pronto, tengo la intención de ver a muy poca gente, la menos posible.
Tengo la intención de fortalecerme, de rehacerme por completo, y para
esto necesito recogimiento y soledad.
Todo mi servicio se limita a Latour, a quien tú conoces, a ese valiente
Latour que ha hecho conmigo las campañas de la Vendée y que más que un
criado es un compañero seguro, un amigo fiel, sin el cual no podría
pasar mi corazón. Su presencia de espíritu me ha salvado la vida en dos
ocasiones, en las que, además, se distinguió por prodigios de valor que
le atrajeron la amistad de los oficiales, la estimación del ejército y
que le asimilaron a mis ojos a lo que yo conozco entre los hombres de
más noble, de más generoso y de más eminente. Si él hubiera deseado otro
estado, otra condición de vida, yo soy, afortunadamente, bastante rico
para habérselo podido proporcionar. Está, pues, conmigo, por su
voluntad.
Como es difícil vivir mucho tiempo sin ocupación, o, mejor dicho, como
yo no puedo pasar, de cuando en cuando, sin aficionarme a algo para
distraerme de la vida, he vuelto a la botánica, mi dulce estudio de años
pasados. Voy a volver a comenzar mis herbarios destruidos y a renovar
mis relaciones con esas ricas familias de vegetales entre las que, un
largo alejamiento, me han hecho casi extraño. ¿Necesito decirte qué
goces inexpresables me procuran esos dichosos recuerdos a los que se
asocian tantos dichosos recuerdos y tantas armonías encantadoras? Dulce
privilegio de los placeres sencillos y puros de la adolescencia; ¡que no
se pueda renovar ni uno solo sin que todos los demás vengan a enlazarse
a él para embellecerlo aún más!
¿Puedo volver a ver, por ejemplo, esa encantadora hierba doncella, tan
querida de Rousseau, sin acordarme de que cuando tu primera visita a
estos campos nos gustaba tomarla sobre la alfombra fresca y sombreada de
este bosquecillo, en memoria de un escritor cuyas obras adorábamos? La
aguileña no es rara en las tierras ligeras y arenosas que bordean el
bosque, pero, Lucía, a la que siempre lloraré, la prefería a todas las
flores. Un agavanzo herido por los rayos ardientes del Mediodía o
pendiente de una rama rota por la tempestad, me recordará el que Fanny
me dio y que yo dejé secar y marchitar sobre mi corazón. Un bosquecillo
de serbales me traerá el recuerdo de Victoria, y jamás veré ¡o tú, el
más lindo de los árboles! tus pequeñas hojas aladas, tan finas y tan
ligeras, y tus amplios corimbos de flores blancas o de frutos
perfumados, sin sentir arder mis labios y mi sangre al primer beso de
amor que yo recibí bajo tu sombra.
_18 de abril._
Ocupo ahora la última habitación del ala derecha del castillo, la que da
sobre el lago circular por el cual tantos paseos habíamos dado en
nuestra infancia.
Aparte de los objetos necesarios, en ella sólo encontrarías dos
retratos, el de mi padre y el tuyo, un piano y algunos libros. En este
último capítulo, sobre todo, he hecho grandes economías, pues estoy
convencido de que, a excepción de un pequeño número, los libros sólo son
buenos para los ociosos y ciertos espíritus perezosos incapaces de
pensar por cuenta propia. Aun iré más lejos: la _Biblia_ es la única
obra indispensable que yo conozco, y me parece que al dársela al hombre,
Dios le ha dado todo lo necesario para su inteligencia. Por eso yo he
conservado la costumbre de leer todas las noches un capítulo según el
estado de mi espíritu. Así, por ejemplo, cuando tengo la imaginación
encantada por mil ensueños pastorales que me han mecido en el curso de
mi paseo, yo encamino mi pensamiento bajo las tiendas de los patriarcas,
o entre los segadores de Belem, y asisto con la imaginación a las bodas
de Ruth.
En cambio ha disminuido mi entusiasmo por Osián y aun por Shakespeare.
En general me voy deshaciendo, tanto como de mí depende, de la
influencia de los sentimientos novelescos, sin buscar, no obstante, un
género de ilusiones mil veces más miserable en esas soberbias vanidades
de la filosofía que llaman conocimientos positivos, como si hubiera algo
positivo en la tierra y como si lo poco que Dios nos permite ver en sus
obras fuese otra cosa que un pasto entregado a la orgullosa ignorancia
del hombre.
No puedo prescindir, claro está, de algunos métodos de botánica; pero
como la colección de mis especies no será nunca muy considerable, me
atengo a los métodos más antiguos y más sencillos. Soy de opinión que
los hombres de los tiempos pasados tenían de la naturaleza ideas más
bellas y más conmovedoras que nosotros, y que esa manera religiosa e
intelectual de penetrar en sus misterios, que distingue a nuestros
antiguos escritores, valía más que las estériles ventajas que nos
proporciona el perfeccionamiento del análisis. Los hombres de nuestro
tiempo se parecen a esos niños que rompen sus juguetes para conocer el
secreto de su construcción; roto el juguete, ¿qué queda de él?; un
resorte de acero, un pedazo de vidrio, un cascabel; y, en cuanto al
encanto, ha desaparecido.
_21 de abril._
¡Renovarme! te decía el otro día; ¡ay! ¡si pudiese solamente
distraerme... olvidar! No deseo, no espero la dicha, pero sí un reposo
duradero y profundo, una libertad sin reserva. Te he repetido con
frecuencia que no odio la vida por las cosas que en ella se encuentran y
que, en general, me atraen y me retienen. Comprendo esas ilusiones y
las buscaría de buena gana. Odio la vida tal como los hombres la han
hecho, como una obligación mutua, como un deber social que somete mi
independencia a intereses reconocidos, a conveniencias establecidas sin
contar conmigo. La odio, como todo lo que no es espontáneo en la
voluntad de la criatura sensible, fuerte e inteligente que Dios se ha
dignado formar a su imagen. Convén conmigo en que es vergonzoso el
pensar que vivir no es un acto libre y que el alma está condenada por
anticipado a la existencia... ¿qué digo? a la inmortalidad, sin haberlo
consentido...
Esta disposición de espíritu en que he caído desde hace algunos días, me
ha procurado, no obstante, una dulce emoción, una emoción tanto más
agradable, porque no estoy acostumbrado a ella. Mi madre; alarmada por
mi melancolía, ha querido averiguar el motivo y oponer a las penas de mi
corazón el encanto de los consuelos y de las esperanzas. Yo me he
estremecido con una involuntaria alegría al pensar que me amaba lo
bastante para compadecerme, y después he lamentado amargamente el
haberla disgustado por un motivo tan poco fundado, porque yo mismo me
vería bien embarazado si quisiera explicarme lo que ella llama mi dolor.
¡Creerás tú que ella ha supuesto que el amor... el amor! ¡miserables
ilusiones de niño de las que yo tantas veces he reconocido la
frivolidad!... ¡el amor! ¡Ah! sin duda, yo amo a las mujeres en sus
brillantes armonías con la naturaleza, como una de las obras más
encantadoras, como uno de los más seductores ornatos de la creación; las
amo como a las flores, como amaría a criaturas animadas y pensantes que
tuvieran, en el desarrollo de sus ideas y de sus sentimientos, la gracia
y la delicadeza de las flores. Hay algunas que las distingo de las
demás, y entonces experimento la necesidad de ocupar su espíritu o de
interesar su corazón. Si una de sus miradas cae sobre mí o se encuentra
con las mías, siento, como antes, que mi corazón palpita más de prisa,
que mis ojos se turban, que la sangre llena mi pecho y afluye a mis
mejillas, que mis nervios se exaltan por no sé qué confusión vaga y
dulce de vergüenza y de placer, de inquietud y de ternura. Me acuerdo,
en efecto, del tiempo... ¿Qué hombre no ha sido presa alguna vez de los
errores de la adolescencia frívola, crédula y desocupada?... El roce de
un vestido o de un chal, el movimiento de una pluma flotando entre los
cabellos de una mujer, el juego de luz que centellea sobre la pedrería
de su peinado o de su pecho, la melodía de una voz de ángel que el
viento hace llegar de lejos, a través de todos los ruidos y cuyo sonido
vibra largo tiempo, la menor cosa basta entonces para absorber todos los
pensamientos y para suspender toda la existencia. Hay instantes, horas,
días enteros, en que uno está abstraído, a su pesar, por una imagen
encantadora que le llama, que le persigue, que vanamente tratará de
evitar, que encontrará en todas partes y cuya perfección ideal está
compuesta por los rasgos de mil mujeres diferentes, o, todo lo más, por
los de una mujer a la que no se ha visto jamás. ¿Cuántos años hace falta
vivir, mi querido Eduardo, para no sentir semejantes quimeras?...
¡Oh amigo mío! puedes estar seguro de que en el mundo que habitamos hay
almas a las que se castiga por una culpa antigua, o a las que se castiga
tal vez anticipadamente por una falta que inevitablemente han de
cometer, almas de expiación que llevan durante una generación todo el
peso de la venganza divina, y que están condenadas al amor de lo
imposible, como si el supremo poder que no puede, sin contravenir sus
propios decretos, separar el infinito de la eternidad, hubiese querido
dar la sensación de la nada en el presente; aquellos que tienen la
facultad deplorable de concebir, de ver con la imaginación
voluptuosidades ante las cuales las de la tierra resultan pálidas, se
aniquilan estérilmente. Así, todo lo que yo comprendo ahora del amor, no
pertenece al tiempo ni al espacio en que estoy encerrado. Es algo como
la sensación prematura de una dicha futura que no tiene nada de
terrestre, que es ilimitada, que llenará un día el vacío inmenso de mi
corazón, que colmará toda la ambición de mis deseos. ¿Qué queréis
¡grandes dioses! que pida a la mujer que consienta en amarme? ¿qué podré
esperar de ella? ¿El compromiso de los seres tan débiles, tan pasajeros,
que no conocen, que no aprecian siquiera el instante en que gozan, que
no pueden responder de la más próxima de sus emociones, que se
extrañarían todos los días de sí mismos si todos los días adivinasen lo
que les había de ocurrir al siguiente? ¿Una transacción, un contrato de
algunos años o de algunos meses, que una circunstancia imprevista, los
celos, el despecho, el pensamiento, puede modificar; que se altera por
la duración, que se disuelve por la suerte, y que un desprecio, un
capricho, una enfermedad, pueden cambiar en aversión?... ¡No! ¡no!
Nada finito, nada perecedero puede bastar a la necesidad de amar que me
atormenta. Es preciso que yo relaje, ya lo ves tú, que yo rompa todos
los lazos que me atan a los afectos de un día, para situarme en este
camino seguro del cual mi vida es la fatigosa preparación. Es preciso,
para gozar plenamente de lo que yo ame, que encuentre en la dicha de
amar y de ser amado, la seguridad de una eternidad completa y, ¿aun la
eternidad misma será bastante larga para amar?
¡El amor de una mujer!... ¡de una mujer mortal!... ¿qué entiendes por
ello?... ¿Una sonrisa llena de encanto, un timbre de voz que turba y
trastorna los sentidos, un apretón de una mano que quema?... Ya sé qué
es eso. Pero, esa mano y ese corazón se convertirán en polvo, y el polvo
de mi corazón no se confundirá con ella, y lo que quede de mí será para
siempre extraño a esa alma que un momento ha reemplazado a la mía. Eso
no es posible, y el amor de que hablamos, Eduardo, no es más que una
invención de nuestra vanidad. ¡No hay cosa más terrestre que el amor! Es
la primera conquista del hombre que resucita.
_25 de abril._
Ya hace algunos días que sabía que anoche teníamos que visitar a la
señorita de Valency, el único retoño de esa ilustre familia y
propietaria del castillo vecino. Ya había perdido de vista a esa joven,
que no tiene más de veinte años, y que era aún una niña cuando yo salí
de aquí, pero conservaba el respetuoso recuerdo de su tía Adelaida, la
priora, mujer de un espíritu sensato y de la mayor virtud, que me dio
lecciones en mi tierna juventud, y a la cual, quizá, debo este fondo de
piedad, que si no me ha preservado de muchos errores, al menos me ha
consolado en no pocos reveses. Excuso decirte que me produjo la más viva
alegría el saber que el Cielo ha protegido su existencia en medio de los
funestos acontecimientos que le han arrebatado a todos los suyos.
Eudoxia de Valency es de una estatura elevada y bien proporcionada; su
porte es majestuoso, pero no exento de afectación. Sus facciones tienen
una expresión notable, pero me parecen algo estudiadas. La sonrisa, ese
amable índice de la satisfacción de sí mismo, se detiene alguna vez
sobre sus labios, pero es más frecuente ver en ellos una mueca de
desdén. Inútilmente he buscado, inútilmente he esperado en su
conversación un movimiento, un gesto, una inflexión que revele un
pensamiento cordial. Su abandono mismo está tan cuidadosamente
estudiado, hay tanta mesura en su aparente libertad, tanta
circunspección en su franqueza, que, al verla, experimentarías el
sentimiento penoso que producen las imitaciones demasiado exactas de la
naturaleza que no son la naturaleza y que chocan en fuerza de su
parecido. No he de decirte si sus términos son escogidos, si su
elocución es adornada y si en sus discursos brilla la ilustración.
Conoce tres lenguas y hace versos. Cuando nosotros entramos, parecía
meditar profundamente no sé qué pasaje de un libro abierto sobre su
pupitre; al aproximarme reconocí en aquel libro una de las obras
maestras de nuestra metafísica, obra maestra, en efecto, de toda la
aridez de corazón aliada a toda la presunción de espíritu. Yo daría
inmediatamente una buena parte de mi vida por estar persuadido de que no
hay ninguna mujer que lea a Condillac, como estoy convencido de que no
hay ninguna que lo entienda; y creo que no faltaba más que esto para
indisponerme irrevocablemente con todo el sexo.
Mi madre ha notado que la señorita de Valency ha cambiado de
departamento; y nunca adivinarás la razón. Imagínate que en la
extremidad del jardín inglés sobre el cual da su salón y su tocador, hay
una cascada, a decir verdad, poco ruidosa, pero cuyo sordo murmullo
resulta un poco molesto. En los bordes del pequeño estanque que forma la
cascada al caer, han sido plantados unos cuantos sauces llorones, árbol
que odia la señorita de Valency. Después, la exposición de todo el
departamento es al sol naciente, cuyos primeros rayos van, a pesar de
todos los obstáculos, a posarse todas las mañanas sobre sus párpados aún
somnolientos. ¡Figúrate tú la impresión que me ha producido una mujer
que no ama el sol naciente, ni el follaje de los sauces llorones, ni el
rumor del agua lejana, y que, además, lee a Condillac o quiere hacerlo
ver!
La señora Adelaida está enclavada en la cama por una extraña enfermedad
que mina y consume su vida y que, quizás, arrebatará bien pronto al
mundo los ejemplos de su santa existencia. He conseguido que me
introdujesen en su habitación o, mejor dicho, en la modesta celda que
ella misma se ha asignado en el castillo. Estaba acostada, pero vestida,
con las manos cruzadas sobre el pecho. Un crucifijo de madera negra
pendía de su cabecera. Cerca de la cama una mesita cubierta de libros
piadosos y con algunos ramos benditos ya casi secos, adosados contra la
pared. Al ruido que yo hice al entrar se volvió hacia mí y me dirigió
una sonrisa. «¿Es usted--me dijo--, mi querido Gastón? A mi edad, y
después de una tan larga ausencia, casi no podía esperar volver a verle.
¡Loado sea Dios por la nueva gracia que me ha concedido!... Pero no crea
usted que la Providencia no haya tenido sus motivos para salvarle de
tantos peligros. Usted prometía ser bueno y generoso en sus
inclinaciones, moderado en sus pasiones, y el ejemplo de las gentes de
bien es un tesoro para el siglo.» Yo estaba conmovido hasta saltárseme
las lágrimas. Su palidez, su debilidad, su voz casi imperceptible, me
atormentaban con la idea de una separación próxima y eterna. Yo veía que
ella se esforzaba en demostrarme que estaba mejor para causarme menos
pena. Me retiré muy emocionado.
He de confesarte que la señorita de Valency no gana nada al compararla
con una mujer semejante. No obstante, el juicio que he formado de la
joven Eudoxia después de un cuarto de hora de conversación vaga, de
relaciones insignificantes, en medio de las conveniencias embarazosas y
del temor de una primera visita, podría ser también el efecto de una
prevención mal fundada. ¡Soy tan propenso a dejarme sorprender por no sé
qué apariencias de simpatía ridícula o de antipatía injusta! pero yo
ahora te hablo con arreglo a mi pensamiento. Y dígase lo que se quiera,
Eudoxia no tiene nada que reprocharse; yo admito que es perfectamente
bella; dudo de que se pueda tener más talento; quiero creer, con todo el
mundo, que es difícil practicar la virtud de una manera más exacta y
más severa; pero tiene una clase de virtud, una clase de talento y una
clase de belleza, que nunca serán de mi agrado.
_29 de abril._
Hay gentes a quienes la manía de ser grandes les hace descender a
pequeñeces que uno creería con trabajo si ellas mismas no diesen todos
los días ocasión de presenciarlas. En cuanto a mí, esto me causa una
indignación tan violenta, que no soy dueño de contenerla y que me obliga
absolutamente a demostrarla cuando me tropiezo con una de esas personas.
Mi padre se sentía orgulloso de uno de sus antepasados, un simple
jurisconsulto del siglo XVI, pero escritor de una ciencia y de una
erudición poco comunes, que se distinguió por sus obras muy preciosas
sobre la jurisprudencia y las leyes de los tiempos antiguos, y que
interpretó con una sagacidad exquisita textos importantes, pero
confusos, que los más hábiles no se habían atrevido a poner mano sobre
ellos. Hay que hacer notar, de pasada, que es a este grande hombre a
quien mi familia debe su ilustración y que mi nobleza data de él, lo que
no prueba que venga de muy lejos, pero tampoco prueba que tenga un
origen indigno, y esto sí que sería una gran desgracia.
El azar me ha conducido hoy a un salón del castillo, que yo había visto
ya en otra ocasión, tapizado de retratos de familia, y he reconocido
todas las augustas imágenes de los antepasados de mi madre, con sus
escudos, sus condecoraciones y sus armiños; pero he buscado inútilmente
lo que me interesaba más en aquella galería genealógica, la imagen del
sabio respetable cuyos vastos y útiles trabajos han fundado mi fortuna y
han dotado mi nacimiento con la herencia de un nombre querido a la
sociedad. La memoria de este retrato era tanto más viva en mí, por
cuanto, como ya te he dicho, mi padre sentía una singular veneración por
él y lo mostraba con preferencia a las visitas que recibíamos en el
castillo. Yo hubiera podido señalar con el dedo el sitio en que lo había
visto, pero decididamente estaba vacío, y te dejo adivinar la causa de
su supresión. Me avergonzaría de decírtela, tanta ingratitud y tanta
ridiculez encuentro en ella.
Al volver al departamento de mi madre me he informado de los motivos de
un cambio tan extraño; ella me ha contestado, ¡ay! como yo esperaba;
pero he insistido con una firmeza respetuosa y el retrato ha sido de
nuevo colocado en su sitio.
_2 de mayo._
Eudoxia nos ha devuelto esta mañana la visita que últimamente le
hicimos. Venía acompañada de un caballero de los alrededores, llamado
Ferreol de Montbreuse. Yo no te había hablado aún de Ferreol de
Montbreuse, a pesar de que todo el mundo habla de él aquí. Es un hombre
de treinta y seis años a lo más, pero cuya cortesía serena, la gravedad
inalterable y la severidad reconocida de costumbres y de principios,
harían honor a un hombre de más edad. Me habían hablado de su trato como
de la ventaja más real de mi estancia en Turena, y, no obstante, yo no
había tratado de frecuentarle. Tengo en singular estima la perfección,
pero ésta carece para mí de ese atractivo que se apodera del corazón y
que mi corazón necesita experimentar. Tú eres el único amigo que yo haya
recibido de la sociedad (la naturaleza me había dado otro), tú eres el
único, repito, que me haya reducido a sufrir, a perdonar, ese defecto
desolador e inimitable de la perfección; pero la tuya tiene algo tan
natural, tan involuntario, tan desconocido para ti mismo; forma en ti un
conjunto tan inseparable, que uno se acostumbra sin darse cuenta.
Cualquiera que sea el mérito del señor Montbreuse, se pretende que había
tenido la dicha, por un momento, de ocupar los nobles pensamientos de
Eudoxia; dos almas tan solemnes eran dignas de aproximarse. El
descalabro de su fortuna le ha impedido ir más adelante. Es bien
lamentable que después de una revolución, las familias que han corrido
los mismos peligros, los parientes, los vecinos, los amigos, heridos por
una misma desgracia, no imiten a los náufragos que la tempestad arroja
a una isla desierta y no reunan todo lo que poseen. ¡Qué necesidad
tenía yo de quedar tan rico! La noticia del restablecimiento casi total
de la señora priora, me ha causado una alegría tan viva, que no he
podido esperar al día siguiente para írsela a demostrar, y he acompañado
a su casa a la señorita de Valency con una diligencia, que ella
probablemente habrá atribuido a otros motivos. Su tía estaba sentada en
un gran sillón de brazos, en un rincón de la terraza donde los rayos del
sol, débilmente atenuados por algunos macizos de lilas, producían un
agradable calor. Al verme ha querido levantarse, pero yo he corrido
hacia ella para impedirlo. Hemos hablado alegre y largamente de mil
cosas distintas y me ha hecho prometer que le contaría mis viajes y le
hablaría de mis amigos, y le he dicho que tú eras el mejor de ellos. Por
su parte me ha recomendado, con cierta autoridad, que cultivase las
relaciones con el señor de Montbreuse, al que sólo encontraba demasiado
austero para su edad. En fin, ya era bastante tarde y aun estábamos
hablando, cuando advertí que la humedad de la tarde no podía serle
beneficiosa. Entonces entramos en las habitaciones, apoyada por una
parte en mi y por otra en una joven a la que ama mucho y a la que
siempre está elogiando. La llama su amiga, su bienhechora, su ángel
salvador, en reconocimiento de algunos cuidados que ha recibido de ella
durante su enfermedad, y, en efecto, es un ángel esta niña. Yo no me
acuerdo haber visto nada más gracioso ni más dulce que sus facciones,
nada más atrayente ni más cordial. Es uno de esos conjuntos llenos de
armonía y de serenidad en los que la vista se reposa. ¿Has encontrado
alguna vez alguno de esos rostros celestes en los que se lee tanta paz,
tanta dicha, y cuya expresión sobrenatural fascina? Pues algo así es.
Daría cualquier cosa porque la vieses.
¡Una circunstancia encantadora! mis miradas se han encontrado por
casualidad con las suyas. Entonces, ¡si hubieses visto sus hermosos ojos
inclinarse hacia el suelo, sus largas cejas fruncirse ligeramente, sus
mejillas colorearse con un tinte vivo y fugaz! El ángel se ha
ruborizado; entonces no era más que una mortal, pero una mortal
adorable ¡y adorada! iba a decir, ¡qué locura! He aquí lo que me han
contado. Es una pobre muchacha a la que sus padres han abandonado sin
que se sepa la causa. Hace ocho o diez años que dejaron esta aldea donde
vivían de su trabajo, para ir no se sabe dónde. Ciertas personas hasta
aseguran que han acabado bastante miserablemente, pero lo más probable
es que se trate de personas mal informadas. Lo que hay de cierto es que
la señora priora recogió a la pequeña Adela, de la cual era madrina, y
le dio cierta educación. Si mi Adela te interesa, otra vez te daré más
detalles, aunque en el fondo no se trate más que de la doncella de la
señorita de Valency, pues me olvidaba advertirte que con este titulo
vive Adela en el castillo.
Como yo había ido en el carruaje de la señorita de Valency, he vuelto a
casa a pie a través del bosque, que es magnífico y en plena vegetación.
La tarde era de una serenidad deliciosa y la puesta del sol de una
pureza y de una luminosidad incomparables. Prestigios encantadores que
se sucedían en mi espíritu como las ideas de un hermoso sueño, sumían
mis sentidos en el más dulce bienestar. Ahora no sé por qué me
encontraba tan dichoso, porque desde entonces nada ha cambiado en mí,
¡y, sin embargo!... ¡Qué difícil de comprender es el hombre!