--Pos al _simen_ de lo que acabas de oir al mi compadre: que... por
arriba, que... por abajo; que lo que sabes, que lo que puedes, que lo
que vales; que ni los mesmos soles del día, ni los luceros de la noche
que te se acomparen, y que bendita sea la hora...
--Á otro,--dijo el pardillo manducón, guiñándole un ojo al mismo
tiempo.
Y el otro siguió cantando la mismísima tonada que sus antecesores, como
todos y cada uno de los que le siguieron en la fila. Entonces dijo el
pardillo sentencioso:
--Bien está el intento, y de agradecer será el buen sentir que á todos
nos mueve; pero, por lo que pueda valer, quisiera decirvos que, como
semos muchos, hay ringlera pa una semana diendo uno á uno, y va á
resultar el cuento, pa el pudiente, el acabóse.
Túvose el reparo por muy cuerdo, y se convino en que hicieran la visita
todos juntos.
--Punto pior pa el caballero--expuso un concurrente algo malicioso,--si
á cada osequio ha de acompañar una soflama del osequiante, y todas
ellas entonás en una mesma solfa, como aquí se ha visto; porque de
este modo tendrá que envasarse de una alendá lo que del otro pudo ir
sorbiendo poco á poco en una semana, y sin quebrantos del cuerpo.
De este nuevo conflicto surgió otra idea: ir todos juntos, pero
hablando uno solo. Se acordó así, y se acordó también, _némine
discrepante_, encomendar la soflama á un arrumbado fiel de fechos,
allí presente, que no había dicho una palabra hasta entonces, ni era
muy socorrido de ella que digamos; pero que, en cambio, era uno de
los más viejos del concurso, de los que más admiraban al pudiente y el
que más veces había conversado con él y mejor le conocía los gustos y
el «genial». Asustó al hombre la embajada; pero pensando que para las
grandes ocasiones son los grandes sacrificios, y contando más con su
entusiasmo que con sus fuerzas, aceptóla sin chistar.
Pasaron días; volvió de la corte el señorón pudiente y, cuando menos
se lo esperaba, invadióle la casa el vecindario, con los trapitos de
cristianar encima y el modesto agasajo bien escondido.
Adelantóse el fiel de fechos, carraspeando mucho y pisando mal; y
encarándose con el señor pudiente, que allá se andaba con él en
angustias y congojas, según rezaba su semblante, quiso echar la soflama
que había «amañado» con trabajos... y se le fué la idea: intentó
buscarla por atajos y recodos más trillados, y le faltó la palabra; y
finalmente, empeñado en salir, con una excusa, del conflicto en que se
veía, hasta le faltó la voz.
Entonces, por no tirarse por la ventana que veía enfrente, se arrojó al
único asidero que tenía á sus alcances para salir vivo del atolladero:
á su propio modo de ser, á la pata-la-llana y á la buena de Dios; y
comenzó así, braceando hacia los congregados y con la vista fija tan
pronto en los cestucos en que éstos llevaban las respectivas «finezas»,
como en la cara compasiva del pudiente festejado.
--Y por último, aquí están estos sujetos, y aquí estoy yo; y ellos y
yo, y lo que ellos traen y lo que yo también traigo, estas pobrezas que
están á la vista, y el corazón que, á poco que se arrepare, también
puede verse aticuenta que en la palma de la mano; todo ello y cuanto
somos y valemos y esperamos, es de la Su Mercé; y con ello y con todo,
aunque damos cuanto tenemos, no damos la metá de lo que la Su Mercé se
merece. En esta cuenta, ordene y mande; y verá cómo no se queda más
corta que las palabras la buena voluntad para servirle. Y con esto no
canso más.
Dijo; y sin esperar la respuesta, puso su cestuco en el suelo;
imitáronle sus poderdantes, y se fueron en tropel á la calle, tan poco
satisfechos del valor de sus ofrendas, como de la soflama del arrumbado
fiel de fechos, de quien se habían prometido cosa mejor.
Pues bien, _mutatis mutandis_, aquí se está dando un caso muy semejante
al caso de la aldehuela de mi cuento, y por eso precisamente le he
sacado á relucir. Tú, comensal perínclito, admirado compañero y amigo
del alma; tú eres (y perdona el modo de señalar) el señorón pudiente
y campechano; nosotros los congregados en tu derredor para festejarte
sin _agredirte_; los pardillos de la aldehuela, hombres de índole sana
y animosos, muchos de ellos un tanto dados al vicio de las letras, y
todos, en conjunto, admiradores fervientes de los grandes maestros,
como tú, en el arte de cultivarlas; y yo, el arrumbado fiel de fechos
que aceptó, en mal hora, el encargo de echarte la soflama, y que al
llegar el fiero instante de cumplir su cometido, siente, congojoso
y trasudando, que le falta la palabra, y se le cuaja la voz en el
gaznate, y nada sabe del paradero de sus ideas, para decirte, siquiera,
á lo que viene.
En tan negro trance, dejándome de retóricas inútiles, y atento sólo
al cumplimiento fiel del honroso mandato, llamo tu consideración, con
el respeto debido, no hacia los humildes cestucos de nuestras pobres
ofrendas, sino al hondo sentimiento que palpita en nuestros corazones
al presentártelas, á la buena amistad, á la admiración fervorosa y al
cariñoso respeto que te consagramos.
Todo esto, y otro tanto más que se siente mejor que se explica, junto y
en una pieza, sazonado al calor de nuestro regocijo, y entre fragantes
hojas de laurel virgen que tan profuso crece en el florido suelo de la
tierruca, que ha dilatado sus linderos al henchirse de noble vanidad
desde que la diputaste por tu segunda patria; todo esto, repito, te
ofrecemos, y te lo sirvo yo con alma y vida, como plato final de este
agasajo cariñoso, en la salsa de mi oficio.
[Ilustración]
NOTAS:
[6] Leído en un banquete ofrecido á D. B. Pérez Galdós por sus amigos
de Santander.
ESBOZO
[Ilustración]
ESBOZO
El sujeto de él no es producto castizamente español; pero, á tuertas ó
á derechas, ya le tenemos acá, y tan aclimatado como otras muchas cosas
que por españolas pasan, porque en España viven y crecen y hasta se
multiplican; y si no se acomodan rigorosamente á nuestro genuino modo
de ser, vamos nosotros acomodándonos á ellas, y tanto monta.
No apareció sobre la haz de esta tierra por la obra lenta y gradual de
una gestación sometida á las leyes inalterables de la Naturaleza, sino
por el esfuerzo violento de un cultivo artificial, semejante al que
produce los tomates en diciembre, y los pollos vivos y efectivos sin el
calor de la gallina. Trájole la arbitraria ley de una necesidad de los
tiempos que corren; un antojo de las gentes de ahora, que exigen, para
alimento de su voracidad, no los manjares de ayer, suculentos, pero en
grandes y muy contadas dosis, sino la comidilla incesante, la parvidad
continua, estimulante y cáustica, que mantenga el apetito en actividad
perenne.
Dándole, pues, carta de ciudadanía en España, y estudiándole un poco
desde aquí para filiarle en justicia, puede afirmarse, sin asomo de
duda, que desciende en línea recta de aquel modestísimo _gacetillero_
ó _localista_, que, pocos años hace, ejercía el precario oficio á
la callada y á escondidas de las gentes, por respeto al proverbial
quijotismo español, que le tenía en poco y le sumaba con todos los
«holgazanes vagabundos» y demás «gentes de mal vivir y perniciosas»;
de aquel excelente muchacho que, de higos á brevas y en casos muy
extraordinarios, se veía, con una mano en el bolsillo, y en la otra el
sombrero de copa alta, á la puerta de una oficina pública, pidiendo
veinte veces y en voz baja licencia para entrar un poco más adentro,
con los modestos fines de preguntar á un oficial de cuarta clase, ó á
un agente de policía de los más ínfimos, si eran ciertas las noticias
corrientes entre el público sobre este robo ó aquel descalabro, en la
seguridad de ser respondido, á la quinta ó sexta acometida, con una
desvergüenza ó un bufido que le causaban angustias y trasudores, muy
merecidos en su humilde entender; pero que aún le parecían cosa de
chanza si á la salida de allí, y después de llegar en volandas á la
redacción, le era lícito escribir, para el número del _día siguiente_,
un sueltecillo á este tenor: «Con noticias de buen origen, podemos
confirmar (ó desmentir) las que circulan media semana hace, en plazas,
tertulias y cafés, acerca de esto ó de lo otro».
Así nació, de golpe y porrazo, y por aquí vino, ese personaje, ó mejor
dicho, esa institución con fuero propio y jurisdicción sin límites,
que se hombrea con los poderes públicos y campa por sus respetos donde
quiera que cae como llovido del cielo. ¡Que le vayan á él con bufidos
y sofiones aquellos desabridos funcionarios que cerraban las puertas á
su padre! Por mucho menos que ello, por la más leve torpeza ó la menor
tardanza en suministrarle las noticias que desea y ha pedido, les hará
temblar con una amenaza fulminante: se lo dirá al gobernador, se lo
dirá al ministro, ó al jefe del Estado, si es preciso, si le apuran
un poco «y vuelve á suceder eso». Para él no hay estorbo allí que le
detenga, ni razones que le contraríen. Toda la casa es suya, y entra
por ella como en lugar conquistado, sin contestar á los porteros que
le saludan reverentes, preguntando por quien le acomoda y colándose
donde le da la gana.
Para lo usual y ordinario, hasta tiene su poco de oficina en lo más
inaccesible al vulgo y más _sagrado_ del local, con las noticias
que desea sobre la mesa ya, para que no tenga más trabajo que el de
apoderarse de ellas. Si le parecen poco, también tiene, por tener de
todo, el derecho de llamar al funcionario que necesite para que le
dé más, y el de introducirse en el despacho del jefe, que le servirá
gustosísimo después de haberle agasajado con un abrazo, dos _regalías_
y un puñado de caramelos. Las noticias adquiridas de este modo,
noticias relacionadas á menudo con lo más hondo y más secreto de la
política ó de la administración del Estado, noticias de _sensación_
las más de ellas, se publicarán pocas horas después en la segunda ó
tercera edición de las varias que hace cada día el periódico que le
paga. Cuando no quiere molestarse en ir á recogerlas á los centros
respectivos, los funcionarios de la Nación, los mismos que acostumbran
á recibir con cara de vinagre y poco menos que á escobazos al manso
contribuyente que da lo que ellos consumen, cuidarán de enviárselas á
la redacción, con la súplica de que perdone por lo poco y mande lo que
le acomode.
En la vía pública trabaja con igual suerte y se despacha con el mismo
desparpajo. Si se rompe ó se vuelca el andamio de una fachada antes de
que el perniquebrado albañil lance en el suelo el primer quejido, ya
está á su lado él, lápiz y cuartillas en ristre, no para levantarle ni
socorrerle, por de pronto, sino para acosarle á preguntas. «¿Cómo se
llama usted?--¿Cuántos años tiene?--¿Cuántos hijos?--¿Es viudo?--¿Dónde
vive?--¿De dónde es?--¿Cómo fué la caída?--¿Se rompió la cuerda?--¿Se
volcó el andamio?--¿Quién tuvo la culpa?--¿El propietario por
mezquino?--¿El arquitecto por descuidado?».
Después llegará la camilla; se conducirá al albañil á la Casa de
Socorro, y él irá delante y entrará en la casa antes que el enfermo; y
mientras el médico va palpando en éste lo que está lesionado y lo que
no lo está, irá interrogándole él, para anotar las respuestas con su
lápiz sempiterno: «¿Es rotura?--¿Es dislocación?--¿De la tibia?--¿Del
fémur?--¿Tiene fiebre?--¿Es de cuidado?--¿Sanará?...».
Hasta que, harto él de preguntar y no cansado el otro de responder,
se largará de allí, sin apurarse gran cosa por la suerte del albañil,
aunque al leer más tarde en el periódico la relación del suceso
con todos sus pelos y señales, cualquiera creería «de la casa» al
relatante, por lo que plañe y gime la caída, y truena contra los
inhumanos que construyen ó dirigen edificios, sin mirar por la salud y
la vida de los míseros obreros que los ayudan con su trabajo peligroso.
Á un incendio llega antes que el sonido de las campanas que le
anuncian, y mucho antes, por supuesto, que las bombas, los mangueros
y el piquete; y tampoco por ansia caritativa, que este particular no
le apura á él cosa mayor. Lo que le importa es averiguar antes que
nadie, para ser el primero en publicarlo, cómo y por dónde empezó la
cosa; qué gentes viven allí; qué hacen y por dónde salen ó se tiran
para salvar el pellejo; cuántos huesos se quebrantan en estos trances,
ó cuántos muebles se hacen añicos; qué mangueros, qué autoridades, qué
personas conocidas ó qué fuerzas de la guarnición han sido las primeras
en llegar; y mientras unos dan órdenes, casi siempre al revés, y otros
las cumplen como mejor les parece, y este bombero trepa fachada arriba
hincando las uñas en las grietas y resaltos de la pared, si no tiene
mejores asideros, ó se destaca en lo más alto, á la claridad imponente
de la voraz hoguera sobre el negro fondo del estrellado cielo,
esgrimiendo el hacha para derribar la cumbre del tejado; ó asoma otro
por la chamuscada puerta del balcón, entre espesa columna de humo con
chispas, para respirar un poco de aire oxigenado que no hay adentro;
ó sudan el quilo en la calle los hombres que mueven los brazos de la
bomba, ó dirigen la pesada boquilla de la manga; ó amontonan muebles
desvencijados, ropas y colchones, jaulas, sombrereras y cacharros,
entre el vocerío de los que mandan con derecho y de los que tachan los
mandatos por lujo de tachar; de los ayes lamentosos del herido; del
gemir de las mujeres delante de sus ajuares destrozados; del golpear
de las culatas del piquete sobre los duros adoquines, y del continuo
rumor de toda aquella compacta é hirviente muchedumbre, que se bambolea
y oscila como un pedazo de mar, él va y viene, y entra y sale y se
desliza y cuela por todos los resquicios de la masa, y atraviesa la
línea de soldados, y salta por encima de la cordillera de montones y de
las henchidas mangas, y todo lo atropella y vence, para saber antes, si
es posible, que ningún otro de su oficio, cómo se llaman el bombero del
tejado, y el hombre que se rompió una clavícula, y el vecino que salió
por el balcón; de dónde son nativos, de qué viven y cuál es su estado;
qué mote tiene el ratero detenido por el gobernador, y por qué se le
detuvo, etc., etc. En seguida, y volando, á la redacción para dar á luz
aquello poco, y volver al sitio del siniestro para recoger á escape las
notas de lo que vaya aconteciendo, hasta que el incendio se apague por
el esfuerzo de los hombres ó por falta de materia en que cebarse.
Entonces una parrafada de _última hora_; y por remate de todo, un
resumen de lo acontecido, con la tasación de daños, y lágrimas
compasivas en recuerdo de los perjudicados y contusos; una descarga
de reflexiones acerca del mal servicio contra incendios, otra de
loores para las «dignas autoridades» y demás personas que han sido
complacientes con él, y una alabanza especial para el heroico bombero
del tejado.
Gran teatro es un incendio _gordo_ para lucir su diligencia y su
sagacidad un hombre así; pero aún hay otros que se prestan mejor al
ejercicio de los raros talentos que posee por privilegio singular de su
naturaleza y por ley de la costumbre que le ha formado: verbigracia,
los crímenes ruidosos, las _causas célebres_. ¡Aquí es donde hay que
verle para admirarle en toda la pompa de su absoluto poder y señorío!
Á donde va el juzgado instructor, allí está ya él, que también es juez
y magistrado, y Audiencia y Tribunal Supremo y cuanto hay que ser;
allí está desde mucho antes, mano á mano con el supuesto criminal, ó
testigo, ó cómplice, cuyas declaraciones se buscan.
--¿De cuántas puñaladas mató usted á su víctima?
--¡Señor!... Yo no he matado á nadie: bien lo sabe el juez.
--¡Qué juez ni qué niño muerto! Aquí no hay más juez que yo, ni más
tribunal que el que yo represento, que es el tribunal de la prensa, el
de la conciencia pública; y público y notorio es que usted la hizo, por
lo que nadie más que usted ha de pagarla. Con que, á cantar de plano.
--Repito que soy inocente.
--¿En dónde se hallaba usted á las ocho de la mañana del día siete de
febrero del año próximo pasado?
--¡Yo que sé!
--¿Qué señas tenía cierta mujer que en aquella ocasión, y mientras
usted saludaba al _espatarrao_, pasó por la acera de enfrente?
--No recuerdo nada de eso.
--Ya lo recordará usted en el patíbulo. ¿De qué color eran las botinas
de la _barbiana_ con quien usted se detuvo en la misma calle, ocho
meses después, al rayar el mediodía, y por qué, al despedirse, fijó
usted la mirada en el balcón de un tercer piso, y ella dijo que sí con
un movimiento de su cabeza?
--Tampoco hago memoria de cosa alguna de ésas.
--¿Y tampoco recuerda usted quién era la señora recatada que salió en
compañía de un caballero muy elegante, con el cuello del sobretodo
alzado y el ala del sombrero muy caída sobre los ojos?
--¿De dónde salían esas personas?
--Del portal mismo de la casa del _interfecto_, tres horas después de
cometido el crimen. ¿De qué piso bajaban? ¿Á dónde iban, y por qué al
extremo de la calle se cruzaron con un hombre, y este hombre arrojó en
aquel instante la colilla del cigarro que fumaba, y al arrojarla tocó
con el codo el brazo de la señora, y la señora volvió la cara hacia él?
--Pero ¿por qué he de saber yo esas cosas?
--Porque el hombre de la colilla era usted, y la señora recatada y el
señor que iba con ella, sus cómplices y encubridores de usted, como se
irá demostrando poco á poco.
--¡Por los clavos de Jesucristo!... Pero, señor, aunque fuera cierto
que tirara yo una colilla en ese sitio que usted dice, y tropezara con
el brazo á una señora al mismo tiempo, y esa señora se volviera para
mirarme, ¿qué tiene todo ello de particular ni que ver con el crimen
cometido tres horas antes... no sé en dónde?
--Por esa puerta falsa quiere la justicia histórica dar escape á la
responsabilidad criminal de usted; pero á mí no me la da esa señora
con vuelillos y hopalandas... Y vamos adelante. ¿Á qué hora de aquella
misma noche entregó usted un envoltorio al presidente del Consejo de
Ministros?
--¿Yo?...
--Usted, sí. Ya ve usted cómo todo se sabe. Y ¿á qué otra, sobre
poco más ó menos, tuvo usted una entrevista con el nuncio, y le dió
una carta que le había proporcionado un gentilhombre de Palacio, á
instancias del embajador de Rusia?
--¡Qué barbaridad!
Es verosímil que mientras el periodista anda empeñado en un
interrogatorio como éste, llegue la justicia á cumplir con su deber, y
que, advertido de ello el preguntante, responda altanero al funcionario
que se lo advierte:
--Que aguarde.
Porque se han dado casos en que la justicia le obedezca y espere á que
él concluya.
Después del interrogatorio, á la redacción para echarle á la calle
corregido y anotado, ó, como si dijéramos, puesto en la salsa
estimulante que el público apetece y saborea; y si le conviniese para
sus fines, antes ó después de este trámite, á la presidencia del
Consejo de Ministros ó á la del Tribunal Supremo. Si el presidente
está ocupado, que se desocupe; si descansando, que perdone, pero que
le reciba. Él necesita verle, y le verá. Y le ve al fin. Se ve con el
encumbrado personaje, inaccesible á la masa anónima de los simples
mortales; y no sólo le ve así, sino que le interroga y le amonesta por
lo torcida que anda la vara de la justicia en lo del crimen aquél, y
hasta le habla del envoltorio de marras en la entrevista del _Jetas_
con el Nuncio, y de la carta del gentilhombre, y de las intrigas del
embajador de Rusia, sin que nadie le tire con algo ni se amontone
siquiera.
En el juicio oral tendrá lugar y asiento de preferencia, señalados por
el Poder judicial para que tome y haga á su gusto notas y semblanzas, y
pueda, después del juicio, ofrecer al público, para que se deleite con
ello, los nuevos rumbos que va tomando el negocio criminal en la causa
aparte que sigue él á los procesados.
Con igual derecho y con idénticas prerrogativas acudirá á las
solemnidades académicas si son públicas, y si no lo son, á recoger
las notas que se le proporcionarán de lo que unos hagan y de lo que
digan otros, para dar cuenta minuciosa de todo ello, y fallar él en
seguida _ex-cátedra_, háyase tratado en el concurso de agricultura,
de matemáticas, de navegación ó de teología. Á él lo mismo le da,
porque de nada de ello entiende jota; pero es listo y posee el arte
de aparentar que de todo entiende mucho, y con ello le sobra para
desempeñar airosamente su cometido.
Al salir los ministros de un consejo, ó un grupito de diputados de un
conciliábulo, ya está él á la puerta para echarles el alto y pedirles
cuenta de lo que se haya dicho y acordado en la _secreta_ reunión.
En cuanto llega un personaje de nota, ó publica un documento _de
sensación_, ó produce con su palabra ó con sus actos una escisión en
el Parlamento, le pide la correspondiente _interview_; y sin aguardar
la respuesta, se le planta delante y le somete á la tiranía de sus
inevitables interrogatorios: «¿Á qué ha venido usted?--¿Qué día
salió de París?--¿Cuál fué el verdadero objeto de la conferencia que
celebró usted el día tantos con el embajador de Alemania en aquella
capital?--¿Qué juicio han formado los hombres eminentes de ese Gobierno
sobre la última crisis del nuestro?--Al publicar usted la carta que
tanto da que decir hoy, ¿se propuso únicamente satisfacer una necesidad
de su conciencia política, ó entró por algo en sus planes el deseo de
molestar al Gobierno y de hacer más apurada su situación?--¿Fué obra
de su propio y exclusivo impulso, ó por acuerdo también de los amigos
políticos de usted?--En este caso, ¿tiraban ustedes solamente á herir,
ó tiraban á matar?--Los motivos en que declaró usted fundar su acto,
¿son los únicos y verdaderos? ¿No hay otros reservados de muy distinta
naturaleza?--¿Puede darse algún crédito á la versión, corriente en los
pasillos, de que la inesperada discrepancia de usted reconoce por causa
eficiente el haberle negado el Presidente del Consejo, en la última
modificación ministerial, una cartera que le tenía ofrecida?».
Tampoco aquí se le tira con nada ni se le niega la más insignificante
de las respuestas que pide.
Si en aquel día ó en el anterior ha andado rebotando en las columnas
de la prensa periódica algún escandalillo con iniciales transparentes,
ó se ha _descubierto_ un ingenio de chispa en el teatro ó en la
novela... á ello en seguida para echarlo desnudo á la calle, antes que
envejezca entre las veladuras del misterio. Al marido ultrajado: ¿qué
causas pudieron influir en el origen de los sucesos que acarrearon la
catástrofe? Y así. Al banquero en quiebra: si tuvo parte la política en
el desastre; á cuánto ascienden el pasivo y el activo; de qué pelaje
son las víctimas más numerosas, y si están resignadas, etc., etc. Al
autor dramático ó al novelista: si es verdad que «en sus principios»
fué guardia civil, ó seminarista, ó teniente de Estado Mayor; que robó
á una bailarina y se batió á navaja con uno de Orden público; que
escribe boca arriba, y que en su pueblo come la carne cruda y duerme en
el pajar...
* * * * *
Cualquiera que entienda un poco en achaques de la débil naturaleza
humana, pensará que ese hombre que no ha cesado de moverse, de ver, de
hablar y de escribir en todo el santo día de Dios, caerá desplomado en
la cama á las primeras horas de la noche. Pues no, señor: es también
corresponsal de diez ó doce periódicos de provincias; y después de
haber enviado por el correo otras tantas correspondencias de su puño
y letra, á última hora, es decir, á las dos ó las tres de la mañana,
cuando ya nada queda que husmear en las tertulias de los Ministerios
y se han apagado las candilejas de los escenarios del otro mundo,
correrá al telégrafo, y allí, con la velocidad del rayo, mandará
hasta los últimos confines de la Península la quinta esencia de cuanto
ha averiguado desde que se levantó de la cama, para que se desayunen
con ello, pocas horas después, los suscriptores de los periódicos
provincianos que le pagan este inapreciable servicio.
En suma: que no conoce el cansancio ni las puertas cerradas; está en
todas partes y á todas las horas del día y de la noche, presenciando
todos los sucesos que sean narrables en letras de molde... ó esperando
que acontezcan, porque solamente suponiéndole dotado de un prodigioso
instinto de adivinación ó de presentimiento, puede concebirse la
puntualidad con que asiste á cuanto ocurre en todas partes, público ó
secreto, grande ó chico, fausto ó infausto.