La mañana era brumosa y fría, y escaseaba la luz, porque aún no había

traspuesto el sol las lomas del oriente. Se me habían «pegado las

sábanas» aquel día, y llevaba muy contados los minutos cuando salí de

casa; temía llegar tarde y apretaba el paso, con lo que doblaba el

empuje y la frialdad del terralillo madrugador, que me daba de frente.

Al entrar en el espacioso vestíbulo de la estación, observé que salía

de él bastante gente de pueblo, en la que predominaban las mujeres.

Nada tenía esto de particular á aquellas horas y en aquel sitio; pero

sí lo tuvo para mí el que todas las frases que iba sorprendiendo,

al pasar rápidamente para llegar al despacho de billetes antes de

que le cerraran, fueran la expresión de una misma idea, de un mismo

sentimiento; del mismo, precisamente, como recordé de pronto, que las

de unos chicuelos que se habían cruzado conmigo en las inmediaciones

de la estación: frases compasivas, exclamaciones de pena, dedicadas á

alguien que no se nombraba terminantemente. Lo apurado del tiempo me

impidió enterarme allí mismo de lo que ocurría; tan apurado, que no sé

cuál fué antes, si el dar yo el primer paso en dirección al andén con

el billete comprado, ó el oir el golpe del ventanillo que se cerraba.

Instalado al fin tranquilamente, y solo por añadidura, en el

departamento que me correspondía, me asomé á la ventanilla, tentado de

la curiosidad que se me había despertado en el vestíbulo; pero nadie

pasaba por allí: todas cuantas personas quedaban en el andén después de

cerradas las portezuelas de los carruajes, estaban agrupadas enfrente

de uno de ellos, muy alejado del mío. De pronto se separó del grupo

un hombre á quien yo conocía mucho: cierto barbero muy popular en la

ciudad, el cual prestaba tiempo hacía sus servicios en la cárcel,

con derecho al uso de la gorra galoneada con que cubría su cabeza

voluminosa. Le llamé con una seña; y él, que era la despreocupación

y el regocijo andando, se vino á mí con la faz angustiada y el color

ceniciento.

--¿Qué ocurre aquí de extraordinario?--le pregunté.

--Que se llevan al infeliz... En aquel coche va,--me respondió con una

voz como la cara.

--¿Quién es ese infeliz?

--El reo de P...

--Y ¿á dónde le llevan?

--Á su pueblo.

--¿Para qué?

--Pues... para matarle en cuanto llegue. Ayer se supo que se le

había negado el indulto, y anoche mismo se dieron las órdenes para

trasladarlo allá y ponerle en capilla. El verdugo estará también en

camino á estas horas desde Burgos, y el piquete saldrá hoy de aquí por

la carretera...

--Y ¿sabe él todo eso?

--Como saberlo fijamente, creo que no; pero temérselo... Le hemos dicho

que, como lo del indulto puede ir por largo y está la cárcel de aquí

llena de presos, se ha mandado que le trasladen á él á la de su partido

para que cada palo aguante su vela... Con esto se conformó anoche; pero

esta mañana, al ver que eran cuatro los guardias que le acompañaban,

y no dos como cuando iba á la Audiencia, se le cambió de pronto el

color, y nos pidió, por todos los santos del cielo, que le dijéramos

la verdad si le teníamos engañado. Juramos y perjuramos que era cierto

lo que ya sabía... sólo que como al que más y al que menos de los que

estábamos presentes no nos sobraba el arte para fingir, aunque él no

peca de listo... ¡qué sé yo! á mí se me figura que en el cuerpo la

lleva... Hasta aquí le hemos acompañado, y en el coche le dejo, sin

atreverme á estar más tiempo delante de él, por si me descubre en la

cara lo que no quiero que sepa por mí.

--Ya veo que te ha impresionado mucho la despedida.

--¡Qué quiere usted!... Gorda fué la que hizo, y bien merecido tiene en

ley lo que le cuesta; pero llevo muchos meses tratándole y observándole

en la cárcel; es un simplón que hasta los niños le engañan; tiene uno

su corazón correspondiente, y... en fin, no se puede remediar.

En esto arrancó el tren; se descubrió _Nisio_ para saludarme, y yo me

dejé caer en el cojín de mi asiento con el corazón oprimido y la cabeza

llena de pensamientos y de visiones.

Lleva consigo el reo de muerte mucho de lo que es peculiar á la

corriente mansa del río profundo, á la mar tranquila, al bosque

silencioso; á cuanto es misterio, abismo y soledad. Un impulso

desconocido nos arrastra hacia ello, y otra fuerza más poderosa aún

nos detiene allí, y nos obliga á contemplarlo, á meditar, á penetrar

lo que es impenetrable, á hundir el pensamiento y el espíritu en lo

invisible. No parece sino que por el camino de aquellos misterios se

llega más pronto á descubrir ese _algo_, que es el anhelo constante del

alma humana.

Pues de esa misma fuerza me sentí yo esclavo tan pronto como supe que

en el mismo tren que yo, iba el reo de P...: yo con propósito de pasar

un alegre día de campo, y él destinado á morir en el patíbulo. No me

era aquel hombre enteramente desconocido: le había visto una vez en

la calle, maniatado, entre dos guardias civiles que le conducían á la

Audiencia, seguido de una turba de muchachos vagabundos. Recordaba

algo de su fisonomía, de su estatura, de su vestido; pero eso, que

entonces me pareció hasta demasiado, en la nueva ocasión no era ni

siquiera lo suficiente. La primera ocasión se trataba de un hombre aún

no juzgado, que podía ser ó no ser condenado á muerte, y ejecutado

en un día y lugar determinados por la justicia humana; de un ser que

estaba _expuesto_ á morir en manos del verdugo, como lo está cualquier

hombre de bien, en cada instante de su vida, á perderla por obra de

una enfermedad ó de fortuito accidente; era, en suma, _uno más_ de

los condenados á muerte que á todas horas andan por el mundo y pasan

á nuestro lado con mayor ó menor derecho á nuestra curiosidad; pero

en la segunda ocasión ese mismo hombre tenía ya contadas las horas de

su vida: estaba condenado á morir en día fijo y muy cercano. Si tenía

dudas, iba á aclararlas de un momento á otro; si poseía la certeza que

infunde la luz de la fe, ¡qué espanto el suyo con una conciencia tan

cargada de culpas! De todas suertes, y sin contar su natural apego á la

vida, ¡qué estado el de su espíritu!

Ya no inspiraba repugnancia por el recuerdo de su crimen, sino profunda

compasión por la certeza del suplicio con que iba á pagarle; ya era la

corriente mansa, la mar tranquila, el bosque silencioso, que atraen y

subyugan, y obligan á meditar y á sentir. Por eso se despertaron en mí

tan fuertes deseos de verle y de contemplarle de cerca.

Y los satisfice en la primera estación en que hizo el tren una de sus

interminables paradas. Comencé por pasar y repasar muchas veces por

delante del coche que le conducía: temía mortificarle si notaba el

empeño que me mortificaba á mí. Estaba de perfil en el centro del banco

y con la cara vuelta al lado opuesto al andén; y como supuse que hacía

esto por apartar sus ojos de las miradas con que muchos le perseguían,

no sólo desde la estación, sino desde los otros compartimientos del

coche, separados por vallas de poca altura, me detuve, me acerqué, y

hasta me subí al estribo... y hasta se retiró hacia el respaldo de su

asiento, leyéndome los deseos en la cara, un guardia civil que tapaba

con su busto media ventanilla.

Era el reo un mocetón grandote y de muchas carnes, que apenas cabían

en su vestido, negro y resobado, cuya chaqueta, ó no tenía cuello,

ó le tenía sumamente bajo, como si le hubiera preparado el verdugo

para que se desbordaran por allí las ronchas de un pescuezo corto y

de un cerviguillo digno de un toro de lidia, y quedara sitio en que

acomodar la fatal argolla de su oficio. Cubría su cabeza, rapada y

no muy grande, con un casquete también negro, y era el color de su

cara el de la de todos los encarcelados: pálido y enfermizo. En sus

formas adiposas y en su quietud casi absoluta, con las manos sobre los

redondos muslos, atadas por los pulgares, se revelaba un temperamento

linfático; y costaba trabajo creer, porque tampoco en su cara mofletuda

y sosa había nada de repulsivo, que bajo aquella envoltura grasienta

y apelmazada cupieran impulsos tan feroces como los que le arrastraron

á cometer el horrendo crimen que iba á expiar muy pronto... Pero, á

todo esto, ¿lo sabía él? ¿lo sospechaba siquiera? ¿Era creíble que

sospechándolo, nada más, pudiera guardar aquella actitud tan sosegada y

tranquila? ¿Será que el organismo físico y moral de los criminales se

rige por leyes singularísimas é impenetrables al juicio, á la lógica y

al sentimiento de los hombres de bien?

Por aquí andaba con mis reflexiones, cuando un rapaz, que se había

encaramado también en el estribo, y se empinaba sobre los pies,

inquieto, desconcertado y nervioso, para ver al reo á todo su gusto,

exclamó de pronto, enderezándome á mí la pregunta:

--¿Es verdá-usté que van á matarle en cuanto llegue?

Me espantó la pregunta, temiendo que la oyese el aludido; tapé la boca

con una mano al rapaz, que saltó de un brinco al andén, y respondí al

propio tiempo en voz alta, con intento de que lo oyera el desdichado:

--¡No es cierto eso! Le llevan á su cárcel, porque no cabe en la de

Santander.

Pero ni á la pregunta del rapaz ni á mi respuesta volvió la cara, ni en

todo su cuerpo se notó la menor señal de haberse enterado de ellas.

Más valdría así; y mejor para los que le compadecíamos si las había

oído y no daba importancia á la primera por ser la confirmación de lo

que ya sabía, ni á la segunda por no creerla...

Descendí del estribo porque se oyó la señal de que se acababa el tiempo

de parada allí; entré de nuevo en mi departamento; volvió el tren á

deslizarse sobre sus carriles, y volví yo á pensar en lo que pensaría

aquel hombre que iba aproximándose poco á poco al término de su viaje

y de su vida. Haríamos el mismo camino hasta la estación de T... Allí

tomaría yo el de mi lugar, hacia el nordeste; el más largo, ó el más

corto; el que me conviniera más; y él... el que le señalaran, hacia el

oeste, para llegar cuanto antes á su triste paradero... ¡Y hasta la

eternidad!

En la estación de T... podría yo verle y contemplarle á todo mi gusto,

pues habría tiempo y comodidad para ello: era ocioso bajar en las otras

dos intermedias, y encaramarme en el estribo y mortificar tantas veces

al desgraciado con la impertinencia de mi fisgoneo. Sin embargo, en

ambas me bajé, y en ambas hice lo mismo que en la primera, y siempre

encontré al reo en la misma postura, con las manos atadas descansando

sobre los muslos, y la cara vuelta al lado opuesto al andén. No había

duda: me arrastraba el misterio y me atraía el abismo.

Al fin llegamos á la estación de T..., donde quedó casi desocupado

el tren, que era, según la jerga de la compañía, _corto_, es decir,

de los que no pasan de los límites de la provincia, con un andar de

carromato. Por eso invirtió dos horas en un trayecto de cuatro leguas;

y cuando llegamos á su término, se había elevado el sol por encima

de los montes; y desde un cielo limpio, azul, barrido de toda señal

de nube, alumbraba con su luz esplendorosa cuanto abarcaba la vista

desde aquellas alturas: uno de los panoramas más hermosos que pueden

admirarse en la montaña, la tierra de las grandes maravillas de la

naturaleza. El coche en que iba el reo había quedado fuera del andén

contiguo á la estación y enfrente de un jardincillo muy cercano de

ella; y no hubo viajero que no desfilara por delante de él antes de

entregar su billete en la puerta de salida. Esta peregrinación, que

tenía no poco de solemne, duró algunos minutos. Yo no tomé parte en

ella porque me reservaba para ver á mi hombre fuera del carruaje...

como le vi poco después.

No sé cuándo ni cómo bajó ó le bajaron, porque, al volverme hacia

aquel lado en uno de los maquinales paseos que me daba por delante

del coche en que había llegado yo, toparon mis ojos con él, encarado á

mí, de pie y como clavado en el suelo, como tronco de árbol desmochado

que hubiera nacido allí: fijo, inmóvil, en una actitud y con una

expresión en la cara imposibles de olvidar. Le daba el sol un poco de

soslayo; y sobre el suelo arenoso, casi dorado, en que se alzaba la

masa negra de su cuerpo, se dibujaba su sombra, que iba á perderse

entre la hojarasca verde y las flores olorosas del jardín. Los cuatro

guardias iban y venían y andaban á su lado de acá para allá; y no

faltaban curiosos, como yo, que le contemplaban desde cierta distancia

respetuosa; pero de nada de ello parecía enterarse él, cuya mirada,

profundamente melancólica, se desvanecía en lo invisible... Ni un

gesto; ni la contracción más ligera de un músculo de su cara lívida,

algo inclinada al pecho; ni la más leve señal de que latiera la sangre

en sus arterias. Era la verdadera estatua del desconsuelo, de las

grandes melancolías, del mayor de los desamparos. En esto cayó á sus

pies un saco á medio henchir, con la boca amarrada con un cordel. Era

su _petate_: los cuatro guiñapos de su equipo. Tampoco se fijó en

ello. ¿Para qué, ni aunque el saco hubiera estado lleno de perlas y

diamantes? Porque era indudable que aquel hombre conocía entonces la

terrible verdad, ó por habérsela revelado en el camino indiscreciones

como la del muchacho de marras, ó porque la adivinaba ó la presentía.

Era incompatible con la menor esperanza de vivir, aquélla su imponente

expresión de desconsuelo: sólo la certeza de que le conducían á la

muerte, y en un cadalso afrentoso, podía imprimir en su naturaleza

medio salvaje aquel sello de acerbísimo dolor moral, devorado por la

conciencia de merecerle... Y en derredor del desdichado, como dispuesto

por la crueldad de su mala fortuna, si es que no lo disponía la

justicia de Dios para mayor castigo suyo, ¡qué espectáculo! Nunca he

pasado por allí sin detenerme largo rato para dársele á mis ojos por

recreo; pero no recuerdo haberle visto jamás tan admirable como le vi

en aquella tan señalada ocasión; y es que rara vez se logran, en esta

tierra de los celajes grises y de los húmedos vendavales, un cielo tan

limpio, tan azul; un sol tan vivo y resplandeciente, y una tranquilidad

y un reposo en la naturaleza, como aquel día. Abajo, en el llano,

empalmando con el breve recuesto que da acceso á la estación, el largo

arrecife entre alamedas, robledales, praderas y caseríos; más allá, al

fin de la alameda, la masa roja de los primeros tejados de la villa que

da nombre á la estación, la segunda capital de la montaña, no sólo por

su riqueza, sino por su hermosura: la reina y la señora de la admirable

vega, en uno de cuyos contornos asienta el trono de su señorío; después

de la vega, que se pierde de vista á derecha é izquierda entre montes y

cerros, la cuenca del río entoldada de espesa vegetación, entre la cual

se destacan las notas blancas de los pueblecillos ribereños; luego otro

valle, más bien adivinado que visto á través de las manchas diáfanas

del arbolado desnudo y de las veladuras del humo blanquecino arrojado

en espirales por las chimeneas de las barriadas; y á un lado y á otro

de estos valles deliciosos, más sierras y más montes escalonados y

sarpullidos de aldehuelas... hasta que termina y cierra el panorama por

aquel extremo un monte pedregoso que sirve de barrera, por el norte,

á las aguas inquietas del océano, y por el oeste, erguidos sobre una

gradería de altos y negros montes, los dos colosos de la cordillera

cantábrica: Peña Sagra y los Picos de Europa, ya cubiertos de nieve,

iluminados de frente por el sol y recortando los gallardos florones de

su corona con el intenso azul del cielo.

Pues en este espectáculo, siempre nuevo y admirable para mí, hallaba yo

aquella mañana un atractivo singular que, en definitiva, me mortificaba

mucho: por de pronto, el contraste que formaba su hermosura, convidando

á regocijarse y á vivir, con el estado moral de aquel hombre que le

tenía tan cerca, sin reparar en él, ó sin atreverse á mirarle; pero

singularmente porque en lo más grandioso del cuadro, en uno de los

repliegues de la falda de los Picos, estaba el término de su viaje:

allí había nacido, allí había cometido el crimen, y allí había de

expiarle por la mano del verdugo. Por embrutecido que tuviera el

entendimiento, era imposible que no le hubieran entrado en él estas

reflexiones al fijar la vista un instante en aquel lado del panorama,

ó al saber que, desde el punto en que se hallaba, le tenía delante

de los ojos; y á poco que se le fueran eslabonando las ideas en el

cerebro, había de asaltarle la visión de su hogar y de los seres que le

habitaban; pensaría que eran sabedores de su viaje y de lo que había

de acontecerle en cuanto le terminara, y los vería á todos huyendo

en busca de un escondite fuera del lugar: un agujero, una caverna en

el monte, para ocultarse y morir allí de dolor y de vergüenza. Si no

pensó entonces de este modo aquel criminal, yo lo leí en su cara, cuya

expresión se acomodaba exactamente á estos pensamientos; y por eso, por

lo que padecería él pensando de ese modo, padecía yo al poner los ojos

en lo que tantas veces me los había recreado; y hubiera preferido á

aquella luz tan brillante, á aquella augusta placidez de la naturaleza,

á aquellos aromas vivificantes de la húmeda tierra acariciada por el

sol, á aquel cuadro, en fin, tan despertador de todos los alicientes

más nobles de la vida, un día ceniciento y borrrascoso, de los que

menos influyen en las imaginaciones adormiladas y en los entendimientos

incultos. ¿Quién duda del poder que ejercen los agentes externos en el

ánimo de ciertos hombres... y aun en el de toda casta de ellos?...

Andando en estas y otras meditaciones análogas, y sin apartar la vista

del reo, que tan profundamente me iba contaminando de sus tristezas,

enderezóse de pronto, como si saliera de un letargo, y, al mandato de

los guardias que le custodiaban, rompió su marcha con paso firme hacia

la puerta de salida, á la cual me acerqué yo para verle más de cerca.

Fuera ya de la estación, no le condujeron por la carretera que de ella

arranca en dos ramales curvos, sino á campo travieso por el serrato

intermedio, que entonces estaba en abertal. Desde mi observatorio le

vi bajar á buen paso y saltando matorros alguna vez, y le seguí con

la vista hasta que desapareció entre los edificios y bardales del

entrellano. Entonces recordé que me esperaba el carruaje; monté en

él, con el pensamiento fijo tenazmente en aquel desdichado; y al cabo

de media hora llegué á mi casa, sin perder la visión del criminal con

las manos atadas, pálido y angustiado el semblante, y de pie é inmóvil

entre el jardincillo de la estación y el tren que nos había conducido á

los dos.

¡Cosa rara! Desde que supe que viajaba con él hasta que desapareció de

mi vista en el camino de T..., ni una vez sola puse la consideración

en el crimen que había cometido: siempre fueron sentimientos de

lástima los que me inspiraron su recuerdo ó su presencia. El corazón

humano es así, más propenso á compadecerse que á castigar delante de

un delincuente arrepentido. Y lo cierto es que en la necesidad de que

flaquee en algún sentido: ese órgano, que, en opinión de un grande

hombre que fué á la vez un gran tirano, es el que gobierna el mundo,

más vale que flaquee de ese lado. Digo esto, porque precisamente por

ello, ó por algo semejante, comencé yo, al cabo de algunas horas y en

las soledades de mi huerto, á ingerirme en otro orden de ideas para

descargar el espíritu de aquella fatigosa obsesión compasiva.

¿Merece ese hombre--llegué á preguntarme,--los malos ratos que me

está dando? ¿Puede concebirse nada más abominable ni más merecedor

del castigo que le aguarda, que el crimen que cometió? Bien está la

misericordia, y hasta es de ley divina en todo corazón cristiano; pero

¿y la justicia? ¿y aquella pobre víctima tan bárbaramente sacrificada?

¿y aquella alevosía y aquella ferocidad más propias de un tigre que de

un hombre? ¿Qué derecho tiene á la vida el que mata á sangre fría y

por lujo de maldad? ¿No se persigue hasta el exterminio á las fieras

que hacen eso? ¿Y no son fieras los hombres en tales casos? ¿Y la

ejemplaridad del patíbulo, y...? En fin, que insensiblemente me fuí

colando en las sinuosidades de la sempiterna disputa sobre la pena de

muerte, cosa que no era de mi gusto, y por eso torcí de rumbo en cuanto

caí en ello; porque lo que yo necesitaba entonces con urgencia no había

de hallarlo entre la seca y fría argumentación del raciocinio, sino

en las fuentes espontáneas y generosas del sentimiento. Con esta bien

fundada esperanza, me puse á reconstruir en la imaginación el crimen

_de autos_, tal como le conservaba en la memoria, y constaba en ellos

bien comprobado y hasta referido por el mismo criminal.

Cierto día, un convecino suyo, hombre ya muy entrado en años y padre

de varios hijos, fué á vender no sé qué frutos en su carro de bueyes

á una feria que se celebraba en otro pueblo de la misma comarca. Un

camino solitario y muy _asomado_ con frecuencia á grandes precipicios,

separaba á los dos pueblos. De vuelta de la feria este hombre, al

anochecer y con el carro vacío, le salió al encuentro, en uno de los

parajes más desamparados del camino, el mocetón de mi historia, su

amigo y convecino, nunca sospechoso á nadie, y muy á menudo objeto de

las zumbas de muchos, porque, si pecaba de algo, era de bobalicón y de

zángano. El caso fué que los dos convecinos se saludaron á su modo, y

hasta empezaron á entrar en conversación, á carro parado. De pronto

el mozallón descarga un tremendo garrotazo en la cabeza del feriante

y le tiende en el suelo, donde acaba su labor machacándole el cráneo

con dos piedras. Después le registra los bolsillos; encuentra en uno

de ellos el puñado de dinero que le había valido «su pobreza», y, por

último, arroja el cadáver, sangriento y palpitante aún, al precipicio

inmediato. En seguida se encarama en la _pértiga_ del carro, husmea

y rebusca con los ojos y las manos entre la hierba esparcida sobre

el tablero, y no halla otra cosa que los restos de la merienda de su

víctima: unos míseros fiambres y unos mendrugos de pan envueltos en un

pañuelo; apodérase también de estos relieves mezquinos, y se los come

tranquilamente, sentado, á su comodidad, en la rabera de la _pértiga_.

Cuando no queda ni una hebra ni una miga de todo ello, se endereza,

arrea á los bueyes para arrimar al _asomo_ el carro; y después que

lo ha conseguido, aplica á la rueda del otro lado todas las fuerzas

de su corpazo, y le vuelca sobre el precipicio. Con esta precaución,

considera borradas las huellas de su crimen. Un carretero despeñado en

el fondo de un derrumbadero, y su carro volcado en lo alto y pendiente

del yugo de los bueyes parados á la orilla, no son cosa del otro jueves

en aquellas regiones escabrosas: el espanto repentino de una bestia,

yendo dormido su conductor, basta y sobra para ocasionar una desgracia

semejante. Y con esto se volvió, libre de toda intranquilidad y de toda

pena, á su pueblo y á su casa.

¿Cuándo ni por qué había surgido en su mollera brutal el pensamiento

de aquella salvajada espantosa? Porque tras de no tener agravio

alguno que vengar en su infortunado convecino, no ignoraba el escaso

valor de lo que éste había ido á vender, ni tenía la menor necesidad

de apoderarse de ello, porque era hijo de familia y no carecía de lo

indispensable en su casa. ¡Temeroso misterio, bien digno, ciertamente,

de ejercitar en él todas sus fuerzas inductivas esos señores que tanto

saben de pesos y medidas de cuerdos y desequilibrados! Á mí nada se me

alcanzaba en tan abstrusa materia, y todo me volvía buscar términos

de comparación fuera de la especie humana, porque dentro de ella no

recordaba uno solo.

Pachín González · 第 10 / 13 段