sensibilidad, embotada por el comercio con espíritus mezquinos, pudiese
renacer a las dulces emociones de la naturaleza. He encontrado en su
beso toda el alma de una madre, y este descubrimiento me hubiera causado
alegría, si yo aun hubiese sido capaz de sentirla. ¿Por qué Adela nos ha
abandonado cuando íbamos a ser tan felices?
Yo sé, Eduardo, por qué nos ha abandonado. Porque no era a mí a quien
amaba.
_11 de junio._
Yo, para quien Adela lo era todo; yo, que hubiera dado cien veces la
vida por evitarle el más ligero disgusto, a mí, en fin, es a quien ha
sacrificado indignamente. ¡Y es que ella no me amaba a mí!
Obstáculos que parecían invencibles y de los que la misma imaginación se
espanta, la distancia de nuestra posición, el tener que rehusar la mano
de Eudoxia, las censuras de la gente, el orgullo de mi madre, su
maldición tal vez; ¡qué porvenir más siniestro y más amenazador!
Todo se ha allanado, sin embargo, y yo, más desgraciado que antes,
querría comprar al precio de toda mi sangre derramada gota a gota, uno
de esos instantes de angustia que no supe apreciar.
Querría volver a verte como te había visto, estrecharte, enlazarte entre
mis brazos, desflorar con mis labios una de las trenzas de tus
cabellos--querría oír tan sólo el rumor de tus ropas al rozar con los
matorrales, el ruido de tus pasos sobre las hojas secas, como cuando en
el recodo de un sendero, ese ruido me anunciaba tu presencia--. ¡Ay! ¡yo
querría que me fuese dable perseverar en el error, creer aún en tu
amor, no haberme desengañado!
¡Si al menos perdiese la razón!--¡Los que deliran se hacen unas
ilusiones tan extravagantes! ¡Quizás así la vería!
_El mismo día._
Latour acaba de entrar en mi habitación. Ha creído ver al amante de
Adela, al hombre que, según se dice, la ha hecho huir de aquí. El
miserable ha tratado de evitar sus miradas y se ha substraído a sus
preguntas apelando a la fuga. Latour, a quien yo he informado de todo lo
concerniente a Adela, persiste en dudar de su traición. ¡Que no pueda yo
dudar también!
En ciertos momentos, no obstante, yo creo... ¡Qué digo yo y cuál no es
mi ceguera! Estoy en el caso del viajero que por la noche pierde pie al
borde de un abismo espantoso y se ase a lo primero que encuentra. Un
débil arbusto, una mata de hierba, un junco, el punto de apoyo más falso
y más incierto le basta para reconciliarse con la esperanza; pero bien
pronto se le escapa todo a la vez y desaparece para siempre.
_15 de junio._
Ven a mi lado, Eduardo, no te fatigaré más con mis pesares; un día, una
hora algunos minutos lo han cambiado todo; soy más dichoso que nunca;
sólo tu presencia falta a mi felicidad.
Pero, ¿cómo contarte todo esto sin anticiparte los acontecimientos?
¡Estos últimos instantes están tan llenos de hechos y de emociones!
Desde la partida de Adela, yo me había impuesto el fácil deber de
substituirla en la distribución de socorros a los enfermos de la choza;
oficio bien agradable, Eduardo; esas buenas gentes la han visto también
y no me hablaban más que con enternecimiento.
Ayer, aniversario de un día bien doloroso, yo había ido a renovar, en la
tumba de mi padre, la ceremonia de duelo, a la cual, ausente y
condenado, no había podido asistir la primera vez. Latour debía
reemplazarme en mi visita a los pobres; volvió pronto y en un estado de
gran agitación. Había encontrado en el camino a una de las niñas de la
choza que venía a buscarnos al señor de Seligny y a mí, de parte del
señor de Montbreuse moribundo.
Yo no sé si te he dicho que, desde hace algunos días, el señor de
Montbreuse parecía haberse retirado de la sociedad y que se había casi
confinado en el castillo que posee cerca de aquí; es más propio para
alojar las aves de rapiña de la comarca, cuyos viejos torreones son un
lugar de cita ordinario. Su ausencia estaba justificada, no obstante,
con el pretexto de la caza. Ayer, al franquear un foso sobre el cual
había apoyado su escopeta, se disparó ésta y el desgraciado Montbreuse
recibió toda la carga en el pecho. Un criado y algunos campesinos lo
trasladaron a la cabaña del epiléptico.
Como yo aun tardaría en llegar, el señor de Seligny no quiso perder ni
un momento y partió solo a ver al agonizante que, en efecto, parecía
expirar, pero, la exclamación involuntaria del señor de Seligny,
espantado, que profirió involuntariamente el nombre de Maugis al
reconocerle, pareció despertarle por un instante del sueño de la muerte.
«¡Maugis!--dijo el infeliz moviendo la cabeza con esfuerzo--; ¡que Dios
me perdone!...» «¡Ay!... ¿podrá perdonarle?...»
Después quedó algún tiempo sin movimiento y sin respiración, pero los
cuidados que recibió del señor de Seligny y de las gentes de la casa
reanimaron un momento su vida y pareció querer hacer una revelación
importante, sucediéndose sonidos inarticulados en sus labios: «Adela»,
dijo. «Sí, ya lo sé», contestó el señor de Seligny tratando de evitarle
la dificultad de las explicaciones difíciles. «Adela--continuó
Montbreuse--, la hija de Angélica...» «Ya lo sé.» «Adela, la más pura,
la más virtuosa de las criaturas...» «¿Y bien?» «Adela, inocente, digna
de usted, digna de él... está secuestrada por orden mía...» Maugis no
pudo acabar.
No te contaré todas mis angustias de aquella noche. El criado de
Montbreuse, a quien Latour había estado a punto de sorprender,
informado de la muerte de su señor, ha venido esta mañana a mi casa y
me lo ha confesado todo. Montbreuse había urdido esta infame traición
con el pretexto de servir los intereses de Eudoxia, que probablemente
era extraña a sus manejos; ella había podido creer y, por consiguiente,
había tratado de probar a Adela que era una gran desgracia para ella
autorizar mi amor, que yo sería más dichoso si ella se alejaba de mí y
yo la olvidaba--porque se figuraban que yo la olvidaría--, que todo la
obligaba, en fin, a entrar, hasta nueva orden, en un establecimiento
religioso donde viviría al abrigo de mis persecuciones. La misma priora
aprobó el plan e indicó la casa donde podría refugiarse. Pero éstos no
eran los planes de Maugis, que adoraba a Adela desde hacía mucho tiempo
y que no tomaba una parte activa en esta intriga más que para hacer una
nueva víctima. A alguna distancia del castillo, el carruaje cambió de
dirección y condujo a Adela al castillo por caminos extraviados; la
noche estaba muy adelantada y nadie lo advirtió. Allí está cautiva
Adela, bajo una triple llave de la que ese doméstico es el único
depositario, porque Montbreuse, fiel a su hipocresía, afectaba aún no
comunicarse con Adela más que por medio de mensajes apasionados, y que
era hoy cuando, por primera vez, debía presentarse a sus ojos. A la
noticia de esta visita, Adela exclamó: «¡Que ese monstruo no venga aquí,
porque me encontrará muerta!» Ya ves, Eduardo, si soy dichoso y si Adela
es digna de mí. Ella no había consentido en recluirse más que por
deferencia a su madrina, cuya ternura y buenas intenciones no podía
desconocer, y por su cariño abnegado hacia mí, que la he calumniado.
¡Olvida, olvida mis indignas sospechas!
No te extrañe que emplee todo este tiempo escribiéndote antes de que me
sea devuelta. ¿Qué haría para distraer mi impaciencia mientras espero la
dicha? Es preciso, antes de que me sea devuelta, que yo me ocupe de
ella, y es a su abuelo--he debido respetar esas conmovedoras
conveniencias--a quien corresponde sacarla de su prisión. ¡Juzga la
lentitud con que transcurren los instantes esta tarde!
Pero no cerraré mi carta--un carruaje entra en la avenida. ¡Inexpresable
felicidad!--¡Adela, mi padre, amigo mío, venid todos! ¡Ven, Eduardo, ven
a mi lado!
LATOUR A EDUARDO DE MILLANGES
_El mismo día._
Sí, señor, venga, no pierda un minuto, mi pobre amo tiene necesidad de
usted. El le ha escrito su felicidad, pero no sabía... Yo he acompañado
al señor Seligny al castillo. Hemos subido al piso en que se encontraba
encerrada la señorita Evrard, que es el más alto de la casa. Apenas ha
oído la llave girar en la cerradura, ha lanzado un grito de horror.
«¡Adela, Adela!», ha dicho el señor de Seligny fuera de sí. Hemos
entrado. La habitación estaba vacía. De pronto se me ocurre una idea. La
ventana está abierta y me abalanzo a ella. ¡Qué cuadro, señor Eduardo!
La infortunada había creído oír a Maugis. ¡Y ella había dicho que
moriría si se presentaba a ella!
No hay esperanza ninguna; está muerta. ¡Pobre padre! ¡Y él sobre todo!
¡Conciba usted su desesperación!
¡Venga, venga, señor Eduardo! sólo usted quizás... Pero, ¿qué ruido es
ése?... ¿será que...? ¡Ah! Dios todopoderoso, ¿qué os hemos hecho para
atraer hasta ese punto vuestra cólera? ¡Ay, señor Eduardo, no venga
usted!
FIN
NOTAS:
[A] Es inútil recordar al lector que esto fue escrito en el reinado de
Napoleón.
[B] Este prefacio fue compuesto para la primera edición de _Adela_.
End of Project Gutenberg's El pintor de Salzburgo, by Charles Nodier