Tampoco hay distancias para él. En cualquier estación del año las

salva, de balde y _en primera_ (¡otro privilegio asombroso en ese feudo

proverbial de las compañías de ferrocarriles!), ó como la necesidad

lo exija, á ratos (de balde también, por supuesto), y ya está _allá_

gimiendo sobre los estragos de un terremoto, ó las víctimas de una

epidemia, ó los despojos de un naufragio; cantando los triunfos de la

ciencia en la inauguración de un artefacto; describiendo la pompa de

una fiesta excepcional, ó inventariando moños é intrigüelas en tal ó

cual punto «de cita» veraniega para las damas distinguidas de «nuestro

mundo elegante».

Pero aún alcanzan á mucho más los alientos de este hombre, de ordinario

simple fisgón _al menudeo_. Cuando la ocasión lo pide, sabe elevar su

oficio á las alturas de la epopeya; y es de admirar entonces cómo un

día, porque en lo más remoto del mundo pasa ó va á pasar algo que no se

ve á todas horas ni en cualquiera parte, atraviesa mares y montañas,

arrostra los peligros de las tempestades y de los climas insalubres; y

en la diestra el lapicero, espada de este conquistador de nuevo cuño,

después de haber _residenciado_ al capitán del buque ó á los guías de

la montaña ó del desierto, como preámbulo de la obra que le preocupa y

le arranca de su hogar, si es que le tiene, acomete al sha de Persia, ó

á un rajá de la India, ó á un salvaje patagón, por señas, si no puede

de otro modo, y le desocupa la conciencia sobre las cuartillas de papel

de su cartera inagotable.

El suceso que le lleva á tan lejanos confines es, por lo común, una

guerra bárbara entre dos grandes naciones por un «quítame esas pajas».

Ya está debidamente instalado en el cuartel general de uno de los

ejércitos beligerantes. Es _plaza montada_; y si no tiene ración y

lecho en la tienda del general en jefe, los tendrá en la que la sigue.

Antes de darse la batalla, ya tiene él contados los combatientes de

cada lado, con sus respectivos elementos de pelea, descritas las

condiciones del terreno y pronosticado el éxito definitivo. Suena el

primer cañonazo y él, después de consultar su reló, consigna el gran

momento en sus cuartillas. Desde entonces, y como si su oficio fuera

el de guerrear, olvidado de los peligros que corre, todo es ojos y

actividad para cumplir con su deber, no de cronista escrupuloso, sino

de noticiero diligente; y se le verá entre el polvo y el humo de la

batalla correr de acá para allá, movido del ansia de ver las cosas

más salientes por sí mismo y de anotarlas con el mayor lujo posible

de pelos y señales. Y si deduce de algunas de ellas, extrañamente

desastrosas en su campo, que en el frontero se estrena un nuevo

artificio bélico, será capaz de meterse bajo los fuegos enemigos y de

no parar hasta ver con sus propios ojos el aparato mortífero y el modo

de funcionar. Si lo consigue, ¿qué victoria como ella? Pero consígalo ó

no, exista ó no exista el artificio, cuélese ó no se cuele en el campo

enemigo, que éste pierda ó gane la batalla, él, siempre infatigable

y con el estruendo del último cañonazo aún en los oídos, saldrá del

revuelto y ensangrentado campo á todo correr de su cabalgadura, y

atravesará llanos y desfiladeros, y andará leguas y leguas sin punto de

reposo, hasta la más próxima estación telegráfica ú oficina de correos.

Allí, quizás sin haberse desayunado todavía, coordinará sus apuntes,

y, en la forma conveniente á sus propósitos, los enviará á su destino.

Al día siguiente, vuelta á empezar la misma dura faena con ligerísimas

variantes, hasta la terminación de la contienda... si antes no ha

terminado él de vivir por obra y gracia de algún mal tropiezo con que

no soñaba en la borrachera de su insaciable y peligrosa curiosidad.

¡Á tal extremo puede llegar, y ha llegado más de una vez, la manía de

este nuevo caballero andante, para quien, hallándose en el ejercicio de

su libre profesión, tampoco rigen las comunes leyes del Estado!

Y todo ello, en definitiva, lo grande y lo chico, lo serio y lo cómico,

de este sujeto, ¿por qué y para qué?... Pues _por_ el ansia, como ya

se ha apuntado, de ser el primero en recoger hechos y dichos, _para_

que el periódico que le paga no sea el segundo en venderlos en la vía

pública á un tropel de haraganes desdeñosos y á otros tantos lectores

impacientes, que han de olvidarlos, apenas engullidos, por el hambre

de otros nuevos, y que aún hallan cara la ración en la miseria que les

cuesta de un _perro chico_.

Verdaderamente son dignos de más altos destinos el ingenio, la frescura

y las fatigas sobrehumanas que se necesitan, y de ordinario se emplean,

para desempeñar _á conciencia_ el oficio de _reporter_.

1892.

[Ilustración]

DE MIS RECUERDOS

[Ilustración]

DE MIS RECUERDOS

Una tarde _gris_ con intermitencias de sol tibio; una iglesia pobre

y vieja sobre una meseta pedregosa con jirones de césped y matas de

arbustos bravíos; una extensa campiña verde con fondos lejanos de

cerros ondulantes y de erguidos montes gallardamente escalonados. En

el porche de la iglesia, corrillos de aldeanos hablando y pisando

quedo, por reverencia á lo que acontece en el santo lugar en día tan

señalado. Dentro de la iglesia, el viejo párroco y un su feligrés, no

mucho más joven, sentados en un banco de elevado espaldar, delante de

un tenebrario, y cantando las Lamentaciones de Jeremías. En la capilla

mayor y lleno de luces, el monumento, cuya armazón está cubierta de

colchas y pañuelos muy vistosos, que se extienden después en dos alas,

á diestro y siniestro, hasta los respectivos muros de la iglesia. Al

pie de las gradas del monumento, _echada_ la cruz sobre un paño negro

y descansando sus brazos en dos almohadas guarnecidas profusamente de

lazos de colores, cadenas de plata, acericos y relicarios. Los fieles,

que llenan casi todo lo desocupado del templo, rezando fervorosos ó

_andando_ en grupos el Calvario, y á veces, como para acompañar al

murmurio de los rezos ó al cántico de las tinieblas, el sonido tenue de

la humilde moneda de cobre al caer en el platillo colocado junto á la

cruz yacente.

En el _cuerpo_ de la iglesia, los dos _pasos_, en sus correspondientes

andas, que han de salir en la procesión: el de la Dolorosa, que no

es muy grande, y el de «los judíos», que lo es y pesa mucho, pues

representa á Jesús atado á la columna, flagelado por dos sayones: tres

esculturas, no modelos de arte seguramente, pero de buen tamaño y bien

macizas; por eso tienen sus andas ocho brazos.

Por fin se apaga la última candela del tenebrario, se oye la palmada

del cura sobre su libro, cerrado ya; y los chicuelos que hormigueaban

entre los hombres del portal, armados de cachiporras los más de ellos,

comienzan á golpear desaforados todo lo que suene, como los postes

que sostienen la achacosa tejavana, y hasta las hojas mismas de la

puerta principal; los afortunados que tienen carraca, á voltearla

furiosamente, y los que no tienen cachiporra ni carraca, á piafar sobre

los morrillos del suelo con sus herradas almadreñas. El caso es hacer

ruido... hasta que apareció el cura en la meseta del pórtico.

Detúvose allí, calláronse todos en cuanto le vieron, y dijo en voz alta

dirigiéndose á los del portal:

--Seis hombres para el paso de la virgen.

--Hay cuatro,--respondió un buen mozo señalando á otros tres que le

acompañaban.

El párroco les dió las gracias con un gesto, y volviendo á recorrer

todo el concurso con la vista, tornó á decir:

--Ocho para los judíos.

--Hay seis,--respondió en un lado un fornido mocetón.

--¡Hay cuatro!--dijo en seguida otro más fornido aún, saliendo al

frente desde el lado opuesto con los tres que mantenían su atrevido

arranque.

Produjo en los presentes aquella valentía rumores de entusiasmo, y en

el señor cura cierta expresión de asombro placentero. Con ella en la

cara, dió por terminado el asunto y se volvió á la iglesia, á donde le

siguieron los mozos triunfadores en la puja, y se dispuso á seguirle

la gente del portal.

Que no le siguió por de pronto, porque aparecieron en él, por el

boquete del norte, dos _penitentes_, cuya inesperada presencia allí

suspendió los ánimos de todos. Vestían luengas túnicas muy bastas,

con alta caperuza y muy caído antifaz: iban descalzos, embarrados los

pies y los vestidos, y llevaban á cuestas sendas cruces de madera en

bruto, muy grandes y de mucho peso. No era extraño el suceso en toda

la comarca, ni nuevo en aquella iglesia; pero sí poco frecuente. Según

algunos forasteros, que por curiosidad los acompañaban desde su pueblo,

cuyo sagrario habían visitado ya, los penitentes llevan _andadas_ á

aquellas horas seis estaciones; es decir, recorridos seis pueblos,

que nombraron; y esto lo sabían los relatantes por otros curiosos que

los habían seguido hasta el de ellos. Lo que no se sabía á punto fijo

era de qué lugar procedían, ni quiénes eran, ni por qué pecado hacían

aquella dura penitencia, que debió de comenzar por la mañana y no podía

terminar sino bien entrada ya la noche. Nadie los había visto comer, ni

beber, ni descansar, ni siquiera ponerse _á subio_ para defenderse de

los chubascos y granizadas que habían caído alrededor del mediodía.

Llegaban, pues, muy quebrantados de fuerzas, y bien se les conocía en

el andar y, sobre todo, cuando subieron los escalones del pórtico para

entrar en la iglesia.

Tras ellos se fué toda la gente que había fuera, y vió cómo la de

adentro, muy admirada y respetuosa, les iba abriendo paso hasta las

gradas del monumento, donde se postraron de rodillas, uno á cada lado

de la cruz, sin aliviar los hombros del peso de las suyas.

Mientras oraban allí venerando al sacramento, se iba formando la

procesión que había de seguir su carrera acostumbrada alrededor de

la iglesia, por el camino más largo y dificultoso: una _cambera_

desnivelada y áspera, festoneada, á trechos, de bardales, mimbreras

y saúcos que ya empezaban á reverdecer. Todo este camino había de

recorrerse sin descanso alguno; y en eso estaba el toque de la puja

entre los bravos mozos para conducir los pasos, especialmente el de

«los judíos».

Salió al fin la procesión, haciendo cabeza de ella un hombre descalzo,

revestido con un alba de desecho, envueltas en un lienzo blanco la

cara y la cabeza, y con un gran crucifijo alzado. Á este personaje le

llamaban allí el _fariseo_. Detrás de él iba el paso de «los judíos»,

cuyas andas crujían con el peso de las tres esculturas, mal aseguradas

al tablado por largos tutores de hierro que á menudo rechinaban en sus

hembrillas roñosas. Después, y á una regular distancia, iba la virgen;

y entre este paso y los niños de la escuela que precedían al sacerdote

y sus acompañantes, se colocaron los dos penitentes, hecha ya su visita

al monumento. La masa de feligreses cerraba la procesión, que fué

entrando poco á poco en su carrera.

De las viviendas inmediatas y de las callejas y senderos que confluían

en aquel punto, iban saliendo apresuradamente los últimos rezagados del

lugar é incorporándose á la piadosa comitiva: las mujeres cubriéndose

la cabeza con un pañuelo ó con el chal de gala, y los hombres

vistiéndose la chaqueta de los domingos. Las casas quedaban desiertas,

los animales recogidos y los hogares apagados; y, como la vasta campiña

y la brumosa cordillera y el cielo mismo, sombrío y anubarrado, todo

en silencio, inmóvil y melancólico. Todo parecía sumido en hondas

meditaciones y pendiente de los salmos que entonaba el pobre cura de

aldea, con voz trémula y fatigosa, únicos sonidos que se percibían

en toda la extensión de aquel grandioso escenario de la naturaleza

entristecida y solitaria.

Según andaba lentamente la procesión, disgregábanse, de tarde en

cuando, de la masa del fervoroso cortejo hombres y mujeres, que por

las laderas altas del camino se adelantaban hasta los pasos; y por lo

tímido del andar, lo respetuoso del continente y lo anhelante de la

mirada, en cuanto la fijaban en ellos, no parecía sino que buscaban en

aquella representación tangible, viva, de lo que allí se conmemoraba,

una fuerza imaginativa más poderosa que la de sus meditaciones: en

la sangre que corría por las espaldas de Jesús á los golpes de sus

verdugos, en la que goteaba de las heridas abiertas por las espinas

de su corona y en la cuerda que ataba sus manos, como las de un

criminal, la magnitud del sacrificio del hijo de Dios por amor á sus

criaturas, á las mismas que tan despiadadamente le atormentaban; en la

faz amargurada de la virgen-madre, la intensidad de sus inenarrables

angustias y dolores; y ¡quién sabe si del logro de sus piadosos deseos;

de haber visto y sentido, por este medio, cuanto anhelaban ver y sentir

entonces, nacía aquella singular expresión de sus ojos al fijarlos

después en los dos penitentes desconocidos que iban arrastrando pesada

cruz de pueblo en pueblo en alivio de sus propias culpas, que tal vez

eran leves, y en desagravio del redentor del mundo, tan ofendido por

la soberbia y la ingratitud de los hombres?

La crítica mundana, que se paga mucho de la superficie y del aparato

teatral de las cosas, ¡cuánto hubiera hallado merecedor de sus burlas

en aquel espectáculo tan desprovisto de primores del arte y de las

pompas del lujo! Y, sin embargo, allí, en la traza _risible_ de los

dos penitentes y bajo el pobre y abigarrado aspecto de aquel apiñado

concurso de honrados campesinos, que sabían descubrir la realidad

del dolor en las imperfectas imágenes, y sentirle y llorarle en sus

corazones, se guarecía, como en su propio albergue, la fe sin nubes,

sencilla, profunda y arraigada; la fuerza poderosa que traslada los

montes, redime los pueblos y dignifica los hogares.

Cuando la procesión volvió á la iglesia, los fieles todos cayeron

de rodillas, y dirigidos por el cura, elevaron á Dios una plegaria

de perdón. ¡Y era cuanto había que oir aquel coro de voces de todos

los matices imaginables, nutrido, concordado, llenando, clamoroso y

resonante, los ámbitos del templo! Escena verdaderamente sublime, así

por la ocasión como por la grandeza de su sencillez.

Tan pronto como la iglesia volvió á quedar en silencio, salieron de

ella los dos penitentes, ya cerca del anochecer; y tomando el camino de

la Vega, se les vió desaparecer muy pronto en una de sus hondonadas,

seguidos por algunos muchachos que no tardaron en volverse por miedo

á la noche que ya estaba encima, y de las bendiciones de la gente que

admiraba su piedad heroica y aplaudía su ejemplo edificante.

Marzo 30, 1900.

[Ilustración]

Á MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO

[Ilustración]

Á MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO

_De cómo se celebran todavía las bodas en cierta comarca

montañesa, enclavada en un repliegue de lo más enriscado de la

cordillera cantábrica._

Querido Marcelino: Si no estorba en el libro que se está imprimiendo

en honor tuyo; si no te parece que resultará nota discordante en su

concertada seriedad, ayúdame á conseguir que se publique el contenido

de las adjuntas cuartillas en la última de sus páginas, fuera, si

quieres, de los dominios del índice, y aun á espaldas del mismo

colofón; en lo más recóndito, en suma, donde nadie más que tú se

entere de ello. Lo que importa, por el lado de mis ardientes deseos,

es que no falte un pobre ramajo de los laureles de mi huerto en la

corona que hoy se teje para ti; porque no puedo resignarme á que,

cuando tus admiradores tratan de elevar un monumento á tu gloria,

deje de contribuir á él con su modesta pedrezuela precisamente el que

más te admira y más te quiere, por mucho que te admiren y te quieran

los demás. Al fin y al cabo, y bien apuradas las razones, dentro cae

del programa de ese libro el humilde tributo que te ofrezco para

él, pues es fruto, aunque trivial y sin substancia, de mi propia

_investigación_, y de asunto, no solamente español, sino de ésta

nuestra tierra nativa de la montaña... En fin, «con verlo basta», y

allá va, sin adobos ni arrequives, y tal como consta, seis años hace,

en mi cartera de apuntes.

* * * * *

«Lo que puede llamarse cortejo nupcial, compuesto de lo más espigado

y rozagante de la juventud del pueblo, _ellas_ con panderetas muy

adornadas de cintajos y cascabeles, y muchos de _ellos_ con escopetas

al hombro, y todas y todos con lo mejor de sus equipos á cuestas, se

ha ido formando, desde la salida del sol, junto á la casa de la novia;

y en cuanto ésta y el novio, acompañados de los padrinos, aparecen en

el umbral de la puerta, las mozas la saludan con un cantar alusivo al

caso, y los mozos con una explosión de relinchos... y una descarga

cerrada.

«Puestos en marcha todos, en debida y ordenada formación camino de la

iglesia, al andar lento y balanceado que marca y determina el incesante

y monótono golpear en los parches de las panderetas, las mozas van

cantando á los novios, y al señor cura, y á los padres de los novios,

y á los padrinos del casamiento, y á cuantas personas de algún viso

en el lugar formen en la comitiva ó recuerden las cantadoras. Los

mozos responden algunas veces á los cantares de las mozas con otros

bien relinchados al remate, y los que llevan escopetas hacen salvas

á menudo. Así hasta la iglesia por el camino más largo, con notorio

regocijo de las gentes, que abren puertas y ventanas para ver pasar la

boda, y acrecentándose el cortejo á cada instante con los muchachos

desocupados y las chicuelas tentadas de la curiosidad; camino siempre

de flores y sin tropiezos... menos cuando es forastero el novio;

porque, en este caso, tiene esta primera jornada de la fiesta una

variante no poco original y muy curiosa. Sucede entonces que á lo mejor

de andar la boda este camino, aparecen en él, saliendo de ésta y de

la otra encrucijada, hasta media docena de mocetones, dando brincos y

haciendo corcovos, aullando, relinchando y disparando las escopetas,

con el estruendo y la traza temerosa de una horda de salvajes. Echan

el alto á la procesión, y se apoderan de la novia, que desde aquel

instante queda secuestrada ó, como ellos dicen, _empeñada_, sabiendo

muy bien todos los presentes, y el pueblo y la comarca entera, que

aquella boda no se celebrará «en jamás de los jamases», si el novio, ó

en su defecto el padrino, no _desempeña_ á la novia con la cantidad de

tres duros, que han de gastarse después en honra de los recién casados

y provecho de la gente moza, la cual da, á este precio y de ese modo,

carta de ciudadanía en el lugar al novio forastero.

«Cuando la novia, rescatada ó no, ha llegado á la puerta de la iglesia,

la _echan_ las zagalas de la comitiva este cantar:

Al tomar agua bendita

Despídete, compañera:

El primero de casada

Y el último de soltera.

«Donde se ve que no anduvo la musa cerril muy atenta á enlazar el

sentido de los dos últimos versos del cantar con el de los anteriores.

«Después de las ceremonias de ritual y de la misa, en que comulgan

los novios, ya «amarrados al yugo pa sinfinito», vuelta á la calle

la procesión, con nuevos cánticos de las mozas, al mismo andar del

son cadencioso de las panderetas, y con los propios relinchos de los

mocetones y las propias salvas de las escopetas de antes.

«Esta vez se dirige la pintoresca y alegre comparsa al domicilio del

novio; es decir, al de sus padres; y en cuanto llega á él entre la

vibrante curiosidad del vecindario de la barriada, detiénese enfrente

de la puerta, y cantan las infatigables mozas de este modo:

Señora doña... Fulana,

Salga á recibir su nuera,

Y trátela con cariño

Y tenga cuidado de ella.

«Y la invocada suegra, vestida con los trapos domingueros, y

descolorida por la emoción que es de suponerse, sale, en efecto, y toma

de la mano á su nuera, bésala en una mejilla, y la conduce á su casa,

á donde la siguen primeramente el novio y los padrinos, y después todo

el cortejo, si cabe adentro, y aunque no quepa muy holgado. Entonces,

puesta en orden la muchedumbre en la pieza más grande y de mayor

respeto, y cada cual en el sitio que le corresponde según el papel

que desempeñe en aquella verdadera solemnidad, los recién casados se

arrodillan delante de la conmovida mujer, que permanece á pie firme, y

la dicen:

«--Le pedimos el su perdón, si la hemos ofendido en algo.

«Á lo que responde ella:

«--Perdonados estáis.

«Y les tiende las manos para que se levanten.

«En seguida se encara con ella el padrino, y le pregunta:

«--¿Qué señala usté por arras á su nuera?

«Y responde la suegra:

«--Tal ó cual finca, tal ó cual res, ó vestido, ó mueble, etc., etc.

«El padrino entonces, vuelto hacia lo que pudiera llamarse público

congregado allí, dice:

«--Vosotros sois testigos de esta manda.

«En seguida cantan las mozas al son de sus panderetas:

Á la novia en este día

Dios la dé salud y hacienda

Y trigo para su año,

Y después la gloria eterna.

«Con esto salen de la casa las gentes que la habían invadido, novios

inclusive, y, ya en la calle, _echan_ las cantadoras esta despedida:

La casa queda de luto;

Las tejas quieren llorar;

Adentro quedan los padres

Que las pueden consolar.

«Es muy de notarse que aunque viva el _suegro_ y esté presente al acto,

siempre se dirigen los novios á la _suegra_ para que se les perdone, y

el padrino cuando pide las arras para la novia.

«Á casa de los padres de ésta vuelve ahora la comitiva, con los

cánticos, los relinchos y las salvas de rigor; y en cuanto llegan á

ella, cantan las mozas de esta suerte:

Ábranse las puertas de oro

Y los candados de plata,

Que aquí viene don... Fulano

Con la su paloma blanca.

«Y se abren las puertas, que no suelen ser de oro ni tener candados de

plata, y entran en la casa los novios, sus parientes y padrinos, y las

mozas del acompañamiento. Allí les espera la mesa puesta y preparada

la comida de bodas, que ha de presidir el señor Cura, y de la que

no participarán entonces las cantadoras, las cuales se limitarán á

presenciar el acto... y á cantarle.

«Cuando esta primera parte de él se da por terminada, se levanta

el padre de la novia, y encarándose con ella y con su marido, los

bendice por despedida en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu

Santo; responden todos los presentes: «Amén»; y con esto y una breve

exhortación del señor cura al despedirse también, queda la mesa

abandonada por la gente grave. Entonces es cuando se arriman á ella las

zagalonas de las panderetas; se llama á los mozos, que aún relinchan en

la corralada, y comienza el verdadero jolgorio, que no termina hasta

las altas horas de la noche, si antes no se rinden los comensales

al peso de la hartura y al quebranto de los bailoteos, como suele

acontecer».

* * * * *

Tal es mi ofrenda. Ya ves que, aunque mezquina, cae dentro de las

exigencias del programa, y, además, ¡caso inaudito! te enseña algo

que tú no sabías, con saber tanto como sabes. De todas suertes, y aun

suponiendo que en mi mano estuviera ofrecerte cosa mejor, todo había de

parecerme poco y malo al pensar en la magnitud y alteza de su destino.

[Ilustración]

Pachín González · 第 13 / 13 段