AGOSTO[2]
BUCÓLICA MONTAÑESA
I
No lo podía remediar el pobre tío Luco Sarmientos: mentarle el mes
de agosto era producirle un escalofrío. Y si fuéramos á decir que le
aborrecía, vaya con Dios; pero sucedía todo lo contrario. Como él
decía: «De agosto, no hay que hablar mal delante de mí por lo tocante
á sí mesmo, ó sease respetive á su mesma mensualidá. No tiene tacha
sobre estos particulares; y por gustar, me gusta como el mejor del año;
_pero_...».
Pero era excesivamente supersticioso el bendito de Dios, y hasta creo
que no le faltaban motivos para ello, si convenimos, como debemos
convenir, en que es muy difícil dejar de ver en una larga y ordenada
serie de casualidades, el cumplimiento fatal de una ley misteriosa é
inexorable. ¿Quién no es algo supersticioso en este sentido?
Y relataba de este modo el caso, á su compadre y convecino, Mingo
Ranales, sesentón y acartonado como él. Acababan de _tumbar_ entre
ambos un prado de quince carros, de los que, entre propios y á renta,
cultivaba años hacía el preopinante, y se disponían á almorzar á la
sombra que proyectaba un maizal sobre la linde del susodicho prado.
Tío Luco desanudaba entre sus piernas, abiertas en ángulo agudo sobre
el heno recién segado, las cuatro puntas de una servilleta _casera_,
mezquina y bisunta, que envolvía dos torreznos y otros tantos pedazos
de borona fríos. Mingo Ranales, sentado á la mujeriega, parecía, por
de pronto, más atento á la ración que esperaba y le correspondía, que
á las palabras y gestos de su compadre. Ambos se habían despojado
de la _colodra_ que llevaban á la cintura atascada de hierba (la
colodra, se entiende), para que con los movimientos del cuerpo no
se derramara el agua en que se hundía la pizarra hasta la mitad, y
habían escondido cuidadosamente el dalle entre las _mijas_ húmedas y
sombrías del maizal, para preservarle de los rayos directos del sol,
que destemplarían su _boca_. En la opuesta cabecera del prado, que
parecía un papel de música, cuyos pentagramas, rigurosamente paralelos,
eran las cordilleras, ó _lombíos_, que había ido formando cada dalle
á la izquierda del segador, esparcía la hierba con el mango de una
rastrilla, para que se oreara pronto, una zagalona descalza, muy
nutrida de seno, corta de refajo, ancha de caderas y de pies, y no mal
encarada del todo. Demasiado abultados tenía los párpados de arriba,
y algo desmayada la boca por abajo; pero no resaltaban cosa mayor
estos defectos para la fama de bobalicona que gozaba en el pueblo, y
lo _parada_ de magín que era. Hasta le caía bien un pajero de doce
cuartos, adornado con hiladillo encarnado, que llevaba sobre el pañuelo
de su cabeza redonda. Acababa de llegar con el almuerzo que aún tenía
su padre entre manos, y con el intento de esparcir todo lo segado
mientras los dos comensales despachaban las correspondientes raciones,
garrapateaba en el suelo con el palo, que se las pelaba; volaba en
ocasiones la hierba por los aires y, para hacer más llevadera la tarea,
derramaba cantares, casi á borbotones, por la ancha embocadura de su
gaznate, sin pizca de concierto ni medida.
«Sospiritos de mi alma,
olé sí, bien lo sé yo,
y dime de quién te alcuerdas
cuando estás solo».
Y así por el estilo: unas veces en falsete, y otras á grito pelado. La
voz, que era recia y destemplada, según los rumbos en que la ponían los
bruscos movimientos de la cantadora, se perdía en los inmensos ámbitos
de la mies, se apagaba poco á poco arrebatada por el soplo de la
naciente brisa, ó repercutía en los próximos altozanos y, en ocasiones,
empalmaba en las lejanías con otras voces que semejaban reprenderla,
ó con los ecos de un varonil relincho que parecía flagelarla. Porque
la mies estaba á aquellas horas pobladísima de gente. Era el mes de
la siega: en agosto ya cae rocío por la noche, y se aprovechan las
madrugadas para segar antes que el sol se beba la rociada que necesita
el dalle para cebarse bien en la hierba. La que se había segado la
víspera, estaba en montones, ó _hacinas_, que se deshacían entonces
para que el sol, que ya calentaba, fuera acabando de secarla. De modo
que entre los hombres que segaban los últimos lombíos, las mujeres
que los iban esparciendo y las gentes que _deshacinaban_, se hallaba
medio pueblo desparramado por allí, llenando de música los aires y
salpicando de alegres notas de color el inmenso tapiz de la campiña. El
cual tapiz era un completo muestrario de verdes, formado con retazos
geométricos de todas las formas imaginables, zurcidos en el más
caprichoso desorden: el verde seco de los prados sin segar; el pajizo
de los recién segados; el aterciopelado jugoso, en variedad de matices,
de las húmedas regatadas; el verde sucio de los bardales; el gris de
las mimbreras que festoneaban á trechos los regatos... hasta el negro
lustroso de los maizales, algo menos intenso en las alturas que en las
hondonadas.
Á medida que el sol se elevaba, iba arreciando la brisa del nordeste,
y envolviendo en sus ondas una fragancia de que no tienen idea los que
sólo conocen la del heno segado, por esos falsos testimonios que la
industria le levanta en pomos de vidrio con lazos de seda y cromos de
veinticinco colores; sacudía los picos de los pañuelos y los pliegues
de las sayas de percal; bamboleaba la hierba de las praderas y el
débil ramaje de los arbustos; columpiaba los átomos en el espacio
entre cascadas de luz y hacía que se entrechocaran blandamente las
relucientes hojas del maíz en las heredades. De este modo, si el olfato
se deleitaba con los aromas de que se henchía sin embriagarse, la vista
y el oído no se regalaban menos: aquélla, con los caprichos de la luz
chisporroteando en los dispersos arbustos de esmaltado follaje, en
las escondidas espadañas y en las flotantes moléculas, y meciéndose,
en anchas ondas tornasoladas, sobre prados y maizales; y el oído, con
otras armonías harto más dulces y concertadas que las de la música
de las cantadoras, ó de los relinchos de los segadores:--el suave
y continuo rumor de todo lo que se movía en la naturaleza, como un
interminable arrullo de amor, con sus chasquidos de besos... Vamos, que
se podía decir mucho de estas cosas, que nunca son por acá convencional
y vana poesía, si hubiera tiempo y espacio para ello, y yo supiera
decirlo.
Por la tarde entrarán nuevas figuras en el cuadro y distintos
accesorios, y las ya conocidas se emplearán en tareas diferentes. Se
_atropará_ el heno esparcido y seco, y llegarán los carros, al perezoso
andar de los bueyes, con sus campanillas untadas de lodo para apagar
el sonido que atrae al tábano que enloquece á las bestias con su
acerado aguijón; los carros, digo, con sus altas armaduras postizas, á
colmarse de hierba, formándose la inverosímil balumba por arte singular
de la moza que la va _acaldando_ arriba, y obra de los bríos y de la
destreza del hombre que se la envía á horconadas desde abajo... asunto,
en verdad, que apesta retratado en los abanicos y en las cajas de
bombones, y que, sin embargo, dejaría embelesado al lector de estos
rasguños, si tuviera yo la dicha de apuntársele con el dedo en las
mieses de mi aldea... Y ahora caigo en que podría darse el caso de que
le sucediera con lo descrito lo propio que con lo pintado; temor por el
cual déjolo aquí de pronto y vuélvome al principio, donde nos aguardan
los dos compadres «en dulce amor y compaña».
II
Y repito que se expresaba del siguiente modo el bueno del tío Luco
Sarmientos, mientras su compadre, tendido ya sobre el codo del lado
izquierdo, llevaba á la boca con la diestra el deseado torrezno para
darle la primera dentellada:
--Pues á lo que te decía respetive al caso: ya estamos en el agosto,
¿no-verdá? y á más de mediao, por más señas; ya estamos en el agosto...
Corriente; ya pasó lo más duro de la brega de la labranza: el romper la
tierra, el golverla á amañar, el golverla á romper para la sementera;
el sallo, que no es flojo de por sí; el resallo, que allá se le anda...
y cátame aquí los maizales hechos una bendición de la gloria: negrean
de puro sanos; no se ve ya el hombre adentro de ellos, la barba de la
panoja apuntando, y cuatro dedos de pendón afuera de la caña. Cuanto se
puede pedir en buena ley. Lo de la herba, me gusta: no rinde el cuerpo,
porque es labor de pocos días; en menos de ocho, como tú sabes, he
llenao el pajar, cuasi pa el cuasi, con lo de los praos que llevo,
menos lo de éste, que se _empayará_ mañana si Dios quiere... ¿Te vas
enterando tú?
--Te digo que sin perder ite.
--Pues escucha y perdona. Ya estamos en el agosto: el ganao anda en
los puertos; no vendrá hasta octubre, y por esta banda, nengún desvelo
me apura. Iten con iten, no debo un cuarto que tenga que pagar en este
mes; el tercio no cae hasta el que viene, y ya sé de ónde sacar el
montante de la contrebución. De maíz, no ando gran cosa; pero lo mesmo
fué en julio y en el anterior, y lo propio será hasta el maíz nuevo,
porque lo viejo finiquitó en mayo.
--En febrero se bajó el último grano del mi desván.
--Otros le bajaron en diciembre, Mingo, y en el pueblo hay
contrebuyente que no cogió veinte celemines. Voy al decir con esto, que
tanto más á favor mío por lo respetive al presente, si á mirar fuéramos
las cosas por la estampa de ellas y á primera vista... ¿Me entiendes tú
bien?
--De lo mejor.
--Curriente. Pues entoavía le apunto otras ventajas al mes de agosto...
pa que veas si ajusto bien las cuentas en su provecho... Hombre soy,
como tú sabes, más tentao del recreo que de la malenconia; ni me pesan
los años, ni se me cansan los ojos al auto de echar unas canas al aire
siempre que hay ocasión de ello, sin ofensa de Dios ni escándalo de las
gentes. Me gusta coger el palo y ponerme la camisa limpia con la ropa
de los domingos, en cuanto se toca á fiesta en cualquiera parte que
no esté muy lejos. Pues dime tú si hay otro mes en el año como el de
agosto, por lo tocante á romerías de las buenas y á ferias de lo mejor,
y á la puerta de casa, como el otro que dice. Pues évate con el perojo
_rodero_, y la buena breva, que me alampo por ello, y la manzana de
_nánjara_, que sabe... ¡á ochentines, hombre, de puro rica que es!
--¡Y que tienes tú en el huerto buenos frutales de cada cosa!...
--¿Que si tengo? Una hermosura de Dios, compadre; y más siento yo un
morrillazo á las ramas desde la calleja, que si me le encajaran á mí en
metá de la nuca. Y como yo digo á los muchachos más de cuatro veces:
«Pedímelo por la puerta, condenaos, que yo vos lo daré en mano propia,
sin que me lo robéis malamente, con ultraje del árbol y riesgo, pa
vusotros, de una taringa...». Porque no tiene el hombre la pacencia en
el bolsillo pa usar de ella cuando más falta le hace. Y á lo que te
voy: pues dame la mora, que ya blandea, y tómate...
--Por estipulao, compadre: estamos al corriente de la cosa en todo lo
que me puedas decir á ese respetive: ya está visto el mes por esa cara
buena, que por decir buena, tamién yo digo que lo es de verdá. Vamos al
otro consiguiente.
--Voy á servirte, Mingo, y dígote que con gustarme tanto como me gusta
este mes, no hay en todo él cuarto de hora sin amargores y espantos
para mí.
--¿Por qué, hombre de Dios?
--Porque todos los males de mi casa han venío en agosto, y no ha pasao
uno dende que yo nací, sin que me haya llovido algún mal. Por eso me
pasmo de que estemos á decinueve ya, sin que haya llegao _lo_ del año
presente.
--¿Lo esperas como lo dices, Luco?
--Como el sol de mañana, compadre.
--Feguraciones del magín, y no más que feguraciones.
--Vete contando por los deos, para hacerte mejor el cargo. Por un
milagro de Dios salí con vida al mundo.
--De muy allá lo tomas.
--Es que no empieza ello más acá. No es mía la culpa. La brega fué tan
dura, que mientres se andaba con que si me ajuego ó no me ajuego, ó
sobre si alendaba ó no alendaba, se le acabó el resuello á mi madre.
La semana que viene hará de esto sesenta y dos años, día por día...
veintitrés de agosto. Me crié mal y por obra de misericordia, y dicen
que pasé toas las enfermedades que pueden pasar las criaturucas en los
cinco primeros años de vida. En toas estuve á las puertas de la muerte,
y toas me acometieron en agosto. Cuando llegué á muchacho, no pasó un
mes de éstos sin quebranto gordo para mí ó para mi casa... En agosto
se cayó mi padre por un boquerón del pajar, y de resultas falleció al
año cabal; en agosto le aconteció á la única hermana que me quedaba,
aquella desgracia que la mató de vergüenza en pocas horas, como es bien
notorio en el pueblo... ¡Paécese propiamente que está la mala estrella
ojeándole á uno para que en cuanto uno quiere darse una miaja de
respiro en ese mes, le encaje la pesaúmbre encima!
--Bien pudiera estribar algo de ello, compadre, en que el mesmo recelo
acelera al hombre, ¿estás tú? y le lleva, le lleva, como el otro que
dice, á caer en la boca mesma del lobo, que no se alcordaba de él.
--No sé yo qué habrá sobre el caso, compadre, por la banda que tú le
miras; pero las más de las veces, contra lo que tú piensas, me han
cogío de súpito los malos golpes... Aquí está esta pata, zamba desde
entonces, que no me dejará por mentiroso de lo que afirmo... Bien
sabes tú lo que pasó. Tenía yo que ir á Santander como por la posta...
Contigo lo traté primero.
--No hay pa qué relates el caso, porque le tengo bien sabido.
--Importa el relate de él aquí, al auto de lo que se trata. El viaje
era motivao á un expidiente que me interesaba mucho, y se creía que
de llegar ó no llegar yo á punto, con un decumento, que por fortuna
no hizo falta después, dependía el que la cosa resultara bien ó mal
para mis intereses. En estos apuros, atrevíme á pedirle la jaca al
Mayoralgo, que, aunque no muy esponjá, era animal de aguante y buen
andar. El hombre se prestó al ruego, porque, en verdá sea dicho, algún
favor me debía en la cortedá de mis posibles; y al apuntar el alba, ya
estaba yo á caballo saliendo de la corralá. De víspera había llovido
mucho, y el regatón de abajo mi casa iba algo más lleno que lo de
costumbre. Tomé la vaera, que, como tú sabes, hace un remanso: habría
como palmo y medio de agua, á todo tirar; el suelo como la palma de
la mano. Pues, señor, meto un espolazo á la jaca, y encogí un poco
las rodillas pa no mojarme los pies con la salpicaúra, cuando noto
que el animal se para en metá de la vaera, y espienza á golpear el
agua con un remo de los de alante. «Esto es que quiere beber», dije
para mí mesmo; y le aflojé los ramales para que bebiera. ¡Que Dios
no me salve si yo recelaba cosa nenguna de que el demonio del animal
pudiera ser _agostizo_! Bien sabes tú que los caballos de esta clase,
tan aína meten las patas en el agua, ¡chapla! ya están revolcándose
en ella. Pues lo propio aconteció allí, hijo del alma: aflojarle yo
los ramales á la jaca y tumbarse ella á la larga en metá del río, fué
una cosa mesma. Y no se contentó con esto sólo, que ya era mucho para
mí, por haberme cogido la pata derecha debajo, sino que el demonio del
animal, al verse en sus glorias, escomenzó á pernear al aire y á querer
darse la vuelta del otro lao. ¡Fegúrate, compadre, si clamaría yo allí
al Dios verdadero!... Como que pensé que me había llegado la última;
y así, di el grito y el lamento que pudieron oirse en dos leguas á
la redonda. Fortuna que, contra lo que yo esperaba á aquellas horas,
andaba cerca un muchacho, el hijo de Antón Burciles, que llevaba el
ganao á la sierra. Oyóme, acudió, echó mano al freno de la jaca, hízola
levantarse á estacazos... y quise levantarme yo tamién, hecho una
sopa y empanderao de agua como me veía. ¡Menearme yo! Lo mesmo que una
peña. Y no era ná el motivo: la pata rota, hijo, así como suena. Acudió
gente avisá por el muchacho, y me llevaron á casa como pudieron...
¡El veinticuatro de agosto, compadre! ¿Te vas enterando? Cuarenta
días estuve entablillao; y entre uno y otro, cerca de tres meses sin
soltar las cachavas y acabando con la poca hacienda. ¿Busqué yo esta
desgracia? ¿Metíme por ella, como te piensas tú?
--Me alcuerdo del caso, compadre, que no fué pa olvidao, ni de los que
se alcuentran con la ceguera del miedo.
--Ni tampoco los otros, Mingo. En un agosto enviudé, á lo mejor de la
vida, y en un par de agostos perdí los dos hijos varones, que ya me
ayudaban mucho en la labranza. El uno se me desnucó en el monte. Al
otro le mató un tabardillo en cuatro días. Quedóme esa muchacha: en
agosto nació, pa que haya salido cosa buena.
--No digas, compadre, tan mal de Narda; no porque yo la sacara de pila,
sino porque las hay mucho peores.
--Es una tordona sin pizca de sentío.
--Pero honrada, como es, te la conserve Dios.
--Eso ha de verse, compadre. Por la presente, tentaona de la risa es, y
motivos hace para ponerme en recelo... ¿Qué buscas alreguedor, si puede
saberse?
--Algo con que refrescar el gaznate, que el torrendo, aunque frío, pide
lo suyo.
--Ahí está el botijo, debajo de ese brazao de hierba.
--¿El botijo dijistes, compadre? Estará hecho un caldo.
--Con eso no te cortará el sudor. De lo que tú deseas, no hay gota á
mis alcances como otros días, y no me gustan trampas en la taberna. Ya
mejorará Dios las horas y habrá para todos: bien sabes que yo no lo
escupo, ni, cuando lo tengo, lo escondo de los amigos... ¡Mal pecho te
deja lo del botijo, por la cara que pones!... Dámele acá, que cuando no
hay solomo...
--Allá va, compadre, y sin pena maldita por que le saques la entraña
neta... Y golviendo al caso, relátame eso que apuntabas de la muchacha,
si es que puede relatarse. La estimo de veras y quisiera su bien.
--Por demás sabes tú lo que hay al consiguiente.
--¿Lo dices por _Baldragas_?
--Justas y cabales. No la deja un punto ni ella le pierde de vista.
Cada semana me la pide; antanoche repitió la solfa: desde el _empaye_
de antier, está el mozo hecho una brasa... y Narda poco menos. ¡Primero
la descuartizo! dicho se lo tengo.
--No estamos al ite en eso, compadre; y bien sabes que siempre te hablé
del particular en esta mesma consonancia. Te estorban las moscas, y las
estás metiendo la miel por los ojos. Reniegas de ese muchacho, y cada
día le llamas de obrero.
--Porque, á ese respetive, hace más que su deber. Trabaja al demontres,
y no hay brega que le rinda el brazo... á más de que cuento con que, á
fuerza de verlo y no catarlo, acabará por aborrecerlo... Pero ya sabes
la tacha que le pongo: aquí cayó como llovido, siendo una criatura; y
sirviendo á unos y á otros, ha llegado á lo que es. Toas las casas son
suyas, y no duerme en nenguna con buen derecho. Padres conocidos tiene,
porque lo asegura él; pero naide los ha visto.
--Sea honrao el hombre, que lo demás es chanfaina. ¿Qué otras manchas
tiene?
--Un vino muy malo, las veces que lo cata, que no son muchas. Se fuma
un caudal... ¡no he visto otro vicio! Cuando no tiene tabaco, quema en
la pipa lo primero que encuentra: berros en vinagre, si no hay cosa
mejor...
--Se hace á lo que tiene, compadre, y eso no es un vicio.
--De personal, á la vista lo lleva: no vale tres cuartos... En
finiquito, compadre, me busca la hacienda pa el día de mañana; y está
en ley de Dios que el que pide el torrendo, traiga siquiera el zoquete.
--Eso ya es cubicia tuya, que puede romperte el saco al salirte las
cuentas que te echas. ¿No tiene otra falta Ceto?
--Otra, y la más negra. Sé que es _agostizo_: una vez lo oí de su boca.
--Tú lo dijistes: eso sólo te espanta; y, en casos como éste, pecas
contra Dios, porque no puede creerse en cosas _pirtiniciosas_.
Y como en esto llegara Narda á hurgar con el mango de la rastrilla
cerca de los pies de los dos compadres, cambiaron éstos de conversación
tomando por pretexto la maldita calidad del tabaco que comenzaban á
fumar en sendos cigarrillos.
Cuando Narda hubo esparcido los últimos mechones de hierba recién
segada, le dijo su padre:
--Cógete el botijo y la servilleta, y pica hacia casa á mirar un poco
por la comida. Nusotros nos quedamos para dar otra vuelta á la hierba
con el asta del dalle antes de irnos.
Obedeció Narda sin despegar los labios, pero sin apurarse gran cosa;
y mientras se alejaba mies arriba, zarandeando el refajo y echando
cantares por la boca, decía su padre á Mingo Ranales, no sé si para
rematar la conversación ó para empalmarla con otra sobre el mismo tema,
tras una bocanada de humo y un _regüeldo_ muy sonado:
--Será lo que tú quieras, compadre; pero no hay quién me arranque del
magín que esa muchacha me la ha de hacer, y ha de hacérmela en agosto.
III
Al día siguiente reverberaba el sol sobre el campo, como el fuego á
la boca del horno, sin pizca de nube en el cielo ni asomo de brisa
en el aire. ¡Gran día de hierba... y de tábanos! Por la mañana había
deshacinado tío Luco, con la ayuda de Narda, la del prado segado la
víspera, y al darle vuelta cerca del mediodía, sonaba de puro seca. Á
las tres de la tarde, mientras la mozona volvía del molino, echando los
bofes (porque no había polvo de harina en casa y era preciso amasar
temprano para que cenaran los obreros al anochecer), con una carga de
celemín y medio, dejada allá en grano la antevíspera, tío Luco entraba
en la mies con su propio carro, en el cual iba sentada, con su pajero
en la cabeza y su refajo encarnado, la nieta mayor de Mingo Ranales,
zagalona precoz que se pintaba sola para acaldar carros de hierba.
Entre su madre, su abuelo y Baldragas, atropaban en tanto la del prado,
formando anchas fajas entre las cuales había de colocarse el carro
para cargarlo. Llegaron pronto los bueyes, porque iban á un andar que
pasaba de los gustos de su dueño. Pusiéronles bajo el hocico, y para
que no se movieran de allí, abundante ración, encogollándola bien á
menudo, para que la fueran comiendo sin humillar la cabeza; pero no
se logró el intento sino en parte, porque con el calor andaban las
moscas desesperadas, y las mansas bestias, no bastándoles el rabo para
sacudírselas, daban cada embestida al aire, entre patadas y manotazos,
que crujía la armadura y aun se removían y sonaban algunas tablas mal
seguras de la pértiga vacía.
Cuando la moza de arriba comenzaba verdaderamente á lucir sus talentos
de cargadora, cimentando con arte la balumba que iba formando entre
aquellos zarandeos de marejada; es decir, cuando ya salía la carga
media braza fuera del carro por todas partes, contando la armadura y la
rabera postizas, dijo tío Luco á Baldragas:
--Pica á uncir el carro de mi compadre, y estate aquí con él en un
vuelo, que ya sabes lo convenido. Los dos han de salir juntos del
prado, para empayarlos en seguida y volver por lo que quede... ¡y
mira que te he de contar las zancás y los minutos, para ver los que
malgastas en el viaje!
Ceto, sin chistar, soltó la rastrilla, y, con su pipa rabona entre los
dientes, salió del prado á buen andar.
Tenía razón el padre de Narda: no valía el mozo tres cuartos en buena
venta. Era feo, estevado y de corta alzada, pero nervudo y sano;
torcía las alpargatas, rotas por encima de los dedos, y no le llegaban
á los tobillos las perneras de sus amorralados calzones de mahón,
con remiendos azules y varios agujeros sin remendar. Los aseguraba
por encima del hombro derecho con un tirante de orillo, sobre una
mala camisa sin botones. Iba en pelo, el cual pelo era algo lanudo
y apardado. Bizcaba un poco de ambos ojos, y le blanqueaban mucho
los dientes, á pesar del vicio que le dominaba, entre sus labios
gruesos y en frecuente retozo con la lengua. Esto y lo saliente de la
mandíbula inferior y de los pómulos, lo chispeante de los ojuelos,
cierto encogimiento de cuerpo que le era habitual en el instante de las
grandes resoluciones, y su viveza montuna, acusaban una naturaleza de
sátiro, sensual y vigorosa al mismo tiempo, formada á prueba de todos
los rigores del desamparo y de las intemperies.