Y era verdad, como afirmaba tío Luco, que desde el último _empaye_

andaba el mozo más empeñado que nunca en casarse con Narda, que, por

cierto, no trataba de quitárselo de la cabeza. _Aquello_ no podía

olvidarlo él: lo tenía estampado á fuego en el meollo. Tío Luco, desde

el corral y encaramado en el carro, arrojaba las horconadas de hierba

al boquerón del pajar; á la parte de adentro del boquerón la recogía

una obrera, que se la echaba á Mingo Ranales, el cual la lanzaba con el

horcón á la pila; en la cual pila la recibía Baldragas para corrérsela

á Narda, que iba arrojándolo por donde más falta hacía para levantarla

por igual. Pero en las pilas de hierba se hunden los pies y se tropieza

á menudo; y Narda, al correr hacia Ceto, solía caerse, y Ceto, por no

haberla visto, porque el pajar siempre es obscuro como boca de lobo,

al correr hacia Narda caía sobre ella. Costábale entonces «hacer pie»

en suelo tan esponjado, y se agarraba á lo que podía; y muchas veces,

después de alzado, por volver á tomar el brazado de heno, tomaba un

pedazo de Narda, que aclaraba la equivocación como su apuro le daba á

entender; pero nunca con gritos que podrían tomar los presentes por

otra cosa. Si el caído era Ceto, Narda hacía lo que él cuando era ella

la caída, porque el caso era el mismo con la tortilla á la inversa.

Y así hasta que Mingo Ranales echó arriba la última horconada, y

tuvieron que bajarse, dejándose _esborregar_ por la pila, Narda y Ceto,

sudando el quilo, rojos como tomates maduros, escupiendo _grana_ y

sacándose pelos de hierba hasta de los agujeros de los oídos.

«¿Te pido otra vez?»--le había preguntado Ceto en la última

caída.--«Cuanti más antes»,--le había respondido Narda, sin dejarle

acabar la pregunta.

Y con aquellos alientos había ido él la misma noche con la demanda,

por séptima vez, al testarudo padre de Narda, que á más de negársela,

le arrimó un soplamocos. Desde aquel punto se la juró al viejo. Narda,

por su parte, había apoyado las pretensiones de Ceto, y también había

recibido la negativa envuelta en un sopapo. Al comunicarse estas

tristes, mutuas y hasta dolorosas impresiones, apenas recibidas, él se

había afirmado en su querer con nuevos puntales, y la había sondeado

la voluntad con el esbozo de un proyecto. «Cuanti más antes», le había

respondido ella, lo mismo que en el pajar. Y el esbozo llegó á plan

sazonado al otro día, y también le había respondido Narda al enterarse

del caso, que ya picaba en urgente, «cuanti más antes». No estaba él

tan huérfano de valedores como de familia; no faltaban luces de caridad

con que alumbrarle las entendederas en aquello que pudiera llegarle

al alma; ya sabía él cómo atarle las manos al descorazonado viejo y

hacerle pagar de un golpe todas las que le debía... Y se las iba á

pagar muy pronto; más pronto de lo que pudiera pensarse hasta por los

listos que tomaban á burla sus cavilaciones.

«Pica á uncir el carro de mi compadre». ¡Ya le daría el carro... para

llevarle á la horca! «Y estate aquí en un vuelo». ¡Como no esperara

otro, ya podía esperarle sentado! Allí no había más que una ley, la

ley de Narda: «cuanti más antes»; y esa ley había que cumplir, y se

cumpliría á no juntarse el cielo con la tierra, ó faltar la moza á su

palabra, que venía á ser lo mismo, y tan imposible «pa el cuasi».

En consonancia con estos pensamientos, al entrar Ceto en el barrio,

lejos de tomar la calleja que conducía á casa de Mingo Ranales, echó

por la opuesta que pasaba por delante del corral de Luco Sarmientos;

pero no llegó á él de un solo tirón, no obstante la prisa con que

caminaba, sino después de detenerse como medio cuarto de hora en otra

casa, desde cuyas ventanas traseras, en el piso del _sobrado_ y por

encima del espeso bardal que cercaba su huerto, se veía hasta el portal

del padre de Narda.

La cual, en el momento de llegar Ceto á su casa, estaba en la cocina,

arrimada á una mesa, sobre cuyo tablero, áspero y roñoso, había una

masera en la que la moza, arremangados los brazos hasta cerca de

los hombros, iba echando harina, tomándola á dos manos de un saco,

entreabierto de boca, que estaba en el suelo. Hacía un instante que

había llegado del molino, y aún estaba coloradona, de la fatiga del

viaje, con el pañuelo de la cabeza corrido hacia atrás y medio deshecho

el nudo de los picos; no más arreglado el de la repolluda garganta, y

recogido el refajo hasta cerca de las rodillas. La llegada de Ceto no

la sorprendió pizca, porque se lo daba el corazón y contaba con ella.

Siguió, pues, echando harina en la masera, sin responder cosa alguna á

las primeras palabras de Ceto, hasta que echó toda la necesaria para la

borona que iba á amasar: la más grande de todas las del año. Después

hizo un hoyo en el centro, y comenzó á llenarle de agua. El mozo, en

tanto, tomaba un ascua de la lumbre con su mano encallecida, y la metía

en la pipa rabona. En seguida se arrimó á Narda, precisamente en el

momento en que ésta hundía los dos brazos en la masa.

--Yo en tu caso--la dijo,--no me cansaría ni tan siquiera en eso... Que

se chumpen las...

--¡Á ver si te estás quieto con las manos, Ceto!... Hay obreros en

casa, y todos son de buen diente.

--Que coman clavos, Narda, que no merecen más... Pero no es ese el

caso: á lo que vengo, vengo.

--¡Y dale con las manos!... ¿Ves? Ya lo pasé de agua.

--Pues echa más harina, y anda por la posta... ó déjalo sin hacer, que

sería lo más acertao. ¿Estás en tus trece, Narda?

--Pienso que lo estoy.

--Pues mira lo que pasa, pa que te duermas. El carro de tu padre está

á medio cargar; yo vine á uncir el de tu padrino, pa golver allá en un

vuelo. No pienso en tal cosa...

Aquí un ratito de silencio: Narda revolviendo la masa, y Ceto chupando

la pipa. De pronto exclamó ella:

--¡Ya lo pasé de harina!... ¡Esto es un puro barro!

--Échale más agua--repuso él; y añadió en seguida, mientras ella

entornaba la _escala_, con las dos manos, sobre la masera:--No hay alma

viva en la barriá; too el mundo está en la mies... Si tardo en golver

allá, recelará tu padre y picará pa casa... ¡y si nos alcuentra juntos,

Narda!... ¡si nos alcuentra juntos!...

--¡No m'aceleres, hombre!... Por tanto jurgarme, ya se me jué la mano,

y esto es una poza.

--Güen remedio tienes: echa más harina.

--¡Ya, ya!... Pero á ese paso...

--¿Oístes lo que dije, que es lo que más importa?... El barrio está

soluco... ¡soluco de too!... ¿Te vas enterando, Narda?... Digo que

soluco... y sin alma viviente... Los pasos están daos, y cada cosa en

su punto... ¿Lo has oído bien?

--¡El Señor m'ampare!...

--¿Qué rejón te clavan ahora?

--Que espesé la masa otra vez, y no puedo regolverla.

--Pues échala más agua, torda, y no te apure el caso... Mucho más debe

apurarte el otro... ¡Por vida de...! ¿Estás en tus trece, ú no lo estás?

--Lo estoy como lo estaba, Ceto; pero hay que mirarse una miajuca...

--¡Mal rayo me parta!... ¿Ahora me sales con ésas?... ¿Qué es lo que te

espanta?...

--La ira de mi padre, Ceto, y el decir de las gentes...

--¡La ira de tu padre!...

--¡Virgen de la Miselicordia!...

--¡Qué te duele, Nardona del demontres?

--¡Que esto es una mar, y malas penas me coge ya en la masera!...

--Echa más harina, y verás cómo abaja el caldo...

--¡Quiera Dios que me acance lo que me queda en el saco!

--¡Con que la ira de tu padre!... Bien probá la tienes tú. Pa que tome

á la juerza lo que no quiere en voluntá, amañemos la trampa... ¡y ahora

te asusta!...

--¡Trampa!... ¡Y bien que trampa es ello! que si no lo juera tanto, no

me desafligiera yo, Ceto.

--¿Te me güelves atrás, Narda?

--¡Eso sí que no, Ceto; que á leal de palabra no me gana naide!

--Pues pierde esta ocasión y no pescas otra tan aína. Por eso me

consumo yo... por eso me jierve la sangre al ver lo remolona que estás,

como si te sobrara el tiempo...

--¡Ay, Virgen Santísima de las mesmas Angustias!...

--¡Por vida de mi agüela! ¿Qué otro pujo te consume, Narda?

--¡Qué ha de consumirme, Ceto? ¡Bien á la vista lo tienes!... ¡Que se

acabó la harina del saco!... ¡que no hay otro polvo de ella en casa, y

que esto se quedó en caldo, como lo estaba!... ¡Güena la hice yo! ¿Qué

va á comer esa gente? ¿Qué dirá mi padre?... ¡Y tú tienes la culpa,

Ceto, por acelerarme tanto!...

--Castigo de Dios, Narda, por malgastar el tiempo que hace falta pa

cosa mejor... Que coman centellas... Pues si estás aquí cuando venga tu

padre y arrepara en ese estropicio más, piensa en la mortaja, porque lo

menos menos, te abre en canal.

Narda plegó entonces su corpazo sobre el banco de la cocina, y quiso

como gemir un poco, escondiendo media cara entre las manos, que no se

acordó de lavar.

--¡Ahora moquiteas?--le preguntó Baldragas con disgusto, sentándose á

su lado y pasándole un brazo sobre el pescuezo.

--Hombre--replicó la otra, alzando la cara llena de engrudo,--déjame

echar un par de glarimucas tan siquiera: me paece que el caso bien lo

pide... ¡y á ver si te estás quieto!

--Echa anque sea una azumbre de ellas, Narda; pero mejor juera que las

echaras andando... ¡Mira que el tiempo va que vuela!... ¡mira que puede

venir tu padre!...

--¡No me le mientes, Ceto, que con sólo alcordarme de cómo se pondrá!...

--Ya se ha hablao de eso: se pondrá ajumando y tocará las vigas con

las uñas; pero dormirá á la noche la corajina, y acabará por hacerse á

la _gamella_. Él necesita un hombre que le ayude: ¿qué más da que ese

hombre sea yo ú que sea otro? En esto ya estábamos, Narda, y con too y

con ello, bien firme dijistes que «cuanti más antes».

--Y te lo digo ahora... ¡Deja esas manos quietas!... ¡Cuidao que es

mucho cuento!... Pero ponte en los casos, Ceto.

Ceto, con los hocicos engrudados, se volaba con aquellos reparos,

porque el tiempo corría, corría... y Narda no acababa de _arrojarse_.

Pasó así media hora: Ceto apremiando, ora con palabras, ora con

pellizcos y manoseos, y Narda queriendo y aguantando, pero sin pasar

de allí; hasta que, de pronto, alzaron los dos la cabeza en actitud

de escuchar. Habían oído un chirrido lejano, lento, desconcertado y

clamoroso: el _cantar_ del carro de tío Luco. ¡Bien le conocían ellos!

--¿Qué dices ahora?--preguntó Ceto incorporándose.

Narda hizo lo propio. Miró á Ceto, á la masera, y á la lumbre sin

borona, y al saco vacío, y se acordó del pajar, y de la bofetada

siguiente, y de otras muchas más, y respondió resuelta:

--Que cuanti más antes.

Era, en efecto, el cantar del carro del tío Luco. Cuando éste notó

que pasaba el tiempo y no asomaba por la portilla de la mies el de

su compadre, comenzó á temer algo que le inquietó y le hizo echar las

horconadas de hierba á escape y de cualquier modo. Por otra parte,

las moscas no dejaban sosegar un instante á los bueyes, y se temía

á cada momento un grave estropicio por este lado. Se abrevió, pues,

la tarea cuanto se pudo; y después de bajarse la moza cargadora (que

ordinariamente vuelve de la mies sobre la carga) por temor al posible

percance; puesto tío Luco á la cabeza misma de los bueyes, á los cuales

enderezaba piropos en dulce y cariñoso acento como si le entendieran, y

yo creo que le entendían, y arrimados los demás obreros á ambos lados

del carro con las rastrillas y los horcones alzados, por si había

que apuntalarle en un balance demasiado brusco, comenzó la vuelta á

casa atravesándose las praderas á buen andar, y cuando se llegó á la

barriada, arrimándose los bueyes con ansia bravía á todos los bardales

de los callejones, para rascarse el pellejo y espantarse las moscas

que los acribillaban, con lo cual se _peinó_ la carga algo más de lo

conveniente; pero tío Luco no reparaba en ello, porque cuanto más se

acercaba á su casa, más recio le golpeaban en la mollera los malos

pensamientos.

Al llegar á la corralada, antes de arrimar el carro á la pared

debajo del boquerón del pajar, llamó á Narda á gritos; pero nadie

le respondió. La puerta estaba entreabierta. Lanzóse hacia allá

desatinado; entró en casa de un brinco... y la soledad en ella. Sobre

la mesa de la cocina estaba la masera rebosando de agua con harina,

clara, muy clara, y debajo de la mesa el saco vacío; en el llar, las

brasas apagándose, pero ni señal de borona cociéndose. Olía por allí á

la peste de la pipa de Ceto.

--¡Ya me la hizo esa bribona!--fué lo primero que dijo, llevándose las

manos á la cabeza.

Salió al corral, contó lo ocurrido, apuntó sus recelos, y pidió por

Dios á los oyentes que le ayudaran á buscar á la pícara que tal vejez

le preparaba.

--¡Mucho ojo á los maizales!--decía á la gente que ya se disponía

á ayudarle en las pesquisas.--Onde veáis uno que se menea, golpe á

él, que ellos ú otros tales serán, porque hoy no anda viento que vos

engañe. Si hay una casa abierta, preguntar allí, y á los mesmos pájaros

del aire que topéis al paso.

Se dejó el carro abandonado, y se dispersó la gente por la barriada.

Tío Luco volvió á entrar en casa; lo registró todo, hasta el pajar y

la cuadra... Silencio y soledad en todas partes.

Del vecino de enfrente sabía él que amparaba mucho á Baldragas. Vió

una ventana abierta en su casa, y se resolvió á ir allá; pero dió

primero unas vueltas por el huerto y alrededor del maizal colindante.

Nada... Corrió entonces á la casa del vecino. La puerta cerrada. Saltó

el portillo del huerto trasero, se encaró con la ventana abierta,

escuchó un instante, y oyó hablar adentro. Llamó, y callaron las voces.

Volvió á llamar... y á llamar... y á llamar, hasta que apareció en la

ventana... ¡la aborrecida jeta de Baldragas!

--¿Ónde la tienes, bribón?--preguntóle, ronco de coraje, tío Luco.

--Onde usté no puede cogerla,--respondió muy fresco el preguntado,

poniéndose de codos á la ventana.

--¡He de verte en presidio, tunante!... Y por lo que toca á ella, yo la

alcontraré, por escondía que se halle...

--La ampara la Josticia, y no la verá usté el pelo hasta que el señor

cura nos ponga bien á cubierto con agua bendita.

--¡Mal rayo vos parta, hijos de una...! ¡Ladrón!... ¡desalmá!

En esto se oyeron golpes y trastazos y como estruendo de cantos en

revoltijo hacia el corral de Sarmientos. Miró Ceto desde la ventana, y

gritó á tío Luco:

--¡Que mosquean las bestias!

Sin oir más, Sarmientos voló hacia su casa, con la cabeza al aire, la

aguijada en la mano y la boca abierta. ¡El tábano la había hecho al

fin! Los bueyes le habían sentido encima, y locos de furor tomaron la

huida por derecho, atropellaron la paredilla seca del corral, rompióse

allí el eje, volcó la balumba; y cada vez más locas las bestias,

continuaban arrastrando la pértiga por la calleja, revolviendo los

cantos del suelo y dejando, por señal de su carrera furiosa, montones

empolvados de la carga...

Tío Luco, esparrancado en mitad de la calleja, con los pelos de punta y

los brazos en alto, volviendo los ojos tan pronto á la casa del vecino

como á los bueyes que se iban perdiendo de vista, clamaba con voz de

espanto y desconsuelo:

--¡Ésta es la mi suerte! ¡Di ahora que no, compadre!... ¡No hay que

darle güeltas!... ¡Lo esperaba yo, porque tenía que venir, y siempre

jué lo mesmo! ¡La peste de mi casa!... ¡La ruina de mi hacienda! ¡La

deshonra de mi sangre!... ¡El AGOSTO!... ¡El AGOSTO!...

NOTAS:

[2] Capítulo impuesto de un libro, muy lujoso por cierto, editado en

Barcelona en 1889 por los Sres. Henrich y Compañía, con el título de

_Los meses_.

EL ÓBOLO DE UN POBRE

[Ilustración]

EL ÓBOLO DE UN POBRE[3]

Llevaba en el bolsillo del chaquetón el oficio que acababa de recibir

de la primera autoridad de la provincia. Se le encarecía mucho en

él la necesidad de aprovechar el tiempo; se le hablaba de su «bien

probado celo», de su «acreditada actividad», y de su «nunca desmentida

abnegación en beneficio de los menesterosos». No estaba él muy seguro

de haber dado motivo á la susodicha autoridad para afirmar tan en

redondo todas estas cosas, aunque sí de ser tan hombre de bien y sano

de entraña como el primero que se le pusiera delante, y de haber

merecido de la bondad de Su Señoría, en los dos años no cabales que

llevaba rigiendo la administración municipal de su pueblo, el favor de

dos comisionados de apremio, con treinta reales de dietas, por deudas

insignificantes del Ayuntamiento; pero cuando Su Señoría lo afirmaba de

un modo tan terminante... Además, Su Señoría daba también por sentado

que el alcalde estaría bien al corriente ya del «horrendo cataclismo»

que había «casi borrado de la faz de la tierra española» dos «de las

más ricas, bellas y celebradas provincias andaluzas»; y el alcalde no

sabía jota de ello, ni aprenderlo podía en el vago, ampuloso y, para

él, enrevesado contexto del oficio; ni creía que le sentaba bien á una

persona erigida en autoridad, declararse _oficialmente_ ignorante de

sucesos que debían ser harto sabidos en el mundo; y como los últimos

_Boletines_ recibidos en el Ayuntamiento estaban intonsos aún en

poder del secretario, acudió al señor cura en demanda de pormenores

que le pusieran en autos; pero el señor cura, que en aquel instante

iba muy de prisa á confesar á un feligrés moribundo, solamente pudo

darle ligerísimas nociones, así de las causas, como de los efectos del

cataclismo mencionado por el señor gobernador. Tampoco el médico, á

quien el alcalde acudió en seguida de apartarse del párroco, fué muy

pródigo en informes, porque iba, á todo el andar de su peludo tordillo,

á visitar á un enfermo muy grave. Fortuna que el alcalde no se mamaba

el dedo; y por ser así, creyó haber atrapado al aire el argumento de la

cosa, y hasta consiguió encerrar en el saquillo de su memoria un buen

acopio de «fuegos centrales», «fenómenos geológicos», «desprendimientos

subterráneos», «gases comprimidos» y otros terminachos que le

parecieron de perlas, y más de lo suficiente para dar en el acto

cumplido desempeño al encargo que se servía encomendar Su Señoría á «su

bien probado celo, acreditada actividad», etc., etc...

Porque «lo resultante, en finiquito», era, para él, que había muchos

menesterosos de pan y de abrigo, «motivao al cateclismo», y que, por

caridad de Dios, había que pedir de puerta en puerta una limosna para

ellos. Recogiérase la limosna, que de cuenta de quien sabía más que él

corría el hacerla llegar hasta los desgraciados.

Y tomó el palo en una mano; metió con la otra el oficio en la

faltriquera y lanzóse, con el más sano de los propósitos, á recorrer el

mísero, corto y escondido lugar de la montaña, casa por casa.

Así llegó á la de un su muy especial amigo, y además compadre.

--Ya sabrás á lo que vengo,--díjole en el soportal, donde le halló

amañando un armón de la pértiga de su carro.

--Verdaderamente que no lo barrunto,--respondió el otro.

--Pues es motivao al cateclismo.

--¿Cate... qué?

--Cate... nada, hombre: que hay mucho probe enfermo y menesteroso que

socorrer.

--¿En ónde?

--En la haz de lo más majo de Andalucía.

--¿Peste, quizaes?

--Mucho peor: cateclismo.

--¡Cateclismo!... Ya lo dijistes; pero ¿qué es ello?

--Juego central, á lo que paece; terremoto al resultante.

--¿Terremoto dices?

--Como lo oyes. Mete miedo aquello. ¡Zas, zas! Abajo una casa. ¡Zas,

zas!... Al suelo media docena de ellas. ¡Golpe acá!... La iglesia á

tierra. ¡Golpe allá!... La casa de Ayuntamiento.

--¿Y las gentes, hombre?

--Las gentes, según la suerte respetive. Unas, soterrás en vida; otras,

muriéndose de hambre, con lo puesto, á campo raso.

--¿Y eso es terrimoto?

--Temblío de la mesma tierra.

--¿Temblío dices? Cuéstame creerlo.

--Á la vista está el resultante.

--No le niego; pero tomara yo el caso por juriacán de arriba: vientos

mayores...

--Cateclismo neto; no te canses: costa en papeles; terrimoto puro.

--Si costará; pero si no fué bien reparao de las gentes... Porque no se

me diga á mí que este suelo que yo piso, que esta peña viva que asoma

aquí mesmo por la arcilla del portal, que ese monte de ahí enfrente...

--Pura chanfaina todo ello, hijo; pura chanfaina, por lo visto, en

cuanto se menea el filómeno jológico.

--¿El qué?

--El despeñamiento soterráneo.

--¿Cuál es eso?

--El juego central.

--Ponlo más claro, si te paece.

--Pues el cateclismo.

--Me dejas como estaba. ¿Ónde se menean esas cosas?

--Por abajo, ¡muy abajo! Allá adentro, ¡muy adentro! ¡Boum! por acá.

¡Boum! por allá... hasta que, motivao al retingle, todo lo de arriba se

viene á tierra.

--Mucho sabes, á lo que veo, y bien claro lo explicas; pero con todo y

con ello, dígote yo tamién ahora que chanfaina pura.

--Como te paezca mejor; pero á lo que vengo, vengo.

--Tú dirás.

--Pues digo que vengo á pedir, por caridá de Dios y mandato que costa

en este oficio de la autoridá competente, una limosna pa los enfelices

que andan por aquellas tierras sin pan y sin abrigo, á la misma

santimperie.

--Ésa es otra conversación, y me paece muy en su lugar. Hoy por ti,

mañana por mí.

--Justo. ¿Y cuánto apurres?

--Según lo que tú pidas.

--Lo más que puedas darme.

--¿Qué te dieron los otros?

--En el puño cerrao me cabe todo ello junto. ¡Si valiera el buen

deseo!...

--Eso digo yo.

--¿Das media peseta?

--¡Echa dinerales! ¿Piensas que tengo mina?

--¿Puedes con un real?

--Ni tampoco con medio.

--Un perro grande...

--¡No seas cubicioso, hombre!...

--Pues un perro chico.

--¡Si no lo hay en casa!... bien lo sabes tú. Mes y medio hace que no

conozco al rey por la moneda. Las últimas que tuve se las llevó el

cobrador por el último tercio... porque pa eso las guardaba... De lo

colgao comemos, y gracias que hay un poco de ello. ¿Quieres una parte?

De corazón la ofrezco.

--Lo sé por demás. Pero sonante se quiere, y sonante ha de ser, aunque

sea poco.

--Pues de eso no tengo á la presente... ni barrunto que lo halles en

todo el lugar: cuando venda la novilla, para pagar con las ganancias,

si las da, las rentas al amo de ella y de las pocas tierras que labro,

del sobrante te daré lo que pueda, aunque yo lo coma de menos ese día.

--¿Y no das más por la presente?

--En sonante no más que eso, y una buena voluntá para el día de mañana.

--Pues ésa te apunto, por lo que sea.

Y yo se la garantizo, porque le conozco mucho; y además, ofrezco por

él, para las páginas de _Charitas_, estos renglones que taso, si no le

parecen caros á mi amigo Matheu, en _un perro chico_, moneda con que ya

se conformaba el alcalde.

[Ilustración]

NOTAS:

[3] Estas cuartillas estaban destinadas á un periódico extraordinario

de gran lujo artístico que, con el título de _Charitas_, había de

publicarse en Barcelona bajo la dirección del eminente poeta catalán

Francisco Matheu, á beneficio de los damnificados por los últimos

y memorables terremotos de Granada, y que al fin no se publicó por

insuperables dificultades nacidas de la magnitud misma del proyecto.

CUTRES

[Ilustración]

CUTRES

El dibujo era de mi pertenencia, por espontánea é inmerecida

generosidad del artista, como constaba y consta en la dedicatoria al

pie, de su puño y letra; lo cual, por sí solo, le daba ya, en mis

adentros de hombre agradecido, un valor excepcional. Pero con ser

este valor tan grande, aún me parecía mayor el que tenía en absoluto

el cuadro, considerado como obra de arte y como primera y palpable

revelación, á mis ojos, de los talentos del artista, mozo santanderino,

en quien el delicado sentimiento de la tierruca madre no se ha embotado

ni se embotará jamás con el roce continuo de la jerga ramplona de los

alegatos en papel de oficio; como no ahondarán los barnices de la vida

madrileña en la epidermis de su cepa campurriana.

Me complacía yo en pensar esto del artista en presencia de su cuadro,

y en creerlo á pies juntillas, porque, para mí, es innegable que

ciertas delicadezas de estilo no pueden tenerse sin una exquisita

afinación del sentimiento de la cosa tratada; inquiría, como lego, los

procedimientos seguidos por el dibujante para lograr aquellos efectos

de verdad y de hermosura en su obra; admiraba tan pronto lo acertado de

la composición como la destreza de la mano ejecutora del pensamiento;

regocijábame en hacer con el mío rápidas excursiones al campo del arte

montañés; contaba y clasificaba á los artistas por orden de géneros

y hasta de edades; resultábame de tan varias, independientes y ricas

manifestaciones, una tendencia común, una perfecta unidad final, como

resulta en la fábrica del gallardo monumento con todas y cada una de

las partes que le componen y que tan diferentes parecían entre sí,

desparramadas y en manos de los artífices que van dándoles la forma

determinada por el arquitecto; colábanse por este resquicio la idea

de la _escuela_, el esbozo de la _región_; algo de lo que puede haber

en estas ideas de ilusorio, por espíritu de raza ó por embriaguez

patriótica; mucho de lo que, aunque irrealizable, tiene de bueno el

achaque, por lo fecundo que es en nobles empresas y en generosos

esfuerzos _locales_, que, á la postre, lucen en beneficio y en gloria

de la patria común... en fin, hasta pesaba y medía el cuadro, que _ya

era mío_, recordando sitios y espacios, para elegir el más conveniente

para colgarle, cuando se me dijo que preguntaba por mí «un hombre de

allá».

Pachín González · 第 7 / 13 段