sacerdote, con los ojos levantados al cielo, los brazos extendidos, el
hisopo en la mano, dejó caer algunas gotas de agua bendita sobre la
prisión estrecha y misteriosa que encerraba a Cornelia. Después fue
introducido el ataúd en el templo; la comitiva le acompañó, silenciosa,
por la nave antigua, dividiéndose en dos filas cerca de las rejas del
coro; el pueblo se arrodilló y comenzó la ceremonia.
¡Qué espectáculo ofrecía a mis ojos y qué sensaciones producía en mi
corazón aquella pompa conmovedora que la religión ha colocado como un
punto de reposo entre la muerte y la eternidad! La santidad del lugar,
la grandiosidad de las ceremonias, la melodía imponente que resonaba en
el recinto sagrado, los vapores del incienso mezclándose con el humo de
las antorchas funerarias, un sacerdote augusto elevando al Todopoderoso
las oraciones de la multitud, una muchedumbre piadosa haciendo un
llamamiento a la misericordia inagotable del Creador sobre la tumba de
la criatura, el mismo Dios, bajando para reunir a los fieles al pie del
trono de su padre--y cerca de mí, en aquella caja--, bajo las tristes
vestiduras de la muerte, una joven que no había tenido tiempo aún de
recibir los besos del esposo amado y que tan pronto había trocado las
rosas por los cipreses, las delicias de la primavera por los secretos
del porvenir, el lecho nupcial por una fosa, ¡una virgen que no se había
despojado aún del traje de novia y se veía arrojada para siempre a la
tierra húmeda y profunda, a merced de todas las intemperies y de todas
las inclemencias! ¡Inocente Cornelia! ¡Ayer ¡ay! llena de perfecciones y
de bellezas, hoy inanimada por la muerte!
Mientras yo me entregaba a estas reflexiones, el cortejo había llegado
al cementerio donde Cornelia debía ser depositada, y allí, los pesares
que ella inspiraba, estallaron con mayor amargura. Entonces hubiera
podido creer que cada uno lloraba en ella una hija o una hermana
querida; de tal modo la idea de separarse para siempre y de perder lo
poco que de ella quedaba, había aumentado la intensidad de todos los
dolores.
En aquel momento aproximose un desconocido. Parecía rayar en la edad
madura, pero algún dolor inmenso había grabado en su frente las huellas
de una vejez anticipada. Su mirada dulce y altiva a la vez, tierna y no
obstante un poco sombría, inspiraba el respeto, la admiración y el amor,
y en su rostro flotaba un no sé qué de celeste y de deslumbrador con una
majestad incomparable. Se ha dirigido hacia mí, me ha interrogado con
voz emocionada y yo le he repetido en pocas palabras lo que me habían
contado de Cornelia y de su muerte, pero cuando he llegado al fin del
relato, él ha cesado de interrogarme y quizá de verme; sus mejillas se
han cubierto de un fuego vivísimo, sus miembros se han puesto rígidos y
todo su cuerpo ha temblado con una convulsión súbita; se ha abalanzado
hacia la fosa y ha mirado su interior con avidez, y cuando ha descendido
el ataúd, sus brazos, que buscaban un apoyo, han rodeado mi cuello.
«¡Oh, usted no sabe--ha exclamado--, usted no sabrá nunca los tormentos
que esta mañana trae a mi memoria! Usted no sabe que también un día vi
morir y caer sobre la tierra del mismo modo a la que era, ella sola,
toda mi alegría y todo mi amor, mi hermana adoptiva, la amiga de mi
infancia, la esposa que me estaba destinada.»
Diciendo esto ha caído desmayado, y cuando, gracias a nuestros cuidados,
ha vuelto en sí, le he llevado lejos de aquel lugar de aflicción, y
marchando apresuradamente por el lado de la ciudad, no nos hemos
detenido hasta llegar al recodo del camino en que yo había visto
descender la fúnebre comitiva y desde donde la aldea quedaba oculta
detrás de los árboles que formaban como una cortina.
Allí nos hemos separado, pero antes de hacerlo, el desconocido--al
estrecharme contra su pecho con un fervor de amistad del cual yo me
sentía orgulloso, y al prodigarme testimonios afectuosos de
reconocimiento por un servicio sin importancia--se ha dado a conocer, y
ese desconocido, por quien mi corazón se había sentido tan atraído, ¡es
el esposo de Eulalia!
Cuando yo recuerdo, después de esto, que Eulalia había creído descubrir
alguna semejanza entre nosotros, y cuando me lo representó con su
fisonomía de semidiós, pienso que las almas escogidas están por encima
de las vicisitudes y acontecimientos de la existencia y que su destino
es encontrarse en este mundo.
_9 de septiembre._
Otra prueba de la debilidad de nuestro espíritu y de la inutilidad de
los esfuerzos que empleamos en combatir nuestras inclinaciones. Estoy
convencido de que nuestra vida ha sido prevista y ordenada con las demás
manifestaciones de la existencia; que todas las costumbres, que todas
las relaciones que contraemos en el comercio del mundo son consecuencias
necesarias de nuestra organización, y que no depende de nosotros
explicar ni vencer las simpatías con que algunas veces nos encontramos
atados. ¿Por qué otro ascendiente, si no, que el de una fatalidad
todopoderosa, ese usurpador que me ha arrebatado mis más caras
esperanzas, hubiera podido reducirme y subyugarme, cuando todo me era
odioso en él y yo hubiera querido interponer un mundo entre los dos? ¿No
es el esposo de Eulalia y no posee su amor?
¿Quién impediría, no obstante, que yo pasase mi vida entre ellos? ¡Idea
tan llena de delicias que mi débil imaginación casi no puede concebirla!
¿Quién impediría que yo fuese su esposo, como él, y que ella repartiese
su ternura entre los dos? ¿Un alma de una sensibilidad tan viva y tan
tierna no nos confundiría fácilmente en un amor? porque, ¿es que la
dicha de los demás tiene necesidad de alimentarse de mi desgracia y de
mis dolores?
Hay que confesar que es una condición bien digna de lástima la mía,
porque, por muy maltratados que se vean por la suerte la mayoría de los
hombres, cuando menos pueden encontrar algún día consuelo en alguna
persona querida. En cambio yo, solo sobre esta tierra miserable, reúno
en mí todas las miserias de la humanidad, y todo lo que puede constituir
un encanto o un alivio, me está cruelmente prohibido. Mis más dulces
afectos se han convertido en tormentos insoportables, y el mismo aire
que respiro se envenena en mis labios desde que Dios me ha desheredado
de su Providencia.
_10 de septiembre._
Y no obstante, él ha amado, ama aún y llora a otra. No sabrá amarla como
yo la amaba. No puede dedicar a ella todos sus recuerdos, todos sus
pensamientos, toda su vida, y cuando esté recostado sobre su seno,
pensará en otro amor y en otra felicidad. ¡Desengáñate de tu dicha, alma
tierna y confiada! Ese esposo no es el que el cielo te destinaba. Sus
transportes, sus suspiros, sus lágrimas, no son para ti. No es a ti a
quien él desea en sus ensueños. ¡Infortunada! ¡no es a ti a quien ama!
¿y con qué derecho exigirá de ti el afecto que él no puede darte?
¿acaso no es nulo el compromiso que ha anulado todos los compromisos del
corazón y que ha hecho traición a la naturaleza?
Yo podría, pues... ¡jamás! Esta idea ha fermentado ya en mi pecho,
pero... ¡jamás! ¡Quimera! ¡ilusión de las tinieblas! ¿Quién soy yo? ¡ay!
un cautivo cuya imaginación ha reposado un momento en sueños
voluptuosos; que creía andar sobre caminos llenos de verdor y bajo
doseles de rosas, que no ocupaba su imaginación más que en esperanzas
fáciles y esperanzas rientes y que, de pronto, se encuentra a la vista
de sus cadenas y de su calabozo.
Cuando yo me veo así separado de toda dicha por un mar sin orillas;
cuando me siento aplastado, anonadado por la desesperación; cuando
observo cómo todas mis facultades se degradan y se irritan en este
estado de convulsión y de dolor; cuando intento calcular hasta qué punto
ligeras modificaciones de circunstancias o de temperamento pueden
influir sobre nuestras más graves resoluciones, y cuando reflexiono
sobre tantos desgraciados de sensibilidad ardiente que el cielo ha
arrojado entre las contrariedades y las luchas de la vida, me extraño
menos de contar un tan gran número de reputaciones escritas con sangre,
y me indigno de los juicios insensatos de la multitud. Interrogad a esos
altivos, a esos ciegos dispensadores de gloria y de castigo: ellos lo
han apreciado, medido y previsto todo. No hay un crimen, ni un
pensamiento que escape a sus leyes, a sus pesquisas, a sus verdugos; y
no obstante, ellos no saben ni sabrán nunca cuan débil, estrecha o
imperceptible es la distancia que separa un rebelde de un emperador y el
suplicio de un proscrito de la apoteosis de un semidiós.
_11 de septiembre._
Le he visto por segunda vez; entraba yo en una casa extraña y, al ser
anunciado, vino a mi encuentro el señor Spronck, dando pruebas de la más
viva afección. «¡Carlos Munster!--ha dicho--, ¡ay! ¿de modo que era
usted...?» y no ha terminado la frase, pero su silencio mismo hablaba a
mi corazón. Parecía compadecerme y justificarme; como si quisiera
evitar mi odio; y yo, mientras tanto, trémulo, cohibido, con los ojos
humedecidos por las lágrimas, he estado veinte veces tentado de
arrojarme a sus rodillas o en sus brazos.
_12 de septiembre._
Hay placeres que hemos gustado con tanta delicia, que se nos figura que
el recuerdo que de ellos nos queda, debe bastar para nutrir nuestro
corazón de ideas rientes y dichosas durante todo el curso de la vida; y
cuando nos encontramos, largo tiempo después, en las mismas
circunstancias, ocurre, no obstante, que esas emociones, tan agradables
y tan añoradas, han perdido casi todo su prestigio. Nos lamentamos
entonces de la inestabilidad de las cosas humanas y porque nosotros no
tenemos ya aptitud para gozar de bellezas que nos arrebatan, acusamos
locamente a la naturaleza de haber cambiado.
No hay nada más dulce, me decía, que poder, después de grandes
contrariedades y largos años de destierro y de dolor, transportarse con
el pensamiento a los días tan puros de la feliz infancia; que volver a
ver los lugares que han sido el teatro de nuestros primeros juegos, de
nuestros primeros trabajos y de nuestros primeros éxitos, las
perspectivas en que hemos empleado nuestros primeros lápices, el techo
natal y los dominios hereditarios; que reconocer el campo que nuestro
padre ha deslindado, el árbol cuya sombra tanto amaba, su arado, el
rústico hogar y el lecho de paz desde el cual nos bendijo. ¡Se acuerda
uno con tanta emoción de aquel tiempo, rico en ignorancia y en
sencillez, en que una mediocridad laboriosa limitaba nuestros deseos y
un estrecho horizonte nuestro universo! ¡Hemos tantas veces deseado
reunir a nuestro alrededor a todos los que han hecho con nosotros el
aprendizaje de la vida y esperamos tantos goces de la evocación de
aquellos recuerdos! He dejado Salzburgo para reanimar mi corazón en
aquel hogar de inocentes voluptuosidades, y en lugar de los consuelos
que yo esperaba, todo lo que he visto no ha servido más que para
redoblar mi disgusto. ¡Placeres más penosamente comprados que los que
tienen tales recuerdos! ¡la dicha pasada puede, pues, ser un tormento de
más!...
Yo me figuro uno de esos ángeles réprobos que consumen su eternidad en
inútiles arrepentimientos. Algunas veces se eleva pensativo hasta los
confines de su primera patria, contempla con una tristeza profunda el
cielo del que ha sido desterrado y los bienes que su rebelión le ha
arrebatado: su infortunio es aún mayor; y, rugiendo de desesperación, se
hunde de nuevo en los abismos.
_14 de septiembre._
¡Cuántas gentes que se quejan de la monotonía de la naturaleza, que no
ven más que cuadros estériles y fastidiosos, que piensan que con una
ojeada pueden verlo todo y abarcarlo todo y que no deberían quejarse más
que de la imperfección de sus facultades, de la pobreza de su
imaginación y de sus sentidos! En cambio, el artista gime ante la
impotencia de sus recuerdos y maldice sus telas y sus paletas cuando
observa tanto matiz inimitable, tantos aspectos variados, tantas
expresiones infinitas en el gran cuadro de la soberbia creación. ¡Y qué
motivo de incertidumbre para él cuando ve un solo punto modificado por
todas las influencias de las estaciones, por todos los accidentes de la
luz y por todas las emociones de su propio corazón!
Esta mañana me he detenido a la sombra de un viejo olmo, alrededor del
cual, ciertos días de fiesta, los jóvenes, sin otro concierto que el que
les daba un pobre músico ambulante, se reunían para dar muestras de su
fuerza y agilidad, mientras que los ancianos, emocionados por los más
deliciosos recuerdos, se contaban entre ellos algún acontecimiento
notable de su juventud, ocurrido en semejante día. Sin duda conservan
aquella hermosa tradición, porque he visto la hierba hollada, las flores
esparcidas y las margaritas deshojadas. ¡Dichosos ellos que, al menos,
son fieles a sus primeros placeres y a sus primeras costumbres!
Desde aquel lugar, la vista se extiende sobre un inmenso valle que se
cruza y se despliega con gracia entre las laderas de los bosques y cuyo
aspecto riente y tranquilo encanta el corazón. Algunos arroyos bordeados
de sauces se pierden en la llanura sin alejarse demasiado los unos de
los otros, se embalsan a trechos, se acercan y se huyen cuando parece
que van a darse alcance, y, finalmente, más lejos, se ven correr todos
juntos. A la derecha, entre las cabañas de los campesinos, se distinguen
las torrecillas de un castillo gótico cuyas alas ruinosas se extienden
sobre una ancha plataforma; y más abajo, el río que sale de repente de
detrás de la colina, como si en ella tuviera su nacimiento, y que se
pierde, a gran distancia, en el fondo azulado del horizonte. El puente
que lo atraviesa a lo lejos se asemeja a una pequeña media luna negra
sobre un campo de azur.
El oriente comienza ya a colorearse en los primeros albores del día;
todo es dudoso, vago e indefinido. El paisaje, apenas esbozado, no
ofrece más que los colores inciertos, rasgos confusos y formas
caprichosas. A medida que el día se levanta, las montañas nacen, las
perspectivas retroceden, los planos se destacan y se caracterizan;
bandadas de pájaros de todos colores recorren el aire con toda suerte de
vuelos y de evoluciones. Bien pronto la hora del trabajo puebla los
senderos y los campos. El campesino desciende de la aldea, el arriero
camina pausadamente detrás de las mulas y el pastor sigue a sus ovejas.
Cada hora que se aproxima es testimonio de otras escenas. Algunas veces
una sola ráfaga de aire basta para cambiarlo todo. Todas las selvas se
inclinan, los sauces se blanquean en sus copas, los arroyos aparecen
rizados en su superficie y los ecos suspiran.
Cuando, al contrario, el sol desciende hacia occidente, el valle se
oscurece y las sombras se extienden. Algunos objetos más elevados se
hacen notar aún con sus reflejos de oro entre las nubes de púrpura; pero
esas luces mortecinas no brillan en ninguna parte con más esplendor que
sobre la superficie del río, que se precipita centelleante y lo envuelve
todo en una amplia franja de fuego.
Finalmente, la luna se abre paso entre los espacios del cielo: lo mismo
cuando su claridad, tierna y temerosa como la mirada de una virgen,
tiembla bajo las sombras transparentes, que cuando cae en haces de luz
sobre el misterio de la llanura, prestando a todos los objetos encantos
inexplicables y dulzuras infinitas; es entonces cuando los bosques se
pueblan de rumores misteriosos, de secretos, de pompas. Todos los
aspectos del cielo y de la tierra adquieren una idealidad indecible. El
aire está cargado de las emanaciones más puras y de los perfumes más
agradables. El sonido del corno, el tañido de la campana lejana, el
ladrido del perro que vigila atentamente ante la morada del hombre, el
ruido más insignificante, en fin, os turba y os penetra; parece que la
majestad de la noche impone también su misterio sobre los sentidos.
Más aún; si las inspiraciones supersticiosas y los ensueños crédulos son
hijos de la soledad y de las tinieblas, ¿quién me impide dar a ese
castillo habitantes y misterios; gemir por la suerte de una esposa
oprimida, que agoniza en sus subterráneos, y evocar sobre sus torres
las vetustas sombras de sus antiguos señores?
Esas chozas, ¿no pueden ocultarme una pareja de amantes verdaderos que
han preferido el simple hogar de sus padres, un pequeño campo cultivado
por sus manos y el goce de placeres sin remordimiento, a todas las
seducciones de la ciudad?
Soñemos, soñemos en esta felicidad que nos rodea, puesto que jamás hemos
de participar de ella.
_17 de septiembre._
Esta aldea no está separada de aquella en que he visto a Eulalia más que
por una colina en la que crecen diferentes árboles y atravesada por
innúmeros senderos. Sea predilección, sea casualidad, mis solitarios
ensueños me conducen siempre a una linda explanada tapizada de fresco
musgo y sobre las que robustos arcos forman una bóveda sombría y
rumorosa. En la pendiente de la colina, un campanario, ennegrecido por
un incendio, eleva su torre ahumada entre algunas casuchas groseramente
agrupadas en anfiteatro, y en los confines de la llanura se ven algunas
alquerías con sus huertos y algunas quintas de recreo.
En un cercado de aspecto elegante y de una exposición acertada, yo había
visto con frecuencia a Eulalia errar pensativa por entre los
bosquecillos dejando flotar a merced del viento los pliegues de su
túnica blanca y las ondas de su cabellera, o bien, a la caída de la
tarde, regar con agua pura las flores de sus parterres, cuando éstas
languidecían marchitas por los ardores del sol, como símbolo conmovedor
de un alma tierna que se consume calladamente de amor; y cada vez un
deseo inquieto, un sentimiento, mezcla de turbación y de voluptuosidad,
se deslizaba por mis venas y hacía hervir mi sangre. Mi alma ardía ante
la idea de aliarse en el espacio con el alma de aquella desconocida; si
ella se alejaba, yo la seguía con la mirada hasta perderla de vista, la
esperaba hasta que volviese y, al verla de nuevo, trataba de apoderarme
de su imagen, de apropiármela por completo y de identificármela, para
no perderla jamás. Inmóvil, de pie, sin respiración, sin movimiento, su
presencia era un misterio que yo temía turbar. Algunas veces negros
presentimientos se extendían sobre mi porvenir como un velo de dolores;
y entonces el corazón se me desgarraba. Nubes de sangre flotaban ante
mis ojos y me ocultaban el cielo; lágrimas tibias y pesadas, como las
primeras gotas de una lluvia tempestuosa, caían de mis ojos, y la tierra
huía bajo mis pies. Entonces hubiera querido partir y lo hubiese
olvidado todo: mi papel, mis lápices y mi ossian.
Después me lanzaba al azar por los bosques y me trazaba nuevos senderos
apartando con las manos las ramas húmedas y los arbustos espinosos.
Entonces me placía recorrer los lugares donde el hombre no tiene la
costumbre de penetrar, de tal modo estaba poseído del sentimiento que
llenaba mi alma y de tal modo temía ser distraído de él. Hablaba de ella
bajo mil nombres imaginarios, los grababa sobre la corteza de los
árboles y sobre la arena, y a veces añadía el mío. Si algún tiempo
después acertaba a pasar por el mismo sitio y veía aún aquellas cifras,
entrelazadas, palpitaba de alegría como si fuese ella quien las hubiese
escrito. Con frecuencia curvaba jóvenes árboles para formar toldos de
verdura o bien los agrupaba en pórticos, colgando de ellos frescas
guirnaldas de enredaderas con sus hojas como lanzas de hierro brillantes
aún por el rocío.
Quizás un día, pensaba, la conduciré bajo mis glorietas, la haré pasar
bajo mis bóvedas de flores y la coronaré con mis enredaderas. Estas eran
dulces quimeras e ilusiones presuntuosas del amor sin experiencia.
Hoy he querido ver todo eso, pero la magia de los hermosos días ha
desaparecido. La casa ha sido abandonada a nuevos propietarios, y éstos,
sin consideración alguna, han devastado sus parterres y arrancado sus
madreselvas. No han respetado nada de lo que ella amaba; ¡lo que ella
amaba! ¿acaso lo saben esas gentes?
No obstante, he cedido al prestigio de mis recuerdos con tanta confianza
y abandono, que antes de abandonar la explanada me he vuelto
maquinalmente para saber si Eulalia no seguía mis pasos. Después,
reflexionando sobre este error, me he echado a llorar; pero aun he
llorado más amargamente cuando he advertido mis toldos destruidos por el
viento, mis arbolitos abatidos por el hacha y la tierra sembrada con sus
ramas. Ante esta última pena, por ligera que pueda parecer, me he
acordado de todo lo que he perdido; me he contemplado con espanto en mi
soledad y en mi miseria; sin amigos, sin familia y sin patria, sin apoyo
y sin esperanza, traicionado por el pasado, arruinado para el presente y
desheredado para el porvenir; ¡abandonado de Eulalia y del Cielo!
En aquel mismo lugar había también resuelto consagrar a mi querido
Werther una tumba cubierta de hierba ondulante, como él la deseaba; y
hoy he sentido un secreto deseo de cavar la mía. ¡Es un destino tan
cruel el de morir lejos de lo que nos fue querido y el de dejar los
cuidados de nuestra sepultura en manos de un extraño!
_24 de septiembre._
¡Sí, al sentir el fuego que recorre mis venas, he comprendido que para
mí no había otro bien en la tierra que en esta otra mitad de mí mismo,
de la que la injusta suerte me ha separado! ¿Y quién me devolverá esos
días de delicia y de gloria? ¿Quién será capaz de hacerme revivir ese
pasado que ha devorado mi porvenir? ¡Aquel tiempo ¡ay! en que mi corazón
estaba inundado de afectos tan dichosos! ¡en que todas mis facultades
gozaban de una actividad tan poderosa, en que su sola proximidad, el
rumor de su voz o el más ligero contacto me producían tal
estremecimiento que me parecía que la vida iba a abandonarme o que mi
alma se precipitaba en mis nervios! ¡Entonces lamentaba no poseer
bastantes fuerzas para soportar mi felicidad, o bastante amor para
sucumbir a él! ¿Por qué no debía de haber sucumbido de aquel modo,
exhalar mi último suspiro en aquel estado de beatitud? ¿Por qué no me
atreví a ceñirla entre mis brazos, a arrebatarla como una presa, a
arrastrarla fuera de la vida de los hombres y a proclamarla mi esposa
ante el cielo? O si ese deseo es un crimen, ¿por qué se ha unido al
propio sentimiento de mi existencia de tal modo que no podría
desterrarlo sin morir? ¿He dicho un crimen? En los días de barbarie,
cuyo recuerdo está ligado a todas las ideas de ignorancia y de
esclavitud, el vulgo ha querido dar forma escrita a sus prejuicios y ha
dicho: ¡Estas son las leyes! ¡Extraña ceguera de la humanidad,
espectáculo digno de desprecio el de tantas generaciones gobernadas por
una generación extinguida, y el de tantos siglos regidos por un siglo
oscuro!
Después de haber gemido largo tiempo bajo el peso de tan odiosas
violencias, ¿quién no querría abreviar la penosa carga de la vida, si
esta alegría dependiese al menos de nosotros? Pero el Cielo y los
hombres están conformes en prohibírnosla y no nos libertamos de nuestros
días más que para volver a comenzar nuestro dolor. Vigila a la puerta de
las tumbas, como esos monstruos que se nutren de cadáveres, nos
desencanta del sueño de la muerte y se apodera de nuestra eternidad
como de una herencia. Cualquiera que sea el terrible porvenir, el
porvenir de sangre y de lágrimas que reserváis a los réprobos, permitid,
permitid ¡oh Dios! que Eulalia me sea devuelta un momento, ¡que un solo
momento este pobre corazón palpite contra el suyo! ¡que mi débil
existencia pueda desvanecerse en la embriaguez de sus miradas y de sus
besos! ¡que pueda morir en su amor! ¡Y a este precio, un infierno!
_9 de octubre._