CAPITULO XXIII.

La audiencia de un Juez de Paz.

Sentéme al lado de Humbug, teniendo cuidado de echarme respetuosamente

para atrás; y mientras despachaban asuntos civiles sin importancia, me

puse á examinar la sala y los actores.

No habia estrado para que el majistrado quedára mas alto que el

justiciable; una simple barra de madera separaba al tribunal y al

público. Humbug estaba sentado detrás de un gran escritorio, y á su

lado escribía el _clerc_ ó escribano. Frente al juez habia una especie

de palco con reja destinado al acusado; un poco adelante del acusado

habia una mesa para el querellante y los testigos. Nada mas. Lo que

aumentaba la simplicidad del espectáculo, era que nadie llevaba traje

especial. Humbug estaba de frac negro, sentado y con el sombrero puesto;

los abogados no tenian ningun distintivo particular. Allí no se veían

ni capelo, ni toga, ni pelucas. Aquel pueblo primitivo tiene una fé tan

injénua en la justicia, que cree en ella sin ceremonias. Siéntese en

todas partes la grosería puritana. Añadid que habia un puesto de honor

para los estenógrafos. Ellos son los que representan al pueblo, vijilando

á sus majistrados y juzgando á la justicia. Oh democrácia! y son esos

tus trofeos? Y sin embargo, no hay un pais donde se lleve mas lejos el

respeto á la ley y la confianza en el majistrado. Es una de esas rarezas

que prueban hasta la última evidencia que el Sajon ha sido creado para

la libertad, así como el Francés para la guerra y el Aleman para las

cóles, el jamon y la filosofía. Suponer que tan fuerte alimento conviene

á todos los estómagos fué la locura de nuestros padres. Los pobres, no

adivinaron en su ignorancia que hay razas _individualistas_ y razas

_centralistas_ (qué dos lindas palabras!), las unas hechas para cernirse

solitariamente en el espacio á la manera del Milano; las otras para vivir

en rebaños y ser esquiladas como los carneros. La política, la relijion,

la filosofía, la libertad, son cuestiones de historia natural, variedades

que distinguen al _homo civilizatus_ entre todas las bestias de dos ó

de cuatro patas. Admirable descubrimiento! Eterno honor de los grandes

injenios de nuestros tiempos.

Así que hubo terminado la lista de los pleitos civiles, hicieron entrar

á un acusado en el palco. Era un jóven pálido, de largos cabellos y

aire afeminado é impudente. Interpelado por Humbug, dijo su nombre y

su domicilio y que pleiteaba _no culpable_.[50] Sentóse en seguida, y

pasando la mano por los bucles de sus cabellos, miró á sus acusadores con

desdeñosa sonrisa.

--Señor majistrado, dijo un _policemen_[51], teneis delante de vos á uno

de los mas hábiles rateros de la ciudad; entre la multitud donde le hemos

aprehendido habian cortado seis bolsillos en un cuarto de hora. Al fin

hemos cojido á este pícaro, que no nos era desconocido; en el forro de su

frac tenia estas grandes tijeras; pero en sus bolsillos no hemos hallado

nada.

--Hay algun otro testigo, alguna otra prueba? preguntó el juez.

--Nó, señor majistrado.

--Entónces, haced salir á ese _gentleman_[52], y otra vez procurad ser

mas hábiles.

El ladron saludó á Humbug, y se retiró tranquilamente, como un hombre que

no ha dudado un punto de su absolucion.

--Cómo! le dije yo á Humbug, así soltais á ese pícaro?

--Sin duda, no hay cuerpo de delito.

--Pero, y la mala reputacion de ese miserable, y esos bolsillos cortados

y esas tijeras? Qué! no son pruebas?

--Nó, repuso Humbug; esas son simples presunciones. Es muy probable

que ese hombre haya entrado entre la multitud para robar; pero la ley

que castiga el crímen no castiga la intencion. Ella deja lugar á la

hesitacion, al miedo, á los remordimientos. Si fuéramos á condenar á

las gentes por sus intenciones, cuál es el hombre de bien que no habria

merecido ser colgado diez veces en su vida? Y por otra parte, si le dais

al juez el derecho de leer en el alma del acusado, qué es la justicia

humana, sino una hipócrita arbitrariedad? El acto culpable deja de

constituir el delito, y es el capricho ó la preocupacion del majistrado

el que lo constituye.

--Dichoso pais, esclamé, donde la ley proteje al ladron.

--Mas proteje al inocente contestó Humbug.

--Con vuestro sistema de inquisicion, quién escaparia á los

ódios privados ó á las venganzas políticas? Con vuestro derecho

de interpretacion, qué juez no estaria espuesto al error y al

arrepentimiento? Temis es ciega, amigo mio,--ni oye, ni siente. Si

quereis que obre, echad en su balanza un cuerpo de delito, alguna cosa

material, pesada, que haga inclinar el platillo; pero presunciones,

intenciones, recuerdos enojosos, nada de esto tiene peso.

_Sunt verba et voces, prætereaque nihil._

En aquel momento, una especie de hércules vestido de _policeman_, entró

en la audiencia, asiendo del cuello á un hombrecito que jesticulaba como

un diablo en una pila de agua bendita; no garantizo la exactitud de la

comparacion. El jigante empujó vigorosamente al enano en el palco; en

seguida, acomodándose el frac, cuyo cuello se habia roto, y limpiándose

la cara toda arañada:

--Ved lo que hay, señor majistrado, dijo con voz jadeante; es un rebelde

lo que os traigo.

--Perdon, dije yo á Humbug; supongo que no vais á juzgar sobre tablas un

delito flagrante cometido fuera de la sala.

--Por qué nó? repuso el juez, sorprendido de mi pregunta.

--Y las formas, esclamé. Comenzad por poner á ese hombre preso, dejad que

la policia levante un sumario, en seguida haced deponer una queja, sobre

esa queja proceded á una fria y séria instruccion; hecho esto, fiscalizad

esa misma instruccion, para no dar cabida al error, ni á la pasion. Tomad

quince dias, tomad un mes, tomad tres meses, si es menester, el tiempo no

es nada; pero observad las formas; ellas son las garantias de la libertad.

--Estad tranquilo, doctor; vamos á hacer la instruccion en la audiencia,

en público, con el pais por testigo. Semejante luz disipa todo error y

toda pasion.

_Solem quis dicere falsum Audet._[53]

El acusado tendrá todas las garantias que pedis, salvo la prision

preventiva, en la que supongo no tiene tanto interés como vos.

--Pues es el caso, continuó el _policeman_, que yo llegué ayer de

mi provincia, y que haciendo esta mañana mi primera ronda, acudió

á mí este señor muy apurado, respirando apenas y colorado como una

remolacha--“_Policeman_, me gritó; al fin os encuentro! Pronto, pronto,

socorro; hay necesidad de vos. “Qué hay?” le contesté. “Hay, respondió,

que van á cometer una muerte abominable, si vos no os interponeis. Veis

aquel jentío que se revuelve; allí hay un hombre que apalea su mujer

con un garrote. Escuchad, gritan al asesino! Corred pronto, evitad una

desgracia.”

--Y quién es ese particular? le pregunté yo.

--“No es grande, me contesta, pero es un salvaje.” Bueno le dije, he

visto peores aun.

Abreviad, dijo Humbug.

--Voy á acabar, mi majistrado; corro y me abro paso por entre la

muchedumbre, que no se movia; el hombre estaba allí, descargando sendos

garrotazos sobre la cabeza de su mujer.

--Le habeis arrestado?

--No, mi juez, dijo el hércules rascándose la oreja y bajando la voz;

era.... era Polichinelle.

--Continuad, dijo Humbug mordiéndose los lábios, mientras que el público

reía de buena gana á la vez que el acusado.

--Sí, mi majistrado. Vuelvo á mi puesto, un tántico contrariado, como era

natural. Y entonces llegan todos los pilluelos de la ciudad, encabezados

por el señor, y silvando á cual mas. “_Policeman_, me gritan, os llaman;

al asesino! al matador! Polichinelle mata su mujer!” Yo me dije: “Me han

jugado una farsa, la ley no la prohibe; he caido en el lazo, callémonos;

es menester que uno pague su aprendizaje.” Sigo caminando pacíficamente,

como si nada hubiera pasado, cuando este señor, que á lo que parece

le han pagado para que divierta la ciudad, se planta delante de mí, y

me dice en alta voz: “Te conozco, te conozco, tú eres un ladron, un

asesino!” Yo, le grito. “Sí, tú, me contesta. Ciudadanos, os pongo á

todos por testigos y jueces. Decid si no ha muerto un Ourang-outang para

robarle la cara?”

--Muy bien señor, le dije, ahora me toca á mí: eso es un insulto, tengo

la ley en mi favor. Seguidme ante la justicia. Quiere huir, y le detengo

del cuello; él me contesta con una trompada en la cara; le tomo, pues, en

mis brazos y aquí está sin rotura. No hay mas!

El acusado se levantó muy corrido, declaró que no negaba los hechos, y

se escusó de su resistencia, diciendo que no habia creido que cometia un

delito jugando como Polichinelle.

--Os equivocais, señor, contestó Humbug con tono chocarrero. Si

conociérais mejor á vuestro digno modelo, sabriais que despues de cada

una de sus proezas se le pone preso en una caja cuidadosamente cerrada.

Seré menos severo con vos; todo no os costará sino diez _dollars_

de multa, y diez _dollars_ por los perjuicios causados á este bravo

_policeman_. Dadle las gracias por su bondad, que si hubiera apretado los

dedos erais hombre muerto.

El hombrecito sacó de una grasienta cartera algunos billetes, que de

bastante mala gana dió al escribano; salió suspirando, saludado afuera

por los silbidos de la multitud que aplaudia al _policeman_. Esta vez

Goliat habia batido á David; es cierto que habia hecho entrar á la

justicia en juego.

Despues del caballero de madame Polichinelli, desfilaron delante de

nosotros los infalibles de la policía correccional: mendigos, vagabundos,

borrachos, calaveras, pendencieros, caballeros de industria, jugadores

y otros pillos; era aquello un cuadro vivo de todas las miserias y de

todos los vicios. Viendo la rapidez y seguridad con que Humbug instruía

y juzgaba cada asunto, viendo sobre todo como el condenado aceptaba sin

quejarse, un castigo previsto,--me reconcilié con el modo de actuar de

los americanos. La publicidad de la instruccion criminal podría muy

bien ser uno de esos descubrimientos modernos que suprimen el tiempo.

Apoderándose en su primer fuego de las palabras de todas las partes, en

lugar de coagularlas en un papel que no conserva de ellas ni el sonido

ni el sentido; poniendo frente á frente acusados, acusadores, testigos y

abogados, el juez americano condensa en algunos instantes la verdad, que

entre nosotros se evapora muchas veces en los mil canales que la enfrian.

Hacer buena y pronta justicia sin menoscabar la libertad,--hé ahí el

problema que estos Yankees han resuelto. La ciencia nos ha engañado á

nosotros,--la casualidad les ha servido á ellos.

Habia un punto, sin embargo, sobre el cual me quedaba algun escrúpulo. Le

pregunté á Humbug si no estaba espantado de su poder. Tener asi en sus

manos la fortuna, el honor, la libertad de tantos acusados, disponer de

todo ello por sí solo,--es una responsabilidad terrible.... No valdria

mas dividirla?

--Nó, repuso Humbug, se opone á ello el interés de la justicia. Formar un

tribunal de tres ó cuatro jueces, no es multiplicar la responsabilidad,

es dividirla; el acusado pierde en ello su mejor garantia. Siendo solo y

estando bajo las miradas del público, me parece que Dios me mira; siento

toda la santidad del deber que desempeño. Cuantos mas cofrades tuviera,

tanto menos comprometido me creeria. Qué es una tercia, una quinta, una

segunda parte de responsabilidad? Y si el juicio es inícuo ó cruel, con

quién se entenderá la opinion?

--Sin embargo, le dije, ved el jurado.

--Es el ejemplo que iba á citaros, me dijo. En este pais la mayoria es

soberana; el número, es el que hace la ley en todo. Solo la justicia está

fuera de esta condicion. El acuerdo de once jurados, no puede arrebatarle

al acusado ni la vida, ni el honor; basta la abstencion de un solo hombre

para tener en jaque su veredicto. De dónde proviene esto? Es que aquí hay

una cuestion moral,--no un problema de aritmética; la voz que absuelve

tiene mas peso quizá que las once que condenan. Así, lo que el lejislador

pide, no es la mayoria,--es la unanimidad. Lo que él necesita, no es una

responsabilidad dividida en doce partes,--son doce responsabilidades.

En esto no hay, como lo veis, ni apariencia de escepcion; es siempre

la misma regla; pero reforzada: unidad de juez, ámplia y completa

responsabilidad.

Este razonamiento me sorprendió, siempre había creido que la unanimidad

del jurado era uno de esos viejos restos de barbárie feudal, que nos

divierten á espensas de la Inglaterra, haciéndonos sentir mejor nuestra

superioridad. Humbug turbaba la serenidad de mi fé. En vano traia á mi

memoria las sábias palabras de Montaigne: “Oh! que dulce, que muelle y

que santa cabecera es la ignorancia y la falta de curiosidad para reposar

en ella una cabeza bien hecha!” La duda es como la lluvia, ningun viajero

se escapa de ella. Franceses! quereis guardar ese lejítimo orgullo, esa

pura satisfaccion de vosotros mismos, que hace vuestra fuerza y vuestro

placer? Pues no perdais nunca de vista vuestras veletas!

Un movimiento que se hizo en el auditorio,--movimiento seguido de un

largo murmullo, nos anunció la llegada de un personaje importante. Un

hombre gordo se adelantó majestuosamente, la cabeza levantada, medio

cerrados los ojos, soplando á cada paso, sin mirar á nadie. Llegado que

hubo á la mesa de los demandantes, saludó á Humbug con un jesto familiar

y aire de proteccion. Era el banquero Little, en cuyas hinchadas mejillas

se leía la insolencia de sus veinte millones.

Tras él, dos _policemen_, conducian á un hombre de gran estatura,

flaco, de cara desencajada, de ojos ardientes y aire de jugador que ha

arriesgado su vida parando á una carta, y que ha perdido. Dejóse caer en

el asiento de los acusados, y se ocultó la cara entre ambas manos.

--Señor, dijo el banquero, esta mañana han presentado en mi casa esta

letra de dos mil dollars, que pongo sobre vuestro escritorio. Mi cajero,

que es un mozo intelijente, vos lo conoceis, Humbug, no hallando este

pago indicado en el cuadro de vencimientos, ha tenido la idea de traerme

el billete, no obstante la insignificancia de la suma. El nombre del

jirante, los endoces, mi aceptacion, todo es falso. Desde esta mañana,

ya se han presentado tres veces con billetes semejantes, que han tenido

cuidado de no dejarme. Es un golpe combinado entre cierto número de

pícaros. Han calculado que me nombrarian intendente municipal, que hoy

estaria ausente y que mi cajero no se atreveria á rechazar jiros con mi

firma al pié. He cojido al señor; ahora toca á la justicia descubrir sus

cómplices.

--Acusado, dijo Humbug, teneis algo qué contestar? Ved que se tomará nota

de todas vuestras palabras, y que se hará uso de ellas en contra vuestra;

reflexionad antes de hablar.

--Por ahora, nada tengo que decir, murmuró el acusado.

--Entonces me obligais á enviaros ante la corte de _assises_ por

falsario, añadió Humbug con voz conmovida. Podeis presentar dos fianzas

de cinco mil dollars cada una? De lo contrario me veré obligado á poneros

preso.

--Veré de encontrar fiadores, respondió el acusado.

--Muy bien. Subid en carruaje con dos _policeman_, y ved á vuestros

amigos. A vuestro regreso, iremos con vos mismo á inspeccionar vuestros

libros, tomando otras precauciones del caso.

--Vais á dejar en libertad á ese falsario? le dije á Humbug. No veis

que tiene cómplices, que los advertirá y lo que es mas, no veis que se

escapará?

--La ley, respondió el juez, no establece la prision preventiva sino para

los crímenes que llevan aparejados la pena capital. En todo lo demas,

se remite á la discrecion del juez. Por qué quieres que le quite á ese

hombre el medio de defenderse? Será para que comparezca como víctima ante

la corte de _assises_, y para que el interés se adhiera, no al robado,

sino al ladron? Serán necesario pruebas, espertas averiguaciones; puede

esto, hacerse á tientas en ausencia del acusado? No tiene acaso el

acusado el derecho de discutir y criticar todos los cargos amontonados

contra él? La instruccion criminal, no es una pena, es la averiguacion de

la verdad.

--Con vuestra falsa humanidad, esclamé, desarmais la sociedad; no es así

como yo entiendo la justicia.

--Cómo la entendeis pues? preguntó Humbug.

--Permitidme una comparacion, repuse. En la sociedad lo mismo que en un

bosque, hay aves de rapiña y animales de presa; son los enemigos que la

policia y la justicia buscan constantemente para cazarlos. La policia los

acecha, la justicia los espera al paso; el majistrado, cazador hábil,

abate y destruye esa ralea maldita. Pedidle al lobo una fianza, ofrecedle

un salvo conducto al zorro, vereis qué se hacen los carneros y los pollos.

Protejer á las jentes de bien, es el primer deber de la justicia; á los

malos no les debe sino castigo y esterminio.

--Caro amigo, dijo Humbug, vuestras bromas son crueles.

_Quænam ista jocandi_

Sævitia.

Si hay lobos entre los pobres humanos, lo que estoy lejos de negar,

por lo menos tienen la misma piel que las ovejas; antes de matar al

salteador, es menester reconocerlo. Esa obra requiere una mano mas

delicada que la del cazador. La justicia, no es bajo otro nombre, sino

la sociedad, madre de todos los ciudadanos; hasta la condenacion, ella

cree en la inocencia de sus hijos. Esa confianza maternal no es una

palabra vana; es una ternura activa que proteje y sostiene al acusado,

sin abandonarle un momento. Vos creis sin duda que es el jurado quien

castiga el crímen; desengañaos. La instruccion se hace entre nosotros de

una manera tan franca, tan libre, tan jenerosa, que á decir verdad es el

culpable el que se condena á sí propio, aceptando la expiacion. Seguid

nuestras cortes de _assises_, vereis que lo que desarma al acusado, es la

misma dulzura de nuestros procedimientos judiciales. Si se le ataca, se

subleva; si se le insulta, se ultraja; el orgullo y la cólera sostiene

al malvado lo mismo que al hombre de bien. Pero justificarse cuando solo

los hechos acusan, esponer uno simplemente su conducta, dar cuenta de sus

acciones, es el privilejio de la inocencia. Nada espanta á un criminal

como el sentirse solo cara á cara consigo mismo,--teniendo por testigo y

por jueces al presidente que lo proteje y al jurado que lo acusa. Así lo

mas frecuente es que concluya confesando su falta ó encerrándose en un

silencio obstinado lo que equivale á una confesion. Lo que vos llamais la

debilidad de nuestras leyes, es lo que hace su virtud y su hermosura.

No entiendo una palabra de vuestra filantropia quimérica, le contesté; no

es asi como se entiende y se practica la justicia........

En Kharkoff, entre los cosacos! interrumpió Humbug riendo; ya lo creo,

esos caballeros no son cristianos.

Son cristianos como yo, repuse, pero........

Buenos dias mi juez, gritó, mientras encerraban en el palco á un

hombre de figura violácea, con unos ojos tan resaltantes como los de

una langosta de mar y una voz asmática y ronca: soy yo, Paddy, no me

reconoceis?

Dos veces, en cuatro dias, es demasiado, dijo Humbug.

Escusad, mi majistrado, dijo el acusado, señalando á los

_policeman_,--estos señores tienen la culpa. No tienen piedad con los

pobres. Ayer, domingo, salgo para pasearme tranquilamente, llevando

en la mano una botella de jinebra, á la manera de un cristiano que

no quiere ponerse furioso por no haber hallado que beber en un dia

sábado. Encuentro á este gran diablo allá, le pregunto políticamente el

camino del hospital. “Lo tienes en la mano, me contesta.”--Esto, dije,

enseñándole mi botella, es el consuelo de mi vida.--“Es tu enemigo repuso

él.”--Eh bien, _policeman_ es menester amar á vuestros enemigos. Esto

diciendo bebo á mi salud, y tropieso con Patricio O’Shea, un compatriota

hijo de la verde Erin, muy enemigo de los Sajones. El domingo no

encuentra uno un amigo sin boxear un poco con él: cosa de risa, no es

verdad, mi juez? Todavia no sangrábamos cuando el _policeman_ me atrapa

del hombro diciéndome: “Tienes tres _dollars_ qué pagar?” No, mi bolsillo

tiene un agujero y mi mujer no lo ha compuesto.--“Si no tienes con qué

pagar la multa, añade, porqué te bates?”

_Policemen_, le contesté, teneis razon; cada cual debe divertirse segun

sus medios,--con lo que me largo de bracero con Patricio, siempre

amigos. Pero hé aquí que Patricio se pone á embromarme sobre las últimas

elecciones; es demócrata.--“Tu juez, dijo, (era de vos,mi majistrado, de

quien hablaba), no vale un píto; en cuanto al doctor se asegura que es

brujo.”

Como era natural le cierro la boca de un puñetazo; él me lo devuelve; yo

le doy una sancadilla, y sas tras, doy con él en tierra:--Te ahorco, le

dije, si no confiesas, y le aprieto el pescuezo para que confiese.

Para que confiese qué, preguntó Humbug.

Qué, mi juez! que vos valeis un pito y que el doctor no es brujo.

Paddy, repuso Humbug, con aire serio, os damos las gracias por vuestra

buena opinion respecto de nosotros; pero por haberos emborrachado y

peleado en la calle tendreis que pagar diez _dollars_.

Diez _dollars_! esclamó el borracho, de dónde quereis que los saque?

Si no los encontrais de aquí á mañana, cinco dias de prision os dejarán

chancelado.

--Y mi mujer, y mis hijos? murmuró Paddy.

--Ayer fué cuando debiste pensar en ellos, repuso el juez; hoy es ya

tarde.

Fariceos esclamé, al fin os sorprendo. Con que teneis dos pesos y dos

medidas. Gracias á su dinero, el rico puede permitirse todos los vicios;

el pobre tiene que espiar en prision el único crímen que no perdonais:

la miseria. Es eso equidad? Para un mismo delito, yo no admito sino una

misma pena; encerrad á todos los culpables ó no encerreis á nadie. La

justicia no es sino otro nombre de la igualdad.

--Dichosos lójicos, dijo Humbug, admirables conductores de los pueblos!

se os importa poco matar la libertad, con tal de conducirla en linea

recta al abismo. El dia en que los astutos verdugos hicieron morir bajo

el látigo á los nobles y á las mujeres, sospecho, sublime doctor de

Kharkoff, que vuestro corazon palpitaria, esclamando: Gran victoria de la

igualdad!

--No, no, repuse á mi vez; tengo horror al despotismo; quiero la igualdad

que eleva, y no la igualdad que rebaja; pido que á los siervos se les

trate como á nobles,--no á los nobles como á siervos.

--Muy bien, amigo mio, repuso el juez; pero aquí es donde comienza la

dificultad. Hay siempre un punto en el que, á menos de imitar á Procusto,

el mas perfecto de los lójicos, no llegareis nunca á la igualdad.

Nuestras viejas leyes Sajonas, que vos encontrais duras, y yo hallo

justas y suaves, siempre cuidan de tratar bien á la libertad. Escepto

los crímenes atroces, ellas atacan la bolsa,--no á la persona culpable.

Si el verdadero medio de contener al hombre arrastrado por la pasion es

ponerle delante la responsabilidad que le espera, nada vale lo que las

penas pecuniarias; creed en la esperiencia. Hay paises donde el adulterio

es una gracia; la falta de fé un juego permitido; el duelo una proeza que

honra hasta el malvado. Entre nosotros, no se seduce ni á la mujer ni á

la hija del vecino, ni se mata á las jentes para reparar la injuria que

se les hace. Por qué? Por la muy prozaica razon de que cada una de esas

amables locuras cuesta quince ó veinte mil _dollars_. Nadie tiene interés

en arruinarse para ser la fábula de la ciudad, y lo que es peor aún, un

objeto de burla.

--Tal es la ley, cuya fuerza y sabiduria ha consagrado un uso diez veces

secular. Pero qué hacer cuando el condenado no tiene nada? Debe dársele

al pobre un privilejio de impunidad, sacrificar la libertad por amor

á la uniformidad? Nuestros antepasados han decidido y nosotros hemos

conservado su máxima: _El que no puede pagar con su bolsillo paga con su

piel: luat cum corio_. Entre nosotros la multa es la regla, la cárcel la

escepcion. Porqué? Porque la libertad es el principio; y á decir verdad,

la cárcel no es sino un medio de ejecucion contra un deudor insolvente.

Qué veis de injusto en todo esto?

--No veo la igualdad, repuse.

--Pues bien, doctor, sois ciego. Hay dos especies de igualdad: la una,

que no conviene á las sociedades humanas,--es la igualdad material y

brutal que no toma en cuenta ni la edad, ni el rango, ni la fortuna.

Las mismas penas en condiciones iguales, es la igualdad absoluta, es

decir, la suprema injusticia. La otra igualdad es la que proporciona el

castigo,--no segun la definicion del delito, que no es sino una palabra,

sino segun el acto mismo y segun la persona del culpable. Al rico una

fuerte multa, al pobre una multa suave, y en defecto de paga algunos

dias de prision,--es una ley en la que tanto la justicia y la igualdad

verdaderas se encuentran consultadas no menos que la libertad.

--Paddy! esclamé llamando al borracho que levantó hácia mi sus grandes

ojos con asombro: tomad estos diez _dollars_, buen hombre, idos en

paz á vuestra casa, y no volvais á pecar. Hé ahí mi respuesta, añadí,

volviéndome hácia Humbug: es una protesta contra la iniquidad de vuestras

leyes.

Es la justificacion de su escelencia, respondió él. Si por amor á la

igualdad, hubiéramos establecido la prision como pena de la embriaguez,

qué socorro hubiérais podido prestarle á esa interesante víctima? La

multa, por el contrario, tiene el gran mérito que las almas tiernas

pueden siempre correjir la dureza de nuestros juicios. Y digan lo que

digan los lejistas, esa raza de corazon empedernido, cuando hay lucha

entre la caridad y la justicia, es bueno que la última palabra se diga en

favor de la caridad.

--Gracias, doctor, gritó Paddy, deshaciéndome los dedos entre sus manos;

voy á beber á vuestra salud; el primero que se atreva á decir que sois

brujo, lo aplasto, á fé de cristiano.

--Ved ahí un hombre correjido, dijo Humbug. Ahora si no hay nada mas á la

órden del dia levantemos la sesion.

De allí volvimos á mi gabinete, donde encontramos al Presidente de la

corte, de _assises_ en una gran ajitacion.

--Os esperaba, le dijo á Humbug: héme aquí en un gran embarazo. El jurado

está reunido, el _attorney_ jeneral me falta á su palabra. Me escribe que

está en cama, retenido por tales dolores de entrañas que le es imposible

levantarse.

--Entrañas.... un _attorney_ jeneral! Eso es inverosímil, esclamó Humbug.

--Amigo mio, no riais, y socorredme, dadme alguien que pueda reemplazar á

nuestro acusador público.

--Tomad á este querido Daniel, dijo el juez, siempre dispuesto á

reir. Es el hombre que buscais. Abogado y doctor de la universidad de

Kharkoff. Un prodigio de gravedad, de inflexibilidad, de legalidad y de

sentimentalismo. Teneis ahí en una sola persona,--un Coke, un Mansfield,

un Erskine y demás.

--Venid pronto señor, dijo el presidente, tomándome el brazo; vos me

salvais la vida.

--Permitid, le dije........

--No, no, interrumpió él, no escucho nada. Nada de falsa modestia; sois

doctor, eso basta.

Al mismo tiempo, Humbug me cojió del otro brazo; lleváronme á la sala,

presentáronme al jurado, y me instalaron sin haber podido soplar una

palabra. Humbug se puso despues de mi, y riéndose de mi percance, me

mostró en el banco de la defensa á Fox estupefacto, que me miraba

cerrando los ojos.

--No habia como desdecirse; la suerte que se burlaba de mi me condenaba á

representar una nueva comedia: _el attorney por fuerza_.

Paris en América · 第 54 / 109 题