Yo quisiera morir, yo quisiera haber muerto hoy.

Ella estaba allí--contra mí, inclinada sobre mi pecho y llorando de

emoción. «Sí, le he dicho--, ante Dios y ante los hombres prometo no

tener otra esposa.» «¡Cállese!--ha exclamado--, Gastón no es un perjuro

y, sin embargo, promete ante Dios una cosa que nada puede hacer

posible.» «¿Qué obstáculo puede haber?» «No, Gastón no puede ser el

esposo de Adela. Gastón no es un hombre del pueblo, oscuro y pobre; el

esposo, el único esposo que conviene a mi estado y a mi indigencia.»

«Gastón será el esposo de Adela, he dicho yo. Es una reparación que te

debe la Providencia. Yo pagaré la deuda de la sociedad.» Yo le he

dicho, Eduardo, y lo juro por mi honor, que es preciso que ese deseo se

cumpla.

Estábamos tan preocupados, que a poco nos sorprende el crepúsculo en el

bosque. Al dejar a mi Adela he querido, he osado estrecharla otra vez en

mis brazos. Uno de los suyos me rechazaba débilmente, el otro me

retenía... Un deslumbramiento semejante al que produciría la claridad de

un meteoro ha turbado de pronto mi vista, mi cabeza se ha inclinado y mi

boca se ha encontrado con su boca. Una oleada de fuego ha descendido

hasta mi corazón. ¡Incomparable voluptuosidad! ¡Es un beso de Adela, la

huella, la dulce huella de sus labios, la que reposa sobre los míos!

¡Oh! la conservaré entera, inalterable. No la borraré jamás. ¡Que

perezca el día en que profana esa preciosa prueba de amor, en los labios

de otra mujer; el día en que una boca inanimada, insensible, marchite la

flor húmeda de tu beso! ¡que se aniquile mi alma antes que yo cometa tal

sacrilegio!

¡Qué difícil de soportar es el peso de mis sensaciones! ¡Quién hubiera

creído que tuviese tantas fuerzas para la dicha!

_27 de mayo._

Jamás he vivido tan rápidamente, jamás me he visto obsesionado por

tantas preocupaciones. Un solo día de mi vida actual reúne tantos

sentimientos tumultuosos, temores, esperanzas, alegrías, tormentos,

proyectos, irresoluciones como el resto de mi existencia pasada. No

encuentro mejor comparación para este estado que el de un febricitante

cuya imaginación enferma, extraviada en un mundo desconocido y

perseguida por reminiscencias confusas, pasa al azar de un objeto a

otro, une bajo el mismo punto de vista los contrastes más extravagantes,

las imágenes más disparatadas, y se pierde en esas transiciones sin

motivo y sin fin, tan incapaz de formar juicio de sus sensaciones como

de elegirlas. Si de cuando en cuando me atrevo a razonar, el minuto que

sigue me desilusiona y estoy como un alma en pena suspendida por los

espíritus malignos entre un cielo y un infierno.

Yo había acompañado a mi madre al castillo de Valency, donde debíamos

encontrar la sociedad acostumbrada, y, por consiguiente, al señor de

Montbreuse, cuyas asiduidades tienen, quizás, algo de notable. Era

natural que la conversación recayese sobre el asunto más propio, a

interesar, en aquel círculo orgulloso, la vanidad de todos, y no me

extrañó, por lo tanto, ver renovar la eterna tesis de la superioridad

moral de la nobleza. Pero he aquí que después de haber sentado en

principio que únicamente entre nuestra clase se encontraban esas

delicadas ideas del honor y esa elevación de carácter y de sentimientos

que son el fruto de una educación adecuada a nuestro destino social, han

asaltado el edificio _novelesco_ de las falsas virtudes del estado llano

y las han reducido implacablemente a un simple espíritu de emulación, de

la cual nosotros tenemos también el honor de ser el vehículo:

disertación que, seguramente, no me hubiera sacado de una meditación

completamente extraña a lo que allí se decía, ni a propósito de la

inalienable bajeza de los parias de Europa y de la poca confianza que

había que tener en las costumbres del pueblo, no hubieran citado...

¡Gran Dios, mi sangre hierve al sólo recordarlo!... Se trataba de esa

joven educada con tanto cuidado a la vista de Eudoxia, que hubiera

respondido ciegamente de su inocencia... ¡Se trataba de Adela!... A este

nombre perdí los estribos y, con un tono de voz que denotaba más cólera

que curiosidad, pregunté el crimen que había cometido. «Casi nada--dijo

Eudoxia--, una de esas cosas para las cuales su filantropía sentimental

de usted reserva seguramente toda su indulgencia; una de esas pasiones

decentes y platónicas que producen tan buen efecto en los dramas y en

las novelas; un noble y tierno afecto por algún palurdo de la aldea

inmediata, al cual va a hacer todos los días inocentes visitas que

acabarán Dios sabe cómo. Ya ve usted que esto no vale la pena ni de

decirlo; pero no encontrará usted menos justo que yo la arroje de mi

casa, mientras espero que sus elocuentes declamaciones me hayan

desengañado del todo de ciertos miserables prejuicios a los que tengo

la debilidad de atenerme aún un poco.» «Ese sarcasmo es injusto--le he

contestado--en un asunto como éste, en que se trata nada menos que de

perder para siempre a una joven irreprochable; pero no es a mí a quien

toca justificarla, y no dudo que la señora priora hará el sacrificio de

su modestia a un interés tan precioso; ella conoce el motivo que conduce

todos los días a Adela a la aldea, y la ironía ha encontrado, sin

saberlo, la expresión justa cuando ha calificado de inocentes visitas el

viaje oficioso de la caridad.»

La priora estaba presente y a mí me extrañaba que no me hubiese ya

interrumpido. ¡Figúrate mi dolorosa sorpresa cuando al fijar mis ojos en

ella vi que los suyos estaban humedecidos por las lágrimas y que me

miraba con un aire inquieto, como para penetrar mi intención y adivinar

lo que yo había querido decir: «¡Qué, señora!--añadí--, ¿no iba por

orden de usted para llevar algún encargo de usted?...» Un signo

negativo... y ni una palabra, como si la hubiera costado demasiado

condenarla más positivamente. Confieso que no esperaba semejante golpe y

que hube de salir para ocultar mi desesperación y mi confusión.

Me interné en el bosque sin saber a ciencia cierta a dónde iba, pero

impaciente por alejarme del lugar que dejaba y por quedarme solo con mis

pensamientos; hubiera sido dichoso en aquel momento si hubiera podido

aislarme también de mis pensamientos, y si hubiese bastado un acto de

voluntad para borrar el pasado. En fin, sea que la casualidad lo hubiese

decidido así, sea que me hubiese dirigido hacia aquel punto sin darme

cuenta de mi deseo, me encontré cerca de la aldea a donde tenía

costumbre de acompañar a Adela y reconocí la miserable choza donde

tantas veces la viera entrar. Me era tan fácil informarme exactamente en

aquel lugar, tenía yo una necesidad tan grande de quedar

tranquilizado--o convencido, porque mi alma tiene mayor energía para la

desgracia que para la incertidumbre--, estaban tan comprometidos mi vida

y mi honor en aquel misterio, que no vacilé en entrar en aquella pobre

casa, sin pensar siquiera en la impresión que podría producir en el

estado de agitación en que me hallaba.

La familia estaba reunida en una habitación bastante espaciosa, y todo

anunciaba la indigencia. Un anciano de aspecto respetable estaba

acostado en un rincón sobre una tarima cubierta de paja, y a su lado una

mujer, también vieja, le hacía beber un brebaje y volvía de cuando en

cuando la cabeza para enjugar una lágrima. Una niña de diez o doce años

había dejado su rueca para tapar las piernas del enfermo con un trozo de

alfombra vieja que le servía de manta. Dos o tres niños indiferentes a

aquel espectáculo, jugaban sobre el umbral de la puerta a los rayos del

sol poniente, con una alegría tan llena de franqueza y de

despreocupación, que se me oprimió el corazón. Me senté al extremo de un

banco roto y traté de recoger mis ideas para saber lo que tenía que

decir; pero cuanto mayor era la impaciencia de saber la verdad de todo

lo que me inquietaba, mayor era también el temor de saber algo que

pudiese destruir todas mis ilusiones a la vez. Estaba arrepentido de

haber ido.

Por fin me decidí y pregunté a aquella buena mujer si tenía hijos. Me

parecía que sentiría menos el golpe que esperaba si lo iba recibiendo

poco a poco. «¡Ay!--me respondió--, no tenemos más que uno que es para

nosotros un continuo motivo de disgusto. Dios le ha dado una terrible

desgracia. Está enfermo de epilepsia desde la edad de diez y ocho años y

no puede trabajar. Los médicos han renunciado a curarle--añadió

llorando--, y esto ha aumentado su tristeza, con lo cual aun ha

empeorado. Tenía también una hija que estaba casada, pero su marido fue

muerto en la guerra cuando iba ascender a suboficial, y ella pronto hará

también seis meses que murió. Estos niños son suyos.» Los niños se

habían agrupado detrás de mí. «Es una desgracia muy grande--le dije

yo--, pero al menos a usted la socorren. Yo creo que esta aldea

pertenece al señor de Montbreuse, y que el castillo es suyo también. Es

un hombre sensible y caritativo que no deja padecer a los pobres.» La

mujer no dijo nada, pero me miró con extrañeza, y sin hablar de

Montbreuse empezó a bendecir a las buenas almas que la amparaban. Los

nombres de la señora priora y de Adela, estrechamente unidos en un

reconocimiento, acudieron muchas veces a sus labios con tal convicción

que yo no podía dudar de su sinceridad. Después de haber dejado lo poco

que contenía mi portamonedas en aquella triste mansión de la indigencia,

salí un poco más tranquilo, pero aun sintiendo mucha incertidumbre.

A cierta distancia de la casa, ya cerca del bosque, vi a un hombre de

elevada estatura, cuyo rostro denunciaba unos treinta años, pálido, con

la cabeza inclinada, los brazos caídos y los hombros cubiertos de largos

cabellos negros. Al mirarle más atentamente, vi en sus ojos extraviados

un aire de melancolía sombría que me hizo comprender que se trataba del

hijo de los infortunados que acababa de dejar. «¿Qué tal, amigo mío--le

dije--, te encuentras ahora mejor?» «¡Oh! yo creo que estaré

mejor--contestó--cuando los árboles cambien la hoja, y cuando los

prados vuelvan a verdear como antes; pero, me parece que por esta vez no

habrá primavera. El sol es blanco y frío, las flores no tienen fuerza

para abrirse y no se oyen en el campo más que pajarillos piando en los

breñales. ¡Antes había un aire tan dulce, tan agradable cuando empezaba

a caer la tarde y me gustaba tanto cuando agitaba mis cabellos! Ahora

son brisas que lo secan todo y me espanta el ruido que hacen cuando

rechinan en las ramas muertas. Si yo pudiese solamente volver a ver una

primavera como las de mi juventud, me parece que me curaría, pero no las

veré ya.» Quise hablarle de Adela y me interrumpió poniendo un dedo

sobre sus labios. «No hay que nombrarla tan alto--me dijo--, podría

desvanecerse. Los ángeles no hacen más que pasar sobre la tierra. Jamás

se les ha visto envejecer. ¡Dios los envía alguna vez para consolar a

los pobres y a los enfermos, pero los vuelve a llamar pronto a su lado!

Cuando mueren, lo hacen con una sonrisa de alegría, porque les place

volver al sitio de donde han venido. Si usted encuentra alguno por

casualidad, tenga cuidado de no perderlo de vista ni un momento, porque

ya no volvería a verlo.»

Cuando acababa este discurso se había arrodillado sobre una roca en

actitud de orar. Me alejé de allí sin que él se diese cuenta,

reflexionando sobre todas mis emociones del día, e incierto aún sobre lo

que debía hacer, pero bien persuadido de la inocencia de Adela.

Cuando regresaba al castillo de Valency, la vi que se dirigía lentamente

hacia el vestíbulo, por el lado de la escalera que conduce a su

habitación. Corrí hacia ella y, asiéndola bruscamente de un brazo, la

arrastré, sin decirle ni una palabra, hasta el salón donde aún estaban

todos reunidos. Sin preocuparme de lo que pensarían ante mi actitud, la

presenté ante ellos gritando: «Hable usted, señorita, y justifíquese de

las sospechas que su conducta ha despertado. Si usted va todos los días

a la aldea del bosque es, efectivamente, para llevar socorros, porque yo

acabo de comprobarlo; pero diga usted cómo es posible que, siendo dados

esos socorros en nombre de la señora priora, ella lo niegue, y qué

secreto hay en todo eso.»

Después me he dejado caer en un sillón y he cubierto mis ojos con una

mano, temblando de impaciencia por saber lo que ella contestaría.

Mientras tanto, Adela se había arrojado a las rodillas de la priora que

regaba con sus lágrimas. «Perdone usted que me haya atrevido a servirme

de su nombre. Al fin y al cabo eran sus beneficios de usted los que yo

repartía, porque todo lo que poseo es de usted; pero, conmovida ante las

desgracias de una pobre familia y no queriendo aumentar más aún sus

cargas, que hartas limosnas hace usted, he acudido a mis recursos para

gozar también del placer de hacer bien. ¿No hubiera sido una injusticia

que recogiese yo todo el fruto robándole un reconocimiento al cual sólo

usted es acreedora? ¿Qué podría hacer yo por los desgraciados si usted

no hubiese hecho tanto por mí?»

¡De qué peso no libró a mi pecho aquella explicación! Todos estaban

emocionados, cohibidos; mi madre, el señor de Montbreuse, Eudoxia

misma, guardaban un silencio respetuoso. Tal es el imperio de la bondad

y de la inocencia. No había ni una de aquellas almas soberbias que no se

humillase involuntariamente ante aquella joven un momento antes

despreciada. En cuanto a la señora Adelaida, había levantado a Adela, e

incapaz de expresar de otro modo su alegría, sollozaba estrechándola

contra su corazón, mientras que Adela, confusa, ocultaba entre sus

brazos su rubor modesto y su conmovedora emoción.

¡Con qué saña hubiera podido yo devolver las sangrientas ironías con que

poco antes me habían asaeteado si hubiera querido aprovecharme de la

ventaja que la situación me daba! pero pude contener mi justa

indignación, o, mejor dicho, me limité a expresarla por un silencio

absoluto. Montbreuse, en quien veo a un hombre de bien, pero a quien una

austeridad exagerada de principios, fortificada quizá por algún orgullo

natural, hace con frecuencia escéptico sobre la virtud, me ha

demostrado, no obstante, con un apretón de manos, que estaba satisfecho

de mí. En fin, mi madre, después de algunas palabras triviales, ha

pedido su coche y yo la he acompañado. La turbación de su actitud, del

embarazo en que la veía, una palabra pronunciada al azar, me han dado

lugar a creer que era aquél el momento de enterarla de lo que

necesariamente había de saber más pronto o más tarde. Le he hablado de

Eudoxia y le he dicho con firmeza que nunca sería mi esposa. Sea que

hubiese juzgado bien de las disposiciones de mi madre, sea que le

impusiera el tono resuelto de mi voz, insistió menos aún de lo que yo

pensaba, y todo me hace esperar que no violentará mis aficiones.

Un asunto indispensable me llama a la ciudad. La fortuna propia de mi

madre depende de un pleito que se verá dentro de pocos días y que me ha

encargado continúe yo. Mis intereses personales no me hubiesen arrancado

de aquí en estas circunstancias, y no sé qué terror involuntario... Las

ideas supersticiosas a las que me entrego desde hace algún tiempo, te

inspirarían verdadera lástima.

_8 de junio._

La ciudad me inspira tal disgusto, que la he abandonado tan pronto como

me ha sido posible volver a mi vida solitaria. Otros sentimientos han

contribuido a apresurar mi regreso. Sentía impaciencia por volver a ver

a Adela y por buscar los medios de no separarme ya de ella. Los días del

hombre transcurren tan rápidamente, que no hay más que una preocupación

bien inexplicable que pueda distraernos del cuidado de embellecerlos.

El proceso de mi madre yo lo veía claro, lo que no ha sido obstáculo

para que lo perdiese con todos los pronunciamientos, de modo que ha

quedado completamente arruinada. Yo le he ofrecido toda mi fortuna y le

he hecho un homenaje que me ha costado bien poco. De ahora en adelante

podrá disponer de ella sin responsabilidad, sin obstáculo; esto es un

sacrificio, pero hay ciertamente sacrificios que son placeres. ¿Qué

necesidad tengo yo de lo superfluo, de la opulencia? Yo soy un rico de

gustos sencillos y de deseos moderados. Una finca cómoda que produzca

un poco más de lo necesario, un jardín no muy vasto, pero bien ordenado;

un bosque, tampoco no muy grande, por el cual pueda pasear mis ensueños;

una casita modesta, lo que no impide que pueda ser elegante; y a mi

alrededor una hermosa naturaleza, una variedad pintoresca de sitios

solitarios, una campiña fecunda que pueda nutrir a sus habitantes, y, si

es posible, que me sea dable aliviar la miseria que vea; ¿qué hace falta

más para ser dichoso? Mi imaginación no entra para nada en este deseo.

Yo soy bastante rico para elegir, y ésa es la elección que hago. Añade a

esta perspectiva una esposa como Adela, un amigo como Eduardo, o, mejor

dicho, mi Adela y mi Eduardo, ellos mismos, porque no hay otros para mi

corazón, y tendrás una idea de mi retiro encantado, del Edén que espero.

Olvidaba decirte que el contrincante de mi madre es uno de mis parientes

lejanos, el viejo conde de Seligny, que con tanta distinción sirvió en

nuestro ejército. Este hombre verdaderamente venerable me ha demostrado

un interés casi paternal del cual me siento orgulloso. Me ha dicho

también que si mi madre no se hubiese dejado engañar por las gentes que

la rodean, él la hubiera dejado la mayor parte de las fincas litigiosas,

pero que, a pesar de lo ocurrido, no había cambiado de manera de pensar

y que estaba dispuesto a verla, ya fuese para proponerla un arreglo, ya

sea para ajustar los lazos que las disensiones habían rebajado en

demasía. Ha añadido que podría ser muy bien que yo no fuese extraño a su

plan, pero que esta última cláusula estaba subordinada a ciertos

informes que tenía que recoger en una aldea de los alrededores.

Hemos hecho, pues, el viaje juntos, hablando con calor de nuestros

hechos de armas, de las batallas en que nos hemos encontrado, de los

vicios de nuestra organización militar y de los motivos que han hecho

esta guerra, de la cual hemos sido actores, tan desastrosamente inútil.

El señor de Seligny razona de estas cosas con un sentido recto y justo,

y sus opiniones han rectificado singularmente las mías sobre muchos

hechos acerca de los cuales algún día tendré ocasión de hablarte.

Al pasar por delante del castillo de Eudoxia me he abalanzado a la

ventanilla para ver la ventana de la habitación de Adela, en el ángulo

del edificio. Me ha molestado no verla, como si ella supiese que yo

tenía que pasar por allí. Hoy ya no podré verla porque hemos llegado

demasiado tarde, y, además, tengo demasiado que hacer para poder

permitirme una hora de ausencia; y, no obstante, necesitaría una de sus

miradas para disipar los terrores que me persiguen desde que me separé

de ella. ¡Dios mío, abreviad esta noche!

_9 de junio._

Eduardo, ¿qué han hecho de mí? todas mis ilusiones han quedado

destruidas... Mi corazón ha sido cruelmente herido...

No necesito ya más, Eduardo, que una fosa en la que pueda dormir

eternamente; porque es el sueño de la nada el que yo imploro. ¡Quiera

el cielo ahorrarme el cruel beneficio de una inmortalidad que

eternizaría mi dolor y mi humillación!...

He aquí lo que me han dicho en el castillo de Valency; ¿por qué no

habría de comunicártelo fríamente?...

La tal Adela me ha engañado; así, al menos, me lo han dicho.

¡Desgraciado de mí! Es imposible dudarlo, pero tú también buscarías

algunos razonamientos para no creerlo. Amaba en secreto a uno de los

domésticos de Montbreuse, un hombre vil, innoble, odioso, en el cual yo

nunca me había fijado. ¿No es sorprendente que esto me haya pasado

inadvertido, a mí, cuyo corazón se alarma tan fácilmente? ¿Me hubiera

hecho traición si yo la hubiese amado con menos confianza, con menos

abandono? Ella, no obstante, me amaba... ¿cómo ha podido dar este

espantoso premio a mi ternura? Las almas más frías se hubieran confiado

como la mía. El mismo Montbreuse ha dicho que no esperaba esto. Candor

celeste de la virtud, ¿no eres más que una quimera?

Ese doméstico ha pedido su sueldo y al día siguiente han partido para ir

a casarse a otro sitio; esta atención tengo que agradecerle: es todo lo

que ha hecho por mí.

Así, de pronto, nada parece más falso que lo que te estoy diciendo.

Daría mi vida por creer que, efectivamente, es falso, que ella es

inocente; ¡sería tan dulce morir con esta idea!

Ha partido sin avisar a nadie; hubiera tenido que avergonzarse

demasiado. No ha visto siquiera a su madrina, a su madrina que tanto la

llora. Yo no la lloro, la indignación no llora; la lloraría si hubiese

muerto.

Hace cinco días que partieron; no hay nadie en la aldea que no los

viese. Para cerciorarme más he enviado a Latour y le han dicho que la

habían reconocido; llevaba un velo puesto, pero con la cara destapada;

los niños la siguieron con la mirada hasta el bosque.

Me parece que la venganza me aliviaría; pero, ¿qué venganza puede tomar

un hombre como yo?... ¡Un hombre como yo!... ¡Maldición!... Quizás es

eso lo que ella ha temido y se ha arrojado en brazos de un igual suyo

para escapar de un hombre como yo.

¿Qué había hecho yo para merecer semejante ultraje? ¡Ah! ¡si ella

supiese lo que cuesta verse abandonado, buscar lo que se amaba y no

volverlo a encontrar! ¡Cuán agradecido le estaría si con una puñalada

por detrás--ese cobarde asesinato no tendría nada de temerario para la

mano de una mujer--se hubiera dignado evitarme los tormentos que me

devoran!

Si ella pudiese verme un momento, si conociese el menor de mis dolores,

se vería obligada a confesar que el odio más implacable...

¡Una noche tranquila, silenciosa, bella y encantadora para los dichosos!

¡Sólo yo destruyo esta inmensa armonía! ¡Yo solo, perdido, abandonado,

olvidado de Dios, que me ha retirado su protección!

_10 de junio._

Todo contribuye a amargar, a envenenar mi desesperación. Es espantoso

enterarme de circunstancias que nunca nos hubiéramos atrevido a prever

ni a desear, circunstancias que hubieran superado a nuestros mayores

deseos, sucederse, multiplicarse a nuestro alrededor, cuando todo nos

está prohibido, cuando de la dicha que ellas nos hubieran augurado no

queda más que un recuerdo pesaroso.

Figúrate tú que el señor de Seligny es el padre de la infortunada de

quien Adela recibió la vida. El matrimonio de Evrard y de Angélica

estaba ya decidido, y, sin la infame perfidia de Maugis, esta familia

viviría dichosa. Apenas entrado en posesión de sus bienes, el conde

creyó que nada podría hacer más agradable a la memoria de su infortunada

hija que dedicar al fruto de su unión toda la ternura que antes había

tenido para ella y consagrar sus derechos de heredera por una adopción

solemne. Estaba dispuesto a recuperarla de las manos en que la confiara,

a restituirle las ventajas de su nacimiento y de su fortuna y a reparar

a fuerza de cariño las penas de su infancia. Además, había pensado que

mi padre no vacilaría, en estas condiciones, a acceder a mi unión con

Adela. Ella había, en efecto, consentido, y aquella misma noche debían

llamarme para informarme del proyecto. El conde también estaba en mi

casa y figúrate con qué golpe imprevisto herí al pobre anciano cuando,

con el corazón y los ojos llenos de lágrimas, sofocado por la vergüenza

y el dolor, me abracé a sus rodillas gritando: «Renuncie usted, renuncie

usted a un proyecto que la ingrata ha tirado por tierra, a una esperanza

que ha desvanecido con su conducta. ¡Adela no es digna de su padre ni de

su amante! Ama a otro hombre y ya es su esposa.»

No hay expresión que pueda dar idea de la amargura de mi corazón al

repetir los detalles que tú ya conoces. Me parecía que no pronunciaba

una palabra en la cual no estuviese escrita mi sentencia, y hubiera

deseado que mi pecho se rompiese para evitarme el horror de la

humillante revelación.

Su padre--¡qué rubor se ha elevado sobre su venerable frente!--confundía

sus lágrimas con las mías y sollozaba en mis brazos. «Gastón--me ha

dicho después de un largo silencio--, no habré perdido más que a Adela.

No por eso dejará usted de ser mi hijo. Los lazos que me retenían a la

tierra se han roto. Ahora es únicamente usted el que me retiene.

Prométame que no abandonará usted a su anciano padre y que le permitirá

morir a su lado.»

Yo he caído a sus pies y le he pedido su bendición.

El pintor de Salzburgo · 第 8 / 9 段