Esta tarde caminaba al azar, y no sé cómo ha sido, he sentid

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BIBLIOTECA de LA NACIÓN

CARLOS NODIER

El Pintor de Salzburgo

TRADUCCIÓN DE

TOMÁS ORTS-RAMOS

BUENOS AIRES

1919

Derechos reservados.

Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires

ÍNDICE

De los tipos en literatura

El pintor de Salzburgo

Las meditaciones del claustro

Adela

DE LOS TIPOS EN LITERATURA

La imitación es el objeto del arte propiamente dicho; la invención es el

sello del genio.

Invención absoluta, tampoco, ciertamente, la hay. La invención más llena

de atrevimiento y de originalidad, no es más que un conjunto de

imitaciones escogidas. El hombre no compone nada de la nada; pero se

eleva casi al nivel de la potencia creadora, cuando de una multitud de

elementos dispersos forma una individualidad nueva y le dice: ¡Sé!

El escultor copia una figura de hombre; es el mismo hombre con las

proporciones armoniosas de sus miembros, la ondulante flexibilidad de

sus miembros, la elasticidad animada de sus carnes casi vivas a la

vista: el escultor no ha hecho más que una academia.

Busca, compara, reúne, pone en relación en un orden posible, tan posible

que parece verdadero, todas las partes de una organización perfecta, que

respira la majestad soberana apenas humanizada por un resto de cólera y

de desdén; entonces ya no es un escultor; ha hecho un Apolo, ha hecho un

dios.

En el tiempo de Homero, ningún guerrero fue identificado con su Aquiles,

o con su Ajax, o con su Diomedes, ni ningún rey con su Nestor; y, sin

embargo, ese rey y esos guerreros, que no han existido jamás, son seres

vivientes.

Si queréis reconocer por signos seguros en el poeta la invención y el

genio, que son lo mismo, deteneos a examinar aquellos personajes que se

han convertido en _tipos_ en todas las literaturas y cuyos nombres

propios hacen casi el efecto de sustantivos en todas las lenguas. Es

que, en efecto, el nombre de una figura típica ya no es una etiqueta

banal que se adosa al zócalo de un busto o a los plintos de un bajo

relieve; es el signo representativo de una concepción, de una creación,

de una idea. Aun hoy mismo, el título de héroe o de semidiós habla menos

al pensamiento que el nombre de Aquiles.

En las edades secundarias, en que el movimiento progresivo de la

civilización ha puesto en juego nuevos resortes y desarrollado nuevas

combinaciones, el espíritu humano ha seguido dos caminos: el uno, ya

trillado, que no conducía más que a la reproducción perpetua de los

bellos _tipos_ antiguos; el otro, innovador y temerario, en el que se

aspira a apoderarse del carácter y de la fisonomía de los _tipos_

modernos. Es quizás en la elección de estas direcciones donde se ha

manifestado la división de las dos escuelas que se llaman _clásica_ y

_romántica_, bien que al principio las dos hayan también sido

_románticas_ y hayan de convertirse en resultado tan _clásica_ la una

como la otra.

En los pueblos de segunda formación, cuanto más se ha pensado la

educación sobre la tradición de los pueblos antiguos, más se ha

prevalecido el espíritu de imitación. Si se exceptúa esa galería

fantástica de Dante, en que los tipos más sorprendentes y más

extraordinarios están amontonados con una profusión espantosa, como en

el _Juicio Final_ de Miguel Angel, los italianos han sido raramente

creadores. En cambio, Shakespeare es tan rico en tipos como Homero, y ha

recorrido todos los grados de la escala de la imaginación, desde el

natural más positivo hasta la más delirante fantasía. La petulancia

caballeresca, la fogosidad de las costumbres y la agudez del lenguaje

del italiano Mercucio, no tienen más verdad que la ferocidad sensible y

la heroica ingenuidad de Otelo, ni más individual que el vaporoso

infantilismo de Puck y la grosera brutalidad de Caliban. Pero

Shakespeare sabía personificarlo todo, incluso el genio, las pasiones,

los errores, las vagas inquietudes y la enfermedad naciente de una

sociedad que se despierta con los gérmenes de la muerte en el seno. La

sublime figura de Hamlet, que no será nunca bastante apreciada, es un

prototipo completo de la Edad Media. Los alemanes, a quienes una

propensión orgánica al misticismo arrastra siempre hacia la

espiritualidad, eran menos aptos a comprender y a fijar las imágenes de

la vida social en sus realidades absolutas. El impulso de un psiquismo

soñador les lleva hacia un mundo más ideal, y cuando descubren un _tipo_

sensible, es más pronto por el privilegio de la previsión que por el de

la percepción, y más en el porvenir que en el presente. El hombre, tal

como es, desaparece para ellos ante el hombre que será o ante el hombre

como debería ser. Estacionarios en las costumbres, porque han colocado

su vida moral en otra región, marchan como precursores a la cabeza de

las ideas. Así, en _Los bandidos_, obra maestra de Schiller, cuyo mismo

autor apenas si concebía el alcance, hay un sumario poético de las

próximas revoluciones. Así en la pintura de esa sensibilidad soñadora,

irritable y apasionada de _Werther_, que acaba por verse obligado a

reaccionar sobre sí mismo, Goethe ha revelado el misterio. Si pudieseis

encerrar esos dos tipos en un círculo trazado a compás, no habría

necesidad de conservar otros monumentos de nuestra historia

contemporánea, porque en ellos se encuentra toda.

Ya he dicho que el genio del escritor se reconoce sobre todo por la

creación de _tipos_ y que ningún carácter de invención se convierte en

_tipo_ si no presenta esa expresión de individualidad original, pero

asequible, que la hace familiar a todo el mundo. ¿Quién de vosotros no

conoce a Don Quijote y a Sancho? ¿quién no se complacerá en creerlos

trotando juntos, el uno sobre Rocinante, el otro sobre su rucio, por las

llanuras de la Mancha? ¿quién, encontrándose en España, no abandonará a

costa de grandes molestias, los animados corros de la Rambla o las

voluptuosidades del Prado para ir a buscar el inmortal espíritu de los

dos héroes a alguna posada? En una de esas guerras imperiales que tenían

por objeto dar a España un soberano a hechura de nuestro señor, los

franceses, hostigados por los guerrilleros, se vengaban, según el uso

inmemorial de los héroes, recorriendo el país a la claridad del

incendio. De pronto llegan a una población que seguirá la suerte de las

otras, cuando a alguien se le ocurre preguntar su nombre: es Toboso. Una

carcajada simpática y cordial se eleva en todas partes; las armas caen

de las manos del vencedor y los afortunados compatriotas de Dulcinea

escapan a la carnicería, bajo la protección del genio de Cervantes.

Con frecuencia se ha negado a los franceses el genio de invención. Y,

sin embargo, ningún pueblo los ha poseído en el mismo grado ni ha sido

más variado en la creación de sus _tipos_; lo que le ha faltado es la

libertad literaria que se le disputa, desde que posee una literatura, en

nombre de Aristóteles, en nombre de la Sorbona, en nombre de la

Universidad, en nombre de la Academia, y que, en los días de

emancipación universal a que hemos llegado, se le negará probablemente

en nombre de la universidad. Yo no sé por qué el genio en Francia me

recuerda siempre la fábula de Gulliver y de Liliput. Si él aparece, se

le huye; si se duerme, se le montan encima, y cuando despierta, se

encuentra agarrotado por los enanos.

Lo que hay de cierto, es que este espíritu de creación nos era propio.

Nuestro viejo _Pathelin_ es un tipo inmortal y, como tantos otros,

confirma mi regla; se ha convertido en substantivo. Rabelais es el

inventor de _tipos_ más fecundo que haya existido. Después de él, no se

ha hecho más que espigar. Son los _Panurgo_, los _Hermanos Juan_, los

_Rominagrobis_, _Picrochole_, _Bridoie_, _Janotus de Bragmardo_;

personajes esencialmente verdaderos, los que pasan cada día al alcance

de nuestra mano, pero que sólo Rabelais ha sabido sorprender. Para

encontrar un genio gemelo suyo hay que remontarse a Molière. Todo el

mundo conoce a _Tartufo_; todo el mundo, o, poco menos, ha tenido tratos

con _Harpagón_. En cuanto al _Misántropo_, ya es otra cosa. Para él se

ha servido de moldes blandos, estropeados, indescifrables. Molière se ha

colocado en medio de esta sociedad insignificante, sin originalidad, sin

relieve, sin caracteres salientes en que poder apoyarse, y, sin embargo,

él la ha sorprendido, se ha apoderado de ella y la ha arrojado en el

molde inmortal de sus invenciones, ha hecho un _tipo_ de ella. Si la

bella y altanera organización de Corneille no hubiera sido

miserablemente sometida por la Academia de su tiempo a las dimensiones

de este hecho de Procusto, sobre el cual debían ser torturados a su vez

todos los genios de Francia, nos hubiera dejado más _tipos_, porque la

naturaleza le había dotado en el más alto grado de la potencia creadora.

Pero, ¿qué hacer, ¡gran Dios!, cuando se tiene a Richelieu por enemigo,

a Scudery por adversario y a Chapelain por juez? No obstante, los

_tipos_ que él ha creado tienen la huella de una especialidad tan

íntima, que ni siquiera la imitación se atreve a desflorarlos. _Poliuto_

y _Nicomedes_ son figuras vírgenes. Admitiendo la hipótesis que yo he

abrazado, se comprenderá fácilmente que Racine, aún más sometido que

Corneille a las exigencias académicas, y para colmo de desgracias

obligado a ser cortesano, haya producido menos _tipos_ sorprendentes

cuya expresión viva y original representa, con toda la exactitud de una

cifra, el valor real del poeta. Ha sido preciso que prescindiese un día,

por la elección del asunto, de las tradiciones rutinarias de la

antigüedad y de la perniciosa influencia de los grandes señores, para

que se atreviese a trazar el carácter de _Acomato_ y el de _Roxana_. Ahí

únicamente se ha mostrado como era, capaz de novedades atrevidas y de

sublimes invenciones; el resto no es más que un reflejo deslumbrador de

los trágicos griegos y de los líricos sagrados.

Después viene Voltaire, que él mismo constituía un _tipo_. Cortesano

asiduo de los poderes que acababan y de los que comenzaban, _clásico_

revolucionario y _romántico_ meticuloso, uno de esos genios inquietos,

pero indecisos, que sirven de eje a las revoluciones del mundo, sabía

romper las cadenas, pero arrastraba los andadores. Sus personajes son

casi siempre calcos en los que apenas se encuentran las líneas de una

fisonomía humana. Desde _Orosmane_, que es una imitación amanerada de

_Otelo_, hasta _Pangloss_, que es una contraprueba borrosa de _Panurgo_,

no ha hecho mover una imagen verdadera, una imagen típica de hombre. Se

creería que se había impuesto la tarea de disfrazarla, de parodiarla.

Sus güebros no son tales güebros, sus escitas no son escitas, sus

musulmanes no son musulmanes, sus americanos no son americanos. Son

comparsas del club de Holbach que recitan en versos alejandrinos

fragmentos de filosofía rimada. El tipo de Mahomet era uno de los que

estaban por hacer; él lo ha intentado y ha fracasado; y es, no obstante,

en esta obra, donde él ha probado por una vez que no carecía del

espíritu de invención. _Seide_ es un _tipo_ y se ha convertido, como

todos saben, en un substantivo: ésta es una piedra de toque infalible.

Si el genio tiene un marco adecuado para la creación de _tipos_, es

primeramente el drama y después la novela. Teniendo esto en cuenta, es

fácil calcular cuán limitado es el número de los escritores de genio,

relativamente a la masa innumerable de los escritores de profesión, y

aun relativamente a la selección, también muy restringida, de los

escritores de talento. La novela, género esencialmente moderno, se ha,

en efecto, multiplicado de día en día, desde hace tres siglos, en una

progresión siempre creciente y tan infinita que escapa ya a las

dimensiones de las bibliografías especiales. No obstante, podrían

contenerse en muy pocas líneas los títulos de todas las novelas que,

después de las inmortales obras maestras de Cervantes y de Rabelais,

contienen _tipos_ verdaderos, originales y bien caracterizados, y

merecen un puesto en esta categoría. Nadie se atreverá, sin duda, a

negar a Lesage un espíritu sutil, fino, creador, lleno de agilidad en la

forma y de aptitud en la observación, animado de una alegría verbosa y

comunicativa y de rasgos adústicos y graciosos; pero no ha puesto ni un

solo _tipo_ en la circulación de las creaciones literarias. _Gil Blas_

es un personaje convencional colocado con una rara habilidad en una

fábula ingeniosa, pero no es una individualidad arrebatada de una pieza

a la cantera de la naturaleza. Crebillon, hijo, y Marivaux eran también

observadores, pero cuyo tacto minucioso se sujetaba a maravilla a las

mezquinas proporciones de una sociedad de pigmeos. Se creería que se

dedicaron a aplicar a las costumbres de su tiempo el estudio de lo

infinitamente pequeño. El microscopio más eficaz en perseguir la

materia en sus últimas divisiones no os hará descubrir un solo _tipo_;

sólo encontraréis átomos. El genio absolutamente idealista de Rousseau

le ha hecho incurrir en el extremo contrario. Acostumbrado a vivir en el

mundo conjetural que se había forjado, estaba demasiado alejado del otro

para discernir un solo _tipo_ distinto. Nadie ha penetrado más

profundamente en el pensamiento ni nadie ha desflorado más

superficialmente al hombre. El no tenía esa mirada universal del águila

que le permite a la vez mirar frente a frente el sol y divisar al

insecto oculto bajo la hierba: no sabía leer más que en los cielos. No

obstante, a fuerza de elevación y de poder, conseguirá alguna vez hacer

compartir la ilusión que se hace a sí mismo; pero no hay que engañarse:

es una ilusión. Los tipos que se esfuerza en imaginar no son solamente

defectuosos e incorrectos, son falsos. No son _tipos_, son fichas

especiales cuyo valor ficticio queda aniquilado a la primera prueba del

ensayador. Hay cien veces menos realidad moral en los caracteres de

Saint-Preux, de Julia y de Volmar, que en los del Ogro y Pulgarcito.

Dejadle que se extravíe en la vaga altura de sus concepciones con

algunos espíritus especulativos que no tienen contacto con nuestra

naturaleza más que por un pequeño número de puntos, y que han rechazado,

con el pretexto de una perfección imaginaria, las simpatías íntimas de

su propia especie. El _tipo_ de una perfecta organización de joven, pero

ingenua y verdadera en su perfección, de una inocencia instintiva, de un

pudor heroico, ese _tipo_, revestido de la más celeste idealidad, es a

Bernardino de Saint-Pierre a quien estaba reservado producirlo; es la

deliciosa y conmovedora figura de Virginia, concepción fresca, pura,

inimitable, que su ingenuidad y su candor han hecho popular, aunque ella

emane de lo alto, aunque su gracia angélica pareciera participar menos

de las invenciones de un poeta que de las revelaciones de un dios.

El nombre de Saint-Pierre recuerda siempre el del más ilustre prosista

de nuestros tiempos, el de Chateaubriand, y cuando se pasa revista a

los tipos en literatura, no es permitido olvidar a _René_, imponente y

magnífica creación, en la cual el genio ha depositado el secreto de

nuestra civilización expirante. He dicho antes que la historia

anticipada de las revoluciones próximas a desbordarse sobre Europa

estaba enteramente contenida en _Carlos Moor_ y en _Werther_. _René_

contiene, como una profecía amarga y terrible, la historia de las

sociedades extinguidas. A la primera impresión no ofrece más que rasgos

graves, solemnes, místicos y de una vaguedad en la que el pensamiento se

anonada, pero tienen huella del dedo todopoderoso que trazó sobre las

paredes del palacio de Baltasar la sentencia de una monarquía, y, cosa

maravillosa, permanecerán largo tiempo ininteligibles, tanto a los

sabios como a los grandes de la tierra. Será necesario, para penetrar el

formidable enigma, que los reyes despierten, de la pompa de sus fiestas

y de la embriaguez de sus festines, al ruido de los tronos destrozados y

al crujido del cristianismo que se derrumba.

En Francia cuando no se tienen los brazos bastante largos para abrazar

una idea nueva en toda su intensidad, no se renuncia por ello a la

pretensión de someterla y de apropiársela, y, para conseguirlo, hay un

medio seguro y cómodo que no falta nunca a la crítica: el de reducir las

dimensiones en una proporción análoga a las facultades que la juzgan y

empequeñecerla progresivamente hasta que entra en la medida común. Así

se ha querido ver en _René_ una imitación de _Werther_, y es muy posible

que no se vea esto más que cuando se es corto de vista. En general, mi

opinión es que no deben ser comparadas las obras maestras. Las

producciones del espíritu tienen su individualidad como los hombres, y

las que carecen de esta individualidad no vale la pena de ocuparse en

ellas. Entonces entran en los dominios de la mediocridad, donde la

comparación es fácil porque ya no se encuentran _tipos_; pero, _Werther_

y _René_, que son _tipos_ arcanos, son, no obstante, _tipos_ distintos.

El de _Werther_ es la expresión de los trastornos de un alma que no

puede bastarse a sí misma; el de _René_ es la expresión de las

angustias de un alma que lo ha abarcado todo y que siente que todo se de

escapa porque todo acaba. Es la ansiedad mortal, la duda inexorable, es

la inconsolable desesperación de una agonía sin porvenir, es el grito

espantoso de la creación social en el momento de disolverse. En

_Werther_ hay la emoción profunda de algunas generaciones dolientes; en

_René_ la última convulsión de un mundo que muere.

Los ingleses, cuya fisonomía moral es más variada que la nuestra, han

podido, más que nosotros, multiplicar sus tipos en literatura. En

Fielding son ingeniosos y sorprendentes, en Richardson ingenuos y

sublimes. Walter Scott, cuyas fábulas demasiado difusas, los asuntos

principales subordinados con frecuencia a los accesorios y los

desenlaces demasiado precipitados, no llenan siempre exactamente las

condiciones de una composición bien entendida, debe probablemente la

popularidad de su genio a la abundancia y a la popularidad de sus

_tipos_. Es verdad que un cierto número de ellos pertenece a una

naturaleza fantástica, donde la imaginación se mueve con mayor

desembarazo, porque dispone entonces de una creación que le pertenece

por derecho propio, y que no reconoce por regla más que la potencia

mágica que la crea; pero sería injusto sacar de ello la conclusión de

que esos _tipos_ carecen del grado de verdad relativa que es el carácter

esencial de lo bello en las obras de los hombres. Poco importa el

carácter ideal o positivo en el cual el autor coloca sus personajes,

puesto que les da un sello de identidad que siempre puede reconocerse.

Es evidentemente en virtud de una ficción muy inverosímil y de una

alucinación muy amplia, que nosotros atribuimos a los animales nuestras

costumbres y nuestras pasiones, y, sin embargo, La Fontaine es más rico

él solo en _tipos_ de una sorprendente realidad que todos los demás

poetas juntos. Las gentes sensatas no creen en el diablo ni en las

brujas, y todo el mundo conviene, sin embargo, en que _Fausto_ y

_Mefistófeles_ son tipos admirables.

En mi opinión, pues, sólo el genio es capaz de inventar _tipos_, y la

imitación más hábil no conseguirá apropiárselos. La contraprueba de un

_tipo_ se hace ella misma traición por los esfuerzos que hace para

sustraerse a la comparación, y sus esfuerzos son tanto más torpes, por

cuanto no pueden producir nada verosímil alterando una naturaleza

verdadera. Vale más encerrarse entonces en las atribuciones modestas del

traductor y del copista, destino literario que no tiene en sí nada

absolutamente de humillante, porque hay cien mil copistas por cada

inventor. Una traducción espiritual, una imitación bien hecha, un

arreglo hábil, aunque no sean obras de genio, no dejan de ser obras de

buen gusto y de talento; y después, si no satisface este lote, que es el

patrimonio de todos los hombres distinguidos, si se encuentran estrechas

las filas sobre las cuales se elevan unos pocos genios dotados del más

raro de los privilegios, si se está provisto de una de esas presunciones

robustas que consideran usurpadas todas las glorias cuyas alturas no

logran alcanzar, hay un recurso aún, ejemplo Aristóteles, La Harpe y

Marmontel; se puede clamar contra la barbarie y la estupidez al borde

del camino de los triunfadores; y queda aún el medio de refugiarse, como

Aquiles, en su tienda, en los honores de la Academia: esto es un gran

consuelo.

EL PINTOR DE SALZBURGO

DIARIO DE LAS EMOCIONES DE UN CORAZÓN DOLORIDO

1803

_25 de agosto._

Sí, todos los acontecimientos de la vida están en relación con las

fuerzas del hombre, porque mi corazón no se ha roto aún.

Yo me pregunto aún si no es alguna pesadilla la que me ha traído esta

blasfemia:--¡Eulalia esposa de otro!--Y miro a mi alrededor para

asegurarme si estoy despierto; y me desespero cuando encuentro la

naturaleza en el mismo estado que antes. Valdría más que mi razón se

hubiese extraviado. Algunas veces querría también reposar en mi valor,

pero he aquí que viene de pronto esa noticia increíble que aun resuena

en mis oídos y que se apodera de mí con las angustias de la muerte.

Yo he contado muchos infortunios; ¡pero éste es demasiado amargo!

Desterrado de Baviera como un miserable faccioso, proscrito y fugitivo,

errante por espacio de dos años desde las riberas del Danubio a las

montañas de Escocia, me lo habían robado todo, la patria y el honor.

¡Pero me quedaba Eulalia! y este recuerdo inefable encantaba mi miseria

y acompañaba mi soledad. Yo era dichoso por el porvenir y por ella.

Ayer mismo, palpitante de deseo, de impaciencia, de amor, aun creía...

¡y hoy!...

_26 de agosto._

Hay una idea que oprime mi corazón, una idea dolorosa y mortal.

¿En qué consiste que nuestras impresiones más profundas sean una cosa

tan incierta, tan yaga, que el transcurso de algunos meses, de algunos

días, de un instante casi indiscutible, las borra? ¿Cuál es la

naturaleza de este sentimiento, tan violento en su embriaguez, tan

rápido en su duración, que aspira a sojuzgar el porvenir y que un año

devora? ¿Será verdad que los afectos del hombre no son más que un arenal

invertido que deja escapar poco a poco todo su contenido? ¿Y será

preciso que muramos en todas partes donde hemos vivido--allí mismo donde

encontrábamos tanta dulzura en inmortalizarnos--en el corazón de los que

nos aman?

¡Oh! ¡cuán sabia fue la Providencia al asignar una carrera tan corta a

los viajeros de la vida! Si hubiera sido más pródiga y si el tiempo nos

hubiera traído más lentamente la hora de nuestra destrucción, ¿qué

hombre hubiera podido envanecerse de arrastrar consigo algunos recuerdos

de la juventud? Después de haber errado en un círculo sin fin de

sensaciones siempre nuevas, llegaría, solo, a la tumba y, lanzando una

mirada apagada sobre la escena oscura y confusa del pasado, buscaría

inútilmente una de las emociones de sus primeros años: lo habría

olvidado todo, ¡todo! hasta el primer beso de su amada, hasta los

cabellos blancos de su padre.

Pero, si el vulgo emplea sus días en esas miserables irresoluciones, me

parecía, por lo menos, que era dable a ciertas almas eternizar sus

sentimientos. Una vez creí haber encontrado esa alma semejante a la mía

y le confié mi dicha. ¿Quién podría repetir el encanto de esas horas de

embriaguez en que, recostado sobre el seno de Eulalia, respirando su

aliento, atento al menor latido de su corazón y en que todas mis

facultades se abismaban en una sola de sus miradas? ¡Y, no obstante, me

ha engañado! y cuando, al estrecharla en los tristes abrazos de una

larga despedida, le pedí el título de esposo, me lo concedió ante el

padre de todo amor. ¿Qué derecho me ha arrebatado? ¿por qué me ha

reducido a este estado de anonadamiento?

Me han olvidado todos, porque si alguna voz amiga hubiera hecho vibrar

mi nombre en medio del solemne perjurio...--Pero me han olvidado todos y

nadie le ha dicho--: ¡Tiembla, Eulalia, Dios te ve!--Me han olvidado

todos y la traición se ha consumado.

_28 de agosto._

Esta tarde caminaba al azar, y no sé cómo ha sido, he sentido un peso

que me oprimía, una nube que turbaba mi vista, un fuego que recorría

toda mi sangre, y me he sentado. Un instante después he levantado la

vista y he reconocido en la casa que tenía enfrente la mansión de

Eulalia. En su habitación había luz. Eulalia ha llegado y se ha detenido

detrás del balcón en una contemplación silenciosa. Ella sufría, porque

ha mirado al cielo. Su pecho parecía hinchado, sus cabellos en desorden;

se ha llevado la mano a la frente, que sin duda ardía. En seguida se ha

retirado sin haber advertido mi presencia, y yo he visto su sombra

crecer sobre la pared y luego confundirse con las demás sombras. Yo he

querido hablar, pero mi voz se ha negado a obedecerme y he permanecido

mudo como el viajero nocturno que se encuentra con una aparición.

Después, me he aproximado a aquel balcón y me he visto inundado de la

claridad que de él descendía. Pero no he podido resistir tantas

agitaciones, y he reanudado tristemente mi camino, y cuando he llegado a

mi casa mis piernas han flaqueado; me he dejado caer por tierra y he

regado el suelo con mis lágrimas.

_29 de agosto._

Todo conspira a mi desesperación. Al atravesar por esos campos he visto,

delante de mi linda quinta, una mujer limpiamente vestida y, antes de

que hubiese podido distinguir sus facciones, se ha arrojado en mis

brazos y ha regado mis mejillas con sus lágrimas. «¿No me reconoce

usted?--me ha dicho al verme vacilar--; soy yo, soy aquella a quien la

desesperación había impulsado al suicidio y que usted salvó con peligro

de su vida; soy yo, a quien usted ha colmado de beneficios, a quien

usted ha arrancado a la miseria, a quien usted ha devuelto la dicha; es

a usted a quien debo la vida, y mi esposo querido, y mis hijos amados, y

quiero...» Ella quería que viese a sus hijos. «Basta, basta--le he

dicho, oprimiendo su mano contra mi corazón--. Usted no sabe si soy

bastante fuerte para resistir todo eso.» «¿Y aquella señora joven?--ha

añadido misteriosamente--; que el cielo os sea propicio a los dos! ¡Tan

hermosa y con un alma tan grande! ¡Oh! ¡Con cuántas alegrías debe

embellecer ahora su existencia!» A estas palabras yo he vuelto el

rostro, estremeciéndome de dolor y de indignación; y ella ha creído...

«¡Sí, muerta, muerta, perdida para siempre!», y la he abandonado al

error de sus lamentaciones.

Al regresar aquí he sabido que Eulalia había partido hoy para el campo.

¿Es que acaso sabía...? ¡Oh! yo partiré, yo también quiero partir; y mil

veces he dirigido el cuchillo contra mi pecho, y mil veces he pedido a

Dios la muerte y el aniquilamiento, porque si mi alma había de

sobrevivir y recordar todo lo que ha vivido, era preferible no morir.

Pero yo no volvería, quizá, tal como soy--; y, además, necesitaría

algún tiempo para adaptarme a una nueva vida.

Vale la pena de meditar.

_2 de septiembre._

El día ha sido tranquilo, el cielo puro y transparente, pero, en el

momento en que el sol descendía en su pompa occidental, el horizonte ha

quedado de pronto envuelto en nubes, como un cinturón, y poco a poco

gigantescas tinieblas han devorado la luz del crepúsculo.

Así, me he dicho, he comenzado en una aurora dulce y brillante, y así

voy a acabar como este día en las tristezas de una tarde nebulosa. A

esta idea, me he representado, con extraordinario vigor, las sensaciones

nuevas de mis primeros años; he rebuscado en mi memoria los jóvenes

deseos, las esperanzas ingenuas de un alma virgen, y me he mecido en

estos recuerdos.

Mientras tanto, frecuentes relámpagos recorrían la atmósfera y abrían en

las nubes despedazadas deslumbrantes caminos y vastos pórticos de fuego.

El relámpago se deslizaba sobre las bóvedas de la noche como una espada

flamígera y, a la luz pasajera, se veían de cuando en cuando algunas

sombras siniestras descender sobre el valle, parecidas a esos espíritus

vengadores que son enviados sobre las alas de la tempestad para

atemorizar a los niños y a los hombres. Los vientos se estremecían en

los bosques o gruñían en los abismos, y en voz impetuosa se confundían

en las profundidades de la montaña, con el sonido grave del toque a

rebato, el tumulto de la cascada y el estruendo del trueno. Y en el

silencio mismo que sucedía, triste y terrible, a esas armonías

imponentes, se distinguían ruidos extraños y conciertos misteriosos,

como los que deben elevarse en las solemnidades del cielo. En estos

trastornos que desolan la creación, hay un bálsamo para las heridas del

corazón, porque nuestras aflicciones son absorbidas por aflicciones tan

augustas, y nuestra compasión se ve obligada a repartirse entre otras

almas. A veces, por ejemplo, me identifico con esa naturaleza doliente y

la abrazo entera a mi piedad. He intentado mantenerme en este estado,

pero como no tengo con quien compartir el sufrimiento a mi lado, no he

tardado en recabar toda mi piedad para mí solo.

_3 de septiembre._

Con frecuencia he deseado volver a ver ese monasterio abandonado, en

cuyos claustros silenciosos tantas conmovedoras inspiraciones había

recibido. Me acordaba de haber paseado con Eulalia por entre sus ruinas

confusas y sus construcciones descalabradas, y, al advertir en lo alto

de la colina la elevada flecha de la iglesia, atrevidamente lanzada al

aire, me estremecí de alegría, como a la vista de un amigo. Pero, y esto

lo observé con dolor, habían reparado las brechas del muro y podado las

hayas. El desastre de los claustros demolidos y la energía de una

vegetación libre y salvaje, me habían producido sensaciones de grandeza

distintas. Así y todo, como aquel recinto había albergado mi

pensamiento, cuando llegué al antiguo vestíbulo, cuando oí el ruido de

mis pasos resonando en los ecos de las capillas y del santuario y

cuando las puertas trémulas crujieron girando con dificultad sobre sus

goznes, con el corazón tan oprimido y con los ojos llenos de lágrimas,

amargas y voluptuosas a la vez, atravesé los corredores resonantes y los

patios devastados para llegar al pie de la escalinata de la terraza. De

en medio de la gradería rota surgían los cilindros aterciopelados del

gordolobo, las cúpulas de las campánulas, manojos de arabeta, matas de

quelidonia dorada y las mortíferas flores del beleño. Me he apoyado

contra una columna, la única que, como el noble huérfano de una familia

desgraciada, ha quedado de pie; cerca de mí había un gran olmo, cuya

copa, calcinada por el sol, destacaba apenas de entre las ruinas.

Yo me he dicho: «¿Por qué mi propio genio no es más que una ruina? ¿Por

qué la naturaleza, que yo encontraba tan hermosa, se ha marchitado con

el tiempo? ¿Por qué no poseo ya ese poder creador, esa delicadeza

exquisita, esa flor de sentimiento que inspiraban mis primeras obras?

Ahora mis lápices son fríos, mis telas inanimadas, y mi alma se ha

extinguido en los dolores. Si algunas veces se me presenta una idea

fuerte y magnífica, es inútil que trate de retenerla. Bien pronto mi

sangre fermenta, y no la encuentro más que a través de dolores

extravagantes; o bien me canso de semejante tensión y entonces se esfuma

y palidece bajo mis pinceles; es, quizá, que la imagen de Eulalia tiene

demasiada fuerza en mi cerebro y esto me distrae.

Mientras tanto me he aproximado al antiguo cementerio de los monjes, y

he visto una mujer que dibujaba, sentada sobre una tumba. Ha dirigido

sus ojos hacia mí, y cuando se han encontrado con los míos, he quedado

deslumbrado, como si un meteoro hubiese pasado ante mi vista, y he caído

de rodillas. Entonces Eulalia, porque era ella, ha avanzado hacia mí, se

ha apoderado de una de mis manos trémulas, y me ha dirigido palabras de

consuelo. Cuando he vuelto en mí y he podido darme cuenta de este

acontecimiento, cuando he reflexionado sobre la siniestra casualidad que

nos había preparado una entrevista al pie de un sepulcro, cuando he

previsto todo lo que nuestra conversación había de tener de penoso y la

magnitud de las nuevas impresiones que debían atormentar mi corazón, he

deseado que un abismo se abriese a nuestros pies y nos enterrase a los

dos juntos. «¡Usted aquí!», he dicho al fin. «Sí--ha respondido--, en

estos lugares llenos de usted y entre mis recuerdos dichosos es donde

quisiera vivir siempre, y este pensamiento es el que ha encaminado hoy

mis pasos hacia aquí.»

Mientras tanto, me había sentado a su lado, abandonándome a todas mis

lamentaciones, deshaciéndome en improperios contra el destino y contra

ella misma; le he recordado el día de mi destierro, la hora funesta de

nuestra separación y los juramentos violados por ella; ¡juramentos

sellados con tantos besos y lágrimas! He llorado otra vez con mucha

amargura, y los sollozos que me sofocaban me han impedido continuar.

«--Hágase la voluntad de Dios--ha seguido Eulalia--, pero que El no

permita que pueda usted condenarme sin oírme. ¡Si usted supiera lo que

he sufrido yo! ¿Me vio usted cuando con los ojos llenos de lágrimas

espiaba sus últimos pasos cuando usted marchó al destierro? ¿Presenció

usted las largas veladas que pasé ocupada en gemir y en pensar en usted?

¿Me vio usted, en fin--¡y por qué no moriría aquel día! Yo creía,

esperaba morir, porque no pensaba que el débil corazón de una mujer

pudiese contener tantos dolores...--Diga usted, ¿me vio usted pronta a

expirar de desesperación a la noticia de su muerte?»

A esta palabra, que me hería por primera vez, suspiré; sólo el

pensamiento de que hubiese podido morir llevándome su amor y llorado por

ella, me ofrecía encantos sin cuento y me inspiraba deseos. Ella

continuó:

«--El señor Spronck llegó a Salzburgo procedente de Carintia y nos fue

presentado. Fue agradable a mi madre y yo misma le encontré no sé qué de

usted, tanto en su aspecto como en su carácter y, sobre todo, esa huella

de melancolía que demuestra que un alma tiene penas ocultas.

Efectivamente, había experimentado grandes disgustos. El interés que me

inspiró, también lo hubiera obtenido de usted. ¿Verdad que es imposible

negar una tierna piedad a la desgracia?

»Ya sabe usted, Carlos, que durante su ausencia he perdido a mi madre.

Cuando vio que se aproximaba el instante fatal, nos llamó a los dos a su

lado; después me miró, y una nube de inquietud pareció empañar el brillo

de sus ojos. Luego, nos envolvió en una misma mirada a los dos, colocó

una mano de Spronck en la mía, y la expresión de una voluntad

irresistible se detuvo sobre sus labios expirantes; después pasó tan

dulcemente desde esta vida a la eternidad, que se hubiera creído que

dormía si nuestro dolor no hubiese atestiguado que ya no existía. Ya ve

usted cómo, por una deplorable herencia del infortunio y de la muerte,

me he casado con otro; de modo que si le he hecho traición ha sido por

obedecer la voz de la naturaleza y de la tumba; y lo que todas las

potencias del mundo no me hubieran obligado a hacer, lo ha obtenido la

última mirada de mi madre.»

Acabado este relato, se volvió hacia mí con una dulce compasión, y me

dijo:

«--Carlos, henos aquí como dos viajeros del desierto que después de

haber soñado en la patria, reanudan su largo camino a través de los

arenales. Todo se ha desvanecido, pero tenga usted valor, Carlos, y esté

seguro de que mi amistad le seguirá a todas partes.»

Pronunciando estas palabras se escapó, desapareciendo a favor de las

tinieblas que descendían sobre el monasterio. Quise seguirla para verla

una vez más, pero, lo que creí el ruido de sus pasos, era el rumor de un

sauce llorón que gemía entre sus espesas ramas y su cabellera

melancólica. Después repetí estas palabras: _su amistad me seguirá_, ¡y

con qué dulzura las he repetido hasta aquí! Esta idea serenaba mis

sentidos, embalsamaba el aire y arrojaba sobre toda la naturaleza un

encanto indefinible que tenía algo de encantamiento. Me he considerado

más dichoso. ¿Por qué? Yo estaba ávido de afectos; ¡y Dios sabe con qué

quimeras he llenado a veces el vacío de mi corazón!

_4 de septiembre._

¡Su amistad! ¿Hasta qué punto me bastará tal sentimiento? ésta es la

cuestión. ¿Qué puede haber de común entre una sociedad fría y austera,

que no goza más que de alegrías serias y placeres acompasados, y esta

unión, llena de embriaguez y de voluptuosidades, en la que dos seres

predestinados vienen a confundir toda su existencia? ¿entre ese alimento

de algunas almas miserables y el fuego puro y regenerador que devora la

vida y la reproduce? ¡La amistad! ¡y qué! al niño testarudo que pide el

objeto que se le ha sustraído, se le arroja cualquier chuchería para

distraerlo.

A los veintitrés años estoy cruelmente desengañado de todas las cosas de

la tierra y siento un profundo desdén por el mundo y por mí mismo,

porque he visto que en la naturaleza no hay más que aflicción y que en

el corazón del hombre sólo mora la amargura. Llega, lanza sobre lo que

le rodea una mirada inexperimentada, y en inmenso afecto abraza

ávidamente a todas las criaturas. Se cree, por sí solo, capaz de animar

otro universo, mientras que marcha, ¡ay! en medio de un mundo muerto y

prodiga inútilmente sus jornadas fugitivas y su amor inconsiderado. Bien

pronto observa, oye, juzga; poco después su imaginación se extingue, sus

ilusiones se marchitan, su esfera de acción se limita, lo mismo que sus

relaciones, hasta el instante en que una experiencia dolorosa brilla a

sus ojos, como una antorcha encendida sobre las tumbas, y acaba de

iluminarle sobre su insignificancia. En fin, después no encuentra más

que almas sordas y refractarias; la amistad le olvida, el amor le hace

traición, la sociedad le rechaza; se da cuenta de que todos los lazos

están a punto de romperse: se rompen en efecto; ¡y, dichoso él si

también cede a esta hecatombe! Desde entonces no veo más que egoístas

que han conseguido insensibilizar su corazón y entusiastas que lo agotan

en quimeras.

Dar vueltas en un océano de inquietudes y de dolores y cuando se

comienza apenas a descansar de tantas emociones violentas, cuando las

apreciaciones exageradas comienzan apenas a ser rectificadas, ¡he aquí

que viene la muerte, colérica e inesperada, que os estrecha entre sus

brazos inflexibles y os aniquila en el silencio de la tumba!...

_6 de septiembre._

¡Otro doloroso recuerdo! Esta tarde me he encontrado, a orillas del río,

ante el ángulo de un bastión medio derruido, al pie del cual

descansábamos de nuestros paseos en las hermosas tardes de verano. El

tapiz de musgo, que tantas veces nos había servido de asiento, conserva

su frescura: la ruina amenazadora que lo domina, aun permanece en pie;

yo había pensado algunas veces que podía enterrarme en su caída, y he

aquí que ha sobrevivido al amor inmortal que ella me había jurado, a la

inmortal felicidad que yo me había prometido. Allí, pocos días antes de

mi partida, siguiendo con los ojos el movimiento de la onda y

transportándome con el pensamiento a los mares lejanos que debía

atravesar--penetrado de dolor, a la idea de una separación quizás

irreparable--; así una mano de Eulalia y la inundé de lágrimas. Tan

turbada como yo, intentó distraerme cantando una de esas melodías que

tantas veces habían encantado nuestras veladas. Era--¡podría olvidarlo

jamás!--Era así:

«Clara y Paulino veían transcurrir apaciblemente sus días, y veían

florecer su juventud y sus amores. Nada, en apariencia, podía

separarlos, y se aproximaba el acontecimiento alimentado por su

esperanza.

»Su solo pensamiento era el himeneo; la alegría su solo sentimiento,

¡que es lo que un dios consolador envía a los enamorados! Pero he aquí

que un día, el padre de Paulino le dijo: «Hay que partir y dejar el amor

de Clara.» Presa de la mayor emoción se dirige hacia su futura y le

dice: «Deplorable suerte la nuestra. Mi padre quiere que esta misma

noche nos pongamos en camino. Pero jurémonos que, suceda lo que suceda,

volveremos a vernos. Si algún amor culpable quisiera hacer presa en ti,

le responderás: «¿Soy capaz de olvidarle? Bien pronto mi amigo vendrá a

decirme: ¡despierta! ¡Ha llegado al fin la hora de sonreír a tu esposo!»

Pero si alguno de nosotros muere en la espera, que su alma goce de

constante libertad para que pueda venir desde la negra orilla a consolar

al que quede.

»Paulino partió. ¡Un corazón novicio es tan ligero! Un deseo, un

capricho, nada, le hace cambiar. ¡Clara está muy lejos! ¡Rosa es tan

linda! El tiempo pasa. El juramento se olvida. El amor se apaga.

»Clara, al conocer sus nuevos compromisos, le pregunta: «Otra bien amada

obtiene tus atenciones; ¡el que ocupa a todas horas mi pensamiento ha

podido hacerme traición!»

»Clara le perdona, le llora y se dispone a morir...

»Al saberlo Paulino se entregó a grandes extremos de dolor; pero Rosa le

tranquilizó con un aire lleno de encanto: «¿Podrías creer en la noticia

de esa muerte? puede lamentarse, llorar, pero no morir. ¡La alegría es

tan pronto arrebatada a nuestros deseos! ¿Qué necesidad hay, pues, de

consumir nuestra vida en disgustos? Ven a la fiesta que se prepara esta

tarde y recibirás de tu Rosa los dones del amor.»

»Paulino vuela al baile y la busca con ansiedad, pero le parece que todo

se conjura para ocultársela; al menor ruido cree oírla entre la

multitud, y ve que su espíritu emprende el vuelo con la noche.

»Pero no, aquél es el dominio de su amante, y aquél su cuello de lis y

aquélla su mano encantadora. «¡Rosa, un dichoso proyecto te aguarda! ¿lo

recuerdas? Y me dirás demasiado pronto, cruel, que el día viene.

Desaparece, máscara envidiosa, que tomas una forma que no es la tuya»

dijo él; y Clara, ensangrentada, se ofreció a sus ojos, el brazo armado

de un cuchillo aun húmedo, la vista extraviada, el pecho marchito y

destrozado, la tez lívida.

»La llegada del día no le libra de aquella sombra y sus sentidos caen en

un sopor; ella murmura a sus oídos un largo suspiro.

»Pero cuando su pena llegó al límite, encontró compasión y entregó su

alma envenenada por una cruel preocupación. Pueda como él, todo perjuro

a su juramento, sufrir de su cobarde impostura el castigo.»

Acordándome de esta balada, he comenzado a repetir esta imprecación en

voz alta y acento tan colérico, que he huido, lleno de terror, temeroso

de que el cielo me oyese.

_8 de septiembre._

A algunos pasos de Salzburgo, hay una pequeña aldea cortada de una

manera agreste sobre la montaña. Muchos arroyuelos que bajan de las

rocas se reúnen debajo del cercado del presbiterio y forman un canal que

va a través de la llanura, como una ancha cinta de plata, hasta perderse

en el río. El murmullo de los pequeños torrentes, el rugido lejano de

las ondas y el estremecimiento de los álamos, movidos por el viento, se

armonizan con una dulzura indefinible y llevan al alma una languidez y

una turbación deliciosa que se quisiera prolongar. Pero nunca este

cuadro tiene un encanto más inexpresable que a la hora en que el cielo,

adornado de los colores del alba, sonríe a la proximidad del día, cuando

una niebla húmeda y blanquecina flota sobre el valle y cuando los

primeros rayos del sol comienzan a dorar los plomos del campanario.

Esta mañana me paseaba por aquel lado, entregado a los más dulces

pensamientos que de costumbre, cuando los sonidos lúgubres, distintos y

prolongados del acero mortuorio, vinieron a distraerme de mis sueños del

pasado. Retrocedí en dirección al pueblo y vi, en el ángulo del camino,

un cortejo que avanzaba lentamente, recitando plegarias en voz baja.

Cuatro hombres que llevaban un ataúd cubierto con un lienzo, abrían la

fúnebre comitiva, y a su lado otras tantas jóvenes, vestidas de blanco,

con el cabello tendido, los ojos enrojecidos por las lágrimas, el seno

palpitante por los suspiros, que, con una mano, levantaban los extremos

del paño mortuorio. Seguían luego mujeres, niños y ancianos que parecían

penetrados del más profundo dolor, pero de un dolor mudo y resignado,

lo que me hizo suponer que a aquella infortunada criatura no la

acompañaban sus padres a la última morada, porque las lamentaciones de

la naturaleza tienen otro carácter. Me olvidaba decir que el lienzo era

blanco y que encima de él había sido colocada una pequeña corona de

flores.

Cuando la multitud ya había pasado, me dirigí a una mujer casi

octogenaria que seguía con paso más lento a la comitiva, a causa de su

avanzada edad, preguntándole el nombre de la persona a quien llevaban a

enterrar. «¡Ay, señor!--me ha contestado sollozando--, no puede usted

haber dejado oír de hablar de la buena Cornelia. Tan joven aún y ya era

la madre de los pobres y el ejemplo de las personas juiciosas. Es ella

la que murió ayer.» Pero como yo he dicho a la buena mujer que el nombre

de Cornelia me era desconocido y que hacía algunos años que estaba

ausente de Salzburgo, me ha contado lo que sigue, mientras yo tomaba su

brazo para atenuar la fatiga del camino:

«Cornelia pertenecía a una familia opulenta, pero ella era tan humilde

y tan compasiva, que nadie hubiera advertido su fortuna a no ser por sus

liberalidades. La madre de Cornelia se miraba en su hija; los padres la

daban por modelo a sus hijos; sus amigas la nombraban con orgullo, los

pobres la bendecían, y hasta la envidia se detenía cuando se trataba de

ella; ¡tan buena y dulce era la pobre Cornelia! Hacía ya algún tiempo

que su madre había observado que una pena oculta la devoraba,

esforzándose en penetrar el secreto de su corazón. «¿Qué tienes,

Cornelia mía», le decía, y Cornelia se inclinaba sobre el seno de su

madre y lloraba. «¿Estás enamorada?», le preguntó un día. Cornelia no

respondió. Es que aquél era su secreto y no se atrevía ni a negarlo ni a

confesarlo.

»No obstante, no tenía por qué avergonzarse de su elección, porque

Guillermo es un muchacho honrado, pero ella creía que sus padres no

consentirían en que se casara con él, porque Guillermo era pobre. He

aquí por qué sus padres desconocían un mal que con el tiempo no hacía

más que crecer, y finalmente, cayó enferma víctima de una cruel

enfermedad, y en los accesos de delirio pronunciaba con frecuencia el

nombre de Guillermo. Cuando la fiebre comenzaba a calmarse y Cornelia

recobraba el sentido, su madre se sentaba a su lado y la interrogaba de

nuevo. Una vez lo confesó todo, después de haberla demostrado que ella

misma se había hecho traición. Sus padres se reunieron y, después de

haber reflexionado maduramente, resolvieron casarla con Guillermo,

puesto que le había dado su amor.

»Aprovechando uno de aquellos momentos en que el estado de Cornelia

dejaba entrever ciertas esperanzas de curación, le dieron la noticia, y

como pensaron que su salud podía depender de esta unión tan deseada, se

fijó el día y se convino en celebrar el enlace en una capilla inmediata

a la casa. Debía ser ayer, a esta misma hora, y precisamente cuando ella

cumplía los diez y siete años. Se levantó, se vistió y se dirigió a la

capilla entre su madre, que se había consolado por completo, y

Guillermo, que estaba fuera de sí de alegría. Las mismas amigas que

ahora la acompañan al cementerio, iban a su lado, y los que la veían

pasar decían: «¡Mirad a Cornelia! está más pálida, pero no menos bella.»

En efecto, su aspecto ofrecía un conjunto de nobleza, de gracia y de

serenidad. Solamente, cuando ya estaba al pie del altar, dijo en voz

baja, al mismo tiempo que se apoyaba en Guillermo: «Me encuentro mal.»

Fue de nuevo conducida a su casa, pero el golpe era ya irremediable y

habían quedado destruidos todos los resortes de la vida. Algunos minutos

después del mediodía su mirada parecía empañarse y extinguirse. Luego

fijó tiernamente los ojos en su madre y en su marido y sonrió. En

seguida volvió la cabeza y quedó inmóvil. Guillermo, asustado, asió su

mano; estaba fría. Cornelia había muerto.»

Mientras tanto, ya habíamos llegado al lugar de la aldea en que

Cornelia, durante su enfermedad, había mostrado deseos de ser enterrada;

yo quise informarme aún, con una triste curiosidad, de todos los

pormenores de aquel acontecimiento, gozándome en oír referir cómo

aquella alma sensible y generosa se había dado a conocer a los

desgraciados durante su corta estancia sobre la tierra. Compadecía,

sobre todo, a Guillermo, porque sobrevivir a la que se ama... ¿qué digo

yo? ¡sin duda él también morirá!

El pintor de Salzburgo · 第 1 / 9 段