Canvassing[26].
¿Habeis estado enamorado, caro lector? os acordais cuán vivo era vuestro
corazon, cuán ardiente vuestra mirada, cuán rápido vuestro pensamiento,
cuán lijera la vida: en aquellos dias felices? Pues bien, entonces sabeis
lo que es un candidato. A cincuenta pasos de distancia, á pesar de mi
mala vista, reconocia electores que nunca habia visto; encontraba en
un rincon de mi mollera la historia de una porcion de jentes á quienes
jamás habia hablado, y no solamente su historia, sino la de sus mujeres,
de sus hijos, de sus padres, de sus abuelos y de sus primos segundos.
Echaba á diestra y siniestra promesas y apretones de mano. Familiar con
los pequeños, modesto con los grandes, yo enderezaba todos los entuertos
y componia todas las calles. Ciceron, implorando el consulado, no era
ciertamente ni mas elocuente, ni mas jeneroso, ni mas afable que yo.
Green se unió á nuestro cortejo; era, puede créerseme, un candidato
bastante pobre. Los electores que lo habian puesto en camino no habian
tenido buena mano; sin salir de la calle, les hubiera sido fácil elejir
otro mejor. Un especiero no ha recibido esa alta educacion social
que permite jugarse con los hombres y las cosas. Ninguna adulacion á
la multitud, ninguna de esas promesas que se quedan en el fondo del
escrutinio, ninguna de esas agradables mentiras que son los fuegos
artificiales de ordenanza de todas las elecciones. Green era frio
y tímido como un comerciante que hace un negocio, y que pesa cada
compromiso. Cuando habia estrechado la mano de un elector diciéndole:
_Haré lo que pueda_, ó, _la posicion es dificil_, ó, _nombrad á M.
Little, si lo juzgais mas capaz_, ya le parecia que su papel estaba
hecho. A los reproches afectuosos que le dirijia, me contestaba en un
tono glacial: Mi conciencia no me permite hacer mas; no puedo ofrecer mas
de lo que he de cumplir. ¡Conciencia en un candidato! era un escrúpulo de
almacenero! Cuando se quiere hacer fortuna, se encierra la conciencia
con doble llave la víspera de la eleccion, y no siempre se la saca al dia
siguiente. En Francia todo el mundo sabe esto.
Hubiérame muerto de fastidio en esta procesion electoral, si no nos
hubiera acompañado el enorme y alegre Humbug. Siempre sobre el quien
vive, siempre pronto á la respuesta, seguíanle la pista por las risas que
dejaba en pos de sí. No siempre era agradable la acojida que nos hacian;
en sus odios como en sus amistades, el Sajon muestra una ruda franqueza;
la sal americana no es la sal ática. Pero Humbug era un admirable jugador
de pelota: no habia broma que no recibiera devolviéndola del primer
voleo. Una vez, tocados por él no volvian mas.
--Green, candidato! es una verguenza, decia un egoista de semblante
pálido y de facciones consumidas. ¿Figuraos al especiero en el consejo
de la ciudad? Cuando toquen la campanilla, responderá: _Ya van, ya van,
haced que os despachen._ Que se vaya al infierno, él y todo su séquito!
--Al infierno, dijo Humbug! ¿qué le diremos á tu padre el fallido? que
estás en tu tercera quiebra esperando la cuarta.
--Green, candidato! reponia un dependiente de novedades, dandy de botas
barnizadas que á cada palabra hendia el aire con su inocente varita;
Green, un almacenero que no es capaz de distinguir un asno de un caballo!
--No tengas cuidado, hijo mio, dijo Humbug, se te reconocerá entre mil.
--Bella respuesta, y digna de un hombre que vive de su injenio.
--Si no cuentas mas que con ese capital para vivir, no llegarás, hijo
mio, á ser tan gordo como yo, respondió Humbug, continuando su camino en
medio de las risas de la multitud.
Entramos al Hotel de la Union; nos habian señalado á su dueño como uno
de los electores influyentes de la ciudad. Pero en su casa, si el buen
hombre llevaba las riendas, era su mujer la que le mostraba el camino. A
la primera frase de Green, la fogosa matrona le cortó la palabra:
--Maldita sea la política, dijo.
--Maldita sea la hostería, respondió Green haciendo un profundo saludo á
la señora.
--José, gritó la imperiosa Juno, insultan á vuestra mujer, se os ultraja,
y os quedais ahí como un imbécil. Teneis sangre de pavo en las venas.
A esta voz terrible, José se quedó suspenso, abriendo tamaños ojos. En la
calle creo que el bravo hostelero nos hubiera estrechado la mano de buena
gana: su ancha cara, su lábio pendiente, su gran vientre, no anunciaban
un rayo de la guerra; pero, en presencia de su mujer, juzgó prudente
enfurecerse. Llevar la guerra al esterior, era el medio de conservar la
paz en la plaza.
--Que venga, ese hermoso candidato, gritó con un vozarron que trataba de
hacerlo malo, tengo á su servicio un cabestro para colgarlo.
--Muchas gracias, mi buen amigo, le dijo Humbug con tono almibarado,
tendríamos escrúpulos de privaros de ese mueble de familia.
Hénos á todos riendo mientras huiamos de aquel antro de Polifemo; pero
estaba cortada la retirada. En el umbral de la casa, la señora, erguida
como un centinela armado, detuvo á Humbug, y temblando de cólera:
--Sabeis quien soy yo, le dijo.
--Quién no os conoce y no os admira, repuso Humbug, enderezándose con
fatuidad, sois una niña encantadora, que no habeis llegado todavia á la
edad de la discrecion.
Con lo que la saludó, dejando á la digna matrona mas muda y mas boba que
la mujer de Loth en su última transformacion.
Estas no eran sino escaramuzas; habian reuniones públicas donde se
discutian los títulos de los candidatos; allí se daba la batalla y
se decidia la victoria. Habia llegado el momento de separarnos; era
necesario que cada uno contribuyera con su persona. Me asignaron el
_Liceo_. Entré en aquel inmenso salon, donde se ajitaba una muchedumbre
inquieta. En el acto me reconocieron, y llamaron, todas las miradas se
fijaron en mi; el miedo me cojió, de buena gana habria renunciado á esa
candidatura fatal que me entregaba al público. Ay de mí! era demasiado
tarde.
En frente á mí, un hombre trepado sobre un tablado hablaba y jesticulaba
con estrema vivacidad; escuchábanle en silencio, y en seguida lanzaban
hurrahs y gruñidos terribles: asi es, como se aplaude y se silva entre
los Sajones. Aquel tribuno popular que sublevaba á su albedrio las
pasiones de la multitud, era el abogado del banquero Little, era Fox,
nuestro enemigo.
Apesar de maldecir al perillan, me veia obligado á reconocer en él
cierto talento de que abusaba. Sério á la vez que chocarrero, tenia un
modo de hacer el elojio de sus adversarios que los ponia en ridículo, un
modo de ponderar sus candidatos que los realzaba á los ojos de todos.
Concluyó por una rápida enumeracion de las riquezas que los bancos
esparcian en América. Little se convirtió en un Júpiter que caia en
lluvia de oro sobre el seno de una nueva Danae. A la voz del abogado,
los caminos de hierro, los canales, los vapores vinieron á agruparse
en torno del banquero para hacerle un cortejo electoral, mientras que
con un jesto desdeñoso el orador nos mostraba al especiero nadando en
su melaza ó confundido con la cuenta de sus sardinas y de su bacalao.
Amigos de la paz, esclamó concluyendo, ¿nombrareis por jefe de la ciudad
á ese fabricante de fósforos químicos cuya mercancia se encuentra en
todos los incendios? Amigos de la libertad, ¿elijireis á ese vendedor de
bacalao que alimenta á los esclavos del Sud, y que quebrará mañana si sus
clientes, emancipados por nuestro valor, dejan de tomarle su mercancia
envenenada? No, jamás descendereis á esa verguenza. Por mi parte, Yankee
_pur sang_, amigo de la patria, orgulloso de todas nuestras glorias,
antes que dar mi voto á ese hombre, preferiria mas bien votar por.... Se
detuvo, guiñando el ojo y bajando la voz.... por el que, en su piedad
universal, nuestras mujeres llaman _un pobre anjel caido_; no os lo
nombraré.
Una salva de aplausos saludó al orador; descendió de la plataforma
recojiendo felicitaciones y promesas. En toda asamblea hay siempre una
majada de bobos que siguen balando al último que habla. No le bastaba
aquel éxito al traidor; se vino derecho á mí, me tendió una mano que no
me atreví á rehusar y con voz que resonó en todo el salon. Doctor Smith,
dijo, á vos ahora; juego limpio para todos, esa es la divisa del Yankee.
Me levanté cubierto de un sudor frio; de todas partes gritaban: oid!
oid! Aquel ruido, las miradas fijas en mí, el silencio que siguió, todo
contribuyó á hacerme perder la cabeza; una nube roja pasó por delante
de mis ojos; mi voz se apagó en mi garganta, todo mi cuerpo temblaba
siguiendo los latidos de mi corazon. ¡Cuánto no hubiera dado por comprar
la facundia de aquel miserable! Yo tenia ideas mas nobles que las
suyas, un patriotismo mas sincero: pero el abogado tenia la costumbre,
el oficio; y á mi, ciudadano de un pais libre, ni á hablar me habian
enseñado. Estaba vencido, y vencido sin combate.
Iba á enfermarme de cólera y de verguenza, cuando de repente Enrique mi
hijo, viéndome palidecer saltó sobre la plataforma é hizo señas de que
queria hablar. El cuerpo derecho, la cabeza alta, los piés en escuadra,
la mano izquierda metida en el frac abotonado, saludó graciosamente y
esperó que el tumulto se apaciguára.
--Es su hijo, es su hijo, decian de todas partes. Oid! oid! Todos miraban
al niño con curiosidad; se hizo un silencio profundo, se hubiera sentido
volar una mosca.
--Ciudadanos y amigos, dijo con voz clara y penetrante, no vengo á
combatir al terrible Goliat, al banquero Little; no son piedras lo que
me falta, el Filisteo ha arrojado bastantes en nuestro jardin; pero no
tengo de David sinó la juventud, no tengo la fuerza para medirme con ese
adversario demasiado ejercitado; todo lo que ensayaré es defender á mi
padre y á mi partido; estoy seguro que entre vosotros, nobles corazones,
no hay uno solo que no diga: Ese jóven tiene razon.
--Oid! oid! gritaban de todas partes: habla bien.
--El honorable sollicitor, continuó mi hijo, recalcando la primera
palabra, no ama la especieria. Esto me admira. Hace tal consumo de sal
ordinaria que nos reputaríamos muy felices de ser sus marchantes. Que nos
la dé y le daremos _de llapa_ la azúcar que le falta. El azúcar modera
la bilis; de otra manera todo se vé amarillo, y es uno injusto con sus
compañeros de armas y sus amigos.
No sé de donde sacaba mi hijo esa elocuencia de baja ley, pero era del
gusto de aquella multitud ignorante: reian, aplaudian, las mujeres
ajitaban sus pañuelos. En seguida respondian con una sonrisa: la asamblea
era suya.
--No hablaré mal de los banqueros, continuó mi tribuno de diez y seis
años; los banqueros son como los dentistas, es necesario no hacerlos
nuestros enemigos, quién sabe si mañana no tendremos necesidad de ellos!
¿pero debemos poner en sus manos los intereses de la ciudad? Recuerdo
que mi abuela, una santa mujer de Connecticut, nieta de nuestros padres
los peregrinos, me repetia amenudo que habia oido á sus virtuosos
antepasados, que el banquero sostiene al Estado como la cuerda al
ahorcado: estrangulándolo.
--Tres gruñidos para los banqueros! gritó una voz estrindente, la voz
de algun deudor perdido entre la multitud. Aquel grito tuvo éco, el
salon tembló con esos aullidos que acariciaban mi oido paternal, como lo
hubiese hecho una sonata de Beethoven.
--Mi abuela, continuó el niño exitado por aquellos hurrahs, nos proponia
enigmas para divertirnos en las noches de invierno al lado del fuego; Si,
se metieran, decia ella, en un mismo saco un banquero, un _sollicitor_ y
un sastre, y se sacára á la suerte, ¿quién saldria infaliblemente?
--Un ladron, repitieron veinte oyentes, encantados de encontrar
un recuerdo de la infancia. Enrique se aproximó á la orilla de la
plataforma, puso un dedo sobre su boca, y dijo á media voz:
--Esa es la palabra de que se servia mi abuela, pero hoy dia se dice:
saldria un millonario afortunado.
--Cierto, agregó, yo no quiero mal á la fortuna, espero hacer mi camino
como cualquier otro.
--Y tú irás lejos, mi pequeño jigante, gritó una voz gruesa que conmovió
la asamblea.
--Mostradme, agregó mi hijo animado por aquel sufrajio, mostradme
una fortuna honorablemente adquirida, navíos enviados á la India, á
Terranova, á las Molucas, saludaré en la persona de Green veinte años de
trabajo, de cálculos y de economías. Pero esas riquezas de azar, esos
millones ganados al juego en un dia, no me hableis de eso: es el bien de
otro que pasa al bolsillo del mas hábil. Fortuna sin trabajo, es fortuna
sin honor! (_Oid! oid!_)
--Por otra parte, queridos conciudadanos, ¿es la fortuna lo que
recompensais? ¿O es acaso, el valor y la abnegacion? ¿No es Green el
noble capitan que penetró en una casa incendiada por salvar á vuestra
mujer ó á vuestra hija, quizá? Ese niño que mi padre arrancaba ayer
de en medio á las llamas, ¿no lo habeis adoptado todos? ¡Oh vosotras,
conciencia nuestra, vosotras, estrellas de nuestras almas, madres,
esposas, hijas, hermanas, hablad, señora!: ¿por quién se debe votar?
(_Oid, oid!_)
--Amo á los valerosos que no temen entrar al fuego, continuó mi jóven
Graco, pero no tengo inclinacion alguna á los que viven eternamente en
él. No me admira que el caballero cuyo nombre no se dice, tenga todas
las simpatías de nuestros adversarios: es muy natural que el honorable
M. Fox, escoja su representante en su familia ó entre sus amigos; pero
nosotros, que tenemos alianzas menos ricas, lo que necesitamos á la
cabeza de nuestros negocios comunes, es un hombre honrado. Y ese hombre,
no hay porque ocultarlo, es el hijo de sus obras, es el hijo de la
ciudad, es Green.
--Hurrah á Green! hurrah á Smith! gritó toda la multitud arrebatada por
la emocion. La victoria era nuestra. Enrique me buscaba con los ojos en
medio de aquella batahola. Iba á escapar á su gloria naciente, cuando un
robusto cazador de Kentucky, uno de esos jigantes que se jactan de ser
mitad caballo y mitad cocodrilo, alzó á mi hijo á fuerza de brazo, y le
hizo dar la vuelta del salon. Fué una salva de aplausos capaz de voltear
las paredes. Todos los hombres estrechaban la mano al jóven prodijio,
todas las mujeres lo abrazaban. Yo queria gritar:--¡Soy su padre! Pero
por segunda vez el miedo se me atravesó en la garganta, y suspiré
diciendo por lo bajo: Ay de mí! no ser yo mi señor hijo.