equivocaba cuando te escribía que la paz del campo convenía a maravilla
a mi situación actual y cuando yo concretaba toda mi felicidad en dejar
transcurrir oscuramente mis días. Ya veo, pues, que el giro novelesco y
la exaltación de mis ideas obedecían a otras causas que a las locas
pasiones de la juventud, y esto es lo que nunca han querido comprender
los que me conocen. Y es que yo tengo una conciencia de mí mismo que
raramente me engaña.
_3 de mayo._
Ayer por la tarde, cuando acababa de escribirte, Latour entró en mi
habitación con un aire inquieto y hasta algo asustado. Sé sentó a cierta
distancia de mí, guardó por algún tiempo un silencio sombrío, y después
empezó a murmurar no sé qué entre dientes. «¿De qué se trata--le dije--,
mi pobre Latour?» «Que pierda mi nombre--continuó como si hablase
solo--, si no es Maugis, el infame, el execrable Maugis. ¿Se acuerda el
señor de aquel aventurero que se presentó al general con falsos poderes,
que aprovechó cobardemente para entregar al enemigo un destacamento
considerable de los nuestros, y que se substrajo, desgraciadamente, por
una pronta huida al castigo que merecía?» «He oído hablar de ese
miserable, y creo, como tú, Latour, que se llamaba, efectivamente,
Maugis, sea con la única intención de ocultar su verdadero nombre, sea
por seguir la costumbre bastante rara de nuestros oficiales; pero, ¿a
santo de qué?...» «¿A santo de qué?--exclamó--. Ese infernal Maugis, que
yo hubiese reconocido entre mil, no es otro que el honrado Ferreol de
Montbreuse, que usted ha visto hoy, y, sin temor a equivocarme,
afirmaré que no hay otro Maugis. ¡Rabia y maldición! ¡Es una vergüenza
para la Providencia ver gentes así gozar del aire y del sol!»
Me costó gran trabajo apaciguar la cólera de Latour y hacerle comprender
que era imposible que sus sospechas fuesen fundadas, por lo que salió
más extrañado de mi incredulidad que convencido de mis razones.
Me estaba reservado para hoy sostener una discusión más difícil,
discusión para la cual, por lo que te vengo escribiendo desde hace
algunos días, estarías seguramente más preparado que yo. Mi madre me ha
hecho entrar en sus habitaciones para hablar de cosas serias, muy
serias, en efecto. Se trataba de perpetuar mi nombre ilustrándolo con
una noble alianza. Fíjate bien, ¡ilustrar el nombre de mi padre! «Ya
debía saber--ha añadido--que la nobleza de mi familia, por parte de mi
padre, no respondía del todo al brillo de mi fortuna; y si la fortuna
tiene alguna ventaja, ¿no es, sobre todo, la de favorecer uniones
honorables que dan relieve al esplendor de nuestros propios títulos y
los transmiten aún más gloriosos a nuestros hijos?» Y luego me ha hecho
comprender modestamente que era una combinación de este género, a la que
debía yo tener la madre que tenía. ¡Y yo que creí deberla a la
naturaleza y al amor! ¿Cómo te lo diré? Los Valency son menos ricos que
yo; Eudoxia es menos rica que yo; pero es noble como mi madre y piensa
como ella. El resto ya puedes adivinarlo.
Todo esto me ha producido una sorpresa tan viva y tan dolorosa, que he
tardado mucho tiempo en buscar una idea, y más aún en encontrar una
expresión. Todo lo que puedo recordar, y aun muy vagamente, de aquellos
instantes de confusión y de ira, es que pronuncié algunas palabras en
solicitud de un plazo de unos meses para dedicarlos a la reflexión y
seguramente, añadí, para que no se hiciera ilusiones, que de otro modo
nada obtendrían de mí, porque mi madre salió dirigiéndome una mirada más
severa que de costumbre. Es, no obstante, probable que no haya esperado
ganar gran cosa haciendo violencia a mi corazón, porque ha accedido a mi
demanda antes de que yo hubiese encontrado fuerzas para renovarla. Por
lo demás, espera mi resolución dentro de seis semanas, y no es de
suponer que en ese tiempo haya yo cambiado de modo de pensar.
Quiero decirte con esto que he tomado mi resolución en el mismo
instante, y que ésta es invariable como los principios que, hasta hoy,
han dirigido mi vida. No, no compraré mi dicha, y estoy seguro de que la
Eudoxia no me haría dichoso; no compraré con mi tranquilidad, con mi
libertad, con la incertidumbre deliciosa de mis esperanzas, el ridículo
honor de asociar mi nombre al de una mujer a la que no puedo amar. Si yo
concedo algún valor a mi fortuna y a la situación que ocupo en la
sociedad, es, sobre todo, por la independencia que me da y por la
inmensa amplitud que deja a mis elecciones; porque, en fin... a ti bien
puedo decírtelo, porque preferiría cien veces favorecer a mi mujer con
mi casamiento que no que ella me favoreciese a mí. Soy demasiado
orgulloso para consentir en aumentar por un préstamo tan odioso la suma
de mi valor personal y para dar esta ventaja sobre mí a la vanidad de
una mujer. Antes de sufrir semejante humillación me casaría con la misma
Adela. ¡Adela! ¡Ya lo creo!
_5 de mayo._
Hay ciertos días, días pasados demasiado a prisa, que el azar, que la
Providencia nos trae cuando nuestro corazón, demasiado fatigado por los
disgustos, tiene necesidad, para no ceder, de volver a saborear la
felicidad, y que compensarían, ellos solos, toda una eternidad de
abandono y de dolores. Si me fuera dable, yo pediría: Que ese día me sea
devuelto, que vuelva a comenzar con todos sus encantos, con todas sus
ilusiones; que me sea permitido vivirlo como la primera vez, sin que
nada distraiga mi pensamiento, gustar sus placeres con la misma
confianza, con el mismo abandono, agotar sus delicias; ¡y después que la
nada comience su obra!
Cerca del castillo de Valency yo había notado en el bosque un lugar
fresco y ameno en el que mueren encantadores senderos que parten de las
aldeas inmediatas y que más lejos van a perderse en la llanura. Esta
especie de vestíbulo de verdura, agradablemente sombreado por una amplia
bóveda de follaje y tapizado de un césped florido del que se exhalan los
más dulces olores, ofrece en todas partes pequeños asientos naturales
tan cómodos como si el arte hubiese intervenido en ellos. A corta
distancia se ve brillar a través del ramaje la limpia superficie de un
estanque de agua clarísima, que encierra el bosque por aquel lado una
vasta muralla de cristal y que atrae sobre sus bordes una multitud
innumerable de pajarillos.
Es allí donde yo estaba sentado, contando escrupulosamente los estambres
de una flor desconocida para mí, cuando el ruido de un paso ligero y el
roce de una falda distrajeron mi atención. Era Adela, y aun cuando no
tuviese nada de particular verla allí y hasta hubiese esperado
encontrarla no sé cómo; aunque Adela no fuese para mí más que una joven
interesante, pero casi desconocida, las palpitaciones de mi corazón se
multiplicaron con violencia; me estremecí, temblé; una nube, en la que
entraban todos los colores, turbó mi vista, y un desfallecimiento vago
recorrió mi cuerpo y embarazó mis pasos; porque al verla me levanté, me
acerqué a ella sin mirarla, o, por lo menos, sin verla, y le presenté mi
brazo sin informarme a dónde iba. Cuando el velo que oscurecía mis
párpados comenzó a despejarse y pude observar distintamente las
facciones de Adela, noté que ella se extrañaba de mi proposición y, a
decir verdad, yo también me extrañé de mi proposición, pero se la
repetí, sin duda, con voz más segura. Después de algunos momentos de una
vacilación llena de gracia, Adela pareció ceder a una orden más pronto
que acceder a una súplica, apoyando ligeramente su mano en mi brazo;
entonces yo fijé aquella mano con fuerza, apretando el brazo contra el
costado, y eché a andar precipitadamente en la dirección que Adela
parecía seguir.
Cuando mi agitación, sólo calmada a medias, dejó alguna libertad a mi
espíritu, advertí que la agitación de Adela no era menos que la mía, no
por sus miradas, que yo evitaba aún, sino por el estremecimiento de sus
dedos que mi mano derecha había asido por un movimiento involuntario y
tenía apretados contra mi corazón. Nada más adecuado para distraernos a
los dos de aquel estado de emoción que la pregunta tan fría y tan
natural que yo había omitido al principio, y pensé que una conversación
necesariamente menos apasionada, menos tempestuosa, que nuestro
silencio, acabaría por devolvernos un poco de tranquilidad. Pregunté,
pues, a Adela a dónde iba y me respondió con una ligera e inocente
sonrisa que era un gran secreto. Tal misterio, puedes creerlo, no me
produjo la menor inquietud. Yo lo había olvidado ya cuando el último
sonido de las palabras aún no había acabado de agitar el aire. Eran
tales mis pensamientos, que buscaba en mi imaginación algo nuevo que la
pudiese engañar y engañarme a mí mismo sobre lo que yo experimentaba.
Sentía a la vez el deseo y el temor de que ella lo adivinase. ¡Me
sentía tan dichoso de estar a su lado y tan impaciente por quedarme solo
para pensar en todo lo que le hubiera dicho! Después de un minuto de
silencio, renové mi pregunta con más aplomo. Entonces Adela me dijo que
iba a la aldea próxima a llevar un pequeño socorro que la buena priora
enviaba todos los días a una familia enferma. No la oí casi, tan ocupada
tenía la imaginación.
Paso rápidamente sobre los detalles de ese paseo de una hora, hora
deliciosa que debía haber sido un siglo y que no ha sido más que un
minuto. Omito esos detalles porque perderían su encanto con la
descripción; porque resultarían fríos bajo mi pluma y me abrasan el
corazón; porque hay en ellos una flor de voluptuosidad que escapa a las
facultades imperfectas que el hombre ha recibido para expresar y para
comprender; porque yo creería limitar mi dicha limitando el espacio de
mis recuerdos; porque en este relato que se refiere a Adela, hay, no
obstante, circunstancias que no pertenecen a Adela, que me distraerían
de Adela; de un modo o de otro, es cosa bien decidida que Adela tendrá
todos mis pensamientos de hoy, ¡todos los pensamientos de mi vida!
_6 de mayo._
Las conveniencias sociales me prescriben ver, al menos, a Eudoxia. El
corazón me lleva hacia su tía. Las he visto. He visto a Adela también.
¡Qué digo, ay! no he visto más que a Adela.
Sí, mi querido Eduardo, sería superfluo, sería indigno de mí ocultarte
este sentimiento que me domina, que llena, que absorbe mi existencia.
¡Infierno y paraíso! ¿Quién hubiera pensado que a los veintiocho años la
vista de una muchacha toda sencillez y bondad y nada llamativa, me
subyugaría como en el tiempo de la debilidad y la ignorancia de mi
corazón? ¿Quién podría expresar el éxtasis y el delirio que yo
experimento al solo recuerdo de sus facciones y al solo rumor de su
nombre? Pero no es eso tampoco. Floto en una atmósfera tan pura de
felicidad, mi pecho se ensancha con una alegría tan pura y tan nueva...
Porque todo es nuevo para esta alma que se despierta aún una vez sobre
sus despojos para amar y para sufrir...
Para sufrir. Ya sé cuánta vergüenza y desgracia puede hacer caer sobre
mí semejante pasión. Yo no cierro los ojos ante este extraño extravío de
mi imaginación, o, mejor dicho, ante esta implacable contrariedad de mi
fortuna, que me impulsa obstinadamente hacia todo aquello de lo que
debería huir, y que me hunde tanto más profundamente en el abismo de mis
resoluciones, cuanto menos esperanza veo en volver a la superficie. Yo
maldigo la locura de mis proyectos, la increíble debilidad de mi razón,
que se deja deslumbrar por la menor ilusión y claudica ante cualquier
capricho; me indigno contra mí mismo y cedo, no obstante, a la
indignación que me arrastra sin intentar resistir. Hay más aún. Si yo
conociese un poder capaz de librarme de mis debilidades y de borrar de
mi pecho hasta la traza de un recuerdo, no tendría la fuerza de
invocarlo. Todo lo que los demás hombres encuentran vil y odioso será
precisamente lo que a mí me ate con nudos más difíciles de romper, y
tengo necesidad de decirte que este sentimiento ha adquirido tal
autoridad en mi corazón, que los consejos y las instancias de la amistad
no harían más que redoblar el ímpetu.
Eduardo, mi querido Eduardo, tú, en quien el cielo me había dado un
hermano, un guía y un protector en medio de las tempestades de la
juventud, tú que has sido tanto tiempo la luz de mi espíritu y el freno
de mis pasiones, no me abandones en el estado de perplejidad en que me
encuentro. Todo lo que he dicho antes no iba destinado a ti.
¡Oh amigo mío! ¿qué resultará de la violencia de tantos pensamientos
contrarios que me proporcionan a cada minuto un nuevo tormento? ¿Quién
me hará triunfar de la imagen que me sigue por todas partes? ¿quién la
desterrará de aquí, de mi memoria, que ocupa exclusivamente, con sus
grandes ojos negros tan nobles y tan conmovedores, sus labios tan
voluptuosamente bellos, el aire de amor y de bondad que flota sobre su
rostro, y su hablar un poco lento cuya franca melodía me penetra?
_8 de mayo._
¿Quién me impedirá buscar en otro sitio la independencia y el gozar en
un olvido profundo, cobijado bajo cualquier abrigo impenetrable a las
miradas de los hombres, la dicha que la sociedad me rehúsa? ¿Qué hago yo
aquí, y quién advertirá mi ausencia en este torbellino de personas frías
y extrañas, continuamente distraídas por los intereses de su fortuna y
de su orgullo? ¿No he llenado ya para con mi país los deberes que me
prescribía mi nombre? ¿El límite de mis obligaciones se extiende, acaso,
más allá del sacrificio de mi vida cien veces expuesta en los campos de
batalla? Yo abandonaré esa sociedad. Opondré a todas mis conveniencias y
a todas las pueriles vanidades de su etiqueta el silencio y la oscuridad
de mi soledad. Llega una época en que el alma siente la necesidad de
tomar posesión de sí misma y de recogerse en meditaciones imponentes,
lejos del caos de los negocios sociales, bien lejos, sobre la cumbre de
un monte que agujerea las nubes y domina las llanuras inmensas y los
mares sin orillas. Me parece que el Creador, al producir su universo
tan completo en belleza, al arrojar una magnificencia tan maravillosa
sobre las obras salidas de sus manos, y al hacer contrastar sus riquezas
de una manera tan humillante con la miseria de nuestros sentimientos, ha
querido revelarnos por un objeto de comparación sensible la nimiedad de
todos los placeres que nos procuramos fuera de él y de todos los juicios
que fundamos sobre la vana opinión de la multitud. Yo me traslado
algunas veces con la imaginación al día en que, muy joven aún, pero ya
proscrito, ascendí por primera vez a las altas cimas del Jura. Cuando se
ha seguido sobre la más elevada de sus mesetas las sinuosidades de un
camino severo que se prolonga sobre los flancos del Dole; cuando se
llega al fin de ese paseo taciturno en el que, todo lo más, no se ha
tenido más compañía que el grito de una vieja águila asustada que se
extraña de oír entre aquellas rocas el sonido, olvidado desde hace mucho
tiempo, de una voz humana; cuando parece que la tierra va a faltar bajo
los pies y que con el brazo extendido se va a tocar el azul
solidificado del firmamento, entonces se manifiesta de pronto un
espectáculo tan poco vulgar que hace comprender en el mismo instante la
necesidad de una voluntad divina en el misterio de la creación. Se
creería que el genio de la tierra levanta el telón que separa de un
mundo mágico este mundo de fango y piedra, para introducirse en una
región de milagros. Yo quisiera describirte esto, pero, ¿con qué
colores?
Imagínate que en la extremidad del bosque de Lavatay, sobre la última
cresta de la montaña, hay una pobre casa, que de lejos parece perdida en
el fondo de las nubes, y que se llama _casita de las hoces_, porque los
senderos que antes descendían sobre el camino escarpado del abismo, se
recurvaban sobre sí mismos como la hoz del segador. Hoy, que la
esclavitud y el trabajo han construido caminos suntuosos para los
cambios corruptores del comercio y para las invasiones de la guerra, las
_hoces_ se desarrollan de una manera menos amenazadora en las
profundidades del precipicio y la cabra montes, sorprendida de que una
mano servil haya osado embellecer su morada, no se aventura ya en los
caminos del hombre. Permanece inmóvil en el ángulo más saliente de una
roca cortada a pico, y contempla tristemente el cielo, lo único que la
civilización nos ha dejado. Todas las partes del cuadro que se presenta
en conjunto a la mirada, preocupan de tal modo el pensamiento, que hay
que pasar largo tiempo antes de conseguir poner en orden las sensaciones
que se experimentan y de distinguir los detalles; allá abajo, donde
acaban el Jura y Francia, un lago que en su inmensidad presenta el
aspecto de un mar; sobre sus bordes las campiñas románticas del país de
Vaud, los paisajes agrestes del Valais, las ásperas soledades de la
Saboya; confundiéndose con el horizonte, y tan vasta como él, la cadena
de los Alpes, cuyas innumerables cúpulas se agrupan sobre la
semicircunferencia del cielo, diversas de formas, de carácter, de
fisonomía, de color, pero todas afectando al fuego del sol el brillo de
los diferentes metales; las unas resplandecientes como la plata
pulimentada; las otras, según el efecto de las sombras que se proyectan
sobre sus contornos, mates como el plomo o brillantes como el acero
bruñido, con reflejos azules o violados; otras, en fin, tan
deslumbrantes, cuando el sol poniente las inunda, que se diría que son
masas de hierro blanqueadas a la fragua. ¡Aquel día el sol se ponía con
tanta magnificencia y en un cielo tan puro! Los vapores del lago,
aspirados por el crepúsculo, suspendidos de sus rayos, se balanceaban
sobre las aguas como un ligero crespón teñido de rosa, se levantaban
poco a poco desde los pies del viajero hasta las más elevadas cimas y
desplegaban ante él, sobre el horizonte, un telón inflamado que esparcía
sobre todos los objetos el prestigio de su luz; después, más densas y
más oscuras ya, nimbaban, en fin, aquel magnífico espectáculo en un
dosel de púrpura y de oro cuyo esplendor únicamente palidecía ante los
astros de la noche.
¡Y esas montañas inmensas, deshabitadas, desconocidas en su mayor parte,
no contienen un asilo al que yo pueda llevar conmigo, robarlo a la
curiosidad insolente, a la censura hipócrita el secreto de mi felicidad
y de mi vida! Yo no seré dueño de relegarme, de desterrar mi porvenir.
¡Moriré amarrado a la cadena odiosa que se me ha impuesto, sin hacer un
esfuerzo para romperla! ¡Pero no, no se alabarán de mi esclavitud! Antes
romperé todas las cadenas a la vez.
Eduardo, apiádate de mi infortunio.
_9 de mayo._
Yo no te había dicho que la conversación del otro día había versado
sobre los casamientos desgraciados, a propósito de ese loco de Subligny
que ha terminado su carrera novelesca casándose con una bailarina. Yo me
he apoyado en este ejemplo con un calor y una abundancia de ideas, que
debía, más que a la riqueza del asunto, a ciertas circunstancias de mi
situación particular. He sostenido que no había nada más imperdonable,
más antisocial, en toda la fuerza de la palabra, que las desuniones
morales, y que eran extremadamente difíciles porque es raro que las
almas nobles no se aproximen a sus semejantes, como dice Shakespeare, o
que se dejen engañar tanto tiempo por los impostores para llegar hasta
el momento de formar un nudo tan solemne, sin haber tenido la triste
dicha de desengañarse; que lo que se llama un matrimonio equivocado, en
la acepción general que se refiere solamente a la diferencia de posición
social, no podía chocar más que el más absurdo, el más absurdo de los
prejuicios; el que atribuye a una clase especial facultades especiales,
o, mejor dicho, exclusivas; que como yo no sabía de nadie que se hubiese
atrevido a decir que la virtud se probaba por títulos o se adquiría por
privilegios, no veía por qué se había de prohibir a un hombre sensible y
delicado el derecho de buscar la virtud donde se encuentre; que era una
cosa atroz, en fuerza de ser ridícula, condenar a una mujer interesante,
dotada de todas las cualidades y todas las gracias, a la desesperación
de no pertenecer jamás al objeto amado, porque esta infortunada, a la
que la naturaleza y la educación han concedido todos los dones, se veía
privada por el azar de una circunstancia que no depende más que del
azar; que si los grandes talentos imprimen a aquellos que los poseen un
carácter incontestable de nobleza a los ojos del siglo y de la
posteridad, el ejercicio privado de los deberes más difíciles de llenar
de la religión y de la moral, aunque fuese un título menos brillante a
los ojos del mundo, no era un título menos recomendable para las almas
rectas y honradas; que, en consecuencia, yo nunca me atrevería a
censurar una alianza del género de la que se hablaba, si podía encontrar
en ella la feliz armonía de costumbres y de carácter, que es la única
garantía de felicidad de los matrimonios y de la prosperidad de las
familias.
Es probable que estos razonamientos hayan parecido totalmente indignos
de contestación al señor de Montbreuse, porque se ha contentado con
mirarme severamente sin hablarme, al mismo tiempo que dirigía a Eudoxia
una mirada de inteligencia en la que me ha parecido descubrir no sé qué
de desprecio y de amargura. Eudoxia misma, cuyas ideas son bien
opuestas, no me ha parecido que hiciera tampoco suficiente caso de mis
razonamientos para respetarlos seriamente; se ha contentado con algunos
lugares comunes, a los que las gracias de su elocución y la firmeza de
su ironía han prestado más agrado que solidez. Adela me escuchaba con
emoción, porque sus mejillas estaban muy animadas, pero en vano he
tratado de encontrar su mirada. La señora Adelaida sonreía al principio,
pero después su fisonomía ha adquirido un carácter más grave. Ha
comentado dulcemente mis palabras reprochándome, de una manera
afectuosa, el ardor que demostraba en la discusión y el entusiasmo con
que había abrazado las ideas más extraordinarias y con frecuencia tan
funestas. Se ha lamentado de la facilidad con que los hombres de esta
generación se apoderan y propagan los sofismas, cuyas consecuencias no
aprecian, y que tienden a desnaturalizar sucesivamente todas las
relaciones de las cosas. Concediéndome que había verdades noblemente
sentidas en lo que acababa de decir, me recomendó que reflexionase
sobre el origen y los efectos de esas conveniencias morales, por otra
parte tan respetables por la autoridad que han ejercido sobre nuestros
antepasados, y por la consagración casi religiosa que han recibido de
los siglos, cuyo juicio definitivo es, en último análisis, toda la razón
social, añadiendo, con el tono de una resignación modesta, y no de una
convicción imperiosa, que el deber del buen ciudadano es someterse a las
instituciones establecidas ni discutirlas, y que, puesto que la
imperfección de los hombres les hace tributarios esenciales de ciertos
errores sancionados por la necesidad o por el tiempo, el interés del
género humano prescribe a los corazones rectos y sensatos el deber de
plegar su razón a la conveniencia común.
Es posible que esto sea verdad. Y cuánto no daría yo porque no quedasen
más que recuerdos de esta débil demarcación que el azar del nacimiento
ha trazado entre algunas familias y la gran familia humana; de esta
circunstancia tan extraña a mi voluntad, que me ha sometido a un orden
particular de costumbres y de obligaciones, que ha restringido,
comprimido, roto la independencia de mi corazón; que me ha prohibido los
afectos más simples y más dichosos; que me ha separado de Adela y de la
felicidad.
¡Separado! ¡Bárbaro prejuicio! ¡yo te entrego a la indignación de las
almas fuertes y sensibles!
¡Separado! ¡a mí, que atravesaría el globo por un beso de sus labios!
¡Separado! ¡Ven, ven sobre el corazón de Gastón, pobre huérfana que los
hombres rechazan! ven con confianza, y te juro por la inocencia y el
candor de tu alma, que todas las potencias del infierno no conseguirán
separarnos.
_16 de mayo._
Nunca había sido tan asiduo al bosquecillo como desde hace algunos días,
ni nunca mi herbario había aumentado con tanta lentitud. Esto extraña
mucho a Latour que se interesa por mi herbario, como por todas mis
distracciones. En cambio, no te extrañará a ti, que sabes que Adela pasa
por allí todos los días. Ya habrás notado que entre esta carta y la
anterior hay una gran distancia y habrás creído sin duda que la
abundancia de sensaciones ha podido distraerme durante muchos días de
mis más dulces ocupaciones. Todo esto es verdad, mi querido Eduardo, y,
sin embargo, no tengo nada nuevo que decirte, porque mi amor no es
ninguna novedad para ti, y toda mi vida se encierra en él.