Una candidatura en América.
Todas estas discusiones me habian perturbado. Cierto, yo no tenia la
debilidad de renegar la fé política que me han dado los maestros de mi
infancia; tengo horror á los renegados. Cuando uno se ha criado en el
error, si la conciencia quiere que uno salga de él, el honor quiere,
que uno persista; es el honor lo que siempre escucha un Francés. Me
habria hecho descuartizar antes que confesar que esos Yankees tenian
razon. Pero, en el fondo del alma, sentia que habia perdido mi primera
inocencia; me habia servido de la prensa y no tenia ya derecho á
sonrojarme. Descontento de mi mismo, dormí con sueño ajitado; así, cuando
me desperté, era de noche todavia. Los sofismas de Truth y de Humbug
habian penetrado en mi ánimo, como flechas en las carnes; buscaba en mi
cama, respuestas que no encontraba, cuando de repente, en medio de la
oscuridad y del silencio, oí una voz que me llamaba desde la calle. Era
la voz de mi hija, un padre no se engaña.
Ponerme mi bata, correr á la ventana, fué cosa de un segundo; me incliné
para ver en la oscuridad de la noche. Mi cabeza tropezó con no sé qué
obstáculo que estalló. Al instante una luz espléndida me deslumbró;
gritos de alegria saludaron mi aparicion. La calle estaba llena de
gente, un cartel inmenso cubria toda la casa; y mi cabeza metida dentro
de una O jigantesca, daba á los pasantes un espectáculo ridículo. Papá,
permaneced ahí, decia Susana, saltando sobre sus lijeros pies y batiendo
palmas: todo París leerá el cartel. _Green for ever_ repetian los Yankees
mientras corrian. _A very good trick_[25] agregaban riendo hasta mostrar
sus grandes dientes.
Me vestí apresuradamente y bajé á la calle. París no era si no un inmenso
cartel; los candidatos de todos los colores: azules, rojos, blancos,
amarillos, verdes, rosados; ostentaban sobre las paredes sus servicios
y sus virtudes. Mi casa estaba consagrada al verde. El nombre de Green
se estendia en mayúsculas de tres pies de alto; frente á mi, la imprenta
habia subido hasta las nubes un inmenso cuadro, en el que se leia:
CIUDADANOS
DE LA PRIMERA CIUDAD DEL MUNDO.
_¡Nada de banqueros!
¡Nada de abogados!
¡Nada de escaladores del poder!_
Nombrad al hijo de sus obran:
_¡Al patriota jeneroso!
¡Al comerciante heroico!
¡Al buen padre de familia!
¡Al hijo de París!_
¡Nombrad al honrado y virtuoso GREEN!!!
Esta farsa democrática divertia á Susana; M. Alfredo Rose estaba á su
lado, con el venerable boticario y sus otros ocho hijos. Enrique bailaba
de contento como un niño que se encanta con el barullo; por mi parte
tengo poco gusto por esas orjias populares: una frase las reasume: _Mucho
ruido para nada_.
--Vecino, me dijo el farmacéutico, ved ahí á nuestro capitan que vá al
fuego; espero que nos dareis una mano; la oposicion es poderosa; no
triunfaremos sino á fuerza de palabras y de accion.
--Querido señor Rose, le respondí, con vuestro permiso, permaneceré en
casa. En todo esto no tengo interés alguno. Soy un gran señor que tiene
para dirijir sus asuntos un cierto número de intendentes que paga, sin
tomarse siquiera el trabajo de elejirlos; lo que pasa entre mi jente no
me concierne, ¿qué es un intendente municipal de Paris? Un caballero con
casaca bordada que casa á las solteronas y á las viudas inconsolables,
y que dos veces al año sube en carroza de gala para saludar al señor
Prefecto y comer en la casa municipal. Esos si que son grandes honores, y
por lo tanto, nunca se les compra demasiado caro; pero, ¿qué me importa
eso á mí, simple particular, que no tengo mas privilejio que pagar un
presupuesto que no voto? Y no sé á quien representa un intendente; pero
de cierto no es á sus administrados. Así, pues, que lo nombre quien
quiera; yo soy médico y no me incomodo por nada.
Por toda respuesta M. Rose me agarró el brazo y me tomó el pulso.
--Terrible doctor, me dijo, qué malos ratos me dais con vuestras
eternas bromas; os he creido con el cerebro trastornado. Ciudadano de
un pais libre, ¿es á vos á quien hay necesidad de decir que hoy dia
están en juego nuestros mas grandes intereses? ¿No es el intendente
el primer personaje de la ciudad, el representante de nuestras ideas
y de nuestros deseos? Policia, mercados, calles, escuelas, no es el
intendente acompañado de nuestros consejeros, el que arregla todo, con
la soberana voluntad que nuestro voto le confiere? Si tiene superiores
en el Estado, ¿los tiene en la ciudad? ¿Recibe órdenes de alguien? ¿No
es él nuestro brazo derecho, nuestro órgano, nuestro ministro; no es á
nosotros solos á quienes responde de sus actos y de su presupuesto? ¿Y
quereis que semejante eleccion nos haga permanecer indiferentes? Por mi
parte me preocupo muy poco de lo que hacen en Washington los señores
charlatanes elocuentes del Oeste ó del Sud; pero Paris, es mi bien, es
cosa mia; es la tumba de mi padre, es la cuna de mis hijos. Amo todo en
Paris, hasta sus berrugas y sus manchas, amo sus viejas calles donde he
jugado en mi infancia, amo sus nuevos _boulevards_, grandes arterias de
la civilizacion, amo sus iglesias góticas que me hablan del pasado; amo
sus esplanadas y sus escuelas que me hablan del porvenir. Para mi es, que
cuarenta jeneraciones han enriquecido este pedazo de tierra; hay en esto
una herencia que he recibido de mis padres, y que quiero trasmitir á mis
hijos, despues de haberla embellecido. No permito que sin mi voluntad se
toque una piedra ni una institucion de mi querida ciudad, de mi verdadera
patria. ¡Soy Parisiense, Paris es mio!
--Rose! amigo mio! esclamé, sois el Ciceron de los boticarios; pero la
elocuencia tiene el privilejio de decir lo contrario de la verdad. No
es sériamente que hablais de confiar á uno de nosotros, á un simple
ciudadano la policia de semejante _Pandemonium_; se necesita aquí una
mano firme é independiente que nos conduzca á pesar nuestro.
--Papá, dijo Susana, porqué mortificais así al bueno de M. Rose? vos
sabeis bien que el intendente es el que elije los _policemen_; vos mismo
habeis hecho nombrar al que cuida vuestra calle.
--¿Quizá tambien, agregué con aire de lástima, haceis votar los impuestos
municipales por los que los pagan?
--Sin duda, dijo Rose, ¿quién es el que tiene derecho á votar un gasto si
no es el que lo sufre?
--¡Tendreis un lindo presupuesto! ¡Hé ahí un bonito modo de juntar
millones! Y cuando abrís calles nuevas, ¿consultais tambien á los
habitantes, á fin de conjurar contra vosotros el egoismo de los intereses
privados?
--¿A quién se consultaria entonces? preguntó el inocente boticario;
supongo que las calles son hechas para nosotros, y nuestros intereses
privados forman, reuniéndolos, el interés jeneral.
--Perfectamente! perfectamente! esclamé riendo: todos han mamado la
misma leche. Buen Dios! qué necesario seria embutir á martillazos en
estos cerebros estrechos las grandes ideas de la civilizacion moderna!
Si viesen los milagros de la centralizacion, comprenderian al fin que
nuestros negocios nunca son mejor manejados que cuando pasan sin nuestra
voluntad, á manos de aquellos que no tienen en ellos el menor interés! Y
las escuelas, agregué, son tambien los padres de familia los que votan
el impuesto y fijan la cifra del gasto? Tendria curiosidad de conocer el
total.
--El gasto de las escuelas, dijo M. Alfredo, apurado por hacer admirar su
erudicion, todo el mundo lo vota; la educacion es la deuda comun; todos
se hacen un honor en contribuir. Antes de ayer se estableció el impuesto
de 1862: son dos dollars por cabeza, sin contar lo que dá el Estado.
--Diez y seis millones de francos votados por un millon y seiscientos mil
habitantes de Paris, para las escuelas de la gran ciudad! esclamé; eso
jamás se ha visto y nunca se verá: es imposible.
--Papá, repuso vivamente Susana; puesto que Alfredo lo dice, debe ser
verdad.
--Pues entonces, mis queridos amigos, dije á mi vez, es necesario
aullar como los lobos. Si nuestros negocios son verdaderamente nuestros
negocios, si Paris es nuestro y no del Estado; si votamos y consumimos
nosotros mismos nuestro dinero, cosas todas increibles, enormes,
contrarias á la esperiencia y al buen sentido, yo cedo á la locura
comun! Un Parisiense que no es un estranjero en Paris, un Parisiense que
tiene voto en el capítulo municipal, un Parisiense que habla y que se le
escucha, es un fénix que no se vé sinó en América. Vamos á votar, y viva
Green, intendente de Paris.... en Massachusetts!
--Viva Green! gritó toda la pandilla, dirijiéndose á la tienda del
especiero.
--Papá, dijo Susana, abrazadme antes de partir. Sabeis, agregó al oido,
que vuestro nombre figura en la lista?
--¿Qué lista, hija mia?
--La lista de los oficiales municipales. En el _París Telegraphe_ un
comité de electores os propone, como inspector de calles y de caminos, al
lado de M. Humbug á quien quieren nombrar juez de paz. Ved papá; y del
bolsillo de su delantal sacó la señorita el diario. Qué pais aquel donde
una jóven enamorada lée el diario y se interesa en las elecciones!
Tomé el _París Telegraphe_; mi nombre escrito en grandes carácteres y
acompañado de un elojio conveniente, figuraba en cabeza de la lista.
Esto me hizo un efecto singular. Criticar al poder haga lo que haga, es
cosa que entiendo, soy Parisiense. Vituperar y rezongar contra nuestros
amos, es la única parte de libertad que el mismo gran rey no ha podido
quitarnos: es el consuelo y la venganza de nuestro ócio político. Pero,
administrar y mandar, obrar en vez de gritar, salir de la oposicion
para encontrarla á su frente, y reducirla al silencio á fuerza de celo
y de éxito, era para mi una perspectiva desconocida y encantadora; la
ambicion comenzaba ya á filtrar en mi corazon. Pensaba que la víspera
habia sido severo con Humbug (un diario es una influencia), y que quizá
habia hablado demasiado rudamente á Rose y á sus hijos: eran diez
electores!.... Asi me apresuré á abrazar á Susana, y, corriendo hácia
el boticario entablé con él una conversacion confidencial sobre unas
píldoras admirables, inventadas por mí, píldoras destinadas á hacer una
revolucion en la práctica, no menos que la fortuna del médico que las
ha imajinado y del farmaséutico que las venda. Un extracto concentrado
de manzanilla es un remedio heróico que sana en ocho dias la incurable
y dolorosa enfermedad de las jentes de ingenio, la dispepsia. Yo
aguardaba para la academia de medicina las primicias de este maravilloso
descubrimiento; hacia diez años que tenia principiada mi memoria; pero
cuando la ambicion nos invade, adios prudencia! La gloria académica
dejaba de deslumbrarme; la inspeccion de las calles me abria la carrera
política,--era candidato!