La audiencia de un Juez de Paz.
Sentéme al lado de Humbug, teniendo cuidado de echarme respetuosamente
para atrás; y mientras despachaban asuntos civiles sin importancia, me
puse á examinar la sala y los actores.
No habia estrado para que el majistrado quedára mas alto que el
justiciable; una simple barra de madera separaba al tribunal y al
público. Humbug estaba sentado detrás de un gran escritorio, y á su
lado escribía el _clerc_ ó escribano. Frente al juez habia una especie
de palco con reja destinado al acusado; un poco adelante del acusado
habia una mesa para el querellante y los testigos. Nada mas. Lo que
aumentaba la simplicidad del espectáculo, era que nadie llevaba traje
especial. Humbug estaba de frac negro, sentado y con el sombrero puesto;
los abogados no tenian ningun distintivo particular. Allí no se veían
ni capelo, ni toga, ni pelucas. Aquel pueblo primitivo tiene una fé tan
injénua en la justicia, que cree en ella sin ceremonias. Siéntese en
todas partes la grosería puritana. Añadid que habia un puesto de honor
para los estenógrafos. Ellos son los que representan al pueblo, vijilando
á sus majistrados y juzgando á la justicia. Oh democrácia! y son esos
tus trofeos? Y sin embargo, no hay un pais donde se lleve mas lejos el
respeto á la ley y la confianza en el majistrado. Es una de esas rarezas
que prueban hasta la última evidencia que el Sajon ha sido creado para
la libertad, así como el Francés para la guerra y el Aleman para las
cóles, el jamon y la filosofía. Suponer que tan fuerte alimento conviene
á todos los estómagos fué la locura de nuestros padres. Los pobres, no
adivinaron en su ignorancia que hay razas _individualistas_ y razas
_centralistas_ (qué dos lindas palabras!), las unas hechas para cernirse
solitariamente en el espacio á la manera del Milano; las otras para vivir
en rebaños y ser esquiladas como los carneros. La política, la relijion,
la filosofía, la libertad, son cuestiones de historia natural, variedades
que distinguen al _homo civilizatus_ entre todas las bestias de dos ó
de cuatro patas. Admirable descubrimiento! Eterno honor de los grandes
injenios de nuestros tiempos.
Así que hubo terminado la lista de los pleitos civiles, hicieron entrar
á un acusado en el palco. Era un jóven pálido, de largos cabellos y
aire afeminado é impudente. Interpelado por Humbug, dijo su nombre y
su domicilio y que pleiteaba _no culpable_.[50] Sentóse en seguida, y
pasando la mano por los bucles de sus cabellos, miró á sus acusadores con
desdeñosa sonrisa.
--Señor majistrado, dijo un _policemen_[51], teneis delante de vos á uno
de los mas hábiles rateros de la ciudad; entre la multitud donde le hemos
aprehendido habian cortado seis bolsillos en un cuarto de hora. Al fin
hemos cojido á este pícaro, que no nos era desconocido; en el forro de su
frac tenia estas grandes tijeras; pero en sus bolsillos no hemos hallado
nada.
--Hay algun otro testigo, alguna otra prueba? preguntó el juez.
--Nó, señor majistrado.
--Entónces, haced salir á ese _gentleman_[52], y otra vez procurad ser
mas hábiles.
El ladron saludó á Humbug, y se retiró tranquilamente, como un hombre que
no ha dudado un punto de su absolucion.
--Cómo! le dije yo á Humbug, así soltais á ese pícaro?
--Sin duda, no hay cuerpo de delito.
--Pero, y la mala reputacion de ese miserable, y esos bolsillos cortados
y esas tijeras? Qué! no son pruebas?
--Nó, repuso Humbug; esas son simples presunciones. Es muy probable
que ese hombre haya entrado entre la multitud para robar; pero la ley
que castiga el crímen no castiga la intencion. Ella deja lugar á la
hesitacion, al miedo, á los remordimientos. Si fuéramos á condenar á
las gentes por sus intenciones, cuál es el hombre de bien que no habria
merecido ser colgado diez veces en su vida? Y por otra parte, si le dais
al juez el derecho de leer en el alma del acusado, qué es la justicia
humana, sino una hipócrita arbitrariedad? El acto culpable deja de
constituir el delito, y es el capricho ó la preocupacion del majistrado
el que lo constituye.
--Dichoso pais, esclamé, donde la ley proteje al ladron.
--Mas proteje al inocente contestó Humbug.
--Con vuestro sistema de inquisicion, quién escaparia á los
ódios privados ó á las venganzas políticas? Con vuestro derecho
de interpretacion, qué juez no estaria espuesto al error y al
arrepentimiento? Temis es ciega, amigo mio,--ni oye, ni siente. Si
quereis que obre, echad en su balanza un cuerpo de delito, alguna cosa
material, pesada, que haga inclinar el platillo; pero presunciones,
intenciones, recuerdos enojosos, nada de esto tiene peso.
_Sunt verba et voces, prætereaque nihil._
En aquel momento, una especie de hércules vestido de _policeman_, entró
en la audiencia, asiendo del cuello á un hombrecito que jesticulaba como
un diablo en una pila de agua bendita; no garantizo la exactitud de la
comparacion. El jigante empujó vigorosamente al enano en el palco; en
seguida, acomodándose el frac, cuyo cuello se habia roto, y limpiándose
la cara toda arañada:
--Ved lo que hay, señor majistrado, dijo con voz jadeante; es un rebelde
lo que os traigo.
--Perdon, dije yo á Humbug; supongo que no vais á juzgar sobre tablas un
delito flagrante cometido fuera de la sala.
--Por qué nó? repuso el juez, sorprendido de mi pregunta.
--Y las formas, esclamé. Comenzad por poner á ese hombre preso, dejad que
la policia levante un sumario, en seguida haced deponer una queja, sobre
esa queja proceded á una fria y séria instruccion; hecho esto, fiscalizad
esa misma instruccion, para no dar cabida al error, ni á la pasion. Tomad
quince dias, tomad un mes, tomad tres meses, si es menester, el tiempo no
es nada; pero observad las formas; ellas son las garantias de la libertad.
--Estad tranquilo, doctor; vamos á hacer la instruccion en la audiencia,
en público, con el pais por testigo. Semejante luz disipa todo error y
toda pasion.
_Solem quis dicere falsum Audet._[53]
El acusado tendrá todas las garantias que pedis, salvo la prision
preventiva, en la que supongo no tiene tanto interés como vos.
--Pues es el caso, continuó el _policeman_, que yo llegué ayer de
mi provincia, y que haciendo esta mañana mi primera ronda, acudió
á mí este señor muy apurado, respirando apenas y colorado como una
remolacha--“_Policeman_, me gritó; al fin os encuentro! Pronto, pronto,
socorro; hay necesidad de vos. “Qué hay?” le contesté. “Hay, respondió,
que van á cometer una muerte abominable, si vos no os interponeis. Veis
aquel jentío que se revuelve; allí hay un hombre que apalea su mujer
con un garrote. Escuchad, gritan al asesino! Corred pronto, evitad una
desgracia.”
--Y quién es ese particular? le pregunté yo.
--“No es grande, me contesta, pero es un salvaje.” Bueno le dije, he
visto peores aun.
Abreviad, dijo Humbug.
--Voy á acabar, mi majistrado; corro y me abro paso por entre la
muchedumbre, que no se movia; el hombre estaba allí, descargando sendos
garrotazos sobre la cabeza de su mujer.
--Le habeis arrestado?
--No, mi juez, dijo el hércules rascándose la oreja y bajando la voz;
era.... era Polichinelle.
--Continuad, dijo Humbug mordiéndose los lábios, mientras que el público
reía de buena gana á la vez que el acusado.
--Sí, mi majistrado. Vuelvo á mi puesto, un tántico contrariado, como era
natural. Y entonces llegan todos los pilluelos de la ciudad, encabezados
por el señor, y silvando á cual mas. “_Policeman_, me gritan, os llaman;
al asesino! al matador! Polichinelle mata su mujer!” Yo me dije: “Me han
jugado una farsa, la ley no la prohibe; he caido en el lazo, callémonos;
es menester que uno pague su aprendizaje.” Sigo caminando pacíficamente,
como si nada hubiera pasado, cuando este señor, que á lo que parece
le han pagado para que divierta la ciudad, se planta delante de mí, y
me dice en alta voz: “Te conozco, te conozco, tú eres un ladron, un
asesino!” Yo, le grito. “Sí, tú, me contesta. Ciudadanos, os pongo á
todos por testigos y jueces. Decid si no ha muerto un Ourang-outang para
robarle la cara?”
--Muy bien señor, le dije, ahora me toca á mí: eso es un insulto, tengo
la ley en mi favor. Seguidme ante la justicia. Quiere huir, y le detengo
del cuello; él me contesta con una trompada en la cara; le tomo, pues, en
mis brazos y aquí está sin rotura. No hay mas!
El acusado se levantó muy corrido, declaró que no negaba los hechos, y
se escusó de su resistencia, diciendo que no habia creido que cometia un
delito jugando como Polichinelle.
--Os equivocais, señor, contestó Humbug con tono chocarrero. Si
conociérais mejor á vuestro digno modelo, sabriais que despues de cada
una de sus proezas se le pone preso en una caja cuidadosamente cerrada.
Seré menos severo con vos; todo no os costará sino diez _dollars_
de multa, y diez _dollars_ por los perjuicios causados á este bravo
_policeman_. Dadle las gracias por su bondad, que si hubiera apretado los
dedos erais hombre muerto.
El hombrecito sacó de una grasienta cartera algunos billetes, que de
bastante mala gana dió al escribano; salió suspirando, saludado afuera
por los silbidos de la multitud que aplaudia al _policeman_. Esta vez
Goliat habia batido á David; es cierto que habia hecho entrar á la
justicia en juego.
Despues del caballero de madame Polichinelli, desfilaron delante de
nosotros los infalibles de la policía correccional: mendigos, vagabundos,
borrachos, calaveras, pendencieros, caballeros de industria, jugadores
y otros pillos; era aquello un cuadro vivo de todas las miserias y de
todos los vicios. Viendo la rapidez y seguridad con que Humbug instruía
y juzgaba cada asunto, viendo sobre todo como el condenado aceptaba sin
quejarse, un castigo previsto,--me reconcilié con el modo de actuar de
los americanos. La publicidad de la instruccion criminal podría muy
bien ser uno de esos descubrimientos modernos que suprimen el tiempo.
Apoderándose en su primer fuego de las palabras de todas las partes, en
lugar de coagularlas en un papel que no conserva de ellas ni el sonido
ni el sentido; poniendo frente á frente acusados, acusadores, testigos y
abogados, el juez americano condensa en algunos instantes la verdad, que
entre nosotros se evapora muchas veces en los mil canales que la enfrian.
Hacer buena y pronta justicia sin menoscabar la libertad,--hé ahí el
problema que estos Yankees han resuelto. La ciencia nos ha engañado á
nosotros,--la casualidad les ha servido á ellos.
Habia un punto, sin embargo, sobre el cual me quedaba algun escrúpulo. Le
pregunté á Humbug si no estaba espantado de su poder. Tener asi en sus
manos la fortuna, el honor, la libertad de tantos acusados, disponer de
todo ello por sí solo,--es una responsabilidad terrible.... No valdria
mas dividirla?
--Nó, repuso Humbug, se opone á ello el interés de la justicia. Formar un
tribunal de tres ó cuatro jueces, no es multiplicar la responsabilidad,
es dividirla; el acusado pierde en ello su mejor garantia. Siendo solo y
estando bajo las miradas del público, me parece que Dios me mira; siento
toda la santidad del deber que desempeño. Cuantos mas cofrades tuviera,
tanto menos comprometido me creeria. Qué es una tercia, una quinta, una
segunda parte de responsabilidad? Y si el juicio es inícuo ó cruel, con
quién se entenderá la opinion?
--Sin embargo, le dije, ved el jurado.
--Es el ejemplo que iba á citaros, me dijo. En este pais la mayoria es
soberana; el número, es el que hace la ley en todo. Solo la justicia está
fuera de esta condicion. El acuerdo de once jurados, no puede arrebatarle
al acusado ni la vida, ni el honor; basta la abstencion de un solo hombre
para tener en jaque su veredicto. De dónde proviene esto? Es que aquí hay
una cuestion moral,--no un problema de aritmética; la voz que absuelve
tiene mas peso quizá que las once que condenan. Así, lo que el lejislador
pide, no es la mayoria,--es la unanimidad. Lo que él necesita, no es una
responsabilidad dividida en doce partes,--son doce responsabilidades.
En esto no hay, como lo veis, ni apariencia de escepcion; es siempre
la misma regla; pero reforzada: unidad de juez, ámplia y completa
responsabilidad.
Este razonamiento me sorprendió, siempre había creido que la unanimidad
del jurado era uno de esos viejos restos de barbárie feudal, que nos
divierten á espensas de la Inglaterra, haciéndonos sentir mejor nuestra
superioridad. Humbug turbaba la serenidad de mi fé. En vano traia á mi
memoria las sábias palabras de Montaigne: “Oh! que dulce, que muelle y
que santa cabecera es la ignorancia y la falta de curiosidad para reposar
en ella una cabeza bien hecha!” La duda es como la lluvia, ningun viajero
se escapa de ella. Franceses! quereis guardar ese lejítimo orgullo, esa
pura satisfaccion de vosotros mismos, que hace vuestra fuerza y vuestro
placer? Pues no perdais nunca de vista vuestras veletas!
Un movimiento que se hizo en el auditorio,--movimiento seguido de un
largo murmullo, nos anunció la llegada de un personaje importante. Un
hombre gordo se adelantó majestuosamente, la cabeza levantada, medio
cerrados los ojos, soplando á cada paso, sin mirar á nadie. Llegado que
hubo á la mesa de los demandantes, saludó á Humbug con un jesto familiar
y aire de proteccion. Era el banquero Little, en cuyas hinchadas mejillas
se leía la insolencia de sus veinte millones.
Tras él, dos _policemen_, conducian á un hombre de gran estatura,
flaco, de cara desencajada, de ojos ardientes y aire de jugador que ha
arriesgado su vida parando á una carta, y que ha perdido. Dejóse caer en
el asiento de los acusados, y se ocultó la cara entre ambas manos.
--Señor, dijo el banquero, esta mañana han presentado en mi casa esta
letra de dos mil dollars, que pongo sobre vuestro escritorio. Mi cajero,
que es un mozo intelijente, vos lo conoceis, Humbug, no hallando este
pago indicado en el cuadro de vencimientos, ha tenido la idea de traerme
el billete, no obstante la insignificancia de la suma. El nombre del
jirante, los endoces, mi aceptacion, todo es falso. Desde esta mañana,
ya se han presentado tres veces con billetes semejantes, que han tenido
cuidado de no dejarme. Es un golpe combinado entre cierto número de
pícaros. Han calculado que me nombrarian intendente municipal, que hoy
estaria ausente y que mi cajero no se atreveria á rechazar jiros con mi
firma al pié. He cojido al señor; ahora toca á la justicia descubrir sus
cómplices.
--Acusado, dijo Humbug, teneis algo qué contestar? Ved que se tomará nota
de todas vuestras palabras, y que se hará uso de ellas en contra vuestra;
reflexionad antes de hablar.
--Por ahora, nada tengo que decir, murmuró el acusado.
--Entonces me obligais á enviaros ante la corte de _assises_ por
falsario, añadió Humbug con voz conmovida. Podeis presentar dos fianzas
de cinco mil dollars cada una? De lo contrario me veré obligado á poneros
preso.
--Veré de encontrar fiadores, respondió el acusado.
--Muy bien. Subid en carruaje con dos _policeman_, y ved á vuestros
amigos. A vuestro regreso, iremos con vos mismo á inspeccionar vuestros
libros, tomando otras precauciones del caso.
--Vais á dejar en libertad á ese falsario? le dije á Humbug. No veis
que tiene cómplices, que los advertirá y lo que es mas, no veis que se
escapará?
--La ley, respondió el juez, no establece la prision preventiva sino para
los crímenes que llevan aparejados la pena capital. En todo lo demas,
se remite á la discrecion del juez. Por qué quieres que le quite á ese
hombre el medio de defenderse? Será para que comparezca como víctima ante
la corte de _assises_, y para que el interés se adhiera, no al robado,
sino al ladron? Serán necesario pruebas, espertas averiguaciones; puede
esto, hacerse á tientas en ausencia del acusado? No tiene acaso el
acusado el derecho de discutir y criticar todos los cargos amontonados
contra él? La instruccion criminal, no es una pena, es la averiguacion de
la verdad.
--Con vuestra falsa humanidad, esclamé, desarmais la sociedad; no es así
como yo entiendo la justicia.
--Cómo la entendeis pues? preguntó Humbug.
--Permitidme una comparacion, repuse. En la sociedad lo mismo que en un
bosque, hay aves de rapiña y animales de presa; son los enemigos que la
policia y la justicia buscan constantemente para cazarlos. La policia los
acecha, la justicia los espera al paso; el majistrado, cazador hábil,
abate y destruye esa ralea maldita. Pedidle al lobo una fianza, ofrecedle
un salvo conducto al zorro, vereis qué se hacen los carneros y los pollos.
Protejer á las jentes de bien, es el primer deber de la justicia; á los
malos no les debe sino castigo y esterminio.
--Caro amigo, dijo Humbug, vuestras bromas son crueles.
_Quænam ista jocandi_
Sævitia.
Si hay lobos entre los pobres humanos, lo que estoy lejos de negar,
por lo menos tienen la misma piel que las ovejas; antes de matar al
salteador, es menester reconocerlo. Esa obra requiere una mano mas
delicada que la del cazador. La justicia, no es bajo otro nombre, sino
la sociedad, madre de todos los ciudadanos; hasta la condenacion, ella
cree en la inocencia de sus hijos. Esa confianza maternal no es una
palabra vana; es una ternura activa que proteje y sostiene al acusado,
sin abandonarle un momento. Vos creis sin duda que es el jurado quien
castiga el crímen; desengañaos. La instruccion se hace entre nosotros de
una manera tan franca, tan libre, tan jenerosa, que á decir verdad es el
culpable el que se condena á sí propio, aceptando la expiacion. Seguid
nuestras cortes de _assises_, vereis que lo que desarma al acusado, es la
misma dulzura de nuestros procedimientos judiciales. Si se le ataca, se
subleva; si se le insulta, se ultraja; el orgullo y la cólera sostiene
al malvado lo mismo que al hombre de bien. Pero justificarse cuando solo
los hechos acusan, esponer uno simplemente su conducta, dar cuenta de sus
acciones, es el privilejio de la inocencia. Nada espanta á un criminal
como el sentirse solo cara á cara consigo mismo,--teniendo por testigo y
por jueces al presidente que lo proteje y al jurado que lo acusa. Así lo
mas frecuente es que concluya confesando su falta ó encerrándose en un
silencio obstinado lo que equivale á una confesion. Lo que vos llamais la
debilidad de nuestras leyes, es lo que hace su virtud y su hermosura.
No entiendo una palabra de vuestra filantropia quimérica, le contesté; no
es asi como se entiende y se practica la justicia........
En Kharkoff, entre los cosacos! interrumpió Humbug riendo; ya lo creo,
esos caballeros no son cristianos.
Son cristianos como yo, repuse, pero........
Buenos dias mi juez, gritó, mientras encerraban en el palco á un
hombre de figura violácea, con unos ojos tan resaltantes como los de
una langosta de mar y una voz asmática y ronca: soy yo, Paddy, no me
reconoceis?
Dos veces, en cuatro dias, es demasiado, dijo Humbug.
Escusad, mi majistrado, dijo el acusado, señalando á los
_policeman_,--estos señores tienen la culpa. No tienen piedad con los
pobres. Ayer, domingo, salgo para pasearme tranquilamente, llevando
en la mano una botella de jinebra, á la manera de un cristiano que
no quiere ponerse furioso por no haber hallado que beber en un dia
sábado. Encuentro á este gran diablo allá, le pregunto políticamente el
camino del hospital. “Lo tienes en la mano, me contesta.”--Esto, dije,
enseñándole mi botella, es el consuelo de mi vida.--“Es tu enemigo repuso
él.”--Eh bien, _policeman_ es menester amar á vuestros enemigos. Esto
diciendo bebo á mi salud, y tropieso con Patricio O’Shea, un compatriota
hijo de la verde Erin, muy enemigo de los Sajones. El domingo no
encuentra uno un amigo sin boxear un poco con él: cosa de risa, no es
verdad, mi juez? Todavia no sangrábamos cuando el _policeman_ me atrapa
del hombro diciéndome: “Tienes tres _dollars_ qué pagar?” No, mi bolsillo
tiene un agujero y mi mujer no lo ha compuesto.--“Si no tienes con qué
pagar la multa, añade, porqué te bates?”
_Policemen_, le contesté, teneis razon; cada cual debe divertirse segun
sus medios,--con lo que me largo de bracero con Patricio, siempre
amigos. Pero hé aquí que Patricio se pone á embromarme sobre las últimas
elecciones; es demócrata.--“Tu juez, dijo, (era de vos,mi majistrado, de
quien hablaba), no vale un píto; en cuanto al doctor se asegura que es
brujo.”
Como era natural le cierro la boca de un puñetazo; él me lo devuelve; yo
le doy una sancadilla, y sas tras, doy con él en tierra:--Te ahorco, le
dije, si no confiesas, y le aprieto el pescuezo para que confiese.
Para que confiese qué, preguntó Humbug.
Qué, mi juez! que vos valeis un pito y que el doctor no es brujo.
Paddy, repuso Humbug, con aire serio, os damos las gracias por vuestra
buena opinion respecto de nosotros; pero por haberos emborrachado y
peleado en la calle tendreis que pagar diez _dollars_.
Diez _dollars_! esclamó el borracho, de dónde quereis que los saque?
Si no los encontrais de aquí á mañana, cinco dias de prision os dejarán
chancelado.
--Y mi mujer, y mis hijos? murmuró Paddy.
--Ayer fué cuando debiste pensar en ellos, repuso el juez; hoy es ya
tarde.
Fariceos esclamé, al fin os sorprendo. Con que teneis dos pesos y dos
medidas. Gracias á su dinero, el rico puede permitirse todos los vicios;
el pobre tiene que espiar en prision el único crímen que no perdonais:
la miseria. Es eso equidad? Para un mismo delito, yo no admito sino una
misma pena; encerrad á todos los culpables ó no encerreis á nadie. La
justicia no es sino otro nombre de la igualdad.
--Dichosos lójicos, dijo Humbug, admirables conductores de los pueblos!
se os importa poco matar la libertad, con tal de conducirla en linea
recta al abismo. El dia en que los astutos verdugos hicieron morir bajo
el látigo á los nobles y á las mujeres, sospecho, sublime doctor de
Kharkoff, que vuestro corazon palpitaria, esclamando: Gran victoria de la
igualdad!
--No, no, repuse á mi vez; tengo horror al despotismo; quiero la igualdad
que eleva, y no la igualdad que rebaja; pido que á los siervos se les
trate como á nobles,--no á los nobles como á siervos.
--Muy bien, amigo mio, repuso el juez; pero aquí es donde comienza la
dificultad. Hay siempre un punto en el que, á menos de imitar á Procusto,
el mas perfecto de los lójicos, no llegareis nunca á la igualdad.
Nuestras viejas leyes Sajonas, que vos encontrais duras, y yo hallo
justas y suaves, siempre cuidan de tratar bien á la libertad. Escepto
los crímenes atroces, ellas atacan la bolsa,--no á la persona culpable.
Si el verdadero medio de contener al hombre arrastrado por la pasion es
ponerle delante la responsabilidad que le espera, nada vale lo que las
penas pecuniarias; creed en la esperiencia. Hay paises donde el adulterio
es una gracia; la falta de fé un juego permitido; el duelo una proeza que
honra hasta el malvado. Entre nosotros, no se seduce ni á la mujer ni á
la hija del vecino, ni se mata á las jentes para reparar la injuria que
se les hace. Por qué? Por la muy prozaica razon de que cada una de esas
amables locuras cuesta quince ó veinte mil _dollars_. Nadie tiene interés
en arruinarse para ser la fábula de la ciudad, y lo que es peor aún, un
objeto de burla.
--Tal es la ley, cuya fuerza y sabiduria ha consagrado un uso diez veces
secular. Pero qué hacer cuando el condenado no tiene nada? Debe dársele
al pobre un privilejio de impunidad, sacrificar la libertad por amor
á la uniformidad? Nuestros antepasados han decidido y nosotros hemos
conservado su máxima: _El que no puede pagar con su bolsillo paga con su
piel: luat cum corio_. Entre nosotros la multa es la regla, la cárcel la
escepcion. Porqué? Porque la libertad es el principio; y á decir verdad,
la cárcel no es sino un medio de ejecucion contra un deudor insolvente.
Qué veis de injusto en todo esto?
--No veo la igualdad, repuse.
--Pues bien, doctor, sois ciego. Hay dos especies de igualdad: la una,
que no conviene á las sociedades humanas,--es la igualdad material y
brutal que no toma en cuenta ni la edad, ni el rango, ni la fortuna.
Las mismas penas en condiciones iguales, es la igualdad absoluta, es
decir, la suprema injusticia. La otra igualdad es la que proporciona el
castigo,--no segun la definicion del delito, que no es sino una palabra,
sino segun el acto mismo y segun la persona del culpable. Al rico una
fuerte multa, al pobre una multa suave, y en defecto de paga algunos
dias de prision,--es una ley en la que tanto la justicia y la igualdad
verdaderas se encuentran consultadas no menos que la libertad.
--Paddy! esclamé llamando al borracho que levantó hácia mi sus grandes
ojos con asombro: tomad estos diez _dollars_, buen hombre, idos en
paz á vuestra casa, y no volvais á pecar. Hé ahí mi respuesta, añadí,
volviéndome hácia Humbug: es una protesta contra la iniquidad de vuestras
leyes.
Es la justificacion de su escelencia, respondió él. Si por amor á la
igualdad, hubiéramos establecido la prision como pena de la embriaguez,
qué socorro hubiérais podido prestarle á esa interesante víctima? La
multa, por el contrario, tiene el gran mérito que las almas tiernas
pueden siempre correjir la dureza de nuestros juicios. Y digan lo que
digan los lejistas, esa raza de corazon empedernido, cuando hay lucha
entre la caridad y la justicia, es bueno que la última palabra se diga en
favor de la caridad.
--Gracias, doctor, gritó Paddy, deshaciéndome los dedos entre sus manos;
voy á beber á vuestra salud; el primero que se atreva á decir que sois
brujo, lo aplasto, á fé de cristiano.
--Ved ahí un hombre correjido, dijo Humbug. Ahora si no hay nada mas á la
órden del dia levantemos la sesion.
De allí volvimos á mi gabinete, donde encontramos al Presidente de la
corte, de _assises_ en una gran ajitacion.
--Os esperaba, le dijo á Humbug: héme aquí en un gran embarazo. El jurado
está reunido, el _attorney_ jeneral me falta á su palabra. Me escribe que
está en cama, retenido por tales dolores de entrañas que le es imposible
levantarse.
--Entrañas.... un _attorney_ jeneral! Eso es inverosímil, esclamó Humbug.
--Amigo mio, no riais, y socorredme, dadme alguien que pueda reemplazar á
nuestro acusador público.
--Tomad á este querido Daniel, dijo el juez, siempre dispuesto á
reir. Es el hombre que buscais. Abogado y doctor de la universidad de
Kharkoff. Un prodigio de gravedad, de inflexibilidad, de legalidad y de
sentimentalismo. Teneis ahí en una sola persona,--un Coke, un Mansfield,
un Erskine y demás.
--Venid pronto señor, dijo el presidente, tomándome el brazo; vos me
salvais la vida.
--Permitid, le dije........
--No, no, interrumpió él, no escucho nada. Nada de falsa modestia; sois
doctor, eso basta.
Al mismo tiempo, Humbug me cojió del otro brazo; lleváronme á la sala,
presentáronme al jurado, y me instalaron sin haber podido soplar una
palabra. Humbug se puso despues de mi, y riéndose de mi percance, me
mostró en el banco de la defensa á Fox estupefacto, que me miraba
cerrando los ojos.
--No habia como desdecirse; la suerte que se burlaba de mi me condenaba á
representar una nueva comedia: _el attorney por fuerza_.