La caridad.
Al dia siguiente, á la hora de almorzar, senti mi corazon muy aliviado.
Dinah á mi derecha, Susana á mi izquierda me daban el aire de un
patriarca en medio de sus hijos. Desde que me hago viejo, nada me place
tanto como ver á mi al rededor esas jóvenes fisonomias, frescas como el
dia que nacen, rientes como la esperanza. Ay de mi! Porqué no podremos
apartarles las escabrosidades del camino! prestarles esa esperiencia que
la vida nos vende tan cara y que de nada nos sirve!
Mi mujer no hacia las cosas á medias. Puesto que yo habia adoptado á
Dinah, y que Fox se casaba con ella, Fox era el protejido de Jenny! Por
consiguiente, habíale puesto su cubierto al lado de su bien amada.
Por lo demás, entró sin el menor embarazo con un ramillete blanco en la
mano y abrazó á su prometida con aire vencedor. Cuando la cólera crispaba
la cara puntiaguda del abogado no era hermoso; tierno y galante era
horrible; hubiérase dicho una serpiente enamorada. Dinah no pensaba así;
en vano yo le decía las cosas mas amables, no tenia ojos sino para su
otro vecino. Raquel habia admirado menos á Jacob, cuando éste daba vuelta
en el desierto la piedra del pozo para abrevar las ovejas de Laban. Las
mujeres tienen en el mas alto grado el instinto de la propiedad, y de
todas las propiedades la que mas les llega al alma es un marido. Pero
al paso que una Francesa es una ninfa cazadora que una vez atrapado el
pájaro no se acuerda mas de él,--la Americana se apodera de su marido con
toda la aspereza y todo el celo de un paisano francés que se ha casado
con la tierra. Es su bien, es su cosa; el desgraciado se convierte en un
pájaro enjaulado, en un esclavo doméstico; pero pájaro acariciado sin
cesar y esclavo cuyos mas mínimos deseos se adivinan. Los americanos
abusan de tal suerte de su independencia fuera de casa, que en volviendo
á ella ya no tienen voluntad. Ese yankee que hace consistir su gloria y
su orgullo en no cederle á ningun hombre, no es en su casa mas que un
marido benigno que oye á su mujer y se complace en obedecerla; suave con
los débiles es intratable con los fuertes. Aquel pueblo tiene el espíritu
al revés, no hace nada como nosotros.
Fox queria salir con Dinah para hacer algunas compras para el casamiento,
Susana se opuso á ello.
--Señor abogado, dijo, lo siento mucho, Dinah me pertenece. La hemos
hallado un puesto de maestra de escuela y está comprometida por seis
meses; hoy debe comenzar sus funciones y no puede faltar á su palabra.
Dentro de algun tiempo me será fácil reemplazarla y podré dejárosla toda
una semana, hoy no es posible.--Papá, añadió, contamos con vos para
nuestra instalacion.
--Querida hija, la dije, no olvides que yo tambien tengo deberes que
llenar en el hospicio de la Providencia, y que estoy en descubierto. Ese
pleito de ayer....
--Eso no es nada, dijo Susana; id inmediatamente á ver á vuestros
enfermitos; nuestra escuela está en la calle Federal, cerca de la de los
Noyers; os esperamos á medio dia.
Llegado que hube al hospicio, pregunté por el director; era este una
mujer, la maestra de Susana, la célebre señora Hope, doctor en medicina y
profesor de hijiene, y vaya otro contrasentido de esos que no se hallan
sino en los Estados-Unidos. Por lo demás era una respetable matrona, que
me acojió como á un cofrade, comenzando inmediatamente la visita conmigo.
El hospicio era un modelo; no he visto en ningun pais una instalacion
tan perfecta. Vastos salones con un pequeño número de camas, anchamente
espaciadas; nada de cortinas, mucho aire, discreta luz, silencio,
limpieza esquisita, nada de ese olor rancio y nauseabundo que hace
del hospital un objeto de repugnancia, y muchas veces una residencia
envenenada.
Por primera vez hallé reunidas todas las condiciones que la hijiene
reclama no menos que la caridad.
Al llamado de la señora Hope acudió un escuadron volante de jovencitas.
Sus vestidos negros, sus delantales levantados, y sus gorras blancas
dábanles un falso aire de hermanas de caridad. Eran las internas del
hospicio, los futuros doctores con faldas de la libre América. Siguieron
mi clínica con la mayor atencion; hízome mucho efecto la sencillez de sus
espiraciones, cuando me esponian el estado del enfermo, y el cuidado con
que tomaban nota de mis palabras y de mis prescripciones; pero como tenia
demasiado buen sentido para tomar á lo sério aquel ensayo quimérico;
preguntéle á la buena señora Hope que esperanza se prometia de aquella
singular educacion.
--Creo, me dijo, que llegarémos á una gran reforma. Estas jóvenes
discípulas que han estado dos años en el hospicio de la Maternidad,
el año que viene irán á la clínica de las mujeres; haremos de ellas
verdaderos médicos.
--Bravo! esclamé, para nosotros barbas grises será encantador el vernos
cuidados por Hipócrates de diez y ocho años con miriñaques y encajes.
--No, me contestó, nosotros no nos ocuparemos de vosotros, señores. Pero
el parto, el cuidado de los recien nacidos, las enfermedades y la locura
de las mujeres, correrá de nuestra cuenta; eso nosotros lo entendemos
mejor que vosotros. A vosotros se os dejará la cirujia y los casos
estraordinarios; pero todo lo que una madre ó una mujer no os confia sino
con pesar, lo tomaremos para nosotras; se os espulsará de un dominio que
vosotros habeis usurpado. Introduciremos el pudor en la medicina; la
preocupacion gritará segun su costumbre, pero las mujeres, los padres
y los maridos estarán con nosotros, y la victoria será nuestra; no lo
creeis asi doctor?
Qué se ha de responder á un fanático, sobre todo cuando ese fanático
es una mujer, es decir un ser débil por naturaleza, aflijido por una
obstinacion orgánica? Corté la discusion y continué mi visita. Las
enfermedades no eran graves y los pequeños enfermos de tan tiernos y
prudentes cuidados que poca cosa me quedaba que ordenar. Solo tuve que
hacer una operacion y de poca importancia. Abrí en el cuello de un niño
un absceso de carácter maligno, y mal colocado. La lijereza de la mano,
la gracia y la elegancia de la cura son la gloria de nuestra escuela
de París; asi obtuve un gran éxito cerca de mis jóvenes discípulos; mi
vendaje, con sus repliegues injeniosos fué dibujado en el acto, y el
dibujo colocado como modelo en la sala de las operaciones. Lo digo en
verdad, viendo tanta intelijencia, tanta bondad y atencion, hubo momentos
en que estuve por admitir que las mujeres sirven para algo mas que para
dar tisana á los niños. _Todo esto no anda muy mal_, hubiera dicho
Montaigne, _pero qué! ellos no usan pantalones_.
Hice á tiempo esta reflexion, y lo digo en honor mio, permanecí fiel á la
antigua relijion de la facultad. Vivan las novedades en política, en ese
terreno son inocentes, pero en saliendo de él viva la preocupacion! La
prueba de que es saludable, es que tiene en su favor la mayoria y que á
los novadores se les lapida. Hallé pues, encantadoras á aquellas jóvenes
heréticas, pero la herejia era abominable, y no cedí.
Terminada la visita pasé al consejo de administracion; la señora Hope
me acompañó, sentándose entre nosotros sin que su presencia llamára la
atencion de nadie. Entre los _trustees_ ó administradores, hallé algunas
caras conocidas: á Rose el boticario, al bravo Coronel Saint John, al
amable Humbug, y á Noé Brown, el insoportable puritano. La directora fué
quién habló primero; espuso en buenos términos, y con las pruebas en las
manos, la insuficiencia de la casa y la necesidad de comprar un jardin
del vecindario para el uso de los convalecientes. Cuando ella terminó,
preguntáronme mi opinion.
--Apruebo en todo esa excelente idea, dije, y estoy convenido de que
dirijiendo y haciendo recomendar á la administracion una memoria tan
neta y tan bien hecha, obtendriamos de aquí ocho ó diez años esa mejora
urjente.
--De qué administracion hablais? preguntó el Coronel, que presidia por
derecho de antiguedad.
--Hablo de la administracion jeneral de los hospicios.
--Qué mónstruo es ese? dijo Humbug riendo. Brown, es el nombre de algun
nuevo Leviathan?
--Tregua á las chanzas, dije á Humbug; supongo que este hospicio
depende, como todos los demas, de una gran administracion protectora y
centralizadora: Es el Estado, es la Ciudad, es una corporacion la que
regla, vijila y organiza la caridad? poco importa; lo evidente es que
siempre se depende de alguna de esas cosas.
--Hé ahí, dijo el grosero Brown, que es lo contrario de la verdad.
Gracias á Dios! nosotros no dependemos de nadie. Hénos aquí reunidos para
aliviar la miseria, ponemos en comun nuestra buena voluntad, nuestro
tiempo y nuestro dinero, sometemos nuestros estatutos al Estado, que
hace de nosotros una corporacion; hecho esto, quién puede tener derecho
á mezclarse en nuestros negocios? Es un crímen la calidad? Es una carga
política ó municipal? Yo soy cristiano y socorro á los pobres á mi
manera, quién puede pues, inmiscuirse en esto, que es para mi uno de los
primeros deberes? Acaso se gana el cielo por procuracion?
--Permitid, le dije; nadie os prohibe que deis vuestro dinero; jamás
tirania alguna llevó su crueldad hasta ahí. Pero el derecho de fundar un
hospital es otra cosa; si al primero que se le presentase le concede la
facultad de abrir esos asilos, á qué desórden no iriamos á parar! Pronto
tendriamos hospicios homeopáticos, y que sé yo!
--Hospicios homeopáticos? dijo Rose, hay tres en la ciudad, y va á
fundarse el cuarto, qué mal hay en eso?
--Rose, amigo querido, esclamé, sois vos un boticario ortodoxo, quién
semejantes monstruosidades profiere?
--Querido Doctor, repuso Rose, nosotros no sabemos ni en relijion
siquiera, lo que es una ortodoxia oficial. Dejámosle á cada cual el
derecho de buscar á Dios, segun su conciencia. Obrando de buena fé, no
podemos ser mas rigurosos con la salud del cuerpo que con la del alma.
Por otra parte, mi buen amigo, ambos somos augurios, y sabemos á que
atenernos sobre la medicina oficial y las píldoras ortodoxas.
--Sea! repliqué; proclamad la libertad del charlatanismo y del
envenenamiento; ya nada me asombra en esta república, que debiera poner
en su bandera la divisa de la abadia de Theleme: _Haz lo que quieras_;
pero os hablaré en nombre de la utilidad y del buen sentido. Con vuestro
sistema de _dejad hacer_, cuántos hospicios teneis?
--Unos cien, cuando mas, dijo la señora Hope. La cifra me asombró; no
creia en esa fecundidad de la caridad anárquica, mas no habia agotado mis
razonamientos.
Unos cien hospicios! esclamé; señores no olvideis esa cifra admirable; si
ella hace honor á los cristianos de París en Massachusetts, preguntaos,
como hombres prácticos, lo que esa multiplicidad, la que esa concurrencia
debe fatalmente producir. Empleos dobles, pérdida de dinero; aquí,
superabundancia; alli, ausencia completa de socorros; despilfarro y
pobreza. Suponed, al contrario, que una vasta administracion reune
esos hilos dispersos, y concentra esas fuerzas estraviadas; colocando
en la cúspide de la pirámide á un hombre vijilante, activo, económico:
en el acto reina el órden, y con el órden todos los beneficios de la
unidad! Jerarquias médicas, clínicas regulares, enseñanza disciplinada,
caja central, farmacia central, en una palabra un verdadero imperio:
el imperio de la caridad, con su jefe, sus ministros y sus súbditos.
No es un sueño; ese ideal, es una verdad en los paises que están á la
cabeza de la civilizacion. Gracias á la maravillosa potencia de la
centralizacion yo afirmo que con un pequeño número de grandes hospicios y
una organizacion vigoroza, me seria fácil duplicar el número de camas de
vuestros enfermos, sin gastaros un dollar mas.
--Estoy convencido, dijo Humbug. Con su talisman, el doctor es capaz de
rehacer el mundo, estirpando de él todos los desórdenes de la libertad.
Pido que por el mismo voto, se pongan en sus manos, las fábricas de
tejer, las fundiciones, los astilleros y demas. Con usinas centrales,
y una jerarquia de injenieros, no dudo que la produccion se doblará,
disminuyendo todos los gastos.
--Sois insoportable, le dije, me tomais por un comunista? Creeis acaso
que ignoro que en industria esa unidad es una quimera?
--Por qué? repuso el eterno burlon. Por ventura en industria la
centralizacion no produce forzosamente la economia de las fuerzas, la
regularidad de la produccion, la jerarquia y la disciplina del trabajo?
--Sin duda, repuse, pero ese es el lado pequeño de la cuestion. Esa
uniformidad mecánica destruye la ley moral de la produccion. Qué
significa esa regularidad ficticia, si ella destruye el ojo del amo,
si anonada el esfuerzo individual, el interés privado, la libre
competencia? Una gota de agua al lado del océano. Lo que yo os propongo
al contrario....
Es exactamente la misma cosa, interrumpió Humbug con vivacidad. Interés
privado, esfuerzo individual, libre competencia, todos esos móviles
que apreciais tan bien, son igualmente los móviles de la caridad; es
menester agregar la abnegacion que solo vive de la libertad. Si el Estado
ó el comun se encarga de socorrer á los pobres en reemplazo mio, si esa
enorme mecánica me desembaraza de la primera de las virtudes, pagaré
arrugando el ceño un impuesto mezquino, y todo estará dicho. Pero dejad
á mi cargo el cuidado de la miseria, y las dulzuras de la limosna, y
os daré hasta mi último cobre. Yo me curo poco de los otros hospicios
de la ciudad, no los conozco; pero este es mio,--esos niños, los amo
como si Dios me los hubiera dado á mi solo. Cuando he terminado mi dia,
cuando me siento triste y fatigado, aquí es donde vengo; en medio de
mis pequeños protejidos es donde olvido mis pesares. Preguntad á estos
caballeros lo que cuesta la caridad voluntaria. Calculando por bajo les
costará el décimo de su renta; apuesto á que si el Estado nos tomára
una veintésima parte, todos gritariamos á la tiranía! Concedo que habrá
dinero despilfarrado y fuerzas perdidas, pero lo que se debe ver es el
fin, y afirmo con las pruebas en la mano, que la caridad individual es
tres y cuatro veces mas fecunda que la caridad organizada. Vuestro
sistema, caro doctor, arroja sin cesar, entre la voluntad y el acto, un
obstáculo que todo lo hiela. Nosotros no somos paralíticos,--dejadnos
obrar, ved lo que un pueblo gana con la libertad. Bajo el punto de vista
político, el Estado tiene el mayor interés en dejarnos la práctica de la
mas amable y sociable de las virtudes; bajo el punto de vista económico
hace un excelente negocio; multiplica los socorros y los estudia y sirve
á la vez á la ciencia y á la humanidad.
--Señores, dijo el Coronel, me parece que nos alejamos mucho de la
cuestion. Nos piden veinte mil dollars por mejorar y agrandar nuestro
hospicio; no tenemos sino una cosa que hacer: suscribamos y dirijamos una
carta de suscricion á nuestros sócios. Yo que no tengo hijos y que he
adoptado esos pequeñuelos, doy el ejemplo, y me suscribo por mil dollars.
La lista pasó de mano en mano: cuando llegó á mí, hice lo mismo que
Rose,--me suscribí por cincuenta dollars.
--Permitidme una reflexion final, dije al Consejo. Veo que compramos,
mediante diez mil dollars un jardin de poca estension, no es muy caro?
--Es el doble de su verdadero valor, repuso la señora Hope, pero el
propietario no quiere deshacerse de él por menos.
--Pues es gracioso! esclamé. Un propietario que coloca su conveniencia
y su egoismo sobre el interés de los pobres! eh! Señores, es menester
espropiarlo; no fomenteis con vuestra debilidad una odiosa especulacion.
--Doctor Smith, dijo Brown, frunciendo las cejas, eso si que es comunismo
de primera clase.
--Vaya, vaya, repuse alzando los hombros, acaso el interés particular no
debe ceder al interés jeneral?
--Sin duda, repuso el puritano; pero nada hay tan peligroso como las
máximas banales. Así es como siempre han muerto la libertad,--con
palabrotas. La propiedad no es un interés, es un derecho. El interés
jeneral es una palabra elástica y vaga, que puede cubrir las pretensiones
mas injustas á la vez que las mas lejítimas. Antes de invocarlo, comenzad
por definirlo.
--Nuestras leyes han definido la cuestion, dijo Humbug. Para nosotros
no hay sino cuatro causas de espropiacion: un camino, una calle, un
ferro-carril, un canal. Pero aunque seamos por excelencia un pueblo
municipal, y aunque la ciudad sea soberana en lo que le concierne,
no obstante, la propiedad es cosa tan santa, que antes de tocarla es
menester que la lejislatura del Estado intervenga; ella es la que aprueba
la traza y la que autoriza la espropiacion, mediante indemnizacion
prévia. Para todo el resto: escuela, hospicio, casa municipal, Iglesia,
la ley coloca el derecho particular primero que un interés que en
resumidas cuentas no viene á ser sino el de una corporacion ó el de
un barrio. A dónde iriamos á parar con vuestro sistema doctor? Me
despojarian de la herencia de mi padre, me arrebatarian mis recuerdos, se
reirian de mis afecciones, turbarian la mas santa de las propiedades, y
para qué? Para edificar un teatro ó una fonda.
--Cómo! esclamé, en una república donde el pueblo manda, osais defender
esas viejas máximas feudales?
--Señor, dijo Brown, vos no entendeis jota de libertad. Cuanto mas
democrático es un pais, tanto mas necesario es que el individuo sea
poderoso y sagrada su propiedad. Nosotros somos un pueblo de soberanos;
todo lo que debilita al individuo nos conduce á la demagojia, es decir al
desórden y á la ruina; todo lo que fortifica al individuo nos conduce á
la democracia, reino de la razon y del Evanjelio. Una nacion libre es una
nacion en la que cada ciudadano es dueño absoluto de su conciencia, de su
persona y de sus bienes; el dia en que, en lugar de hablarnos de nuestros
derechos individuales, nos hablen del interés jeneral, adios de la obra
de Washington; seremos una muchedumbre y tendremos un amo.
--Señores, dijo el Coronel, que se interesaba mediocremente en nuestros
debates, no hay nada mas á la órden del dia, está levantada la sesion.
Os pido perdon de dejaros, añadió. Dicen que hay malas noticias de la
guerra, estoy impaciente por saberlas.
Nada que me disgustaba acabar con el puritano y su áspero lenguaje; pero,
por mi desdicha, habíale caido en gracia, ó mejor dicho, el hombre habia
formado quizá el glorioso proyecto de convertirme á su fanatismo.
--Doctor, me dijo, tengo que pediros un servicio. Acabamos de fundar en
este barrio un _instituto de obreros_[56]. Habrá una biblioteca, un museo
de modelos, dos salas de dibujo, un gabinete de lectura, en una palabra,
todo lo que hace la utilidad de un Club de esa especie. Los mismos
obreros son los que proveerán á los gastos de entretenimiento; lejos de
nosotros el pensamiento de erijirnos en bienhechores, turbando en lo mas
mínimo la obra de la libertad. No debilitar jamás ni la dignidad ni la
responsabilidad de aquellos á quienes beneficiamos, es la primer regla
de la caridad. Pero hay gastos de fundacion que son considerables, la
bolsa de nuestros trabajadores no basta para ellos; necesitamos diez
mil dollars por lo menos. Para obtenerlos, hacemos lecturas públicas
y pagodas. Everett el clásico nos ha prometido su concurso, así como
el elocuente Sumner. Espero que tendremos al filósofo Emerson y al
poeta Longfellow. Por mi parte daré una leccion, en la que mostraré que
reahabilitando el trabajo y levantando al obrero, el Evanjelio ha creado
al mismo tiempo la riqueza y la libertad modernas. Vos no rehusareis el
uniros á nosotros. Dos lecturas sobre la hijiene de los recien nacidos,
por el sábio médico del hospicio de la Providencia, nos atraerian todas
las madres, y nos valdrian cuatro-cientos dollars por lo menos.
--Teneis la autorizacion del Gobierno? le dije.
--Por quien soy, doctor, os digo que os ireis derecho al paraiso,
contestó el porfiado. A fuerza de cuidar niños os habeis puesto como
ellos; no podeis caminar sin andadores. Qué autorizacion se necesita para
ilustrar á los hombres y hacerles el bien?
--Comó! esclamé, podeis dar cursos públicos y hablar de política á los
obreros sin que el Gobierno intervenga?
--Seguramente, dije, si olvidamos nuestros deberes, la ley está ahí, y la
justicia con ella; eso basta.
--No, eso no basta; el Estado no puede abandonar al primer advenedizo el
derecho de hablar á los hombres. Esa ciencia de parada, esa instruccion á
medias le inspira al pueblo una ambicion desastrosa; es poner al pais y
aun á la relijion en el mismo peligro.
--Una media luz vale mas que la noche, reino de los apetitos y de las
pasiones, dijo Brown, y por otra parte, cómo se ha de hallar el dia si
no se le busca? Es menester que hablemos al pueblo, y que nos pongamos
sin cesar en relacion con él. Para nosotros, demócratas y cristianos,
hay ahí una cuestion de vida ó muerte; lo que mata las repúblicas, es
la ignorancia; ilustrad al pueblo si temeis al despotismo. Lo que mata
la relijion es una fé que no razona; ilustrad al pueblo si temeis la
infidelidad. Necesitamos luz en todo y para todo. Si el cristianismo es
una fábula, que caiga; si es la verdad que reine. Creeis que nosotros
los pastores, somos algunos charlatanes que viven del error y de la
credulidad?
--Calmaos, respondí, y no coloquemos tan alto la cuestion. Me
concedereis que dando á los obreros un punto de reunion, fundais un club
en el que serán amos.
--Sin duda, puesto que estarán en su casa.
--Y no veis que á la primer querella con los patrones ese club se
convertirá en un foco de coalicion?
--Si los obreros quieren coaligarse, dijo friamente aquel fanático, quién
se los puede impedir? Los que venden su trabajo tienen tanto derecho como
los que se lo compran. Es un trato que se hace con entera libertad.
--Pero señor, esclamé indignado de aquella estupidez, vos predicais la
anarquía.
--Señor, me dijo con su brutalidad ordinaria, vos hablais un lenguaje que
no es el de la América. La anarquía es la invasion de la libertad ajena,
no la defensa de su propia libertad.
Creedme, añadió alzando al cielo unos ojos inspirados, la cultura del
alma es la salud de las democracias cristianas; ellas no viven sino
por la educacion. Dejad que los obreros léan, se instruyan y discutan:
educadlos, segun el sentido admirable de la palabra, levantadlos hasta
nosotros, levantaos vosotros mismos con ellos, y no tendreis que temer
ni coaliciones, ni comunismo ni todas esas locuras que espantan al viejo
continente. Son enfermedades que la ignorancia enjendra; á nosotros toca
curarlas, doctor. _Sursum corda_, hé ahí mi divisa.
--La acepto con toda mi alma, repuse arrebatado por la fogosidad de aquel
inspirado, contad conmigo.
Una vez solo con Humbug, preguntéle si venia conmigo á la instalacion de
Dinah.
--Tengo interés en no faltar, doctor Paradoja, me dijo con sonrisa
maligna; me divertís mucho con vuestras magníficas teorías. Cuanto mas os
oigo tanto mas aprecio la grandeza de nuestras instituciones.
--Gracias por el cumplimiento, le contesté, parece que mis elojios de la
centralizacion os hacen el efecto de una demostracion de la libertad _per
absurdum_; debiais ser mas caritativo mi buen amigo, y pensar que hay en
la tierra otros paises que la América.
--Os veo venir, me dijo, fanático de la unidad latina, piadoso adorador
de la Francia. Yo tambien amo á los Franceses; los nietos de La-Fayette
son para mi hermanos; pero perdóneme ese pueblo injenioso, si le digo
que hace sesenta años que persigue un problema insoluble. Poner la
libertad en una carta, y el despotismo en la administracion es querer
caminar atado de piés y manos; todo el talento del mundo reunido no lo
conseguiría.
--Deveras, repuse sonriendo de aquella vanidad. Véamos, hombre práctico,
decidnos pues lo que falta á los Franceses para elevarse hasta la
civilizacion de los Yankees.
--Una sola cosa, dijo, con la mayor seriedad. En todos sus sistemas han
olvidado la pieza esencial, sus políticos se parecen á Sam el distraido.
--Quién es Sam el distraido?
--Era el mensajero de mi aldea, dijo alegremente Humbug. Un muchacho
lleno de penetracion y de malicia, osado hasta la temeridad, económico
hasta la avaricia, exacto hasta la minuciosidad,--vamos, la gloria y el
honor del Connecticut. Solo tenía un defecto,--que perdia la memoria.
Un dia que tenia que distribuir mas de cincuenta paquetes en el camino,
viéronle á cada paso inquieto y ajitado.--“Me he olvidado de algo, decia,
pero qué es lo que he olvidado?” Al fin llegó al pais, y hé aquí sus
hijos que salen á recibirle.--“Buenos dias, papá, dónde está mamá?”--Dios
mio! gritó Sam, pegándose en la cabeza,--“hé ahí lo que me faltaba, he
olvidado mi mujer!”
Es lo mismo que les pasa á los Franceses: tomad al azar una de esas
constituciones que les han fabricado por docenas,--hallareis en ella al
Estado y sus derechos, al individuo y sus derechos; pero falta....
--Qué falta? esclamé.
--La sociedad, respondió Humbug. A un lejislador Francés nunca se le ha
ocurrido que la sociedad, es decir, la asociacion bajo todas sus formas,
la libre accion de los individuos reunidos,--tuviera un puesto en la vida
política de la Nacion. Nosotros los Americanos le damos el mas ancho
dominio: el comun, la Iglesia, el hospicio, la escuela, la educacion
superior, las ciencias, las letras. Cada asociacion es para nosotros una
especie de familia agrandada,--y todas esas asociaciones, elevándose
gradualmente forman otras tantas hiladas que arrancan del individuo para
llegar al Estado. La América no es, hablando en verdad, sino una reunion
de familias, que hacen por sí mismas sus negocios. Hay algo de esto en
Francia? Allí solo se vé una cosa,--la administracion, inmenso pólipo que
echa en todas partes sus brotes, que en todo se enreda, que todo lo toma
y lo sofoca:
_Monstrum horrendum, immane, ingens, cui lumen adeptum._
El pais está cortado en dos partes; de un lado el poder, con todos los
recursos de una centralizacion formidable,--de otro una muchedumbre que
obedece mas ó menos voluntariamente. De ahí todas las revoluciones que
destrozan ese hermoso país, de ahí su eterno absorto. Ora debilitan la
autoridad y la reducen á la impotencia, y creyendo agrandar la libertad,
no llegan sino á la anarquía; ora se echan en el exeso opuesto, y
estrechan todos los vínculos, y creyendo servir al órden, no llegan sino
á lo arbitrario. Deplorable espectáculo el de un noble pueblo, que no
sale del abismo sino para caer nuevamente en él!
--Y el remedio, querido amigo? Quién sabe si el carácter nacional no es
la causa de ese mal éxito perpétuo?
--No creo, dijo Humbug, que haya pueblos nacidos para servir, no
esceptúo ni á los negros; por otra parte no veo que la Francia haya
hecho nunca un mal uso de la asociacion. Gracias á la administracion,
que sobre-nada despues de todas las revoluciones, y se enriquece en
cada naufrajio,--hánles rehusado siempre á los franceses esa apacible
libertad, que atempera y predomina sobre todas las demas. Diez veces
les han dado un voto que no les servia de nada; pero el cuidado de sus
propios negocios todavía lo espera. Reyes durante una hora, hánles
rehusado desde el dia siguiente hasta la facultad de obrar y hablar.
Bajo tales condiciones la esperiencia no está hecha; la soberanía no es
la libertad. Con la primera el pueblo no conquista frecuentemente sino
el derecho de perderse; con la segunda, vive, crece y tiene en sus manos
su fortuna y su honor. Cuando los franceses hayan hecho el ensayo de
gobernarse por sí mismos, podrá condenárseles; hasta entonces nadie tiene
el derecho de acusarlos. La Fayette, cuyos escritos leemos nosotros,
al paso que quizá son desdeñados en Francia, reclamaba hace cincuenta
años esa vida libre, esas reuniones libres que hacen nuestra grandeza.
Si yo tuviera el honor de ser su compatriota,--hé ahí la herencia que
quisiera revindicar. El que á los franceses enseñe que la centralizacion
los esclaviza, que solo la asociacion puede salvarlos, ese hombre habrá
arrancado por siempre jamás el jérmen de las revoluciones, plantando en
fin en una tierra jenerosa el árbol que no nunca se secará. Y, con mas
seguridad que Arquimedes podrá gritar: _Eureka_; porque habrá hallado
simultáneamente dos tesoros mas preciosos que todas las riquezas del
mundo,--la libertad y la paz.
--Bravo, Humbug! esclamé, estais elocuente. Pero mi buen amigo; si
fuérais á contar semejantes fábulas á Paris, en Francia, os silvarian
como á un soñador, esto es, sino os encerraban como á un sedicioso, en
medio á los aplausos de la moderna Atenas.
--Eso no me sorprenderia, dijo; los atenienses de otro tiempo tenian un
filósofo que la Pitia proclamaba ser el mas sabio de los hombres, y fué
por esto que se dieron prisa en matarlo. Los sapientes de la Agora, las
jentes prácticas acusaban á Sócrates de ser un revolucionario y un atéo.
Qué es hoy dia de la memoria de esos grandes hombres de estado que habian
salvado la patria, y que naturalmente se hacian pagar sus servicios? Un
ciudadano no se detiene ante esos obstáculos miserables; defiende la
verdad con una tenacidad invencible, señala el escollo, grita hasta que
la corriente lo ahoga; salva algunas veces á las jentes á pesar de ellas,
y nada espera sino de la posteridad. El reconocimiento es la virtud del
porvenir.
Singular pueblo! murmuré, entre estos almaceneros las convicciones son
pasiones, al paso que entre nosotros, pueblo heróico y teatral, las
pasiones y los intereses son las que...... guardé para mi el resto de la
reflexion.