[Ilustración]

AGOSTO[2]

BUCÓLICA MONTAÑESA

I

No lo podía remediar el pobre tío Luco Sarmientos: mentarle el mes

de agosto era producirle un escalofrío. Y si fuéramos á decir que le

aborrecía, vaya con Dios; pero sucedía todo lo contrario. Como él

decía: «De agosto, no hay que hablar mal delante de mí por lo tocante

á sí mesmo, ó sease respetive á su mesma mensualidá. No tiene tacha

sobre estos particulares; y por gustar, me gusta como el mejor del año;

_pero_...».

Pero era excesivamente supersticioso el bendito de Dios, y hasta creo

que no le faltaban motivos para ello, si convenimos, como debemos

convenir, en que es muy difícil dejar de ver en una larga y ordenada

serie de casualidades, el cumplimiento fatal de una ley misteriosa é

inexorable. ¿Quién no es algo supersticioso en este sentido?

Y relataba de este modo el caso, á su compadre y convecino, Mingo

Ranales, sesentón y acartonado como él. Acababan de _tumbar_ entre

ambos un prado de quince carros, de los que, entre propios y á renta,

cultivaba años hacía el preopinante, y se disponían á almorzar á la

sombra que proyectaba un maizal sobre la linde del susodicho prado.

Tío Luco desanudaba entre sus piernas, abiertas en ángulo agudo sobre

el heno recién segado, las cuatro puntas de una servilleta _casera_,

mezquina y bisunta, que envolvía dos torreznos y otros tantos pedazos

de borona fríos. Mingo Ranales, sentado á la mujeriega, parecía, por

de pronto, más atento á la ración que esperaba y le correspondía, que

á las palabras y gestos de su compadre. Ambos se habían despojado

de la _colodra_ que llevaban á la cintura atascada de hierba (la

colodra, se entiende), para que con los movimientos del cuerpo no

se derramara el agua en que se hundía la pizarra hasta la mitad, y

habían escondido cuidadosamente el dalle entre las _mijas_ húmedas y

sombrías del maizal, para preservarle de los rayos directos del sol,

que destemplarían su _boca_. En la opuesta cabecera del prado, que

parecía un papel de música, cuyos pentagramas, rigurosamente paralelos,

eran las cordilleras, ó _lombíos_, que había ido formando cada dalle

á la izquierda del segador, esparcía la hierba con el mango de una

rastrilla, para que se oreara pronto, una zagalona descalza, muy

nutrida de seno, corta de refajo, ancha de caderas y de pies, y no mal

encarada del todo. Demasiado abultados tenía los párpados de arriba,

y algo desmayada la boca por abajo; pero no resaltaban cosa mayor

estos defectos para la fama de bobalicona que gozaba en el pueblo, y

lo _parada_ de magín que era. Hasta le caía bien un pajero de doce

cuartos, adornado con hiladillo encarnado, que llevaba sobre el pañuelo

de su cabeza redonda. Acababa de llegar con el almuerzo que aún tenía

su padre entre manos, y con el intento de esparcir todo lo segado

mientras los dos comensales despachaban las correspondientes raciones,

garrapateaba en el suelo con el palo, que se las pelaba; volaba en

ocasiones la hierba por los aires y, para hacer más llevadera la tarea,

derramaba cantares, casi á borbotones, por la ancha embocadura de su

gaznate, sin pizca de concierto ni medida.

«Sospiritos de mi alma,

olé sí, bien lo sé yo,

y dime de quién te alcuerdas

cuando estás solo».

Y así por el estilo: unas veces en falsete, y otras á grito pelado. La

voz, que era recia y destemplada, según los rumbos en que la ponían los

bruscos movimientos de la cantadora, se perdía en los inmensos ámbitos

de la mies, se apagaba poco á poco arrebatada por el soplo de la

naciente brisa, ó repercutía en los próximos altozanos y, en ocasiones,

empalmaba en las lejanías con otras voces que semejaban reprenderla,

ó con los ecos de un varonil relincho que parecía flagelarla. Porque

la mies estaba á aquellas horas pobladísima de gente. Era el mes de

la siega: en agosto ya cae rocío por la noche, y se aprovechan las

madrugadas para segar antes que el sol se beba la rociada que necesita

el dalle para cebarse bien en la hierba. La que se había segado la

víspera, estaba en montones, ó _hacinas_, que se deshacían entonces

para que el sol, que ya calentaba, fuera acabando de secarla. De modo

que entre los hombres que segaban los últimos lombíos, las mujeres

que los iban esparciendo y las gentes que _deshacinaban_, se hallaba

medio pueblo desparramado por allí, llenando de música los aires y

salpicando de alegres notas de color el inmenso tapiz de la campiña. El

cual tapiz era un completo muestrario de verdes, formado con retazos

geométricos de todas las formas imaginables, zurcidos en el más

caprichoso desorden: el verde seco de los prados sin segar; el pajizo

de los recién segados; el aterciopelado jugoso, en variedad de matices,

de las húmedas regatadas; el verde sucio de los bardales; el gris de

las mimbreras que festoneaban á trechos los regatos... hasta el negro

lustroso de los maizales, algo menos intenso en las alturas que en las

hondonadas.

Á medida que el sol se elevaba, iba arreciando la brisa del nordeste,

y envolviendo en sus ondas una fragancia de que no tienen idea los que

sólo conocen la del heno segado, por esos falsos testimonios que la

industria le levanta en pomos de vidrio con lazos de seda y cromos de

veinticinco colores; sacudía los picos de los pañuelos y los pliegues

de las sayas de percal; bamboleaba la hierba de las praderas y el

débil ramaje de los arbustos; columpiaba los átomos en el espacio

entre cascadas de luz y hacía que se entrechocaran blandamente las

relucientes hojas del maíz en las heredades. De este modo, si el olfato

se deleitaba con los aromas de que se henchía sin embriagarse, la vista

y el oído no se regalaban menos: aquélla, con los caprichos de la luz

chisporroteando en los dispersos arbustos de esmaltado follaje, en

las escondidas espadañas y en las flotantes moléculas, y meciéndose,

en anchas ondas tornasoladas, sobre prados y maizales; y el oído, con

otras armonías harto más dulces y concertadas que las de la música

de las cantadoras, ó de los relinchos de los segadores:--el suave

y continuo rumor de todo lo que se movía en la naturaleza, como un

interminable arrullo de amor, con sus chasquidos de besos... Vamos, que

se podía decir mucho de estas cosas, que nunca son por acá convencional

y vana poesía, si hubiera tiempo y espacio para ello, y yo supiera

decirlo.

Por la tarde entrarán nuevas figuras en el cuadro y distintos

accesorios, y las ya conocidas se emplearán en tareas diferentes. Se

_atropará_ el heno esparcido y seco, y llegarán los carros, al perezoso

andar de los bueyes, con sus campanillas untadas de lodo para apagar

el sonido que atrae al tábano que enloquece á las bestias con su

acerado aguijón; los carros, digo, con sus altas armaduras postizas, á

colmarse de hierba, formándose la inverosímil balumba por arte singular

de la moza que la va _acaldando_ arriba, y obra de los bríos y de la

destreza del hombre que se la envía á horconadas desde abajo... asunto,

en verdad, que apesta retratado en los abanicos y en las cajas de

bombones, y que, sin embargo, dejaría embelesado al lector de estos

rasguños, si tuviera yo la dicha de apuntársele con el dedo en las

mieses de mi aldea... Y ahora caigo en que podría darse el caso de que

le sucediera con lo descrito lo propio que con lo pintado; temor por el

cual déjolo aquí de pronto y vuélvome al principio, donde nos aguardan

los dos compadres «en dulce amor y compaña».

II

Y repito que se expresaba del siguiente modo el bueno del tío Luco

Sarmientos, mientras su compadre, tendido ya sobre el codo del lado

izquierdo, llevaba á la boca con la diestra el deseado torrezno para

darle la primera dentellada:

--Pues á lo que te decía respetive al caso: ya estamos en el agosto,

¿no-verdá? y á más de mediao, por más señas; ya estamos en el agosto...

Corriente; ya pasó lo más duro de la brega de la labranza: el romper la

tierra, el golverla á amañar, el golverla á romper para la sementera;

el sallo, que no es flojo de por sí; el resallo, que allá se le anda...

y cátame aquí los maizales hechos una bendición de la gloria: negrean

de puro sanos; no se ve ya el hombre adentro de ellos, la barba de la

panoja apuntando, y cuatro dedos de pendón afuera de la caña. Cuanto se

puede pedir en buena ley. Lo de la herba, me gusta: no rinde el cuerpo,

porque es labor de pocos días; en menos de ocho, como tú sabes, he

llenao el pajar, cuasi pa el cuasi, con lo de los praos que llevo,

menos lo de éste, que se _empayará_ mañana si Dios quiere... ¿Te vas

enterando tú?

--Te digo que sin perder ite.

--Pues escucha y perdona. Ya estamos en el agosto: el ganao anda en

los puertos; no vendrá hasta octubre, y por esta banda, nengún desvelo

me apura. Iten con iten, no debo un cuarto que tenga que pagar en este

mes; el tercio no cae hasta el que viene, y ya sé de ónde sacar el

montante de la contrebución. De maíz, no ando gran cosa; pero lo mesmo

fué en julio y en el anterior, y lo propio será hasta el maíz nuevo,

porque lo viejo finiquitó en mayo.

--En febrero se bajó el último grano del mi desván.

--Otros le bajaron en diciembre, Mingo, y en el pueblo hay

contrebuyente que no cogió veinte celemines. Voy al decir con esto, que

tanto más á favor mío por lo respetive al presente, si á mirar fuéramos

las cosas por la estampa de ellas y á primera vista... ¿Me entiendes tú

bien?

--De lo mejor.

--Curriente. Pues entoavía le apunto otras ventajas al mes de agosto...

pa que veas si ajusto bien las cuentas en su provecho... Hombre soy,

como tú sabes, más tentao del recreo que de la malenconia; ni me pesan

los años, ni se me cansan los ojos al auto de echar unas canas al aire

siempre que hay ocasión de ello, sin ofensa de Dios ni escándalo de las

gentes. Me gusta coger el palo y ponerme la camisa limpia con la ropa

de los domingos, en cuanto se toca á fiesta en cualquiera parte que

no esté muy lejos. Pues dime tú si hay otro mes en el año como el de

agosto, por lo tocante á romerías de las buenas y á ferias de lo mejor,

y á la puerta de casa, como el otro que dice. Pues évate con el perojo

_rodero_, y la buena breva, que me alampo por ello, y la manzana de

_nánjara_, que sabe... ¡á ochentines, hombre, de puro rica que es!

--¡Y que tienes tú en el huerto buenos frutales de cada cosa!...

--¿Que si tengo? Una hermosura de Dios, compadre; y más siento yo un

morrillazo á las ramas desde la calleja, que si me le encajaran á mí en

metá de la nuca. Y como yo digo á los muchachos más de cuatro veces:

«Pedímelo por la puerta, condenaos, que yo vos lo daré en mano propia,

sin que me lo robéis malamente, con ultraje del árbol y riesgo, pa

vusotros, de una taringa...». Porque no tiene el hombre la pacencia en

el bolsillo pa usar de ella cuando más falta le hace. Y á lo que te

voy: pues dame la mora, que ya blandea, y tómate...

--Por estipulao, compadre: estamos al corriente de la cosa en todo lo

que me puedas decir á ese respetive: ya está visto el mes por esa cara

buena, que por decir buena, tamién yo digo que lo es de verdá. Vamos al

otro consiguiente.

--Voy á servirte, Mingo, y dígote que con gustarme tanto como me gusta

este mes, no hay en todo él cuarto de hora sin amargores y espantos

para mí.

--¿Por qué, hombre de Dios?

--Porque todos los males de mi casa han venío en agosto, y no ha pasao

uno dende que yo nací, sin que me haya llovido algún mal. Por eso me

pasmo de que estemos á decinueve ya, sin que haya llegao _lo_ del año

presente.

--¿Lo esperas como lo dices, Luco?

--Como el sol de mañana, compadre.

--Feguraciones del magín, y no más que feguraciones.

--Vete contando por los deos, para hacerte mejor el cargo. Por un

milagro de Dios salí con vida al mundo.

--De muy allá lo tomas.

--Es que no empieza ello más acá. No es mía la culpa. La brega fué tan

dura, que mientres se andaba con que si me ajuego ó no me ajuego, ó

sobre si alendaba ó no alendaba, se le acabó el resuello á mi madre.

La semana que viene hará de esto sesenta y dos años, día por día...

veintitrés de agosto. Me crié mal y por obra de misericordia, y dicen

que pasé toas las enfermedades que pueden pasar las criaturucas en los

cinco primeros años de vida. En toas estuve á las puertas de la muerte,

y toas me acometieron en agosto. Cuando llegué á muchacho, no pasó un

mes de éstos sin quebranto gordo para mí ó para mi casa... En agosto

se cayó mi padre por un boquerón del pajar, y de resultas falleció al

año cabal; en agosto le aconteció á la única hermana que me quedaba,

aquella desgracia que la mató de vergüenza en pocas horas, como es bien

notorio en el pueblo... ¡Paécese propiamente que está la mala estrella

ojeándole á uno para que en cuanto uno quiere darse una miaja de

respiro en ese mes, le encaje la pesaúmbre encima!

--Bien pudiera estribar algo de ello, compadre, en que el mesmo recelo

acelera al hombre, ¿estás tú? y le lleva, le lleva, como el otro que

dice, á caer en la boca mesma del lobo, que no se alcordaba de él.

--No sé yo qué habrá sobre el caso, compadre, por la banda que tú le

miras; pero las más de las veces, contra lo que tú piensas, me han

cogío de súpito los malos golpes... Aquí está esta pata, zamba desde

entonces, que no me dejará por mentiroso de lo que afirmo... Bien

sabes tú lo que pasó. Tenía yo que ir á Santander como por la posta...

Contigo lo traté primero.

--No hay pa qué relates el caso, porque le tengo bien sabido.

--Importa el relate de él aquí, al auto de lo que se trata. El viaje

era motivao á un expidiente que me interesaba mucho, y se creía que

de llegar ó no llegar yo á punto, con un decumento, que por fortuna

no hizo falta después, dependía el que la cosa resultara bien ó mal

para mis intereses. En estos apuros, atrevíme á pedirle la jaca al

Mayoralgo, que, aunque no muy esponjá, era animal de aguante y buen

andar. El hombre se prestó al ruego, porque, en verdá sea dicho, algún

favor me debía en la cortedá de mis posibles; y al apuntar el alba, ya

estaba yo á caballo saliendo de la corralá. De víspera había llovido

mucho, y el regatón de abajo mi casa iba algo más lleno que lo de

costumbre. Tomé la vaera, que, como tú sabes, hace un remanso: habría

como palmo y medio de agua, á todo tirar; el suelo como la palma de

la mano. Pues, señor, meto un espolazo á la jaca, y encogí un poco

las rodillas pa no mojarme los pies con la salpicaúra, cuando noto

que el animal se para en metá de la vaera, y espienza á golpear el

agua con un remo de los de alante. «Esto es que quiere beber», dije

para mí mesmo; y le aflojé los ramales para que bebiera. ¡Que Dios

no me salve si yo recelaba cosa nenguna de que el demonio del animal

pudiera ser _agostizo_! Bien sabes tú que los caballos de esta clase,

tan aína meten las patas en el agua, ¡chapla! ya están revolcándose

en ella. Pues lo propio aconteció allí, hijo del alma: aflojarle yo

los ramales á la jaca y tumbarse ella á la larga en metá del río, fué

una cosa mesma. Y no se contentó con esto sólo, que ya era mucho para

mí, por haberme cogido la pata derecha debajo, sino que el demonio del

animal, al verse en sus glorias, escomenzó á pernear al aire y á querer

darse la vuelta del otro lao. ¡Fegúrate, compadre, si clamaría yo allí

al Dios verdadero!... Como que pensé que me había llegado la última;

y así, di el grito y el lamento que pudieron oirse en dos leguas á

la redonda. Fortuna que, contra lo que yo esperaba á aquellas horas,

andaba cerca un muchacho, el hijo de Antón Burciles, que llevaba el

ganao á la sierra. Oyóme, acudió, echó mano al freno de la jaca, hízola

levantarse á estacazos... y quise levantarme yo tamién, hecho una

sopa y empanderao de agua como me veía. ¡Menearme yo! Lo mesmo que una

peña. Y no era ná el motivo: la pata rota, hijo, así como suena. Acudió

gente avisá por el muchacho, y me llevaron á casa como pudieron...

¡El veinticuatro de agosto, compadre! ¿Te vas enterando? Cuarenta

días estuve entablillao; y entre uno y otro, cerca de tres meses sin

soltar las cachavas y acabando con la poca hacienda. ¿Busqué yo esta

desgracia? ¿Metíme por ella, como te piensas tú?

--Me alcuerdo del caso, compadre, que no fué pa olvidao, ni de los que

se alcuentran con la ceguera del miedo.

--Ni tampoco los otros, Mingo. En un agosto enviudé, á lo mejor de la

vida, y en un par de agostos perdí los dos hijos varones, que ya me

ayudaban mucho en la labranza. El uno se me desnucó en el monte. Al

otro le mató un tabardillo en cuatro días. Quedóme esa muchacha: en

agosto nació, pa que haya salido cosa buena.

--No digas, compadre, tan mal de Narda; no porque yo la sacara de pila,

sino porque las hay mucho peores.

--Es una tordona sin pizca de sentío.

--Pero honrada, como es, te la conserve Dios.

--Eso ha de verse, compadre. Por la presente, tentaona de la risa es, y

motivos hace para ponerme en recelo... ¿Qué buscas alreguedor, si puede

saberse?

--Algo con que refrescar el gaznate, que el torrendo, aunque frío, pide

lo suyo.

--Ahí está el botijo, debajo de ese brazao de hierba.

--¿El botijo dijistes, compadre? Estará hecho un caldo.

--Con eso no te cortará el sudor. De lo que tú deseas, no hay gota á

mis alcances como otros días, y no me gustan trampas en la taberna. Ya

mejorará Dios las horas y habrá para todos: bien sabes que yo no lo

escupo, ni, cuando lo tengo, lo escondo de los amigos... ¡Mal pecho te

deja lo del botijo, por la cara que pones!... Dámele acá, que cuando no

hay solomo...

--Allá va, compadre, y sin pena maldita por que le saques la entraña

neta... Y golviendo al caso, relátame eso que apuntabas de la muchacha,

si es que puede relatarse. La estimo de veras y quisiera su bien.

--Por demás sabes tú lo que hay al consiguiente.

--¿Lo dices por _Baldragas_?

--Justas y cabales. No la deja un punto ni ella le pierde de vista.

Cada semana me la pide; antanoche repitió la solfa: desde el _empaye_

de antier, está el mozo hecho una brasa... y Narda poco menos. ¡Primero

la descuartizo! dicho se lo tengo.

--No estamos al ite en eso, compadre; y bien sabes que siempre te hablé

del particular en esta mesma consonancia. Te estorban las moscas, y las

estás metiendo la miel por los ojos. Reniegas de ese muchacho, y cada

día le llamas de obrero.

--Porque, á ese respetive, hace más que su deber. Trabaja al demontres,

y no hay brega que le rinda el brazo... á más de que cuento con que, á

fuerza de verlo y no catarlo, acabará por aborrecerlo... Pero ya sabes

la tacha que le pongo: aquí cayó como llovido, siendo una criatura; y

sirviendo á unos y á otros, ha llegado á lo que es. Toas las casas son

suyas, y no duerme en nenguna con buen derecho. Padres conocidos tiene,

porque lo asegura él; pero naide los ha visto.

--Sea honrao el hombre, que lo demás es chanfaina. ¿Qué otras manchas

tiene?

--Un vino muy malo, las veces que lo cata, que no son muchas. Se fuma

un caudal... ¡no he visto otro vicio! Cuando no tiene tabaco, quema en

la pipa lo primero que encuentra: berros en vinagre, si no hay cosa

mejor...

--Se hace á lo que tiene, compadre, y eso no es un vicio.

--De personal, á la vista lo lleva: no vale tres cuartos... En

finiquito, compadre, me busca la hacienda pa el día de mañana; y está

en ley de Dios que el que pide el torrendo, traiga siquiera el zoquete.

--Eso ya es cubicia tuya, que puede romperte el saco al salirte las

cuentas que te echas. ¿No tiene otra falta Ceto?

--Otra, y la más negra. Sé que es _agostizo_: una vez lo oí de su boca.

--Tú lo dijistes: eso sólo te espanta; y, en casos como éste, pecas

contra Dios, porque no puede creerse en cosas _pirtiniciosas_.

Y como en esto llegara Narda á hurgar con el mango de la rastrilla

cerca de los pies de los dos compadres, cambiaron éstos de conversación

tomando por pretexto la maldita calidad del tabaco que comenzaban á

fumar en sendos cigarrillos.

Cuando Narda hubo esparcido los últimos mechones de hierba recién

segada, le dijo su padre:

--Cógete el botijo y la servilleta, y pica hacia casa á mirar un poco

por la comida. Nusotros nos quedamos para dar otra vuelta á la hierba

con el asta del dalle antes de irnos.

Obedeció Narda sin despegar los labios, pero sin apurarse gran cosa;

y mientras se alejaba mies arriba, zarandeando el refajo y echando

cantares por la boca, decía su padre á Mingo Ranales, no sé si para

rematar la conversación ó para empalmarla con otra sobre el mismo tema,

tras una bocanada de humo y un _regüeldo_ muy sonado:

--Será lo que tú quieras, compadre; pero no hay quién me arranque del

magín que esa muchacha me la ha de hacer, y ha de hacérmela en agosto.

III

Al día siguiente reverberaba el sol sobre el campo, como el fuego á

la boca del horno, sin pizca de nube en el cielo ni asomo de brisa

en el aire. ¡Gran día de hierba... y de tábanos! Por la mañana había

deshacinado tío Luco, con la ayuda de Narda, la del prado segado la

víspera, y al darle vuelta cerca del mediodía, sonaba de puro seca. Á

las tres de la tarde, mientras la mozona volvía del molino, echando los

bofes (porque no había polvo de harina en casa y era preciso amasar

temprano para que cenaran los obreros al anochecer), con una carga de

celemín y medio, dejada allá en grano la antevíspera, tío Luco entraba

en la mies con su propio carro, en el cual iba sentada, con su pajero

en la cabeza y su refajo encarnado, la nieta mayor de Mingo Ranales,

zagalona precoz que se pintaba sola para acaldar carros de hierba.

Entre su madre, su abuelo y Baldragas, atropaban en tanto la del prado,

formando anchas fajas entre las cuales había de colocarse el carro

para cargarlo. Llegaron pronto los bueyes, porque iban á un andar que

pasaba de los gustos de su dueño. Pusiéronles bajo el hocico, y para

que no se movieran de allí, abundante ración, encogollándola bien á

menudo, para que la fueran comiendo sin humillar la cabeza; pero no

se logró el intento sino en parte, porque con el calor andaban las

moscas desesperadas, y las mansas bestias, no bastándoles el rabo para

sacudírselas, daban cada embestida al aire, entre patadas y manotazos,

que crujía la armadura y aun se removían y sonaban algunas tablas mal

seguras de la pértiga vacía.

Cuando la moza de arriba comenzaba verdaderamente á lucir sus talentos

de cargadora, cimentando con arte la balumba que iba formando entre

aquellos zarandeos de marejada; es decir, cuando ya salía la carga

media braza fuera del carro por todas partes, contando la armadura y la

rabera postizas, dijo tío Luco á Baldragas:

--Pica á uncir el carro de mi compadre, y estate aquí con él en un

vuelo, que ya sabes lo convenido. Los dos han de salir juntos del

prado, para empayarlos en seguida y volver por lo que quede... ¡y

mira que te he de contar las zancás y los minutos, para ver los que

malgastas en el viaje!

Ceto, sin chistar, soltó la rastrilla, y, con su pipa rabona entre los

dientes, salió del prado á buen andar.

Tenía razón el padre de Narda: no valía el mozo tres cuartos en buena

venta. Era feo, estevado y de corta alzada, pero nervudo y sano;

torcía las alpargatas, rotas por encima de los dedos, y no le llegaban

á los tobillos las perneras de sus amorralados calzones de mahón,

con remiendos azules y varios agujeros sin remendar. Los aseguraba

por encima del hombro derecho con un tirante de orillo, sobre una

mala camisa sin botones. Iba en pelo, el cual pelo era algo lanudo

y apardado. Bizcaba un poco de ambos ojos, y le blanqueaban mucho

los dientes, á pesar del vicio que le dominaba, entre sus labios

gruesos y en frecuente retozo con la lengua. Esto y lo saliente de la

mandíbula inferior y de los pómulos, lo chispeante de los ojuelos,

cierto encogimiento de cuerpo que le era habitual en el instante de las

grandes resoluciones, y su viveza montuna, acusaban una naturaleza de

sátiro, sensual y vigorosa al mismo tiempo, formada á prueba de todos

los rigores del desamparo y de las intemperies.

Pachín González · 第 6 / 13 段