claustro, atravesó la iglesia, y cuando hubo llegado al pie de sus
muros, reconoció el objeto que le había atraído. Se aproximó y se
estremeció de horror. Un cadáver casi desnudo, pálido, destrozado,
cubierto de musgo y de fango, los miembros crispados, los cabellos ralos
y sangrientos, y a través del desorden de aquellas facciones deshechas y
mancilladas, un aspecto lleno aún de nobleza y de dulzura; así fue como
Carlos Munster se ofreció a su vista. Guillermo entonces, sin lanzar una
queja ni derramar una lágrima, envolvió aquel cuerpo sin vida con su
hábito negro, lo cargó sobre su espalda y lo llevó al monasterio.
Detúvose en el atrio de la escalera, y después de haber depositado su
triste carga en el suelo, convocó por medio de la campana a los
religiosos del convento. Cuando se hubieron reunido a su alrededor y los
vio dispuestos a oírle, levantó bruscamente el velo bajo el cual se
ocultaba su amigo, y les dijo con voz trémula y dolorosa: «Este es
Carlos Munster.» Pero la palabra expiró en sus labios, sintió que las
fuerzas le faltaban y cayó sobre el cadáver. Al abrir los ojos no vio
más que a un hermano que le dijo que la comunidad no había creído
prudente conceder a su amigo sepultura católica, porque en el misterio
en que había sobre la naturaleza de su muerte, había temido excederse en
sus deberes rodeando el ataúd del infortunado de las pompas de la
religión.
Guillermo se levantó, cogió a su amigo en sus brazos y se dirigió
silenciosamente a la orilla del río, donde cavó una fosa, colocando
encima una piedra con una sencilla inscripción, pero el primer vendaval
llenó la inscripción de arena y polvo, y la primera crecida del Danubio
arrastró piedra, sepultura y cadáver.
Guillermo murió al año siguiente.
Eulalia aún vive; ahora tiene veintiocho años.
LAS MEDITACIONES DEL CLAUSTRO
1803
La existencia del hombre desengañado es un largo suplicio; sus días
están sembrados de desengaños y sus recuerdos llenos de remordimientos.
Se nutre de absenta y de hiel; el comercio de los hombres se le ha hecho
odioso; la sucesión de las horas le fatiga; los cuidados minuciosos que
constituyen su obsesión le importunan y le sublevan; sus propias
facultades son una carga para él, y maldice, como Job, el instante en
que fue concebido.
Vacilante bajo el peso de la tristeza que le anonada, se sienta al borde
de su fosa y, en la efusión del dolor más amargo, eleva los ojos al
cielo y pregunta a Dios si es que su providencia le ha abandonado.
Tan joven aún y tan desgraciado, desilusionado de la vida y de la
sociedad por una experiencia precoz, extraño a los hombres que han
lacerado mi corazón, y privado de toda esperanza, he buscado un asilo en
mi miseria y no lo he encontrado. Me he preguntado si el estado actual
de la civilización era tan desesperado que no tenía ya remedios para las
calamidades de la especie, y si las instituciones más solemnes
consagradas por el sufragio de los pueblos adolecían también del defecto
de la corrupción universal.
Caminaba al azar, lejos de los caminos frecuentados, porque yo evito el
encuentro con los que la naturaleza me ha dado por hermanos, y temía que
la sangre que caía de mis pies desgarrados no les sirviera de rastro.
A la vuelta de un sendero hundido en el fondo de un valle sombrío y
agreste, vi un día un viejo edificio de una arquitectura sencilla pero
imponente, y la sola contemplación de aquel lugar hizo descender a mis
sentidos el recogimiento y la paz.
Llegué hasta el pie de los muros y presté atento oído a los rumores de
su soledad, pero no oí más que el viento del norte que gemía débilmente
en los patios interiores y el grito de las aves de presa que
revoloteaban sobre las torres. En la parte exterior no encontré más que
puertas rotas sobre sus goznes, grandes vestíbulos, sobre los que no se
veían huellas humanas, y celdas desiertas. Después, descendiendo por los
estrechos escalones, a la claridad de un tragaluz, en los subterráneos
del monasterio, avancé lentamente por entre los restos de la muerte de
que estaban sembrados; y, deseoso de entregarme sin distracción, al
sentimiento vago y casi dulce que me inspiraba la solemnidad de aquel
retiro, me senté sobre un ataúd destruido. Cuando me acordé de las
asociaciones venerables que había de ver tan poco tiempo y echar de
menos tantas veces, cuando reflexioné sobre esa revolución sin ejemplo
que las había devorado en su carrera de fuego, como para arrebatar a las
personas honradas hasta la esperanza de un consuelo posible, cuando yo
me dije, en la intimidad de mi corazón: «Este lugar hubiera sido tu
refugio, pero no te han dejado nada; sufrir y morir, tal es tu destino»,
¡oh! cuán grandes y conmovedores me aparecieron los pensamientos que
presidieron la inauguración de esos claustros, cuando la sociedad,
pasando de los horrores de una civilización excesiva a los horrores
infinitamente más tolerables de la barbarie, y en esta hipótesis en que
el retorno al estado de la naturaleza y hasta del gobierno patriarcal no
era más que la quimera de algunos espíritus exaltados, esos hombres de
una austera virtud y de un carácter augusto erigieron, como el depósito
de toda la moral humana, las primeras constituciones monásticas.
Esos monasterios conservadores fueron otros tantos monumentos a la
religión, a la justicia y a la verdad.
La manía de la perfección, de donde derivan todas nuestras desviaciones
y todos nuestros errores, estaba a punto de renacer; el mundo iba a
civilizarse quizás una vez más. Todos los pensamientos generosos, todos
los afectos primitivos volverían a borrarse, y los oscuros solitarios lo
habían previsto. Modestos y sublimes en su vocación, no aspiran más que
a conservarnos la belleza moral, perdida en el resto del universo.
El que era rico hace de sus bienes el patrimonio de los pobres.
El que era poderoso e imponía a su alrededor órdenes inviolables, se
pone rudo cilicio y entra con sumisión en las vías que le son
prescritas.
El que ardía en amores y en deseos, renuncia a los placeres prometidos y
abre un abismo entre su corazón y el mundo.
El menor sacrificio del más débil de esos anacoretas, haría la gloria de
un héroe.
Examinemos, no obstante, con una escrupulosa atención lo que esa sagrada
milicia pueda tener de chocante para los sabios de nuestro siglo, y por
qué crímenes los humildes cenobitas se han atraído esa animadversión
furiosa, única en los anales del fanatismo.
Ellos eran ángeles de paz que se entregaban en el silencio de la soledad
a la práctica de una moral excelente y pura y que no aparecían entre los
hombres más que para ofrecerles algún beneficio.
Sus mismos ocios estaban consagrados a la oración y a la caridad.
Dirigían la conciencia de los padres, presidían la educación de los
niños, protegían, como las hadas, los primeros días de los recién
nacidos sobre los que atraían los dones del Cielo y las luces de la fe.
Más tarde, guiaban sus pasos en los senderos difíciles de la vida, y
cuando ésta llegaba a un período supremo, ellos sostenían al débil
viajero en las avenidas de la tumba y le abrían la eternidad.
Que no se diga que el desgraciado es un anillo roto en la cadena de los
seres.
El pobre expirante sobre la paja, estaba al menos acompañado de sus
exhortaciones y de sus consuelos.
Comprendían a todos los afligidos en una misma compasión. Su viva
caridad se informaba menos de la culpa que de la desgracia, y por eso
encantaban con sus consuelos la agonía de los moribundos y la tristeza
de los prisioneros; y si el inocente les era querido, no odiaban al
culpable. ¿Acaso el crimen no necesita también la piedad?
Cuando la justicia había encontrado una víctima, y el paciente,
abandonado de todo el mundo, avanzaba lentamente hacia el cadalso, podía
ver a su lado a esos emisarios divinos de la religión, y sus ojos, antes
de cerrarse, leían en sus ojos resignados la promesa de la salvación.
Sus modestas miradas se enriquecían, no obstante, con los más ilustres
recuerdos. Habían visto poderosos monarcas abdicar la púrpura ante sus
altares y guardaban en sus relicarios el cetro de Amadeo y la doble
corona de Carlos V.
Habían dado jefes al mundo cristiano; Padres y oradores a la Iglesia;
intérpretes y mártires a la verdad.
Los fundadores eran elegidos que Dios había inspirado; sus reformadores,
hombres valerosos y entusiastas que el infortunio había instruido. Es
en medio de ellos que floreció el genio de Abelardo, cuya memoria está
ligada a todos los sentimientos de piedad y de amor. También fue en la
oscuridad de sus celdas donde Rancé ocultó sus penas y donde aquel
espíritu ingenioso que a los doce años había adivinado las delicadas
bellezas de Anacreonte, abrazó libremente, a la edad del placer, las
austeridades de que nuestra debilidad se asusta.
En fin, sus maneras, sus costumbres y hasta sus vestidos participan del
carácter noble y severo de su misión.
Casi contemporáneos del verdadero culto, su origen se remonta además a
los esenios de la Siria, a los terapeutas del lago Moeris. Los desiertos
del África y del Asia hablaban de sus grutas.
Vivían en común como el pueblo de Licurgo y se trataban fraternalmente
como los jóvenes guerreros tebaicos.
Tenían remedios secretos como los sacerdotes de Isis.
Algunos se abstenían de la carne de los animales y del uso de la
palabra como los discípulos de Pitágoras. Otros usaban la túnica y el
gorro de los frigios, y otros, en fin, ceñían sus riñones como el hombre
primitivo.
Las órdenes de las mujeres no presentaban armonías menos maravillosas.
Su vida era casta como la de las musas. Cantaban con una voz melodiosa y
habitaban en lugares retirados.
Algunas usaban velos y bandas como las vestales, otras túnicas flotantes
como las romanas, o cascos y armaduras como las jóvenes sármatas.
Unas se dedicaban al cuidado de los niños abandonados, como otras tantas
madres dadas por la Providencia, otras vendaban las heridas de los
guerreros, como las princesas de los siglos heroicos y las castellanas
medioevales.
Guardaban las memorias de las Eloisa y de las Chantal, de las Luisa y de
las La Vallière; contaban entre los suyos los nombres de muchas hijas y
de muchos amantes de reyes que habían cambiado los esplendores del lujo
y las ilusiones de la voluptuosidad por el sayal y los trabajos de la
penitencia.
En fin, cuanto más profundizo la historia de esos monjes tan
desacreditados, más admiro y venero la extensión de sus trabajos.
Caballeros de la fe en Rodas y en Jerusalén; holocausto de la fe entre
los idólatras; conservadores de la cultura en toda Europa y propagadores
de la moral en ambos hemisferios; artistas y literatos en la China;
legisladores en el Paraguay; instructores de la juventud en las grandes
ciudades y patrones de los peregrinos en los bosques; hospitalarios en
el monte de San Bernardo, y redentores de cautivos en Argelia, yo no sé
si las malas acciones que se les atribuyen podrían contrapesar tantos
servicios; pero se me ha demostrado que una institución perfecta sería
contradictoria a nuestra esencia, y que si es verdad que las
asociaciones monásticas no carecen de inconvenientes, es porque el genio
del mal ha impreso su sello en todas las creaciones humanas.
¿Qué esperabas, pues, de tus orgullosas tentativas, innovador
sedicioso? ¿Anonadamiento o perfección? El primero de esos deseos es
quizás un crimen; el segundo es seguramente el más vano y el más
peligroso de los errores. Lleva, si quieres, la antorcha de Eróstrato al
edificio social; mi corazón está bastante amargado para aprobarte; pero
puesto que el Cielo ha querido que habitásemos una tierra en la que todo
es imperfecto, a excepción del dolor, no ensayes más esas reformas
parciales que sólo servirán de monumentos a tu nulidad.
¡Y qué! ¡ellos han analizado el corazón del hombre, han sondado todas
sus profundidades, han estudiado todos los movimientos y no han
presentido siquiera una sola de esas ocasiones para las cuales la
religión había inventado los claustros! Terrores de un alma tímida que
carece de confianza en sus propias fuerzas; expansión de un alma
ardiente que tiene necesidad de aislarse con su Creador; indignación de
un alma afligida que ya no cree en la dicha; actividad de un alma
violenta amargada por la persecución; debilidad de un alma consumida
que la debilidad ha vencido; ¿qué específicos oponen ellos a tantas
calamidades? Preguntádselo a los suicidas.
He ahí una generación entera a la cual los acontecimientos han dado la
educación de Aquiles. Han tenido por alimentos la medula y la sangre de
los leones; y ahora que un gobierno, que no deja nada al azar y que fija
el porvenir[A], ha restringido el desarrollo peligroso de sus
facultades; ahora que se ha trazado a su alrededor el círculo de Popilio
y que se le ha dicho como el Todopoderoso a las olas: «De aquí no
pasaréis», ¿sabéis lo que tantas pasiones ociosas y tantas energías
reprimidas pueden producir de funesto? ¿sabéis cuán próximo está a
abrirse al crimen un corazón impetuoso entregado al aburrimiento? Yo
declaro con amargura, con espanto: ¡la pistola de Werther y el hacha del
verdugo han diezmado nuestras filas!
ESTA GENERACIÓN SE LEVANTA A DIOS Y PIDE CLAUSTROS.
Paz completa a los dichosos de la tierra, pero maldición a los que
niegan un asilo al infortunio. El primer pueblo que consagró entre el
número de sus instituciones un lugar de reposo para los desgraciados,
fue sublime. Una buena sociedad provee a todo, incluso a las necesidades
de los que se separan de ella por su gusto o porque no tienen más
remedio.
Mientras tanto, había vuelto al piso superior y, apoyándome contra una
columna gótica, adornada con tristes emblemas, advertí unos caracteres
penosamente trazados sobre una de las caras del zócalo, y leí lo
siguiente:
«Viendo la ceguera y las miserias del hombre, y esas contrariedades
sorprendentes que se descubren en su naturaleza, y mirando al universo
entero mudo y al hombre sin luz, abandonado a sí mismo y como extraviado
en este rincón del universo, sin saber quién le ha puesto en él, qué ha
venido a hacer, cuál haya de ser su destino futuro, yo me espanto como
el hombre a quien hubiesen llevado dormido a una isla desierta llena de
peligros, y se despertase sin conocer dónde está ni los medios de
salir; reflexionando sobre esto me admira cómo el hombre no se desespera
por tan miserable estado.»
En estas líneas Pascal ha bosquejado toda la historia del género
humano.
ADELA
1820
PREFACIO[B]
Estamos lejos de la época en que el lector deseaba en las novelas esos
desarrollos hábilmente conducidos que aumentan el interés de una acción
a la que concurren todas las circunstancias; esos detalles de costumbres
y de caracteres que hacen vivir en el espíritu las cosas y las personas,
el atractivo extraordinario y punzante de las combinaciones libres de la
imaginación, conciliado a fuerza de arte con la verosimilitud de la
historia. A la generación actual, impaciente de sensaciones fuertes y
variadas, le importa poco encontrar en las producciones del espíritu
esa acertada medida, esa exquisita conveniencia, en estilo tan puro y
tan delicado que distinguen a los inimitables novelistas de Francia y de
Inglaterra, a los Lesage y a los Fielding, a los Rousseau y a los
Richardson. El alma no sale casi de su situación actual más que para
cambiar el orden de sus emociones, para renovar la especie, para
distraerse por sensaciones más poderosas; y es muy cierto que las
emociones puramente sociales de nuestro siglo han debido hacernos más
difíciles a las emociones novelescas. Ahora, cuando nuestra curiosidad,
aguijoneada por una increíble variedad de cuadros que no ha buscado, se
decide a buscar algo fuera de la esfera de las ideas positivas, es
natural que se interese menos por los hechos que por las pasiones, por
las circunstancias materiales de un relato que por el sentimiento
indefinido que hará nacer, ver las aventuras verdaderas o falsas de un
personaje indiferente que por no sé qué _idealidades_, las cuales, sin
constituir un carácter particular, corresponden más o menos con las
necesidades, los afectos, las ilusiones de la mayoría, en las épocas
desgraciadas de la sociedad. Este orden de ideas es lo que se llama
desde hace algún tiempo la _ola_ en literatura, y ya se sabe que la
literatura es la expresión escrita de la moral. Esto es lo que quería
decir para justificar el género de esta obra, en la que no se
encontrarán más que caracteres esbozados, hechos entrevistos, el cuadro
defectuoso, en fin, de una obra más que mediocre, que no he tenido el
tiempo, ni el talento, ni la fuerza de hacer mejor.
Como es mi héroe, con todos sus errores y pasiones, el que habla, pido
permiso al lector para hablar de él. Para Gastón ha pasado ya la edad de
las ilusiones, y no es que su corazón esté fatigado, pero sí marchito
por la experiencia. La costumbre de los disgustos le ha hecho sombrío y
tímido. La costumbre de los desprecios le ha hecho desconfiado. Es como
todos los hombres que han sufrido mucho. Teme las emociones nuevas
porque siempre ha perdido en el cambio, pero las experimentará
necesariamente porque hay almas que sienten la necesidad de ellas y las
buscan a su pesar. Su sensibilidad se ha debilitado, pero él la cree
extinguida. Su mismo estilo será más sencillo, más descuidado que de
ordinario. La poesía de las expresiones se decolora con la poesía de los
sentimientos. No obstante, la primera chispa que reanimará este volcán
hará salir de su seno relámpagos más amenazadores que nunca. Esto no
será una serie no interrumpida de ideas y de acciones vehementes, una
manera continuamente violenta de ser y de sentir; serán movimientos
raros, pero impetuosos y terribles, que, no obstante, no producirán
nunca el mal absoluto, excepción distintiva y cierta en favor de las
pasiones que tienen su fuente en una organización elevada. No intentaré
disculparme por haberme encariñado por su carácter, ni tampoco diré las
razones particulares que me han decidido a pintarle bajo diversos
aspectos. El interés que me haya tomado a mi pesar, no excusará la
multiplicidad de mis ensayos. Por haber vivido en un orden de
sensaciones afortunadamente poco común, no se adquiere el privilegio de
escribir malas novelas.
Esto exige una justificación más especial. Con su corazón recto, pero
muy exaltado, Gastón no ha podido defenderse de la influencia del
espíritu de paradoja que ha presidido por completo la educación de las
últimas generaciones. Este espíritu se desarrolla en razón de la
situación de Gastón, cuando la dicha de su vida viene a depender de una
regla de conveniencia social y siente la posibilidad de justificar a sus
propios ojos una falta por un sofisma. Una novela no es una conclusión y
menos aún las opiniones de un personaje de novela, que no pretende ser
eminentemente razonable, contra las conveniencias públicas a las que la
razón de los siglos ha reconocido la importancia. Por otra parte, no
seré yo el que acuse a los hombres que declaman contra ciertas
consecuencias por aversión a todos los principios, y que no combaten, en
el fantasma de la nobleza actual, más que la existencia aún positiva de
la monarquía... Hay que confesar que nunca hubiera estado más fuera de
lugar semejante género de agresión.
No me queda más que una palabra por decir. Importa poco al público que
yo haya escrito tal o cual novela, pero a mí me importa muchísimo no
haber escrito más que las mías. Puesto que mi nombre, que yo no creía
tuviese tanto crédito, ha podido convertirse para algunos libreros en un
objeto de especulación, aprovecho la ocasión para declarar que esta
última obra es con _Juan Sbogar_, _Teresa Aubert_ y los volúmenes
publicados con el título de _Cuentos_, _Novelas y Misceláneas_, todo lo
que yo he hecho en este género. Estos escritos no merecen, ciertamente,
mayor consideración que los que me han atribuido y me atribuirán aún,
pero son míos.
GASTÓN DE GERMANCÉ A EDUARDO DE MILLANGES
_Germancé, 12 abril 1801._
Sé que te place, mi querido Eduardo, el haberme sugerido esta idea.
Acostumbrado a partir contigo todas mis penas y todos mis placeres, a
extraer de tu corazón todos mis consuelos y todas mis esperanzas, a no
creerme seguro de la posesión de un pensamiento o de un sentimiento al
que tú no te encuentres asociado en algún modo, ahora, separado de ti
por la fuerza de los acontecimientos, lanzado en medio de una nueva
existencia, me costaría demasiado trabajo el no saber dónde depositar
cada una de las emociones que este orden de cosas me destina. Nosotros,
afortunadamente, hemos atenuado la tristeza de esta vida solitaria,
obligándonos a darnos fiel cuenta de nuestras jornadas, de nuestras
aventuras, de nuestros proyectos, de nuestros secretos y dulces
ensueños, de modo que cada uno de nosotros, al recibir al final de cada
mes el diario sincero de su amigo, pueda aún identificarse con él como
antes, volver a vivir todas las horas pasadas. El cambio continuo de los
secretos y la confianza de todos los momentos, hará nulos los efectos
del tiempo y del espacio y disminuirá el rigor de la ausencia.
Ya hemos previsto que la calma de tu carácter, la dulzura de tus
costumbres y la gravedad de tu espíritu, te asegurarán días tranquilos y
apacibles, que las tempestades del mundo casi no alterarán. La
exaltación de mi cabeza, el ardor de mis pasiones, mi propensión al
entusiasmo, y quizás a la locura, como tú dices algunas veces, te han
dado lugar a suponer que mis relatos serán más variados y más animados
que los tuyos. De acuerdo con este cálculo, tú te encargarás de la parte
filosófica, de la parte razonable de nuestra correspondencia, y yo te
proporcionaré un diario novelesco bastante extravagante. No esperes otra
cosa. La hipótesis fundada por lo que se refiere al pasado, es falsa,
absolutamente falsa para el porvenir.
Tengo veintiocho años, Eduardo mío, y, lo que es más raro a esta edad,
la experiencia de una docena de años de desgracias. He vivido de prisa,
porque mi sensibilidad, que era mi vida, se ha consumido en ensayos
infructuosos y en efectos estériles. Las calamidades de la revolución,
los peligros de la proscripción y de la guerra, las agitaciones siempre
renacientes de una vida incierta y móvil, las pérdidas múltiples, vivas
y dolorosas, todo esto, sin duda, ha podido imprimir a mi organización,
a mi carácter, al movimiento de mis pensamientos, a la dirección de mis
expresiones, yo no sé qué algo de singular, de inusitado, de raro, esa
especie de exageración, en fin, de la cual tú censuras con tanta razón
las desviaciones; pero, en realidad, yo no necesitaba más que entregarme
a la naturaleza y a mí mismo, encontrarme libre de todas las impresiones
extrañas que fatigaban mi corazón, volver al reposo delicioso de la
soledad y al círculo de los deberes fáciles, para renovarme. No
llegarás a imaginar la tranquila esperanza de que estoy poseído desde
que he atravesado el umbral del viejo castillo paterno, y he
contemplado, a través de los vidrios de mi habitación nativa estos
bosques, estos campos magníficos, estos bellos espacios de verdura, tan
familiares y tan caros a mi infancia.
Mi madre me ha recibido con ternura, pero con una ternura mezclada con
ese aire ceremonioso que tú ya conoces, y que rechaza, por decirlo así
hasta el fondo del alma, un sentimiento pronto a estallar. ¡Qué cruel
es, Eduardo, no poder expresar lo que se siente a una persona a la que
se ama y a la que se tiene el derecho de amar, sin violar las
conveniencias! Pero me he contenido.
Para visitar el departamento de mi padre he tenido que reunir todas mis
fuerzas de hombre; fue en aquel lugar donde yo le vi por última vez y
donde recibí sus últimas instrucciones y sus últimos besos, cuando yo
esperaba volver a verle y recibir sus besos después de haber cumplido
mis deberes para con el príncipe y la patria. ¡Qué pérdida tan grande!
tú, que pudiste apreciar sus cualidades, lo sabes mejor que nadie; la
elevación de su espíritu, la pureza y la sencillez de sus costumbres y
esa filosofía tranquila y religiosa, le hacían tan superior a la
adversidad, que todas las vicisitudes parecían para él motivos de
alegría. Dios no ha permitido que me asistiese por más tiempo con sus
consejos y que me guían entre los escollos de la vida. Me ha dejado solo
sobre esta tierra, y ante la idea, ante la convicción de mi abandono
absoluto, se me parte el corazón. Te dejo un instante para llorar.
_17 de abril._