recuerdos, aunque templaron en mi fantasía el colorido deslumbrador
de los otros, al fin y al cabo la máquina de mis reflexiones fué
haciendo insensiblemente un cambio de dirección, y volvió á encajarme
en la memoria el suceso más reciente, la figura patibularia del hombre
melancólico, con la cabeza inclinada, inmóvil y como clavado en el
suelo, con el mísero _petate_ á sus pies, inundado por la luz del sol,
como para hacer más patente su vergüenza y su ignominia. Era mucho más
_sugestivo_ aquel cuadro para mí, que la corriente profunda, que la
mar en calma y que el bosque silencioso; era un libro cerrado en que,
indudablemente, había mucho que leer. Y empeñado en leerle, volvía á
buscarle con el pensamiento al punto en que le habían perdido de vista
mis ojos; y le vi siguiendo el arrecife hacia la villa, entre el horror
y la compasión de los transeuntes que se cruzaban con él; acomodarse;
es decir, dejar que le acomodaran en el vehículo que había de
conducirle hasta _allá_, porque ya no tenía derecho á desear ni á pedir
cosa alguna: era una propiedad de la ley, del verdugo; dejando atrás
valles, pueblos y santuarios, por donde tantas y tantas veces habría
pasado libre y señor de sí mismo; contando cada trozo de camino andado,
con la congoja del avariento forzado á entregar uno á uno, al ladrón
que le sorprende, los cartuchos de las monedas de su tesoro; viendo,
por término de su jornada, el cuadro aterrador de su propio suplicio,
y, lo que sería más angustioso que la visión de la hopa y del garrote,
la del pobre labriego, honrado hasta aquel día, hundiendo en el polvo
su cabeza y maldiciendo la hora en que tal monstruo fué engendrado.
Aquí se detuvo la máquina de mis reflexiones, y ya no fué el hijo el
tema principal de las que fuí acumulando en mi cerebro, sino el padre,
el hombre de bien, el honrado campesino; y después el pueblo entero,
cerrando puertas y ventanas mientras se alzaba el patíbulo afrentoso
y se congregaban al pie de él las multitudes extrañas que descendían
en hileras por todos los senderos de los montes inmediatos. ¡Día de
espanto y de vergüenza para un pueblo montañés, cristiano y laborioso!
De esta casta fueron mis pensamientos mientras volvía á la ciudad
aquella misma tarde y durante las primeras horas de la noche, y creo
no mentir si afirmo que también mientras dormía. Yo no sé cuántos de
aquellos fatídicos cuadros vi y tracé entonces, pensando, hablando y
soñando.
De boca de los que oían mis relatos y comentos, y llegaron á
calificar de _chifladura_ mis preocupaciones, supe que se había
intentado nuevamente el indulto, aprovechando la ocasión de no sé qué
aniversario, muy próximo ya, obra de dos ó tres días, y que, con objeto
de que no pudiera ser ejecutado el reo antes de esa fecha, se había
ordenado que no utilizara el piquete el ferrocarril hasta T..., y se
fuera por la carretera á pie y en tres jornadas. Para dar cumplimiento
á esta orden, había salido por la mañana. «¡Dios haga que tan
caritativos propósitos se realicen!»--me dije, acordándome entonces,
más que del reo, de su infeliz padre, fugitivo quizás á aquellas horas
por los riscos y quebradas del monte.
El día siguiente á aquél tan risueño y esplendoroso, amaneció
invernizo, destemplado y como los más crudos del invierno montañés:
nevó por la tarde, y continuó nevando por la noche; y cuando el nuevo
sol alumbró la tierra de este pedacito de mundo, había sobre ella una
nevada de más de un palmo de espesor: eso en los valles. ¿Qué menos
de una vara en las alturas? Y así fué; con lo cual el piquete no
pudo pasar de las gargantas del Deva, y en un pueblo de ellas estuvo
detenido dos días.
Llegó en tanto el del aniversario palatino; se concedió el indulto
solicitado; salió el reo de la capilla en que ya le habían metido, y
con ello sentí yo que me aliviaba el espíritu de un gran peso.
Pero ¿qué efecto había causado _allá_ el indulto? ¿En qué forma había
manifestado el reo su natural regocijo? ¿Llorando, rezando?... ¿Y su
padre? ¿Quién fué á buscarle al monte para enterarle de la buena nueva?
¿Le habían hallado vivo en su escondite? ¿Le quedaba, en caso de vivir,
algún lado sensible en su ser moral, tan macerado por la crueldad de
su dolor? ¿Se le había podido convencer de que no es lo mismo tener
un hijo criminal, que ser padre de un criminal ajusticiado, porque,
más que en el crimen cometido, está la ignominia en el patíbulo en que
se expía? ¿Se había logrado reducirle á que volviera al pueblo y á su
casa, en la que quizás hallaría ya á su familia llorando de gratitud y
alabando á Dios por la merced recibida? ¿Vería á su hijo después? ¿Cómo
sería aquella escena entre ambos?...
No caben en números las reflexiones de este género que me hice durante
aquel día y el siguiente, porque es la pura verdad que, al curarme de
una gran preocupación el suceso del indulto, me había metido en otra no
tan desagradable como ella, pero, en cambio, mucho más vehemente.
Al fin se franquearon las comunicaciones entre P... y la capital, y
publicó un periódico de ésta una correspondencia de _allá_, recibida
por el último correo. Según ella, los primeros efectos del perdón
dieron motivo á una escena singularísima entre el reo y el verdugo.
Éste afirmó, entre chanzas y veras, que el pescuezo del otro era, de
los ya «metidos en capilla», el primero que _le fallaba_ desde que
ejercía _la profesión_. Y ¡qué pescuezo!... Y de aquí el palpársele y
el medírsele con ambas manos, y el apretarle el gañote con los dedos,
y el reirse el otro bestia para celebrar la farsa, y el sacar la lengua
y temblar de pie y mano, y hacer toda casta de visajes para remedar á
un ajusticiado; y hasta el entrar en ganas de conocer _la herramienta_
y su modo de funcionar; y el apoyarle en la brutal demanda los
espectadores de la escena y, por último, el prestarse á ello el verdugo
y dar allí mismo una larga _conferencia_ sobre el manejo del tornillo y
de la argolla, sirviéndole de modelo _ajusticiable_ su propia víctima
_fracasada_.
Se me cayó el periódico de las manos, y no quise leer más ni meditar
sobre lo leído, por no mezclar las tintas del nuevo cuadro con el
recuerdo del otro, del hombre melancólico de la estación de T..., y
mucho menos con el de su padre, el infeliz, el sencillo, el honrado
labriego que volvería á ponerse á punto de morir de indignación y de
vergüenza si se enteraba de aquella infame comedia representada en la
cárcel de P...
Pasaron unos cuantos días, y con ellos se fué borrando en mi memoria
lo más saliente de los recuerdos del hijo; pero no me sucedió lo mismo
con los trazos de la imagen que yo había formado de su padre: nada más
venerando para mí que la vejez de un pobre honrado, abatido por las
pesadumbres; y en este concepto, lejos de achicárseme la idea de aquel
viejo campesino cristalizada en mi cerebro, se iba agrandando á medida
que pensaba en él, y pensaba muy á menudo.
Un día, cuando aún se hablaba mucho de los sucesos referidos, oí llamar
á la puerta de mi casa, y se me dijo que preguntaba por mí «un aldeano
ya _de edad_».
--¿Cómo se llama?--pregunté yo á mi vez y sin gran curiosidad, porque á
las visitas de este linaje estoy bien acostumbrado.
--Dice que es el padre del reo de P...
--¡El padre del reo de P...!--exclamé estremeciéndome.--Y ¿para qué
pregunta por mí? ¿Qué se le ocurre á ese buen hombre?--añadí muy
dispuesto á mandarle entrar para conocerle y echar un párrafo con él.
--Ya se lo he preguntado, y me ha respondido que «á ver si le da usted
algo...».
--¿Algo de qué?
--De dinero... de limosna...
--¿Á qué santo?
--Pues también me lo ha dicho: á santo de que es «el padre del reo de
P...». Por lo visto, anda así de puerta en puerta.
Algo como luz de pajuela que alumbraba en un rinconcito de mi cerebro
á una figura de patriarca venerable, se apagó de repente, dejando á
obscuras el _santo_ y la hornacina.
--¡Dile que no estoy en casa!--respondí con intención de que lo oyera
el postulante.
«¡El padre del reo de P...!» ó como si dijéramos, el verdadero, el
auténtico delfín de Francia.
¡El bendito de Dios se había dedicado á explotar de aquel modo la negra
fama de su hijo!
No hago comentarios, lector pío y justiciero: hazlos tú si gustas
y eres de esos ya citados linces que se pasan la vida aquilatando
cerebros y corazones, para distinguir entre cuerdos, imbéciles y
desequilibrados; en la seguridad de que todo lo referido en estas
cuartillas es exacto y rigurosamente cierto, y de fecha no remota.
1898.
[Ilustración]
LA LIMA DE LOS DESEOS
APUNTES DE MI CARTERA
[Ilustración]
LA LIMA DE LOS DESEOS
APUNTES DE MI CARTERA
Apenas un asomo de razón iluminó las obscuridades de su cerebro, ya
vieron sus ojos obstáculos mortificantes, y sintió en su corazón el
ansia de librarse de ellos. El silabario fué su pesadilla, porque
envidiaba á los que leían «en _Fleury_» y escribían «de palotes»; llegó
á hacerlos, y le desazonaba la experta mano que guiaba á la suya, débil
y torpe; escribió solo, y maldijo del método que le obligaba á trazar
las letras á pulso entre líneas paralelas; escribió después libre y
suelto sobre la blanca superficie del papel, y le quitaron el sueño
las lecciones de memoria, los primeros problemas de la Aritmética, la
vigilancia de la niñera que le acompañaba en sus ratos de huelga en
plazas y paseos; y deseó con ansia llegar á esa edad en que termina la
fastidiosa tutela de los rodrigones, y comienza el niño á campar por
sus respetos.
También llegó pronto esa edad, porque el tiempo vuela; y le cambiaron
los bombachos cortos por los calzones de largas perneras, la holgada
blusa por la tirana chaqueta, y el birretillo gracioso por el
empedernido sombrero; atáronle con una correa muchos libros, en latín
los más divertidos de ellos, imponiéndosele la obligación de estudiar
un poco de cada cosa todos los días, bajo la férula de otros tantos
profesores, á cual más huraño y desabrido; y desde aquel momento empezó
á envidiar la suerte del estudiante de Universidad, que no necesitaba
esclavizar los bríos de su temperamento á la engorrosa é inalterable
ley de los _declinados_ y de las conjugaciones; que era mozo con barbas
y fumaba sin esconder el cigarrillo tras de cada chupada; que vestía
como un caballero, viajaba solo y vivía en completa libertad. Entre
tanto, cada hora de cátedra le parecía un año de cadena, cada examen
le ponía fuera de quicio, y el peso de las lecciones pendientes le
amargaban los pocos ratos que le quedaban libres para jugar al bote en
las aceras y al marro en las plazas públicas.
Así fueron corriendo los años de su bachillerato, años que le
parecieron siglos en su afán de que pasaran pronto, y también llegó
á la Universidad. Para entonces ya le negreaba el bozo en la cara;
y como era un mozalbete hecho y derecho, comenzaban á dilatarse,
arrebolados y primaverales, los horizontes de su fantasía; el corazón
palpitaba de regocijo en su pecho, rebosaba de vida y de esperanzas, y
se anegaba todo su ser en un golfo de delicias, sin fondo, sin riberas
y sin tempestades. Pero tenía este mar un escollo, uno no más, contra
el cual se estrellaba él en cuantos rumbos le trazaban sus inquietas
imaginaciones: la Universidad misma, su condición de estudiante con las
horas fijas de cátedra, su escasez de dinero y de levitas, su falta
de verdadera independencia. ¿Qué era él, en substancia, á la sazón?
Entre los hombres, un niño; entre los niños, un hombre; es decir, que
en todas partes estaba de sobra, fuera de la ley... en todas partes,
menos en la Universidad: precisamente donde él no quería estar. De modo
que todos sus «ideales» se realizaban fuera de la región en que el
deber y la edad le colocaban... ¡Ah! la borla, ¡la borla! ¡Cuándo la
ostentaría en sus sienes! ¡La borla era la libertad, la independencia,
el carácter, la verdadera carta de ciudadanía! La borla en sus sienes
era tener barbas, ser hombre, hablar en público, escribir, ser actor
principal en la escena del mundo, adquirir fama, gloria quizás; de
seguro, riquezas.
Y llegó también el día de ceñirse la borla, tras de muchos cursos
ganados sabe Dios cómo, y sin haber pagado todas sus cuentas al sastre;
pero pasando las penas del Purgatorio, para que en tan largo número de
años no conociera su padre los apuros de su vida.
Doctor yo no sé en qué, tampoco en esta nueva jerarquía encontró lo que
en ella había creído vislumbrar desde lejos. Desvanecíase su persona
en la confusión de otros mil doctores de la propia ralea, y hasta
observaba que no eran los más favorecidos por el aura popular los que
tenían mayores merecimientos, sino mejores padrinos; ni éstos los más
venturosos, puesto que cada altura que ganaban de un salto sólo les
servía para codiciar con dobladas ansias otra mayor. Mortificábale
esta invencible contrariedad de su carrera, y no resultaba, por ende,
aquel punto el que le satisfacía para detenerse y acampar en él hasta
el fin de su vida, colmadas ya sus ambiciones, y muertos, ó apaciguados
siquiera, sus deseos. Molestábale también aquel vivir entre fárragos
insubstanciales, que no podía barrer de su pupitre, porque ellos eran
su pan y su vestido; fárragos acumulados por el movimiento maquinal
de su cerebro de doctor, no producto de la febril ebullición de su
fantasía, que le arrastraba en bien distintas direcciones. Hastiábale,
asimismo, la soledad en que vivía dentro de su propio hogar, y
suspiraba echando de menos, para estímulo en su trabajo y consuelo en
su fatiga, el afecto noble y generoso de la compañera elegida por el
corazón, y por Dios otorgada y bendecida. ¡Venturoso instante aquél en
que éstos sus deseos llegaran á realizarse! ¿Á qué más afanes ya ni más
intentos?
Y llegó pronto el suspirado «mañana». Pero los insaciables deseos no
callaron. Faltaba algo en el cuadro de su felicidad; algo que es en el
hogar doméstico lo que la brisa y los pájaros en el bosque: armonías
y regocijo. Faltaban esos angelitos con ojos azules, húmedos labios y
dorados rizos... Y también vinieron, según los días y los años fueron
corriendo; vinieron lanzando el primer vagido antes de abrir los ojos,
especie de protesta que exhala el alma, aliento de Dios, al sentir el
contacto de la tierra, montón de barro de maldades. Pero los tiernos
seres sólo eran ángeles en la figura; y cogían indigestiones, y
padecían tos ferina y sarampión, y un soplo de aire frío los ponía á
morir. La estadística acusaba una cifra espantosa de víctimas á aquella
edad. ¡Qué pena cuando enfermaban! ¡Qué horrible pensamiento el de que
podían morirse, cuando le asaltaban por todas partes, y le comían á
besos, y le registraban los bolsillos, y le aturdían con sus preguntas
sin fin en una lengua cuya gramática sólo conocen los padres!
¡Años! ¡más años!... Que pasaran los años era su anhelo incesante, para
que aquellas tiernas existencias, con mayor desarrollo, corrieran menos
peligros. Además, ¿no es cada niño un problema que ha de resolver el
tiempo? Y ¿qué curiosidad más lícita que la que siente un padre por
conocer esa solución? ¿Qué llegará á ser aquel inocente que se aflige
por la rotura de su juguete, y ríe como un loco con la mosca que se
estrella contra los vidrios del balcón, imagen fiel de la razón sin
guía? ¡Y qué cosas ven los padres en esas contemplaciones, á la luz
de su amor y de sus deseos! ¡Qué figuras, qué cuadros se pintan en el
lienzo de su fantasía!... Poetas ilustres, sabios ingenieros, invictos
generales, tribunos arrebatadores... tal vez el arte glorificado, la
ciencia transformada, la patria engrandecida... porque todo ello puede
ser obra del hombre, y para estas aristocracias del genio no hay cuna
de preferencia; y no habiéndola, ¿por qué no ha de soñarla cada padre
en la de sus hijos? Verdad que tampoco la hay para los monstruos del
crimen; pero Dios no ha querido dar á los padres la espantosa tortura
de poder imaginarse en el inocente ser que acaricia sobre sus rodillas,
al héroe del presidio ó á la presa del verdugo. ¡Que vuelen, pues,
las horas y los años! ¡que se aclare el misterio! ¡que se resuelva el
problema!
Y voló el tiempo, y el niño inocente llegó á muchacho revoltoso, y el
muchacho se hizo mozalbete presumido, y el mozalbete se transformó
en hombre barbado; y en cada una de estas fases ó etapas de su vida
se iban retratando otras iguales de la vida de su padre, cuyos
deseos, lejos de apaciguarse, á la edad de las abnegaciones y de los
desengaños, crecían y se multiplicaban, porque vivía por todos y para
todos y cada uno de sus hijos; y los cuidados y los afanes de éstos
eran sus propios afanes y cuidados... hasta que un día, al tender la
vista en su derredor, se vió solo, ¡solo en su hogar! Unos muertos,
otros ausentes... ¡nadie quedaba allí ya!... nadie más que él, con la
carga de su vejez y de sus achaques.
Corto, muy corto, resbaladizo y pendiente era el camino que le
restaba, y aún le parecía que era lento su andar y que el tiempo no
corría bastante; aún esperaba «mañana» el alivio de sus dolores y el
calmante de sus pesadumbres. Débil filamento es ya lo que antes fué
árbol robusto de su vida; y aun sin cesar, le muerde y le adelgaza con
la lima de sus deseos implacables; y sólo cesa en él el ansia de _otra
cosa_, cuando con el último suspiro de la vida se desprende el alma de
la grosera envoltura que la ha ligado á la tierra, y libre y purificada
con la resignación y el martirio, vuela á su verdadera patria, donde el
tiempo no corre, ni la luz se extingue, ni la dicha se acaba.
Tal fué, á grandes rasgos, su vida. Supla cada cual con sus recuerdos
y su experiencia los detalles que faltan en el cuadro; los mezquinos,
prosaicos deseos de cada instante; desde la bota que oprime, y el
trabajo que fatiga, y el calor que sofoca, y el frío que entumece,
hasta el festín que se aguarda, ó el ascenso ó el alivio ó el
mendrugo que se esperan. ¡Siempre el deseo empujando! ¡Siempre la
lima mordiendo! Siempre, en fin, el alma, como desterrada en el
mundo, ansiando por salir de él. No es otra la enfermedad que acusan
nuestros deseos incesantes y nunca satisfechos: la nostalgia de la
patria. ¡Lástima que no paren mientes en ello los sabios que han dado
en engreírse con su ilustre progenie de gorilas y chimpancés! ¡Si al
menos, y en virtud de su descubrimiento prodigioso, se vieran sanos de
la enfermedad de los deseos! Pero ¿dónde los hay más insaciables que
entre las luchas de la soberbia, engendrada por los impulsos de una
razón sin trabas ni cortapisas?
Los hasta aquí trazados, son rasgos de la vida, digámoslo así, del
_hombre bueno_; el cual, con serlo y todo, jamás encontró en ella un
punto de perfecto reposo, ni nunca hizo jornada que, al terminarla,
deseara no pasar de allí. Pues fíjese un poco la atención, para
completar el cuadro, en esas regiones sombrías donde la inteligencia
se atrofia y el corazón se corrompe; donde el vicio es la ley, y la
miseria se impone con sus negros atributos de ignorancia, de envidias
y de rencores. ¿Quién es capaz de medir el empuje y la velocidad
vertiginosa de aquellos deseos? Ya no son lima que muerde en aquellas
vidas agitadas: son, á un mismo tiempo, huracán que arrasa y precipita,
y fuego que devora.
¿Qué es, pues, en substancia, esto que llamamos _vivir_? ¿Qué tesoro es
ése, por cuya guarda tantas injusticias y tantas maldades se cometen
en la tierra? ¿Á qué queda reducido el espacio comprendido entre el
recuerdo de lo último, ya pasado, y el primer deseo de _otra cosa
mejor_?
Es posible que fueran muy otros los rumbos y el andar de los pueblos,
si los hombres tuviéramos, ya que no alientos para vencer nuestras
nativas debilidades, ojos, siquiera, para conocerlas y valor para
confesarlas.
1900.
[Ilustración]
VA DE CUENTO
[Ilustración]
VA DE CUENTO[6]
Érase un lugarejo (lindante, por más señas, con el mío) de reducidos
términos y hacienda escasa, pero rico en galas y ornamentos de la
naturaleza: floridos prados, selvas umbrías, montes abruptos, rumor de
oleajes, auras marinas... lugar costeño, en fin, de la montaña, y está
dicho todo.
Habitábanle pobres labriegos, tan pobres, que á duras penas sacaban
de los senos de la madre tierra, dándoles muchas vueltas cada año, el
necesario jugo para nutrir mal y vestir á medias el cuerpo encanijado.
En cambio, gozaban fama, muy bien adquirida, de ser la gente más lista
de toda la comarca.
Sabían algo de letras de molde, y se perecían por estar al tanto de las
cosas y sucesos del mundo.
Érase, al mismo tiempo, un señorón de la corte, que había dado en la
gracia de visitar á menudo aquel lugar, tentado de la codicia de sus
bellezas naturales. El tal señorón no lo parecía por la sencillez de su
porte, ni por la suavidad de su carácter, ni por la llaneza patriarcal
de sus costumbres. Súpose, al cabo, allí, que no era «sujeto de los de
tres al cuarto», por la fama vocinglera, que ya lo tenía bien pregonado
por esos mundos de Dios; y fué la noticia motivo de gran asombro
para aquellos aldeanos, no sólo por lo que les descubría de repente,
sino porque no acertaban á explicarse cómo un hombre de tan erguido
copete y de tan grande poder se daba por contento allí con trepar á
las montañas, pintar en unas tablucas caseríos y peñascos, coger en
el arenal caracoles y _concharras_, y con verlo y observarlo todo,
grande y chico... y desde lejos, para no molestar á nadie, sin pedirles
jamás nada, ni siquiera el voto á favor de un candidato para alcalde
del lugar, ni una parcela de lo baldío para anzuelo de otras muchas
que iría pescando poco á poco, hasta alzarse «en su día» con todo el
territorio comunal.
Al contrario, era muy pródigo de lo suyo, particularmente con los muy
necesitados de ello; y su corazón y las puertas de su casa siempre
estaban abiertos á las ajenas pesadumbres y necesidades. Como por
estas solas prendas ya se le tenía allí en cordial y grande estima,
al catarle señorón pudiente y de relumbre, el simple cariño rayó
en admiración. Un viejo sentencioso dijo un día ante un corrillo
dominguero en que se trataba del asunto:
--Vos digo que el sujeto ése tiene los mengues en el pellejo, y vale,
por saber y por entraña, más que too el oro que pesa.
Y se convino en ello, sin una sola discrepancia.
En esto, el señorón, que no lo parecía, compró un terreno en las
praderas más elevadas de la costa, y labró una casa en él.
--Mucho te van á soplar ahí los vendavales--dijo el pardillo
sentencioso,--y no te alabo el gusto por eso; pero en siendo el tuyo,
como lo es, Dios te le prospere con vida y salú pa una eternidá.
Andando así las cosas, volvióse á la corte, como solía hacerlo de vez
en cuando el pudiente señorón; y volviéndose á la corte, hizo allí una
de las suyas, pero de las más sonadas; tanto, que al día subsiguiente
ya había llegado el ruido hasta las cocinas de aquella aldea.
--Bien está eso--dijo un pardillo á otro que con él departía sobre el
caso,--y visto es ya que si el sujeto ése pone empeño en sacar oro
molido de los pedregales de la costa, oro molido sacará. Decís vusotros
que tien los mengues en el pellejo... Pus yo vos digo que es el mesmo
Pateta en cuerpo y alma; y vos digo más si á mano viene: vos digo que
siendo lo que es y valiendo lo que él vale, no basta con sentirlo y
conocerlo, como lo conocemos y lo sentimos nusotros, si nos lo callamos
allá dentro, como nos lo hemos callao hasta aquí: la cortesía pide más
al respetive; al cabo y postre, el sujeto es ya de casa, y como el otro
que dijo, pertenencia de uno y tuya y mía.
--¿Á que distes en el mesmo clavo en que yo di no hace muchas
horas?--respondió el oyente.
--No te diré que no--repuso el primer hablante.--¿Y qué clavo es ése?
--Pus el mesmo en que tamién han dao ya muchas gentes del lugar.
--Estipúlalo más claro y de una vez.
--Lo estipulo y digo: que cuando llegue el caso de tener á tiro á ese
sujeto, se corresponda con él, si no al respetive de lo que es y de lo
que se merece, tan siquiera de lo que nusotros semos y podemos; pos,
como tú dices, de palabra callá y de obra enculta sólo Dios se entera;
y el hombre que tiene un sentir honrao, debe decirle, porque si no lo
dice, es como si no le tuviera. Y por lo que toca á ese pudiente, ya es
hora de que nos conozca los sentires, pa que vea que no vive aquí en
tierra de desagradecíos ni de melones.
--Ésa es la cosa, y á dar en ella tiraba yo cuando te dije lo que te
dije. Con que entendíos, y no hay más que hablar por la presente.
De esta conversación nació una concejada que tuvo que ver. No faltó en
ella un solo vecino. Puesto el punto en tela de juicio, y acordado de
golpe y sin disputa que cada cual de los congregados acudiese «en su
día» á casa del señorón para «rendirle homenaje», llegóse á tratar del
cómo, y dijo un concurrente:
--Pos yo le llevaré, pinto el caso, dos aves de las mejores que tengo
en el corral.
--Curriente--dijo el pardillo sentencioso que llevaba allí la dirección
del cotarro.--Pero ¿has de entregarlas en seco? ¿No has de acompañar la
fineza con una mala palabra?
--Justo que sí--respondió el de las aves,--y ya estaba yo en esa
cuenta.
--Y contabas bien--repuso el otro.--Pero ¿qué piensas decirle?
--Hombre--contestó el interpelado,--lo que sea de razón y venga al
_ite_ de la cosa.
--Con verlo basta.
--Pos le diré, punto más, punto menos, que... por acá, que... por allá;
que si eres esto; que si vales lo otro; que bendita sea la luna en que
nacistes, y la hora en que te avecindastes aquí... y... y...
--Pos, mira, tendrá que oir too ello, como lo jiles bien. ¿Y
tú?--añadió el pardillo encarándose con otro concurrente.
--Pos yo--respondió el aludido rascándose el cogote,--si no tengo aves
que llevar á ese sujeto, algo de cuenta paecerá en casa, ó en las aguas
de la mar, con que pintarle la buena ley que le tengo; y al auto de la
palabra, tampoco ha de faltarme en su hora y punto.