NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA
OBRAS COMPLETAS
DE
D. JOSÉ M. DE PEREDA
DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
TOMO XVII
PACHÍN GONZÁLEZ
DE PATRICIO RIGÜELTA--AGOSTO
EL ÓBOLO DE UN POBRE--CUTRES--POR LO QUE
VALGA--EL REO DE P...--LA LIMA DE LOS DESEOS
VA DE CUENTO--ESBOZO--DE MIS RECUERDOS
HOMENAJE Á MENÉNDEZ Y PELAYO
MADRID
EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
1906
_Es propiedad del autor._
[Ilustración]
ÍNDICE
Pág.
CARTA-PRÓLOGO 5
Pachín González 13
De Patricio Rigüelta (redivivo) á Gildo «el Letrado»,
su hijo, en Coteruco 121
Agosto (bucólica montañesa) 137
El óbolo de un pobre 175
Cutres 185
Por lo que valga 221
El reo de P 235
La lima de los deseos (apuntes de mi cartera) 265
Va de cuento 277
Esbozo 291
De mis recuerdos 313
Á Marcelino Menéndez y Pelayo.--De cómo se celebran
todavía las bodas en cierta comarca montañesa,
enclavada en un repliegue de lo más enriscado de
la cordillera cantábrica 325
[Ilustración]
[Ilustración]
CARTA-PRÓLOGO
SR. D. VICTORIANO SUÁREZ.
_Madrid._
Mi querido amigo: Persevera usted en la creencia, ya bien antigua en
usted, de que mi trágica novelita PACHÍN GONZÁLEZ debe incluirse en la
colección de mis _Obras completas_, hasta por gratitud, pues es uno
de los libros que, al publicarse, más lectores me conquistó en menos
tiempo; y por esta razón sola no merece ciertamente el desaire con
que se le castiga, obligándole á vivir hoy fuera de la vida común de
familia, descuidada y regalona, que hacen todos sus hermanos de padre.
Á las razones que usted me da para convencerme y convertirme á
sus arraigadas creencias, en vano opongo yo otras que conceptúo
irrebatibles: por ejemplo, la pequeñez material de la obra, que no dará
motivo para un volumen aproximado siquiera al tamaño del más pequeño de
la colección de las demás obras, y que aunque lo diera con creces, el
éxito venturoso que usted dice haber tenido ese librejo al nacer, bien
pudo consistir en lo terrorífico del drama que narra, por desgracia
rigorosamente histórico hasta en sus menores detalles, y no á la manera
de describirle, con lo cual nada debería yo en buena justicia á esa
avidez con que la ha leído el público, ansioso siempre de impresiones
hondas y emociones fuertes, como las que produjo aquella horrenda
catástrofe en aquel inenarrable día de eterna recordación.
También he alegado por razón la diferencia que va de tiempos á tiempos
en el modo de escribir y de pensar desde que yo no escribo ni pienso,
amén de que ni por los años que cuento ni por los males que me agobian,
estoy ya para meterme en caballerías de esa especie menuda, que en nada
se parecerían á las que yo tenía proyectadas cuando aún me permitía
Dios andar por el mundo sano y bueno; materia que me parecía más á
propósito que esta otra para dar digno fin y remate á mi larga vida de
escritor, en la cual, si he aprovechado poco, he visto mucho.
Para mí, la tarea de narrarlo me sería siempre muy entretenida y grata,
aunque á las gentes del público les sucediera todo lo contrario, pues
al fin y al cabo siempre hallaría en lo primero muy dulce recompensa
para el disgusto que me causaría el ver que ya no me entendían los
lectores al hablarles en nuestra lengua común de unas cosas que, aunque
yo las consideraba como cosas suyas también, no lo eran por lo visto.
En fin, que usted, que siempre me quiso de veras, alegando de continuo
por la entrada de PACHÍN GONZÁLEZ en la colección, y yo amontonando
razones en contrario, incluso la de que cuando Dios había querido
apartarme tan inopinadamente de todos los ruidos y vanidades de la
vida, como lo ha hecho, por algo habrá sido ello, llegó usted á
proponerme, como transacción del caso litigioso, la pequeñez del libro;
que rebuscando yo mis cajones y cartapacios viera si quedaba en el
fondo de ellos algo inédito ó poco conocido, siquiera, del público que
me ha leído hasta hoy, y que con lo que de ello me disgustara menos,
añadiera algo que engordara el libro y le hiciera _publicable_, y así
lo hice con el más firme propósito y en obsequio á usted, que tanto lo
deseaba.
En cuanto á las murmuraciones del público con motivo de esta
calaveradilla mía, tan poco en consonancia con mi edad y estado
lamentable de salud, usted cargaba con toda la responsabilidad de ello,
pues para eso «tenía buenas espaldas», y yo, que nada puedo ni sé negar
á la inagotable bondad de usted conmigo, accedí á lo que deseaba; y por
eso se publica este libro, que para los que bien me quieran no tendrá
otro mérito que el de ser el último que dé á luz su moribundo amigo que
le abraza.
J. M. DE PEREDA.
SANTANDER 15 de noviembre de 1905.
[Ilustración]
PACHÍN GONZÁLEZ
PACHÍN GONZÁLEZ
_Nihil in terra sine causa fit, et
de humo non oritur dolor._
(JOB, c. V, 6.)
Salió de su casa el día preciso (el de los Difuntos, por más señas),
después de oir las tres misas del párroco de su aldea; día bien triste,
ciertamente, para los vivos, si tienen memoria para recordar y corazón
para sentir, porque los hay que no sienten ni recuerdan, sobre los
cuales pasan esas y otras remembranzas como el viento sobre las rocas.
Sin los alientos que le infundió el cura aquella misma mañana, sabe
Dios si hubiera padecido serios quebrantos su resolución, porque fué
mucho lo que lloró su madre oyendo las misas y comulgando á su lado,
aunque afirmaba la buena mujer que solamente lloraba por los pedazos
de su corazón que pudrían en la tierra: por aquel esposo tan providente
y tan bueno, por aquella hija tan garrida y cariñosa, cuyas vidas había
segado el dalle de la muerte tres años antes. Sería ó no sería esto la
pura verdad en opinión del hijo, que también lagrimeaba por contagio
y á cuya sutileza de magín no se ocultaban ciertas cosas; pero las
reflexiones del párroco por una parte, y por otra la labor tentadora de
cierto diablejo que no descansaba un punto en su imaginación pintándole
cuadro tras de cuadro y siempre el último más risueño que el anterior,
lograron hacerle triunfar, sin gran esfuerzo, de sus flaquezas de
hombre y de sus ternuras de hijo cariñoso. Tocante á lo _señalado_ del
día, no era posible elegir otro más alegre. El vapor zarpaba el 4 á
media mañana, y no le sobraba una hora del 3 para despachar debidamente
los indispensables quehaceres que le esperaban en la ciudad.
Ello fué que la madre y el hijo llegaron á Santander, según lo anotó á
pulso el jovenzuelo en su flamante cartera, «en la _tardezuca_ del 2 de
noviembre de 1893».
Poco más de veinticuatro horas le quedaban ya que pasar en este viejo
mundo, en _tierra firme_, conocida, propia... después, la inmensidad
de los mares, lo remoto, lo desconocido, lo incierto, «el otro
mundo», del que tantos aventureros no volvían, ó volvían envejecidos
y desencantados... Pero estas notas sombrías de sus alegres panoramas
imaginativos, no eran ya para traídas á cuento en ocasión como aquélla.
El dado estaba echado, y no cabía volverse atrás. Adelante, pues, con
el empuje de la fe de sus visiones; y por de pronto, á aprovechar bien
aquel puñadito de horas que le quedaban disponibles al lado de su
madre: había que saborearlas como las últimas migajas de la primera
golosina que se nos da. ¡Dios piadoso! ¡que no fueran las últimas de su
vida, consagradas á tan santo destino!
Estas ráfagas invernizas le mortificaron algo en las primeras horas
de la noche, y eso que procuró distraerse, andando á la ventura por
las calles, contemplando los escaparates iluminados de las tiendas y
complaciéndose en mover la curiosidad admirativa de su madre; hasta que
el cansancio y las ganas de cenar los volvieron á la posada.
Al amanecer del día siguiente, ya estaba Pachín González despierto
y restregándose los ojos en la cama. De un brinco saltó de ella; y
delante del escapulario bendito que se quitó del cuello y colgó de un
boliche de la cabecera, rezó las oraciones de costumbre y algunas
más por las necesidades del momento. Después salió con su madre á
oir una misa en la iglesia más cercana. Así, á la vez que servía á
Dios, «mataba el tiempo» hasta que se abrieran los escritorios y las
oficinas, y pudiera despachar sus negocios más importantes.
Desde la iglesia y antes de almorzar, quiso dar una vuelta por el
muelle y un vistazo desde allí. Ya sabía él que su vapor estaba hacia
la derecha, arrimado á uno de los tableros salientes de Maliaño. Se
lo había dicho en la posada un huésped que había de ser su compañero
de pasaje: buen barco, poderoso y grande, aunque menos lujoso que el
correo, aquél de cuatro palos que se erguía como un gran señor á la
misma embocadura de San Martín. En otra ocasión había visitado él uno
semejante, casi igual, fondeado en el mismo sitio. ¡Qué riqueza, por
dentro, de maderas finas, de terciopelos y bronces como los mismos
oros! ¡Qué salones tan grandes, qué espejos tan resplandecientes, qué
pompas de comedor y qué _alfombraje_ por los suelos! Cierto que no
gozaban de tantas maravillas los pasajeros que pagaban tan poco como
él; pero, al cabo, tan en palacio se vive habitando el principal,
como los desvanes. Este vapor no salía hasta el 20, y de seguro iría
atestado de pasajeros de su modesta clase, que no podrían revolverse
en el sollado. Dos desventajas en comparación del otro, del _suyo_,
que salía con quince días de delantera, y, por ser barco de carga
principalmente, llevaba poco pasaje: ocho ó diez, á lo sumo, en buenos
y desembarazados camarotes, como se vería luego... Por eso le había
dado la preferencia.
Todas éstas y otras muchas reflexiones, enderezadas al mismo fin, se
las hacía el chico á su madre, que le seguía, sin desplegar los labios,
con su pañuelo negro á la cabeza, su chal de merino sobre los hombros,
su refajo de estameña, negro también, un paraguas con funda terciado
sobre el brazo izquierdo, y mirando y pisando con timidez, como si se
hubiera metido en propiedad ajena sin permiso de su dueño.
El día, á todo esto, se presentaba hermoso, primaveral, esplendente
de luz, suave, dulcísimo de temperatura, convidando á vivir sin penas
ni cuidados, y ofreciendo el espectáculo admirable de la Naturaleza
con lo más lucido de sus galas otoñales, á los encogidos de espíritu y
quejosos de la vida por contrariedades de poco más ó menos.
Después de almorzar en la posada, vuelta los dos á la calle para
realizar el programa acordado de sobremesa: el pasaporte en «la
Aduana», el billete de pasaje en «el escritorio», etc., etc. Para
esto y algo más iban bien pertrechados de instrucciones y de dinero,
y hasta traían una esquelita de recomendación para cierto tabernero
rico «de por allá» que se pintaba solo para abreviar trámites y vencer
obstáculos de cierta especie.
En estas idas y venidas, siempre los mismos pensamientos en la cabeza
de Pachín González, pero extendiéndose y agigantándose en ella, de
momento en momento, de hora en hora, y á medida que el sol avanzaba
en su carrera y envolvía en luz los «palaciones» del muelle, y
chisporroteaba sobre el extenso cristal de la bahía, y se llenaba la
calle de transeuntes, y de rumores, y del estruendo del áspero rodar
de todo linaje de vehículos, desde el carro de bueyes hasta los coches
de lujo. Para él no tenía todo aquel tráfago febril con el grandioso
escenario en que se agitaba, más que un aspecto y una forma y un
sonido: el dinero, mucho dinero... ¡muchísimo dinero! Con el dinero se
construían aquellas casas «grandonas» y aquellos vaporazos que ahumaban
y mugían en el puerto, arrimados á los muelles ó levantando espumas
en las aguas, en su andar acelerado para llegar cuanto antes á donde
fueran con la carga de sus bodegas; por el dinero se movían aquellas
gentes que se cruzaban con él en todas direcciones, con papeles en
las manos, ó hablando solas, ó de lejos y á gritos y sin detenerse
con otras que tampoco se detenían y también respondían gritando; de
los pudientes y adinerados eran aquellas señoras tan arrogantes y
peripuestas que, al pasar á su lado, dejaban un olor más fino todavía
que el de las rosas y la mejorana; y aquellos coches tan lujosos,
arrastrados por caballos regalones, cargados de metales relucientes
sobre correajes charolados, y obra de ricos y para los ricos, los
potentes muros que contenían el mar y le disputaban el terreno y
llegaban á conquistársele; y aquellos palitroques altísimos plantados
en hileras y sosteniendo madejas de alambres que llevaban la palabra
de los hombres con la velocidad del rayo, por todos los rincones y
escondrijos de la población y aun por todas las regiones del mundo
conocido; el dinero era el talismán prodigioso que ponía en movimiento,
que daba vida y valor y prestigio á todas aquellas cosas, seres y
artefactos. Ser rico significaba, por lo menos, ser rueda principal
de aquella máquina asombrosa; _sonar_ y hacerse oir en medio de la
ruidosa baraúnda; ser alcalde de la ciudad, marido de una señora guapa
y elegante, vivir en casa grandona, andar en carruaje propio, recibir
los saludos de otros ricos y formar comunión con ellos; y entre todos,
ejercer absoluto poderío sobre todo, desde los barcos de la mar y las
casonas mejores y las piedras de la calle, hasta las cajas del banco y
el tesoro del Ayuntamiento; ser, en fin, el alma y la vida y el espejo
de una gran ciudad como aquélla. Esto... ó nada; es decir, quedarse
en Pachín González para siempre, ó lo que era igual, el hambre, la
desnudez, la ignorancia, la obscuridad, el trabajo rudo de sol á sol,
el pedazo de borona, la vejez prematura, y la muerte, al cabo, en la
desconocida choza de su pobre aldea... ó tal vez en el pajar remoto que
la caridad de un extraño le haya ofrecido para refugio de sus huesos
quebrantados por el peso de la edad y la fatiga, y el dolor de pedir
una limosna de puerta en puerta... ¡Oh, el dinero!... ¡el dinero!
mucho, ¡muchísimo dinero!... Bien sabía él dónde se hallaba y de dónde
le habían traído otros. Á buscarlo iba allá. ¿Por qué había de ser él
menos afortunado?
Y como con el ardor de estos pensamientos resultaban su andar más
decidido y su continente más apuesto y marcial, su madre, que lo veía
y lo admiraba, mientras le seguía los pasos muy de cerca, iba pensando
á su vez:--La verdá, que campa como él solo, y gusto da verle con ese
porte tan airoso y tan gallardo. ¡Qué conformación de cuerpo la suya, y
qué espigao está! ¿Quién diría que no nació de señorones de lustre pa
cerner la levita y el bastón de puño de oro, más que el atalaje corto
que lleva encima? Verdá que, por llevarle él, no le conociera el mesmo
sastre que acaba de hacérsele... ¡Pos dígote el mirar de los sus ojos
y el _plegue_ de la su boca! Duro es que se me marche, duro que yo le
pierda, y sabe Dios si para siempre en jamás; pero si con ese magín
despierto, y esa agudeza que sacó de suyo, y ese palabreo tan... vamos,
y un plumear como él plumea, y las escuelas que tiene, y las historias
y hasta los latines que sabe, está llamado á mejor suerte que la que
tuvo su padre, majando terrones toda su vida sin ver quitada el hambre
á su gusto una vez siquiera, ¿por qué no ha de echar su correspondiente
cuarto á espadas? Hasta, bien mirado el caso, no es de los que menos
triunfos tienen en el juego para atreverse á un envite... ¡Vaya,
vaya!... Lleva buenas cartas de unos y otros que nos quieren bien, y
colocación segura por lo pronto. ¡Cuántos con menos amparo al salir
de casa, han vuelto de allá hechos unos principeses, aborrecíos de
caudales! Y ¿por qué no has de volver tú como el más pudiente de todos
ellos?... Sí, hijo, sí, que de menos nos hizo Dios; y el que no se
arriesga no pasa la mar... Ni tú sabrás nunca lo caro que cuesta á tu
madre ese puñado de duros con que te pone en camino de hacer fortuna,
ni tu madre vivirá para gozarse en verte afortunado, si lo alcanzas;
pero otros lo verán, y lo verás tú mesmo, sobre todo, que bien te lo
mereces, por mucho que ello sea y por onde quiera que se te mire...
Cuando dieron por terminados sus quehaceres de la mañana y vieron que
les quedaba algún tiempo sobrante hasta la hora de comer, quiso Pachín
llegarse «hacia los otros muelles» para ver más de cerca su vapor.
Deseaba conocerle «por afuera» antes de visitarle por adentro, y bien
despacio, por la tarde.
Volviendo de esta excursión, que hacía de mala gana su madre, porque
estaba rendida de dar vueltas por la ciudad, como la ardilla en su
jaula, oyeron decir á unos hombres que miraban con fijeza á un vapor
que estaba atracado á la cabeza de uno de los muelles:
--Dicen que se le ha declarado fuego á bordo.
Estremecióse la buena mujer, y exclamó con los ojos puestos en Pachín:
--¡Que el Señor te libre, hijo mío de mi alma, de peligros tales! Pos,
mira, no había contado yo con ellos.
--También las casas se queman--respondió Pachín empujando suavemente á
su madre para alejarla de aquel sitio, pero sin apartar la vista del
barco.--Por lo pronto--añadió, queriendo chunguearse,--ahí me las den
todas... y vámonos á la posada, que ya es hora de comer.
* * * * *
Á gloria les supo la comida con el hambre que llevaban y la sazón que
le dió aquel comensal que había de ser compañero de viaje de Pachín,
hombre ya duro de colmillos, que iba á la Habana á recoger la herencia
de un pariente muerto allá, y muy hecho, según afirmaba, á navegar por
«los mares de acá». Todo lo pintaba llano y placentero como la palma de
la mano; y en cuanto á los incendios de los vapores, tras de no ocurrir
dos en medio siglo, eran tan fáciles de apagar con las «maquinarias»
que hoy se llevaban á bordo solamente para eso, como aquel pitillo que
él estaba fumando, en cuanto le metiera por la punta encendida en el
agua del vaso que tenía delante. Y como lo afirmaba lo hizo. Con esta
demostración y aquellas seguridades, á Pachín le irradiaba la cara de
complacencia, y respiró su madre con entero desahogo; de manera que
mucho antes de acabarse la comida, ya habían perdido el uno y la otra
hasta el recuerdo del vapor, con fuego á bordo, atracado á uno de los
muelles de Maliaño.
Sin levantarse de la mesa arreglaron el programa de la tarde.
Primeramente irían al vapor _suyo_, al cual no habían llegado por la
mañana para verle por fuera á su gusto, porque, puestos á andar hacia
allá, iba resultando el camino más largo de lo que aparentaba visto
desde lejos, y ellos estaban ya muy rendidos y con grandes ganas
de comer. Le verían, pues, á la tarde, por afuera y por adentro;
se acercarían al capitán, billete de pasaje en mano; conocerían el
camarote que se destinaba á Pachín y cuanto les dejaran ver de las
maravillas del barco, y averiguarían cuándo debía presentarse á
bordo con su baúl el pasajero, y á qué hora saldría el vapor al día
siguiente. Después de hacer esto, y de hacerlo bien, porque era su
principal negocio de aquel día, volverían á la ciudad y visitarían,
si daban con ella, á Juana Cornejo, hija de tío Juan Cornejo, su
convecino, que les había rogado mucho esta visita á la mozona, la
cual servía en casa del señor don Pedro Redondo, viudo, sin otras
señas, y andaba (la moza) algo olvidada de su familia de año y medio á
aquella parte. Luego irían á dar las gracias al tabernero influyente
que tan bien les había servido por la mañana, y hasta suministrado
los informes necesarios para rastrear el paradero de Juana Cornejo,
no tan á la vista como su padre pensaba. Hecho esto, si era posible,
comprarían algunas baratijas que necesitaba Pachín y le regalaba su
madre para ornamentación de su persona; verían la Catedral, si estaba
abierta... y, en fin, irían aprovechando, para sus ya escasos negocios,
y entretenimiento y recreación de sus espíritus, las sobrantes horas
del día y las primeras de la noche, minuto á minuto é instante por
instante, como si fueran los últimos de la vida.
El huésped consabido de la posada y comensal de ellos en la mesa, y que
parecía una buena persona, les convidó á café después de la comida;
agasajo que no aceptó Pachín sin la condición de que el otro aceptara
el obsequio de un puro de diez céntimos y una copita de Ojén. Con este
motivo se prolongó la sobremesa algo más de lo calculado; y cuando el
hijo y la madre se vieron en el portal de la posada y se despidieron
del comensal, que se largó con rumbo opuesto al que ellos iban á
seguir, oyeron que daba las dos el reló de la Catedral. Afortunadamente
había tiempo para todo, y no se apuraron gran cosa por el desperdiciado
en el comedor.
Por sentar Pachín los pies en la acera, comenzó el diablejo de su
meollo á darle que hacer. ¡Ni en aquellas horas críticas sosegaba el
arrastrado! Al contrario, cuanto más se iba aproximando el instante
de la despedida final del pobre muchacho, con mayor ahinco le sentía
trabajar en su cabeza.
--Mira, Pachín González--le dijo entonces,--y fíjate bien en la calle
por donde vas: qué angosta, qué vieja es; qué sombría, qué silenciosa y
qué solitaria está, como todas las que arrancan de ella á uno y á otro
lado; comparalas con lo que has visto esta mañana, henchido de gentes,
de cosas y de ruidos. Pues esto es la muerte de algo que fué; aquello,
la vida robusta y poderosa de lo que viene: lo uno es la sombra, el
frío de la vejez con hambre; lo otro, la luz, el calor ardiente y
vivificador de la riqueza. ¡Qué diferencia tan grande, eh? Pues atente
al nuevo ejemplo, Pachín González, y no te llames á engaño mañana ú
otro día, que bien avisado estás.
Andando y pensando así el hijo y siguiéndole la madre, sabe Dios
con qué pensamientos, porque los tenía de todos colores la pobre
mujer, pasaron de la zona antigua á la moderna, donde hasta el sol se
complacía en ser más esplendente y lo bañaba todo por igual con sus
rayos de oro, tan deseados y apenas vistos entre las angosturas del
barrio fósil. Hasta las gentes parecían otras allí, más diligentes,
más expresivas, más locuaces. Esto ya lo había notado Pachín por la
mañana al verlas caminar en todas direcciones; pero le llamó bastante
la atención que la actividad de por la tarde, sin ser menor que la de
la mañana, se manifestaba en una forma muy distinta: casi todas las
personas que iban á mucho andar, seguían una misma dirección, la de los
muelles de Maliaño. ¿Por qué? Y ¿por qué cuanto más acentuaban éstas
el andar, mayor era el número de las que arrastraban consigo de las
otras? Era como una corriente central que iba absorbiendo poco á poco
los remansos adyacentes. Pero ¿á qué fuerza de atracción obedecía todo
aquel extraño movimiento? ¿Á dónde iba aquella gente tan apresurada y
afanosa?
Un raquerillo desarrapado que pasó corriendo junto á Pachín, aclaró las
dudas de éste, respondiendo á grito pelado, y sin detenerse, á otro
camarada que le había interrogado desde lejos:
--¡Á ver un vapor que se quema atracao al tercer muelle!
--¡El vapor de esta mañana!--dijo Pachín á su madre, que se quedó en
una pieza.
¡Bien enterado estaba el hombre de la posada en materias de apagar
incendios en los vapores!
Sin cruzarse una palabra entre la madre y el hijo, continuaron ambos
andando, ó mejor dicho, dejándose conducir como dos burbujas más en el
centro de la corriente. Así llegaron á dar vista á la gran explanada
donde se esparcía la muchedumbre de curiosos, sobre cuya masa, y por la
línea borrosa que ésta dibujaba hacia el sur, se elevaba una columna
de humo negro con toques de llamaradas rojas, que recordaba á Pachín
el calero de la sierra de su lugar cuando le encendía, bien á menudo,
una cuadrilla de tejeros asturianos. Al revés de lo que se observaba
en los demás, la madre y el hijo acortaban el paso á medida que se
aproximaban al lugar del suceso. Les imponía mucho aquel espectáculo
tan nuevo para ellos, sin contar con que, como buenos aldeanos, eran
tímidos y recelosos. Anduvieron de este modo un buen trecho, palpando
el terreno con los pies, mirando cautelosamente en derredor y buscando
siempre los espacios más abiertos y desembarazados. Pachín dirigía
los rumbos, y le seguía su madre maquinalmente y como cosida á sus
ropas. Así llegaron hasta las filas más avanzadas, oyendo desde allí
bien claramente el siniestro resollar de la hoguera formidable, pero
sin ver lo que el mozuelo deseaba por los momentáneos é intermitentes
resquicios de la muralla de gente que tenía delante. Estas dificultades
avivaron más sus deseos: cogió con su diestra una mano, que temblaba,
de su madre, y sin apresuramientos ni violencias, se la llevó consigo,
y no paró de maniobrar y de entretejerse hasta que se halló con ella
delante de la primera fila de espectadores y pudo contemplar el cuadro
sin estorbos. Pero como en Pachín González hasta la curiosidad era
metódica, en vez de saciarla de un golpe y atropelladamente, como los
glotones el hambre, quiso proceder con orden, y comenzó por averiguar,
ante todo, qué barco era el que se quemaba. Cabalmente lo podía leer
con suma facilidad en el tablero de popa; allí estaba su nombre
estampado en letras de oro: _Cabo Machichaco_. Y el vapor era grande.
Por uno y otro lado del muelle á que estaba arrimado, sobresalía un
tercio del casco; y aunque era baja la marea, la cubierta del buque
levantaba más que el tablero del muelle, enfrente del cual había un
buen espacio despejado por la Guardia civil y la policía. La _quema_
estaba entre el palo delantero y la máquina. Por aquella escotilla, por
aquel ancho agujero, salían rugientes las llamaradas entre apretadas
columnas de humo denegrido y espeso. Imponía mirarlo y _oirlo_.
No podía explicarse Pachín las razones de qué había nacido la
ocurrencia de tener un barco en aquellas condiciones arrimado á unos
muelles de maderas embreadas y tan cercanos á la población. Pero ¡qué
sabía el pobre aldeanuco de esas cosas? Cuando así se había hecho,
bien hecho estaría. Por de pronto, las medidas que se tomaban para
combatir el incendio no dejaban de ser una excusa muy atendible: en lo
más apartado y solo de la bahía, no hubiera sido fácil luchar contra el
fuego como se estaba luchando allí desde tierra y desde el barco mismo,
con todos los recursos de que se podía disponer, dentro y fuera, y una
voluntad y una valentía que á Pachín le tenían entusiasmado. Bomberos,
marinos, paisanos de todos pelajes... de todo había en aquella legión
de trabajadores, y nadie economizaba las fuerzas ni esquivaba los
peligros: el agua caía á chorros en las bodegas incendiadas, y por
todos los portillos de su obra muerta entraban y salían hormigueros
de hombres bien organizados que ponían á salvo del incendio, sobre el
muelle, cuanto podía cargarse al hombro ó sacarse entre las manos,
de las cámaras del vapor: libros, cajas, muebles, ropas, aparatos
náuticos, papeles y mil cosas más, cuyo destino desconocía Pachín
González en su ignorancia de aldeano de tierra adentro. Por eso
prestaba suma atención á lo que se hablaba á su lado; y cuando de
este modo no salía de sus dudas, se atrevía á preguntárselo á algún
colateral, que nunca le negaba la respuesta. Así supo que unas cuantas
personas que estaban agrupadas sobre el muelle y muy cerca del vapor,
eran el gobernador civil, y los ingenieros del puerto, y el comandante
general, y el coronel de las fuerzas que prestaban servicio afuera con
la Guardia civil, cuyo jefe estaba allí también, y el de Marina, y el
alcalde... en fin, todas las autoridades de la ciudad y de su puerto;
jefes y autoridades que á lo mejor desaparecían en el barco ó entre las
muchedumbres, porque en nadie había allí sosiego, ni para nadie puesto
fijo ni punto de reposo. Se cruzaban á gritos muchas veces, entre los
del barco y los de afuera, las órdenes y las respuestas; tan á gritos,
que las entendía Pachín perfectamente, y siempre parecían mayores
las inquietudes en los hombres que pudieran llamarse _de casa_, con
relación al barco, que en los extraños que contendían con ellos.
Entre tanto la hoguera continuaba rugiendo y devorando, sin crecer
ni menguar en la apariencia, como si de los elementos mismos que
contra ella se empleaban, se nutriera su voracidad. Algunas veces,
sin embargo, se acentuaban los mugidos del incendio, se estremecían,
alargándose, las llamaradas, y salían las columnas de humo entre
guirnaldas y ramilletes de pavesas crepitantes. No parecía sino que
andaba hozando algún monstruo en los profundos de aquel enorme brasero.
¡Aquel brasero! Precisamente era el tema que más daba que hablar á los
curiosos inmediatos á Pachín. ¿De qué se alimentaba aquel brasero?
¿Cómo se concebía que siendo de hierro el casco del vapor, de hierro
su costillaje y armadura, de hierro, según se decía, la mayor parte de
la carga que contenía en la bodega incendiada, llevara ya el incendio
más de cuatro horas, sin la menor señal de extinguirse, á pesar de los
esfuerzos con que se le combatía?
En estas investigaciones se andaba, cuando la hoguera dió un respingo
de gigante, arreciando hasta lo espantable sus mugidos; y coronada
de humo más negro que la pez, que se retorcía y enroscaba sobre sí
propio como una monstruosa sierpe enfurecida, se elevó en el espacio á
grande altura. Fué aquello como un huracán que barrió de gente toda la
planicie, con la heroica excepción de los imperturbables centinelas,
á quienes el deber obligaba á permanecer en sus puestos á pie firme.
Todos los curiosos huyeron á la desbandada, entre los alaridos de
las mujeres y los ayes angustiosos de los niños, que rodaban por el
suelo arrollados por la muchedumbre despavorida. Porque había allí
niños también, ¡muchos niños! La tarde, por su templanza, serenidad y
hermosura, tentaba á salir de casa; y una vez en la calle, ¿qué mejor
campo de recreo que los terraplenes de Maliaño, con la golosina de un
vapor ardiendo junto á ellos? Así resultó aquel sitio como el fondo de
una sima que se fué tragando poco á poco toda la gente desocupada de la
ciudad.
Pero el fenómeno que había producido la desbandada desapareció en
breves instantes; cesaron los rugidos anormales, descendió la columna
de fuego á su ordinario nivel, y volvieron á atacarla con mayores bríos
los denodados trabajadores, que se habían quedado, en presencia del
fenómeno, con el ánimo suspenso. Todo lo cual alentó á los fugitivos
y les devolvió la tranquilidad y la confianza, fueron saliendo poco á
poco de sus refugios y escondrijos, y avanzando en masas y en hileras
hasta el lugar que les atraía con una fuerza irresistible; y cuando á
él llegaron, ya estaba delante de todos Pachín González con su madre,
pálida, temblorosa y sin pulsos, que le pedía, por todos los santos y
santas del cielo, que la sacara de allí, donde no podía suceder cosa
buena. Además, la tarde iba corriendo demasiado, y no les quedaría,
dentro de poco, el tiempo que necesitaban para lo que tenían que hacer
en el otro vapor, en el _suyo_. Á todo ello respondía Pachín con
muy buenas y muy cariñosas razones; pero no raía de allí: le tenía
fascinado aquel espectáculo, y no quería perderle de vista hasta ver
en qué paraba. Cabalmente llegaba en aquel momento al costado del
vapor otro pequeñito y negro, con gente de uniforme á su bordo, y oía
él decir que eran el capitán, oficiales y parte de la tripulación del
_Alfonso XIII_, del vapor-correo, el de los cuatro palos, fondeado
en la embocadura de San Martín. Pues aquella gente tan marcial y tan
gallarda, con la multitud de aparatos que traía consigo, no vendría
al buque incendiado á humo de pajas. Le pidió á su madre media hora
siquiera para ver los resultados que daba aquel importante refuerzo, y
no supo negársela la pobre mujer.
Desde el momento de la dispersión tumultuosa, no había pasado uno
solo sin que Pachín oyera hablar á su lado de las causas probables
de aquel inesperado é instantáneo embravecimiento de la fogata, y de
lo mismo continuaba hablándose junto á él á la vuelta de las oleadas
de dispersos. También observó que por un buen rato después de aquel
alarmante caso, hubo menos tranquilidad en los espectadores, él
inclusive. Dominaba la creencia de que había en la bodega incendiada
líquidos y materias inflamables en abundancia: latas de petróleo, por
lo menos. No podían ser de otro origen aquellas tremebundas llamaradas
de antes, cuya humera apestaba «á demonios chamuscados».
Hablándose de esto, fué cuando llegó por primera vez en aquella tarde á
los oídos de Pachín, la palabra _dinamita_. ¡La dinamita! Bien sabía él
lo que era: cansado estaba de verla usar en unas canteras de su pueblo.
Con un cartucho solo de dinamita, se hacía rajas un peñasco más grande
que la Catedral. ¡Y se daba en su derredor, como noticia comprobada
recientemente, la de que en las bodegas del vapor incendiado venían
centenares de cajas de dinamita. ¡Imposible! Cuando menos, debían
saberlo los de á bordo; y sabiéndolo, ¿cómo habían tenido entrañas para
dejar arrimado á la ciudad tan espantoso peligro, pudiendo llevarle
mar afuera? Era esta reflexión tan humana y de buen sentido, que á
Pachín le bastó para no dar crédito á los alarmantes rumores, como no
se le daba la muchedumbre que continuaba creciendo y desparramándose
tranquila y descuidadamente en todas direcciones, desde la estación del
ferrocarril de Solares, hasta los últimos muelles de las escolleras.
Pero donde estaba la mayor espesura, la gran masa de gente, era en los
contornos de los tres lados del vasto rectángulo, cuyo centro ocupaba
el vapor que ardía; rectángulo formado por el muelle longitudinal y
otros dos salientes y perpendiculares á él, y la línea exterior de
embarcaciones de todas castas y tamaños, unas fondeadas allí, y otras
recién llegadas en auxilio del vapor.
De toda la masa de espectadores, lo más curioso para Pachín era la
primera fila de ellos, sentados al borde de los tres muelles y con las
piernas colgando. La mayor parte de este apretado festón se componía
de chicuelos de la hampa de la ciudad, «chicos de la calle», sin
apego al hogar (los que le tienen) y á toda casta de disciplinas, las
del maestro de escuela en particular; vagabundos empedernidos por las
intemperies y los vicios precoces, y para los cuales un espectáculo
como aquél, tan imponente y duradero, es un manantial inagotable de
regocijos, y además «de ellos» y «para ellos», que no tienen otros
que los de la vía pública, y de balde. Agitando las desnudas piernas
sin cesar, parecían éstas los flecos de una colgadura de balcón
movidos por el aire; porque la colgadura, con relación á estos adornos
flotantes, la fingían bastante bien las apretadas hileras de gente
que se escalonaba detrás, levantándose sobre las puntas de los pies
ó encaramada en las grúas, ó en las estibas de tablones, ó sobre las
pilas de grava del arrecife inmediato. En miles calculaba Pachín las
personas de que se componía esta gran muralla, coronada á trechos por
las rizosas cabecitas de los niños, alzados en hombros de sus _zagalas_
para ver «la quema», una vez sola y á su gusto.
Detrás de la muralla había otra muchedumbre, pero errabunda y dispersa,
con la atención repartida entre las peripecias del incendio, las
hipótesis de sus motivos y los encantos del paseo en un lugar tan
animado y á la luz esplendorosa y tibia de la tarde otoñal más
apacible que pudiera apetecerse... En suma: que por ninguno de los
términos del cuadro que dominaba Pachín desde su sitio, volviendo la
cabeza á diestro y siniestro, ó empinándose sobre los pies cuando
miraba hacia atrás, veía señales de temor al denunciado y formidable
enemigo; al contrario, todo en su derredor y al alcance de su vista
revelaba el más profundo descuido: hasta las palpitaciones y respingos
de la fogata, por repetirse á menudo, habían dejado de ser temibles y
empezaban á ser divertidos; al borde del muelle, junto al vapor mismo
que se quemaba, el corrillo de autoridades departiendo con la mayor
tranquilidad, y voltejeando á pocas varas del buque, embarcaciones
atestadas de gente que no hacía falta ninguna allí. Se había visto
poco antes sacar del barco varias cajas; apilarlas una por una y con
gran tiento en el sitio más despejado del tablero; llegar después un
carro de bueyes, cargar las cajas en él y llevarlas así, pero con mucho
cuidado y custodiadas por dos policías, en dirección á las afueras de
la ciudad; y, por último, había corrido la voz de que aquellas cajas
eran _la única_ dinamita que conducía el barco en sus bodegas.
--Todos teníamos un poco de razón--se dijo entonces Pachín, como se
dijeron cientos, miles de personas tan interesadas como él en aquel
delicado particular.--Había _un poco_ de dinamita: se ha sacado, y en
paz.
De esta sesuda reflexión había nacido la tranquilidad absoluta en que
descansaban hasta los más recelosos; y en medio de ella continuó el
incendio largo, larguísimo rato, dando que mirar á los incansables
espectadores, y mucho, muchísimo que hacer á los que llevaban horas y
horas combatiéndole sin fruto y sin descanso.
La pobre viuda aldeana, cuyos terrores habían ido trocándose poco á
poco en indiferencia y después en cansancio, no sabía ya sobre qué pie
sostenerse, y eso que se apuntalaba con el paraguas; y volvía á pedir
por Dios á su hijo que la sacara de allí: aquello no llevaba trazas
de rematarse ni de pasar _á mayores_; ella no podía ya con el cuerpo;
habían dado las cuatro en el reló de la Catedral, y se iba acabando la
tarde sin hacer los dos lo que tenían que hacer en el _su_ barco, que
era urgente y de importancia.
--La pura verdad, la pura verdad,--respondía Pachín á su madre, pero
sin moverse del sitio ni apartar los ojos del incendio, en cuyo
derredor, lo mismo que sobre el puente y en los portillos de la obra
muerta, acababa de notarse un desusado movimiento entre las personas
que allí mandaban y servían.
Al cabo, también esto perdió el interés por lo continuo y duradero;
llegó á cansarse de veras Pachín, y dijo de pronto á la entumecida y
buena mujer, precisamente en el instante en que el reló de la Catedral
daba las cuatro y media:
--Vámonos, madre, y antes con antes, al _nuestro_ barco, porque _lo_ de
éste ya dió de sí todo lo que tenía que dar.
Dicho esto, cogió de un brazo á su madre, y sin soltarla, abrió
brecha en el muro de gente por el intersticio más próximo, y pasó á
la otra parte, desde la cual, y no bien puso los pies en ella, oyó un
golpeteo, como de grandes martillazos sobre láminas de hierro. Detúvose
á recoger unos rumores que venían de hacia el sitio mismo que él
había abandonado, y averiguó por ellos que se intentaba, como último
y supremo recurso adoptado por los hombres que lo entendían, abrir un
boquete en el casco del vapor para echarle á pique y apagar el incendio
de un solo golpe.
--Hay que ver eso, madre--dijo entonces Pachín,--porque ha de ser cosa
de verse y de poca espera.
Arguyóle en contra su madre, y hasta duramente; pero no le convenció.
Lejos de ello, sin soltarla de la mano ni replicar una palabra,
intentó atravesar de nuevo el muro de gente para volver á la primera
fila; pero hallándola demasiado compacta y resistente, desistió de su
empeño; volvió entonces los ojos en derredor, descubrió una estiba de
maderos que tenía _plazas_ desocupadas, corrió hacia allá, ocupó una de
ellas y brindó con otra á su madre, que prefirió quedarse abajo, de pie
y refunfuñando.
Desde aquel pedestal dominaba Pachín el espectáculo á todo su gusto,
porque sin el menor esfuerzo veía, no solamente el barco, sino la
muchedumbre que llenaba el escenario vastísimo de aquel drama que
parecía no tener fin, como la paciencia de sus espectadores, en los
cuales crecía la curiosidad á medida que continuaban los martillazos
en el vapor, cuya sumersión se aguardaba de un instante á otro.
Pero pasaban los minutos, y el barco no se iba á pique, y hasta se
amortiguaba el martilleo, del que llegó á parecer un eco el tintinar
de la campana de un tren de pasajeros que arrancaba lentamente de la
estación de Solares.
Con estas dilaciones y con acreditarse el rumor de que se había
abandonado el intento de echar el barco á pique, se le acabó al fin la
paciencia á Pachín González; enderezóse de pronto como si le hubieran
dado el impulso las campanadas del tren, que ya sonaban á su espalda;
bajó el primer escalón de la tosca gradería, y dijo mientras se
disponía á dar un brinco para saltar de una vez:
--Tenía usté razón, madre: esto no se acaba. Vám...
Lo que cortó la palabra en la boca de Pachín, y la respiración en sus
pulmones, y hasta el circular de la sangre en sus arterias, no tiene
nombre en ninguna lengua conocida. En la pobre fantasía de los hombres
no hay término de comparación para el sonar de aquellos dos estallidos,
casi simultáneos; para aquel cráter horrible que se abrió con ellos;
para aquella inmensa columna de fuego que se elevó al espacio y en cuya
cima humeante flotaban, entre denegridas espirales, cuerpos humanos;
para aquella infernal metralla de candentes y retorcidos hierros que
vomitaron los senos del vapor entre infectas oleadas de cieno del fondo
de la mar, sobre las apiñadas, desprevenidas é indefensas multitudes;
para el color extraño de aquella luz que se enseñoreó del aire,
empañando la del sol que corría á precipitarse en el ocaso como si
huyera de alumbrar tantos desastres acumulados en tan reducido lugar y
en tan breve tiempo.
De nada de ello se dió Pachín cuenta cabal. Se sintió de pronto como
invadido de una pesadilla, y soñó que salía volando de la pila de
maderos, y que, volando á flor de tierra, con velocidad y fuerza
prodigiosas, iba arrollando con su propio cuerpo, pero sin tocar en
ellas, masas de gentes que se inclinaban y caían á su paso, como al del
vendaval enfurecido los verdes maizales en las mieses de su aldea.
* * * * *
Al despertar de aquel sueño, ó lo que fuera, no supo explicarse por
qué estaba él tendido á la larga entre un carro hecho astillas y un
caballejo perniquebrado y expirante. Le faltaba casi en absoluto la
memoria: no conservaba en ella otro recuerdo que el de un «tronido»
muy fuerte y el de una llamarada tremebunda. ¿Cuánto tiempo llevaba
en aquel sitio y de aquel modo? ¿Un minuto, una hora, meses, años?
¿Había nacido allí mismo y para aquello solo? Sentía gran quebranto
en su cuerpo, dolor agudo en algunas coyunturas, y escozor vivo en el
cogote. Maquinalmente, y no sin dificultades, se incorporó, y también
maquinalmente se llevó las manos á la cabeza, porque en su nueva
postura se le desvanecía algo. Al retirarlas después, las vió teñidas
de sangre, y había también un charco de ella á su lado, charco que
se alimentaba con la del perniquebrado caballejo que espiraba entre
convulsiones y quejidos. Al enterarse de ello Pachín, descubrió su
vista azorada, un poco más allá del caballo, un hombre tendido en el
suelo, con la boca contraída y muy abierta, los ojos encandilados, y
ceniciento el color de la faz; tenía un brazo de menos y una pierna
destrozada. Esta visión produjo en el pobre chico un sacudimiento
feroz, instantáneo; quiso huir de allí, por instintivo terror, y para
suplir la agilidad que le faltaba y levantarse pronto, se agarró con la
diestra mano á una de las curvas espirales de una larga pieza de hierro
que había entre él y las astillas del carro; pero no bien lo hubo
hecho, cuando lanzó un grito de dolor, retirando la mano y levantándose
de un brinco por su propio esfuerzo. Aquel hierro abrasaba.
Sin apartar aún su vista del reducido espacio en que tan extrañas cosas
le rodeaban y sucedían, puso y clavó toda su atención en ellas, porque
notaba que iba despertándosele en las regiones de la inteligencia algo
que estuvo dormido poco antes, y quería darse exacta cuenta de lo que
le estaba pasando. Aquel hombre y aquel caballo, muertos, y no sólo
muertos, sino destrozados; el carro hecho astillas junto á un hierro
candente y retorcido; entre él y el carro y los cadáveres y el hierro
caprichoso, sembrado el suelo de las cosas más raras é inconexas:
clavos de herradura, fundas de cartuchos de fusil...; aquel recuerdo,
único de su memoria: el «tronido» y la llamarada... Asociando estas
ideas y eslabonándolas bien unas en otras, Pachín llegó á preguntarse,
haciendo hincapié en la más luminosa y firme: «¿qué hacía yo cuando
sentí el tronido ése y vi la llamarada?» Y sin gran esfuerzo de su
retentiva, consiguió responderse, adquiriendo una idea más y trabándola
en la cadena de las otras: «ver un vapor que se estaba quemando».
Con este recuerdo solo se abrieron de par en par las puertas de su
memoria, y se le fueron despertando en el cerebro, una por una, todas
las dormidas ideas: las peripecias del incendio, las muchedumbres de
curiosos, los rumores alarmantes esparcidos entre ellos, los sitios que
él ocupó... Y de ésta, de ésta nació la otra idea, la idea terrible,
la que le dejó frío y sin alientos, como le había dejado el estallido
del vapor: la idea de su madre que le acompañaba entonces. ¿Por qué
no estaba ya á su lado? ¿Á dónde había ido á parar? ¿Qué habría sido
de ella? ¿Qué fuerza los separó al pie de la estiba de maderos donde
habían estado juntos los dos? ¿Viviría, por milagro del cielo, como
él vivía? ¿Habría sido muerta, destrozada quizás, como aquel otro
desdichado?... Y el infeliz temblaba de pies á cabeza; se golpeaba el
cuerpo con los puños cerrados; sentía un hormigueo punzante y frío
debajo de la piel, que le volvía loco de inquietud, y como un loco
gritaba revolviendo en torno suyo los ojos desencajados: «¡Madre!...
¡Madre!... ¡Madre mía de mi alma!». Quería correr en su busca; pero
no sabía en qué dirección, al tender la mirada codiciosa por la vasta
llanura que poco antes había visto él colmada, repleta, de gentes
_vivas_ y regocijadas, y que ahora... ¡Dios santo! ¡Dios de las grandes
misericordias!... ¡qué espantoso le pareció todo aquello que veía! Como
si hubieran pasado huracanes y terremotos por allí, todo era campo de
desolación y muerte, ruinas, escombros y cadáveres entre el silencio y
la inmovilidad imponentes de los grandes desastres consumados. Cuanto
quedó con vida y movimiento al consumarse aquél, había huido muy lejos
con el espanto en el alma y la angustia en el corazón... Pero algo
vivía aún en aquella región del exterminio inclemente y bárbaro; algo
puesto allí como de intento para dar al cuadro una nueva tinta de
horror; algo que rebullía sobre la tierra aquí y allá, y cuyos debían
ser los ayes de agonía que llegaban á los oídos de Pachín, como si el
aire se los fingiera para recordarle el martirio de su madre.
Él parecía ser el único vivo y sano en aquella región de muertos
insepultos; él, Pachín González, el mísero aldeanuco recién llegado
á la ciudad, forastero y pobre en ella, desconocido de todos los
supervivientes de la gran catástrofe. ¿Á dónde y hacia quién volver
los ojos para pedir ayuda ó consejo en el amargo trance en que se
hallaba?... ¿Quién oiría en aquel negro páramo sus lamentos? ¿Quién
daría valor á su desventura sin ejemplo, delante de tan enorme cúmulo
de ellas?... ¡Jamás hubiera creído que podían llegar á extremos tales
la soledad y el desamparo de un hombre sobre la tierra!...
Y el pobre muchacho comenzó á llorar de pesadumbre... y de miedo.
Pero el amor de hijo, sobreponiéndose en él á todo, le devolvió la
energía de su espíritu, hasta con dobladas fuerzas; y, sin enjugarse
las lágrimas, se lanzó á la empresa con una decisión que rayaba en lo
desesperado.