CAPITULO XXV.

Dinah.

Al salir de la audiencia encontré al cuácaro que me felicitó por mi

habilidad; este cumplimiento me hizo un placer mediócre. Humbug, al

contrario, no me dijo nada; hubiera preferido sus reproches; creo que en

aquel momento su cólera me habria hecho bien.

Fox me esperaba en la calle; sus rasgos contraidos, sus ojos brillantes,

revelaban una pasion que ya no puede contenerse.

Debeis estar satisfecho, gritó de lejos en cuanto me vió. Habeis obtenido

un triunfo, una victoria que os honra. Espero no ser el último que os

haga justicia. No faltará un diario que glorifique la elocuencia y la

doctrina del señor _attorney_ jeneral. Un Jeffries, en América, es un

mónstruo nunca visto, que no se verá nunca; es menester admirarlo cuanto

antes.

--Por lo demas, añadió, furioso de mi silencio y cerrando los

dientes,--lo ocurrido no me asombra. No hay nada tan cruel como las

jentes que tienen pesares domésticos, es una raza sin piedad.

--Pesares domésticos, dije alzando los hombros. Habeis perdido el juicio,

señor Fox; habeis olvidado la persona con quien hablais?

--De veras! repuso recalcando, me parece que hablo con el dichoso padre

de la muy amable Susana.

La cara de aquel hombre me espantó; su risa diabólica me heló hasta en la

médula de los huesos.

--Callaos, le dije, os prohibo pronunciar un nombre que todos deben

respetar.

--Vá! contestó con desdeñosa sonrisa, vaya una severidad fuera de lugar.

--Miserable, esclamé cojiéndole del cuello, esplícate ó te deshago aquí

mismo.

--Señores, dijo el abogado procurando desacirse, os hago testigos de esta

violencia. Señor Humbug, vos me hareis justicia!

--Sin duda, dijo el majistrado. Pedidme indemnizacion de daños y

perjuicios por esa respuesta un poco viva, os acordaré un dollar. Pero si

el doctor os reclama á su vez tres ó cuatro mil dollars, os prometo no

perdonaros ni un centavo. Será para mí un placer castigar la calumnia.

--La calumnia! esclamó Fox, echando espuma de rábia. A donde vá todos

los dias esa preciosa señorita, cuyo nombre no puede pronunciarse? Tengo

yo la culpa, de que todas las mañanas, cuando vá al palacio, se la vea

introducirse misteriosamente en una de las casas menos respetables de

la ciudad? A quien puede visitar en la célebre calle del _Laurier_ la

honorable hija del honorable _attorney_ jeneral? Hace algunas horas

que yo la he visto entrar allí; supongo que allí estará aun porque

ordinariamente se detiene bastante rato. Acusadme ahora de calumnia,

doctor, será un escándalo divertido; me vengaré.

Caí en brazos de Humbug. Mi hija insultada! mi Susana difamada! El golpe

era demasiado terrible, demasiado violento para un padre. Mi vista se

nubló; mi cuerpo temblaba, y el dolor y la cólera me ahogaban. Por fin

lloré,--lágrimas de rábia y de desesperacion, que sin dulcificar mi pena,

me devolvieron un poco de imperio sobre mis sentidos y me permitieron

hablar.

--Señor, dije á Fox, la calle del _Laurier_ está á dos pasos de aquí;

vais á seguirme. Humbug, vos vendreis conmigo. Señor Seth, no me

abandoneis; sobre todo no dejeis que ese hombre huya, es menester que

justicia sea hecha, y justicia se hará.

--Tranquilízate, amigo Daniel, repuso el cuácaro, los tres te

acompañaremos. Recalcó sobre estas últimas palabras: _los tres_, miró al

abogado de piés á cabeza, y, arremangándose sus puños, se puso á blandir

en el aire una vara de verga que tenia en la mano.

--Señores, dijo Fox con risa sardónica, estoy á vuestras órdenes. Notad,

os lo suplico, que no soy yo quien se empeña en un paso que dará que

sentir á cierta persona. Aun es tiempo de deteneros; yo no soy cruel;

pero os prevengo que una vez dentro de esa casa, no saldré de ella,

cualesquiera que sean vuestras súplicas y vuestras lágrimas, sino con la

firme resolucion de decir cuanto haya visto.

--Vamos, señor, le dije, me importa un bledo vuestra piedad. Yo caminaba

como un beodo apoyándome en el brazo de Humbug.

--Sospechar de tí, Susana mia y con mi consentimiento, nunca, jamás!

Creo en tu pureza como en la de los ánjeles; pero la seguridad de aquel

hombre me turbaba. Temia un golpe imprevisto, una emboscada, un lazo, qué

sé yo? Ay de mí! cuando se ama, no se tiene coraje sino para sí mismo.

--Esta es la casa, dijo Fox, y aquí teneis al propietario. Levanté la

cabeza; la casa tenia una mala apariencia. Una entrada sombría y húmeda,

unas paredes negras, unos cristales rotos reemplazados por pedazos de

papel, unos arambeles en las ventanas, eran mas que pobreza,--eran

el desórden y la suciedad del vicio. Susana en aquella guarida! era

imposible.

En el umbral de la puerta estaba un hombre despechugado. Tenia las manos

en los bolsillos del pantalon, fumaba su pipa y miraba á los pasantes,

con toda la insolencia de un pillastre, desocupado. Al vernos, alzó su

sombrero desfondado y echándose sobre mí me tomó las dos manos con una

ternura que me hizo horror. Era Paddy, medio borracho, hediendo á vino y

tabaco.

--Buen dia, mi salvador, gritó; cuánto os agradezco que vengais á

ver á un amigo. Entrad, señores; si un vaso de ginebra no os asusta,

encontrareis con quien hablar.

--Paddy, le dije, os pertenece esta casa?

--No, mi salvador, contestó riendo; si este palacio fuera mio, ha tiempo

que lo hubiera bebido. Pertenece á mi mujer; es lindo, no es verdad?

--Alquilais cuartos amueblados? le dije, mostrándole un cartelon.

--Para serviros doctor.

--A quién alojais en esta casa? preguntó Humbug con tono severo.

Parroquianos de mi tribunal?

--Mi juez, dijo el borracho tartamudeando,--no soy bastante rico para ser

severo; á la fortuna se la toma cuando se la halla, y á la virtud se la

atrapa cuando se puede.

--Quién vive en el cuarto del primer piso, preguntó el abogado con aire

picarezco.

--Que te importa á tí, charlatan? respondió el borracho. Eres tú quién

pagas?

--Contestad, dijo Humbug; no olvideis que estais delante de un majistrado.

--Nada tengo que temer, dijo el Irlandés muy conmovido.

Debeis comprender, mi juez, que, en un cuarto de tres dollars por semana,

y pagados de antemano no puede vivir sino jente honrada. Es una dama la

que vive en el primer piso; y añadió á media voz, una linda dama, dulce,

política, poco exijente, la perla de la casa.

--A quién recibe? continuó Humbug, que me veía palidecer.

--Perdonad, mi majistrado; aquí no estamos en la audiencia. La América

es un pais libre, y en pagando, cada cual hace lo que quiere. Si alguien

pasa por esa puerta, no se le mira; y si se le mira no se le vé.

--No os hagais el ignorante, dijo Fox. Pensad que tengo hecho poner en la

cárcel á mas de uno que valia mas que vos. Hace una hora, he visto entrar

en esta avenida á una jóven rubia, con vestido de seda negra y sombrero

de paja; á dónde iba?

Paddy, intimidado, acercóse á mi implorando mi socorro.

--Amigo mio, le dije, tened la bondad de contestar, seguro de que no

tenemos ninguna mala intencion; yo recompensaré vuestra complacencia.

--Mi salvador, dijo, para vos yo no tengo secretos; me habeis socorrido

en mis trabajos y soy Irlandés, está dicho todo. Me arrojaria al fuego

por vos.

--En nombre del cielo, murmuré dándole algunos dollars, hablad, me estais

haciendo morir.

--En bien, doctor, repuso, todos los dias á la misma hora esa señorita

rubia viene á ver á la jóven que vive en el primer piso. Ahora está

arriba.

--Me parece que mi presencia es inútil, dijo Fox con tono irónico; el

_attorney_ jeneral ya no tiene necesidad de mis servicios.

--Señor, le dije, con jesto amenazador, os confundiré por vuestras

indignas sospechas.

Ay Dios! yo hablaba asi para engañarme á mí mismo; no sabia que creer,

estaba desesperado. Humbug me tomó de la mano, y entré con él en aquella

caverna lo mismo que un hombre que corre en busca de la muerte.

La puerta del primer piso estaba abierta. Habia una pieza de entrada y

una especie de cocina, sin cortinas ni muebles. Me detuve para tomar

aliento, contando los latidos de mi corazon. Seth se aseguró de que el

abogado nos habia seguido; cerró en seguida la puerta sin ruido y puso la

llave en su bolsillo. Nada teniamos ya que temer de los importunos.

Yo no estaba en estado de hablar; hice seña á mis compañeros de

permanecer en su puesto y penetré sijilosamente hasta la entrada del

segundo cuarto.

Frente á mí, y dándome la espalda estaba una mujer recostada en un viejo

sofá, y á sus pies, sentada en un taburete de paja una niñita. Al lado de

esta, Susana tenía la Biblia en la mano y leía piadosamente lo que sigue,

que era escuchado con atencion.

“Me han cargado de iniquidades y en su cólera me han aflijido con sus

persecuciones.”

“Mi corazon se ha turbado en mi interior, y el temor de la muerte se ha

apoderado de mi.”

“He temblado de horror y me he envuelto en las tinieblas.”

“Y he dicho: quién me dará alas como á la paloma para poder volar y

reposarme?”

“Me he alejado huyendo y he permanecido en la soledad.”

“Espero á Aquel que me ha salvado de mi abatimiento y del temor de mi

espíritu, y de la tempestad.”

--Oh Susana mia! esclamó la desconocida, despues de Dios tú eres quien me

salva la vida. Cuánto bien me hacen tus palabras! tú, al menos, tú no me

has abandonado.

Me olvidas á mi, dijo la niña.

No, mi queridita, repuso la jóven; tú eres la única que en la Escuela

del Domingo se ha apercibido de mi ausencia; y, en mi familia, quién se

acuerda de mi?

La niña saltó al cuello de su maestra y las tres mujeres se abrazaron

llorando.

Será que hay contajio en las lágrimas? Será que la emocion era demasiado

fuerte para mi? no lo sé; pero fuera dolor ó placer, el hecho es que al

contemplar aquella escena no pude contener mis sollosos.

--Padre mio, esclamó Susana, vos aquí! porqué casualidad?

--Querida mia, la dije estrechándola contra mi corazon y procurando

ocultar mis lágrimas,--los padres son cariñosos; hay dias en que no

tienen que arrepentirse de averiguar donde van sus hijas.

--La curiosidad es un feo defecto, dijo Susana, amenazándome con el

dedo. Un padre bien enseñado le diria á su hija:--La señorita me

permite acompañarla?--Y sin hacerse rogar, la señorita tomaria el

brazo de su padre, como yo lo hago ahora; le conduciria ante una pobre

jóven que tiene necesidad de apoyo, y le diría, haciéndole una linda

reverencia:--Doctor Smith, os pido vuestra amistad para mi querida Dinah.

--Señor, dijo la estranjera, tomándome las manos, bendecidla, es mi ángel

salvador.

Habíase levantado al hablar y la sonrisa asomaba de nuevo en su pálido

rostro, cuando de repente lanzó un grito terrible, y volvió á caer en el

sofá, toda temblorosa y bajando la cabeza.

El cuácaro estaba delante de ella y cruzados los brazos mirábala con aire

furioso.

--Perdon, hermano mio, murmuraba la infeliz, ten piedad de mí!

--Así es como cumples tu palabra! dijo Seth; tu madre te cree en camino

para California; te ha bendecido al partir; será menester que te retire

su bendicion?

--Seth, dijo la jóven anegada en lágrimas, partí, pero el valor me faltó:

tengo necesidad de mi madre y de los que me aman.

--Dí pues, que tenias necesidad de verlo y de perderte.

--No, no, gritó ella, soy una muchacha honrada, él no sabe que estoy

aquí, no lo sabrá nunca. Solo he visto á mi buena Susana.

--Y qué quieres hacer? repuso el cuácaro con una dureza que me lastimó.

Tú lo sabes, en casa ya no hay pan para tí.

--Seth, repuso, no me abrumes; no seré en adelante una carga para vos.

Susana me ha proporcionado un puesto de maestra de escuela en un arrabal

donde nadie me buscará. Viviré de mi trabajo, solo te pido poder ir una

vez por semana á abrazar á mi madre y volver á ver nuestra casa.

En medio de las escenas familiares, nada hay tan embarazoso como la

presencia de un tercero; me retiré con Humbug, cuando en el fondo de la

primera pieza, en un rincon oscuro, apercibí á Fox, que contemplaba un

grabado ahumado. Era el retrato de _Monarca_ hijo de Eclipse, vencedor

del Derby en 1812. Confundir á un pícaro y gozar de su confusion es un

doble placer; así no me hice el menor escrúpulo en saherir al calumniador.

--No os creía tan aficionado al _Turf_, le dije. Despues de cincuenta

años los laureles del _Monarca_ le impiden hablar al mas célebre abogado

de Massachusetts, qué maravilla! vamos, si es cosa de ponerlo en los

diarios.

--Por piedad, Doctor, murmuró él, hacedme salir.

Su rostro estaba tan alterado y su voz tan débil que en verdad me dió

lástima.

No le creía capaz de tantos remordimientos. Hé ahí, pensaba yo cuan mal

se juzga á las jentes. Imajínase que los abogados no son sensibles sino

por cuenta de otros. Qué error!

Iba á entrar en el cuarto para pedirle á Seth la llave que habia

guardado, cuando el cuácaro salió bruscamente, seguido de su hermana toda

descabellada y á quien rechazaba con desprecio. Susana lloraba á lágrima

viva; Humbug intentó interponer algunas buenas palabras; todos estábamos

conmovidos; Fox solamente habia vuelto á su admiracion por _Monarca_;

inmóvil y mudo, hubiérase dicho que queria hundirse en la pared.

--Te lo repito de nuevo, gritó el cuácaro procurando desasirse de las

manos crispadas que le detenian de su vestido, las últimas palabras: “Tú

no volverás á esta casa sino del brazo de un marido.” Puesto que ese

bello desconocido te ha prometido casamiento, házle que cumpla su palabra.

--Es un pleito, esclamé; vamos, dichoso vengador de la inocencia, vamos,

maese Fox, hé aquí el momento de mostraros.

Si un rayo hubiera caido á mis piés, no me habria espantado como la

esplosion que se siguió á mi impertinente chanza. Apenas fijó Dinah sus

ojos en el abogado, se enderezó como una loca riendo y llorando á la vez:

--Gabriel, gritó, mi Gabriel! Hélo aquí, hermano mio, hélo aquí!

No comprendí una palabra de aquella tempestad que acababa de

desencadenar; el cuácaro era mas intelijente. Mientras que Dinah se

echaba al cuello de su Gabriel, Seth hacia jirar sobre su regaton la vara

de verga; y acercándose á Fox que palidecia visiblemente:

--Amigo, le dijo, con tono poco tranquilizador, vuelve en tí y esplícate:

espero.

Entre las ternezas de la hermana y las amenazas del hermano, el abogado

ponia una cara tan aflijida que me alegré de ello. El hombre natural

es un animal malo; no vasta el Evanjelio para hacernos amar á nuestros

enemigos.

Humbug era mejor cristiano que yo.

--Señores, dijo con voz grave y dulce; creo que ha llegado mi turno. En

un negocio tan delicado, la última palabra pertenece al majistrado:

_Nec Deus intersit, nisi dignus vindice nodus_

_Inciderit._

Querido Fox, no dudo de vuestras intenciones. Si os pidieran consejo

en semejante caso, sin duda responderíais que un pleito por ruptura

de promesa tendria para el abogado contra quien lo entablaran las mas

enojosas consecuencias; seria no solo una pérdida de fortuna, sino la

ruina de una clientela, hasta la obligacion quizá de cambiar de pais. ¿No

es esa vuestra opinion?

--Sí, murmuró Fox suspirando.

--¿Tendré necesidad de agregar, continuó el exelente Humbug, tendiéndole

la percha al ahogado,--tendré necesidad de agregar,--que un hombre como

vos no tiene que inquietarse de esas consideraciones, por graves que

sean? ¿Que le basta haber empeñado su palabra para cumplirla, no es

verdad?

--Sí, dijo el abogado suspirando de nuevo; siempre he amado á Dinah: lo

que me detenia, son dificultades que....

--Que ya no existen, interrumpió Humbug. Hénos á todos de acuerdo. Esto

vá á concluir como en las buenas comedias: amor, lágrimas é intrigas en

los primeros actos, y por desenlace casamiento.

Fox abrazó á Dinah de bastante mala gana, y le tendió la mano al cuácaro;

Dinah, ruborizada de placer, corrió hácia Susana.

--Amiga querida, la dijo, á tí debo mi felicidad. Y á tí tambien hija

mia, díjole á la niñita, que ya palidecia de celos.

--Todo está muy bueno, dijo Seth, que ya se iba á las nubes. Pero puesto

que estamos aquí y que tenemos al señor juez de paz, nada impide que se

estienda el acta de casamiento sobre tablas.

--Con mucho gusto, dijo Humbug; la señorita Susana nos servirá de

escribano.

Decir y hacer fué todo uno; yo creía que semejantes uniones no eran

buenas sino en el teatro, donde se deshacen entre telones; suponia que el

último tabelion estaba encajonado hacia mucho tiempo; pero en América se

está siempre tan apurado que se ha conservado la vieja usanza. Una vez

de acuerdo los enamorados, no hay necesidad de parientes ni de notario.

Dos sí pronunciados ante un juez de paz os casan hasta la eternidad. La

voluntad es todo,--la formalidad nada. Aquellas jentes no tienen el gusto

de la ceremonia.

Con qué placer salí de aquella casa donde habia entrado con el corazon

turbado! Paddy hizo una cosecha de dollars como para perder la cabeza

durante todo una semana. Jamás la calle del _Laurier_ se habia visto

favorecida por tan honrada y alegre compañia. Yo presidí el cortejo

con mi Susana, la cual daba la mano á su pequeña protejida; Humbug

y Seth formaban la retaguardia; entre nosotros caminaba la nueva

pareja,--Dinah, risueña como la aurora, Fox, cabisbajo.

Honteux comme un renard qu’une poule aurait pris.

Mas cuando somos felices muy pronto se bebe un poco de verguenza. Si

el imprudente habia jugado al amor con demasiada lijereza, de qué modo

era castigado por su falta? Casándose con una mujer encantadora. A este

precio inocentes conozco yo que se harian criminales.

Era menester preparar á la madre de Dinah para la vuelta de su hija;

era menester tambien que Fox anunciára su casamiento á sus amigos,

disponiendo su casa. Mientras llegaba el gran dia, Susana se llevaria

consigo á Dinah; á mi me estaba reservado el papel de padre y de tutor:

la dichosa tontera que habia hecho me daba algun derecho á ello.

Devolvióse á Fox un resto de libertad de que no podia abusar, y toda la

comitiva hizo alto en mi casa; aquello fué una fiesta, nunca se comió

mas alegremente. Marta abria una boca como un horno, y suspiraba como un

volcan admirando y sirviendo á su cuñada; Susana y Alfredo tenian siempre

alguna cosa que decirse al oido; solo Dinah era admitida como tercero

en aquellos misterios, en que se reia sin cesar. Seth devoraba cuanto

habia sobre la mesa, con la satisfaccion de un hombre que ha terminado

un gran negocio y que come en casa ajena. Humbug, que apesar de su

enorme vientre, comia poco y no bebia mas que agua, se desquitaba de su

sobriedad citandome los mas alegres versos de Horacio, este otro bebedor

que cantaba en ayunas los placeres de la embriaguez:

Nunc es bibendum, nunc pede libero

Pulsanda tellus.

En cuanto á mí, recojido en mi mismo, me sentia gozoso, alegre y feliz

como un niño. Pero nada puede dar la medida del contento y animacion de

mi Jenny. No podia estarse quieta, iba, venia, llenaba todos los platos

con _roast beef_[55], papas, jamon, pastel, queso, frutas y tortas,

derramaba á torrentes la cerveza escocesa, el Madera y el vino del Rhin,

para todos los hombres tenia una palabra amable, y una caricia para todas

las mujeres. Un casamiento! era para ella lo mismo que haberse sacado la

loteria grande. Si en la Biblia habia algun versículo que Jenny mirase

como divinamente inspirado entre todos, era la gran palabra que Dios

le dirije á la primer pareja en el Génesis: _Creced y multiplicaos,

diseminaos por la tierra y la sujetad_. La exelente mujer no era ni

Americana ni protestante á medias. El celibato era á sus ojos un crímen,

ó por lo menos una enfermedad que no se podia curar demasiado. Si la

hubieran dejado, no habria consentido ni un soltero en la tierra; me

imajino que habria acabado por casar al Papa con la Italia.

Paris en América · 第 56 / 109 题