la superioridad
moral de la nobleza. Pero he aquí que después de haber sentado en
principio que únicamente entre nuestra clase se encontraban esas
delicadas ideas del honor y esa elevación de carácter y de sentimientos
que son el fruto de una educación adecuada a nuestro destino social, han
asaltado el edificio _novelesco_ de las falsas virtudes del estado llano
y las han reducido implacablemente a un simple espíritu de emulación, de
la cual nosotros tenemos también el honor de ser el vehículo:
disertación que, seguramente, no me hubiera sacado de una meditación
completamente extraña a lo que allí se decía, ni a propósito de la
inalienable bajeza de los parias de Europa y de la poca confianza que
había que tener en las costumbres del pueblo, no hubieran citado...
¡Gran Dios, mi sangre hierve al sólo recordarlo!... Se trataba de esa
joven educada con tanto cuidado a la vista de Eudoxia, que hubiera
respondido ciegamente de su inocencia... ¡Se trataba de Adela!... A este
nombre perdí los estribos y, con un tono de voz que denotaba más cólera
que curiosidad, pregunté el crimen que había cometido. «Casi nada--dijo
Eudoxia--, una de esas cosas para las cuales su filantropía sentimental
de usted reserva seguramente toda su indulgencia; una de esas pasiones
decentes y platónicas que producen tan buen efecto en los dramas y en
las novelas; un noble y tierno afecto por algún palurdo de la aldea
inmediata, al cual va a hacer todos los días inocentes visitas que
acabarán Dios sabe cómo. Ya ve usted que esto no vale la pena ni de
decirlo; pero no encontrará usted menos justo que yo la arroje de mi
casa, mientras espero que sus elocuentes declamaciones me hayan
desengañado del todo de ciertos miserables prejuicios a los que tengo
la debilidad de atenerme aún un poco.» «Ese sarcasmo es injusto--le he
contestado--en un asunto como éste, en que se trata nada menos que de
perder para siempre a una joven irreprochable; pero no es a mí a quien
toca justificarla, y no dudo que la señora priora hará el sacrificio de
su modestia a un interés tan precioso; ella conoce el motivo que conduce
todos los días a Adela a la aldea, y la ironía ha encontrado, sin
saberlo, la expresión justa cuando ha calificado de inocentes visitas el
viaje oficioso de la caridad.»
La priora estaba presente y a mí me extrañaba que no me hubiese ya
interrumpido. ¡Figúrate mi dolorosa sorpresa cuando al fijar mis ojos en
ella vi que los suyos estaban humedecidos por las lágrimas y que me
miraba con un aire inquieto, como para penetrar mi intención y adivinar
lo que yo había querido decir: «¡Qué, señora!--añadí--, ¿no iba por
orden de usted para llevar algún encargo de usted?...» Un signo
negativo... y ni una palabra, como si la hubiera costado demasiado
condenarla más positivamente. Confieso que no esperaba semejante golpe y
que hube de salir para ocultar mi desesperación y mi confusión.
Me interné en el bosque sin saber a ciencia cierta a dónde iba, pero
impaciente por alejarme del lugar que dejaba y por quedarme solo con mis
pensamientos; hubiera sido dichoso en aquel momento si hubiera podido
aislarme también de mis pensamientos, y si hubiese bastado un acto de
voluntad para borrar el pasado. En fin, sea que la casualidad lo hubiese
decidido así, sea que me hubiese dirigido hacia aquel punto sin darme
cuenta de mi deseo, me encontré cerca de la aldea a donde tenía
costumbre de acompañar a Adela y reconocí la miserable choza donde
tantas veces la viera entrar. Me era tan fácil informarme exactamente en
aquel lugar, tenía yo una necesidad tan grande de quedar
tranquilizado--o convencido, porque mi alma tiene mayor energía para la
desgracia que para la incertidumbre--, estaban tan comprometidos mi vida
y mi honor en aquel misterio, que no vacilé en entrar en aquella pobre
casa, sin pensar siquiera en la impresión que podría producir en el
estado de agitación en que me hallaba.
La familia estaba reunida en una habitación bastante espaciosa, y todo
anunciaba la indigencia. Un anciano de aspecto respetable estaba
acostado en un rincón sobre una tarima cubierta de paja, y a su lado una
mujer, también vieja, le hacía beber un brebaje y volvía de cuando en
cuando la cabeza para enjugar una lágrima. Una niña de diez o doce años
había dejado su rueca para tapar las piernas del enfermo con un trozo de
alfombra vieja que le servía de manta. Dos o tres niños indiferentes a
aquel espectáculo, jugaban sobre el umbral de la puerta a los rayos del
sol poniente, con una alegría tan llena de franqueza y de
despreocupación, que se me oprimió el corazón. Me senté al extremo de un
banco roto y traté de recoger mis ideas para saber lo que tenía que
decir; pero cuanto mayor era la impaciencia de saber la verdad de todo
lo que me inquietaba, mayor era también el temor de saber algo que
pudiese destruir todas mis ilusiones a la vez. Estaba arrepentido de
haber ido.
Por fin me decidí y pregunté a aquella buena mujer si tenía hijos. Me
parecía que sentiría menos el golpe que esperaba si lo iba recibiendo
poco a poco. «¡Ay!--me respondió--, no tenemos más que uno que es para
nosotros un continuo motivo de disgusto. Dios le ha dado una terrible
desgracia. Está enfermo de epilepsia desde la edad de diez y ocho años y
no puede trabajar. Los médicos han renunciado a curarle--añadió
llorando--, y esto ha aumentado su tristeza, con lo cual aun ha
empeorado. Tenía también una hija que estaba casada, pero su marido fue
muerto en la guerra cuando iba ascender a suboficial, y ella pronto hará
también seis meses que murió. Estos niños son suyos.» Los niños se
habían agrupado detrás de mí. «Es una desgracia muy grande--le dije
yo--, pero al menos a usted la socorren. Yo creo que esta aldea
pertenece al señor de Montbreuse, y que el castillo es suyo también. Es
un hombre sensible y caritativo que no deja padecer a los pobres.» La
mujer no dijo nada, pero me miró con extrañeza, y sin hablar de
Montbreuse empezó a bendecir a las buenas almas que la amparaban. Los
nombres de la señora priora y de Adela, estrechamente unidos en un
reconocimiento, acudieron muchas veces a sus labios con tal convicción
que yo no podía dudar de su sinceridad. Después de haber dejado lo poco
que contenía mi portamonedas en aquella triste mansión de la indigencia,
salí un poco más tranquilo, pero aun sintiendo mucha incertidumbre.
A cierta distancia de la casa, ya cerca del bosque, vi a un hombre de
elevada estatura, cuyo rostro denunciaba unos treinta años, pálido, con
la cabeza inclinada, los brazos caídos y los hombros cubiertos de largos
cabellos negros. Al mirarle más atentamente, vi en sus ojos extraviados
un aire de melancolía sombría que me hizo comprender que se trataba del
hijo de los infortunados que acababa de dejar. «¿Qué tal, amigo mío--le
dije--, te encuentras ahora mejor?» «¡Oh! yo creo que estaré
mejor--contestó--cuando los árboles cambien la hoja, y cuando los
prados vuelvan a verdear como antes; pero, me parece que por esta vez no
habrá primavera. El sol es blanco y frío, las flores no tienen fuerza
para abrirse y no se oyen en el campo más que pajarillos piando en los
breñales. ¡Antes había un aire tan dulce, tan agradable cuando empezaba
a caer la tarde y me gustaba tanto cuando agitaba mis cabellos! Ahora
son brisas que lo secan todo y me espanta el ruido que hacen cuando
rechinan en las ramas muertas. Si yo pudiese solamente volver a ver una
primavera como las de mi juventud, me parece que me curaría, pero no las
veré ya.» Quise hablarle de Adela y me interrumpió poniendo un dedo
sobre sus labios. «No hay que nombrarla tan alto--me dijo--, podría
desvanecerse. Los ángeles no hacen más que pasar sobre la tierra. Jamás
se les ha visto envejecer. ¡Dios los envía alguna vez para consolar a
los pobres y a los enfermos, pero los vuelve a llamar pronto a su lado!
Cuando mueren, lo hacen con una sonrisa de alegría, porque les place
volver al sitio de donde han venido. Si usted encuentra alguno por
casualidad, tenga cuidado de no perderlo de vista ni un momento, porque
ya no volvería a verlo.»
Cuando acababa este discurso se había arrodillado sobre una roca en
actitud de orar. Me alejé de allí sin que él se diese cuenta,
reflexionando sobre todas mis emociones del día, e incierto aún sobre lo
que debía hacer, pero bien persuadido de la inocencia de Adela.
Cuando regresaba al castillo de Valency, la vi que se dirigía lentamente
hacia el vestíbulo, por el lado de la escalera que conduce a su
habitación. Corrí hacia ella y, asiéndola bruscamente de un brazo, la
arrastré, sin decirle ni una palabra, hasta el salón donde aún estaban
todos reunidos. Sin preocuparme de lo que pensarían ante mi actitud, la
presenté ante ellos gritando: «Hable usted, señorita, y justifíquese de
las sospechas que su conducta ha despertado. Si usted va todos los días
a la aldea del bosque es, efectivamente, para llevar socorros, porque yo
acabo de comprobarlo; pero diga usted cómo es posible que, siendo dados
esos socorros en nombre de la señora priora, ella lo niegue, y qué
secreto hay en todo eso.»
Después me he dejado caer en un sillón y he cubierto mis ojos con una
mano, temblando de impaciencia por saber lo que ella contestaría.
Mientras tanto, Adela se había arrojado a las rodillas de la priora que
regaba con sus lágrimas. «Perdone usted que me haya atrevido a servirme
de su nombre. Al fin y al cabo eran sus beneficios de usted los que yo
repartía, porque todo lo que poseo es de usted; pero, conmovida ante las
desgracias de una pobre familia y no queriendo aumentar más aún sus
cargas, que hartas limosnas hace usted, he acudido a mis recursos para
gozar también del placer de hacer bien. ¿No hubiera sido una injusticia
que recogiese yo todo el fruto robándole un reconocimiento al cual sólo
usted es acreedora? ¿Qué podría hacer yo por los desgraciados si usted
no hubiese hecho tanto por mí?»
¡De qué peso no libró a mi pecho aquella explicación! Todos estaban
emocionados, cohibidos; mi madre, el señor de Montbreuse, Eudoxia
misma, guardaban un silencio respetuoso. Tal es el imperio de la bondad
y de la inocencia. No había ni una de aquellas almas soberbias que no se
humillase involuntariamente ante aquella joven un momento antes
despreciada. En cuanto a la señora Adelaida, había levantado a Adela, e
incapaz de expresar de otro modo su alegría, sollozaba estrechándola
contra su corazón, mientras que Adela, confusa, ocultaba entre sus
brazos su rubor modesto y su conmovedora emoción.
¡Con qué saña hubiera podido yo devolver las sangrientas ironías con que
poco antes me habían asaeteado si hubiera querido aprovecharme de la
ventaja que la situación me daba! pero pude contener mi justa
indignación, o, mejor dicho, me limité a expresarla por un silencio
absoluto. Montbreuse, en quien veo a un hombre de bien, pero a quien una
austeridad exagerada de principios, fortificada quizá por algún orgullo
natural, hace con frecuencia escéptico sobre la virtud, me ha
demostrado, no obstante, con un apretón de manos, que estaba satisfecho
de mí. En fin, mi madre, después de algunas palabras triviales, ha
pedido su coche y yo la he acompañado. La turbación de su actitud, del
embarazo en que la veía, una palabra pronunciada al azar, me han dado
lugar a creer que era aquél el momento de enterarla de lo que
necesariamente había de saber más pronto o más tarde. Le he hablado de
Eudoxia y le he dicho con firmeza que nunca sería mi esposa. Sea que
hubiese juzgado bien de las disposiciones de mi madre, sea que le
impusiera el tono resuelto de mi voz, insistió menos aún de lo que yo
pensaba, y todo me hace esperar que no violentará mis aficiones.
Un asunto indispensable me llama a la ciudad. La fortuna propia de mi
madre depende de un pleito que se verá dentro de pocos días y que me ha
encargado continúe yo. Mis intereses personales no me hubiesen arrancado
de aquí en estas circunstancias, y no sé qué terror involuntario... Las
ideas supersticiosas a las que me entrego desde hace algún tiempo, te
inspirarían verdadera lástima.
_8 de junio._
La ciudad me inspira tal disgusto, que la he abandonado tan pronto como
me ha sido posible volver a mi vida solitaria. Otros sentimientos han
contribuido a apresurar mi regreso. Sentía impaciencia por volver a ver
a Adela y por buscar los medios de no separarme ya de ella. Los días del
hombre transcurren tan rápidamente, que no hay más que una preocupación
bien inexplicable que pueda distraernos del cuidado de embellecerlos.
El proceso de mi madre yo lo veía claro, lo que no ha sido obstáculo
para que lo perdiese con todos los pronunciamientos, de modo que ha
quedado completamente arruinada. Yo le he ofrecido toda mi fortuna y le
he hecho un homenaje que me ha costado bien poco. De ahora en adelante
podrá disponer de ella sin responsabilidad, sin obstáculo; esto es un
sacrificio, pero hay ciertamente sacrificios que son placeres. ¿Qué
necesidad tengo yo de lo superfluo, de la opulencia? Yo soy un rico de
gustos sencillos y de deseos moderados. Una finca cómoda que produzca
un poco más de lo necesario, un jardín no muy vasto, pero bien ordenado;
un bosque, tampoco no muy grande, por el cual pueda pasear mis ensueños;
una casita modesta, lo que no impide que pueda ser elegante; y a mi
alrededor una hermosa naturaleza, una variedad pintoresca de sitios
solitarios, una campiña fecunda que pueda nutrir a sus habitantes, y, si
es posible, que me sea dable aliviar la miseria que vea; ¿qué hace falta
más para ser dichoso? Mi imaginación no entra para nada en este deseo.
Yo soy bastante rico para elegir, y ésa es la elección que hago. Añade a
esta perspectiva una esposa como Adela, un amigo como Eduardo, o, mejor
dicho, mi Adela y mi Eduardo, ellos mismos, porque no hay otros para mi
corazón, y tendrás una idea de mi retiro encantado, del Edén que espero.
Olvidaba decirte que el contrincante de mi madre es uno de mis parientes
lejanos, el viejo conde de Seligny, que con tanta distinción sirvió en
nuestro ejército. Este hombre verdaderamente venerable me ha demostrado
un interés casi paternal del cual me siento orgulloso. Me ha dicho
también que si mi madre no se hubiese dejado engañar por las gentes que
la rodean, él la hubiera dejado la mayor parte de las fincas litigiosas,
pero que, a pesar de lo ocurrido, no había cambiado de manera de pensar
y que estaba dispuesto a verla, ya fuese para proponerla un arreglo, ya
sea para ajustar los lazos que las disensiones habían rebajado en
demasía. Ha añadido que podría ser muy bien que yo no fuese extraño a su
plan, pero que esta última cláusula estaba subordinada a ciertos
informes que tenía que recoger en una aldea de los alrededores.
Hemos hecho, pues, el viaje juntos, hablando con calor de nuestros
hechos de armas, de las batallas en que nos hemos encontrado, de los
vicios de nuestra organización militar y de los motivos que han hecho
esta guerra, de la cual hemos sido actores, tan desastrosamente inútil.
El señor de Seligny razona de estas cosas con un sentido recto y justo,
y sus opiniones han rectificado singularmente las mías sobre muchos
hechos acerca de los cuales algún día tendré ocasión de hablarte.
Al pasar por delante del castillo de Eudoxia me he abalanzado a la
ventanilla para ver la ventana de la habitación de Adela, en el ángulo
del edificio. Me ha molestado no verla, como si ella supiese que yo
tenía que pasar por allí. Hoy ya no podré verla porque hemos llegado
demasiado tarde, y, además, tengo demasiado que hacer para poder
permitirme una hora de ausencia; y, no obstante, necesitaría una de sus
miradas para disipar los terrores que me persiguen desde que me separé
de ella. ¡Dios mío, abreviad esta noche!
_9 de junio._
Eduardo, ¿qué han hecho de mí? todas mis ilusiones han quedado
destruidas... Mi corazón ha sido cruelmente herido...
No necesito ya más, Eduardo, que una fosa en la que pueda dormir
eternamente; porque es el sueño de la nada el que yo imploro. ¡Quiera
el cielo ahorrarme el cruel beneficio de una inmortalidad que
eternizaría mi dolor y mi humillación!...
He aquí lo que me han dicho en el castillo de Valency; ¿por qué no
habría de comunicártelo fríamente?...
La tal Adela me ha engañado; así, al menos, me lo han dicho.
¡Desgraciado de mí! Es imposible dudarlo, pero tú también buscarías
algunos razonamientos para no creerlo. Amaba en secreto a uno de los
domésticos de Montbreuse, un hombre vil, innoble, odioso, en el cual yo
nunca me había fijado. ¿No es sorprendente que esto me haya pasado
inadvertido, a mí, cuyo corazón se alarma tan fácilmente? ¿Me hubiera
hecho traición si yo la hubiese amado con menos confianza, con menos
abandono? Ella, no obstante, me amaba... ¿cómo ha podido dar este
espantoso premio a mi ternura? Las almas más frías se hubieran confiado
como la mía. El mismo Montbreuse ha dicho que no esperaba esto. Candor
celeste de la virtud, ¿no eres más que una quimera?
Ese doméstico ha pedido su sueldo y al día siguiente han partido para ir
a casarse a otro sitio; esta atención tengo que agradecerle: es todo lo
que ha hecho por mí.
Así, de pronto, nada parece más falso que lo que te estoy diciendo.
Daría mi vida por creer que, efectivamente, es falso, que ella es
inocente; ¡sería tan dulce morir con esta idea!
Ha partido sin avisar a nadie; hubiera tenido que avergonzarse
demasiado. No ha visto siquiera a su madrina, a su madrina que tanto la
llora. Yo no la lloro, la indignación no llora; la lloraría si hubiese
muerto.
Hace cinco días que partieron; no hay nadie en la aldea que no los
viese. Para cerciorarme más he enviado a Latour y le han dicho que la
habían reconocido; llevaba un velo puesto, pero con la cara destapada;
los niños la siguieron con la mirada hasta el bosque.
Me parece que la venganza me aliviaría; pero, ¿qué venganza puede tomar
un hombre como yo?... ¡Un hombre como yo!... ¡Maldición!... Quizás es
eso lo que ella ha temido y se ha arrojado en brazos de un igual suyo
para escapar de un hombre como yo.
¿Qué había hecho yo para merecer semejante ultraje? ¡Ah! ¡si ella
supiese lo que cuesta verse abandonado, buscar lo que se amaba y no
volverlo a encontrar! ¡Cuán agradecido le estaría si con una puñalada
por detrás--ese cobarde asesinato no tendría nada de temerario para la
mano de una mujer--se hubiera dignado evitarme los tormentos que me
devoran!
Si ella pudiese verme un momento, si conociese el menor de mis dolores,
se vería obligada a confesar que el odio más implacable...
¡Una noche tranquila, silenciosa, bella y encantadora para los dichosos!
¡Sólo yo destruyo esta inmensa armonía! ¡Yo solo, perdido, abandonado,
olvidado de Dios, que me ha retirado su protección!
_10 de junio._
Todo contribuye a amargar, a envenenar mi desesperación. Es espantoso
enterarme de circunstancias que nunca nos hubiéramos atrevido a prever
ni a desear, circunstancias que hubieran superado a nuestros mayores
deseos, sucederse, multiplicarse a nuestro alrededor, cuando todo nos
está prohibido, cuando de la dicha que ellas nos hubieran augurado no
queda más que un recuerdo pesaroso.
Figúrate tú que el señor de Seligny es el padre de la infortunada de
quien Adela recibió la vida. El matrimonio de Evrard y de Angélica
estaba ya decidido, y, sin la infame perfidia de Maugis, esta familia
viviría dichosa. Apenas entrado en posesión de sus bienes, el conde
creyó que nada podría hacer más agradable a la memoria de su infortunada
hija que dedicar al fruto de su unión toda la ternura que antes había
tenido para ella y consagrar sus derechos de heredera por una adopción
solemne. Estaba dispuesto a recuperarla de las manos en que la confiara,
a restituirle las ventajas de su nacimiento y de su fortuna y a reparar
a fuerza de cariño las penas de su infancia. Además, había pensado que
mi padre no vacilaría, en estas condiciones, a acceder a mi unión con
Adela. Ella había, en efecto, consentido, y aquella misma noche debían
llamarme para informarme del proyecto. El conde también estaba en mi
casa y figúrate con qué golpe imprevisto herí al pobre anciano cuando,
con el corazón y los ojos llenos de lágrimas, sofocado por la vergüenza
y el dolor, me abracé a sus rodillas gritando: «Renuncie usted, renuncie
usted a un proyecto que la ingrata ha tirado por tierra, a una esperanza
que ha desvanecido con su conducta. ¡Adela no es digna de su padre ni de
su amante! Ama a otro hombre y ya es su esposa.»
No hay expresión que pueda dar idea de la amargura de mi corazón al
repetir los detalles que tú ya conoces. Me parecía que no pronunciaba
una palabra en la cual no estuviese escrita mi sentencia, y hubiera
deseado que mi pecho se rompiese para evitarme el horror de la
humillante revelación.
Su padre--¡qué rubor se ha elevado sobre su venerable frente!--confundía
sus lágrimas con las mías y sollozaba en mis brazos. «Gastón--me ha
dicho después de un largo silencio--, no habré perdido más que a Adela.
No por eso dejará usted de ser mi hijo. Los lazos que me retenían a la
tierra se han roto. Ahora es únicamente usted el que me retiene.
Prométame que no abandonará usted a su anciano padre y que le permitirá
morir a su lado.»
Yo he caído a sus pies y le he pedido su bendición.