imperfectos, recogidos del vulgo. La señora Adelaida me había dicho algo
más, pero no lo suficiente para satisfacer mi curiosidad, que, por otra
parte, temo mostrar demasiado abiertamente. En fin, el otro día, me
informé por la misma Adela, mientras la acompañaba del bosque a la
aldea, abordando con todos los rodeos que exigía una cuestión tan
delicada; y como este relato no carece de interés ni aun para las
personas más extrañas a todo lo que me atañe, quiero hacértelo oír de
labios de la propia Adela, tal como yo lo he oído. Perdóname si, con la
sencillez de sus palabras, no he tenido la dicha de conservar su gracia
natural y esa efusión tan fácil y tan conmovedora de sentimientos que
le presta el encanto más atractivo. Hay cosas que no se pueden expresar.
«--Mi padre--me dijo Adela--nació en Valency, de una familia de
labradores muy ricos. Se llamaba Jaime Evrard, y como anunciaba un
talento y unos modales muy superiores a la mayoría, sus padres
resolvieron darle una educación adecuada que le hiciera apto para seguir
una carrera más brillante en el mundo que la que ellos habían recorrido.
Sus progresos superaron a todas las esperanzas, pero inútilmente. En
aquel tiempo llovieron las desgracias sobre mi abuelo; malas cosechas,
dos incendios que consumieron sucesivamente su casa y su granja y, en
fin, la pérdida de un proceso considerable, cambiaron su fortuna en
miseria. Era imposible llevar a la práctica los proyectos que tenía
sobre mi padre y se entregó a la desesperación.
»Jaime Evrard entró en un regimiento que estaba de guarnición en Saumur.
En aquella época mi padre era aún muy joven, de una figura arrogante y
simpática, de un valor a toda prueba, y a esto unía gran número de esos
talentos agradables que abren a los que los poseen las puertas de todas
las sociedades. Estimado por su coronel y por sus oficiales, había ya
ascendido dos veces seguidas con una rapidez insólita en el servicio,
pero sin que despertase la menor envidia en sus camaradas, que hacían
sincera justicia a sus condiciones. En fin, la mayor parte de sus
superiores se habían acostumbrado por anticipado a mirarle como a un
igual. El azar hizo que una señorita de aquella ciudad, que pertenecía a
una noble familia, se fijase en él y que, sin darse cuenta de su
inclinación, se acostumbraban de tal modo a él, que no podía pasar sin
verle. Bien pronto sintió que aquella inclinación era amor, pero era
tarde para poner remedio; por lo menos ella lo creyó así, y mi padre con
ella. ¿Qué más le diré, señor Gastón? Yo fui el fruto de aquel error.
»Mi madre no pudo disimular su falta a sus padres, y éstos, aunque
cariñosos y buenos, eran demasiado orgullosos para tolerar que Jaime
Evrard la reparase. Se limitaron a tomar las precauciones necesarias
para ocultar mi nacimiento a todo el mundo, y me enviaron con mi nodriza
a esta aldea, donde fui bautizada bajo los auspicios de la señora
priora. Ya comprenderá usted que no me dieron este asilo sin motivo, y
que mi madre se complacía pensando que yo crecería bajo los ojos de un
padre atento, a todas mis necesidades. En efecto, habiendo cumplido el
tiempo de su compromiso, sacrificó algún tiempo después la esperanza de
todo ascenso para tener el placer de no alejarse de mi lado y de ver
desarrollarse poco a poco en mis facciones el parecido con una persona
que le era tan querida. Aun fue más lejos en su ternura. ¿Se hubiera
considerado dichoso si no me hubiese podido llamar su hija? La nodriza
que me había dado, joven y desgraciada víctima de una inclinación
engañadora, pasó por mi madre y su esposa. Unicamente la señora Adelaida
estaba en el secreto.
»Así fui educada y, a decir verdad, mi infancia no transcurrió sin
alegrías. La amistad de mi buena madrina, los cuidados atentos y
verdaderamente maternales de la nodriza, a la que yo creo con títulos
aún más sagrados a mi reconocimiento, y sobre todo el afecto de mi
padre, lo embellecían todo. Unicamente, cuando volvía del campo le
sentía aún algunas veces bañarme con sus lágrimas, pero yo no me
inquietaba, pensando que lloraba de alegría.
»No obstante, mi verdadera madre continuaba profesándonos el mismo
cariño. Escribía con frecuencia a mi padre, y le comunicaba sus pesares
y sus esperanzas. Hacia el tercero o cuarto año de la Revolución, su
padre la dejó sola en Saumur, para ir a servir al rey en su ejército de
la Vendée, y ella entonces quiso aprovechar la libertad de que gozaba
para verme; porque hacía mucho tiempo que había perdido a su madre. Fue
un hermoso día para nosotros aquel en que nos llegó la noticia del
inesperado viaje. Aun cuando yo fuese muy joven para comprender
claramente aquellas cosas, mi padre me las hizo comprender como mejor
pudo, y partimos después de breves preparativos, que a él le parecieron
demasiado largos. En fin, fui devuelta a aquella que me había dado la
vida y la hice presente de la ternura que otra la había robado, pero sin
olvidar tampoco mi reconocimiento para aquella al lado de la cual había
crecido. Yo era muy dichosa; ¡pero aquello duró tan poco!...
»Mi padre había concebido un proyecto digno de un alma tan noble, y mi
madre lo había aprobado. Las guerras civiles, que habían llegado a un
período culminante, abrían una carrera fácil a los hombres de
resolución, y él no desesperaba de adquirir, a los ojos de mi abuelo,
tales títulos de gloria, que le permitiese casarse. Fue por eso por lo
que nos abandonó, llevándose la esperanza de volver pronto para no
dejarnos ya más.
»Durante su ausencia, mi madre me había colocado en un colegio al cual
iba a verme con frecuencia. Pasaba allí por una huérfana y me guardaban
toda clase de consideraciones. Cuando estábamos solas, hablábamos de mi
padre y llorábamos largo tiempo juntas. Al cabo de algunos meses advertí
que aun tenía otros disgustos que no me decía, pero me limitaba a
afligirme en secreto y no le preguntaba nada. En fin, un día dejó de
visitarme; así pasó una semana, un mes, y nadie sabía darme razón de
ella. Comprendí que había acabado toda dicha para mí y que en vano
esperaría a mi madre. He aquí lo que había pasado:
»Las esperanzas de mi padre se habían realizado. Actos del mayor
heroísmo habían hecho que sus generales se fijasen en él y acababa de
ser promovido al grado de jefe de división.»
--Es verdad--exclamé yo interrumpiendo a Adela--, se llamaba Mario
Evrard.
--Ese era su nombre de guerra--contestó Adela.
--Sí--continué yo--, me acuerdo como si fuese ahora. El general, rodeado
de enemigos, estaba a punto de sucumbir; su caballo yacía muerto a sus
pies, y él mismo, gravemente herido, no oponía ya resistencia alguna. De
pronto, el capitán Evrard atraviesa por entre aquella multitud atónita
ante su temeridad, arranca al general de las manos que se disputan el
honor de darle el golpe de gracia, y vuelve a nuestras filas bajo una
lluvia de balas que no le alcanzaron. El grado de jefe de división fue,
en efecto, el premio de su valor, pero desapareció pocos días después, y
todos quedamos convencidos de que había perecido en una emboscada.
--Ahora voy a explicarle ese acontecimiento--continuó Adela--. Desde el
instante en que recibió ante sus compañeros el nuevo título con el cual
en lo sucesivo se le debía reconocer, menos orgulloso de aquella
distinción que, enajenado de poderlo hacer servir para el éxito de su
amor, corrió a arrojarse a los pies de mi abuelo y a confesarle su
falta, su arrepentimiento y sus deseos. Juzgue usted del contento que
sucedió en su alma a tantas inquietudes y dolores, cuando supo que se le
daba a mi madre por esposa. Pero, como a él no le bastaba con
experimentar semejante alegría, sintió la necesidad de hacerla
compartir. Saumur no estaba lejos del cuartel general del ejército. Dos
días de tregua le bastaron para escapar con el primer disfraz que
encontró y caer en los brazos de mi madre. El primer instante lo
dedicaron por completo al placer de volver a verse, el segundo a la
inquietud y al terror. Saumur pertenecía a los republicanos y mi padre
estaba proscrito.
»Aun no le he dicho a usted la causa de la sombría tristeza que noté en
mi madre la última vez que recibí su visita en el colegio. Un joven
caballero que acababa de dejar las banderas reales bajo el pretexto de
no sé qué comisión secreta, y que había obtenido de mi abuelo una
recomendación bastante vaga para mi familia, se había atrevido a
demostrar a mi madre unos sentimientos que ella no debía compartir más
que una vez. La pasión de aquel desconocido le era tanto más importuna
por cuanto todo la prevenía a la vez contra él y los informes
particulares la habían hecho entrar en una desconfianza respecto de él
que, aun en un corazón completamente libre, no se hubieran conciliado
jamás con el amor.
»No obstante su respeto por aquella recomendación sagrada, y sobre todo
su timidez natural, aumentada aún por el carácter despótico e impetuoso
de aquel hombre, la imponían una especie de sumisión, soportando
pacientemente sus impertinencias y disimulando en parte la aversión que
le inspiraba. En cuanto a él, convencido de que tenía un rival
afortunado, no descuidaba nada para encontrar alguna circunstancia que
confirmase sus sospechas, y la casualidad se puso al servicio de sus
celos de la manera más funesta, conduciéndole al lado de mi madre en el
momento en que recibía los últimos besos de su esposo.
»Nada puede dar idea de la cólera y de la furia de aquel loco a la vista
del hombre que le robaba el corazón en el cual se había prometido
reinar; llenó la casa con sus amenazas y sus gritos, y no temió provocar
a mi padre, cuya paciencia se agotó ante aquella nueva prueba de
audacia. Salieron los dos animados de los mismos sentimientos de odio y
se dirigieron a un lugar adecuado para poner fin a sus disputas,
mientras que mi madre esperaba su vida o su muerte del resultado de
aquel terrible duelo.
»Apenas se encuentran solos, mi padre arroja al suelo su capa y
descubre imprudentemente su pecho. Ya sabe usted que el noble corazón de
los vendeanos era la única condecoración de aquel ejército; su
adversario se da cuenta de ello, y viendo una ocasión de perderle sin
exponer su vida, lanza un grito al cual acuden una docena de bandidos, a
los cuales tenía sin duda apostados allí, para alguna otra cobardía.
«¡Detenedle--exclama--, es un oficial realista, un enemigo de la
república!» Mi padre lucha vanamente contra aquellos miserables que le
rodean, le desarman y le arrastran a un calabozo.
»Mientras tanto, mi madre contaba impacientemente las horas sin recibir
ninguna noticia consoladora y abandonándose a toda la amargura de sus
temores, menos terribles que la verdad, cuando un tumulto confuso que
subía de la calle, el redoble de un tambor periódicamente interrumpido,
y el rumor sordo de los pasos de un piquete... Perdone usted, señor
Gastón, que llore delante de usted, me costaría demasiado contener mi
dolor... La pobre escucha con ansiedad, corre, baja velozmente la
escalera, atraviesa la plaza, empuja a la multitud, llega al
destacamento, mira, lanza un grito y cae.
»¡Angélica! ¡Angélica mía, vuelve en ti! ¡Sé digna de tu padre y de tu
amigo! Vive para Adela y por mi memoria... Pero habla sin ser oído. Los
besos que deposita sobre sus ojos no la vuelven a la vida. Por fin los
separan; el tambor cesa de batir, la escolta se detiene. Mi madre ha
vuelto en sí; sus ojos se abren asustados y se pasean sobre todo lo que
la rodea. Aun es dichosa... No se acuerda de nada... pero una descarga
hiere sus oídos y cae de nuevo desmayada. ¡Mi padre ya no existe!
»Habían pasado tres meses desde aquel día, cuando fueron a buscarme al
colegio para llevarme al lado de mi madre. Estaba detenida en una casa
de reclusión y yo me presenté a ella entre bayonetas. Mi corazón no
olvidará jamás la tristeza y el espanto que le sobrecogieron cuando, a
través de aquel terrible aparato y detrás de aquellos hombres odiosos
cuya sola mirada me hacía estremecer, reconocí sobre un montón de paja
negra a mi madre, pálida, desfigurada, moribunda. Me arrojé en sus
brazos llorando con todas mis fuerzas, y preguntándole por qué la habían
encerrado allí y por qué la trataban de aquel modo. Ella me dijo sin
llorar, pero sus ojos estaban enrojecidos, lo que acabo de contarle, y
como yo no tenía ya nada más en el mundo que la piedad de mi madrina,
finalmente, con una voz apagada que arrancaba de su pecho con grandes
esfuerzos, me dijo: «Hija mía, mi pobre Adela, mi único amor, Dios te
proteja... y cuando El, en su bondad, te dé un esposo... ¿Lo oyes bien,
hija mía?--añadió levantando la cabeza y tomando un tono de voz lúgubre
y grave que aun resuena en mis oídos--, ¡que ese esposo vengue a tus
padres y que, a cambio de la sangre de tu padre asesinado, tome la
sangre de Maugis!»
Ante este nombre todos mis miembros se estremecieron, y Adela, que
atribuyó mi agitación a otra causa, continuó su relato:
«--Yo no quería abandonar a mi madre en el estado en que se hallaba y
permanecí sentada sobre la paja hasta la hora de cerrar los calabozos.
Pero entonces, uno de los carceleros me sacudió bruscamente y me dijo
que no podía sentarme allí. Mi madre parecía dormida; su tez estaba
coloreada y su respiración era rápida. Yo temí despertarla si la besaba,
y me contenté con poner mis labios sobre un extremo de su vestido.
Después, me hicieron entrar en la habitación del conserje, que permitió
que durmiese con sus hijos; pero yo no pude dormir a causa de mi
disgusto y de los ruidos que oía. Apenas me di cuenta de que se abrían
las puertas, corrí a la habitación de mi madre. Entro, busco, llamo,
pregunto; ya no estaba allí. Me dijeron que se la habían llevado.
¿Muerta? Lo cierto es que ya no he vuelto a besar a mi madre.»
Así se terminó, mi querido Eduardo, la historia de los padres de Adela;
y muchas veces, durante su relato, mis lágrimas se unieron a las suyas.
Sobre las consecuencias de esta confidencia y sobre las ideas nuevas,
que ha hecho nacer en mí, te abriré sinceramente mi corazón y pronto te
hablaré con el abandono sin reservas a que me da derecho nuestra
fraternal amistad. Por hoy, confórmate con tus propias sensaciones... Ya
comprenderás, mi querido Eduardo, que es un holocausto que debo a la
virtud, al honor y al amor. ¿No habrá nadie que me diga quién es Maugis?
_19 de mayo._
Es tiempo ya de que alivie mi corazón del peso que le embarga. Estos
días se me han hecho tan largos, como cortos los hubiera querido mi
impaciencia. ¿Qué consideraciones me detienen? me preguntaba yo, y
puesto que toda mi dicha es ella, ¿quién me impide cerciorarme de su
amor? No obstante, te lo confesaré, me parece que olvido mis
resoluciones cada vez que llega la ocasión de llevarlas a cabo, y así he
llegado hasta hoy. Te contaré el acontecimiento que ha triunfado de mi
indecisión.
He leído una novela nueva, cuyo héroe me ha conmovido--sea que su
situación tenga con la mía esas relaciones que nos identifican a
nuestro pesar con un desconocido, sea que se parezca algo al hombre que
yo hubiera querido ser si esto hubiese dependido de mí. Y no es que yo
apruebe absolutamente los caracteres novelescos, sobre todo en una
sociedad bien organizada, donde están casi siempre fuera de lugar por su
loca exageración y necia ingenuidad; pero hay ocasiones en que el
capricho de la imaginación más extravagante vale más que todo aquello
que uno está obligado a ver a su alrededor y que es como una
compensación de todas las tristes realidades del mundo. Viniendo al
hecho te diré que mi juicio sobre este héroe imaginario había sido para
la brillante Eudoxia un motivo inagotable de ironías, mientras que el
título de la novela excitaba cada vez más la curiosidad de Adela, y
aunque bien convencido de que nada hay más pernicioso para la curiosidad
de una joven cuya sensibilidad comienza a desarrollarse que la lectura
de una obra de ese género, y sabes tú, además, que no entra en mi manera
de ser calcular el efecto que podría producir sobre un alma ingenua y
tierna--¡combinación cobarde y odiosa cuya sola idea me subleva!--no he
podido negarme a dejarle ese libro; ¡tanto es el poder que ejerce sobre
mi voluntad el menor de sus deseos! Hoy, cuando ya empezaba a
impacientarme de la tardanza de Adela en pasar por el bosque, y recorría
agitadamente el sendero que conduce a Valency, la he visto venir con el
aire preocupado, la cabeza inclinada y el libro en la mano. Tan pronto
como me advirtió, me lo devolvió con una sonrisa triste y echó a andar a
mi lado sin decir nada. «Y bien--le dije yo--, ¿qué piensa usted de ese
loco, de ese insensato cuyo solo nombre subleva a la señorita Eudoxia?
¿Le parece a usted tan odioso?» Adela no me contestó nada, pero algunas
lágrimas rodaron por sus mejillas y su mano tembló en la mía. «¡Oh mi
buena Adela!--exclamé yo--, dichoso el corazón que sea el preferido del
tuyo, ¡mil veces dichoso el hombre a quien ames!» Y llevé con pasión
aquella mano que retenía a mis labios. «¡Qué hace usted, Gastón, señor
Gastón! ¡qué hace usted, en nombre del Cielo! Déjeme--continuó con voz
alterada--, ya sabe usted que soy Adela Evrard.» Mi pecho estaba
hinchado, mi cabeza turbada, mi respiración anhelante. «Adela, hermana
mía, esposa mía, mi bien amado, único objeto de todos mis pensamientos,
único encanto de mi existencia, mi consuelo, mi esperanza, eso es lo que
eres para tu Gastón.» Y mis lágrimas, lágrimas deliciosas, regaban mis
mejillas. Sintiéndome vacilar, me senté en uno de los bancos que, como
ya te he dicho, rodean la glorieta, y apoyé la cabeza sobre mis manos.
Pasado algún tiempo levanté los ojos, y vi a Adela de pie y vuelta al
otro lado, que confeccionaba un ramo de flores. Me levanté, fui hasta
donde estaba y le pasé dulcemente un brazo alrededor del cuello, sin
osar decir nada.
«Vea usted--me dijo--, vea usted las hermosas flores que he cogido;
quisiera saber cómo se llama ésta.» Era la encantadora flor que se llama
la silvia, porque no prospera más que en los lugares salvajes y a la
sombra de los bosques. Me acordé de la linda estrofa del poeta alemán y
la repetí en voz alta:
«Es la silvia, la fresca silvia, la dulce anémona de los bosques. No hay
ninguna florecilla que pueda rivalizar contigo en gracia y en belleza,
cuando tú balanceas al soplo del aire tu corona blanca y rosada. Toda la
pompa de las otras flores, sin exceptuar a la rosa, no puede compararse
con tu modesta belleza. Tu tallo enervado es el emblema de la
melancolía, y la movilidad de tu cáliz flotante expresa las agitaciones
de un corazón joven. Que el Cielo, ¡oh la más amable de las flores!,
multiplique a tu alrededor la blandura de los tapices húmedos, la
frescura de las nuevas sombras y el soplo de los nuevos céfiros. Esta
silvia, la fresca silvia, la flor de la soledad y de la primavera, la
dulce anémona de los bosques.»
Adela había olvidado ya su ramo e iba a dejarlo caer de su mano, cuando
yo me apoderé de él para llevarlo sobre mi corazón. Entonces me dijo
dulcemente: «Gastón, no volveré más.» No obstante, nuestro paseo fue
tranquilo. Y lo que es más singular, es que nuestra conversación era tan
vaga, como si se hubiese tratado de dos personas extrañas, y, sin
embargo, no hay ninguna de esas palabras indiferentes cuyo recuerdo no
me abrase el corazón. Cosas que no me hubieran parecido dignas de
atención en otras circunstancias; ¡producían sobre mí una impresión tan
extraña! ¡Oh encanto delicioso que lo anima todo, que lo embellece todo,
que esparce sobre la vida una luz de divinidad! Y los mismos sentidos,
alucinados por la embriaguez del alma, no sueñan más que perfumes,
luces, melodías celestes. Es el ideal de un paraíso.
Ya oigo la eterna cantinela del prejuicio que grita a mi oído: «Es la
hija ilegítima de Santiago Evrard. ¡Gastón, ésa es tu amante!» Sí, es la
hija ilegítima de Santiago Evrard y ése es, Adela mía, el más precioso
de tus títulos. Cuanto más desgraciada hayas sido, más delicias hallaré
para colmar tu porvenir de una dicha sin vicisitudes. ¡Ilegítima! ¿es
que el amor, la constancia, la gloria, los mismos deseos de tu abuelo,
no te han legitimado ya? Esa ceremonia fría y seria que se llama el
matrimonio, ¿hubiera ornado mejor tu nacimiento que el último beso que
se dieron tus padres ante Dios, el pueblo y los verdugos, que el
sacramento de sangre que los unió en la eternidad?... ¡La hija de Jacobo
Evrard! Campesino o soldado, ningún hombre le ha superado en nobleza, y
si la nobleza es el premio de las más raras acciones, ¿el que la
transmite a los suyos no es más noble que el que la recibe de él? ¡Nacer
noble es obra del azar! serlo por su valor es la más alta fortuna del
heroísmo. ¡Un campesino! dicen. ¿Es que no sabéis, ridículos seres, que
la nobleza data de las grandes revoluciones políticas, que nace,
envejece y se renueva con los imperios? La verdadera nobleza, como se
entiende, en las monarquías, nace con un rey y muere con él. No brilla
más que alrededor de un trono que se eleva o de un trono que cae. Los
guerreros que levantan un rey sobre su bandera, los guerreros que mueren
con su raza, he ahí a los nobles. Yo no reconozco más títulos que los
que se han sellado con la espada o sancionado en el cadalso. El resto
no es más que un estado llano ilustrado con cartas de nobleza.
Además, ¿qué importa en la situación actual de la sociedad? Después de
un orden de cosas que ha terminado, no son los nobles los que quedan,
sino los héroes. Nadie se preocupa más ahora del padre de Coriolano que
del de Espartaco.
Y después de todo, ¿tengo necesidad de buscar tantos razonamientos para
justificar lo que en mí es ya una resolución invariable? ¿No basta para
mí y para todos los que me aman que este afecto sea el único capaz de
hacerme gozar de una pura felicidad? ¿Cederé al temor de los rumores
imbéciles del populacho distinguido? ¿Careceré de fuerza para desafiar
la censura de esos corazones estériles, llenos de orgullo y de egoísmo,
las burlas de alguna mujer altanera, el desprecio de algún miserable
enriquecido?
No, Eduardo, no, porque me siento libre.
Ya sé que será preciso evitar, huir de esa sociedad cuyo aprecio tanto
buscan los otros, y que prodiga éste o lo retira de acuerdo con las
reglas más extrañas y más inciertas. Tanto mejor. Yo siempre he
aspirado a circunscribir mi vida, a encerrarme en el círculo de algún
afecto, a no dar a las conveniencias y a las costumbres comunes más que
aquello que no les puedo quitar. Trataré de vivir para mí. Y ahora
pueden venir a estrellarse alrededor de mi retiro, como al pie de una
roca inquebrantable, todas las tempestades del mundo, y desvanecerse,
sin llegar hasta mi corazón, los murmullos insensatos del odio y de las
prevenciones. ¡Cuánta piedad me inspiran esos desgraciados atormentados
por la necesidad de vivir en contacto con todo lo que les rodea, que
marchan apresurados en medio de la multitud, apartando penosamente lo
que se opone a su paso, empujando a los débiles o pisoteándolos, y
siempre dispuestos a sacrificar víctimas humanas a sus prejuicios, como
los bárbaros a sus dioses!
_25 de mayo._
Estos últimos días tienen la frescura de uno de esos sueños consoladores
que uno teme ver acabar; y cuando pienso que ya hace muchas semanas que
dura este encanto y consulto con mi corazón para convencerme de que no
es una de esas ilusiones acostumbradas, una multitud de presentimientos
terribles se acumulan de pronto en mi pensamiento y descubro en mí una
conciencia vaga, pero infalible, de una gran desgracia futura. Oigo
decir a muchas gentes, deplorando la muerte de un amigo, que la muerte
no quiere más que a los dichosos y que es bien cruel ser herido por ella
en medio de la juventud y de los placeres, en el mismo instante en que
todo comienza a sonreírnos y a halagarnos. Y, no obstante, es entonces
cuando deberíamos morir, antes de que el telón descendiese sobre
nuestras quimeras, cuando el encanto dura aún y el bien pasajero de que
disfrutamos no se ha convertido en irreparables dolores. Con frecuencia
me siento poseído de una alegría tan poderosa que entonces reúno todas
las fuerzas de mis sentidos para gustar la posesión de este presente
fugitivo y fijarlo por un momento. En ese estado quisiera morir.
¿Concibes tú cuán amarga y cuán espantosa es la muerte de un infortunado
que lo abandona todo; desengañado de la existencia, asustado de la nada,
rechazando, para morir más tranquilo, algún dulce recuerdo cuyo
contraste haría aún más horrorosa su agonía, y exhalando el último
suspiro entre unos brazos fríos y sobre un pecho que no se agita?