Yo no te había dado sobre el origen de Adela más que informes

imperfectos, recogidos del vulgo. La señora Adelaida me había dicho algo

más, pero no lo suficiente para satisfacer mi curiosidad, que, por otra

parte, temo mostrar demasiado abiertamente. En fin, el otro día, me

informé por la misma Adela, mientras la acompañaba del bosque a la

aldea, abordando con todos los rodeos que exigía una cuestión tan

delicada; y como este relato no carece de interés ni aun para las

personas más extrañas a todo lo que me atañe, quiero hacértelo oír de

labios de la propia Adela, tal como yo lo he oído. Perdóname si, con la

sencillez de sus palabras, no he tenido la dicha de conservar su gracia

natural y esa efusión tan fácil y tan conmovedora de sentimientos que

le presta el encanto más atractivo. Hay cosas que no se pueden expresar.

«--Mi padre--me dijo Adela--nació en Valency, de una familia de

labradores muy ricos. Se llamaba Jaime Evrard, y como anunciaba un

talento y unos modales muy superiores a la mayoría, sus padres

resolvieron darle una educación adecuada que le hiciera apto para seguir

una carrera más brillante en el mundo que la que ellos habían recorrido.

Sus progresos superaron a todas las esperanzas, pero inútilmente. En

aquel tiempo llovieron las desgracias sobre mi abuelo; malas cosechas,

dos incendios que consumieron sucesivamente su casa y su granja y, en

fin, la pérdida de un proceso considerable, cambiaron su fortuna en

miseria. Era imposible llevar a la práctica los proyectos que tenía

sobre mi padre y se entregó a la desesperación.

»Jaime Evrard entró en un regimiento que estaba de guarnición en Saumur.

En aquella época mi padre era aún muy joven, de una figura arrogante y

simpática, de un valor a toda prueba, y a esto unía gran número de esos

talentos agradables que abren a los que los poseen las puertas de todas

las sociedades. Estimado por su coronel y por sus oficiales, había ya

ascendido dos veces seguidas con una rapidez insólita en el servicio,

pero sin que despertase la menor envidia en sus camaradas, que hacían

sincera justicia a sus condiciones. En fin, la mayor parte de sus

superiores se habían acostumbrado por anticipado a mirarle como a un

igual. El azar hizo que una señorita de aquella ciudad, que pertenecía a

una noble familia, se fijase en él y que, sin darse cuenta de su

inclinación, se acostumbraban de tal modo a él, que no podía pasar sin

verle. Bien pronto sintió que aquella inclinación era amor, pero era

tarde para poner remedio; por lo menos ella lo creyó así, y mi padre con

ella. ¿Qué más le diré, señor Gastón? Yo fui el fruto de aquel error.

»Mi madre no pudo disimular su falta a sus padres, y éstos, aunque

cariñosos y buenos, eran demasiado orgullosos para tolerar que Jaime

Evrard la reparase. Se limitaron a tomar las precauciones necesarias

para ocultar mi nacimiento a todo el mundo, y me enviaron con mi nodriza

a esta aldea, donde fui bautizada bajo los auspicios de la señora

priora. Ya comprenderá usted que no me dieron este asilo sin motivo, y

que mi madre se complacía pensando que yo crecería bajo los ojos de un

padre atento, a todas mis necesidades. En efecto, habiendo cumplido el

tiempo de su compromiso, sacrificó algún tiempo después la esperanza de

todo ascenso para tener el placer de no alejarse de mi lado y de ver

desarrollarse poco a poco en mis facciones el parecido con una persona

que le era tan querida. Aun fue más lejos en su ternura. ¿Se hubiera

considerado dichoso si no me hubiese podido llamar su hija? La nodriza

que me había dado, joven y desgraciada víctima de una inclinación

engañadora, pasó por mi madre y su esposa. Unicamente la señora Adelaida

estaba en el secreto.

»Así fui educada y, a decir verdad, mi infancia no transcurrió sin

alegrías. La amistad de mi buena madrina, los cuidados atentos y

verdaderamente maternales de la nodriza, a la que yo creo con títulos

aún más sagrados a mi reconocimiento, y sobre todo el afecto de mi

padre, lo embellecían todo. Unicamente, cuando volvía del campo le

sentía aún algunas veces bañarme con sus lágrimas, pero yo no me

inquietaba, pensando que lloraba de alegría.

»No obstante, mi verdadera madre continuaba profesándonos el mismo

cariño. Escribía con frecuencia a mi padre, y le comunicaba sus pesares

y sus esperanzas. Hacia el tercero o cuarto año de la Revolución, su

padre la dejó sola en Saumur, para ir a servir al rey en su ejército de

la Vendée, y ella entonces quiso aprovechar la libertad de que gozaba

para verme; porque hacía mucho tiempo que había perdido a su madre. Fue

un hermoso día para nosotros aquel en que nos llegó la noticia del

inesperado viaje. Aun cuando yo fuese muy joven para comprender

claramente aquellas cosas, mi padre me las hizo comprender como mejor

pudo, y partimos después de breves preparativos, que a él le parecieron

demasiado largos. En fin, fui devuelta a aquella que me había dado la

vida y la hice presente de la ternura que otra la había robado, pero sin

olvidar tampoco mi reconocimiento para aquella al lado de la cual había

crecido. Yo era muy dichosa; ¡pero aquello duró tan poco!...

»Mi padre había concebido un proyecto digno de un alma tan noble, y mi

madre lo había aprobado. Las guerras civiles, que habían llegado a un

período culminante, abrían una carrera fácil a los hombres de

resolución, y él no desesperaba de adquirir, a los ojos de mi abuelo,

tales títulos de gloria, que le permitiese casarse. Fue por eso por lo

que nos abandonó, llevándose la esperanza de volver pronto para no

dejarnos ya más.

»Durante su ausencia, mi madre me había colocado en un colegio al cual

iba a verme con frecuencia. Pasaba allí por una huérfana y me guardaban

toda clase de consideraciones. Cuando estábamos solas, hablábamos de mi

padre y llorábamos largo tiempo juntas. Al cabo de algunos meses advertí

que aun tenía otros disgustos que no me decía, pero me limitaba a

afligirme en secreto y no le preguntaba nada. En fin, un día dejó de

visitarme; así pasó una semana, un mes, y nadie sabía darme razón de

ella. Comprendí que había acabado toda dicha para mí y que en vano

esperaría a mi madre. He aquí lo que había pasado:

»Las esperanzas de mi padre se habían realizado. Actos del mayor

heroísmo habían hecho que sus generales se fijasen en él y acababa de

ser promovido al grado de jefe de división.»

--Es verdad--exclamé yo interrumpiendo a Adela--, se llamaba Mario

Evrard.

--Ese era su nombre de guerra--contestó Adela.

--Sí--continué yo--, me acuerdo como si fuese ahora. El general, rodeado

de enemigos, estaba a punto de sucumbir; su caballo yacía muerto a sus

pies, y él mismo, gravemente herido, no oponía ya resistencia alguna. De

pronto, el capitán Evrard atraviesa por entre aquella multitud atónita

ante su temeridad, arranca al general de las manos que se disputan el

honor de darle el golpe de gracia, y vuelve a nuestras filas bajo una

lluvia de balas que no le alcanzaron. El grado de jefe de división fue,

en efecto, el premio de su valor, pero desapareció pocos días después, y

todos quedamos convencidos de que había perecido en una emboscada.

--Ahora voy a explicarle ese acontecimiento--continuó Adela--. Desde el

instante en que recibió ante sus compañeros el nuevo título con el cual

en lo sucesivo se le debía reconocer, menos orgulloso de aquella

distinción que, enajenado de poderlo hacer servir para el éxito de su

amor, corrió a arrojarse a los pies de mi abuelo y a confesarle su

falta, su arrepentimiento y sus deseos. Juzgue usted del contento que

sucedió en su alma a tantas inquietudes y dolores, cuando supo que se le

daba a mi madre por esposa. Pero, como a él no le bastaba con

experimentar semejante alegría, sintió la necesidad de hacerla

compartir. Saumur no estaba lejos del cuartel general del ejército. Dos

días de tregua le bastaron para escapar con el primer disfraz que

encontró y caer en los brazos de mi madre. El primer instante lo

dedicaron por completo al placer de volver a verse, el segundo a la

inquietud y al terror. Saumur pertenecía a los republicanos y mi padre

estaba proscrito.

»Aun no le he dicho a usted la causa de la sombría tristeza que noté en

mi madre la última vez que recibí su visita en el colegio. Un joven

caballero que acababa de dejar las banderas reales bajo el pretexto de

no sé qué comisión secreta, y que había obtenido de mi abuelo una

recomendación bastante vaga para mi familia, se había atrevido a

demostrar a mi madre unos sentimientos que ella no debía compartir más

que una vez. La pasión de aquel desconocido le era tanto más importuna

por cuanto todo la prevenía a la vez contra él y los informes

particulares la habían hecho entrar en una desconfianza respecto de él

que, aun en un corazón completamente libre, no se hubieran conciliado

jamás con el amor.

»No obstante su respeto por aquella recomendación sagrada, y sobre todo

su timidez natural, aumentada aún por el carácter despótico e impetuoso

de aquel hombre, la imponían una especie de sumisión, soportando

pacientemente sus impertinencias y disimulando en parte la aversión que

le inspiraba. En cuanto a él, convencido de que tenía un rival

afortunado, no descuidaba nada para encontrar alguna circunstancia que

confirmase sus sospechas, y la casualidad se puso al servicio de sus

celos de la manera más funesta, conduciéndole al lado de mi madre en el

momento en que recibía los últimos besos de su esposo.

»Nada puede dar idea de la cólera y de la furia de aquel loco a la vista

del hombre que le robaba el corazón en el cual se había prometido

reinar; llenó la casa con sus amenazas y sus gritos, y no temió provocar

a mi padre, cuya paciencia se agotó ante aquella nueva prueba de

audacia. Salieron los dos animados de los mismos sentimientos de odio y

se dirigieron a un lugar adecuado para poner fin a sus disputas,

mientras que mi madre esperaba su vida o su muerte del resultado de

aquel terrible duelo.

»Apenas se encuentran solos, mi padre arroja al suelo su capa y

descubre imprudentemente su pecho. Ya sabe usted que el noble corazón de

los vendeanos era la única condecoración de aquel ejército; su

adversario se da cuenta de ello, y viendo una ocasión de perderle sin

exponer su vida, lanza un grito al cual acuden una docena de bandidos, a

los cuales tenía sin duda apostados allí, para alguna otra cobardía.

«¡Detenedle--exclama--, es un oficial realista, un enemigo de la

república!» Mi padre lucha vanamente contra aquellos miserables que le

rodean, le desarman y le arrastran a un calabozo.

»Mientras tanto, mi madre contaba impacientemente las horas sin recibir

ninguna noticia consoladora y abandonándose a toda la amargura de sus

temores, menos terribles que la verdad, cuando un tumulto confuso que

subía de la calle, el redoble de un tambor periódicamente interrumpido,

y el rumor sordo de los pasos de un piquete... Perdone usted, señor

Gastón, que llore delante de usted, me costaría demasiado contener mi

dolor... La pobre escucha con ansiedad, corre, baja velozmente la

escalera, atraviesa la plaza, empuja a la multitud, llega al

destacamento, mira, lanza un grito y cae.

»¡Angélica! ¡Angélica mía, vuelve en ti! ¡Sé digna de tu padre y de tu

amigo! Vive para Adela y por mi memoria... Pero habla sin ser oído. Los

besos que deposita sobre sus ojos no la vuelven a la vida. Por fin los

separan; el tambor cesa de batir, la escolta se detiene. Mi madre ha

vuelto en sí; sus ojos se abren asustados y se pasean sobre todo lo que

la rodea. Aun es dichosa... No se acuerda de nada... pero una descarga

hiere sus oídos y cae de nuevo desmayada. ¡Mi padre ya no existe!

»Habían pasado tres meses desde aquel día, cuando fueron a buscarme al

colegio para llevarme al lado de mi madre. Estaba detenida en una casa

de reclusión y yo me presenté a ella entre bayonetas. Mi corazón no

olvidará jamás la tristeza y el espanto que le sobrecogieron cuando, a

través de aquel terrible aparato y detrás de aquellos hombres odiosos

cuya sola mirada me hacía estremecer, reconocí sobre un montón de paja

negra a mi madre, pálida, desfigurada, moribunda. Me arrojé en sus

brazos llorando con todas mis fuerzas, y preguntándole por qué la habían

encerrado allí y por qué la trataban de aquel modo. Ella me dijo sin

llorar, pero sus ojos estaban enrojecidos, lo que acabo de contarle, y

como yo no tenía ya nada más en el mundo que la piedad de mi madrina,

finalmente, con una voz apagada que arrancaba de su pecho con grandes

esfuerzos, me dijo: «Hija mía, mi pobre Adela, mi único amor, Dios te

proteja... y cuando El, en su bondad, te dé un esposo... ¿Lo oyes bien,

hija mía?--añadió levantando la cabeza y tomando un tono de voz lúgubre

y grave que aun resuena en mis oídos--, ¡que ese esposo vengue a tus

padres y que, a cambio de la sangre de tu padre asesinado, tome la

sangre de Maugis!»

Ante este nombre todos mis miembros se estremecieron, y Adela, que

atribuyó mi agitación a otra causa, continuó su relato:

«--Yo no quería abandonar a mi madre en el estado en que se hallaba y

permanecí sentada sobre la paja hasta la hora de cerrar los calabozos.

Pero entonces, uno de los carceleros me sacudió bruscamente y me dijo

que no podía sentarme allí. Mi madre parecía dormida; su tez estaba

coloreada y su respiración era rápida. Yo temí despertarla si la besaba,

y me contenté con poner mis labios sobre un extremo de su vestido.

Después, me hicieron entrar en la habitación del conserje, que permitió

que durmiese con sus hijos; pero yo no pude dormir a causa de mi

disgusto y de los ruidos que oía. Apenas me di cuenta de que se abrían

las puertas, corrí a la habitación de mi madre. Entro, busco, llamo,

pregunto; ya no estaba allí. Me dijeron que se la habían llevado.

¿Muerta? Lo cierto es que ya no he vuelto a besar a mi madre.»

Así se terminó, mi querido Eduardo, la historia de los padres de Adela;

y muchas veces, durante su relato, mis lágrimas se unieron a las suyas.

Sobre las consecuencias de esta confidencia y sobre las ideas nuevas,

que ha hecho nacer en mí, te abriré sinceramente mi corazón y pronto te

hablaré con el abandono sin reservas a que me da derecho nuestra

fraternal amistad. Por hoy, confórmate con tus propias sensaciones... Ya

comprenderás, mi querido Eduardo, que es un holocausto que debo a la

virtud, al honor y al amor. ¿No habrá nadie que me diga quién es Maugis?

_19 de mayo._

Es tiempo ya de que alivie mi corazón del peso que le embarga. Estos

días se me han hecho tan largos, como cortos los hubiera querido mi

impaciencia. ¿Qué consideraciones me detienen? me preguntaba yo, y

puesto que toda mi dicha es ella, ¿quién me impide cerciorarme de su

amor? No obstante, te lo confesaré, me parece que olvido mis

resoluciones cada vez que llega la ocasión de llevarlas a cabo, y así he

llegado hasta hoy. Te contaré el acontecimiento que ha triunfado de mi

indecisión.

He leído una novela nueva, cuyo héroe me ha conmovido--sea que su

situación tenga con la mía esas relaciones que nos identifican a

nuestro pesar con un desconocido, sea que se parezca algo al hombre que

yo hubiera querido ser si esto hubiese dependido de mí. Y no es que yo

apruebe absolutamente los caracteres novelescos, sobre todo en una

sociedad bien organizada, donde están casi siempre fuera de lugar por su

loca exageración y necia ingenuidad; pero hay ocasiones en que el

capricho de la imaginación más extravagante vale más que todo aquello

que uno está obligado a ver a su alrededor y que es como una

compensación de todas las tristes realidades del mundo. Viniendo al

hecho te diré que mi juicio sobre este héroe imaginario había sido para

la brillante Eudoxia un motivo inagotable de ironías, mientras que el

título de la novela excitaba cada vez más la curiosidad de Adela, y

aunque bien convencido de que nada hay más pernicioso para la curiosidad

de una joven cuya sensibilidad comienza a desarrollarse que la lectura

de una obra de ese género, y sabes tú, además, que no entra en mi manera

de ser calcular el efecto que podría producir sobre un alma ingenua y

tierna--¡combinación cobarde y odiosa cuya sola idea me subleva!--no he

podido negarme a dejarle ese libro; ¡tanto es el poder que ejerce sobre

mi voluntad el menor de sus deseos! Hoy, cuando ya empezaba a

impacientarme de la tardanza de Adela en pasar por el bosque, y recorría

agitadamente el sendero que conduce a Valency, la he visto venir con el

aire preocupado, la cabeza inclinada y el libro en la mano. Tan pronto

como me advirtió, me lo devolvió con una sonrisa triste y echó a andar a

mi lado sin decir nada. «Y bien--le dije yo--, ¿qué piensa usted de ese

loco, de ese insensato cuyo solo nombre subleva a la señorita Eudoxia?

¿Le parece a usted tan odioso?» Adela no me contestó nada, pero algunas

lágrimas rodaron por sus mejillas y su mano tembló en la mía. «¡Oh mi

buena Adela!--exclamé yo--, dichoso el corazón que sea el preferido del

tuyo, ¡mil veces dichoso el hombre a quien ames!» Y llevé con pasión

aquella mano que retenía a mis labios. «¡Qué hace usted, Gastón, señor

Gastón! ¡qué hace usted, en nombre del Cielo! Déjeme--continuó con voz

alterada--, ya sabe usted que soy Adela Evrard.» Mi pecho estaba

hinchado, mi cabeza turbada, mi respiración anhelante. «Adela, hermana

mía, esposa mía, mi bien amado, único objeto de todos mis pensamientos,

único encanto de mi existencia, mi consuelo, mi esperanza, eso es lo que

eres para tu Gastón.» Y mis lágrimas, lágrimas deliciosas, regaban mis

mejillas. Sintiéndome vacilar, me senté en uno de los bancos que, como

ya te he dicho, rodean la glorieta, y apoyé la cabeza sobre mis manos.

Pasado algún tiempo levanté los ojos, y vi a Adela de pie y vuelta al

otro lado, que confeccionaba un ramo de flores. Me levanté, fui hasta

donde estaba y le pasé dulcemente un brazo alrededor del cuello, sin

osar decir nada.

«Vea usted--me dijo--, vea usted las hermosas flores que he cogido;

quisiera saber cómo se llama ésta.» Era la encantadora flor que se llama

la silvia, porque no prospera más que en los lugares salvajes y a la

sombra de los bosques. Me acordé de la linda estrofa del poeta alemán y

la repetí en voz alta:

«Es la silvia, la fresca silvia, la dulce anémona de los bosques. No hay

ninguna florecilla que pueda rivalizar contigo en gracia y en belleza,

cuando tú balanceas al soplo del aire tu corona blanca y rosada. Toda la

pompa de las otras flores, sin exceptuar a la rosa, no puede compararse

con tu modesta belleza. Tu tallo enervado es el emblema de la

melancolía, y la movilidad de tu cáliz flotante expresa las agitaciones

de un corazón joven. Que el Cielo, ¡oh la más amable de las flores!,

multiplique a tu alrededor la blandura de los tapices húmedos, la

frescura de las nuevas sombras y el soplo de los nuevos céfiros. Esta

silvia, la fresca silvia, la flor de la soledad y de la primavera, la

dulce anémona de los bosques.»

Adela había olvidado ya su ramo e iba a dejarlo caer de su mano, cuando

yo me apoderé de él para llevarlo sobre mi corazón. Entonces me dijo

dulcemente: «Gastón, no volveré más.» No obstante, nuestro paseo fue

tranquilo. Y lo que es más singular, es que nuestra conversación era tan

vaga, como si se hubiese tratado de dos personas extrañas, y, sin

embargo, no hay ninguna de esas palabras indiferentes cuyo recuerdo no

me abrase el corazón. Cosas que no me hubieran parecido dignas de

atención en otras circunstancias; ¡producían sobre mí una impresión tan

extraña! ¡Oh encanto delicioso que lo anima todo, que lo embellece todo,

que esparce sobre la vida una luz de divinidad! Y los mismos sentidos,

alucinados por la embriaguez del alma, no sueñan más que perfumes,

luces, melodías celestes. Es el ideal de un paraíso.

Ya oigo la eterna cantinela del prejuicio que grita a mi oído: «Es la

hija ilegítima de Santiago Evrard. ¡Gastón, ésa es tu amante!» Sí, es la

hija ilegítima de Santiago Evrard y ése es, Adela mía, el más precioso

de tus títulos. Cuanto más desgraciada hayas sido, más delicias hallaré

para colmar tu porvenir de una dicha sin vicisitudes. ¡Ilegítima! ¿es

que el amor, la constancia, la gloria, los mismos deseos de tu abuelo,

no te han legitimado ya? Esa ceremonia fría y seria que se llama el

matrimonio, ¿hubiera ornado mejor tu nacimiento que el último beso que

se dieron tus padres ante Dios, el pueblo y los verdugos, que el

sacramento de sangre que los unió en la eternidad?... ¡La hija de Jacobo

Evrard! Campesino o soldado, ningún hombre le ha superado en nobleza, y

si la nobleza es el premio de las más raras acciones, ¿el que la

transmite a los suyos no es más noble que el que la recibe de él? ¡Nacer

noble es obra del azar! serlo por su valor es la más alta fortuna del

heroísmo. ¡Un campesino! dicen. ¿Es que no sabéis, ridículos seres, que

la nobleza data de las grandes revoluciones políticas, que nace,

envejece y se renueva con los imperios? La verdadera nobleza, como se

entiende, en las monarquías, nace con un rey y muere con él. No brilla

más que alrededor de un trono que se eleva o de un trono que cae. Los

guerreros que levantan un rey sobre su bandera, los guerreros que mueren

con su raza, he ahí a los nobles. Yo no reconozco más títulos que los

que se han sellado con la espada o sancionado en el cadalso. El resto

no es más que un estado llano ilustrado con cartas de nobleza.

Además, ¿qué importa en la situación actual de la sociedad? Después de

un orden de cosas que ha terminado, no son los nobles los que quedan,

sino los héroes. Nadie se preocupa más ahora del padre de Coriolano que

del de Espartaco.

Y después de todo, ¿tengo necesidad de buscar tantos razonamientos para

justificar lo que en mí es ya una resolución invariable? ¿No basta para

mí y para todos los que me aman que este afecto sea el único capaz de

hacerme gozar de una pura felicidad? ¿Cederé al temor de los rumores

imbéciles del populacho distinguido? ¿Careceré de fuerza para desafiar

la censura de esos corazones estériles, llenos de orgullo y de egoísmo,

las burlas de alguna mujer altanera, el desprecio de algún miserable

enriquecido?

No, Eduardo, no, porque me siento libre.

Ya sé que será preciso evitar, huir de esa sociedad cuyo aprecio tanto

buscan los otros, y que prodiga éste o lo retira de acuerdo con las

reglas más extrañas y más inciertas. Tanto mejor. Yo siempre he

aspirado a circunscribir mi vida, a encerrarme en el círculo de algún

afecto, a no dar a las conveniencias y a las costumbres comunes más que

aquello que no les puedo quitar. Trataré de vivir para mí. Y ahora

pueden venir a estrellarse alrededor de mi retiro, como al pie de una

roca inquebrantable, todas las tempestades del mundo, y desvanecerse,

sin llegar hasta mi corazón, los murmullos insensatos del odio y de las

prevenciones. ¡Cuánta piedad me inspiran esos desgraciados atormentados

por la necesidad de vivir en contacto con todo lo que les rodea, que

marchan apresurados en medio de la multitud, apartando penosamente lo

que se opone a su paso, empujando a los débiles o pisoteándolos, y

siempre dispuestos a sacrificar víctimas humanas a sus prejuicios, como

los bárbaros a sus dioses!

_25 de mayo._

Estos últimos días tienen la frescura de uno de esos sueños consoladores

que uno teme ver acabar; y cuando pienso que ya hace muchas semanas que

dura este encanto y consulto con mi corazón para convencerme de que no

es una de esas ilusiones acostumbradas, una multitud de presentimientos

terribles se acumulan de pronto en mi pensamiento y descubro en mí una

conciencia vaga, pero infalible, de una gran desgracia futura. Oigo

decir a muchas gentes, deplorando la muerte de un amigo, que la muerte

no quiere más que a los dichosos y que es bien cruel ser herido por ella

en medio de la juventud y de los placeres, en el mismo instante en que

todo comienza a sonreírnos y a halagarnos. Y, no obstante, es entonces

cuando deberíamos morir, antes de que el telón descendiese sobre

nuestras quimeras, cuando el encanto dura aún y el bien pasajero de que

disfrutamos no se ha convertido en irreparables dolores. Con frecuencia

me siento poseído de una alegría tan poderosa que entonces reúno todas

las fuerzas de mis sentidos para gustar la posesión de este presente

fugitivo y fijarlo por un momento. En ese estado quisiera morir.

¿Concibes tú cuán amarga y cuán espantosa es la muerte de un infortunado

que lo abandona todo; desengañado de la existencia, asustado de la nada,

rechazando, para morir más tranquilo, algún dulce recuerdo cuyo

contraste haría aún más horrorosa su agonía, y exhalando el último

suspiro entre unos brazos fríos y sobre un pecho que no se agita?

El pintor de Salzburgo · 第 7 / 9 段