Con el comento de estas noticias y la adquisición de otras por el

estilo, fué pasándose la tarde y entreteniendo Pachín sus impaciencias;

porque, á todo esto, el comensal no volvía... Hasta que empezó á

anochecer; y cansado de llorar, de sufrir y aun de impacientarse, en

un breve rato en que se quedó solo en la alcoba y casi á obscuras, le

acometió el sueño; pero tan á traición y de repente, que no tuvo tiempo

el diablejo, su espía, de recogerle los malos pensamientos, y se le

quedaron todos en la cabeza. También soñó con su pueblo entonces; pero

¡de qué distinta manera que la otra vez! Toda la comarca era un erial

ingrato: ni el sol se dignaba alumbrarla dos veces al mes, y se sentía

frío en ella hasta en agosto. Él se descoyuntaba el cuerpo trabajando,

¡y nada! Sembraba, y lo sembrado no nacía; el suelo resquebrajado de

sus praderas, sólo daba escajos y zarzas miserables; la casuca se le

desmoronaba á ojos vistas; el hambre y la ruinera acababan con sus

ganados, y se veía con el último vestido que había podido adquirir,

hecho jirones y mugriento por el uso, y además solo, ¡solo de toda

soledad! Porque su madre había muerto también. Subiendo á lo alto del

monte para _hacer_ una carga de leña de la única que se conservaba en

todo él, pero raquítica y chamuscada, como que procedía del incendio

que devoró los robledales que allí hubo, había rodado por los peñascos

de una quebrada, sin que apenas hubiera hallado él quien, por caridad,

le ayudara á sacar del fondo de la barranca el destrozado cadáver.

Todavía estaba viéndole metido en un ataúd sin tapadera, porque era el

de los pobres de solemnidad, con cuatro varales y cuatro patas: los

unos para ser cargado en hombros de cuatro hermanos de la _Vera-Cruz_;

las otras para mantenerle en alto junto á la sepultura y volcar en

ella fácilmente el cuerpo, sin tocarle con las manos. Se había vuelto

hacia casa, después de rezar el responso entonado por el cura sobre la

fosa rociada con agua bendita al mismo tiempo, y aún seguía andando,

andando; pero cuanto más andaba, menos adelantaba en el camino. Había

pasado así toda la mañana y casi toda la tarde; y ya se había puesto

el sol debajo de la espesa capa de nubes cenicientas, y se veía venir

la noche; y unos perros, extenuados de hambre, que habían salido á

ladrarle de las corraladas por donde había ido pasando, no cesaban de

ladrar ni de perseguirle; y él andaba y andaba, moviendo á un lado

y á otro un palo que llevaba en la mano apoyada sobre la cadera, y

empezaba á tener miedo. Porque la noche venía; y al latir lastimero

de los canes se iban agregando voces humanas, que no sabia él si eran

para apaciguarlos ó para azuzarlos más. Por último, anocheció de todo,

y á los ladridos y á las voces se juntó un manoseo que sentía sobre

el pecho y sobre la cara, sin poder averiguar quién ó qué cosa se le

producía; porque la noche era negra, negra como él no había conocido

otra, y no veía en torno suyo más que la negrura impenetrable, maciza,

de la obscuridad. El manoseo del pecho llegó á quitarle la respiración,

al mismo tiempo que le taladraban los oídos, no ya el ladrar de los

perros, sino unos gritos y llamadas que no acertaba á definir; y

como la angustia, el ahogo de su pecho, seguía apretándole, hizo un

esfuerzo de respiración en que puso todo lo que le quedaba de vida...

y triunfó en el empeño. Rotas aquellas opresoras ligaduras, hasta se

disiparon las tinieblas y cesaron los aullidos de los perros... y vió,

vió delante de sus ojos, comiéndole á besos y estrechándole entre

sus brazos, ¡oh prodigio y caridad de Dios!... á su madre; pero á su

madre viva: no á la que había rodado por los peñascos de la quebrada

del monte de sus delirios, sino á su verdadera madre; á la que había

desaparecido cuando la voladura del vapor y buscado él por todas

partes, llorándola ya por muerta. Y vió más todavía: vió, á la derecha

de su madre, á la posadera, y á la izquierda, al comensal, ambos con

los ojos encharcados de lágrimas, fijos en él... por más señas, que

la posadera tenía en la mano una palmatoria con una vela encendida, á

cuya luz, que hasta le deslumbraba, veía Pachín la escena como al sol

del mediodía, y distinguió claramente á las personas que formaban parte

de ella en la penumbra del segundo término. No cabía la menor duda:

aquello no era continuación de su sueño desconsolador y fatigoso, sino

la realidad patente. Pachín estaba despierto, y su madre, viva, junto

á él. Pensó volverse loco de alegría, como ya lo había estado dos ó

tres veces de pesadumbre. De un brinco se sentó en la cama y se colgó

del cuello de su madre que seguía devorándole á besos é inundándole

de lágrimas... ¡Fueran los químicos del sentimiento á averiguar cuál

de los dos corazones ponía mayor cantidad de fibras en aquel abrazo

sublime!

* * * * *

No fueron largas ni minuciosas las explicaciones de la madre cuando

llegó el momento de darlas, ni podían ser de otro modo. Sabía muy poco

de lo que le había pasado; y eso, por referencias hechas cuando ya

no había en ella otro pensamiento ni otras ansias que el saber de la

suerte de su hijo. Por lo visto, había sido encontrada debajo de unos

maderos, á la vera de un portal, por unas almas caritativas que la

subieron sin conocimiento á su casa. De tal arte estuvo hasta cerca de

la media noche, hora en que empezó á volver en sí. El verdadero y cabal

conocimiento no lo había adquirido hasta las dos de aquella tarde.

Entonces fué cuando la enteraron de todo lo del vapor y del modo que

había sido hallada y recogida ella; pero como no la daban noticias de

su hijo cuando preguntó por él, ya no vió ni oyó nada de lo que á su

lado pasaba ó se decía, ni pensó en otra cosa que en saltar de la cama

para echarse á la calle cuanto antes en busca del pedazo de su corazón.

No tenía otro mal que una pesadez muy grande en la cabeza y unos

cuantos golpes en el cuerpo, que no le habían hecho sangre ni levantado

el menor bulto, pero que le dolían algo... Pues todo se le quitó,

como por milagro de la Virgen, tan pronto como se empeñó en que se le

quitara con unos sorbos de caldo y la necesidad que tenía de hallarse

buena y fuerte. Y tan animosa se vió de pronto y tan firme y atrevida,

que ni siquiera quiso aceptar la compañía que le ofrecieron, por lo

que pudiera acontecerle en sus exploraciones: demasiado habían hecho

ya aquellas caritativas gentes. Se lanzó á la calle como desatinada y

loca; y al verse en ella, se la ocurrió que, ante todo, debía comenzar

por volver á la posada, donde quizás estuviera Pachín llorándola por

muerta. Anduvo, anduvo hacia allá, y á medio camino alcanzó á aquel

buen hombre (el comensal), que se alborotó de alegría al conocerla, y

la impuso de lo que más la interesaba saber. Alabó á Dios con toda su

alma agradecida... y allí estaba, un poco menos boyante que la víspera

y más baja de color; pero con la salud sin quebranto serio... y hasta

con su paraguas y todo, pues abrazada á él había sido encontrada bajo

la pila de maderos, según después se le dijo.

--Y ahora, hijo mío de mi alma--añadió, volviendo á besarle con ansias

de frenesí,--ahora que sabes de esto más de lo que hace falta, cuenta,

cuenta tú de lo tuyo, que es lo que importa y viene al caso.

Quería Pachín dejarlo «para luego», porque la historia era larga y su

madre necesitaba, ante todo, alimentarse y descansar; pero pensaba

ella de muy distinto modo: insistió en su empeño; se acomodó en una

silla que la posadera le arrimó á la cama; sentáronse también, aunque

á prudente distancia, aquella buena mujer y el comensal y cuantas

personas estaban allí presentes, y no tuvo Pachín más remedio que

ponerse á contar su terrible _odisea_.

Como tenía el corazón bien repleto del asunto, la boca del narrador

le fué pintando de tal arte, que á los fascinados oyentes les parecía

estar viéndole estampado en un papel; y tan á lo vivo resaltaban los

horrores del cuadro y las angustias del pintor, que al andar éste por

la mitad escasa de su tarea, le pidió su madre, por caridad de Dios,

que hiciera punto en lo ya dicho y dejara lo restante para otra vez.

--Razón tenías, hijo de mi alma--añadióle,--en resistirte á contármelo

ahora. Están las llagas demasiado frescas todavía para poder tocarlas

sin que sangren.

Y con el evidente propósito de llevar sus imaginaciones á otra parte

menos triste, le dijo en seguida:

--Á más de que hay que hacer de tripas corazón y ponerse cada cual en

su deber. Lo que no tiene de por sí remedio, no lo han de remediar

fuerzas humanas; y cuando el Señor de los cielos te libró de mal tan

grande, será porque te guarda para mejor suerte por otros caminos. ¿No

te lo paece á ti también? Y si no, dime: ¿á cuántos estás, á la hora

presente, de tu negocio? ¿Á que no has pensado siquiera que se puede

haber largado el otro barco sin acordarse del santo de tu nombre?

--¡El otro barco!--exclamó Pachín, llevándose ambas manos á los ojos,

espantado de la idea despertada en su cerebro por las preguntas de su

madre,--¡el que había de llevarme á mí por esos mares, días y días,

lejos, ¡muy lejos! en busca de... no sé qué?

--El mesmo, hijo mío, el mesmo.

--Pues hágase cuenta, madre, que, para mí, todos esos particulares, ya,

como las nubes de antaño. Desde ayer acá, soy muy otro de lo que fuí

en el ver y en el pensar de ciertas cosas... Aquello, ¡ay, madre de mi

alma!... yo no sé explicarlo bien; pero, aunque torpe de entendederas,

paéceme á mí que es á modo de libro abierto que tiene mucho que leer

y no poco que rumiar. De algo de ello viví yo loco por tentaciones de

Satanás, y así y con todo no pagué mi culpa donde tantos inocentes

perecieron ayer. ¿Qué mayor suerte? ¿Qué mayor aviso, madre? Y si no

lo fuere, yo por tal le tengo y á él me agarro... y al pobre rinconuco

del nuestro lugar quiero volverme antes con antes, á trabajar para

usté... para los dos, majando terrones como los majó mi padre que,

trabajando así, honrado vivió y en santa paz entregó á Dios el alma...

Y, en suma y finiquito, ¿qué mejor caudal, madre? El trabajo que honra

y da la paz, ¡bendito sea él!... pero la cubicia tirana, el hambre del

dinero que con todas entra, porque nunca se ve harta, ¡maldita sea de

Dios como la peste más dañosa!

* * * * *

Al otro día, ó al siguiente, porque no están acordes los datos acerca

de este insignificante particular, la madre y el hijo emprendieron el

viaje de vuelta á su aldea, hablando poco y meditando mucho, según iban

adelantando en el camino. Pachín, sobre todo, que había visto y sufrido

más que su madre, no podía apartar su discurso del cuadro que llevaba

estampado á fuego en la memoria, ni cesar un instante en el empeño

de reconstruirle, de componerle y de completarle en su fantasía con

los elementos adquiridos fuera del alcance de su propia observación.

Así, á larga distancia, con el espíritu en reposo y á la serena luz

de sus recuerdos, llegó á verle en toda la magnitud de su conjunto de

horrores, sobre los cuales se cernían los espectros del dolor, de la

orfandad y de la miseria, como una bandada de buitres sobre un campo de

batalla; y al estremecerse entonces de espanto, no podía sospechar el

noble y rudo aldeanillo que aún faltaban nuevos renglones en la columna

negra de aquella cuenta terrible; que el monstruo, aunque sepultado,

respiraba todavía, y que, como el de la fábula bajo el peso de su

monte, había de vomitar nuevas desventuras sobre la infortunada ciudad,

al agitarse en el fondo de su tumba con las últimas convulsiones de la

agonía.

SANTANDER, diciembre 1895.

[Ilustración]

DE

PATRICIO RIGÜELTA

(REDIVIVO)

Á GILDO, «EL LETRADO»

SU HIJO

EN COTERUCO

[Ilustración]

DE

PATRICIO RIGÜELTA

(REDIVIVO)

Á GILDO, «EL LETRADO»

SU HIJO

EN COTERUCO

_Santander_, á 28 de febrero de 1882.

Por demás te costa, Gildo, que el tiempo, bien aprovechao, da para

todo, por mucho que ello sea, y que el hombre, si entiende sus

comenencias, puede andar á cambas y á bolsas en un mesmo viaje, sin

detrimentos de lo uno cuando se enreda con el otro, porque la suerte

se lo puso delante. Tamién te costa que no es tu padre de los que más

desaprovechan las buenas ocasiones. Dígalo el auto de que mientres

haga valer aquí los empeños que te son notorios en el caso que

ventilo, agarro la que se me presenta bien á bien por la otra banda,

sin quebrantos de la hacienda personal y en mayor auge del regalo del

cuerpo.

Sabrás, Gildo, cómo, motivao al curso apetecido por uno de los empeños

que trije, di con un sujeto que, en tiempos de ayer, fué lobo de la

nuestra camá... y aticuenta que no empondero la comparanza, visto que

_Cueva_ se llamaba el punto de las juntas que teníamos; y que para

lo tocante á echar la zarpá, con razón ó sin ella, media provincia

era monte para nusotros con la excusa del voto liberal. Buena escuela

aquélla, Gildo. Allí aprendió tu padre esa finura de trabajo que le

envidian tantos peines de ahora.

Pus dígote que me avisté con este tal sujeto; y avistándome con él,

hízolo la suerte en hora y punto, que ni de molde. Agolía la casa

á temblor de tierra, como el otro que dice, por salas y rincones;

retinglaban vasos y cazuelas, y resollaba el manjar en la cocina, que

era una bendición de Dios. Ésta fué ocasión de pregunta maliciosa; la

pregunta trijo una respuesta de cortesía y un brindis de cirimonia; y

por si el sujeto se negaba á ripitir la fineza, agarréme á la primera,

que es la más segura, y quedé tan convidao como el mejor de los amigos

causantes del osequio. Apuradamente, estoy yo en mis cabales cuando

me veo entre gentes de viso y pulimento cevil; y no te rías de ello,

Gildo, que si esas gentes me sacan punto en finuras de palabreo, yo le

saco un jeme al más pintao en esto de apartar el grano de la paja; y

váyase lo uno por lo otro.

En fin, hijo, que me di por solicitao; que llegó la hora, y que allá

me fuí con el más guapo. Y no fuí de los últimos, porque esto lo tengo

yo á descortesía, y porque, no habiendo alreguedor de la mesa más

que pie y medio de plaza estipulao para cada asistente, no era cosa

de arriesgarse uno á verse sin pizca de ella, como era de temer si

menudeaban los convidaos fuera de cuenta, como yo. Recibióme el sujeto

de lo bien, vamos al decir, que con toda la cirimonia y cortesía del

caso; sin que por ello me atreva á asegurarte que no le quedara otra

en sus adentros, visto lo poco que puso de su parte para que yo me

diera por avisao. La verdá es que si en reparos tan cortos fuera capaz

de tropezar yo, no hubiera pasao aquella vez del portal; porque, ó me

engañó el oído, ó un diantres de guardián que estaba en él con carátula

y sable, me llamó «pegotón» con una desvergüenza que asombró á la mía.

Pero yo me hice el sordo, como si se lo llamara á otro que iba detrás

(y bien pudiera ser así)... y ¡arriba, Patricio!

Ya irás cayendo en la cuenta, hijo mío, de que este particular de que

te hablo fué una comida[1], aunque por la hora en que aconteció, cena

la llamaran en Coteruco; pero has de saberte que ni cena ni comida se

llamó el sujeto osequiante, sino _Te masqué_, como paece que se llaman

entre los currutacos de ahora estos festines noturnos, bien sease por

acontecer en días de máscara ó carátula pública, bien porque así lo

estipulen extranjeros pudientes, que son los que dan el punto á estas

cosas, y paece ser que lo entienden. Por lo demás, aquello ardía,

Gildo, y rechispeaba; de tal modo, que si me preguntas el ditamen de mi

paecer al asomar de plonto en la sala del agasajo, no te le sabré dar;

porque lo que yo sentí entonces (y ya sabes que soy hombre sereno) fué

á modo de una gofetá que me atolondró; sin que pueda yo decirte si esta

gofetá fué de mano de la luz, de la del visual de la mesa escripía de

vidrio, ú del vocear del señorío presente, porque too ello junto lo

tragué de súpito y cuando menos lo esperaba.

Pero pasó aquello tan aína como vino; y cata, Gildo, á tu padre en sus

propios elementos y tan á gusto como en el mesmo poyo de la su cocina;

porque has de saberte que por remate de ventajas, no echaba el ojo por

el hemisferio de la mesa sin topar con personas de mi conocimiento. ¡Lo

que tiene el haber corrido mundo y bebido en muchas fuentes! Así es

que, Gildo, besamano desde allá, cabeceo por la otra banda, saludo por

aquí, reverencia por allá, paecía yo un intendente de Rentas, lo que

menos, y no un pobre pardillo de Coteruco, arrimao de pegote á aquella

mesa tan relumbrante.

Á lo que voy, Gildo. ¿Quién pensarás que fué el primer conocido que

en aquel redondel de gentes me saltó á los ojos tan aína como se me

pasó el deslumbre? Pus el mesmo don Pepitón el de la Corralera. Por

lo resultante del relate que se hizo, paece ser que agolió el guisote

dende el su lugar, y á catarle vino por sólo ese gusto. ¡Buena nariz,

Gildo! Así está él de opíparo y nutridote de carnes. Verdá que es

hombre de pocos desgastes, y tan fiel y bien regido de conducta, que

fué capaz de venir desde su casa á la del sujeto sin alcordarse de

otra mujer que de la suya propia.

Tamién cambié unas cortesías con don Ciprianito el de Toranzo. ¡Buen

letrado! Tres veces me libró de cadena en causa criminal, y más de

otras tantas hemos trabajado juntos en eliciones por la causa de

la libertá. ¡Vaya si es fino de trabajo en esos particulares! Buen

amigo me paeció siempre de sus amigos, campechanote y arrojao por

ellos. Dijéronme si andaba ó no ahora en propósitos de encarcelar al

gobernador cevil y al juez de primera istancia. No te afirmaré que el

dicho sea el Evangelio; pero si el hombre llega á empeñarse de veras en

ello, cátalos á la sombra.

Á la vera de él estaba, guante en mano, tose que tose y bebe que bebe,

el amigo que no le suelta de un tiempo acá, y por eso le conozco yo.

El tal, aunque ya blanquea de arriba, sigue mozo soltero, y bien pué

decirse de él que ha encanecío en la juventú, por los años que lleva

metido en ella y el apego que la tiene. No es hombre de carnes, aunque

no podría con ellas si toas las que dió con ujano á las tropas de

nusotros en la última guerra, se le agarraran al hueso. Paece ser que

tiene un equipaje en cada casa pudiente de la provincia: así es que

cuando cae en una de ellas, no se levanta tan aína. De modo y manera

que con estos agorros y aquellas ganancias, está el amigo reventando

de posibles. Rifiérote esto, Gildo, porque recordarás que en su día

se dijo en Coteruco que aquella piojera y consumición que trijo de la

guerra el hijo del nuestro vecino, y que al cabo le mató, fué obra del

ujano del rancho que le daban allá. Y ahí tienes tú cómo, en ocasiones,

lo que á los unos ajoga, á los otros engorda. Córrese tamién que este

señor tiene un pavo.

Hacia salva la parte mía topé con otro lobazo viejo de la camá de la

_Cueva_. No está tan rigioso de personal como en aquellos entonces,

porque años y malos humores le agobian y enflaquecen; pero en lo

tocante á la entraña, no ha cambiado pizca: quiero decir, respetive á

lo eclesiástico; porque has de saber que siempre picó en hereje en ese

particular. Resulta de que ahora le han excomulgao, y calcula tú cómo

rezará al consiguiente, aunque yo tengo para mí que, vista la ruta

que llevaba, no podía parar en otra cosa... Acá entre los dos: tamién

él debía esperárselo, ú no le asombró el asperge, porque he visto que

sigue firme de diente; y de saque, mucho mejor. Llámase Justo. Con que

fíate en nombres.

¿Te alcuerdas de un medidor que anduvo unos días en el nuestro valle,

banderín aquí y banderín allá, marcando minas á unos y á otros, minas

que luego salían castaña, y que decían de él que arremedaba á las

gallinas cuando quería: según voces, por divertirse, y según otras, por

sonsacarlas del gallinero y llevárselas á la su mujer? Pus allí estaba

con los antiojos metidos en el plato...

Hombre, ya que miento el plato, he de decirte que se emponderaron mucho

unas fegurucas pintás con jollín en el culo de uno grande, por el

muchacho menor de don Cornelio. La verdá es, Gildo, que con lo chicucas

que son y too, vivas paecen, y que el muchacho lo entiende; pero no me

pasmé cosa mayor de la pintura, porque por mucho que pinte el muchacho,

no es capaz de pintar en el aire unas cuentas municipales como yo.

Golviendo al caso, has de saberte que, por haber de too allí, tamién

había un marqués. Por cierto que para ser tal marqués, me paeció

bastante desmejorao, aunque esto pudiera consistir en que, según se

corrió, anda de celo ahora; sin contar con que esto de lo territorial

último paece ser que le trae bastante caviloso, motivao á que, como

á mí y á otros probes, se le destapó lo enculto y le va á partir la

contrebución resultante.

De angunos más pudiera darte cuenta en esta carta; pero no quiero

alargarla con puntos de poco más ó menos. Había allí mucho lagarto

hambrón, agarrao al pesebre más que á la estima de la casa, á mi modo

de ver; zancudones y largos; saltadores, por oficio, del huerto ajeno,

por escarmentaos los unos y por arrepentidos los otros; quiero decir,

Gildo, que habíalos padres ya, daos á la mujerona ensuta; y solteros

con canas, viviendo de lo que cae por detrás de la Iglesia... Esto

pude sacar de los relatos de unos y otros; que te aseguro, Gildo, que

se los echaban acá y allá en puro guerreo, como si anduvieran á puñalá

seca. Bien me paeció la engarra; pero mejor me paeciera si de tantos

golpes como allí se dieron, hubiera alcanzao uno siquiera, para dejarle

panza arriba, al hombre único que me quitó el sosiego con su presencia

aquella noche; porque has de saberte, hijo mío, que allí estaba el

pícaro faicioso que á ti y á mí y á toos los ensalzaos de Coteruco, nos

sacó á la vergüenza pública con imposturas caluniosas en aquel libro

que tú sabes. Pero el hombre debe estar muy en su punto en aquellos

particulares, porque no tuve el consuelo de que le achacaran un mal

tropiezo onde tantos otros salieron con escalabraúra gorda. Tentaciones

tuve, Gildo, de golver á mis intentos de empapelarle, de rabia que me

daba; pero ya me había dicho don Ciprianito en miles ocasiones que más

me valía callar al respetive; y por si hablaba en razón, aguanté la

corajina.

Dime con quién andas, Gildo, y te diré quién eres; relátame la fiesta,

y pintaréte el santo; con que auto á lo estipulao, cata al sujeto

osequiante. Hombre es, hijo, que ha de ser cogido en buena luna, si se

quiere sacar raja de él; sin esto, que le tomes á la veta, que le tomes

á contrapelo, es total igual: una pura lumbre; vamos, que centellea y

retingla lo mesmo que una troná de verano. Cogido en su punto y sazón,

como aquella noche, no paece pariente de sí mesmo, respetive al genial

y otros particulares; aunque en punto á explicativa, Gildo, en toa

clase de lunas le encuentro lo mesmo, salvo el humor; quiero decirte

que, rabiando ó trunfando, onde pone la lengua, cata la ampolla. Por

lo demás, no se mete con naide ni murmura de ninguno. Así me gusta á

mí la gente: la verdá por delante y los dichos claros, sin faltar al

respeto... y caiga el que caiga, sin llamarse á engaño. Esto siempre es

una ventaja y, si á mano viene, un consuelo. Además es, de por suyo,

picao al mujerío como un demontres; y basta verle, como yo le vi, pa

caer en la cuenta de que tampoco escupe la _melecina_; pero si hemos

de hablar en josticia, esto es lo menos en que pué dar á sus años un

probe huérfano desamparao como él.

Tamién me paició suelto de pluma y ocurrío de idea, porque lió una

copla allí relative á un compañero suyo, que por las trazas ha pensao

invernar en el matrimonio, que te digo que estaba de lo bien. Pos évate

con el interesao, que le soltó otra, malas penas las sintió encima, que

no tenía güelta: oí sí á esta tal le había sustipendiao el Gubierno de

arriba por entendío en el copleo.

Á too esto, ná te he dicho relative al manjar, y la carta se va

acabando. Pus relative al manjar, has de saberte que me paició mejor

que las coplas, aunque, en punto á sustancia, no tuvo comparanza con

aquello de la becerra, de que te alcordarás. Pero no sólo de tajás

y picardías vive el hombre, sino tamién de un buen roce personal,

vistosidá de los ojos y recreo del magín, relative á la que hubo

ración á manta en la ocasión que te pinto; quiero decir, en lo tocante

á gentes de viso, relumbre de mesa, floriqueteo pomposo y leturas

maníficas. Ello, sí, bien emponderao fué de unos y otros cada sorbo y

cada bocao; tanto, que yo dije para mí, sin agravio de naide: «No sé yo

qué quedara de esas emponderaciones, si el sujeto vos pidiera el tanto

más cuanto al respetive de lo que habéis envasao».

Noté que entre alabanza y alabanza, se sonsacaba á éste y á aquél

promesa de otro festival noturno; pero noté, al mesmo tiempo, que naide

se daba por entendido: lo que no me gustó mayormente, porque si allí se

alcordara algo, pudiera yo darme por entrao en el alcuerdo. La verdá es

que me paició aquella gente, en lo respetive al caso, de la que lima pa

dentro. El que se clareó un poco más, y como si quisiera reblandecerse

algo, fué el pudiente del pavo. Por sí ó por no, ya he pedío para él

carta de empeño, con ánimo de entregársela el día que regienda la

su cocina á temblor de tierra; cosa que yo he de saber por el mesmo

sirviente que le cuida el ave, en virtú de media peseta que le tengo

ofrecida si cumple bien, como espero.

Sobre lo que de esto resulte, con algo relative á las máscaras de

estos días, te hablaré en ocasión conviniente. Mientres tanto, puedes

referir en Coteruco lo que mejor convenga de esta carta, porque algo

ensalzan á tu padre estos osequios que recibe de personas tan pudientes

y vistosas. No te olvides de contárselo á don Gonzalo. Sospecho yo,

Gildo, que el tal no es quién para salir vivo de una cena como aquélla.

No han nacido todos con la entraña y el don de gentes prencipales

(aunque me esté mal el decirlo) de éste tu padre que te estima

PATRICIO RIGÜELTA.

[Ilustración]

NOTAS:

[1] Dispúsola, en obsequio de sus amigos de mayor intimidad, el Sr.

D. Sinforoso Quintanilla para la noche del domingo de Carnaval 19 de

febrero de 1892.--_(Nota, quizá indiscreta, pero muy útil, del editor)._

AGOSTO

BUCÓLICA MONTAÑESA

Pachín González · 第 5 / 13 段