--Muerta la carretería en cuanto el tren anduvo de veras, cosa que ni

viéndola podía yo creer, ná se me amañaba en casa, ni descurría ónde

ganar una peseta... la peseta, ¡cutres! la peseta que hace falta en el

arca del probe pa el tercio que cae, pa el vestío nuevo, pa la media

suela... ¡ajo! pa lo que no da la tierra de por sí, por mucho que se

ajonde en ella. Por remate de fiesta, las parejas de porte, como ya

no los había, abajaron un espanto, y tuve que vender en ochenta lo

que me había costao ciento y más. De esa probeza pagué los empeños

en que estaba; y si no me quedé á esquina, como _los marinos_, jué

porque nunca eché como ellos, de un solo golpe, too el tocino en la

puchera. Pero quebrantao, eso por la metá del eje, más que menos...

¡Ajo! sacabó el cantar, sacabó el respingo y sacabó la vida alegre.

Anochició de repente pa mí, y no ha güelto á amanecer hasta la hora

presente... Ni amanecerá, cutres, ni amanecerá hasta que las cosas

güelvan aonde deben golver... Y golverán, ¡ajo! porque es de ley, y

pa hacer josticia está Dios en los cielos. (_Pausa larga_). El golpe

jué de muerte, créalo usté, pa mí y pa muchos, ¡ajo! pa muchos que le

lloraron y le lloran como le lloro yo. Hombre hubo de ellos... eso

es doler en lo vivo... y eso es ser hombre, ¡ajo!... campurriano era

y amigo mío fué, gran carretero, anque de llano: de Alar á Reinosa.

_Neles_ le llamaban, por llamarse Nel, como á mí Cutres por esta maña

que siempre tuve de decirlo tan á menudo, sin saber por qué ni poderlo

remediar. Digo que se llamaba Neles[4], y quizaes lo sepa usté, porque

el caso hasta en papeles anduvo. Pos este campurriano cogió tal duda

y tema al tren recién estrenao, que una noche le salió al encuentro

allá en su tierra, y, ahijá en mano, se empeñó en _tichale_ atrás.

El hombre, es claro, quedó hecho una torta allí, lo que se llama

una torta, ¡ajo! pero la voluntá jué vista, y la muerte con honra:

cutres, con muchos hombres como él, á ver si nos entraban moscas á la

presente... Pero ¡mi güela!... Los días pasaban, y de malo á pior. En

estas jonduras negras, ná me salía por derecho, y too lo juí viendo

patas arriba, como Pateta me lo arreglaba, por remate de la obra de

los herejes del tren. Murióseme la mujer, casáronseme los hijos y

quedéme solo en casa, solo en el lugar, y aticuenta que solo en el

mundo entero. ¿Qué me iba ni qué me venía ya en toas las cosas de él?

Otros los pensares, otros los sentires de las gentes, otro el vestir,

otro el calzar, otro el peso, otra la medía... ¡ajo! hasta el dinero

jué otro de la noche á la mañana. Ahí están esas _décimas_, que en los

jamases pude entender. ¿Quién las trijo? ¿para qué sirven, si no es pa

golveme loco en ca peseta que me cambean? ¡Ajo! á mí, á Cutres, que era

un viento pa sacar las cuentas de cuartos-riales... Pos ya, ni riales

ni cuartos... ni cuentas que sacar, ¡ajo! si no es la que han de dar

á Dios los desalmaos que tienen la culpa de lo que pasa de estonces

acá... Por explayarme un poco, aunque me rebajara en ello, eché un

porte el mes pasao con fierro pa los Corrales, cosa de un señor tocayo

de usté, á lo que supe, bien trisnao de estampa y parcialote de genial,

la verdá sea dicha. Veinticinco años largos hacía, ¡cutres! que yo no

pisaba aquel camino, de la villa pallá. ¡Ajo! ¡Nunca yo hubiera caído

en la tentación de golver á pisale! ¡Qué soledá la suya! ¡Qué caserío

aquél tan sin sustancia, que nunca se había visto allí! Y aquellos

portalones tan largos, de otras veces, viniéndose á tierra quebrantaos;

y las tabernas pegantes, punto menos, con ortigas en la puerta cerrá,

y bardas y jalechos en las rejas de la ventana podría... ¡cutres! daba

vergüenza miralo; y por no ver afrentas como ellas, me emboqué en el

carro, cogí el sueño y no disperté hasta los Corrales... Estando allá,

pasó _él_... él mesmo, ¡ajo! con un runflar, y una jumera, y un tronío

fantesioso... ¡ajo! lo mesmo que si juera suya y no de nusotros la

tierra que iba pisando... ¡Cutres! si le caeron la metá siquiera de las

maldiciones que le eché, no llegó á Bárcena sin despeñarse, ¡ajo!...

¡Pos dígote la ciudá! Yo conocía el muelle canto á canto y casa á casa.

De punta á punta no cabían los carros en él; los picos de los sacos

de harina asomaban por las ventanas de los escritorios, y la mar se

acanzaba con la mano en toas partes. ¡Ajo! vete á verle hoy; de puro

largo, se pierde de vista: búscame el carro, búscame el almacén...

búscame la mar, que no se acanza á ver por nengún lao, como si la

hubieran sorbío los herejes del tren; y tómate portales como iglesias,

y tómate tropeles de birlochos disparaos... Respetive á lo del pueblo,

bien lo sabe usté. Yo soy allí el forastero. Ni caridá pa mis años, ni

josticia pa la poca hacienda que me queda. ¡Ajo! esto es el Evangelio.

Jurga de acá, jurga de allá; quiero defenderme y defender lo que es

mío, y luego resulta, ¡cutres! que tampoco rige ya pa mí la ley que

ampara á los demás. ¡Ajo!

--Pero, hombre--díjele aquí, á riesgo de echarlo todo á perder,--si

desea usted vivir en paz con sus convecinos, ¿por qué no toma como

ellos, y como todo el mundo, las cosas conforme son y los tiempos como

vienen? ¡Cuantísimas veces se lo tengo aconsejado á usted!

--¡Ajo!--me respondió dando en el suelo un tremendo garrotazo--tantas

como he respondío yo que no puedo amañarme con esas cosas ni con esos

tiempos; y que quiero que cuando güelvan los míos me alcuentren en

el mesmo ser y estao en que me dejaron, ¡cutres!... ¿Acabó usté de

entendelo?

--Sí, señor--le respondí para concluir de una vez, aunque fuera á

linternazos;--y porque lo tengo bien entendido, no me sorprende lo que

le pasa á usted tan á menudo... por necio, por cabezón, por... Vamos á

ver--añadí, sin pizca de temor á los visajes que hacía Cutres, picado

ya de la barbarie ciega que le estaba acometiendo,--¿á qué ha venido

usted hoy?... digo, ¿por qué ha venido? ¿Cómo se ha resuelto usted á

hacer hoy lo que no ha hecho en tantos años, sin que haya un motivo

especial que lo justifique?

Se desbordó el hombrazo para responderme; se desbordó como en los

accesos más impetuosos de su atrabilis. Las primeras oleadas no fueron

más que estruendo y algún ajo que otro perceptibles. Trasteándole con

paciencia y con cuidado, logré averiguar que había venido porque,

al decir de su vecino _Güétagos_, el alcalde no iba á Ceuta ni el

gobernador á la cárcel, porque yo estaba pasteleando con los dos, y

«quizaes» trabajando para comernos entre los tres la «probeza» que le

quedaba á él, á Cutres. En otros tiempos me hubiera dado la queja por

el correo; pero, tras de haberle llegado muy al alma la noticia, de día

en día se iba encontrando «menos amañao pa el relate» por escrito y el

manejo de la pluma. Además, le había asegurado _Güétagos_ que eso del

tren andaba de mal en peor, casi á punto de fenecer; y como yo tardaba

en ir por allá, se había resuelto él á venir para «tomar lenguas antes

con antes, y según era debido», sobre cosa de tanto bulto.

Armándome de paciencia, comencé por afirmarle que todo «lo corrido»

sobre el tren, era la pura verdad: no podía ya con el rabo, le

consumían las deudas y las desazones, y á la hora menos pensada dejaría

de rodar, y volvería á imperar la carretería como en los tiempos de sus

mayores pompas. Súpole como á gloria lo afirmado por mí, y á cuenta de

este alegrón, le di sobre el otro caso una recorrida de las buenas, por

necio, por irracional y por desagradecido.

Me falló la cuenta, porque borrada la primera impresión con el escozor

de la segunda, se puso que ardía; y ardiendo estaba, á su manera,

cuando, por haber sonado de repente el timbre del teléfono, que estaba

á media vara y casi á plomo de su cabeza, le vi enmudecer y contraerse

todo, revolver los ojos azorados, hundir el pescuezo entre los hombros,

y, por último, esparrancarse y salir, hecho un ovillo, de la butaca,

para mirar desde _afuera_ hacia el punto en que se producía aquel

estrépito, que continuaba á más y mejor, mientras yo me complacía en

estudiar sus efectos de asombro, de sorpresa y hasta de pánico, en la

naturaleza medio salvaje de Cutres.

Acerquéme al fin al aparato, y pregunté quién me llamaba.

Respondiéronme que del gobierno civil. Un instante después se ponía al

habla conmigo el amable funcionario que entendía en el expediente más

agrio de los tres que tenía _durmiendo_ Cutres por acá.

--¿Qué ocurre?--le pregunté.

--Que acabo de hojear otra vez el expediente de marras, y que cuanto

más le examino, más me convenzo de que no basta con _dormirle_, sino

que es preciso _matarle_.

--¿Por qué?

--Porque hay en él horrores de desacato; y si un día llega á moverle

cualquiera, va á presidio esa bestia de hombre á quien usted llama

Cutres, y tanto nos da que hacer.

--Hágame usted el obsequio--repliqué al funcionario, por haberme

asaltado de pronto una idea,--de esperar unos instantes, sin apartarse

del teléfono.

Dicho esto, me volví hacia Cutres, que iba de asombro en asombro, y

parecía un jabalí acosado por los perros. Mandéle que se acercara, y no

quiso á la primera. Al cabo se acercó, recelosote y gruñendo.

--Tome usted esto--le dije descolgando el otro auditor,--y póngasele al

oído, como yo.

El hombre cogió _aquello_, como si quemara: lo sopesó, lo palpó y hasta

lo olió; pero no acababa de arrimarlo á la oreja. Tuve que hacerlo

yo por él; y cuando le dejé convenientemente colocado (con la boca en

dirección opuesta al micrófono, por lo que pudiera _tronar_), llamé

otra vez al funcionario, el cual me respondió al instante. Por rara

casualidad, aquel día _andaba_ el teléfono tan sutil, que se oían hasta

las respiraciones.

--¿Tiene usted la bondad--le supliqué,--de repetirme lo que me dijo

antes sobre el expediente ése y sobre el interesado?

--Con mucho gusto--me contestó, llegando el asombro de Cutres hasta el

espanto convulsivo al sentir el cosquilleo y el sonar de estas palabras

en su oído.--Pues digo que cuando quiera que ese expediente se mueva,

irá á presidio el irracional y testarudo causante, esa acémila llamada

Cutres.

--Está bien--respondí,--y ya me veré yo con usted. Entre tanto, adiós y

muchísimas gracias.

Mientras yo hablaba así, había temblado el aparato al soltar Cutres,

enfurecido, el auditor; retumbaban en el despacho sus mugidos y sus

pataleos; y disparando por andanadas las interjecciones más crudas y

soeces, paseaba la vista sanguinolenta por todos los rincones de la

estancia.

--¡Ajo!--bramaba;--¡que dé la cara ese pillo que me falta, y ha

escondió usté por ahí!... ¡De mí no se burla él, cutres, ni la tal de

su madre... ajo!... Estos son los hombres, ¡cutres! éstos los amigos,

¡ajo!...

Viéndole taladrar con los ojos la pared en que se colgaba el aparato

telefónico, apresuréme á abrir la puerta falsa que hay en ella para

comunicación con la pieza contigua.

--Vea usted. Aquí tampoco hay nadie escondido.

Asomó la cabezona un momento, y volvió á retirarla.

--No dude usted que esa voz venía de la oficina...

Y aquí traté de explicarle lo que era un teléfono. Como si se lo

explicara á un adoquín. Volvió á meter la cabeza por el vano de la

puerta falsa, temblándole todo el cuerpo y balbuciendo atrocidades.

--Entre usted más adentro, y se convencerá mejor,--le dije empujándole

un poco por los riñones.

--¡Ajo!--me respondió, largándome una patada que no me alcanzó;--no es

esta puerta la que yo busco.

--¿Cuál es la que usted busca?

--La del rey, ¡ajo! la de la calle, porque me ajuego en este ujero,

¡onde me vilipendian, cutres!...

--¡Ah! entonces por aquí,--le dije, enseñándole el camino por el cual

había venido.

Siguióme zumbando, como tormenta lejana; abrí la puerta de la escalera,

y salió. Quise allí templarle un poco, desengañarle... ¡Qué cosas

dijo! ¡Cómo me puso mientras bajaba, con un estruendo de pisadas, de

garrotazos y de palabrotas, como si rodara algo duro, pesado y hueco,

de peldaño en peldaño!

¡Ajo... los pillos! (¡Pum!) el saqueo del probe... (¡Pum, pum!) con

zumba y vilipendio á más que más, ¡cutres!... (¡Pum... pum!) No me

engañaba _Güétagos_, no. (¡Pum, pum!) ¡Ajo, qué razón tenía!... unos

apañando... otros encubridores. ¡Pior que los del pelo rojo, esos

herejes del tren! ¡Cutres, qué ladronera! (¡Pummm!) ¡Mal rayo... por

los riñones! ¡Ajo! (¡Pummm!)

Hasta que salió á la calle no cerró boca ni yo dejé de oirle. Pero ¡con

qué gusto mío, porque se largaba y me dejaba en paz... hasta la primera!

Estoy seguro de que en cuanto llegó á casa y se le pasó el berrinchín,

se puso á armar otra. Pues verán ustedes cómo me _la consulta_ en

cuanto me coja «por allá», y en la que me va metiendo poco á poco, por

la obra caritativa de «sacarle avante» á él.

No lo _podemos_ remediar.

NOTAS:

[4] Héroe de un hermoso cuadro de _costumbres campurrianas_, de D.

Demetrio Duque y Merino.

POR LO QUE VALGA

[Ilustración]

POR LO QUE VALGA

También yo, aunque lego, voy á echar mí cuarto á espadas, ó si se

prefiere, porque encaje mal cuanto se parezca á broma en un caso tan

serio, á poner la pluma en el que han sacado á relucir en las columnas

de _El Atlántico_ dos entusiastas y distinguidos redactores de él,

en los números correspondientes al sábado y el domingo últimos[5].

En el primer artículo se trata la cuestión, con la autoridad y la

lucidez de un experto criminalista, doctrinalmente y con el más alto

é independiente espíritu de crítica; en el segundo, sin perderse de

vista este aspecto de la cuestión, se apela al sentimiento público

con hermosos arranques de generosa piedad, á favor del reo condenado

á muerte por esta Audiencia, en el juicio oral celebrado ante ella

pocos días hace. Ambos escritores afirman, y afirman la pura verdad,

que fué hondísimo el sentimiento, y más grande aún la sorpresa que

recibió el público al conocer ese terrible fallo del Tribunal de

Derecho. Natural es lo del sentimiento en este triste caso y en otros

de igual linaje; pero ¿qué hay de anómalo, de irregular ó de raro en

este negro proceso para que la extrañeza haya sido tan grande como la

conmiseración entre las gentes que teníamos fija la atención en él, no

tratándose de un criminal á la usanza de los famosos del día, sino de

un obscuro, vulgar y embrutecido presidiario, extraño en todo y por

todo á la tierra montañesa y jamás visto de nadie aquí? Según los dos

escritores mencionados, según lo que pudo verse y estimarse en lo que

tuvo de público el juicio oral, cuya parte más larga y minuciosa, por

lo que había en ella de escandaloso y repulsivo á la moral, se celebró

á puertas cerradas, la inconcebible exigencia de un precepto legal

absurdo, que obligó á tres dignos y rectos magistrados á ser, antes que

jueces justicieros, hombres de ley inexorables.

Esto es lo que principalmente ha conmovido á la conciencia pública,

lo que tanto ha dado que hablar á doctos y á legos en la ciencia del

derecho penal, y lo que me excita y arrastra ahora á mí, que ni soy

jurisconsulto ni entiendo una palabra en el arte de desentrañar textos

ni de aplicar artículos del Código, á verter á la buena de Dios, en

media docena de cuartillas que huelgan sobre mi cartapacio, un puñado

de reflexiones vulgares, para desahogo y expansión del sentimiento que

me ha correspondido, como parte mínima é insignificante que soy de ese

público conmovido y asombrado. Al fin y al cabo, y tomada la cuestión

en el punto en que ahora se halla, no se trata ya de ningún problema

jurídico, sino de una simple obra caritativa, para entender en la cual

el sentido común y un corazón sano bastan y sobran por títulos de

suficiencia.

Juan Oller cumplía en el presidio de Santoña tres condenas á la vez: la

más importante, por el delito de robo. Según declaración bien probada

de la defensa, ni una mancha de sangre se hallaba en la historia

criminal de este desdichado. Un matón, un baratero, procedente de la

cárcel de Cádiz donde estaba recluso por homicidio, y llegó á cometer

otro; pendenciero por índole, borracho además, díscolo y de infames

apetitos, era el gallo, el _cheche_ de todos los presidiarios de

Santoña; y de Juan Oller, por los atropellos nefandos de que le hizo

víctima y las amenazas de muerte con que le conminaba á cada instante,

una pesadilla horrenda. El mísero penado intenta varias veces hacer

uso de los irrisorios derechos que cree tener en aquel antro de

tristezas y de abominaciones, para verse libre de la tiranía que le

espanta; y sólo consigue con estas ociosas tentativas, encender las

iras irracionales del tirano. El miedo y la vergüenza llegan á quitarle

el sueño y á enloquecerle; vive de día y de noche aterrado por la

visión incesante de aquel monstruo que le llena de oprobios y esgrime

ante sus ojos azorados la tremenda faca avezada á ensangrentarse en

el corazón de tantos infelices. Una madrugada de agosto último, tras

una noche pasada entre los horrores de estas visiones, Juan Oller sale

despavorido de su cuadra, penetra en la de su perseguidor, hállale

tendido en su camastro y envuelto en una sábana; y sin considerar que

pueden verle otros ochenta presidiarios que yacen de idéntico modo á

lo largo de la cuadra, se lanza sobre él y le cose á puñaladas. Muchos

le vieron cometer el crimen; nadie se cansó en salir á la defensa de

la víctima, ni siquiera con una frase de amenaza ó de súplica. Todos

le aborrecían, y muy pocos eran los que no tenían algún agravio que

vengar de él.

Esto resulta del luminoso resumen hecho por el dignísimo presidente de

la Sala; de lo que se sabe de las declaraciones prestadas por el reo

y los testigos; de la brillantísima y á todas luces magistral defensa

hecha por mi joven amigo don José Zumelzu, honra ya del foro español;

del minucioso y, desde su punto de vista, concienzudo informe fiscal;

de los fundamentos de la sentencia, etc., etc,; y tal es el crimen por

el cual Juan Oller ha sido condenado á muerte, crimen abominable y

horrendo, como todos los crímenes; pero en medio de todo, de tal casta

por las singularidades de su génesis, que el hombre más honrado, puesto

con la imaginación, por un instante, en lugar del criminal, si es

posible una hipótesis semejante, aun forzando las repugnancias hasta el

último extremo, quizás llegara á pensar que él hubiera hecho lo mismo.

Juan Oller, no hay más que verle, es de la madera de los criminales;

pero no de los que matan por lujo de matar: su educación, ó sus

instintos... ó lo que sea ese móvil misterioso y fatal que arraiga en

determinadas naturalezas como ciertas plantas viciosas en el fango

de las charcas, le impelen al robo. También esto era sabido aquella

tarde, por lo que resultaba de los autos y del juicio y hasta de los

antecedentes que investiga con rara diligencia la curiosidad vibrante,

en ciertos casos excepcionales, y lo sabía yo también antes de leerse

el fallo que produjo en Juan Oller aquel estremecimiento indescriptible

de que nos habla en su artículo _Pedro Sánchez_, y aquella palidez

cadavérica... y aquellas lágrimas silenciosas que pudimos observar los

más cercanos.

Sabía yo, amén de esto, porque acababa de leerlo en los periódicos,

que se había absuelto, _por segunda vez_, en Madrid, á un hombre que,

deshonrado, atormentado y escarnecido por su mujer, la había dado

muerte, á puñaladas, mientras dormía á su lado, en el mismo lecho

que tal vez fué, en mejores días, nido de amores para entrambos. Con

mi sentir de lego en la materia, el mismo caso de Juan Oller... Y á

Juan Oller, con todas las mencionadas atenuantes, y con un veredicto

del jurado que las tomaba en consideración, y que por ello, en mi

profano entender, resultaba absolutorio en definitiva, se le condena á

muerte por el Tribunal de Derecho, como lo pedía la acusación fiscal,

ajustando su criterio á los preceptos y á la letra descarnada de una

ley dura, terrible, absurda, pero ley al cabo, y obligatoria para los

jueces encargados de aplicarla. En una palabra, á Juan Oller se le ha

condenado á muerte porque ha cometido el crimen siendo presidiario

_no arrepentido_ de sus delitos anteriores. Es decir, que con ese

mismo crimen y ese mismo Código y ese mismo Tribunal, Juan Oller, en

libertad, hubiera sido castigado con menos rigor, y tal vez absuelto.

Esto es lo singular y lo más llamativo, para el público en general, de

éste ya fallado proceso.

¡Ah!... ¡qué noche tan tremenda debió pasar el mísero condenado, á

solas con sus pensamientos, más negros que la obscuridad pavorosa de su

calabozo, sin otros ruidos para distraerle de la visión del patíbulo,

que el siniestro tintinar de su cadena á cada latido de su corazón, á

cada estremecimiento de sus carnes!

«Bien está--se diría, allá á su manera ruda y salvaje, pesando y

midiendo las cosas en su cerebro atrofiado y sintiéndolas en el

fondo del corazón, por muy relajadas que tenga las cuerdas del

sentimiento.--Bien está esa ley que exime de responsabilidad á

un hombre libre, y á mí, porque soy presidiario sin pruebas de

arrepentimiento, me manda al patíbulo. Habrá sus razones hondas, muy

hondas, para que el legislador lo haya dispuesto así; pero mirado

todo con el sosiego y la prudencia que debe mirarse en casos como

éste, para que la ley se cumpla sin faltar á la justicia, ¿quién es

el responsable de que yo no haya dado en el presidio esas pruebas de

arrepentimiento que se me piden para salvarme la vida? ¿Se me ha puesto

á mí en condiciones de enmendarme, ni de intentarlo siquiera? Si el

presidio ha de ser un lugar de corrección á la vez que de castigo, ¿por

qué no impera allí la misma ley que me condenó, para protegerme contra

los riesgos de delinquir nuevamente? ¿Por qué en el presidio tienen

todos los vicios, todos los crímenes y todas las maldades absoluto

imperio y señorío? ¿Por qué no hay allí otra ley ni otra voluntad que

la del matón desvergonzado? ¿Por qué el jugador tiene barajas, y el

borracho licores, y el estafador víctimas y cómplices dentro y fuera

del local, y por qué, hombres de ley, cuando yo quise matar, hallé el

cuchillo que necesitaba? ¿Conoce el legislador, conoce el Estado, el

poder infeccioso de tanta podredumbre encerrada en tan angosto recinto?

Y conociéndole como debe conocerle, porque está obligado á ello, y

siendo evidente que un santo se corrompería allí, ¿cómo quiere que se

corrijan en el mismo lugar los hombres que, al entrar en él, han sido

ya criminales? De manera que lo que en buena justicia debiera servirme

para atenuación de mi delito, se ha estimado como agravante, y con

la misma ley que pudo haber absuelto al más depravado de los hombres

libres, se me condena á mí al patíbulo porque soy un presidiario

que no ha hecho el milagro de corregirse viviendo en una atmósfera

criminal, no por mi gusto, sino por imperio de la ley que allí me puso,

y aquiescencia del Estado que no purifica esos lugares de corrección.

Podrá, en fin, haber sido legal la sentencia que me condena á muerte;

pero de justa, ¿qué tiene, Dios piadoso y justiciero?».

Si el desventurado Juan Oller no pensó de este modo aquella noche,

porque no cupieran tan sencillas reflexiones en la pequeñez de su

cerebro, ó por tenerle perturbado bajo el peso de su desdicha, muchos

lo pensamos por él...

Parece ser también que si se hubiera demostrado, de un modo

_concluyente_, que Juan Oller había matado á su verdugo impulsado por

un _miedo insuperable_, el Tribunal le hubiera absuelto. ¡El miedo

insuperable! ¿Dónde comienza él, y dónde acaba el otro miedo? ¿Quién

es el guapo que se atreve á echar la raya entre los dos, sin recelo

de equivocarse? En el cúmulo de impresiones de ira, de vergüenza,

de zozobra, de espanto, que dominaban á la víctima de tan varias,

tan frecuentes, tan terribles y nefandas iniquidades, ¿qué alambique

psicológico puede dar la condición exacta, la naturaleza inequívoca del

miedo que puso el hierro homicida en manos de Juan Oller? Es triste,

muy triste y muy desconsolador, que en nuestras leyes penales, para

hacer justicia en casos de tanta gravedad como éste, haya distingos,

tan peligrosos en su aplicación, como los dos que mandan al patíbulo

al presidiario de Santoña, si el recurso entablado por la defensa no

produce en el Supremo los resultados que parecen de justicia, á la luz

de toda conciencia honrada.

Y si por la tiranía de la misma ley, por el absurdo de sus preceptos

terminantes, se vieran aquellos jueces, cuyos fallos son inapelables,

en la dura precisión de dejar las cosas como quedaron aquí, álcese el

clamor que, por anticipado, se ha pedido ya en _El Atlántico_, con

el piadoso fin de que lo que se ha negado por justicia, se conceda

por misericordia. Al cabo, en Juan Oller, aunque degradado y mísero,

hay un alma inmortal que puede, por decreto de Dios, purificarse y

redimirse en medio del cenagal de un presidio; y España es un pueblo de

cristianos.

1890.

[Ilustración]

NOTAS:

[5] _El Atlántico_, 16 de abril de 1890.

EL REO DE P...

[Ilustración]

EL REO DE P...

Pachín González · 第 9 / 13 段