Dinah.
Al salir de la audiencia encontré al cuácaro que me felicitó por mi
habilidad; este cumplimiento me hizo un placer mediócre. Humbug, al
contrario, no me dijo nada; hubiera preferido sus reproches; creo que en
aquel momento su cólera me habria hecho bien.
Fox me esperaba en la calle; sus rasgos contraidos, sus ojos brillantes,
revelaban una pasion que ya no puede contenerse.
Debeis estar satisfecho, gritó de lejos en cuanto me vió. Habeis obtenido
un triunfo, una victoria que os honra. Espero no ser el último que os
haga justicia. No faltará un diario que glorifique la elocuencia y la
doctrina del señor _attorney_ jeneral. Un Jeffries, en América, es un
mónstruo nunca visto, que no se verá nunca; es menester admirarlo cuanto
antes.
--Por lo demas, añadió, furioso de mi silencio y cerrando los
dientes,--lo ocurrido no me asombra. No hay nada tan cruel como las
jentes que tienen pesares domésticos, es una raza sin piedad.
--Pesares domésticos, dije alzando los hombros. Habeis perdido el juicio,
señor Fox; habeis olvidado la persona con quien hablais?
--De veras! repuso recalcando, me parece que hablo con el dichoso padre
de la muy amable Susana.
La cara de aquel hombre me espantó; su risa diabólica me heló hasta en la
médula de los huesos.
--Callaos, le dije, os prohibo pronunciar un nombre que todos deben
respetar.
--Vá! contestó con desdeñosa sonrisa, vaya una severidad fuera de lugar.
--Miserable, esclamé cojiéndole del cuello, esplícate ó te deshago aquí
mismo.
--Señores, dijo el abogado procurando desacirse, os hago testigos de esta
violencia. Señor Humbug, vos me hareis justicia!
--Sin duda, dijo el majistrado. Pedidme indemnizacion de daños y
perjuicios por esa respuesta un poco viva, os acordaré un dollar. Pero si
el doctor os reclama á su vez tres ó cuatro mil dollars, os prometo no
perdonaros ni un centavo. Será para mí un placer castigar la calumnia.
--La calumnia! esclamó Fox, echando espuma de rábia. A donde vá todos
los dias esa preciosa señorita, cuyo nombre no puede pronunciarse? Tengo
yo la culpa, de que todas las mañanas, cuando vá al palacio, se la vea
introducirse misteriosamente en una de las casas menos respetables de
la ciudad? A quien puede visitar en la célebre calle del _Laurier_ la
honorable hija del honorable _attorney_ jeneral? Hace algunas horas
que yo la he visto entrar allí; supongo que allí estará aun porque
ordinariamente se detiene bastante rato. Acusadme ahora de calumnia,
doctor, será un escándalo divertido; me vengaré.
Caí en brazos de Humbug. Mi hija insultada! mi Susana difamada! El golpe
era demasiado terrible, demasiado violento para un padre. Mi vista se
nubló; mi cuerpo temblaba, y el dolor y la cólera me ahogaban. Por fin
lloré,--lágrimas de rábia y de desesperacion, que sin dulcificar mi pena,
me devolvieron un poco de imperio sobre mis sentidos y me permitieron
hablar.
--Señor, dije á Fox, la calle del _Laurier_ está á dos pasos de aquí;
vais á seguirme. Humbug, vos vendreis conmigo. Señor Seth, no me
abandoneis; sobre todo no dejeis que ese hombre huya, es menester que
justicia sea hecha, y justicia se hará.
--Tranquilízate, amigo Daniel, repuso el cuácaro, los tres te
acompañaremos. Recalcó sobre estas últimas palabras: _los tres_, miró al
abogado de piés á cabeza, y, arremangándose sus puños, se puso á blandir
en el aire una vara de verga que tenia en la mano.
--Señores, dijo Fox con risa sardónica, estoy á vuestras órdenes. Notad,
os lo suplico, que no soy yo quien se empeña en un paso que dará que
sentir á cierta persona. Aun es tiempo de deteneros; yo no soy cruel;
pero os prevengo que una vez dentro de esa casa, no saldré de ella,
cualesquiera que sean vuestras súplicas y vuestras lágrimas, sino con la
firme resolucion de decir cuanto haya visto.
--Vamos, señor, le dije, me importa un bledo vuestra piedad. Yo caminaba
como un beodo apoyándome en el brazo de Humbug.
--Sospechar de tí, Susana mia y con mi consentimiento, nunca, jamás!
Creo en tu pureza como en la de los ánjeles; pero la seguridad de aquel
hombre me turbaba. Temia un golpe imprevisto, una emboscada, un lazo, qué
sé yo? Ay de mí! cuando se ama, no se tiene coraje sino para sí mismo.
--Esta es la casa, dijo Fox, y aquí teneis al propietario. Levanté la
cabeza; la casa tenia una mala apariencia. Una entrada sombría y húmeda,
unas paredes negras, unos cristales rotos reemplazados por pedazos de
papel, unos arambeles en las ventanas, eran mas que pobreza,--eran
el desórden y la suciedad del vicio. Susana en aquella guarida! era
imposible.
En el umbral de la puerta estaba un hombre despechugado. Tenia las manos
en los bolsillos del pantalon, fumaba su pipa y miraba á los pasantes,
con toda la insolencia de un pillastre, desocupado. Al vernos, alzó su
sombrero desfondado y echándose sobre mí me tomó las dos manos con una
ternura que me hizo horror. Era Paddy, medio borracho, hediendo á vino y
tabaco.
--Buen dia, mi salvador, gritó; cuánto os agradezco que vengais á
ver á un amigo. Entrad, señores; si un vaso de ginebra no os asusta,
encontrareis con quien hablar.
--Paddy, le dije, os pertenece esta casa?
--No, mi salvador, contestó riendo; si este palacio fuera mio, ha tiempo
que lo hubiera bebido. Pertenece á mi mujer; es lindo, no es verdad?
--Alquilais cuartos amueblados? le dije, mostrándole un cartelon.
--Para serviros doctor.
--A quién alojais en esta casa? preguntó Humbug con tono severo.
Parroquianos de mi tribunal?
--Mi juez, dijo el borracho tartamudeando,--no soy bastante rico para ser
severo; á la fortuna se la toma cuando se la halla, y á la virtud se la
atrapa cuando se puede.
--Quién vive en el cuarto del primer piso, preguntó el abogado con aire
picarezco.
--Que te importa á tí, charlatan? respondió el borracho. Eres tú quién
pagas?
--Contestad, dijo Humbug; no olvideis que estais delante de un majistrado.
--Nada tengo que temer, dijo el Irlandés muy conmovido.
Debeis comprender, mi juez, que, en un cuarto de tres dollars por semana,
y pagados de antemano no puede vivir sino jente honrada. Es una dama la
que vive en el primer piso; y añadió á media voz, una linda dama, dulce,
política, poco exijente, la perla de la casa.
--A quién recibe? continuó Humbug, que me veía palidecer.
--Perdonad, mi majistrado; aquí no estamos en la audiencia. La América
es un pais libre, y en pagando, cada cual hace lo que quiere. Si alguien
pasa por esa puerta, no se le mira; y si se le mira no se le vé.
--No os hagais el ignorante, dijo Fox. Pensad que tengo hecho poner en la
cárcel á mas de uno que valia mas que vos. Hace una hora, he visto entrar
en esta avenida á una jóven rubia, con vestido de seda negra y sombrero
de paja; á dónde iba?
Paddy, intimidado, acercóse á mi implorando mi socorro.
--Amigo mio, le dije, tened la bondad de contestar, seguro de que no
tenemos ninguna mala intencion; yo recompensaré vuestra complacencia.
--Mi salvador, dijo, para vos yo no tengo secretos; me habeis socorrido
en mis trabajos y soy Irlandés, está dicho todo. Me arrojaria al fuego
por vos.
--En nombre del cielo, murmuré dándole algunos dollars, hablad, me estais
haciendo morir.
--En bien, doctor, repuso, todos los dias á la misma hora esa señorita
rubia viene á ver á la jóven que vive en el primer piso. Ahora está
arriba.
--Me parece que mi presencia es inútil, dijo Fox con tono irónico; el
_attorney_ jeneral ya no tiene necesidad de mis servicios.
--Señor, le dije, con jesto amenazador, os confundiré por vuestras
indignas sospechas.
Ay Dios! yo hablaba asi para engañarme á mí mismo; no sabia que creer,
estaba desesperado. Humbug me tomó de la mano, y entré con él en aquella
caverna lo mismo que un hombre que corre en busca de la muerte.
La puerta del primer piso estaba abierta. Habia una pieza de entrada y
una especie de cocina, sin cortinas ni muebles. Me detuve para tomar
aliento, contando los latidos de mi corazon. Seth se aseguró de que el
abogado nos habia seguido; cerró en seguida la puerta sin ruido y puso la
llave en su bolsillo. Nada teniamos ya que temer de los importunos.
Yo no estaba en estado de hablar; hice seña á mis compañeros de
permanecer en su puesto y penetré sijilosamente hasta la entrada del
segundo cuarto.
Frente á mí, y dándome la espalda estaba una mujer recostada en un viejo
sofá, y á sus pies, sentada en un taburete de paja una niñita. Al lado de
esta, Susana tenía la Biblia en la mano y leía piadosamente lo que sigue,
que era escuchado con atencion.
“Me han cargado de iniquidades y en su cólera me han aflijido con sus
persecuciones.”
“Mi corazon se ha turbado en mi interior, y el temor de la muerte se ha
apoderado de mi.”
“He temblado de horror y me he envuelto en las tinieblas.”
“Y he dicho: quién me dará alas como á la paloma para poder volar y
reposarme?”
“Me he alejado huyendo y he permanecido en la soledad.”
“Espero á Aquel que me ha salvado de mi abatimiento y del temor de mi
espíritu, y de la tempestad.”
--Oh Susana mia! esclamó la desconocida, despues de Dios tú eres quien me
salva la vida. Cuánto bien me hacen tus palabras! tú, al menos, tú no me
has abandonado.
Me olvidas á mi, dijo la niña.
No, mi queridita, repuso la jóven; tú eres la única que en la Escuela
del Domingo se ha apercibido de mi ausencia; y, en mi familia, quién se
acuerda de mi?
La niña saltó al cuello de su maestra y las tres mujeres se abrazaron
llorando.
Será que hay contajio en las lágrimas? Será que la emocion era demasiado
fuerte para mi? no lo sé; pero fuera dolor ó placer, el hecho es que al
contemplar aquella escena no pude contener mis sollosos.
--Padre mio, esclamó Susana, vos aquí! porqué casualidad?
--Querida mia, la dije estrechándola contra mi corazon y procurando
ocultar mis lágrimas,--los padres son cariñosos; hay dias en que no
tienen que arrepentirse de averiguar donde van sus hijas.
--La curiosidad es un feo defecto, dijo Susana, amenazándome con el
dedo. Un padre bien enseñado le diria á su hija:--La señorita me
permite acompañarla?--Y sin hacerse rogar, la señorita tomaria el
brazo de su padre, como yo lo hago ahora; le conduciria ante una pobre
jóven que tiene necesidad de apoyo, y le diría, haciéndole una linda
reverencia:--Doctor Smith, os pido vuestra amistad para mi querida Dinah.
--Señor, dijo la estranjera, tomándome las manos, bendecidla, es mi ángel
salvador.
Habíase levantado al hablar y la sonrisa asomaba de nuevo en su pálido
rostro, cuando de repente lanzó un grito terrible, y volvió á caer en el
sofá, toda temblorosa y bajando la cabeza.
El cuácaro estaba delante de ella y cruzados los brazos mirábala con aire
furioso.
--Perdon, hermano mio, murmuraba la infeliz, ten piedad de mí!
--Así es como cumples tu palabra! dijo Seth; tu madre te cree en camino
para California; te ha bendecido al partir; será menester que te retire
su bendicion?
--Seth, dijo la jóven anegada en lágrimas, partí, pero el valor me faltó:
tengo necesidad de mi madre y de los que me aman.
--Dí pues, que tenias necesidad de verlo y de perderte.
--No, no, gritó ella, soy una muchacha honrada, él no sabe que estoy
aquí, no lo sabrá nunca. Solo he visto á mi buena Susana.
--Y qué quieres hacer? repuso el cuácaro con una dureza que me lastimó.
Tú lo sabes, en casa ya no hay pan para tí.
--Seth, repuso, no me abrumes; no seré en adelante una carga para vos.
Susana me ha proporcionado un puesto de maestra de escuela en un arrabal
donde nadie me buscará. Viviré de mi trabajo, solo te pido poder ir una
vez por semana á abrazar á mi madre y volver á ver nuestra casa.
En medio de las escenas familiares, nada hay tan embarazoso como la
presencia de un tercero; me retiré con Humbug, cuando en el fondo de la
primera pieza, en un rincon oscuro, apercibí á Fox, que contemplaba un
grabado ahumado. Era el retrato de _Monarca_ hijo de Eclipse, vencedor
del Derby en 1812. Confundir á un pícaro y gozar de su confusion es un
doble placer; así no me hice el menor escrúpulo en saherir al calumniador.
--No os creía tan aficionado al _Turf_, le dije. Despues de cincuenta
años los laureles del _Monarca_ le impiden hablar al mas célebre abogado
de Massachusetts, qué maravilla! vamos, si es cosa de ponerlo en los
diarios.
--Por piedad, Doctor, murmuró él, hacedme salir.
Su rostro estaba tan alterado y su voz tan débil que en verdad me dió
lástima.
No le creía capaz de tantos remordimientos. Hé ahí, pensaba yo cuan mal
se juzga á las jentes. Imajínase que los abogados no son sensibles sino
por cuenta de otros. Qué error!
Iba á entrar en el cuarto para pedirle á Seth la llave que habia
guardado, cuando el cuácaro salió bruscamente, seguido de su hermana toda
descabellada y á quien rechazaba con desprecio. Susana lloraba á lágrima
viva; Humbug intentó interponer algunas buenas palabras; todos estábamos
conmovidos; Fox solamente habia vuelto á su admiracion por _Monarca_;
inmóvil y mudo, hubiérase dicho que queria hundirse en la pared.
--Te lo repito de nuevo, gritó el cuácaro procurando desasirse de las
manos crispadas que le detenian de su vestido, las últimas palabras: “Tú
no volverás á esta casa sino del brazo de un marido.” Puesto que ese
bello desconocido te ha prometido casamiento, házle que cumpla su palabra.
--Es un pleito, esclamé; vamos, dichoso vengador de la inocencia, vamos,
maese Fox, hé aquí el momento de mostraros.
Si un rayo hubiera caido á mis piés, no me habria espantado como la
esplosion que se siguió á mi impertinente chanza. Apenas fijó Dinah sus
ojos en el abogado, se enderezó como una loca riendo y llorando á la vez:
--Gabriel, gritó, mi Gabriel! Hélo aquí, hermano mio, hélo aquí!
No comprendí una palabra de aquella tempestad que acababa de
desencadenar; el cuácaro era mas intelijente. Mientras que Dinah se
echaba al cuello de su Gabriel, Seth hacia jirar sobre su regaton la vara
de verga; y acercándose á Fox que palidecia visiblemente:
--Amigo, le dijo, con tono poco tranquilizador, vuelve en tí y esplícate:
espero.
Entre las ternezas de la hermana y las amenazas del hermano, el abogado
ponia una cara tan aflijida que me alegré de ello. El hombre natural
es un animal malo; no vasta el Evanjelio para hacernos amar á nuestros
enemigos.
Humbug era mejor cristiano que yo.
--Señores, dijo con voz grave y dulce; creo que ha llegado mi turno. En
un negocio tan delicado, la última palabra pertenece al majistrado:
_Nec Deus intersit, nisi dignus vindice nodus_
_Inciderit._
Querido Fox, no dudo de vuestras intenciones. Si os pidieran consejo
en semejante caso, sin duda responderíais que un pleito por ruptura
de promesa tendria para el abogado contra quien lo entablaran las mas
enojosas consecuencias; seria no solo una pérdida de fortuna, sino la
ruina de una clientela, hasta la obligacion quizá de cambiar de pais. ¿No
es esa vuestra opinion?
--Sí, murmuró Fox suspirando.
--¿Tendré necesidad de agregar, continuó el exelente Humbug, tendiéndole
la percha al ahogado,--tendré necesidad de agregar,--que un hombre como
vos no tiene que inquietarse de esas consideraciones, por graves que
sean? ¿Que le basta haber empeñado su palabra para cumplirla, no es
verdad?
--Sí, dijo el abogado suspirando de nuevo; siempre he amado á Dinah: lo
que me detenia, son dificultades que....
--Que ya no existen, interrumpió Humbug. Hénos á todos de acuerdo. Esto
vá á concluir como en las buenas comedias: amor, lágrimas é intrigas en
los primeros actos, y por desenlace casamiento.
Fox abrazó á Dinah de bastante mala gana, y le tendió la mano al cuácaro;
Dinah, ruborizada de placer, corrió hácia Susana.
--Amiga querida, la dijo, á tí debo mi felicidad. Y á tí tambien hija
mia, díjole á la niñita, que ya palidecia de celos.
--Todo está muy bueno, dijo Seth, que ya se iba á las nubes. Pero puesto
que estamos aquí y que tenemos al señor juez de paz, nada impide que se
estienda el acta de casamiento sobre tablas.
--Con mucho gusto, dijo Humbug; la señorita Susana nos servirá de
escribano.
Decir y hacer fué todo uno; yo creía que semejantes uniones no eran
buenas sino en el teatro, donde se deshacen entre telones; suponia que el
último tabelion estaba encajonado hacia mucho tiempo; pero en América se
está siempre tan apurado que se ha conservado la vieja usanza. Una vez
de acuerdo los enamorados, no hay necesidad de parientes ni de notario.
Dos sí pronunciados ante un juez de paz os casan hasta la eternidad. La
voluntad es todo,--la formalidad nada. Aquellas jentes no tienen el gusto
de la ceremonia.
Con qué placer salí de aquella casa donde habia entrado con el corazon
turbado! Paddy hizo una cosecha de dollars como para perder la cabeza
durante todo una semana. Jamás la calle del _Laurier_ se habia visto
favorecida por tan honrada y alegre compañia. Yo presidí el cortejo
con mi Susana, la cual daba la mano á su pequeña protejida; Humbug
y Seth formaban la retaguardia; entre nosotros caminaba la nueva
pareja,--Dinah, risueña como la aurora, Fox, cabisbajo.
Honteux comme un renard qu’une poule aurait pris.
Mas cuando somos felices muy pronto se bebe un poco de verguenza. Si
el imprudente habia jugado al amor con demasiada lijereza, de qué modo
era castigado por su falta? Casándose con una mujer encantadora. A este
precio inocentes conozco yo que se harian criminales.
Era menester preparar á la madre de Dinah para la vuelta de su hija;
era menester tambien que Fox anunciára su casamiento á sus amigos,
disponiendo su casa. Mientras llegaba el gran dia, Susana se llevaria
consigo á Dinah; á mi me estaba reservado el papel de padre y de tutor:
la dichosa tontera que habia hecho me daba algun derecho á ello.
Devolvióse á Fox un resto de libertad de que no podia abusar, y toda la
comitiva hizo alto en mi casa; aquello fué una fiesta, nunca se comió
mas alegremente. Marta abria una boca como un horno, y suspiraba como un
volcan admirando y sirviendo á su cuñada; Susana y Alfredo tenian siempre
alguna cosa que decirse al oido; solo Dinah era admitida como tercero
en aquellos misterios, en que se reia sin cesar. Seth devoraba cuanto
habia sobre la mesa, con la satisfaccion de un hombre que ha terminado
un gran negocio y que come en casa ajena. Humbug, que apesar de su
enorme vientre, comia poco y no bebia mas que agua, se desquitaba de su
sobriedad citandome los mas alegres versos de Horacio, este otro bebedor
que cantaba en ayunas los placeres de la embriaguez:
Nunc es bibendum, nunc pede libero
Pulsanda tellus.
En cuanto á mí, recojido en mi mismo, me sentia gozoso, alegre y feliz
como un niño. Pero nada puede dar la medida del contento y animacion de
mi Jenny. No podia estarse quieta, iba, venia, llenaba todos los platos
con _roast beef_[55], papas, jamon, pastel, queso, frutas y tortas,
derramaba á torrentes la cerveza escocesa, el Madera y el vino del Rhin,
para todos los hombres tenia una palabra amable, y una caricia para todas
las mujeres. Un casamiento! era para ella lo mismo que haberse sacado la
loteria grande. Si en la Biblia habia algun versículo que Jenny mirase
como divinamente inspirado entre todos, era la gran palabra que Dios
le dirije á la primer pareja en el Génesis: _Creced y multiplicaos,
diseminaos por la tierra y la sujetad_. La exelente mujer no era ni
Americana ni protestante á medias. El celibato era á sus ojos un crímen,
ó por lo menos una enfermedad que no se podia curar demasiado. Si la
hubieran dejado, no habria consentido ni un soltero en la tierra; me
imajino que habria acabado por casar al Papa con la Italia.