Este bienestar de que yo gozo aquí, prueba por lo menos que no me

equivocaba cuando te escribía que la paz del campo convenía a maravilla

a mi situación actual y cuando yo concretaba toda mi felicidad en dejar

transcurrir oscuramente mis días. Ya veo, pues, que el giro novelesco y

la exaltación de mis ideas obedecían a otras causas que a las locas

pasiones de la juventud, y esto es lo que nunca han querido comprender

los que me conocen. Y es que yo tengo una conciencia de mí mismo que

raramente me engaña.

_3 de mayo._

Ayer por la tarde, cuando acababa de escribirte, Latour entró en mi

habitación con un aire inquieto y hasta algo asustado. Sé sentó a cierta

distancia de mí, guardó por algún tiempo un silencio sombrío, y después

empezó a murmurar no sé qué entre dientes. «¿De qué se trata--le dije--,

mi pobre Latour?» «Que pierda mi nombre--continuó como si hablase

solo--, si no es Maugis, el infame, el execrable Maugis. ¿Se acuerda el

señor de aquel aventurero que se presentó al general con falsos poderes,

que aprovechó cobardemente para entregar al enemigo un destacamento

considerable de los nuestros, y que se substrajo, desgraciadamente, por

una pronta huida al castigo que merecía?» «He oído hablar de ese

miserable, y creo, como tú, Latour, que se llamaba, efectivamente,

Maugis, sea con la única intención de ocultar su verdadero nombre, sea

por seguir la costumbre bastante rara de nuestros oficiales; pero, ¿a

santo de qué?...» «¿A santo de qué?--exclamó--. Ese infernal Maugis, que

yo hubiese reconocido entre mil, no es otro que el honrado Ferreol de

Montbreuse, que usted ha visto hoy, y, sin temor a equivocarme,

afirmaré que no hay otro Maugis. ¡Rabia y maldición! ¡Es una vergüenza

para la Providencia ver gentes así gozar del aire y del sol!»

Me costó gran trabajo apaciguar la cólera de Latour y hacerle comprender

que era imposible que sus sospechas fuesen fundadas, por lo que salió

más extrañado de mi incredulidad que convencido de mis razones.

Me estaba reservado para hoy sostener una discusión más difícil,

discusión para la cual, por lo que te vengo escribiendo desde hace

algunos días, estarías seguramente más preparado que yo. Mi madre me ha

hecho entrar en sus habitaciones para hablar de cosas serias, muy

serias, en efecto. Se trataba de perpetuar mi nombre ilustrándolo con

una noble alianza. Fíjate bien, ¡ilustrar el nombre de mi padre! «Ya

debía saber--ha añadido--que la nobleza de mi familia, por parte de mi

padre, no respondía del todo al brillo de mi fortuna; y si la fortuna

tiene alguna ventaja, ¿no es, sobre todo, la de favorecer uniones

honorables que dan relieve al esplendor de nuestros propios títulos y

los transmiten aún más gloriosos a nuestros hijos?» Y luego me ha hecho

comprender modestamente que era una combinación de este género, a la que

debía yo tener la madre que tenía. ¡Y yo que creí deberla a la

naturaleza y al amor! ¿Cómo te lo diré? Los Valency son menos ricos que

yo; Eudoxia es menos rica que yo; pero es noble como mi madre y piensa

como ella. El resto ya puedes adivinarlo.

Todo esto me ha producido una sorpresa tan viva y tan dolorosa, que he

tardado mucho tiempo en buscar una idea, y más aún en encontrar una

expresión. Todo lo que puedo recordar, y aun muy vagamente, de aquellos

instantes de confusión y de ira, es que pronuncié algunas palabras en

solicitud de un plazo de unos meses para dedicarlos a la reflexión y

seguramente, añadí, para que no se hiciera ilusiones, que de otro modo

nada obtendrían de mí, porque mi madre salió dirigiéndome una mirada más

severa que de costumbre. Es, no obstante, probable que no haya esperado

ganar gran cosa haciendo violencia a mi corazón, porque ha accedido a mi

demanda antes de que yo hubiese encontrado fuerzas para renovarla. Por

lo demás, espera mi resolución dentro de seis semanas, y no es de

suponer que en ese tiempo haya yo cambiado de modo de pensar.

Quiero decirte con esto que he tomado mi resolución en el mismo

instante, y que ésta es invariable como los principios que, hasta hoy,

han dirigido mi vida. No, no compraré mi dicha, y estoy seguro de que la

Eudoxia no me haría dichoso; no compraré con mi tranquilidad, con mi

libertad, con la incertidumbre deliciosa de mis esperanzas, el ridículo

honor de asociar mi nombre al de una mujer a la que no puedo amar. Si yo

concedo algún valor a mi fortuna y a la situación que ocupo en la

sociedad, es, sobre todo, por la independencia que me da y por la

inmensa amplitud que deja a mis elecciones; porque, en fin... a ti bien

puedo decírtelo, porque preferiría cien veces favorecer a mi mujer con

mi casamiento que no que ella me favoreciese a mí. Soy demasiado

orgulloso para consentir en aumentar por un préstamo tan odioso la suma

de mi valor personal y para dar esta ventaja sobre mí a la vanidad de

una mujer. Antes de sufrir semejante humillación me casaría con la misma

Adela. ¡Adela! ¡Ya lo creo!

_5 de mayo._

Hay ciertos días, días pasados demasiado a prisa, que el azar, que la

Providencia nos trae cuando nuestro corazón, demasiado fatigado por los

disgustos, tiene necesidad, para no ceder, de volver a saborear la

felicidad, y que compensarían, ellos solos, toda una eternidad de

abandono y de dolores. Si me fuera dable, yo pediría: Que ese día me sea

devuelto, que vuelva a comenzar con todos sus encantos, con todas sus

ilusiones; que me sea permitido vivirlo como la primera vez, sin que

nada distraiga mi pensamiento, gustar sus placeres con la misma

confianza, con el mismo abandono, agotar sus delicias; ¡y después que la

nada comience su obra!

Cerca del castillo de Valency yo había notado en el bosque un lugar

fresco y ameno en el que mueren encantadores senderos que parten de las

aldeas inmediatas y que más lejos van a perderse en la llanura. Esta

especie de vestíbulo de verdura, agradablemente sombreado por una amplia

bóveda de follaje y tapizado de un césped florido del que se exhalan los

más dulces olores, ofrece en todas partes pequeños asientos naturales

tan cómodos como si el arte hubiese intervenido en ellos. A corta

distancia se ve brillar a través del ramaje la limpia superficie de un

estanque de agua clarísima, que encierra el bosque por aquel lado una

vasta muralla de cristal y que atrae sobre sus bordes una multitud

innumerable de pajarillos.

Es allí donde yo estaba sentado, contando escrupulosamente los estambres

de una flor desconocida para mí, cuando el ruido de un paso ligero y el

roce de una falda distrajeron mi atención. Era Adela, y aun cuando no

tuviese nada de particular verla allí y hasta hubiese esperado

encontrarla no sé cómo; aunque Adela no fuese para mí más que una joven

interesante, pero casi desconocida, las palpitaciones de mi corazón se

multiplicaron con violencia; me estremecí, temblé; una nube, en la que

entraban todos los colores, turbó mi vista, y un desfallecimiento vago

recorrió mi cuerpo y embarazó mis pasos; porque al verla me levanté, me

acerqué a ella sin mirarla, o, por lo menos, sin verla, y le presenté mi

brazo sin informarme a dónde iba. Cuando el velo que oscurecía mis

párpados comenzó a despejarse y pude observar distintamente las

facciones de Adela, noté que ella se extrañaba de mi proposición y, a

decir verdad, yo también me extrañé de mi proposición, pero se la

repetí, sin duda, con voz más segura. Después de algunos momentos de una

vacilación llena de gracia, Adela pareció ceder a una orden más pronto

que acceder a una súplica, apoyando ligeramente su mano en mi brazo;

entonces yo fijé aquella mano con fuerza, apretando el brazo contra el

costado, y eché a andar precipitadamente en la dirección que Adela

parecía seguir.

Cuando mi agitación, sólo calmada a medias, dejó alguna libertad a mi

espíritu, advertí que la agitación de Adela no era menos que la mía, no

por sus miradas, que yo evitaba aún, sino por el estremecimiento de sus

dedos que mi mano derecha había asido por un movimiento involuntario y

tenía apretados contra mi corazón. Nada más adecuado para distraernos a

los dos de aquel estado de emoción que la pregunta tan fría y tan

natural que yo había omitido al principio, y pensé que una conversación

necesariamente menos apasionada, menos tempestuosa, que nuestro

silencio, acabaría por devolvernos un poco de tranquilidad. Pregunté,

pues, a Adela a dónde iba y me respondió con una ligera e inocente

sonrisa que era un gran secreto. Tal misterio, puedes creerlo, no me

produjo la menor inquietud. Yo lo había olvidado ya cuando el último

sonido de las palabras aún no había acabado de agitar el aire. Eran

tales mis pensamientos, que buscaba en mi imaginación algo nuevo que la

pudiese engañar y engañarme a mí mismo sobre lo que yo experimentaba.

Sentía a la vez el deseo y el temor de que ella lo adivinase. ¡Me

sentía tan dichoso de estar a su lado y tan impaciente por quedarme solo

para pensar en todo lo que le hubiera dicho! Después de un minuto de

silencio, renové mi pregunta con más aplomo. Entonces Adela me dijo que

iba a la aldea próxima a llevar un pequeño socorro que la buena priora

enviaba todos los días a una familia enferma. No la oí casi, tan ocupada

tenía la imaginación.

Paso rápidamente sobre los detalles de ese paseo de una hora, hora

deliciosa que debía haber sido un siglo y que no ha sido más que un

minuto. Omito esos detalles porque perderían su encanto con la

descripción; porque resultarían fríos bajo mi pluma y me abrasan el

corazón; porque hay en ellos una flor de voluptuosidad que escapa a las

facultades imperfectas que el hombre ha recibido para expresar y para

comprender; porque yo creería limitar mi dicha limitando el espacio de

mis recuerdos; porque en este relato que se refiere a Adela, hay, no

obstante, circunstancias que no pertenecen a Adela, que me distraerían

de Adela; de un modo o de otro, es cosa bien decidida que Adela tendrá

todos mis pensamientos de hoy, ¡todos los pensamientos de mi vida!

_6 de mayo._

Las conveniencias sociales me prescriben ver, al menos, a Eudoxia. El

corazón me lleva hacia su tía. Las he visto. He visto a Adela también.

¡Qué digo, ay! no he visto más que a Adela.

Sí, mi querido Eduardo, sería superfluo, sería indigno de mí ocultarte

este sentimiento que me domina, que llena, que absorbe mi existencia.

¡Infierno y paraíso! ¿Quién hubiera pensado que a los veintiocho años la

vista de una muchacha toda sencillez y bondad y nada llamativa, me

subyugaría como en el tiempo de la debilidad y la ignorancia de mi

corazón? ¿Quién podría expresar el éxtasis y el delirio que yo

experimento al solo recuerdo de sus facciones y al solo rumor de su

nombre? Pero no es eso tampoco. Floto en una atmósfera tan pura de

felicidad, mi pecho se ensancha con una alegría tan pura y tan nueva...

Porque todo es nuevo para esta alma que se despierta aún una vez sobre

sus despojos para amar y para sufrir...

Para sufrir. Ya sé cuánta vergüenza y desgracia puede hacer caer sobre

mí semejante pasión. Yo no cierro los ojos ante este extraño extravío de

mi imaginación, o, mejor dicho, ante esta implacable contrariedad de mi

fortuna, que me impulsa obstinadamente hacia todo aquello de lo que

debería huir, y que me hunde tanto más profundamente en el abismo de mis

resoluciones, cuanto menos esperanza veo en volver a la superficie. Yo

maldigo la locura de mis proyectos, la increíble debilidad de mi razón,

que se deja deslumbrar por la menor ilusión y claudica ante cualquier

capricho; me indigno contra mí mismo y cedo, no obstante, a la

indignación que me arrastra sin intentar resistir. Hay más aún. Si yo

conociese un poder capaz de librarme de mis debilidades y de borrar de

mi pecho hasta la traza de un recuerdo, no tendría la fuerza de

invocarlo. Todo lo que los demás hombres encuentran vil y odioso será

precisamente lo que a mí me ate con nudos más difíciles de romper, y

tengo necesidad de decirte que este sentimiento ha adquirido tal

autoridad en mi corazón, que los consejos y las instancias de la amistad

no harían más que redoblar el ímpetu.

Eduardo, mi querido Eduardo, tú, en quien el cielo me había dado un

hermano, un guía y un protector en medio de las tempestades de la

juventud, tú que has sido tanto tiempo la luz de mi espíritu y el freno

de mis pasiones, no me abandones en el estado de perplejidad en que me

encuentro. Todo lo que he dicho antes no iba destinado a ti.

¡Oh amigo mío! ¿qué resultará de la violencia de tantos pensamientos

contrarios que me proporcionan a cada minuto un nuevo tormento? ¿Quién

me hará triunfar de la imagen que me sigue por todas partes? ¿quién la

desterrará de aquí, de mi memoria, que ocupa exclusivamente, con sus

grandes ojos negros tan nobles y tan conmovedores, sus labios tan

voluptuosamente bellos, el aire de amor y de bondad que flota sobre su

rostro, y su hablar un poco lento cuya franca melodía me penetra?

_8 de mayo._

¿Quién me impedirá buscar en otro sitio la independencia y el gozar en

un olvido profundo, cobijado bajo cualquier abrigo impenetrable a las

miradas de los hombres, la dicha que la sociedad me rehúsa? ¿Qué hago yo

aquí, y quién advertirá mi ausencia en este torbellino de personas frías

y extrañas, continuamente distraídas por los intereses de su fortuna y

de su orgullo? ¿No he llenado ya para con mi país los deberes que me

prescribía mi nombre? ¿El límite de mis obligaciones se extiende, acaso,

más allá del sacrificio de mi vida cien veces expuesta en los campos de

batalla? Yo abandonaré esa sociedad. Opondré a todas mis conveniencias y

a todas las pueriles vanidades de su etiqueta el silencio y la oscuridad

de mi soledad. Llega una época en que el alma siente la necesidad de

tomar posesión de sí misma y de recogerse en meditaciones imponentes,

lejos del caos de los negocios sociales, bien lejos, sobre la cumbre de

un monte que agujerea las nubes y domina las llanuras inmensas y los

mares sin orillas. Me parece que el Creador, al producir su universo

tan completo en belleza, al arrojar una magnificencia tan maravillosa

sobre las obras salidas de sus manos, y al hacer contrastar sus riquezas

de una manera tan humillante con la miseria de nuestros sentimientos, ha

querido revelarnos por un objeto de comparación sensible la nimiedad de

todos los placeres que nos procuramos fuera de él y de todos los juicios

que fundamos sobre la vana opinión de la multitud. Yo me traslado

algunas veces con la imaginación al día en que, muy joven aún, pero ya

proscrito, ascendí por primera vez a las altas cimas del Jura. Cuando se

ha seguido sobre la más elevada de sus mesetas las sinuosidades de un

camino severo que se prolonga sobre los flancos del Dole; cuando se

llega al fin de ese paseo taciturno en el que, todo lo más, no se ha

tenido más compañía que el grito de una vieja águila asustada que se

extraña de oír entre aquellas rocas el sonido, olvidado desde hace mucho

tiempo, de una voz humana; cuando parece que la tierra va a faltar bajo

los pies y que con el brazo extendido se va a tocar el azul

solidificado del firmamento, entonces se manifiesta de pronto un

espectáculo tan poco vulgar que hace comprender en el mismo instante la

necesidad de una voluntad divina en el misterio de la creación. Se

creería que el genio de la tierra levanta el telón que separa de un

mundo mágico este mundo de fango y piedra, para introducirse en una

región de milagros. Yo quisiera describirte esto, pero, ¿con qué

colores?

Imagínate que en la extremidad del bosque de Lavatay, sobre la última

cresta de la montaña, hay una pobre casa, que de lejos parece perdida en

el fondo de las nubes, y que se llama _casita de las hoces_, porque los

senderos que antes descendían sobre el camino escarpado del abismo, se

recurvaban sobre sí mismos como la hoz del segador. Hoy, que la

esclavitud y el trabajo han construido caminos suntuosos para los

cambios corruptores del comercio y para las invasiones de la guerra, las

_hoces_ se desarrollan de una manera menos amenazadora en las

profundidades del precipicio y la cabra montes, sorprendida de que una

mano servil haya osado embellecer su morada, no se aventura ya en los

caminos del hombre. Permanece inmóvil en el ángulo más saliente de una

roca cortada a pico, y contempla tristemente el cielo, lo único que la

civilización nos ha dejado. Todas las partes del cuadro que se presenta

en conjunto a la mirada, preocupan de tal modo el pensamiento, que hay

que pasar largo tiempo antes de conseguir poner en orden las sensaciones

que se experimentan y de distinguir los detalles; allá abajo, donde

acaban el Jura y Francia, un lago que en su inmensidad presenta el

aspecto de un mar; sobre sus bordes las campiñas románticas del país de

Vaud, los paisajes agrestes del Valais, las ásperas soledades de la

Saboya; confundiéndose con el horizonte, y tan vasta como él, la cadena

de los Alpes, cuyas innumerables cúpulas se agrupan sobre la

semicircunferencia del cielo, diversas de formas, de carácter, de

fisonomía, de color, pero todas afectando al fuego del sol el brillo de

los diferentes metales; las unas resplandecientes como la plata

pulimentada; las otras, según el efecto de las sombras que se proyectan

sobre sus contornos, mates como el plomo o brillantes como el acero

bruñido, con reflejos azules o violados; otras, en fin, tan

deslumbrantes, cuando el sol poniente las inunda, que se diría que son

masas de hierro blanqueadas a la fragua. ¡Aquel día el sol se ponía con

tanta magnificencia y en un cielo tan puro! Los vapores del lago,

aspirados por el crepúsculo, suspendidos de sus rayos, se balanceaban

sobre las aguas como un ligero crespón teñido de rosa, se levantaban

poco a poco desde los pies del viajero hasta las más elevadas cimas y

desplegaban ante él, sobre el horizonte, un telón inflamado que esparcía

sobre todos los objetos el prestigio de su luz; después, más densas y

más oscuras ya, nimbaban, en fin, aquel magnífico espectáculo en un

dosel de púrpura y de oro cuyo esplendor únicamente palidecía ante los

astros de la noche.

¡Y esas montañas inmensas, deshabitadas, desconocidas en su mayor parte,

no contienen un asilo al que yo pueda llevar conmigo, robarlo a la

curiosidad insolente, a la censura hipócrita el secreto de mi felicidad

y de mi vida! Yo no seré dueño de relegarme, de desterrar mi porvenir.

¡Moriré amarrado a la cadena odiosa que se me ha impuesto, sin hacer un

esfuerzo para romperla! ¡Pero no, no se alabarán de mi esclavitud! Antes

romperé todas las cadenas a la vez.

Eduardo, apiádate de mi infortunio.

_9 de mayo._

Yo no te había dicho que la conversación del otro día había versado

sobre los casamientos desgraciados, a propósito de ese loco de Subligny

que ha terminado su carrera novelesca casándose con una bailarina. Yo me

he apoyado en este ejemplo con un calor y una abundancia de ideas, que

debía, más que a la riqueza del asunto, a ciertas circunstancias de mi

situación particular. He sostenido que no había nada más imperdonable,

más antisocial, en toda la fuerza de la palabra, que las desuniones

morales, y que eran extremadamente difíciles porque es raro que las

almas nobles no se aproximen a sus semejantes, como dice Shakespeare, o

que se dejen engañar tanto tiempo por los impostores para llegar hasta

el momento de formar un nudo tan solemne, sin haber tenido la triste

dicha de desengañarse; que lo que se llama un matrimonio equivocado, en

la acepción general que se refiere solamente a la diferencia de posición

social, no podía chocar más que el más absurdo, el más absurdo de los

prejuicios; el que atribuye a una clase especial facultades especiales,

o, mejor dicho, exclusivas; que como yo no sabía de nadie que se hubiese

atrevido a decir que la virtud se probaba por títulos o se adquiría por

privilegios, no veía por qué se había de prohibir a un hombre sensible y

delicado el derecho de buscar la virtud donde se encuentre; que era una

cosa atroz, en fuerza de ser ridícula, condenar a una mujer interesante,

dotada de todas las cualidades y todas las gracias, a la desesperación

de no pertenecer jamás al objeto amado, porque esta infortunada, a la

que la naturaleza y la educación han concedido todos los dones, se veía

privada por el azar de una circunstancia que no depende más que del

azar; que si los grandes talentos imprimen a aquellos que los poseen un

carácter incontestable de nobleza a los ojos del siglo y de la

posteridad, el ejercicio privado de los deberes más difíciles de llenar

de la religión y de la moral, aunque fuese un título menos brillante a

los ojos del mundo, no era un título menos recomendable para las almas

rectas y honradas; que, en consecuencia, yo nunca me atrevería a

censurar una alianza del género de la que se hablaba, si podía encontrar

en ella la feliz armonía de costumbres y de carácter, que es la única

garantía de felicidad de los matrimonios y de la prosperidad de las

familias.

Es probable que estos razonamientos hayan parecido totalmente indignos

de contestación al señor de Montbreuse, porque se ha contentado con

mirarme severamente sin hablarme, al mismo tiempo que dirigía a Eudoxia

una mirada de inteligencia en la que me ha parecido descubrir no sé qué

de desprecio y de amargura. Eudoxia misma, cuyas ideas son bien

opuestas, no me ha parecido que hiciera tampoco suficiente caso de mis

razonamientos para respetarlos seriamente; se ha contentado con algunos

lugares comunes, a los que las gracias de su elocución y la firmeza de

su ironía han prestado más agrado que solidez. Adela me escuchaba con

emoción, porque sus mejillas estaban muy animadas, pero en vano he

tratado de encontrar su mirada. La señora Adelaida sonreía al principio,

pero después su fisonomía ha adquirido un carácter más grave. Ha

comentado dulcemente mis palabras reprochándome, de una manera

afectuosa, el ardor que demostraba en la discusión y el entusiasmo con

que había abrazado las ideas más extraordinarias y con frecuencia tan

funestas. Se ha lamentado de la facilidad con que los hombres de esta

generación se apoderan y propagan los sofismas, cuyas consecuencias no

aprecian, y que tienden a desnaturalizar sucesivamente todas las

relaciones de las cosas. Concediéndome que había verdades noblemente

sentidas en lo que acababa de decir, me recomendó que reflexionase

sobre el origen y los efectos de esas conveniencias morales, por otra

parte tan respetables por la autoridad que han ejercido sobre nuestros

antepasados, y por la consagración casi religiosa que han recibido de

los siglos, cuyo juicio definitivo es, en último análisis, toda la razón

social, añadiendo, con el tono de una resignación modesta, y no de una

convicción imperiosa, que el deber del buen ciudadano es someterse a las

instituciones establecidas ni discutirlas, y que, puesto que la

imperfección de los hombres les hace tributarios esenciales de ciertos

errores sancionados por la necesidad o por el tiempo, el interés del

género humano prescribe a los corazones rectos y sensatos el deber de

plegar su razón a la conveniencia común.

Es posible que esto sea verdad. Y cuánto no daría yo porque no quedasen

más que recuerdos de esta débil demarcación que el azar del nacimiento

ha trazado entre algunas familias y la gran familia humana; de esta

circunstancia tan extraña a mi voluntad, que me ha sometido a un orden

particular de costumbres y de obligaciones, que ha restringido,

comprimido, roto la independencia de mi corazón; que me ha prohibido los

afectos más simples y más dichosos; que me ha separado de Adela y de la

felicidad.

¡Separado! ¡Bárbaro prejuicio! ¡yo te entrego a la indignación de las

almas fuertes y sensibles!

¡Separado! ¡a mí, que atravesaría el globo por un beso de sus labios!

¡Separado! ¡Ven, ven sobre el corazón de Gastón, pobre huérfana que los

hombres rechazan! ven con confianza, y te juro por la inocencia y el

candor de tu alma, que todas las potencias del infierno no conseguirán

separarnos.

_16 de mayo._

Nunca había sido tan asiduo al bosquecillo como desde hace algunos días,

ni nunca mi herbario había aumentado con tanta lentitud. Esto extraña

mucho a Latour que se interesa por mi herbario, como por todas mis

distracciones. En cambio, no te extrañará a ti, que sabes que Adela pasa

por allí todos los días. Ya habrás notado que entre esta carta y la

anterior hay una gran distancia y habrás creído sin duda que la

abundancia de sensaciones ha podido distraerme durante muchos días de

mis más dulces ocupaciones. Todo esto es verdad, mi querido Eduardo, y,

sin embargo, no tengo nada nuevo que decirte, porque mi amor no es

ninguna novedad para ti, y toda mi vida se encierra en él.

El pintor de Salzburgo · 第 6 / 9 段