Y cualquiera que sea el documento que se consulte, cualquiera el autor

que se estudie, por enemigo que sea de Vespucio, no se hallará una razon

que justifique que haya querido atribuirse la gloria de dar su nombre al

Nuevo Mundo descubierto, siendo desautorizada, cualquiera opinion, que

como la de Tiraboschi, se pueda presentar en contra.

La tacha que tambien se le ha hecho de haber antedatado su primer viaje,

aparece desmentida por la carta que él mismo escribió á Lorenzo de

Medici y que permaneció ignorada hasta mediados del siglo XVIII en que

se descubrió uno de sus códices y en la cual aparece la verdadera data

de ese viaje.

En sus relaciones resalta la modestia de su carácter presentándose como

que iba simplemente á _ayudar á descubrir_, mientras que de los hechos

mismos resulta que esos descubrimientos no se hubieran llevado á cabo

sin sus conocimientos astronómicos y cosmográficos.

No es de suponerse que un hombre semejante hubiese concebido el plan de

apropiarse glorias ajenas.

Su mérito fué bien apreciado por los Soberanos de España al extremo de

hacerles olvidar que se hubiese puesto al servicio del rey de Portugal.

Los motivos en que se basaba su carta de naturalizacion eran los

importantes servicios que había hecho á la Corona de España.

Por ese tiempo Cristóbal Colon estaba en desgracia y Américo con una

hidalguía que pocas veces se halla entre los émulos contemporáneos,

tendió una mano amiga al caido y se valió de su influencia en la Corte

para abogar por su causa.

Esta nobleza de sentimiento no es propia del mezquino corazon del

envidioso usurpador de la gloria ajena.

Entre Colon y Vespucio habia esta diferencia: aquel tenia génio, le

devoraba una ambicion inmensa y á las borrascas de su alma respondian

las borrascas de su suerte. Hoy el apoteosis, mañana las cadenas y la

cárcel; hoy la embriaguez del triunfo y del mando, mañana la humillacion

del motin y la profanacion de la canalla; hasta en su vida privada se

alzan y se abaten estas ondas de la fortuna: hoy la fatiga del

peregrinage, la amargura de la viudez, mañana el reposo entre los

jardines de Andalucia y los poéticos amores de una de esas mujeres de

alma ardiente y de seductora belleza. La vida de Colon es el drama de la

alta vida del génio, semejante á las calmas y á las borrascas del alto

Océano.

Vespucio no tenía génio ni ambicion, por eso no nos queda de él sino la

historia desmantelada de sus descubrimientos. Interroga á las

estrellas, sorprende la conjuncion de los astros y cálcula friamente las

distancias, graba sobre el papel el perfil de las costas que descubre y

acepta resignado la mision de señalar á los nuevos descubridores el

itinerario que debian seguir. Por eso Vespucio ni sube á las alturas de

la gloria ni desciende á los abismos de la contrariedad.

Pero nadie puede despojarlo del mérito de ser uno de los que mas

colaboraron al descubrimiento de la América y su nombre aunque no

designase los mas grandes Continentes del Mundo, estaría siempre bien

colocado al lado de los nombres de Toscanelli y de Colon.

* * * * *

FIN.

APÉNDICE

APÉNDICE

CARTAS Y RELACIONES

DE

Américo Vespucio

(Traducidas del texto Italiano.)

I.

CARTA

_á Lorenzo el Magnífico hijo de Pedro Francisco de Medici._

Magnífico Señor: Hace algun tiempo que no he escrito á Vuestra

Magnificencia; esto no ha tenido por causa ninguna otra cosa que no

haber ocurrido nada de importancia y la presente tiene por objeto daros

noticia de como, hace cerca de un mes, llegué de la India por la via del

mar Océano á esta ciudad de Sevilla y de las cosas mas maravillosas que

he observado, por cuanto creo que V. M. tendrá placer en conocerlas. Y

si soy algo difuso, sirvase leerla aunque sea en sus ratos de ocio, como

se toma el postre despues de servida la comida. V. M. sabrá como por

comision de este Rey de España, partí con dos carabelas el dia 18 de

Mayo de 1499 para ir á descubrir hácia la parte del S. O. del mar Océano

y y tomé mi camino á lo largo de la costa de África, navegando hasta

llegar á las Islas Afortunadas que hoy se llaman las Canarias: y

habiéndome provisto allí de todas las cosas necesarias, hechas nuestras

oraciones, hicimonos á la vela de una isla que se llama la Gomera y

pusimos la proa al S. O. (_Libeccio_) y navegamos veinticuatro dias con

viento fresco, sin ver tierra alguna, al cabo de los cuales avistamos

tierra y reconocimos haber navegado cerca de mil trescientas leguas,

contadas desde la ciudad de Cádiz, al rumbo S. O. Vista la tierra dimos

gracias á Dios y largamos los botes y con diez y seis hombres fuimos á

tierra y la encontramos tan poblada de árboles que era una maravilla, no

solo por la grandeza de ellos, sinó tambien por su verde follaje pues

jamas lo pierden y por el aroma que exhalaban recreando mucho el olfato.

Recorrimos lo largo de la costa por ver si encontrabamos lugar donde

saltar en tierra y como era tierra baja, nos afanamos todo el dia hasta

la noche sin poder hallar desembarcadero, pues nos lo impedia no solo lo

bajo de la tierra sino tambien la espesura de los árboles; de modo que

acordamos volvernos á las naves é ir á descubrir la tierra en otra

parte: y vimos una cosa maravillosa en este mar y fué que ántes de

atracar á tierra, á quince leguas, encontramos el agua tan dulce como la

de un rio, tanto que llenamos todos los cascos vacios que teniamos.

Cuando estuvimos en las naves, levamos anclas é hicimos vela poniendo la

proa al medio; porque mi intencion era ver si podia doblar un cabo de

tierra, que llama Tolomeo Cabo de Catigara que da paso al _Seno Magno_

que segun mi opinion no estaba muy distante de este punto, segun los

grados de latitud y longitud como mas abajo referiré. Navegando hácia el

Sud á lo largo de la costa, vimos salir de la tierra dos grandes rios,

uno que venia del Poniente y corria hácia el Levante y tenia de anchura

cuatro leguas, es decir diez y seis millas: y el otro corria del Sud al

Norte y tenia de anchura tres leguas: y creo que estos dos rios hacian

que el mar estuviese dulce por causa de su grandeza. Y viendo que

todavia la tierra era baja, acordamos entrar en uno de estos rios con

las barcas y navegar tanto en él que encontrasemos disposicion de saltar

á tierra ó de hallar alguna poblacion; arregladas nuestras barcas y

llevando mantencion para cuatro dias, con veinte hombres bien armados,

entramos por el rio y á fuerza de remo navegamos por él cerca de dos

dias, en una extension como de diez y ocho leguas, habiendo tentado

desembarcar en muchas partes: y siempre encontramos que era tierra baja

y tan poblada de árboles que apenas un pájaro podía volar por ella; y

navegando asi por el rio vimos señales ciertas de que la tierra era

habitada: y porqué habíamos dejado las carabelas en lugar peligroso si

soplaba el viento de traves, acordamos al fin de los dos dias volvernos

á ellas y lo pusimos en práctica. Vimos una infinidad de pájaros de

distintas formas y colores, y tantos papagallos de tan variadas clases

que era una maravilla, unos colorados como grana, otros verdes y

amarillos; y el canto de los otros pájaros que estaban en los árboles

era tan suave y de tanta melodía que nos deteniamos muchas veces á gozar

de su dulzura. Aquellos árboles eran tan bellos que nos creíamos en el

Paraíso Terrestre y ninguno de aquellos árboles ni sus frutos tenían

semejanza con los nuestros. Vimos á orillas del rio mucha gente de

extraordinaria figura ocupada en recorrerlas ó en pescar. Una vez en los

buques nos movimos teniendo la proa siempre á medio dia y hallándonos

surtos en el mar cerca de cuarenta leguas, nos hallamos en una corriente

de mar de S. E. (Scirocco) al N. O. (Maestrale) que era tan grande y

venía con tal furia que nos puso en cuidado y nos trajo gran peligro. La

corriente era tal que aquella del estrecho de Gibraltar y aquella del

Faro de Mesina son como un estanque en comparacion de esta: de modo que

como ella nos venía por la proa no haciamos camino á pesar de tener

viento; y asi viendo el poco camino que haciamos y el peligro en que

estábamos, resolvimos volvernos al N. O. y navegar hácia el Norte y

puesto que si mal no recuerdo, V. M. entiende algo de Cosmografía pienso

describirle nuestra marcha por via de longitud y latitud; así pues sabrá

V. M. que navegamos tanto hácia la parte de medio dia que entramos á la

Zona Tórrida, dentro del Círculo de Cáncer; y habeis de tener por cierto

que en pocos dias y navegando por esa Zona, hemos visto las cuatro

sombras del sol por cuanto este se hallaba en el zenit á mediodia; esto

es estando el sol en nuestro meridiano, no teníamos sombra alguna y todo

esto me acaeció muchas veces é hícelo ver á toda la compañía, tomándola

por testigo, porque la gente ignorante no sabe como la esfera del Sol

marcha por su círculo del Zodiaco; pues unas veces veía la sombra al Sud

y otras al Norte, ora al Occidente ora al Oriente y algunas veces (una ó

dos horas al dia) no teníamos sombra alguna. Navegamos por la Zona

Tórrida á la parte Austral hasta hallar que nos encontrabamos bajo la

Línea Equinoccial, y que teníamos uno y otro Polo al fin de nuestro

horizonte; pasamos la línea en seis grados sin ver ya la estrella del

Norte y apénas divisábamos las estrellas de la Osa Menor y deseoso de

determinar la estrella del otro Polo, perdí muchas veces el sueño para

contemplar el movimiento de las estrellas de ese Polo para determinar

cual de esas tenía menos movimiento y que fuese mas fija, sin poderlo

conseguir por mas malas noches que pasé y apesar de haber usado del

cuadrante y del astrolabio. No determiné estrella que no tuviese ménos

de diez grados de movimiento al rededor del firmamento: y miéntras me

ocupaba de esto me acordé de un dicho de nuestro poéta Dante en el

primer canto del Purgatorio, cuando finge salir de este hemisferio y

encontrarse en el otro, pues queriendo describir el Polo Antártico,

dice:

Io mi volsi á man destra e posi mente

All'altro Polo, e vide quattro stelle

Non visto mai, fuor che alla prima gente:

Goder pareva il Ciel di lor fiammelle;

O settentrional, vedovo sito!

Poiché privato sei di mirar quelle!

A mi parecer el poéta en estos versos quiere describir por las cuatro

estrellas, el Polo del otro firmamento, y no desconfio hasta aquí de que

aquello que dice sea la verdad, por que noté cuatro estrellas que tenian

poco movimiento; y si Dios me da vida y salud espero volver á aquel

hemisferio y no regresar sin demarcar el Polo. En conclusion digo que

nuestra navegacion se extendió tanto á la parte del medio dia que nos

alejamos del camino de la latitud de Cádiz sesenta y medio grados;

porqué sobre la Ciudad de Cádiz alza el polo treinta y cinco grados y

medio y nosotros habiamos pasado la Línea Equinoccial en seis grados:

Esto baste respecto á la latitud. Habeis de notar que esta navegacion

ocurrió en los meses de Julio, Agosto y Setiembre, que como sabeis el

Sol reina mas de continuo en este nuestro hemisferio y hace mayor el

arco del dia que el de la noche: y mientras que estabamos en la Línea

Equinoccial ó cerca de ella, á cuatro ó seis grados, en el mes de Julio

y Agosto la diferencia del dia á la noche no se sentia y casi el dia con

la noche eran iguales. En cuanto á la longitud, os diré que mucho

trabajo me costó saberla y que tuve grandísima dificultad en conocer

ciertamente el camino que habia hecho; y tanto trabajé que al fin no

encontré cosa mejor, que observar de noche las oposiciones de un planeta

con el otro, sobre todo de la Luna con los otros planetas; por que el

planeta de la Luna tiene marcha mas rápida que ningun otro; y

comparabalo con el Almanaque de Juan Monterregio, que fué compuesto para

el meridiano de la ciudad de Ferrara, concordándolo con los cálculos de

las tablas del Rey Don Alfonso: y despues de muchas noches que hice

esperiencia, una de estas noches, encontrándome á 25 de Agosto de 1499

(que ocurrió la conjuncion de la Luna con Marte, la cual segun el

Almanaque debia tener lugar á las doce de la noche ó media hora despues)

encontré que cuando la Luna se alzó á nuestro horizonte que fué hora y

media despues de ponerse el Sol, habia pasado el planeta á la parte del

Oriente; os digo que la Luna estaba mas al Oriente que Marte cerca de un

grado y algunos minutos mas y á las doce de la noche estaba cinco grados

y medio mas al Oriente poco mas ó menos; de modo que hecha la proporcion

siguiente: Si 24 horas me dán trescientos sesenta grados, que me darán 5

horas y media? Encuentro que me darán ochenta y dos grados y medio; y

tan distante me hallaba en longitud del meridiano de Cádiz que, dando á

cada grado diez y seis leguas y dos tercios, me encontraba mil

trescientas sesenta y seis leguas y dos tercios que son cinco mil

cuatrocientos sesenta y seis millas y dos tercios, mas al Occidente de

la ciudad de Cádiz. La razon porqué calculo diez y seis leguas y dos

tercios por cada grado es, por que segun Tolomeo y Alfagrano, la tierra

mide 24,000 millas, que equivalen á 6,000 leguas las cuales

distribuyéndolas en 360 grados viene á tocar diez y seis leguas y dos

tercios á cada grado; y esta observacion la rectifiqué con los apuntes

de los pilotos y la encontré verdadera y buena. Paréceme, Magnífico

Lorenzo, que las razones de la mayor parte de los filósofos aparecen

desmentidas en este viaje, por cuanto dicen que en la Zona Tórrida no se

puede habitar á causa del excesivo calor; pues yo he tenido ocasion de

recocer en este viaje todo lo contrario puesto que el aire en esa region

es mas fresco y templado que en otras; y que es tanta la gente que en

ella habita que sobrepasa en número á la que habita en otras regiones.

Hasta aquí he referido lo que he navegado hácia el mediodia y el

Occidente; restame deciros ahora cual es la disposicion de la tierra que

encontramos y cual es la naturaleza de los habitantes y sus costumbres,

de los animales que vimos y muchas otras cosas que se me ofrecieron

dignas de recuerdo. Despues de dirigir nuestra navegacion al Norte, la

primer tierra habitada que encontramos fué una isla que distaba diez

grados de la Línea Equinoccial y cuando arribamos á ella apercibimos

gran multitud de gente á la orilla del mar que nos miraban como á cosa

maravillosa, y desembarcamos con veintidos hombres bien armados;

viéndonos en tierra y que eramos gente de distinta naturaleza á la suya

(porqué no tienen barba ninguna, ni visten de manera alguna tanto los

hombres como las mujeres, y andan como vinieron al mundo; y tanto por la

diferencia del color que en ellos es gris ó leonado) de modo que

teniéndonos miedo huyeron al bosque y con gran trabajo por medio de

señas los tranquilizamos y nos pusimos en práctica con ellos; y

encontramos que eran de una generacion que se dice de caníbales que

(casi la mayor parte de esta generacion ó todos) viven de carne humana y

téngalo por cierto V. M. No se comen entre ellos, pero van en ciertas

naves que tienen y que se llaman _canoas_ á buscar presas en las islas ó

tierras comarcanas de una generacion enemiga, de la cual reservan las

hembras, y de esto nos cercioramos en muchas partes donde encontramos

tal gente, hallando las cabezas de algunos que se habian comido, sin que

por otra parte lo nieguen, mucho mas que nos lo refirieron sus enemigos

que siempre estan por eso en alarma. Son gente de gentil disposicion y

de esbelta estatura; andan desnudos; sus armas son flechas que llevan

consigo y escudos; son de gran esfuerzo y de buen ánimo; son grandes

tiradores; en conclusion nos entendimos con ellos y nos llevaron á una

poblacion suya que estaba en el interior cerca de dos leguas y nos

dieron de almorzar; y cualquier cosa que le pediamos nos la daban, creo

que por miedo mas que por generosidad: despues de haber estado un dia

con ellos; nos volvimos á las naves dejándolos como á amigos.

Navegamos á lo largo de la costa de esta isla y vimos á la orilla del

mar otra gran poblacion; fuimos á tierra con las lanchas y encontramos

que nos estaban esperando cargados de viveres; nos dieron de almorzar

muy bien de lo que tenian: viendo que eran tan buenas gentes que nos

trataban tan bien, no osamos apoderarnos de nada y nos hicimos á la

vela llegando á un golfo que se llamó despues golfo de Párias; fuimos á

salir al frente de un grandísimo rio que es causa de ser dulce el agua

de este golfo; vimos una gran poblacion que estaba inmediata al mar y

habia tanta gente que era maravilla hallándose todos sin armas y en

actitud de paz; desembarcamos y nos recibieron con gran cariño y nos

llevaron á sus casas donde tenían preparado muchos víveres. Aquí nos

dieron para beber tres clases de bebidas hechas de frutas como la

cerveza que encontramos muy buena, aquí comimos muchos _mirabalanos_[7]

frescos que es una real fruta, y nos dieron muchas de otras clases,

todas diferentes de las nuestras, de muy buen sabor y muy aromáticas.

Nos dieron algunas perlas pequeñas y y once gruesas; diciéndonos por

señas que si queriamos esperar algunos dias irian á pescarlas y nos

traerian muchas de ellas; no nos preocupamos en recibir muchos papagayos

de varios colores y nos despedimos con mucha amistad.

Por esta gente supimos que aquellos de la isla referida eran caníbales y

que comian carne humana. Salimos de este Golfo y costeamos la tierra

viendo siempre mucha gente, y cuando teniamos ocasion tratábamos con

ellos dándonos de lo que tenian. Todos van desnudos como nacieron sin

tener verguenza de ello; si á este respecto fueramos á referirlo todo,

sería entrar en deshonestidades que es mejor callar. Despues de haber

navegado cerca de cuatrocientas leguas contínuamente por la costa

concluimos que esta era tierra firme, que juzgué el confin del Asia por

la parte de Oriente y el principio por la de Occidente; porqué muchas

veces tuvimos ocasion de ver varios animales como leones, ciervos,

jabalies etc.

Internándonos un dia con veinte hombres, vimos una serpiente de cerca

ocho brazos de largo y gruesa como mi cintura. Muchas veces pude ver

animales feroces y grandes serpientes y navegando por la costa cada dia

descubriamos infinita gente que hablaban diferentes idiomas, al extremo

que, despues de haber navegado las cuatrocientas leguas, empezamos á

encontrar gente que no querian nuestra amistad y nos esperaban con sus

armas que eran arcos y flechas y otras mas: y cuando ibamos con las

lanchas á tierra nos prohibian saltar á ella de modo que nos veiamos

obligados á combatir con ellos, aunque siempre al fin de la batalla,

quedaban mal parados, pues como estaban desnudos haciamos en ellos gran

matanza, así muchas veces nos sucedió que diez y seis de los nuestros

combatiesen con doscientos de ellos desbaratándolos al fin. Una vez

vimos muchisima gente dispuesta á impedirnos que bajasemos á tierra,

armamos veintiseis hombres y fuimos con las barcas cubiertas para

defendernos de las saetas que nos tiraban, pues siempre herian algunos

de los nuestros antes que pudieramos saltar en tierra. Apesar de haber

hecho una defensa obstinada, pisamos la tierra y combatimos con ellos

con grandísimo trabajo, pues no habiendo esperimentado aun nuestras

espadas, estaban envalentonados con su superioridad numérica,

cargándonos con tal ímpetu que nos hicieron retroceder. Pero uno de

nuestros marineros dirigió algunas palabras de aliento á los otros

haciéndolos volver al combate con lo cual pusimos á los indígenas en

fuga, matando ciento cincuenta de ellos y quemándoles sus casas: como

casi todos nos hallábamos heridos, nos volvimos á los buques y nos

refugiamos en un puerto, donde estuvimos veinte dias para que el médico

pudiera curar á los heridos, que salvaron todos menos uno, cuya herida

era en el pecho. Volvimos á nuestra navegacion y dimos con una isla que

estaba separada de la tierra como unas quince leguas; bajamos á ella y

hallamos un camino por donde nos internamos hasta llegar á una poblacion

en la cual no había sinó algunas mujeres de colosal estatura, que nos

recibieron amablemente; tentados estuvimos de llevarnos dos de ellas

para presentar al Rey como cosa sobrenatural, pero desistimos de ello al

ver llegar algunos hombres tambien de colosal estatura y armados como

hasta ahora no habíamos visto, á quienes persuadimos que estabamos en

disposicion de paz y nos volvimos á los buques sin mas consecuencia.

Notamos que la mayor parte de los árboles de esta isla son de campeche y

tan buenos como los de Oriente. De esta isla pasamos á otra cercana en

la cual habia de particular que las chozas estaban construidas sobre el

mar como en Venecia y fuimos á verlas: quisieron sus habitantes

impedirnos la entrada, pero habiendo probado como cortaban las espadas,

nos dejaron entrar. Hallamos en esas casas mucho algodon finísimo;

hicimos provision de esto y de campeche y volvimos á los buques. Sin que

sea exajeracion puedo aseguraros que estas producciones son aquí tan

abundantes que podrian cargarse con ellas todas las naves de Europa.

Continuamos navegando como unas trescientas leguas, en cuya navegacion

notamos que las poblaciones hablaban muchas lenguas distintas;

admirándome de que se haya dicho que en el mundo no hay sinó setenta y

siete lenguas. Hallándonos con los buques muy averiados, la tripulacion

cansada y faltos de provisiones, resolvimos arribar á la Isla Española,

aquella que descubrió Colon seis años hace.

Y como ella está habitada por cristianos esperabamos hallar auxilio para

reparar nuestras naves, dar reposo á las tripulaciones y proveernos de

lo necesario, pues de esta isla á Castilla hay mil trescientas leguas de

mar sin encontrar tierra alguna. Alli estuvimos cerca de dos meses y

antes de partir descubrimos todavía muchísimas islas todas pobladas de

gente pacífica. Se tomaron doscientos prisioneros y tratamos de regresar

á España, habiendo llegado en sesenta y siete dias á las Islas Azores,

de donde pasamos á las Canarias y de ellas á Cádiz. Empleamos en este

viaje trece meses, corriendo muchos peligros y descubriendo mucha tierra

del Asia y gran cantidad de islas, casi todas habitadas, habiendo hecho

la cuenta de haber navegado mas de cinco mil leguas. En conclusion,

pasamos la Línea Equinoccial en seis y medio grados y volvimos á la

parte del norte en que la estrella polar se alza sobre nuestro horizonte

treinta y cinco grados y medio y á la parte de Occidente navegamos

ochenta y cuatro grados contados del meridíano de Cádiz. Recogimos en

este viaje perlas y oro, entre ellas dos piedras una color de esmeralda

y otra de amatista durísima, de un medio palmo de largo y de tres dedos

de grueso. Estos Reyes han hecho gran aprecio de ellas y las han

guardado entre sus joyas; trajimos un pedazo de cristal que algunos

joyeros dicen que es _berilo_ y segun decian los indios habia alli gran

cantidad de ella. Tambien trajimos catorce perlas encarnadas que mucho

contentaron á la Reina y muchas otras piedras; de todas estas cosas no

trajimos gran cantidad por no habernos demorado mucho en ningun paraje.

En Cádiz vendiéronse los esclavos y á pesar de eso muy poco fué lo que á

cada uno tocó de las utilidades del viaje, pero todos se contentaron de

haber salvado de los peligros que corrimos. En cuanto á mí, cogí unas

tercianas de las que espero salvar porque no tengo escalofrios. Están

armándome tres naves para que vaya nuevamente á descubrir y creo que

estarán prontas á mediados de Setiembre próximo. Quiera Dios darme salud

y buen viaje que otra vez espero traer grandes noticias y descubrir la

isla Trapobana que está entre el mar Indico y el mar Gangético, y

despues espero volver á la Pátria y descansar pasando allí mi vejez.

He pensado Magnífico Lorenzo, enviaros dos figuras de la descripcion del

mundo hechas y ordenadas por mi propia mano, las que serán una carta en

figura plana y un Mapa Mundi en cuerpo esférico, las cuales enviaré por

mar á cargo de Francisco Lotti, nuestro fiorentino, que se halla

actualmente aquí y creo que os agradarán, pues poco tiempo há, hice uno

de estos para S. S. A. A. estos Reyes y lo estiman mucho. Era mi ánimo

ser yo mismo el portador, pero me lo impide la resolucion de ir

nuevamente á descubrimientos. No falta en esa ciudad quien comprenda la

figura del Mundo y que tal vez quiera enmendar alguna cosa en esa obra;

pero ruego se espere á mi regreso, que podré defenderme.

Américo Vespucio · 第 6 / 8 段