casa (y llegan cada día desde los de mi mocedad) á la hora y en
las ocasiones menos á propósito para entender yo con paciencia en
los roñosucos «particulares» que los sacan del lugar: por lo común
«expidientes» que «no corren» en estas oficinas; diferencias sobre
intereses con el convecino; juicios en apelación al juzgado de
primera instancia; cartas de recomendación para el preste Juan de
las Indias, ó para el mismo príncipe de los apóstoles, portero de la
gloria celestial, «motivao al muchacho que anda por los mundos» y
desea mejorar de fortuna, ó á «la defunta que fallició» la víspera y
pudiera, «con un buen empeño», verse libre de las penas del purgatorio;
á menudo, porque la _cogecha_ ha sido mala, el perdón de la renta ó el
anticipo «pa salir avante del mayor apuro á la presente»; la fianza
para aquello ó el consejo para lo otro, y así, por este orden, hasta
los pajaritos del aire ó los cuernos de la luna, porque, los benditos
de Dios, no se paran en barras, puestos á pedir lo hacedero y lo
imposible.
En todos estos casos, _relates_ eternos y digresiones interminables;
los puntos litigiosos, sacados á tenaza por mí; salivazos en el suelo,
tres libras de barro molido y estirado á pisotones sobre el hule, mal
herido, además, por las tachuelas de los blindados borceguíes, y una
humera, densa y asfixiante, del tabaco más malo que puede suministrar
la Dirección de Estancadas, puesta de intento á darlo de lo peor...
Vamos, que me cuestan un sentido, en todos conceptos, esas benditas
gentes, que, por remate y «finiquito», no me lo agradecen tanto así...
¿Agradecer dijiste? ¡Buenas y gordas! Gracias que no se me responda lo
que cierto compadre á quien yo ponderaba los sudores y congojas que,
en dos meses de brega, me había costado poner en claro un derecho suyo
desconocido en determinado centro oficial: «Si usté, al meterse en
lo que no le importa, supiera teclear como es debido, más pronto...
y mejor quizaes, hubiera sido el resultante». ¡Y lo había ganado
con costas, y yo le había servido á sus instancias y de balde... y
poniendo dinero encima! De veras: hay para pegarlos, muy á menudo.
Pues así y todo, sufro y estimo, ¡qué estimar? amo á esos «hombres de
allá», por el más sarnoso de los cuales me lío la manta al brazo á
cada hora, para habérmelas con el lobo mismo, como si la oveja fuera
de mi rebaño, sangre de mis venas, ó fibra de mis propias carnes; y
frecuento oficinas, y escribo cartas, y molesto á los amigos, y aburro
al más paciente y estimado de todos ellos, ¡yo que jamás he «incoado»
un expediente propio en ningún _centro_ del Estado, ni por asuntos de
mi pertenencia he dado los buenos días, en todos los de mi vida, al más
modesto funcionario!
Conste que no lo puedo remediar, y vamos al caso.
Pregunté qué hombre era el que me buscaba, y me respondieron que «uno
muy _oscuro_», que se llamaba no sabían si Blas ó si Juan, si Roque ó
si Gómez, porque el hombre _no se dejaba_ entender.
No caí en la cuenta por estas señales. Pedí algunas más, y á poco rato
me dieron estas otras:
--Dice que es _Cutres_.
¡Cutres! ¡Cutres en la ciudad! Lo menos hacía veinte años que Cutres no
ponía los pies en ella. ¿Qué río se había salido de madre, ó qué monte
se había _desborregado_ en el lugar? Porque, vistos los antecedentes de
Cutres, y conocidos como yo los conocía, se necesitaba un verdadero
cataclismo para hacerle salir de sus enroñecidos quiciales. De
cualquier modo, con la visita anunciada había para que me temblaran
las carnes; porque Cutres era de los hombres «de allá» que más me
daban que hacer. Siempre tenía en tramitación dos ó tres expedientes,
dos juicios de faltas «para el sábado que viene», y otros tantos en
apelación; y todo ello por ser Cutres el hombre más testarudo que
ha nacido de madre; por el condenado empeño de hablárselo todo él
solo, después de forjarse las cosas á su gusto en la empedernida
mollera. Oía ó soñaba el agravio, la reclamación ó el consejo; bajaba
la cabezona hirsuta, fruncía las cejas grises, cerraba los ojos
mortecinos apretando mucho los párpados... y allá va esa descarga de
sonidos broncos, desconcertados y feroces, intraducibles en ideas ni
en palabras. Se le llamaba á la razón con templadas reflexiones para
explicarle el caso, para que oyera, cuando menos. Peor. La interrupción
le cegaba más, y el zumbar de su palabreo incesante y confuso, llegaba
al mugido del torrente en el fondo de una sima. De tiempo en tiempo,
un estampido, una detonación, como si estallara algo allá dentro. Era
una interjección, ó una desvergüenza, ó una injuria: «¡Ajo!... ¡La
tal de tu madre!... ¡Ladrón!... ¡Saca-mantas!» Lo único que se le
entendía claro en sus tremendos desfogues; y como había testigos, y él
no escuchaba á nadie ni quería «volverse atrás de lo dicho», demanda
«al consiguiente», y á juicio verbal «el sábado que viene». Á este
tenor, sus negocios con el Municipio ó con la Hacienda; y expediente al
canto... y á mí con el mochuelo al otro día, de palabra si me hallaba á
la vera, ó, si en la ciudad, por el correo, en letras como perojos, que
parecían hechas con la ahijada, sobre papel de hilo barbudo, y cerrada
la carta con pan mascado.
¡Y este hombre había sido risueño y campechano, cantador y bailarín,
la alegría del lugar!... hasta que se acabó «la carretería». Desde
entonces, y por eso sólo, se hizo esquivo, lúgubre y desapacible, y
se declaró en guerra implacable con todo el género humano. El mundo
ya no _andaba_ para él, ni _las cosas_ que pasaban eran valederas ni
producían derechos para nadie. Todo estaba fuera de la ley, incluso el
tiempo, considerado por Cutres como una _suelta_, más ó menos larga,
que tendría su fin más tarde ó más temprano, llegado el cual, volvería
él á uncir... y hala con lo tuyo por el camino de siempre.
Pero la suelta duraba y duraba... y duraba, y el peso de los años que
corrían, aunque ilegales, iba quebrantándole los bríos, arrugándole el
pellejo y encorvándole los hombros. Él tenía fe ciega y tenaz en la
vuelta de las aguas al abandonado cauce; pero ¿cuándo sucedería eso?
Al paso que iba desmoronándosele la armazón, que fué de encina brava
en otro tiempo, cuando se tocara á uncir de nuevo y á preparar la
_mostela_, ¿tendría él agallas ya para subirla al carro?
Y esto le impacientaba y le consumía, y con ello iba haciéndose, de
hora en hora, más feroz é inaguantable.
Á la sazón de preguntar por mí, tenía por acá tres expedientes
_dormidos_ en los respectivos centros; expedientes forjados á su manera
sobre soñados atropellos del municipio de allá. Se habían dejado dormir
de propio intento y por obra de caridad, porque el menos improcedente
de todos ellos contenía descomedimientos y crudezas de sobra para dar
que hacer en el asunto, por razón de desacato, al juez de primera
instancia. Cutres no quería entenderlo así; y en su empeño obcecado
de ver en Ceuta al alcalde, y en la cárcel al gobernador que «le
encubría», me había puesto á mí para pelar cincuenta veces, de palabra
y por escrito, suponiéndome primero tibio en ampararle á él y, por
último, cómplice y encubridor de «los otros», por _lo que se me pudiera
pegar_, «si á mano viene».
¿Había ó no para que me temblaran las carnes al saber que Cutres estaba
en la ciudad, y á la puerta de mi casa, resuelto á verse conmigo?
Mandé que le hicieran entrar; y entró, poco á poco, á paso de buey,
marcando con dos golpes cada pisada de sus enormes borceguíes; en
la mano un palo corto, rayado á fuego; vestido de paño pardo y con
camisa de estopilla, á la moda de treinta y cinco años atrás. Guardó
en un bolsillo del chaleco la punta apagada del cigarro que traía
entre los amoratados labios, para darme los buenos días, sin pensar en
descubrirse la cabeza; y del modo que ya se le ha descrito, desde el
vano mismo de la puerta, donde se quedó parado, me disparó la andanada;
pero, en honor de la verdad, no con la artillería gruesa. Así y todo,
se llenó el cuarto de ruidos, y temblaron dos cristales mal seguros
en sus mortajas. No le entendí una palabra, porque no hubo injuria,
ni interjección, ni desvergüenza; lo cual era de agradecer, y se lo
agradecí.
Mirándole y admirándole y gozándome en contemplar su estampa original
y pintoresca, dejéle que se desfogara á su gusto; y cuando ya abrió
los ojos y pudo mirarme y verme, con señas y ademanes expresivos le
invité á que pasara más adelante y se sentara cerca de mí. Pasó y
sentóse, poco á poco, muy poco á poco, y al carel de la butaca arrimada
á la pared, casi debajo de un aparato telefónico, por más señas. ¡Qué
acabado estaba el pobre hombre! ¡qué viejo, qué acartonado y rugoso, y
cómo olía á humo de cocina, de cuyo fuego eran señales las _cabras_ que
se le veían en las enjutas canillas por debajo de las campanas de sus
perneras!
Estando así sentado, quedaba enfrente de él, y muy cerca, el cuadro de
que íbamos hablando, colocado sobre una silla, tal como yo le había
puesto para contemplarle á mi gusto.
Pensando en la manera de conjurar aquella tormenta que se me había
venido encima de repente, en el breve espacio de silencio durante el
cual tuvo mi hombre clavados los ojos en el cuadro, y andaba yo con
los míos del cuadro á él y de él al cuadro, acordéme de que en la
naturaleza bravía é irracional de Cutres había una cuerda sensible
y _entonable_ con el sentido común y el lenguaje humano, y traté de
herírsela, para distraerle un poco del asunto que le había sacado
de casa, á pie y andando, por las señales del barro blanco de sus
borceguíes, y por constarme bien que no se movía su cuerpo de otro
modo, ó en carro de bueyes... ¿El tren?... Primero el coloño de
espinos, «arrastrao por las patas, ú la horca mesma».
--¿Qué le parece á usted esto?--díjele corriendo más hacia él la silla
en que estaba el cuadro.
El hombre, que aunque le miraba no le veía, se encogió de hombros por
toda respuesta. Contaba yo con ello, y le añadí:
--Mírele bien, que hay algo ahí que le interesa á usted.
--¿Á mí?--exclamó entre admirado y desdeñoso.
--Á usted.
Volvió á encogerse de hombros, y volví yo á insistir en que mirara
bien, metiéndole el cuadro por los ojos.
--Á manera de puente cascao--dijo al fin, después de mirar el dibujo
con la cabeza entornada, tan pronto á un lado como á otro, la boca muy
abierta y haciendo embudos con los labios.--Y si no lo juere--añadió
sombrío,--que no lo sea. Á mí, ¿qué cutres me va ni qué me viene en
ello? ¡Ajo! En esas penturucas con que tiene apestá la casa de allá,
y la de acá por lo que veo, gastará usté los dinerales que estarían
mejor gastaos en sacar avante la hacienda ultrajá de un probe como yo.
¡Cutres! Á ver cómo anda eso vengo, ¡ajo! y no más que á eso.
Se me iba, se me iba el salvaje por los cerros de su gusto, si no me
apresuraba á atajarle.
--Mire usted, Cutres de los demonios, cabezón y testarudo--díjele
apuntando al mismo tiempo con el dedo,--¿ve usted esta figuruca de
hombre, metida en una O grandona?
--Pué que la vea,--respondió volviendo á mirar como antes.
--Pues es la estampa de un campurriano.
--¿Por ónde es campurriano eso, cutres?
--Por la cara, por la gorra de pelo, por la pipa, por la capa...
--Por el... ¡ajo! ¿Ónde están los zajones? ¿Ónde están las albarcas de
pico entornao? ¿Ónde los escarpines negros con botonaúra?
--¡Otra te pego! ¿No ve usted que esto es un retrato de cintura arriba?
--Y ¿ónde se han visto campurrianos que no tengan ná de cintura abajo,
cutres? ¡Y si habré visto yo compurrianos en mi vida!... ¡Ajo!
Ya estaba clavado mi hombre. Expliquéle, como mejor pude lo que era
un retrato de medio cuerpo de un hombre que le tenía cabal, sin que
Cutres cayera de su burro, por supuesto, y le señalé otro detalle del
cuadro.
--Esto que usted cree un puente cascado, es un pedazo de una iglesia
célebre que está en Cervatos, cerca de Reinosa.
--¡Reinosa!--exclamó estremeciéndose.
--Sí, señor--añadí ahondando en la herida abierta:--Reinosa. Todos
estos peñascos, y estos montes algo nublados, y este tronco viejo... y
hasta estos patucos que se bañan en esta poza, son cosas de por allá,
de Reinosa; y escondido en estos repliegues de los montes, irá el
camino real que tanto ha trillado usted.
--¡Treinta y dos años hace--exclamó en un mugido que retumbó en toda la
casa,--días más que menos, que no le pisan los mis pies dende Corrales
pallá!... ¿Se puede vivir así? ¿No es hora ya de que cambeen las cosas?
¡Ajo! ¡Ladrones dilapidaos!...
Templéle un tanto las iras, porque no me convenía tampoco que se dejara
llevar de ellas en el terreno en que le tenía ya; y con la ayuda de
ciertos toques cuyo buen efecto conocía yo por la experiencia de su
trato, le encarrilé blandamente por donde me proponía, seguro de oirle
lo que ya me había contado cien veces, pero también de apartarle con
ello del negocio de los expedientes; y eso que no dejaba de interesarme
el porqué de su venida á tratar de ellos pico á pico conmigo en la
ciudad.
--Aquello era las Indias, ¡las puras Indias, cutres!--llegó á decirme,
echándose el sombrero atrás, animado el rostro sombrío y con las dos
manos sobre el garrote chamuscado.--Yo espencé el trajín de mozo, con
el carro de mi padre: le gané un platal diendo y viniendo... ¡ajo!
lo que se llama un platal. Me casé en su día: la mujer llevó algo de
por sí, yo tenía otro poco por mi padre; jallemos quien nos diera á
renta lo demás, y como dos pepes, ¡ajo! como dos pepes caímos en la
casería... Dos vacas de vientre, una pareja tudanca de lo mejor de la
feria... ¡Cuarenta doblones pagó el amo por ellas! Había entonces con
ese dinero pa mercar un navío de tres puentes. La pareja curriente,
treinta doblones, menos que más. No se conocía el carro de rayos que
anda ahora: la carreta de Penaos, que costaba una onza, ú el rodal de
maera que no pasaba de cuatro duros: la carreta, por estrechuca de
llanta, se comía las ganancias en potargos: el rodal de maera, con una
llanta postiza, daba mejor cuenta, y eso se estilaba entre los que más,
salvo los _marinos_ de Bezana y por ahí, que se metieron en lujos de
carros con galga, parejas dobles, mantas y atelajes que tenían que ver,
pollos y chorizos en las sueltas; y así salieron ellos al finiquito,
cutres, cuando la cosa paró: en cueros vivos y á la temperie del camino
real, que ya no daba un _lí_. Nusotros, pa un por si acaso, siempre
guardemos el quinto pa el alma, como el otro que dijo... Á lo que
iba: la mujer (que Dios haya perdonao) era un brazo de mar, lo mesmo
con hijos que antes de tenerlos; de modo y manera que, al irme yo á
porte, no se conocía la falta en casa, porque ella remaba por los dos y
amenistraba por deciséis. Salíamos, de cada golpe, los ocho ú los doce
carros del lugar, en ca compañía. Un sujeto de ellos, el más curriente
y avisao de pluma, llevaba el gubierno, con voz y mando, pa la carga
en Reinosa y el cobro de la guía en Santander. Siempre juí de éstos,
cutres, siempre, por sujeto leal y socorrío en cuentas de retaporción.
Pues, señor, que dos días de repaso á la pértiga y al rodal; que amaña
esta trichoría; que pon este verdugo; que el encañao del toldo, y la
jabonera en su punto; que llegó la hora; y el jabón á la jabonera, y
los garrotes del pienso colgaos de los armones detraseros, y la saca de
ceba aentro... y hala pallá, cutres, con la pareja enmantá, el eje bien
enjabonao por la calentaera, pa que no cantara, porque si allegaba
á cantar, multaban los camineros... multaban, ¡ajo! multaban... y
con mucha cuenta y razón, ¡cutres! que á cantar ca carro de aquella
senfinidá de ellos, cosa juera de no poderse vivir en los vecindarios
transeuntes... ¡Santísimo Cristo de mi padre, cómo estaba aquel camino
real por aquellos estonces de la pompa de la carretería!
La repentina visión de ello debió de deslumbrar á Cutres, porque al
mencionarlo se llevó las dos manazas á los ojos, dejando caer el palo
entre las piernas; y así estuvo á obscuras un buen rato, bufando como
un jabalí y balbuciendo palabras que yo no le entendía.
--Le digo á usté--continuó enderezándose y volviendo á empuñar el
garrote,--que había veces que no sabía uno cómo enrabarse en la
ringlera al abajar al camino, ú al salir de la suelta, porque no se
jallaba un claro por onde meterse. Aquello era el sinfinito de carros
por las dos orillas, diendo él un rosario, y otro que tal golviendo.
Lo que á mí me entraba al ver aquel trajín... y al agolerle, ¡cutres,
al agolerle tamién! sí, señor, porque agolía: agolía el aire como á
jabón recalentao, de tantísimos ejes, con su punto, además, de vaho de
las tabernas... Lo que á mí me entraba estonces, no es pa dicho con
palabras. Lo mesmo era verme allí, ya me tenía usté con la ahijá por
los hombrales, los brazos por encima de ella, colgando dispués palante;
y toná va y toná viene, al andar de la pareja y á la vera mesma del
carro... Un puro silguero, vaya, porque no cerraba boca en lo mejor del
camino. Los otros compañeros, en escomenzando yo, se me iban arrimando
poco á poco; y éste ahora y el otro dimpués, acababan por entonar
conmigo toos ellos. ¡Offf! ¡Ajo!... y sépase usté, por si no lo sabe,
que siempre y en toas partes era yo estonces lo mesmo. Yo nunca supe
hasta dispués lo que era la malencunía negra, como ésta que me viene
consomiendo y acabando malamente, por culpa de las picardías de otros
hombres que han güelto lo de arriba abajo en las cosas de la tierra...
¡Mal rayo los parta, cutres! por la metá de los riñones, ¡ajo!
Viéndole temblar de ira y con los ojos casi cerrados ya, señales
infalibles de sus malos propósitos de largarse otra vez por los cerros
de su barbarie, atajéle de prisa, pero con sumo cuidado para no
embravecerle más.
--Vamos--le dije,--á lo que íbamos, y que tanto me gusta oir de boca de
usted. En acabando con ello, le ayudaré yo á echar un buen coloño de
rayos y centellas sobre esos pícaros malhechores que lo merezcan. Ya
estaba usted en el camino real, hecho unas tarrañuelas y cantando como
un jilguero, entre dos filas de carros sin principio ni fin, oliendo á
jabón recalentado y al vaho de las tabernas. ¿Y qué más?
--La primera suelta--continuó Cutres volviendo dócil, como un buey,
al camino hacia el cual le arreaba yo,--era en Somahoz. Allí el pan y
el vino pa acompañar al torrendo que usté llevaba de casa. El sueño,
encima de la saca. La taberna del portalón onde dejaba usté su hacienda
arreglá, escripía de carreteros; los de la _marina_, tratándose á
cuerpo de rey; los demás, á lo probe; y el más cuerdo, amañándose la
probeza en la sartén de su propiedá, en el mesmo portalón, ó matando
el ujano del hambre á pan y navaja. Yo siempre fuí de éstos, ¡ajo!
siempre, salvo uno que otro caso, y porque no se dijiera, en este
compromiso ú en el de más allá... Porque motivos pa echase á perder
el mejor de los hombres, los había á manta allí... ¿Ónde no los hay,
cutres? San Pedro pecó negando á Cristo, y el más justo cae siete
veces, aunque se agarre bien... Sobrando el tiempo y siendo las noches
largas, había en las sueltas de too, hasta briscas de á peseta el
partío, que era cuanto podía haber; y andando la baraja y el vino
tan currientes, no es mucho de extrañar que una vez que otra saltara
el camorreo entre los más vidrosos, y se alumbrara por remate daque
garrotazo... Pero repito que eran habas contás estos desgustos; y bien
puede jurarse que nunca se vió en ellos una navaja. ¡Nunca de Dios!
¡Siempre la ahijá! Y en güena hora lo diga, que casqué más de cuatro
en las costillas de unos y otros, por amparar á algún compañero: en
los jamases por culpa mía. Ahora, si al alcontrarse en el camino
la carretería de nusotros, pinto el caso, con la de los _litos_ de
Güelna, que tenía lo que se llama vicio de apalear, le decían á uno
daque ultraje ú disvergüenza, ¡ajo! la cosa ya era difirente, porque
no estaba en manos de uno el contenerse; y hasta la güena crianza
le obligaba á uno á ventear la ahijá antes con antes. Pero esto,
por no buscao y muy pasajero de suyo, no lo cuento yo por males de
la carretería. Ya subiendo las Hoces, la primera suelta del meodía
era en _Santolaya_, y la segunda, de noche, en Lantueno. Al romper
el alba siguiente, en Reinosa. Á tiro hecho y á precio curriente, á
cargar. Tantas arrobas en tantos carros; ochenta ó noventa de ellas
el que más, de una pareja. Se estipulaba el montante en la _guía_,
que me llevaba yo, como asimesmo el socorro de dinero entregao á cada
uno de la compañía, pa el debido rebaje del total en Santander, y
güelta varga abajo por los mesmos pasos que se habían contao varga
arriba. Sin más, ¡ajo! sin más... y jala, jala, como una seda hasta la
puerta de casa, como el otro que dijo; vamos, hasta el Regato... Allí
una suelta, y la pareja á casa, pa que á los probes animales no les
entrara solengua... ¡Ajo! porque son así de suyo: más sentíos y leales
que los hombres mesmos. Con ese tente en pie y ese recreo, güelta al
camino real: las bestias tan campantes, y yo detrás con la mostela á
cuestas: la ración de los probes animales pa lo que les faltaba por
bregar. Á uncir al vuelo, y palante otra vez, ¡cutres! siempre palante.
Jala, jala, Pedroga y Puente-Arce allá, una suelta en Bezana por la
noche, y al romper el día en Santander, pa descargar tan aína como se
abrieran los almacenes. Ahí va la carga, ésta es la _guía_, resultaba
conforme, venga el sustipendio, que se me entregaba á mí solo, por
el camino y andando se hacía el reparto en el aire, dábase á ca uno
su porqué debido; y á prima noche en casa, el carro en el portal, la
pareja en la corte y bien trisná, y al pico del arca, por propia mano
de la mujer, los tres y los cuatro napoliones de á decinueve que uno
la entregaba por llegar, limpios y saneaos, como los mesmos soles,
¡ajo!... Sin más. En veces salía carga en Santander pa algún punto de
la güelta, como salía de _vena_ en Requejá pa las ferrerías de Portolín
ó de Montesclaros al dir parriba; y esto más locía al resultante por
mejora del peculio. Pero lo fijo era lo otro, que en sí mesmo podía
beneficiarse mucho, como yo lo beneficié, ¡ajo! lo beneficié, porque
sabía el cómo; me empeñé en hacelo, y me salí con ella, ¡cutres! Me
salí con ella. Motivao á las vargas de acá que se subían de cargao,
nenguna pareja arrastraba, sin quebranto, más de ochenta arrobas: á
lo más noventa. Tres bestias, ya eran otro cuento. ¡Cutres! á buscar
la tercera, decíame yo, dispierto y soñando. Y piensa que piensa y
agorra que agorra, y pidiendo á réito el pico que me faltaba, compré
el _sacaízo_. ¡Ajo! Dende aquel día, las ciento veinte, las ciento
treinta y hasta las ciento cuarenta arrobas... como una seda, y los
siete y los ocho duros netos, al pico del arca, á ca güelta de viaje,
de viaje corto... Corto digo, ¡ajo! porque dende que tuve _sacaízo_,
no me contentaba con Reinosa, y porteaba dende el mesmo Alar. Nueve
días viaje reondo, y doscientos ríales libres, lo que menos. ¡Daba
gusto, cutres, lo que se llama gusto, ajo!... Pero, hombre, ¡lo que es
una bestia sola delante de una yunta y jalando con ella varga arriba!
Tiene más cuenta que otra pareja más con su carro correspondiente.
¡Y qué sacaízos tuve yo siempre, me valga la Virgen de la Soledá! El
último de ellos en particular, el último de ellos, ¡ajo! el último de
ellos fué el pasmo de la carretería. _Tasugo_ era de pelo, y un poco
cerrao de gamas; pero ¡con una voluntá, y unas anchuras, y una firmeza
de remos!... Como este brazo se le ponían las cuerdas del piscuezo
cuando jalaba cuesta arriba. ¡Qué jalar de bestia! ¡Ajo! á pico de
pezuña y triscando las cadenillas. ¡Las cadenillas, cutres! porque yo
nunca quise los tirantes de cuartajo, que á lo mejor se podrecían y le
dejaban á usté en blanco en la varga de más empeño... ¡Ajo! siempre
cadenillas, como hombre avisao; y por serlo, tuve yo siempre en su
punto toos los avíos de carretero... Una vez me tentó la cubicia y
llegué hasta Palencia. Tardé quince días en dir y venir: me salió mal
la cuenta, y no golví más. Á lo tuyo tente, dice el refrán, y á lo
mío me tuve, al camino trillao... Á lo mío... ¡Ajo! mío hasta que me
lo robaron, ¡cutres! esos ladrones de pelo rojo, amparaos por malos
españoles de acá... ¡Mal rayo los parta, cutres! mal rayo los parta,
amén, y por los riñones, ¡ajo!... Lo digo y lo siento, ¡cutres!
Y bien demostraba que no mentía el hombrazo, según lo que golpeaba el
suelo con el garrote y encandilaba los ojos y se revolvía en la butaca.
Dile la razón antes que me diera él un disgusto serio; y después de
calmar un poco sus iras, á mis nuevas instancias continuó refiriéndome
sus desventuras en estos términos: