Á todos y á cada uno de los presentes miró después con gran fijeza,

pero á nadie dijo una palabra; y en el mismo silencio apartaba con las

manos los remedios con que le perseguían implacables las caritativas

mujeres por las narices, por la boca, por «el dedo del corazón» y por

detrás de las orejas, hasta que estimó con el olfato el contenido de

una copa que le ponían entre los labios, y sorbió con avidez aquel

licor vivificante, que era vino generoso. Sintiéndose más reanimado con

él, probó á levantarse del escalón en que estaba sentado; consiguiólo

sin dificultad, y se negó á beber más vino que le ofrecía la vecina

triunfadora. Se consideraba ya en posesión de las fuerzas que

necesitaba para lo que se proponía; habló solamente para preguntar

si durante su desmayo se había sabido algo de su madre; dedujo una

negativa de las artificiosas respuestas que se le dieron, y se lanzó

de nuevo á la calle, sin que advertencias ni ruegos en contrario

alcanzaran á detenerle un solo instante.

¿Á dónde iba el infeliz? ¿qué planes llevaba en la cabeza? Ni él

mismo lo sabía. Á buscar á su madre, á saber de su madre donde quiera

que hubiera gente, muerta ó viva, ó se oyeran acentos de lástima ó

quejidos de dolor; á todos los sitios y lugares, menos á aquéllos en

que reinaran la alegría y el reposo, si es que algo de esto quedaba á

aquellas horas en los ámbitos entenebrecidos de la castigada ciudad.

De pronto reflexionó que estando su madre viva, y sana _ya_, y no

habiendo ido _todavía_ á buscarle á la posada, era lo natural que

anduviera buscándole á aquellas horas en el lugar mismo donde él la

había buscado á ella apenas _resucitado_. Y hacia allá se fué sin

vacilar.

Andando, andando, por el mismo camino que los dos habían llevado por

la tarde al salir de casa, también llegó á verse, como entonces, bien

acompañado de transeuntes á medida que ensanchaban las calles que

recorría y se acercaba á la desembocadura de la más ancha de todas en

el vasto recipiente. Pero entre estos transeuntes y los de la tarde,

¡qué diferencia! Los que llevaban su mismo rumbo, ¡qué desesperados ó

qué abatidos! Los que con él se cruzaban parecían el cortejo fúnebre

de los muertos ó mal heridos que encontraba á cada paso, conducidos

en camillas por hombres de andar acompasado y solemne. Así llegó al

término de su viaje.

Pensaba Pachín que ya había visto el cuadro por la tarde en su aspecto

más imponente y amedrentador; pero se convenció, al hallarse de nuevo

delante de él, de que estaba equivocado en sus juicios. El incendio

de los muelles se había ido nutriendo de la madera de los contiguos;

hacia el fondo del oeste se erguían otros nuevos, cebados en las

entrañas de grandes edificios, y el que él había dejado naciente sobre

los que cerraban la plaza por el norte, era ya una lumbre formidable

que llevaba devorado un tercio de la hermosa cortina, y extendía sus

tentáculos de llamas destructoras sobre todo lo que quedaba enhiesto á

sus alcances.

Á la luz brillante de estas enormes hogueras, los relieves siniestros

de la superficie negra, iluminados en sus perfiles, resultaban más

negros y repulsivos todavía, por la brusquedad y fuerza del claro

obscuro; y como figuras de cuadro fantasmagórico, las personas que

discurrían lentamente ó maniobraban agrupadas en toda la extensión de

la llanura. Como detalle, también nuevo para Pachín, el vecindario de

la calle incendiada, llorando otro infortunio más sobre la ruina de sus

ajuares arrojados por los balcones ó amontonados en el arroyo, y cada

cual mirando por lo suyo, porque en aquel infausto día nadie estaba tan

libre de desventuras propias, que tuviera tiempo sobrado para atender á

las ajenas de tal casta. Donde se contaban por cientos los cadáveres,

¿qué importaban las gentes sin hogar?

Pachín, por mozo, por inteligente y por blando y noble de corazón,

aunque inculto aldeano, era un poco artista sin saberlo; y por eso se

le impuso y le anonadó el espectáculo, más que por cada uno de sus

siniestros componentes, por la terrible grandeza del conjunto de todos

ellos. Para un campo cubierto de ruinas, de cieno y de cadáveres, ¡qué

luz más propia y adecuada que la de una conflagración como aquélla? Un

horror alumbrado por otro horror.

El trabajo del pobre chico iba á ser muy diferente del que allí mismo

había hecho por la tarde. No rebuscaría entre los muertos, que ya se

sabía de memoria, sino entre los vivos que buscaran algo, como había

buscado él. Mas como los vivos eran muchos y, aun á corta distancia

de ellos, por la negrura del suelo y las fantasías de la luz todos

aparecían á sus ojos como bultos informes, sin distinguirse los hombres

de las mujeres, necesitaba examinarlos muy de cerca, y, para eso,

recorrer el campo de extremo á extremo. No le arredró la tarea, y la

acometió en seguida sin otras vacilaciones que las que le imponían las

dificultades del suelo agravadas por la obscuridad.

Eran ya más las lágrimas que los quejidos en aquel enorme _spoliarium_,

y por eso había ocasiones en que Pachín no oía en su derredor otros

rumores que el incesante crepitar de las llamas devoradoras, y alguna

voz de los que huían de sus estragos, ó de los que empleaban en

combatirlos, inútilmente, las escasas fuerzas que les había dejado

la tremenda sacudida del otro azote. En estos casos eran mayores las

repugnancias y el miedo del pobre aldeanillo, que al dudar si pisaba

entre las negruras del suelo «carne cristiana», soñaba oir hasta el

gemido de protesta contra la profanación cometida por sus pies. Sudaba

el infeliz en estos trances y procuraba acercarse á la luz mortecina

de los farolillos que llevaban algunos grupos y personas dispersas, y

lo hacía con el doble fin de saber mejor dónde pisaba y reconocer más

fácilmente lo rastreado, si tenía la dicha de dar con ello.

Pero andaba, andaba, palpando casi las personas cuyos pasos seguía, y

jamás lograba otros frutos que un desengaño en cada intento. En esta

labor dolorosa, prefería las figuras solitarias, por calcular que su

madre, desconocida y forastera, no podía andar de otro modo por allí.

Una vez, siguiendo el rumbo de la luz extenuada de uno de los

farolillos errantes, verdaderas luces de cementerio, tropezó con dos

mujeres. La una llevaba un farol en la mano; la otra en las suyas un

jarro con agua, una jofaina y una esponja. La del farol, aunque se

envolvía el talle y parte de la cabeza en un espeso manto, le pareció,

por la blancura de su tez y el aire de su persona, dama distinguida.

Á la luz de los incendios más que á la amortiguada del farolillo, vió

Pachín que tenía los ojos enrojecidos de llorar y surcadas de lágrimas

las mejillas; y aunque se había cerciorado de que ninguna de las dos

era la mujer que él andaba buscando, las siguió en su faena y sin

estorbarlas, durante un buen rato. Cuando encontraban el cadáver de un

hombre, _si tenía cabeza_, la señora arrimaba á ella el farol, y con

la esponja empapada en agua que le ofrecía la otra mujer, le quitaba

cuidadosamente la tizne de la cara... ¡y adelante con su pesada cruz!

porque nunca era el muerto que reconocía, la prenda de su corazón que

iba buscando. De todos los dolores que había conocido Pachín hasta

entonces en el mismo triste lugar, ninguno le pareció tan hondo, ni le

mereció tanto respeto como aquél.

Dejando perderse á la infeliz señora en los misterios de la obscuridad

lejana, corrió él hacia los grupos de gente que vió sobre uno de los

muelles fronteros al buque sumergido, alumbrados por el resplandor del

que estaba quemándose. Tampoco estaba su madre allí, entre las mujeres

que seguían con avidez ansiosa los trabajos que se hacían en el agua,

trabajos ya conocidos de Pachín, aunque en escala más reducida. Ahora

los botes y las lanchas eran más, y más los garfios que se arrojaban

al fondo, y más los restos que salían enganchados, sin contar _lo_

que se recogía flotando entre maderos, latas y otros mil despojos del

desastre, que iba apareciendo arrastrado por la corriente, sin que

nadie supiera de dónde venía ó dónde había estado hasta entonces. Se

alumbraba la escena con hachones de viento, cuya luz iluminaba racimos

de cabezas, y se reflejaba trémula en las removidas y turbias aguas.

Pachín huyó de allí con el corazón oprimido por una nueva forma de

dolor congojoso y asfixiante, y se sumió de nuevo en las sombras de la

llanura, á continuar su labor con más bríos que esperanzas.

Observó que los grupos con luz eran siempre de hombres solos, hombres

encargados de recoger cadáveres y de conducirlos en camillas ó

amontonados en furgones, al sitio que les estaba destinado. Esto le

pareció muy aflictivo, y, sin embargo, seguía á los grupos, aunque sin

saber si lo hacía por verse más acompañado en su pavorosa soledad, ó

por guiarse mejor con la luz de sus faroles, ó porque le arrastraba la

fascinación de lo tremendo, como arrastra la visión de los abismos.

Explorando así entre vivos y muertos, y devorando, más bien que

mirando, con los ojos hechos ya á la obscuridad y á descifrar los

engaños en que envolvían á las personas errabundas los resplandores

siniestros de las llamas, dió con otro grupo de hombres cuya ocupación

era cuanto allí le quedaba que ver. Aquellos hombres llevaban entre

manos unos sacos negros, muy grandes, y en estos sacos iban metiendo

los despojos que encontraban desparramados: miembros, entrañas... y

hasta la sangre, recogida del suelo con la tierra empapada en ella y

por ella santificada ya... Asociósele, con la fuerza y velocidad del

rayo, el recuerdo de su madre desaparecida á la visión de aquellas

reliquias espantosas, y no pudo más el desdichado: sintió una angustia

indefinible entre corrientes de sudor frío que le bañaban el cuerpo;

turbósele la vista, y sin fuerzas para sostenerse de pie, cayó

desplomado sobre un rimero de escombros.

Cuando volvió en sí, socorrido por aquellos buenos hombres,

respondiendo á preguntas que le hicieron les contó su desventura y sus

intentos malogrados. Allí, á aquellas horas, había perdido su última

esperanza. ¿Qué le quedaba sin explorar? ¿Qué más muertos, qué más

heridos ni qué más buscadores de ellos, que los que ya había visto y

reconocido él? Dijéronle entonces, acaso para levantarle un poco el

espíritu desmayado, que había en el Hospital muchos heridos y muertos

de que él no tenía noticia, y ello bastó, en efecto, para que le

renacieran los bríos y se creyera capaz de los imposibles. ¿Por dónde

se iba al hospital? Le indicaron dos caminos: el más abreviado y el

más largo; pero eligió el segundo, porque el arranque del primero,

según se veía desde allí, estaba obstruido por dos incendios que casi

cruzaban ya sus llamaradas.

Hasta entonces no se había detenido el pobre muchacho á considerar

el incremento que tomaba por instantes aquel nuevo desastre, y la

extensión y fuerza que alcanzaba. Por el lado del norte formaban las

llamas una altísima cordillera; y de la anchura que había adquirido

su base, de la cual parecían las raíces las enrojecidas lenguas que

asomaban por todos los corroídos huecos de los edificios que le servían

de pasto y golosina, se deducía fácilmente que estaban ardiendo los dos

lados de la calle trasera en casi toda su longitud. Á su vez, el primer

incendio del otro lado, el del oeste, encrespándose y respingando

y nutriéndose sin cesar de las casas en que había hecho presa, se

esforzaba en dilatarse á diestro y siniestro, pero especialmente hacia

el norte, como si tratara de tomar de aquel otro incendio más pujanza,

para llegar de un salto á enlazarse con el que le seguía por el sur, el

cual también se cernía y forcejeaba para salirle al encuentro.

Por misericordia de Dios, las voraces hogueras subían pacíficas y

rectas al espacio, en cuyas alturas chisporroteaban sus pavesas entre

los remolinos del humo ceniciento acumulado allí en espesos nubarrones.

Un soplo de aire que inclinara las llamas hacia el norte, y desaparecía

toda la ciudad en breves horas. No se concebían en lo humano fuerzas

bastantes para triunfar en una lucha contra enemigos como los de aquel

día; día no menos infausto y pavoroso que los evocados por el poeta;

aquellos

«..._días de espanto

en que rezan á solas los ateos_».

* * * * *

¿Qué fuerzas sostenían á Pachín para hacerle capaz de tanta

resistencia? ¿Quién de los que le veían pasar y adelantarse á todos

los que más andaban entre calles, y retroceder de pronto, ó desviarse

para examinar un corrillo de mujeres, ó meter la cabeza por las

entreabiertas hojas de la puerta de un tenducho, porque había creído

oir una voz que se parecía á la de su madre, podía sospechar siquiera

lo que aquella criatura llevaba andado, rebuscado, y padecido en el

cuerpo y en el alma, desde las cinco de la tarde? ¡Oh! si los que

pesan y miden por escrúpulos la fuerza y la resistencia de determinadas

substancias del mundo físico, pudieran estimar del mismo modo lo de que

es capaz y resiste el espíritu humano puesto en tensión vibrante por

los grandes infortunios de la vida, ¡qué hallazgo para la ciencia y qué

sorpresa para los sabios del alambique! Pues esta fuerza prodigiosa era

la que sustentaba á Pachín y ponía en actividad todos sus miembros, y

en plena luz su juvenil inteligencia, y le hacía insensible al dolor

de sus heridas y á los lamentos de los desdichados como él, y diestro

en la obscuridad de la noche entre calles que jamás había pisado, y

sutil en la investigación de su camino. ¡Si hubiera podido dominar sus

impaciencias como su debilidad y sus angustias! Y eso que no iba solo,

porque le acompañaban otros muchos peregrinos del dolor. _Allá_ iban

todos en busca de lo que no habían podido descubrir en otra parte.

¡Lo mismo que él! Y con ellos siguió, calle arriba, calle arriba,

como si todos fueran unos, aunque todos eran extraños entre sí. Nada

se hablaban, nada se decían; pero casi todos lloraban en silencio,

y éste era el lenguaje único inteligible y familiar de aquel pueblo

en aquellas horas de infortunios cuya expresión no cabía en ninguna

lengua humana.

El portón del hospital estaba abierto, porque no había un instante en

que alguien no entrara ó no saliera por él. Pachín entró, adelantándose

un buen trecho á los que con él iban; y dejándose guiar por las

primeras luces que descubrieron sus ojos al hallarse en una galería de

macizos arcos de piedra, tomó por el lado derecho, sin parar mientes

en las monjas y otros servidores del piadoso asilo, que pasaban á su

lado en afanoso trajín; volvió luego hacia la izquierda, siguiendo

los rumbos de la nave; vióse enfrente de la embocadura de una gran

escalera; subió por ella, y se encontró en otra galería como la de

abajo, pero más abrigada y menos libre de estorbos para recorrerla,

porque estaba á medio llenar, y continuaba llenándose, de camas

improvisadas tendidas en el suelo. Mientras dudaba si tomar por un lado

ó por otro, y sin atreverse á preguntar á nadie, ó quizás olvidado ya

de cómo se preguntaba por lo que no se sabía, oyó rumor de voces y de

lamentos hacia la derecha, y por aquel lado se encaminó. Á los pocos

pasos topó con una puerta que daba ingreso á una habitación colmada

de gente. De allí salían los rumores y los ayes. La habitación no

era grande; pero sí lujosa, al parecer del aldeanillo, con muchos

retratos en las paredes, y un piso tan reluciente y _fino_, que Pachín

se resbalaba al andar sobre lo poco de él que estaba desembarazado.

Olía allí mucho «á boticas», y había colchones y mantas en el suelo,

y en cada cama de éstas y sobre cada mueble de los arrimados á las

paredes, un herido ó un moribundo. Junto á los primeros, curándoles

las tremendas heridas, médicos con sus blancos mandiles por delante, y

la bruñida herramienta ó los vendajes entre manos, y practicantes que

les ayudaban en la cruenta labor, y las santas siervas de la caridad

que cuidaban de todo y á todo atendían como quienes eran. Junto á un

hombre que se moría, un sacerdote arrodillado é inclinado sobre él,

casi abrazándole; un sacerdote muy extraño para Pachín, que recordaba

haberle visto en idénticas ocupaciones en la casa de socorro: vestía

ropaje muy fino de color morado; colgaba de su cuello sobre el pecho

un crucifijo de oro, y llevaba un grueso anillo en una de sus manos.

Su voz era dulce, como el mirar de sus ojos compasivos, y su palabra,

elocuente, persuasiva y amorosa. ¡Qué cosas sabía decir al moribundo,

casi llorando de pena! ¡qué valor le infundía, y cómo le consolaba!

Jamás había visto Pachín un obispo sino en estampas y con mitra,

báculo y capa pluvial; y por eso no conoció al de su diócesis en aquel

caritativo y humilde sacerdote con vestiduras moradas, de corte igual

al de las negras de los otros curas que por allí andaban también, como

en la casa de socorro y en el campo mismo de la catástrofe.

Pero ni entre los que se morían, ni entre los que eran curados por los

médicos ó esperaban su turno para curarse, ni entre los vivos y sanos

que se entretejían con ellos, se hallaba su madre. Supo que estaban

colmadas de heridos todas las salas de cirugía del Hospital, y que

por eso se había habilitado precipitadamente aquélla, cuyos destinos

ordinarios eran bien distintos; y en busca de las otras salas fué, con

las señas que le dieron.

El rastro de las improvisadas camas de la galería, algunas ocupadas

ya, iba enseñándole el camino á lo largo de ella; otro, de lamentos y

quejidos, le guió á un departamento en que había dos grandes mesas de

muy extraña forma, y varios aparatos de uso desconocido también para

el ignorante aldeanillo, aunque por el sitio en que se hallaban y la

vecindad que tenían y, sobre todo, por «el arte» de unas herramientas

que vió relucir en el fondo de un armario cerrado con cristales,

presumió que nada de ello debía de ser para «cosa buena». En cada

costado, según se entraba, había una puerta, y cada puerta daba ingreso

á un gran salón en que se percibían mucha gente, muchas camas, muchos

ayes y mucho olor «á boticas».

Tomó, al azar, por la derecha y penetró en aquella estancia; pero con

más desahogo que en la primera que había visitado, porque no sólo

era más grande, sino que las camas estaban armadas y en dos filas,

con los testeros á la pared, dejando entre los pies de unas y de

otras, un ancho pasadizo para la gente. Por lo demás, el mismo linaje

de enfermos, iguales martirios, igual trabajo de los médicos y sus

ayudantes, las mismas religiosas asistentes, idénticos moribundos con

el cura á la cabecera, el mismo espanto en todas las caras, las mismas

lágrimas en muchos ojos, y el mismo afanoso ir y venir de los que no

podían subdividirse para estar á la vez en todas partes.

Pachín fué recorriendo cama por cama, detrás de los médicos unas

veces, y otras como podía ó le era permitido; y sólo cuando llegó á

las últimas, supo que no había más que hombres en aquella sala. La

destinada á las mujeres era la de enfrente. Salió volando de aquélla,

atravesó la de los aparatos y penetró en la que le interesaba más.

Era una exacta reproducción de la de hombres, con el mismo número

de camas y de enfermos, é idéntica legión de médicos y asistentes.

Á Pachín le parecía imposible que habiendo tantas mujeres reunidas

allí, víctimas de una misma causa, no fuera una de ellas su madre.

Esto le reanimaba mucho las vacilantes ilusiones; pero al mismo tiempo

aumentaba enormemente su trabajo. No tenía más campo de investigación

que las caras; y la que de ellas no estaba desfigurada por el dolor, lo

estaba por las heridas, ó por las contusiones, ó por el fango negro.

Tenía que preguntar á la enferma misma, y casi nunca le respondían,

ó le respondían con un ¡ay! que le desgarraba el alma. Á las más

contrahechas de semblante ó aletargadas por el ardor de la fiebre, les

gritaba su propio nombre al oído, para sorprender un indicio en un

gesto ó en una vibración de aquella vida expirante. Cuando en estas

investigaciones no satisfacía sus dudas, preguntaba á las monjas, á

los médicos, á cualquiera de los enfermeros, por la procedencia de la

enferma, y, al último, por las ropas con que había llegado al hospital,

y corría á examinarlas; y con un desengaño más, volvía á la sala de

nuevo á proseguir su dura labor, cada vez menos afortunada y más

dificultosa.

Al darla por concluida allí, ¡qué hallazgo, en definitiva, el suyo!

En los lugares azotados directamente por la catástrofe, había visto

un sinnúmero de heridos y muertos; tantos, que había llegado á

familiarizarse con los horrores amontonados, con la tizne del fango

negro y los vestidos en jirones; pero en las camas del hospital,

siguiendo las faenas heroicas de los médicos, había estimado los

horrores en toda su desnudez y detalle por detalle, limpios de todo

disfraz y destacándose sobre la blancura de las ropas. Le parecía

imposible que con aquellos enormes boquetes sanguinolentos, con

aquellas desgarraduras espantosas de la carne, con aquellos miembros

macerados y brutalmente desprendidos de sus goznes, pudieran vivir los

pacientes hasta que, según también sabía ya, fueran operados en la sala

contigua y en otras semejantes, á la luz del sol de nuevo día... si era

creíble que nacieran días de sol de una noche como aquélla.

Largo rato pasó el sin ventura á pie firme en medio de la estancia, con

la cabeza inclinada sobre el pecho, la imaginación perdida en un páramo

de desconsuelos, y la memoria atestada de los espectáculos recientes

que se renovaban en ella á cada instante con los lamentos que llegaban

á sus oídos de todos los rincones del salón. Sintiendo enervarse

sus fuerzas y no resignándose fácilmente á darse ya por vencido en

su generoso empeño, preguntó si no le quedaba más que ver y que

registrar en los departamentos de aquella casa. El preguntado, después

de levantar los brazos hasta la cabeza y la vista hacia el techo, le

respondió afirmativamente y le dió minuciosas señas del camino que

debía seguir.

Con ellas en la memoria y reavivada su energía con el estímulo de una

nueva esperanza, salió Pachín de allí; desanduvo todo lo andado al

subir, y cuando acabó de bajar la escalera, atravesó el patio interior

que tenía enfrente, y después la nave del claustro... Allí estaba,

abierta de par en par, la puerta que se le había indicado en los

informes.

* * * * *

Cuando puso los pies en el umbral, sintió en la cara la impresión

del relente frío de la noche, y tropezaron sus ojos con las espesas

columnas de llamas de los incendios de Maliaño, recortadas en sus

bases por la línea negra del muro que cerraba por dos lados el espacio

del primer término. Se le antojaba que podían alcanzarse con las

manos desde allí, á poco que se estiraran los brazos, las guedejas

resplandecientes de las cabelleras infernales de aquellas furias

destructoras, y tembló de espanto al considerar que podía cernerlas de

un momento á otro una veleidad del aire sobre aquel santo asilo colmado

de víctimas del otro azote. Rogó á Dios con toda su alma que apartara

de allí tan negra desventura, y se dispuso á bajar los cuatro escalones

de piedra que le separaban del suelo de aquel extraño recinto, que, por

las primeras señales, le pareció un corral abierto, bien poblado de

gente y regado de lágrimas.

Pachín González · 第 3 / 13 段