La extraña «cosa» que le había llevado á él en volandas desde la estiba

de maderos al sitio en que acababa de despertar, debió de llevar á su

madre de igual modo y en la misma ó muy aproximada dirección, puesto

que juntos estaban los dos entonces, aunque un poco más en alto él

que ella... Pues á buscar, primero, por allí, en derredor suyo y del

hombre muerto cuya visión le aterraba... Y á buscar se puso, con la

avidez y el espanto en los ojos; y vió más hierros, á modo de grandes

carriles retorcidos y enroscados; masas informes, como de cubos

metálicos fundidos unos con otros; más clavos de herradura y más

cartuchos vacíos... ¡jirones de prendas de vestir, ensangrentados y

humeantes!... Más allá unos edificios cerrados que parecían grandes

almacenes, con los aleros quebrantados y los cristales hechos añicos;

debajo, en la calle, más hierros enroscados, y más cubos fundidos, y

cascos de maquinaria... En la misma calle, hacia la derecha, un tren

detenido y sin gente... el de las campanadas, no podía ser otro, con el

resuello fatigoso y extenuado, los coches contundidos por la metralla

del volcán, uno de ellos con las portezuelas desvencijadas, y dentro...

¡la muerte también!... Huyó de allí, en dirección contraria, hacia la

izquierda... Un grupo de árboles entecos y con el ramaje desgarrado.

En la plazuela que formaban, otra vez los hierros, pero revueltos

y enmarañados, como una lucha de sierpes infernales; y entre los

montones, recias planchas, de hierro también, reviradas, contraídas,

dos de ellas de canto y prestándose mutuo sostén, y detrás un cuerpo...

un cuerpo de mujer vestida de obscuro, casi negro, y boca abajo.

Pisando de puntillas, lívido de terror, con un brazo trémulo extendido

y mirando sin ver, se atrevió Pachín á llegar hasta el cadáver; se

bajó, cerró los ojos, y á tientas y con las manos crispadas y sin

sangre, le levantó la cabeza cuya cara quería reconocer... Lo que le

pidió el mísero á Dios en aquellos supremos instantes, ni él mismo

lo supo: ¡tan contrapuesto y complicado era!... Haciendo después un

esfuerzo de voluntad sobrehumano, abrió los ojos para ver la cara...

No la tenía aquel cadáver. Lo que había sido cara, tal vez hermosa,

era una masa de carne macerada y sanguinolenta y de huesos triturados.

Pachín lanzó de lo más hondo de su pecho un rugido de espanto; dejó

caer de sus manos la mutilada cabeza, y se incorporó de un salto

frenético. ¡Virgen María! si aquello era su madre, valiérale más no

haberla hallado. La vehemencia misma del deseo de haberse equivocado,

le movió á hacer otros y más detenidos reconocimientos; y entonces

se convenció de que ni el corte, ni el color, ni la calidad de los

vestidos de la muerta, eran señales de lo que él buscaba.

Más tranquilo ya; es decir, menos aterrorizado, pero con las mismas

angustias en el alma, quiso, para orientarse mejor y metodizar un poco

su trabajo, averiguar dónde estaba la pila de maderos desde la cual

había volado él... Al tender la vista para buscarla, observó que al

otro extremo, hacia lo más ancho de la llanura, había seres humanos,

de pie, vivos y moviéndose entre los obstáculos del suelo, y que otros

muchos iban llegando apresuradamente de hacia la ciudad... ¿De dónde y

cuándo habían venido los primeros? ¿Eran _resucitados_, como él? ¿Qué

más le daba? Los unos y los otros eran hombres vivos: no era ya todo

muerte en aquel fúnebre escenario, y el amor y la caridad comenzaban

á habitarle. Esto le consoló algo, porque ya no se veía solo y

desamparado, y se sintió más fuerte y valeroso para continuar su triste

faena.

No tardó mucho en hallar la estiba de maderos que buscaba; pero sí en

llegar hasta ella, porque, aunque el camino era corto, no había en él

un palmo de terreno sin los hierros de siempre ó charcos de sangre

humana. Con esfuerzos heroicos de su espíritu llegó al fin á la pila;

recorrió todo su perímetro, y nada halló de lo que andaba buscando, ni

de cosa parecida.

--Aquí mismo estaba mi madre... y yo allí,--se dijo apuntando

sucesivamente á un sitio al pie de la estiba y á otro de una de sus

gradas...

En seguida trepó á ella para estimar con acierto el _camino_ que él

había llevado por el aire, y la dirección del impulso, ó de la «cosa»

que le había arrebatado y pudo y debió arrebatar á su madre también.

Enterado de lo primero, buscó, sin moverse de allí, el vapor funesto;

y como no le vislumbraba, se orientó por el muelle á que había estado

arrimado. Al fin, distinguió sus restos: un palo muy caído hacia atrás,

con un guiñapo sucio en la punta, y el puente y el castillo de popa

sobresaliendo del agua. El muelle, dislocado en partes y en partes

ardiendo; y sobre el otro muelle que corría á derecha é izquierda, y

sobre el arrecife inmediato, en cuanto alcanzaba la vista, un sedimento

negro y reluciente como el fondo de una poza recién agotada; sobre este

tizne asqueroso, más despojos de la catástrofe horrible, más cadáveres,

y carros desvencijados y yuntas mutiladas junto á ellos... Pachín se

quedó espantado. ¿Era todo aquello obra de Lucifer, que se hubiera

complacido en vomitar tantos horrores entre el légamo de las charcas

infectas de sus cavernas infernales? Y si no era obra de tales manos,

¿de qué otras podía serlo? De la dinamita, de aquellos centenares de

cajas de _ello_ de que tanto se había hablado cuando se quemaba el

vapor: eso no podía dudarse; pero ¿qué más daba? Sin el mal espíritu

que había cegado á los que lo sabían y ensordecido á los que lo

sospechaban, ¿cómo hubiera sucedido aquello?... Si cuando su madre, una

vez, dos veces, tres veces... le pedía por caridad... ¡Oh! ¡qué sordo,

qué necio, qué mal hijo fué y qué mal cristiano, desoyendo los avisos

que Dios le enviaba por la boca de la santa mujer!... Pensó perder el

juicio con el punzante dolor de estos remordimientos, y se arrojó de la

estiba gritando desconsolado:

--¡Madre mía... madre de mi alma! ¡Dónde estás? ¡Viva ó muerta, yo

necesito... yo quiero hallarte!

Y corría de un lado para otro, con la vista desencajada y las manos en

la cabeza, ensangrentada y desnuda.

Aunque tenía el racional convencimiento de que lo que iba buscando no

podía hallarse más que en una dirección, el desventurado Pachín quería

rebuscar en todas; y en todas rastreaba y corría, saltando laberintos

de escombros y charcos de sangre, y miembros mutilados, y prendas

de vestir con despojos palpitantes, y cadáveres de hombres. Nada le

imponía ya en materia de horrores, y sobre todo pasaba insensible, más

que insensible, loco, si no era prenda ó miembro que pudo pertenecer

á su madre. Así entró en la zona del fango negro, cuya fetidez dió á

sus sentidos la nota repulsiva que le faltaba al cuadro. Allí todo era

negro, hasta los cadáveres.

Sobre uno que lo parecía, se inclinaba, hundidas las rodillas en el

cieno, un sacerdote con los talares mojados y ensangrentada la faz

descolorida; le exhortaba á bien morir, y le absolvía, en nombre de

Dios, de todos sus pecados, redimidos con el dolor de su martirio

cruento. Pachín se quedó absorto, mudo, poseído de estupor, delante

de aquella escena imponente; y por un impulso irresistible de su alma

fervorosa, cayó arrodillado y rezó por la de aquel hombre, que expiró

con un estremecimiento.

--¡Señor, señor!--se atrevió entonces, acordándose de su madre,

á preguntar al sacerdote, que empezaba á incorporarse á duras

penas:--¿qué es esto, que jamás se vió en el mundo? ¿qué ha pasado por

aquí?

--La ira de Dios, hijo mío,--le respondió el cura limpiándose con un

pañuelo de percal la sangre del rostro que le fluía de la cabeza.

Y se fué, recogiendo los talares embarrados y andando trabajosamente,

en busca de otro moribundo á quien auxiliar.

Pachín iba á lanzarse de nuevo á sus interrumpidas faenas en aquel

piélago nauseabundo, cuando oyó gritos y lamentos hacia la mar y como

en la dirección del barco sumergido: le parecían gritos y lamentos

de mujer, y, por tanto, de su madre. No era racional que hubiera

ido á parar hacia aquel lado, sino hacia el opuesto, al ocurrir la

explosión; pero ¿qué contrasentido no era posible en un tan espantoso

desquiciamiento de toda ley natural? Había que verlo todo y registrarlo

todo, y allá se fué, entrando hasta las corvas por la charca negra,

y volviendo á saltar, acelerado y anheloso, por encima de hierros,

cadáveres y moribundos.

Cerca del vapor sumergido voltejeaban botes y lanchas tripulados por

gentes caritativas que recogían náufragos que gastaban las últimas

fuerzas en sobrenadar unos instantes más, ó agarrarse á los pilotes

del muelle, ó adherirse como lapas á los peñascos de las escolleras

debajo de los tableros. De hacia allí procedían los gritos; mas no de

los infelices amparados de aquel modo, que ni para gritar tenían ya

alientos, sino de los que, como Pachín, buscaban algo que no parecía,

y lo buscaban desde lo alto de los muelles, porque por allí debía de

estar, según sus cálculos, muerto ó vivo. Lo vivo era bien escaso, por

desdicha; lo muerto... ¡qué manera de buscarlo! Una de las lanchas iba

provista de garfios al extremo de una cuerda: se arrojaban los garfios

al fondo, bogaban los remeros para que tirando de la cuerda se pudiera

rastrear en él; y cuando trababan sus hierros _algo_, se detenía la

lancha, se halaba poco á poco de la cuerda, y surgía, al fin, á la

superficie, un cadáver... ó pedazos de cadáveres, que embarcaban en

la lancha los remeros silenciosos. Y nunca salía lo que esperaban los

desdichados de tierra, de cuyos pechos brotaban en cada hallazgo los

alaridos de dolor que habían apartado á Pachín de sus investigaciones.

Cuando trató de volver á ellas, porque nada esperaba de las que allí

se hacían, reparó que estaba á su lado un chicuelo con la escasa y

fementida ropa goteando y pegada al cuerpo; el cual granuja, mirándole

fijamente, le dijo sin más ni más:

--Yo vi eso.

--¿Cuál?--le preguntó Pachín.

--Lo que pasó ahí, en la mesma canal, y se tragó tanta gente... Lo

vi desde aquel muelle, el del ferrocarril: yo estaba asentao en el

mesmo carel. ¡Dios, qué cosa!... Había contra el casco del vapor

muchas embarcaciones, y la lancha fina de las Obras del Puerto, y

el _Auxiliar_ de los correos con toa la gente del _Alfonso XIII_...

¡Mucha gente, Dios!... y buena y bien prencipal, y con bien de

galones y bordaos: hasta el comendante de Marina y el ingeniero de

las Obras... ¡y muchos, vamos!... De repente, ¡pliinn!... ¡plaann!...

¡Me valga! y al mesmo tiempo, el agua de esa mar, ¡arriba, con _basa_

y too! y abajo, el suelo de la canal, limpio como la palma de esta

mano; y en ese suelo... ¡Dios!... _rocimos_ de hombres... enteros ó

descuartizaos... Y en menos de un decir «Jesús» to ello... Porque hazte

tú el cargo: la mesma oleá que dejó en seco la canal, me sacó á mí por

la otra banda del muelle, como sacó á otros muchos que fueron conmigo

por el aire. No sé qué habrá sido de los más, porque puede que no

fueran tan sanos como yo iba cuando _chaplemos_. ¡Dios, qué cole! ¡y

las cosas que había en el agua cuando salí á flote!... Dispués, anadé,

anadé, hasta el paredón; por él me subí... y de eso vengo... ahora

mesmo. ¡Me valga!... ¡lo que se alcuentra en el camino!... ¡Pero como

esto de la canal!... ¡Dios!...

--Y dime--le preguntó Pachín, que le escuchaba electrizado,--en esos

racimos de la canal, ¿viste una mujer aldeana, vestida de negro, con un

paraguas en la mano?

--No diré que la viera--respondió el granuja muy serio y echando las

manos atrás.--Pero ¿te piensas tú que daba el tiempo pa tanto?... Por

las trazas, buscas algo de esas señas. Cuando viva, ¿estaba aquí esa

mujer?

--No: allá abajo...

--Pues cacia ese lao debes buscar... lo que quede de ella.

Con esto se fué el granuja á ver más de cerca las tristes maniobras que

se hacían en las lanchas, y se volvió Pachín al otro mar, al de cieno,

para continuar en él sus interrumpidas exploraciones.

¡Pobre muchacho! ¡Lo que él anduvo!... ¡lo que él indagó! ¡Las ansias

desesperadas con que, no fiándose ya de su propia iniciativa, se unía

á los grupos que buscaban heridos para socorrerlos, y se adelantaba

á todos cuando la víctima era una mujer! ¡El terror santo con que

recogía del suelo cada despojo, cada jirón de vestido, cada mechón

de cabellos, que pudiera haber pertenecido á su madre! ¡El valor,

la vida, las fuerzas que gastaba en este empeño sobrehumano, en la

bárbara lucha de sus deseos voraces de encontrar lo que buscaba, con el

temor horrible de hallarlo entre los muertos! Para hacer las primeras

armas en las luchas de las contrariedades de la vida su corazón de

niño, ¡un campo de batalla como aquél! Ni cálculos risueños, ni

ideas consoladoras cabían allí, ni siquiera la consideración de que,

estando vivo él, podía estarlo igualmente su madre, por lo mismo que

no la hallaba ni entre los muertos ni entre los moribundos; porque la

clasificación en vivos, muertos y moribundos, no era bastante para

aquel cuadro excepcional: necesitaba otra _casilla_ para el renglón de

los _despedazados_, cuyos eran los despojos, las entrañas, los miembros

que Pachín hallaba dispersos, sembrados por toda la extensión de la

llanura entre las pilas de los escombros ó revueltos con el fango

negro de las escolleras. ¡Y si de las víctimas de este renglón era su

madre!...

Sin embargo, llegó á ver el desdichado una chispa de luz en medio de

tan densa obscuridad: oyó decir que en los primeros momentos después

de la explosión, habían sido llevados muchos heridos leves, ó que lo

parecían, á la casa de socorro. ¿Por qué no había de ser su madre uno

de esos heridos? Pues á la casa de socorro sin parar. ¿Dónde estaba

esa casa? ¿por dónde se iba? Él lo averiguaría preguntando, si no la

descubría por el rastro sangriento de los infelices que iban acudiendo

á ella.

Cuando salió de Maliaño en dirección á la ciudad, empezaba el

crepúsculo de la tarde, plácido, tranquilo, sonriente, como si nada

hubiera pasado en la tierra; como si uno de sus pedazos más hermosos

y florecientes, no estuviera cubierto de luto y llorando sobre el

estrago sangriento de una de las mayores catástrofes que registran los

anales del mundo; y á la luz débil de aquellas horas, iba adquiriendo

esplendor y señorío la del incendio de los muelles de madera, que

continuaba propagándose, y se erguía resplandeciente la de otro que

comenzaba en las alturas de la gran cortina de edificios que servía de

fondo, por el norte, al escenario siniestro del espantoso drama.

* * * * *

Al abocar Pachín á la amplia calle por donde había de internarse en

la ciudad, no pudo menos de comparar lo que iba viendo con lo que

había visto tres horas antes. Entonces, hervor de gentes afanosas,

contentas y engalanadas; los edificios bañados en sol, abiertos todos

sus claros á la saludable alegría de la espléndida tarde; rumores de

vida, cánticos del goce soberano de ella; esperanzas, ambiciones y

amor logrados y satisfechos; la expresión externa, en fin, de la salud

robusta de un pueblo venturoso que vive de su trabajo y va en próspera

fortuna. Ahora, rostros macilentos; grupos de gentes consternadas

que ni se mueven, ni hablan ni se miran; puertas entreabiertas ó

desvencijadas y fuera de sus quicios; muros y aleros quebrantados;

el suelo cubierto de escombros, de polvo de cristales y de aquellos

hierros malditos, metralla de Lucifer y segures de tantas vidas; los

ayes angustiosos del herido que pasa en brazos de la caridad; los

gritos desgarradores de la madre que va en busca de su hijo, ó del hijo

que vuelve sin haber hallado á su padre, y la desconfianza, el terror,

la pena en las caras de los menos desventurados.

Contristábale tanto aquel espectáculo como el que dejaba atrás, y

andaba, andaba, sorteando los grandes estorbos del camino... hasta

que dió con uno que le llenó de espanto... ¡á él, que acababa de ver

tantas cosas espantables! Era una mujer tendida en el suelo, cerca

de la Pescadería, cuyos puestos estaban solos y abandonados. Aquella

mujer era ya cadáver rígido; pero cadáver como él no había visto otro.

Los había visto sin miembros, con la cabeza sin cara, con el tronco

sin cabeza, deshechos materialmente; pero no _laminados_, como el que

tenía delante, cerca de un bloque de hierro, que bien pudo ser el

_laminador_... Cerró los ojos para no volver á verlo, y huyó por la

ancha plaza en dirección á la Ribera.

Allí, lo mismo que lo que iba quedando á su espalda: igual aspecto,

igual estrago en los edificios; los mismos grupos inmóviles,

silenciosos y consternados; iguales ó parecidos escombros y

proyectiles sobre la calle; los mismos lamentos, la misma desolación

en todo; y como detalle sorprendente que le hizo pensar en la fuerza

inconmensurable de la mina diabólica, en lo alto de la cuesta y en una

de las aceras de la calle, un ancla enorme clavada entre dos losas,

debajo de un balcón despedazado. En la plaza inmediata, los vecinos

en medio de ella, en hábitos caseros, como si hubieran abandonado

precipitadamente sus viviendas después de un terremoto y temieran su

repetición.

Pachín, aldeano, inexperto y niño, no se dejaba herir de las

impresiones de estas cosas más que por la conexión que tuvieran, á sus

ojos, con las ideas que llevaba en el cerebro y le obligaban á andar

sin punto de reposo. Por eso, cada vez que pasaba junto á un corrillo

de gente, le asaltaba el mismo pensamiento: «pero, señor, ¿no habrá

entre todas estas personas alguna que conozca á mi madre por haberla

visto pasar conmigo esta mañana por aquí?». Y le entraban tentaciones

de preguntar á cada paso si habían vuelto á verla después del estampido

del vapor. Pero temiendo que no le escucharan ó que se rieran de él, se

limitaba á preguntar por la casa de socorro... y así llegó á ella.

La invadía, por todos los mezquinos claros de sus dos fachadas, una

multitud medio amotinada ya, porque eran muchos los heridos, poco el

espacio interior y muy escasos los hombres y los recursos para curar.

Pachín fué mirando una por una á todas las mujeres de la muchedumbre

invasora... Ninguna de ellas era su madre. Después se dijo: «hay

que entrar, ¡y entraré aunque muera en el empeño!...». Y entró al

fin, ingiriéndose, deslizándose, forcejeando, oprimido, pisoteado

y devorando los ayes que le arrancaba cada golpe que recibía en la

herida de su cabeza... pero entró; entró, para luchar de nuevo en las

angosturas de los pasadizos y encrucijadas miserables de aquel triste

asilo, oprobio, por su pobreza y desamparo, de una ciudad cristiana

y rica. Se ahogaba el infeliz en medio de aquella otra muchedumbre

prensada entre mugrientos tabiques resquebrajados, y en una atmósfera

impregnada de todas las pestilencias imaginables y de las notas

aflictivas de todos los quejidos del dolor. Ni siquiera tenía la

suficiente luz para orientarse en el menguado recinto. Pero por todo

suplía el ardor de la fiebre que le movía y le guiaba. Así logró ver

entre las tinieblas y andar á través de compactos muros de gente, y

examinar uno á uno á los sanos, y á los heridos que esperaban turno

para ser curados, y á los que curándose estaban, y á los que yacían en

sillas, catres y rincones, muertos ya ó agonizando... hasta llegar á

convencerse de que ni entre los muertos ni entre los vivos de dentro

ni de fuera de la casa de socorro, estaba su madre... ¡Nada, pues, le

quedaba que hacer allí!... Y ¿á dónde volver ya la consideración en

busca de una esperanza siquiera?

Ni en el lugar horrendo, ni en aquella casa, ni en el camino

intermedio había dado con su madre, ni entre los muertos ni entre los

heridos. Estas señales bien podían serlo de que vivía; pero si vivía,

seguramente habría andado buscándole á él como él la buscaba á ella; y

buscándose uno á otro de esta suerte, se hubieran encontrado ya los dos.

Arrastrando por estas asperezas el fatigado discurso, se le ocurrió

la idea de que, herida ó contusa ó buscándole á él, bien pudiera su

madre haber vuelto á la posada. Este chispazo de luz iluminó un poco

su tenebrosa fantasía y reavivó las fuerzas que iban faltándole por

momentos y á medida que perdía las esperanzas. Pensar y ejecutar

eran en Pachín entonces una misma cosa. Buscó con una rápida mirada

el camino más breve y desembarazado para salir de aquellas espesuras

asfixiantes; vió cerca de él una ventana entreabierta, y por ella saltó

á la calle.

La noche, pues ya había cerrado, límpida y serena arriba en un cielo

fulgurante de estrellas, era abajo negra, tediosa y funeraria; estaban

á obscuras ó á media luz las calles, según que hubieran sido más ó

menos flageladas por el azote de la tarde, y las que no desiertas en

absoluto, escasamente recorridas por transeuntes que se movían sin

ruido, como los fantasmas de las pesadillas. Todo esto doblaba las

dificultades de Pachín, nada práctico en los laberintos de la ciudad

con el sol del mediodía, cuanto más entre las tinieblas de la noche, ¡y

de una noche como aquélla!; pero acertando por instinto unas veces y

preguntando otras, siempre caminaba con buen rumbo y no perdía terreno

en su afanoso andar sobre un empedrado nunca limpio de escombros de las

casas contiguas ni de la metralla homicida de la explosión.

Lo peor era, para el infeliz, la poca fe que le animaba ya en sus

exploraciones, con la experiencia de las malogradas; pero como tenía

mucha en la misericordia de Dios, á menudo elevaba al cielo los ojos,

conductores de las plegarias que salían del fondo de su pecho. Así se

confortaba un poco, y así llegó al barrio y á la calle en que estaba su

albergue provisional.

No sabía el pobre muchacho si condolerse ó alegrarse de llegar á él,

porque mientras andaba, eran tan grandes como sus deseos de triunfar

en el empeño, los temores de un nuevo desengaño. Pero más que estas

vacilaciones de su espíritu, le detenían en su marcha la obscuridad y

los estorbos de la calle, y hasta la codicia de oir algo que pudiera

convenir á sus fines en el vocingleo desacordado y clamoroso de los

corrillos que encontraba al paso, y encontró uno en cada puerta. Toda

la vecindad estaba á la intemperie y medio á obscuras, unos por miedo á

la soledad del propio domicilio; otros por las ruinas y quebrantos de

los suyos; otros por saber de amigos ó deudos que no volvían, y casi

todos por el ansia bien justificable de cambiar impresiones tristes y

averiguar algo más de lo ocurrido, y de lo que se pronosticaba y se

temía para aquella noche. Esto sacó en limpio el angustiado muchacho de

lo que pescaba en las conversaciones sorprendidas al pasar, y además,

que aquel resplandor que se notaba sobre la línea de edificios de la

acera del sur y era la causa de que no fuera absoluta la obscuridad en

la calle, procedía de un gran incendio, del de otra cuyo nombre, citado

en las conversaciones, le era desconocido. Pero de lo que le interesaba

verdaderamente, de lo único que le llegaba al alma y le poseía de pies

á cabeza, ni una palabra. En estas ansiedades, temblándole las piernas

y latiéndole el corazón, se acercó al corrillo que obstruía el portal

de su posada. Sin despegar los labios miró á todas las mujeres que

había en él, una de las cuales era la posadera: ninguna era su madre.

Entonces se atrevió á preguntar por ella: si estaba en casa ó si había

estado poco antes. Conocióle por la voz la buena mujer, que no cerraba

boca ponderando estragos y dolores, y corrió á abrazarle, declarando á

gritos lastimeros que él era el único huésped de la casa que veía desde

la «reventadura» del vapor.

El mísero Pachín, que estaba gastando en aquella prueba las últimas

fuerzas que le quedaban en el espíritu y en el cuerpo, no dió con el

suyo en las piedras de la calle, porque le recogió en sus brazos la

posadera.

* * * * *

Proezas de caridad hicieron con él aquellas buenas gentes, que al

verle á la luz de una vela que ardía en el portal, donde en seguida

le metieron, hasta muerto llegaron á considerarle. No era para menos

el aspecto que ofrecía, con las manos y la cara pálidas como la cera,

donde no estaban manchadas de sangre ó teñidas de negro, como las ropas

que le cubrían el cuerpo desmayado, después de haberse citado allí por

alguien que acababa de verlo, casos de heridos ó contusos que andando

por sus pies hacia la casa de socorro desde el lugar de la catástrofe,

habían caído muertos de repente. Mas como en opinión de otro, menos

pesimista y charlatán que los demás circunstantes, quedaban en Pachín

restos de vida, cada cual subió en volandas á su piso y bajó con el

remedio que más fe le merecía en un caso como aquél: cabezas de ajo,

vinagre fuerte, pencas de romero, vino generoso. De todo ello y de

mucho más se hizo uso, rápida é inmediatamente, quitándose _la vez_ las

afanadas ministrantes (pues lo eran sólo las mujeres, y tantas como

los remedios aplicados), hasta que con ellos, ó á pesar de ellos, fué

volviendo en sí poco á poco el desmayado.

Pachín González · 第 2 / 13 段