carrera, estar, en algún modo, asociado a sus descubrimientos y recorrer
con él distancias que nunca se hubieran alcanzado sin guía, como el
navío acostumbrado a cortas travesías, al que un piloto hábil hace
surcar por entre mares inmensos y hacia puertos desconocidos. Así,
nuestra imaginación arrastrada en el sublime vuelo de tu musa, ¡oh
divino Klopstock!, y recorriendo sobre sus huellas los espacios que tú
has poblado, se extraña de los milagros que le rodean y se detiene
sobrecogido de espanto ¡Con qué magnificencia reúnes bajo nuestros ojos
todo lo que la poesía tiene de maravilloso, lo mismo cuando nos
introduces en los consejos del Altísimo en que los ángeles celebran los
misterios del cielo y los querubines, penetrados de un religioso temor,
agitan en su huida sus alas de oro, que cuando nos descubres las grutas
tenebrosas de los infiernos, evocas, con una autoridad increíble, esos
ángeles vencidos que una eterna venganza persigue con eternos tormentos,
trémulos bajo sus cadenas ardientes y sus rocas calcinadas, o nos
transportas al gran sacrificio del Gólgota en que el Creador del mundo
se abandona a las angustias de la agonía para redimir a sus verdugos!
Pero la lectura de la Biblia me ofrece aún más deliciosos goces. No hay
circunstancia en la vida en que el hombre no pueda hallar consuelo en
alguno de sus pasajes; ninguna desgracia que ella no solemnice, ninguna
alegría que no embellezca: por eso es un libro emanado directamente del
cielo.
Con frecuencia, cuando la naturaleza, en todo el esplendor de sus galas
otoñales, y con todos sus bosques diademados de oro y de púrpura, sonríe
al sol poniente, yo me siento en la pendiente de un ribazo, bajo alguna
añosa encina, y releo los ingenuos bucólicos de los primeros tiempos, la
candorosa historia de Ruth y los cantos de amor de Salomón. Otras veces,
bajo los arcos góticos de una iglesia arruinada que eleva sus torres
solitarias en el valle, escucho; y, en el rumor del viento, que gime a
través de sus muros, como voces de bronce, creo percibir la palabra
profética de un Daniel o de un Jeremías. Otras veces sobre la fosa de mi
padre y a la sombra melancólica de los árboles que yo he plantado, me
acuerdo, con abundantes lágrimas, de la historia de José y de sus
hermanos, porque yo que veía hermanos en todos los hombres, también he
sido vendido por ellos y ellos son los que me han desterrado. Pero con
más frecuencia, cuando la noche, velada de negros cendales, avanza por
su silencioso camino, yo repito con Job, en la efusión de mi dolor, esta
profunda exclamación del alma desengañada: _¿Por qué la luz ha sido dada
a un miserable y la vida a los que tienen la amargura en el corazón?_
_10 de octubre._
De buena gana rompería mis pinceles cuando comparo la naturaleza de este
triste Occidente, mezquina y desgraciada, con esos climas favorecidos,
esos cielos puros y ese sol sin mancha del magnífico Oriente, cuando
vago con el pensamiento, bajo las chozas nómadas y patriarcales de los
pastorales oasis o entre los augustos monumentos del viejo Egipto y
cuando el magnífico habitante de esas felices regiones se eleva ante mis
ojos en toda la energía de su primitiva grandeza y de sus formas
originarias, mientras aquí observo cómo se han comprimido todas las
fuerzas y restringido todas las facultades. Cuando me parece ver al
árabe, solo con su corcel, que como él respira toda la libertad de sus
soledades, cuando con la imaginación le veo franquear las arenas
tórridas o bien reposar bajo la sombra reparadora de las palmeras,
entonces me quejo a la Providencia de que me haya desterrado a una zona
fría, en medio de una naturaleza tímida y tan lejos de las soberbias
miradas del sol inspirador, y me pregunto: ¿Por qué los hombres me han
hecho cautivo y por qué me han conducido prisionero a sus ciudades?
¡Hubieseis visto como yo al león del desierto arrojarse sobre la tierra
alterada, olvidando que ella arde, y saborearla largo tiempo entre sus
dientes!
He dicho en el desierto, porque entre los lazos de hierro de la sociedad
y bajo el peso de sus ignominiosas instituciones, vuestros órganos
relajados no podrían soportar largo tiempo el esplendor de tan
exuberante naturaleza. Sus ricas prodigalidades no podrían pertenecer al
hombre que se ha dejado degradar de la dignidad de su especie y que ha
traficado cobardemente con su independencia. ¡Y cuán profundamente se
siente humillada el alma generosa que ha comprometido todas sus fuerzas
en este contrato, cuando conoce el precio de su sacrificio, cuando se
encuentra subyugada por el audaz ascendiente de esos insolentes
dominadores, y cuando compara la presente con esas edades afortunadas de
la juventud del mundo en que las sociedades circunscritas en los
estrechos límites de las familias no reconocían otros poderes que los
que le habían sido conferidos por la Divinidad, ni otro jefe que el que
recibían de la naturaleza!
Es entonces cuando se siente la necesidad de elegir entre las armonías
de la tierra las que tienen una afinidad más particular con nuestra
miserable condición; es entonces, y yo lo he experimentado con
frecuencia, cuando se prefiere a la pompa radiante del sol las dudosas
claridades de la luna y los misterios de la noche, a los esplendores del
estío, a las gracias de la primavera, a los opulentos dones del otoño,
la triste desnudez del invierno, las brisas frías y las negras
escarchas.
Así, cuando mi alma se desprendió de sus juveniles ilusiones y cuando
no encontró ya nada que la pudiera retener entre los hombres, espió los
secretos de las tinieblas y las alegrías silenciosas de la soledad,
comenzó a vagar por las moradas de la muerte y bajo los gemidos del
aquilón; por eso ella ama las ruinas, la oscuridad, los abismos, todo lo
que la naturaleza tiene de terrorífico, y por eso ha estudiado, sin
necesidad de buscar otro modelo, algunos de los caracteres del
infortunio.
Sí; lo repito, el invierno en toda su indigencia, el invierno con sus
pálidos astros y sus desolados fenómenos, me promete más goces que la
orgullosa profusión de los hermosos días. Me place ver la tierra
despojada de su fecunda vestidura y flotando en esos horizontes brumosos
como en un mar de nubes. En medio de esas grandezas desvanecidas y de
esa vegetación ahogada, todo parece adquirir aspectos fúnebres, todo se
vuelve terrible y severo. A través de los velos grisáceos y de las nubes
formidables en que está envuelto, se tomaría al sol por un meteoro que
se extingue. Los ríos no tienen aquel estremecimiento divino, las
selvas no murmuran ni dan sombra. No se oye más que el crujido de la
rama muerta que se rompe y el zumbido del viento que se desliza silbando
sobre la llanura desolada. La única verdura que se ve es la hiedra que
extiende sus amplias alfombras por las paredes de las rocas, que se las
adosa a los muros rústicos o envuelve con ellas el tronco de las viejas
encinas. Unicamente algunos abetos destacan aquí y allá, entre la nieve
de las montañas, sus obeliscos oscuros, como otros tantos monumentos
dedicados a la memoria de los muertos... Y de cuando en cuando podéis
ver, en la lejanía, algunos viajeros que cruzan precipitadamente la
llanura, o peregrinos que oran sobre una tumba.
_17 de octubre._
Después de abundantes lluvias, un torrente amplio y rápido, alimentado
con todos los arroyos y barrancos, desciende desde lo alto de las
montañas, cae con el ruido del trueno, se lanza furioso en la llanura,
la llena de espanto y de desastre, destroza, invade, devora todo lo que
se opone a su paso, y, arrastrando en su loca carrera árboles arrancados
de raíz, rocas y ruinas, rueda y se precipita rugiendo en el Salza.
Si sobre esos bordes veis un grupo de álamos que opone dulcemente su
tranquila majestad a la agitación vehemente de la corriente, nuestro
espíritu no puede por menos que entregarse a pensamientos graves y
religiosos, y meditáis tristemente sobre esas vanas grandezas del mundo
que aparecen de pronto, como esos torrentes, sin que se conozca el
origen, que, como él, pasan entre estrépitos y devastaciones y como él
se pierden en el abismo.
En cuanto a mí, sonrío con piedad ante los cuidados pueriles que el
hombre siente, mientras que el tiempo arrastra en su porvenir siempre
naciente el corto presente de que gozan; y al considerar que la vida no
es más que un momento que huye en medio de la inmensa eternidad, siento
que mis penas disminuyen.
_19 de octubre._
Esta noche me encontraba en esa situación indefinible que no tiene casi
nada de la actividad de la vida, pero que tampoco es el sueño. Creí oír
una música muy melodiosa, de una expresión suave y conmovedora, y cuyos
sonidos eran modulados con tanta dulzura, que ni siquiera el arpa los
hubiera podido producir más tiernos y más seductores. Se hubiera dicho
que era un concierto angélico, pero su armonía inconstante y caprichosa
no multiplicaba mis alegrías más que para multiplicar mis pesares;
apenas había conseguido retenerla, cuando me escapaba de nuevo. En fin,
después de una cadencia sollozante que resonó largo tiempo en mi alma,
cesó y no oí más que un ruido sordo parecido al de un río lejano. Luego
una mano fría se posó pesadamente sobre mi corazón; un fantasma se
inclinó hacia mí y pronunció mi nombre con voz penetrante, y yo sentí
que el aliento de su boca me había helado. Me volví y creí ver a mi
padre, no como era antes, sino como una forma vaga y sombría, pálido,
desfigurado, los ojos hundidos, las pupilas sangrientas y los cabellos
en desorden; después se alejó, haciéndose cada vez menos distinto y
disminuyendo en la oscuridad, como una luz presta a extinguirse. Quise
lanzarme en su seguimiento, pero, en el mismo instante, la luz, la voz,
el fantasma, todo se desvaneció con mi desvarío y no abracé más que el
vacío.
_23 de octubre._
Puesto que es verdad que, desde el comienzo de este corto tránsito de la
vida, todo lo que vemos a nuestro alrededor no nos deja más que pesares,
dichoso el sabio que se envuelve en su manto, se abandona en su esquife
y se aleja sin volver los ojos a la orilla. Pero carezco de este difícil
valor.
Yo mismo me extraño de las vacilaciones de mi corazón y de la ciega
facilidad con que acoge diariamente nuevas quimeras. Todo lo que tiene
una apariencia de novedad le seduce, porque sabe que su estado actual es
el peor y siempre saldrá ganando con el cambio. Quiere emociones
desiguales y diferentes, una manera de ser diversa y fortuita, porque ha
observado que el azar le daba mejor resultado que la previsión. No
obstante, es tal su inquietud, que en medio de las agitaciones que
busca, desea aún el reposo, únicamente, quizá, porque el reposo es una
cosa distinta de lo que él experimenta diariamente, pero no tarda en
fatigarse del mismo reposo. No ve la dicha más que lejos de él, y, desde
que cree haberla visto en alguna parte, rompe, para alcanzarla, los
nudos que le atan al lugar donde se encuentra; ¡dichoso si pudiera
romperlos todos! ¿Qué ocurre mientras tanto? Antes de haber recorrido la
mitad del camino que nos conduce al sitio deseado, el prestigio cesa y
el fantasma se desvanece, burlándose de nuestras esperanzas. ¡Dios me
preserve de vivir mucho tiempo así!
«¡Acercarme a Eulalia!--decía yo esta mañana--, ¡sí, vivir a su lado!
¡habitar donde ella habita! ¡respirar el aire que respira!» Y, desde
entonces, todo lo que veo aquí me importuna.
_30 de octubre._
El otro día, casi sin darme cuenta, me encaminé hacia Salzburgo; pero,
desde que vi la fortaleza de la montaña, las flechas de las iglesias,
las cúpulas de los palacios, y desde que pude enlazar la sensación que
experimentaba con todos mis recuerdos, me encontré tan poderosamente
arrastrado, que por nada del mundo hubiese cambiado de dirección.
Mientras tanto la noche se aproximaba y las brumas espesas y lluviosas
hacían aún mayor la oscuridad. No tenía necesidad, además, de
recogimiento y de libertad de espíritu y no quería entrar en la ciudad
hasta después de haber acostumbrado mi alma a las agitaciones que la
amenazaban. Me abandoné con voluptuosidad a aquella noche larga y
rigurosa en la que nada limitaba la independencia de mi pensamiento.
Todos esos cuadros que el día anima y colorea, todo lo que me recuerda
la vida me enoja y me contraría. Si hay en mí alguna actividad poderosa,
si siento algunas veces en mí una fuerza superior a la del hombre, es en
el aislamiento de la noche y en la contemplación de las tumbas. Todas
las ideas sublimes nacen del corazón, y el corazón del hombre está hecho
de dolor y de sombras.
Al pasar por la aldea donde vi enterrar a Cornelia, y donde conocí al
marido de Eulalia, penetré en el cementerio por las brechas del muro. La
oscuridad era profunda. Los búhos de la vieja iglesia gemían o silbaban
en las cornisas. La campana, lentamente movida por el aire, producía
sonidos quejumbrosos y, de pronto, no sé qué acentos lúgubres se
elevaron a mi lado. Entonces un hombre se atravesó en mi camino, y
después, inclinando la cabeza sobre el pecho, pronunció el nombre de
Cornelia. Era Guillermo, y el Cielo me permitió darle algunos consuelos;
porque la voz de los desgraciados llega fácilmente al corazón de los
desgraciados y se dice que los que han sufrido mucho conocen palabras
para calmar el dolor. Conversamos largo rato.
«--Si yo hubiese querido--me dijo--, es fácil dejar la vida, y los días
del hombre pueden abandonarse como un vestido. Pero, ¿me atreveré a
decírselo? era media noche; yo estaba sentado sobre esas piedras y
dispuesto a romper el frágil talismán de la existencia, ocupaba mi
imaginación en la contemplación de los tiempos pasados, uniéndolos todos
en mi pensamiento. Ya todos los acontecimientos transcurridos se
sucedían en mi memoria como las reminiscencias de un sueño, pero yo
aspiraba aún al porvenir, y este porvenir incierto lo llenaba con mis
quimeras, cuando, de pronto, una idea horrible me sobrecogió. ¡El
porvenir!--exclamé--, ¿y con qué derecho, miserable suicida, te atreves
a hacer planes sobre el porvenir? Has querido dejar de ser antes de que
llegase tu hora, ¿y quién sabe si tu castigo será el no ser jamás?
Encuentras una salida para librarte de los dolores de la vida, pero,
¿quien sabe si te cierras las puertas de la eternidad? Cornelia, la más
pura de las hijas de la tierra, te espera mientras tanto entre los
justos, y, con una alegría inefable se prepara a iniciarte en las
delicias del cielo... Pero el que ha destruido la imagen de Dios no
vivirá ya más; ha sembrado la muerte y recogerá la nada.
»Después he reflexionado mucho--añadió Guillermo tras un buen
silencio--, y creo que el que se da la muerte frustra las intenciones
de la Divinidad; y reflexionando sobre este gran número de relaciones
que enlazan al hombre con todos los objetos terrestres, yo le he
considerado como el centro de una multitud de armonías que nacen y
perecen con él, de modo que no puede caer sin arrastrar toda una
creación en su caída, y el último suspiro que exhala lleva el luto a
toda la naturaleza. Meditando sobre esas cosas, he reconocido que la
suprema virtud consiste en amar a sus semejantes, y la suprema sabiduría
en soportar su destino.
»Ya sé, no obstante, que la razón del hombre es una caña que cede a
muchos huracanes; yo mismo ¡ay! tengo la penosa experiencia de que es
difícil luchar con el dolor cuando no se le opone la ausencia y sobre
todo la religión. Por eso he resuelto desterrarme de aquí y buscarme una
tumba en otro sitio. Cerca de Donnawert hay un antiguo monasterio, cuyos
muros baña el Danubio, y al cual se llega después de atravesar un bosque
de abetos de un aspecto triste y formidable. Aquel lugar está lleno de
misterios y de solemnidad; y el alma se abandona a sentimientos de un
orden tan sublime que, según se dice, hace olvidar, por un privilegio
milagroso, todas las antiguas emociones de la vida. Ese monasterio será
mi asilo.»
El día nos sorprendió en esta conversación. El sol se levantaba por
detrás de la torre de la iglesia y la coronaba con sus rayos como una
pálida aureola; el aire estaba cargado de vapores húmedos y, a través de
la niebla que nos envolvía, se nos hubiera podido tomar por sombras que
erraban entre las sepulturas. Comprendí que era la hora de separarnos,
besé tiernamente a Guillermo y abandoné el cementerio. Pero, al entrar
en Salzburgo--yo no sé qué presentimiento espantoso...--mi corazón se ha
oprimido, mi mirada se ha oscurecido y el sentimiento de la vida me ha
abandonado.
CONCLUSIÓN
Aquí acaba el diario de Carlos Munster. Parece que hubo de experimentar
agitaciones tan violentas, que ni siquiera pudo darse cuenta de ellas;
después no encontramos más que notas de poca importancia sobre sus
relaciones con Guillermo, hasta la partida de aquél para el convento de
Donnawert. Lo que vamos a transcribir aparece escrito por otra mano en
el original.
Desde hacía algún tiempo la melancolía del señor Spronck aumentaba
continuamente; había oído hablar de Carlos Munster antes de la boda; le
creía muerto cuando se casó con Eulalia, y al saber su regreso,
presintió todo lo que los infortunados amantes tendrían que sufrir. El
acontecimiento que le representó de una manera tan viva la pérdida que
algunos años antes experimentara, fue el golpe de gracia para su
dolorido corazón, y, perseguido por sus propios dolores y por los que
causaba a los demás, su carácter contrajo algo de siniestro y de
espantoso. Los cuidados de Eulalia contribuían a aumentar sus dolores, y
cuando la joven se aproximaba a su marido con una mirada llena de
ternura y de dulzura, él volvía tristemente la cabeza y la rechazaba
gimiendo. Por aquel entonces la casualidad le hizo saber que Carlos, al
que se había creído muy lejos, había vuelto a Salzburgo después de pasar
algunas semanas en su aldea natal. Esta noticia pareció al principio
consolarle mucho, pero la misma noche su estado empeoró, de tal modo,
que se temía verle expirar a cada instante. Carlos, a quien una carta
del desgraciado marido de Eulalia había enviado a llamar, acudió
presuroso. El señor Spronck estaba tendido, sin conocimiento y casi sin
vida. Eulalia, arrodillada ante su lecho, bañaba las manos del moribundo
con sus lágrimas, y una lámpara, a punto de apagarse, arrojaba una tenue
claridad sobre aquella escena de dolor. Al ruido que hizo la puerta al
abrirse, el moribundo hizo un movimiento; con la vista fija y la
fisonomía inmóvil, estaba en la situación de un hombre que despierta de
una pesadilla y trata de reconciliar sus sentidos con los objetos que le
rodean. Finalmente, pareció que la luz se hacía en su cerebro y
pronunció con voz fuerte y clara el nombre de Carlos Munster. Este
estaba a algunos pasos de distancia, y al verle Spronck, le saludó con
una sonrisa tan tierna y tan paternal, que Carlos se dejó caer de
rodillas ante él. Entonces el señor Spronck impuso sus manos sobre su
esposa y sobre su amigo; y después de haber reunido todas las fuerzas de
su alma, les describió con acento conmovedor las adversidades que habían
envenenado su juventud, el dolor de las pruebas a que había sido
sometido y, sobre todo, el encarnizamiento de la funesta fatalidad que
les había envuelto a ellos en su propio destino. Les pidió perdón por el
mal involuntario que les había causado, les habló de su próximo fin, y,
enlazándoles con sus brazos, acabó así: «Sed felices ahora que mi
miserable vida no puede ser un obstáculo; sed felices ahora que voy a
devolver a la tierra este corazón destrozado por la desesperación; sed
felices y no tengáis remordimiento por los días que quizás aún la suerte
me habría reservado, porque yo no podía esperar nada más agradable que
esto que me es permitido legaros: un porvenir sin alarmas que podrá
resarciros de las penas que os haya causado. Permitiendo que mi muerte
haya sido un beneficio para los que yo amo, el Cielo había colocado en
mi muerte la única alegría que yo podía gozar aquí abajo. El me
perdonará, sin duda, el haber apresurado la hora y no me condenará, como
los hombres. Amaos, al menos, y perdonadme.
Después de estas palabras, su pecho se levantó con gran esfuerzo, su
cuerpo se estremeció y la voz expiró en sus labios. Eulalia huyó de la
habitación lanzando gritos espantosos, y Carlos perdió el conocimiento.
Cuando algún tiempo después volvió en sí, la lámpara ya no brillaba y no
le quedaban, de lo que había pasado, más que ideas vagas e inciertas,
como las ilusiones de la noche. Extendió los brazos a tientas y tropezó
con un cuerpo inmóvil y frío. Los hombres que habían acudido para
conducir aquellos despojos a la tumba, le trasladaron a Salzburgo.
Las profundas impresiones que había recibido no eran de naturaleza que
pudiesen borrarse prontamente. Pasó un mes antes de que su espíritu se
hubiese repuesto de aquellas emociones violentas. Entonces recibió una
carta de Eulalia; a la sola presencia de aquella escritura tan querida,
cambió de aspecto y de color; sus mejillas se inflamaron, toda su vida
pareció asomar a sus ojos, y en la inquietud que le agitaba se hubiera
podido ver que su espíritu estaba fluctuando entre el temor de saber su
suerte y el tormento de ignorarla. Poco a poco recobró la calma y la
tranquilidad. Se había resignado a todo. Eulalia le declaraba, como él
esperaba, que no podía concebir sin horror la idea de un nuevo enlace
después de la muerte voluntaria de su primer marido; que estaba segura
de que él tampoco querría una dicha que había costado tan cara, si es
que podía llamarse dichosa una unión que dependiese de tal causa; que
aprovecharse del generoso atentado del señor Spronck era hacerse casi
autor de él y atraerse el castigo; que era conveniente, al contrario,
dedicar la vida a expiarlo y colocarse como justos holocaustos entre la
cólera de Dios y esa sombra abnegada que se había entregado a su
castigo. Acababa diciendo que cuando recibiese aquella carta, ella ya
estaría separada del mundo por una barrera que no es posible franquear
cuando se ha cerrado tras de sí y que iba a entrar en la vida religiosa.
Carlos leyó muchas veces la carta con la misma resignación. Después la
dobló, imprimió un ardiente beso sobre ella y la colocó sobre su
corazón, al lado de una cinta que había pertenecido a Eulalia. En
seguida escribió a Guillermo comunicándole su proyecto de retirarse al
monasterio de Donnawert; después distribuyó su patrimonio entre algunas
familias pobres de Salzburgo, porque él ya no tenía a nadie.
Emprendió el viaje en uno de los primeros días de enero. Cuando hubo
llegado cerca del convento de Eulalia, a una legua de la ciudad, se
sentó ante los muros del claustro y allí permaneció muchas horas, pero
no vio ni oyó nada. Algunos conocidos suyos pasaron por delante de él,
sin que él los viera. Llevaba la cabeza despeinada, la barba larga, su
color era lívido y su mirada extraviada; a pesar del rigor de la
estación, sólo le cubría una especie de túnica grosera, pujada por el
viento, caía en torbellinos sobre su cabeza y un aquilón helado silbaba
entre los pliegues de su ropa. Finalmente, cuando el sol declinaba, se
levantó de su asiento, y se alejó con paso precipitado. El cielo se
había aclarado mucho, la luna se levantó sin nubes, la noche era
tranquila.
Pocos días después, la temperatura volvió a cambiar y la lluvia cayó de
nuevo; las nieves y los hielos fundidos descendieron de las montañas y
aumentaron el curso de los ríos. Todos los trabajos quedaron
suspendidos, todos los caminos desiertos. No obstante, por aquella época
se vio a Carlos en una aldea bastante próxima a Donnawert. Su rostro
estaba cubierto en parte por su cabellera, sus pies, desnudos, y su
ropa caía en pedazos sobre su cuerpo. Tuvo ocasión de hablar con
alguien; su voz, sus gestos, su mirada denotaban una profunda alienación
mental. Es probable que la soledad hubiese dejado mayor actividad al
dolor, y que su razón, mal curada de las fuertes pruebas a que había
sido sometida, hubiese acabado por ceder. Se añade que algunas almas
compasivas se habían esforzado en retenerle haciéndole observar que los
caminos estaban impracticables y que era peligroso continuar el viaje;
pero él se obstinó en su resolución.
Al día siguiente se desbordó el Danubio.
Mientras tanto, Guillermo se extrañaba de que Carlos no hubiese llegado;
y contaba impaciente los días transcurridos desde aquel en que su amigo
debía de llegar. Pero sus temores aumentaron aún cuando vio que la
inundación, que había llegado hasta el monasterio, había cubierto toda
la campiña e interrumpido todas las comunicaciones. Tan pronto seguía
con la vista inquieta aquel mar casi inmóvil, tan pronto la seguía en
sus decrecimientos haciéndole creer que ya faltaba muy poco para llegar
a sus límites naturales; y a medida que las tierras comenzaban a
elevarse aquí y allá como pequeñas islas, su corazón renacía a la
esperanza. Una vez, entre los restos que el río arrastraba, creyó ver
algo informe y lívido que las ondas empujaban contra los arrecifes y que
desaparecía para volver a aparecer hasta que fue abandonado sobre un
banco de arena.