2.ᵒ Herida del caballo en el lomo, depreciacion de la
susodicha bestia: al mas bajo precio 150
3.ᵒ Item mas, al referido señor Seth Doolittle, por
una rodilla estropeada, un sombrero desfondado, un
pantalon roto, arañazos en la cara etc., indemnizacion
calculada, por bajo, por consideracion al doctor 200
4.ᵒ Por inquietudes, sacudimiento producido en el
cerebro, pérdida de tiempo, etc. etc. 100
5.ᵒ Cuidados diversos, consecuencias de la herida y de
la caida, consultacion de médico, dictámen de abogado,
etc., etc. _Memoria._
--Señor, le contesté, lanzándole al rostro su memoria de boticario,--no
me placen las mistificaciones, y me asombra el papel que representais en
esta farsa ridícula.
--Muy bien, dijo Fox, preferís un pleito. Como vecino, habria deseado
ahorrároslo; pero puesto que no lo quereis, hé aquí el emplazamiento.
--Un pleito! esclamé alzando los hombros. Un pleito entablado por
un particular contra un inspector de caminos y calles! contra un
funcionario! contra un hombre público! contra un representante de la
autoridad! Qué comedia! Y el artículo 75 de la constitucion del año VIII?
Cosa estraña, y que me sorprendió á mi mismo, estas últimas palabras las
pronuncié en francés. Estos sajones son tan groseros, tan ignorantes en
administracion, que su lengua es impotente para producir palabras tan
espléndidas, como las que hacen la gloria y la grandeza de las razas
latinas.
--El emplazamiento es para hoy, dijo Fox, con una sangre fria que me
desarmó. Espero que lo aceptareis para no retener inútilmente á mi
cliente en la ciudad. Dentro de un cuarto de hora nuestro nuevo Juez de
Paz, vuestro amigo, Mr. Humbug, terminará este negocio, que, á decir
verdad, no lo es tal.
--Qué! os obstinais en pretender que yo soy responsable de los accidentes
de la calle?
--Quién ha de serlo entónces, si no lo sois vos? repuso el _attorney_.
No habeis solicitado vos mismo y aceptado las funciones de inspector? No
sois vos el ajente y el servidor del pueblo que os ha elejido? Si hay
neglijencia, á quién la culpa, y quién debe sufrir?
--La cuestion no es esa, repuse con justo orgullo. Yo no soy un
empedrador, un obrero á merced del que le paga, soy un oficial del
Estado, un miembro de la autoridad que gobierna, un delegado del soberano.
--Vos sois el vijilante de los empedradores, dijo Fox, vijilante nombrado
por los ciudadanos, y por lo tanto sois responsable ante los que os
nombran. Conoceis algun pais del mundo donde las funciones existan para
provecho de los administradores, y no para provecho de los administrados?
Por mi parte, solo conozco la China con sus mandarines.
--Ignorante, esclamé! leed la ley.
--Leedla mas bien vos, respondió Fox, está en cabeza del emplazamiento.
--Leí el artículo, y bajé la cabeza. Fox tenia razon. Yo habia caido en
el lazo de mi loca ambicion.
Ese pretendido honor que lisonjeaba á mi mujer, á mi hija, y aun á mí
mismo, no era sino una carga llena de inquietudes y peligros. Yo era
esclavo de esa multitud, á la cual saludaba la víspera como triunfador.
En aquel abominable pais, el pueblo es el que manda y el funcionario el
que obedece. Si lo hubiera sabido!
Una reflexion me devolvió el valor. Por muy atrasados que los Yankees
estén, decia yo para mis adentros, no son del todo bárbaros. En Francia,
en el hogar de la civilizacion, tenemos cuarenta mil leyes que se
contradicen; haga lo que haga, la autoridad acaba siempre por encontrar
quien le dé la razon; quién sabe si en los Estados-Unidos no hay tambien
un _Boletin de las leyes_? Consultaré un abogado.
Bajemos, dije al _attorney_. El tribunal ha de estar abierto: Humbug nos
juzgará. Si pierdo mi pleito, sabré al menos á qué atenerme respecto á
esta decantada libertad americana con que me aturden. ¡Chistosa libertad
por cierto es la de un pueblo donde la autoridad, es decir, la nacion
hecha hombre, se inclina ante la decision de un juez de paz!
En la calle hallamos al cuácaro, siempre impasible. A una señal de Fox,
siguiónos en silencio. Marta acercóse á mí suspirando.
--Amo, dijo, en este mismo empedrado fué donde nos caimos el otro dia tu
hija y yo.
¡Oh poder de una palabra! A estas sencillas palabras mis ideas se
trastornaron: ¡Susana, Susana mia, tú eras quien perturbaba mi
conciencia! Cierto, yo tengo una fé política á prueba de las locuras
modernas; con la cabeza en el cadalso, sostendria contra todo el mundo
que la autoridad no se equivoca jamás,--que está perdida si se deja
discutir. Que un caballo, y hasta un cristiano se rompa el pescuezo
en un empedrado mal tenido, es una desgracia; ¡pero qué importa! ¡Los
caballos pasan, los principios quedan! El interés general está arriba
de esas miserias del interés particular.--Hé ahí el dogma conservador
que me han enseñado; yo lo profeso, y sin embargo, cuatro dias antes, la
vista de mi hija herida habíame hecho olvidar mi símbolo. Yo tambien, en
mi loca cólera, hubiera querido encontrar delante de mí un funcionario
responsable, y si lo hubiese tenido habria obrado como aquel miserable
cuácaro, salvo la memoria de dos mil quinientos francos. ¡Qué débil es
nuestro corazon, y cuan infestados no estamos del veneno republicano!
Humbug estaba en su gabinete; entramos en él, Marte no se habia separado
de su bien amado. ¿Era este un nuevo enemigo conjurado contra mí?
--Buen dia doctor, gritó Humbug apenas me vió á lo lejos. Muy bien os
sienta á vos el honrar con vuestra presencia mi modesto tribunal. Nunca
se enseñará demasiado á los hombres á respetar la justicia, hermana de la
relijion:
_Dicite justitiam moniti et non temmere Divos_.
--Señor majistrado, le dije, no es un amigo sino un litigante quien
comparece ante vos.
--Un pleito, dijo él á su vez, frunciendo su tupido entrecejo. Habeis
olvidado la sábia leccion de nuestros padres? Para poner ó aceptar un
pleito, se necesitan seis cosas: _primo_,--una buena causa; _secundo_,
un buen abogado; _tertio_, un buen consejo; _quarto_, buenas pruebas;
_quinto_, un buen juez, y _sexto_, una buena suerte. Reunir todas estas
condiciones es cosa tan casual, que yo aconsejo á todo el mundo el
atenerse á esta máxima del Evanjelio. “_Si alguien quiere pleitear contra
tí para quitarte tu vestido, dale todavia tu manto._” Ganareis con ello
la tranquilidad de espíritu, y ademas de esto los gastos de justicia.
Mientras que Humbug firmaba algunos papeles, apercibí en un rincon á
Seth y á Marta en gran discusion. Las pocas palabras que cojia al vuelo
no me permitian entender su diálogo. Seth hablaba de _insulto_, de una
buena ocasion, de _arreglos de familia_. Marta suspiraba y jesticulaba,
hablaba de _honradez_ de _Biblia_ y de _casamiento_. Era visible que
los dos tórtolos se picoteaban. Bravo Marta, ella al menos habia tomado
á lo sério esa Biblia que leía todos los dias. Su fidelidad doméstica
triunfaba de su amor, y quizá tambien no la disgustaba asegurarse antes
del casamiento de quien seria el dueño de casa.
--Escojed, pues, dijo ella, apartándose del cuácaro con un jesto de
impaciencia.
--Veamos, veamos, respondió Seth, un poco de calma.
Y esto diciendo, acercóse tranquilamente á Fox, que no tuvo trabajo en
demostrarle que para un hombre prudente hay siempre beneficio en perder
una mujer y ganar un pleito.
El escribano anunció que la hora de la audiencia habia sonado.
Entremos, dijo Humbug; doctor, os doy el primer turno. Los pleitos son
como las muelas enfermas; es menester librarse de ellas lo mas pronto
posible; una vez arrancadas, pronto se las echa en olvido.
--En qué consiste, preguntéle, que hay tan poca jente en la sala?
yo creia que en un pais libre la justicia era el gran asunto de los
ciudadanos.
--Querido doctor, repuso el juez de paz, veis esos tres taquígrafos que
preparan su papel y su pluma? Os diré, pues, como lord Mansfield en
otra ocasion: “El pais está ahí.” Estad tranquilo, antes de dos horas
todo París se ocupará de vuestro pleito. La publicidad de la justicia
es la publicidad de los diarios. Suprimid el extracto y sereis juzgado
en secreto, estrangulado entre dos puertas aunque haya trescientas
personas de por medio. El foro de un pueblo de treinta millones de
almas, el nuestro, es el diario. Merced á él, el menor litigante, el mas
oscuro criminal, tiene por juez, por testigo y abogado, al pais entero.
La prensa, mi buen amigo, creédselo á un viejo periodista, es la única
garantia de la justicia y de la libertad.
En estas palabras de Humbug, yo no ví sino una cosa, ese diabólico
tablero que iban á levantar en la calle, á fin de divertir á todo París,
con mi mala ventura. Para librarme de tal fastidio, tomé una heróica
resolucion. Perderé mi pleito, me dije, pero pondré á los que se rien de
mi parte.
Iba á hablar; pero Fox ya habia leido sus conclusiones y comenzado su
alegato.
--Hay, dijo ajitando su brazo del lado mio, hay ciertos hombres, que
sin jenio, sin talento, sin capacidad; pero aflijidos por una ambicion
ridícula ó por una comezon mal sana, mendigan el sufrajio popular,
imajinándose que las funciones públicas son hechas para satisfacer su
pueril vanidad.
Este exordio me bastaba; curábame poco de que imprimieran lo que pudiera
venir en seguida.
--Permitid, le dije....
--No me interrumpais, esclamó con su mas agria voz, y poniéndose en jaque
como un gallo cuyas plumas se encrespan, no me interrumpais, volvió á
repetir.
--Perdonad honorable _attorney_, repuse yo, antes de pleitear es menester
que haya un proceso, aquí no lo hay.
--Señor juez, continué, nombrado inspector desde hace cuatro dias, podria
escusarme con la novedad de mis funciones, y acusar á mi predecesor de
una neglijencia de que yo no soy culpable; pero Dios no permita que un
oficial público, un mandatario del pueblo incurra en semejantes chicanas.
El cargo obliga; yo quiero ser el primero que dé el ejemplo del respeto
á la ley. Me reconozco responsable de un accidente que lamento, es pues
inútil que ataqueis á un hombre que no sueña en defenderse siquiera.
--Muy bien esclamó el cuácaro, incapaz de contenerse. Amigo Daniel, tú
eres un funcionario segun el corazon de Dios: un Booz, un Samuel; dame
los quinientos _dollars_ ó una fianza bastante y me declaro satisfecho.
--Un poco de paciencia, repliqué yo; estoy pronto á pagar sobre tablas
toda indemnizacion lejítima; pero no quiero discutir siquiera esa
indemnizacion. Defiero el juramento á mi adversario; que este buen
cuácaro sea el que por sí mismo fije la cifra del daño que le he causado.
--No acepto, gritó Seth, furioso y turbado, me gusta mas pleitear; mi
abogado me habia prometido un éxito completo. Un cuácaro presta acaso
juramento? Daniel, no lees el Evanjelio? Cristo ha dicho: “No jures en
manera alguna, ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la
tierra, porque esta le sirve de escabel á sus pies; ni por Jerusalem.”
--Basta, dijo Humbug; acabe ahí ese _canto_ inútil. No se te pide que
digas en presencia de Dios, y como Cristo lo enseña: _esto es_ ó _esto no
es_. Entra en tu conciencia, piensa en tu salud. Te exijo la verdad, toda
la verdad, solo la verdad. Con todo lo cual, Dios te ayude.
El cuácaro se rascó la cabeza y miró á su abogado con aire lastimoso. Fox
permaneció mudo. Seth se volvio, y viendo á Marta de pié y silenciosa
cerca de él, palideció y se puso á balbucear. Su conciencia, su interés,
su amor, sostenian una terrible batalla; y es menester decirlo para honor
del cuácaro, el interés no llevaba la mejor parte.
--Aquí está el memorial, dijo él, los hechos son exactos, pero
naturalmente en el precio algo se puede rebajar. Las baras no eran
nuevas; sin embargo será necesario componerlas. Cinco dollars, no es
mucho, no es verdad, Marta?
La muchachona hizo una señal con la cabeza como la estátua del comendador
en la Opera de D. Juan.
--Pongamos cinco _dollars_, repuso el cuácaro con tono lamentable. El
caballo ya estaba maltratado, pero la llaga ha vuelto á abrirse. Esto
vale muy bien cinco _dollars_, no es verdad, Marta?
--Para mí, continuó, no pido nada; pero mi pantalon está roto y he
perdido mi dia. Pongamos diez _dollars_, no te parece Marta?
--Y el abogado, gritó Fox, vas á olvidarlo?
--El abogado, repuso el cuácaro, dichoso de descargar el furor de su
avaricia contra alguien; el abogado es un tonto que me ha dado un
mal consejo. Cinco _dollars_, en pago de diez palabras inútiles, es
demasiado, qué dices Marta?
Y los ojos de Seth resplandecieron viendo que su bien amada echaba á la
risa el percance de Maese Fox.
--He aquí los veinticinco _dollars_, dije yo á mi turno, felicitándome de
quedar á mano á tan poca costa.
--Ah! Marta, esclamó el cuácaro, que ruina es la conciencia. Seguro
estoy de que no la tienen las jentes que hacen fortuna, y si la tienen no
se sirven mucho de ella que digamos.
--Silencio, hijo de Belial! dijo Marta; bendito sea el cielo que me ha
colocado cerca de tí.
--Bravo! doctor, me dijo Fox haciendo una respetuosa reverencia, sois
pasablemente artéro, y no es poca dicha para nosotros que no seais
abogado.
--Pues estais equivocado, cófrade, repuse yo sonriendo, soy del oficio.
--Como así? dijo Humbug.
--Hace algunos años hice una memoria de medicina legal á propósito de
las mujeres que dulcifican indefinidamente el carácter de sus maridos, á
fuerza de láudano discretamente administrado. Esto me valió un díploma
de la universidad de Kharkoff; soy abogado y doctor en derecho entre los
cosacos.
Cófrade, dijo Humbug, con tono solemne, hacedme el honor de sentaros
á mi lado, y vosotros, señores estenógrafos, no olvideis este hecho
maravilloso. Un médico, doctor en derecho de la universidad de Kharkoff,
es cosa que no se vé sino en América. Estoy seguro de que en toda la
vieja Europa no se hallaria un fénix semejante al que poseemos en
París....en Massachusetts. Kharkoff, señores, no lo olvideis, Kharkoff!