los incendios por encima de las tapias, y, de este modo, acontecía en
él lo que en la explanada de los muelles: que con aquellos reflejos
indecisos y fantásticos, las sombras adquirían mayor intensidad que la
ordinaria, y en los relieves del suelo se multiplicaban los engaños;
por lo cual le costaba á Pachín mucho trabajo orientarse en el terreno
que dominaba mal con la vista en la penumbra. Al fin se orientó, aunque
más le valiera no haberlo conseguido; porque apenas descubrieron sus
ojos, hechos ya á la obscuridad, los misterios de aquel cuadro, los
apartó de él estremecido y se encontró sin fuerzas para dar un paso
más hacia adelante. El recinto era largo y angosto y con el suelo
muy inclinado hacia el sur; es decir, hacia la mar; enfrente de la
escalerilla había un cobertizo arrimado al muro que limitaba el patio
por aquel lado, paralelo á la fachada del hospital; en la parte alta,
una puerta cochera; en la de abajo, un muro ciego; y entre este muro y
la esquina visible del hospital, un espacio encerrado por una verja.
Inmediato al costado de la escalerilla, á la derecha de Pachín, de
largo á largo en el suelo del patio y con la cabeza arrimada á la pared
del edificio, había un cadáver; más abajo, á dos palmos de él, otro,
y luego otro, y otro... y otro; y así hasta donde alcanzaba la vista
ó lo permitía el estorbo de la gente que hormigueaba entre ellos. Por
la puerta cochera entraban entonces un carro de bueyes y un furgón;
y aquel furgón y aquel carro venían también cargados de muertos, que
algunos hombres vivos iban colocando después, uno á uno, en la línea de
la pared, boca arriba, para ser más fácilmente examinados y reconocidos
por los buscadores que, como Pachín, llevaban horas y horas rastreando
desolados lo que no encontraban en ninguna parte. Con los cadáveres
del furgón iban algunos sacos: aquellos sacos negros cuyo destino
había espantado poco antes al pobre muchachuelo, el cual volvió á
sufrir mayor espanto al ver que, después de conducidos del furgón á la
tejavana, se amontonaba en el fondo de ella su contenido sangriento.
No podía impresionar mucho la vista de unos muertos más á quien
tantos y tantos había visto en pocas horas; ¡pero verlos como Pachín
los veía allí!... en aquel estrecho y obscuro callejón, ordenados en
hilera y cara arriba, oyéndose el coro de gemidos de la gente que
iba manoseándolos y reconociéndolos uno á uno; por lo alto, la luz
siniestra de los incendios; abajo, la penumbra misteriosa y tétrica, y
enfrente, el antro negro del cobertizo colmándose de despojos humanos
y de sangre: todo esto ofrecía un conjunto de novedad tan patética y
horripilante á los ojos del infeliz aldeanillo, que le hizo temblar de
miedo y clavó sus pies en el umbral de la puerta.
Le costó mucho, mucho trabajo rehacerse; pero se rehizo al cabo,
impulsándole la conciencia de su deber impuesto por las leyes de su
corazón de hijo, y descendió con paso firme y resuelto los peldaños
de la escalerilla; y tuvo valor, ó, por lo menos, fuerza de voluntad,
para acercarse á la andanada de muertos, y pasarlos revista uno por
uno, y palparlos y removerlos en busca de mejor luz, cuando eran sus
mortajas vestiduras de mujer. Pasaba ya la fila de ellos de la esquina
del hospital, y penetraba en el enverjado. Pero en aquel terreno, que
era un pedazo de jardín, cambiaba de forma la exposición y aparecían
los cadáveres tendidos en los senderos, con los aterciopelados taludes
de las canastillas por cabezal. ¡Contraste bien horrendo! La mansión de
las flores, que son el adorno y la sonrisa de la naturaleza, invadida
y hollada por los despojos de la muerte en su aspecto más repulsivo y
desconsolador.
Pachín notó el contraste á su manera, y á su manera le sintió en el
fondo del alma, herida ya en lo más vivo por una alucinación de su
vista perturbada. La luz de los incendios, al reverberar en el suelo
y en las caras de los cadáveres, contraídas y desfiguradas, fingía en
ellas convulsiones y gestos que Pachín descifraba siempre en un mismo
sentido. Le parecía que todas aquellas caras terrosas, sepulcrales,
mirando al cielo, imploraban algo de él: unas, misericordia; otras,
venganza. Esta obsesión invencible y avasalladora, y el espectáculo
aflictivo de los que, más felices... ó más desdichados que él, hallaban
al fin lo que habían ido á buscar en aquel fúnebre depósito, le
obligaron á abandonarle.
Cuando, bien informado, además, de que nada le quedaba que hacer allí
ni en ninguna otra parte de la ciudad por aquella noche, salía del
enverjado en dirección á la puerta cochera que acababa de abrirse
para dar paso á otros furgones con más muertos, se fijó en un hombre,
muy anciano, que estaba sentado en un poyo y acariciaba la cabeza de
un mastín acurrucado junto á él. Le sorprendió el hallazgo; y por
entretener el miedo que le hacía temblar, ó por un inconsciente impulso
de su condición de muchacho, preguntó al hombre lo que deseaba saber;
y el hombre, bondadoso y con voz dulce y en la desconcertada sintaxis
de todos los campesinos de su tierra, después de quitarse de la boca la
pipa de barro que chupaba maquinalmente, satisfizo su curiosidad. Era
hortelano «de la casa» muchos años hacía, y el perro, guardián de la
huerta por las noches. Estaban allí los dos juntos, para que el mastín
no molestara á _nadie_; y no le tenía solo y amarrado en su garita,
porque no ladrara.
--¿Y qué que ladrara?--preguntó Pachín.
El buen hombre le miró con gesto admirativo; y extendiendo una mano
después y la vista sobre la andanada de cadáveres, le dijo:
--¡Ladrar... ladrar!... ¡y _eso_ por delante todo!... Rezar, rezar
mejor es.
--Pero entonces--replicó Pachín lleno de asombro,--¿hasta cuándo va á
estar usted de este arte?
--Hasta que Dios amaneciendo mañana, hijo... ó dispués.
Todo, en aquellas horas tremendas, era extraordinario y grande, como el
infortunio que las había engendrado: hasta la piedad de los corazones
más sencillos.
* * * * *
En el de Pachín González no quedaba más que una chispa de calor para
sostenerle en el incierto andar con que seguía el camino de su posada:
la esperanza levísima de encontrar en ella, y aguardándole, á su madre.
¡Pero si esta esperanza le salía fallida también!... Y cuando el pobre
pensaba en ello, le abandonaba el vigor artificial sostenido por la
tirantez de su espíritu, y se sentía desfallecer, le dolían las heridas
de la cabeza, y tenía sed ardorosa, latidos en las sienes y mucho frío
en las extremidades... En estas alternativas de vida y muerte, llegó á
la posada; y febril, dolorido, desconsolado, se desplomó sobre la cama
en cuanto la posadera respondió con un triste movimiento de cabeza á la
pregunta que él la hizo con los ojos acobardados.
Ni razones, ni súplicas de la buena mujer y de las personas que la
acompañaban, lograron sacarle del marasmo en que se hundió. Al verle
así, en un estado más alarmante aún que la otra vez en el portal,
se pensó en avisar á un médico para que le asistiera; pero ¡quién
encontraba entonces un médico libre, cuando todos los de la ciudad no
alcanzaban para atender á los grandes apuros de los tristes lugares en
que se apilaban los heridos? Con desdichas tan grandes, «¿qué importaba
el enfermo venturoso que se moría en su propia cama?... Había que
renunciar á este recurso y valerse de los caseros. Y á ellos se acudió
inmediatamente. Quieras que no, se le lavotearon las heridas, y se las
curaron con menjurjes en que abundaban el vino blanco, la ruda y el
aceite; se le vendó la cabeza, y hasta se le obligó á desnudarse y á
que se metiera en la cama, donde le hicieron tragar una buena ración de
vino generoso. El pobre muchacho, primero insensible á todo, y después
dejándose gobernar como una máquina, ni desplegaba los labios para
pronunciar una sílaba, ni apenas abría los ojos. La vida exterior no
parecía interesarle lo más mínimo. Así permaneció largo rato. De pronto
gritó «¡madre! ¡madre!», llevándose ambas manos á la cabeza, y rompió
á llorar amargamente. Lloró mucho el infeliz, y llorando desahogó su
pecho de las angustias que se le oprimían.
Cuando acabó de llorar, se le acercó la posadera enjugándose las
lágrimas, contagiada por la aflicción de su huésped, para preguntarle
si se sentía mejor. Pachín la respondía con una mirada en que se
reflejaba más la gratitud que una respuesta afirmativa... Pero el hielo
estaba roto, y eso buscaba la noble mujer para ingerirse por allí con
otro remedio del orden moral, en el que fiaba mucho para esparcir los
nubarrones de aquel cerebro enardecido. Había que hablarle, referirle
«cosas entretenidas», distraerle, sin salirse del círculo de las
ideas que le tenían tan amilanado; porque irse con la conversación
por otros caminos más risueños sería como burlarse de las tristezas
del pobre muchacho. Y acomodado á esta pauta fué el relato de la
posadera, sentada á la puerta de la alcoba. ¡Cómo y por dónde venían
las cosas más negras, Señor de los cielos! ¡Qué descuidada estaba ella
cuando!... ¡Jesús, María y José! De pronto creyó que habían reventado
las cañerías del gas, porque propiamente parecían los tronidos debajo
de los balcones. No quedó un cristal á vida, retembló toda la casa
y se resquebrajaron casi todos los tabiques: allí tenía Pachín uno
de ellos, bien á la vista, si quería mirar. Pero ¿qué valían todas
esas pequeñeces comparadas con lo que había ocurrido en otras casas
del barrio, como pudo averiguar en cuanto se echó á la calle para
saber lo que pasaba? Techos y tabiques enteros desplomados, escaleras
descoyuntadas y, lo que era peor, heridos á montones por los ladrillos
y cascotes de la ruina... ¡Las cañerías del gas! ¡Buenas y gordas!
Al descubrirse lo cierto, todo el mundo se asombraba de que hubiera
quedado cosa con cosa en la ciudad ni alma viviente para contarlo.
Pues en seguida le entró el recelo por la suerte de los que faltaban
de su casa: tres personas, sin contar á Pachín y á su madre; pero
todas habían ido volviendo, gracias á Dios, y allí presentes estaban
entonces, menos la pobre mujer que no había llegado aún, pero que
llegaría, ¡vaya si llegaría!: tenía ella, la patrona, buenas razones
para afirmarlo... Pero ¡cuánta desgracia, Señor, y de qué pelaje
muchísimas de ellas!... porque no había que decir: primeramente, todas
las autoridades, desde el señor Gobernador civil, y luego... en fin,
que no tenían cuenta los «malogrados». Ésta era la cara «propiamente
mala» del asunto. La otra, no la buena, porque buena no la tenía
desde ninguna parte que se mirase, ya era algo distinta. Quedaban
los desaparecidos; los que habían sido amparados de repente, al ser
barridos por el huracán, en esta tienda y en la de más allá, en esta
casa ó en la otra. Pues todos habían de parecer á su hora; pero
¿quién sabía el cómo y el cuándo de tantas cosas raras como habían de
suceder?... Por lo pronto, en cuanto amaneciera Dios, saldrían á la
calle todos los papeles públicos atestados de noticias, bebidas en
buenas fuentes; y en esas noticias habría para todos los gustos y para
todas las necesidades de muchísimos desconsolados como Pachín. Con que
no había que amilanarse por completo, ni perder la confianza en la
misericordia de Dios...
Lo cierto fué que con el relato y los comentos de la posadera,
reforzados con la aquiescencia bien declarada de los circunstantes,
Pachín fué pasando poco á poco del marasmo á la atención y de la
atención al interés, hasta acabar por reanimarse y por tomar el
alimento sólido y confortativo que le ofreció la patrona y que hasta
entonces se había obstinado en rechazar. Con esto, y el cansancio
de unas faenas tan extraordinarias como las suyas y las necesidades
imperiosas de su naturaleza juvenil, llegó á dormirse profundamente; y
cuando de ello se convenció la posadera, apagó la luz de la alcoba y se
alejó allí, de puntillas, como todos sus acompañantes.
* * * * *
El sueño le agarró de tal manera que no le soltó hasta la madrugada.
Pero ¡bien caro le pagó entonces el infeliz! Es un hecho comprobado
por la experiencia de muchas gentes, que cada hombre tiene designado
por el mismo Lucifer un diablejo que se encarga de recogerle, en el
momento en que se queda dormido, todos los pensamientos tristes que
vagan por su cerebro, y de ponérselos delante de los ojos y á través de
un cristal de aumento, en cuanto se despierta. Un diablejo de esa casta
fué quien martirizó á Pachín, al despertarse, arrebatándole de pronto
las plácidas visiones de su sueño, y poniéndole á la vista el cuadro de
su negra realidad.
Jamás había tenido un sueño como aquél. Se había visto dichoso,
completamente dichoso; y no porque se hubieran realizado sus
ambiciones de gran señor, ni porque tuviera ya los billetes de banco
y el oro de las Indias á carretadas: al contrario, la dicha la había
encontrado en el rincón de su aldea. ¡Pero qué rincón aquél! ¡qué
praderas, qué ganados! ¡qué frutos los de sus heredades! ¡qué montes
tan espesos, y qué música la de su ramaje verde! Y la casa, dentro
del cercado que parecía un jardín por la abundancia, la variedad y
el esmero en el cultivo, tan abrigadita del vendaval y con la solana
al mediodía; la parra, que nacía arrimada á un esquinal, formando un
arco, amarrada á los _tornos_ del balcón; las cuadras, con hermosas
pesebreras debajo del pajar henchido de heno fragante, al costado,
y dentro de la casa, la abundancia de todo lo indispensable para la
vida de familia; el trabajo de la tierra fecunda, placentero, libre
y á la luz del sol; la conciencia tranquila, y el descanso, como la
conciencia; el corazón sin odios; y en el más estimado rinconcito
de él, un cierto cosquilleo vivificante, que tentaba á levantar y
ennoblecer el espíritu y despertaba en la imaginación recuerdos de
ojos azules, de sonrisas plácidas, de promesas cambiadas con palabras
trémulas y miradas cobardes; cuadros, en fin, de una nueva vida de amor
y paz y bienandanza... ¡Y su madre!... el alma de todo, el calor, el
ejemplo, el ambiente sano, la luz y la sabiduría de la casa. ¡Cómo
le quería y miraba por él y le aconsejaba! ¡Y qué vanidad tan lícita
la suya al considerarse merecedor de una madre como aquélla!... En
suma, que Pachín había dado con el idilio de la vida y adivinado el
argumento de un paisaje de abanico. Pues hallándose en el goce de lo
más delicioso de él, fué cuando el diablejo, su enemigo, le apagó
las luces de la fantasía y le puso delante de los ojos el cuadro de
sus desdichas verdaderas. Gimió, lloró mucho entonces, unas veces en
el mayor desconsuelo, otras veces desesperado. Clamó á gritos por su
madre, y rezó fervorosamente por ella, y pidió á Dios... todo lo que
más necesitaba: á su madre, ó fuerzas para resignarse á perderla de
aquel modo.
No quiso desayunarse ni que le curaran las heridas, pero sí levantarse
de la cama: esto lo quiso con grande y reiterado empeño, contra el
parecer y los consejos de la posadera y cuantos con ella habían acudido
á consolarle. Quería levantarse para lanzarse de nuevo á la calle y
registrar toda la ciudad, casa por casa y piedra por piedra. Pero el
trabajo de la víspera y los sufrimientos morales habían acabado con sus
bríos, y se sintió clavado en el lecho por la extrema debilidad.
En estas peleas y arrechuchos, entró el comensal de marras: venía
pálido y descompuesto de faz. Le acosaron á preguntas y refirió lo
que había visto. Había salido muy temprano, porque había dormido mal,
y la curiosidad le arrastraba fuera de casa. Las calles, á la luz
del sol naciente, le habían parecido más tristes que al anochecer de
la víspera; las gentes más abatidas y desencajadas; los estragos más
notorios, y el aspecto, en general, de la población, más patético y
aflictivo. Los incendios continuaban, pero aislados y en camino de
acabarse por falta de cebo y no haber querido Dios que los empujara
el viento hacia donde le había muy abundante. Tentado del diablo y de
un mal consejo, había ido al hospital. ¡Nunca allá fuera! Entró sin
dificultades, como entraba mucha, muchísima gente, y no toda en son
de paz y con el respeto que debía. Por subir la escalera, comenzó á
arrepentirse de haberla subido y tuvo tentaciones de volverse á la
calle. Pero la curiosidad, ¡la pícara curiosidad!... Estaba la galería
por donde andaba, llena de colchones en el suelo, y yacía en cada
colchón un herido; ¡pero qué heridos! ¡qué caras tan monstruosas, tan
negras, cuando no eran amarillas como la cera de las sepulturas! Y
sobre todo, ¡qué alaridos los de aquellos desdichados y otros tales que
se oían de más lejos! Según noticias, así estaban desde la madrugada,
desde que «se les habían enfriado las heridas» curadas por la noche.
Le temblaban las piernas y se le turbaba la vista, pero le arrastraba
la fascinación del horror mismo, y ¡adelante, adelante, adelante!...
Así llegó hasta una embocadura, á cuya puerta, mal cerrada, se quedó
como clavado por los pies. Lo que vió por los resquicios le hizo dar
diente con diente: unas mesas muy raras; sobre las mesas, cuerpos
desnudos de pies á cabeza; y en aquellos cuerpos, insensibles por el
cloroformo, mutilados, chamuscados, desgarrados por la metralla del
vapor, un enjambre de médicos con los mandiles manchados de sangre, y
grandes y relucientes cuchillos, ó formones ó sierras en las manos,
cortando miembros destrozados, ó extrayendo costillas machacadas, ó
mondando, desbrozando boquetes horrorosos, obstruidos por piltrafas
sanguinolentas; irrigando los cortes en carne viva con chorros
incesantes de un agua que olía muy mal, y luego mantas y más mantas
de esponjados algodones y vendajes sobre lo operado; y por fin, entre
brazos de enfermeros el herido, á otra sala contigua; y otro enfermo de
ella, ó de otra igual, á sustituirle en la mesa de operaciones; y cada
cual de los heridos no operados aún, pidiendo á gritos desgarradores la
merced de la sierra ó del cuchillo cuanto antes. Sudaba de congoja el
pobre hombre, y, sin embargo, no podía apartarse de allí: al contrario,
iba insensiblemente y poco á poco penetrando en la sala, y no sabía
qué le fascinaba más, si el horror de los tormentos y de la sangre,
ó el valor, el trabajo heroico é inmensamente caritativo de aquellos
incansables y diestros cirujanos. Al fin llegó á sentir su cerebro, su
corazón, todo su organismo, saturado, ebrio de aquel conjunto de cosas
espantables, y huyó en busca de otro ambiente y de otros espectáculos.
Corrió, más que anduvo, por las galerías en demanda del aire libre
de la calle, y le invitaron á ver el patio exterior, lleno ya,
materialmente, de muertos; pero esta invitación, lejos de seducirle,
le hizo apretar el paso y buscar con dobladas ansias la salida del
hospital... De un tirón había llegado á casa por el camino más corto, y
sin poder quitarse de entre cejas la visión de tan grandes lástimas y
de tanta carnicería...
* * * * *
Con el fin de este relato coincidió la llegada de un periódico recién
salido de la imprenta. Al verle Pachín en manos de la posadera, la
pidió por caridad de Dios que le dejara enterarse de él con sus
propios ojos. No se fiaba de nadie. Complaciósele de buena gana, y se
engolfó con avidez febril en aquel mar de letras de molde. Comenzaba
por la historia del suceso, con declamaciones y comentarios que, por
entonces, no importaban á Pachín cosa mayor. Después iban listas
inmensas de nombres, nombres de muertos conocidos y comprobados; de
heridos muy graves que pronto morirían, y de otros más leves, y de
desaparecidos... Pues todas estas listas leyó Pachín, nombre por
nombre y en voz alta, sin topar con el que buscaba el inocente de
Dios. Luego venían en montones los anónimos, y en seguida el resumen
de cada serie, en números, hasta la hora en que se imprimía... Sumaban
más de doscientos los cadáveres recogidos en el campo de la catástrofe
y en las calles de la población; más de otros tantos los heridos muy
graves, y muchísimos más los relativamente leves, los que habían sido
curados en establecimientos y casas particulares y los que se suponían
existentes de esta clase; por último, los desaparecidos, que no eran
pocos, y que, á aquellas horas, podían sumarse con los muertos.
Después, una enumeración de los efectos del estampido en la ciudad:
casas ruinosas, inhabitables en absoluto; otras con grandes quebrantos
en el interior; la catedral, cuya mole había librado á la ciudad de
muchas desgracias, ametrallada materialmente por el costado del sur; el
tejado, hundido por la cumbre; en el jardín de su claustro, á montones
las vigas de hierro engarabitadas, y las madejas enmarañadas de cables
metálicos, y los clavos de herradura y los cartuchos vacíos; en tal
casa de tal calle, un casco de la caldera del vapor sobre la alfombra
de un gabinete; en el balcón de tal otra, un bastidor de un camarote;
y así hasta el infinito. Luego, muestras del alcance increíble, de la
fuerza expansiva del volcán diabólico: por ejemplo, un bloque de hierro
fundido, de más de seis quintales de peso, que había matado á una mujer
en el camino de Corbán, es decir, á tres kilómetros del sitio de la
explosión. Otros ejemplos de los extraños efectos de ella: cadáveres
sin la más mínima lesión aparente; otro, descalzo de un pie y con el
correspondiente botito al lado; otro, de una señora, con el abrigo,
que llevaba puesto, intacto, y arrancada una manga del vestido que
tenía debajo de él; niños desaparecidos de los brazos de sus zagalas
ilesas, y al revés, sobre el tejado de un almacén de los contornos
de la explanada, y sin un solo rasguño ni la contusión más leve, un
jovenzuelo que había estado viendo el incendio muy cerca del vapor; en
la mesa del comedor de un _hotel_ frontero al muelle del desastre y
ocupada por varios huéspedes, la caída del busto mutilado de un hombre,
colado como un proyectil por la vidriera inmediata... Por último, un
aviso de la alcaldía en el que se suplicaba á los propietarios que
hicieran reconocer los tejados de sus casas, y si encontraban en ellos
_restos humanos_, los recogieran cuidadosamente para darles cristiana
sepultura... ¡Qué más ya?
¿Había entre los allí presentes, ni entre los vivos de la ciudad ni
del mundo entero, quien tuviera noticia de cosas semejantes sucedidas,
ni siquiera soñadas? Ni en duda puso Pachín este sentido apóstrofe de
la posadera... ¡Á buena parte iba con el quejido la buena mujer!...
¡á Pachín, que había visto con sus propios ojos casi todo lo que se
puntualizaba en el periódico! Pero no era ese el caso ya para él,
que no podía evitar tanta desgracia, sino ver el modo de remediar la
suya, si cabía en lo humano, ó, cuando menos, intentarlo con nuevas
investigaciones.
Se hablaba en el papel de gentes recogidas en establecimientos y casas
particulares... Por aquí se podía rastrear, y mucho, siquiera en las
vecindades del abominado sitio, porque no era creíble que su madre
hubiera sido impulsada con vida más al centro... Pero... Y se retorcía
el infeliz en la cama, haciendo pruebas inútiles para levantarse. No
sólo la debilidad, los dolores de sus coyunturas, el quebranto de todo
el cuerpo, le tenían amarrado, adherido á aquel potro de insufribles
tormentos morales. Volvió á llorar desesperado y á rezar, pidiendo á
Dios que le diera las fuerzas que necesitaba para moverse de allí, para
salir á la calle y recorrer la población casa por casa: esta merced
siquiera, ya que no le considerara digno de la fortuna de hallar á su
madre viva, al fin de sus investigaciones. Con lo que hizo llorar de
nuevo á la posadera y conmoverse al comensal, que prometió al afligido
muchacho echarse á la calle en seguida y hacer sus veces en el empeño
que á él le estaba vedado. Y como lo dijo lo cumplió.
* * * * *
Pasó tiempo, casi toda la mañana, sin que el comensal volviera, ni
llegaran á la posada otras noticias que las que andaban en todas las
lenguas y por todas partes; y Pachín, pensando que el adquirir fuerzas
para levantarse pronto dependía de engullir mucho, no cesó de bregar
contra la obstinada inapetencia que se lo impedía. Á la hora de comer,
bien corrida ya, volvió el comensal, desmadejado y sudoroso, pero no
desalentado al parecer. Nada traía de lo que había ido á buscar; pero
aseguraba haber dado con un rastro que le prometía algo bueno. Si
Pachín creyó ó no creyó aquel embuste caritativo, nadie se lo conoció;
pero lo cierto fué que el excelente sujeto se volvió á la calle sin
deglutir el último bocado, dejando la posada llena de noticias que
había adquirido en su excursión: que venían legiones de hombres con
potentes aparatos contra incendios, de varios puntos de la provincia, y
todos los bomberos de Bilbao, y el ministro de la Gobernación con una
falange de altos funcionarios, de Madrid, y un batallón de ingenieros,
de Logroño. Porque toda España se había estremecido de espanto al
conocer la extensión de la catástrofe, y de todas partes llegaban
generosas demostraciones de ello.