De la máxima protectora,--que la vida privada debe ser sagrada.
Me habia acurrucado en mi sillon, reflexionando en mis adentros sobre el
triste espectáculo que tenia á la vista. Anarquia devorante, espionaje
jeneral, perturbacion universal, el gobierno en manos de todo el mundo,
hé ahí esa prensa tan ponderada! Enregimentad pues, un pueblo con
semejante enemigo á vuestro lado!
--Eh bien, querido doctor, me dijo Truth con voz cariñosa, ya sabeis
ahora como se hace un diario. ¿Os seduce?--¿sereis mi sucesor?
--Nunca! jamás! respondí echando para atras mi asiento por un movimiento
involuntario. Lo que veo me espanta; os jugais con todo lo que me han
enseñado á mirar como respetable y sagrado. Que se ataque á un ministro
ó á los diputados, poco me importa, estoy habituado á ello; en todos
tiempos los ministros han servido de blanco á los señores folletinistas;
el gacetero mas célebre es el que hecha abajo dos ó tres. Si hay paises y
pueblos á quienes divierte esa destruccion, que les haga buen provecho!
Les deseo dos ó tres revoluciones para curarlos.... Pero la vida privada,
señor, debe ser sagrada, entendeis, completamente sagrada.
--¿Quién ha dicho eso?--preguntó Humbug, con un aire pillo que no probaba
sino su ignorancia.
--Señor Humbug, respondí, es M. Royer-Collard, un gran metafísico, que
jamás ha tenido ideas propias; pero que ha fundido en bronce y grabado en
acero las ideas de otro. El es, el ilustre sábio, que ha pronunciado esta
palabra de oro, que debiera fijarse en toda oficina de diario: _La vida
privada debe ser sagrada_.
--Vuestro gran metafísico ha dicho una necedad, respondió Humbug. ¿Acaso
puede uno ser un pícaro en la vida privada y un Fabricio en la vida
pública? ¿Qué es la vida privada? ¿Dónde comienza, dónde concluye? Gritar
al perro rabioso ¿es un ataque contra la vida privada ó contra la vida
pública? Si nuestra marina es robada por impudentes proveedores? es la
vida privada la que se ataca denunciando al ladron? Si el honorable M.
Little, rico con los millones de otro, quiere una vez mas despojar á los
simples en provecho de su codicia insaciable; ¿es atacar su vida privada
decirle á M. Little que es un bribon?
--Señor, dije á aquel impudente, vos no dudais cuanto podria responderos;
pero bastará una palabra. Hé ahí al intendente de Paris que ha cedido á
una desgraciada debilidad. Quizá ha caido en el lazo tendido por alguna
sirena de baja ralea, y á no dudarlo, esta falta no la ha cometido en
calidad de majistrado municipal.
¿A qué viene ese ruido, ese escándalo, esa difamacion de un hombre cuyo
error, no os concierne, al fin del cuento?
--¿Para qué?--dijo Truth con una frialdad digna de Robespierre, para
hacerlo presentar su renuncia. ¿Quereis que prediquemos en nuestras
familias el respeto al vínculo conyugal y el horror al vicio, en
presencia del adulterio entronizado en la casa municipal?--Eso no se
puede. Es el honor de la vida privada lo que nos responde de la virtud
pública. De otra manera, la política es una comedia donde cada uno lleva
una máscara, desempeña un papel y se divierte en hablar de conciencia,
de derechos, de deberes, sin creer palabra de lo que dice. Puede suceder
que los pueblos niños se diviertan con esas farsas peligrosas, y que
concluyen siempre mal; pero en América todo es sério. Que nuestros
corrompidos vayan, si les agrada, á arruinar su salud, y comerse su
dinero del otro lado del Atlántico: entre nosotros es necesario ser
respetable para ser respetado.
--Hé aquí una carta del intendente, dijo un empleado; presenta su
renuncia.
--Señor Truth, esclamé, todavia hay tiempo, detened la impresion del
diario, haced desaparecer una sentencia que no concierne sino á un
simple ciudadano, un juicio que va á hacer la deshonra de un hombre y la
desgracia de una familia. Borrad de vuestro resumen esas líneas odiosas
que hieren con una nueva mancha, y que la justicia no ha previsto, una
falta escusable sin duda. ¿No hay mas que Catones en América?; y, ya que
siempre hablais del Evanjelio, ¿no hay alguno entre vosotros que haya
leido la historia de la mujer adúltera? En nombre del cielo, sed humano.
--Yo no soy ni humano ni cruel, respondió Truth con su tono glacial; no
soy una persona, soy un diario, es decir: un éco, una fotografia. El
resumen quedará como está; lo siento por el culpable; pero, yo tambien
tengo una mision que cumplir, no transijo con la verdad.
--Pero esa mision, esclamé indignado, os la dais vos mismo!
--¿Es menos santa por eso? replicó el periodista. Comprended, pues,
el papel que desempeño. En una sociedad enteramente ocupada de sus
asuntos, de sus intereses, y que sin embargo se gobierna á sí misma
¿cómo se conserva la libertad?--¿Cómo se mantienen y engrandecen las
ideas jenerosas? ¿Cómo se respeta el derecho, cómo se estima la virtud
y se recompensan los servicios? Gracias á la prensa, invencion mas
admirable todavia que la del vapor y la de la electricidad. Nosotros
los periodistas, somos el éco de la sociedad, éco formidable, trompeta
estrepitosa, que aumenta todos los ruidos, los esparce hasta los confines
del hemisferio y va á despertar la conciencia pública mas embotada. El
bien ó el mal, todo nos sirve; el bien, para hacer palpitar de gozo
y de emulacion á todos los corazones; el mal, para sublevarlos de
indignacion y de disgusto. Ayer habeis realizado un acto heróico.--En
Rusia, en España ¿quién lo habria sabido?--algunos amigos, algunos
vecinos, un barrio. Gracias á nosotros, treinta y un millones de hombres
van á repetir el nombre del doctor Smith; tres millones de jóvenes
envidiarán vuestro valor y se prometerán imitarlo. Hé ahí la obra de
esos panfletistas, á los cuales estimais tan poco. Hoy dia se ha dado un
escándalo, una falta cometida por un majistrado. La justicia ha condenado
al hombre, la prensa condena el crímen y lo hace odiar y detestar por
toda la nacion. Mientras mas grande es la caida, mas formidable es la
leccion. Nuestra dureza apesadumbrará á una familia y herirá á algunas
almas tímidas; salvará de una debilidad semejante á millares de hombres
á quienes alentaria la impunidad. Sin duda alguna, nuestro rigor nos
valdrá una enemistad mortal--¿Qué importa?--¿Pongamos en balanza nuestro
deber y nuestro interés? Doctor, sed menos severo con nosotros.--Teniendo
necesidad de estas cualidades para ser periodista, ¿cuántos hombres de
estado serian capaces de desempeñar nuestra mision,--cuántos aceptarian
resueltamente nuestros peligros y nuestra obscuridad?
--Bravo, Truth! gritó Humbug; hablais como un libro, mi buen amigo,--como
un libro que dice la verdad: _Rara avis in terris, nigroque simillima
cycno_.
--Hay ambiciones que se ocultan, repuse, furioso contra Truth y contra
mí mismo (las palabras del sofista me habian conmovido); tal se cree
virtuoso haciendo alarde de severidad, que, en el fondo, sin saberlo, es
juguete de su propio interés y corre tras la fortuna.
--La fortuna, dijo Humbug, no ha sido hecha para los periodistas. Doctor,
amigo, el mundo es un teatro donde figuran tres clases de personas:
espectadores, actores, autores. Los espectadores, sois vos, es Green, es
Rose, son todos esos buenas jentes que no tienen ni vicios ni virtudes
y que viven á la sombra de su viña y de su higuera. Los actores son una
banda celosa que se parece á todas las compañías de teatro. El ambicioso,
los charlatanes elocuentes, el avaro, el cobarde, el tirano, el lacayo,
todos desempeñan su papel con gran placer del público, que aplaude
á menudo, silba algunas veces y paga siempre. Esos primeros actores
necesitan hermosos trajes, palacios, oro, mucho oro. Conocen el capricho
de la multitud y abusan de él. En cuanto á los autores, en cuanto al
poeta que ha creado la palabra á la órden del dia, que ha escrito el
aire en voga, ó inspirado un trozo de literatura, á ese se le arroja un
pedazo de pan y se le desdeña. ¿Qué es la idea para los hábiles? nada
mas que una escarapela, todo está en usarla apropósito. Gritad durante
veinte años que la libertad es la salud de los pueblos, y no sois mas que
un éco, odioso á los que mandan, importuno para los que sirven. Llega
un dia en que el pueblo cansado quiere sacudir el peso que lo abruma,
el primer temerario que inscriba en una bandera la palabra que habeis
repetido veinte años, ese será el elejido de la multitud; honor, dinero,
poder, todo será para él. Una hora hará la fortuna de ese primer papel;
él no tendrá nunca bastante desprecio para el periodista oscuro que, con
veinte años de sufrimientos y de peligros, le ha preparado su triunfo? El
pueblo juzgará como el actor. ¿Quereis una moraleja para mi cuento? Paris
va á nombrar un intendente; estad seguro que se pensará en todo el mundo,
escepto en un solo hombre que honraria ese destino; ese hombre es Truth.
El dia que muera en la demanda, si yo no estoy ahí, no tendrá dos líneas
de elojio en su propio diario. ¡Hé ahí como se recompensa en América la
virtud cívica! y sin embargo, somos el primer pueblo del mundo: _Ab uno
disce omnes_. Juzgad ahora de nuestra ambicion.
--Humbug, amigo mio, dijo Truth, ¿en nada contais el honor de ser amado
y elojiado? La puerta se abrió por segunda vez, y se vió alargarse un
hocico de garduña que no podia pertenecer sinó á M. Fox. Era él, mas
risueño que nunca.
--Señor Truth, dijo con su mas almibarada voz, ¿tendriais la bondad de
anunciar en vuestro exelente diario que el honorable M. Little acaba de
donar diez mil dollars al hospicio de niños, cinco mil dollars á los
pobres de la ciudad y cinco mil á la biblioteca municipal?
--El empréstito mejicano vá bien, dijo Humbug: Little es un judio piadoso
que paga el diezmo al Señor.
--El empréstito mejicano está abandonado, respondió Fox; M. Little se ha
asegurado de que las garantías ofrecidas por el gobierno de Méjico no
eran sérias.
--¿De dónde viene esa jenerosidad sospechosa? preguntó Humbug: ahí
hay una terrible especulacion en juego, y esos veinte mil dollars nos
costarán caro.
--Siempre sospechas,--interrumpí yo, y ¿por qué?
--Es que soy un viejo periodista, respondió Humbug; creo en la virtud de
los banqueros como en la simplicidad de los cuácaros.
--Se os convertirá, viejo pecador, respondió Fox riendo.
--¡Gran noticia en la Bolsa! dijo M. Eujenio Rose, volviendo á entrar.
--El empréstito mejicano ha sido retirado, dijo Humbug, ya lo sabemos.
--Pero lo que no sabeis es que el intendente ha presentado su renuncia, y
que se propone á M. Little para reemplazarlo.
--¡De veras! dijo Fox; eso no es posible. M. Little no me ha dicho ni una
palabra; dudo aun que sus numerosos negocios le permitan desempeñar ese
importante puesto.
--Escelente Fox! esclamó Humbug, si tiene la inocencia de un cordero! Vos
vereis, abogado honrado, como M. Little se decidirá á ese gran sacrificio.
--Pero nosotros somos jentes delicadas, dijo Truth, y por nuestra parte,
no le impondremos una carga tan pesada; combatiremos su eleccion.
--¿Y por qué? esclamó Fox.
--Ese, dijo Humbug, ese es el secreto de la comedia; no se pregunta.
--De manera que, replicó Fox, os encontramos siempre contra nosotros,
virtuosos puritanos, raza orgullosa é insaciable; pero que me condene si
no vengo algun dia á quemaros en vuestro avispero, abejones inútiles que
no sabeis sino fatigarnos el oido con vuestros odiosos zumbidos!
--Fox, amigo mio, dijo Humbug, no pongais mi paciencia y mi brazo á
prueba: os haré pasar por la ventana.
Fox no esperó una amenaza cuya ejecucion era demasiado cierta; por mi
parte, salí, conmovido y turbado con todo lo que habia escuchado. La
razon y la educacion me decian que la prensa es una arma cargada contra
el poder y la sociedad; veinte veces los mas sábios ministros me han
inoculado esta verdad preciosa; pero por otra parte, estaba impresionado
por lo que habia de grande y de jeneroso en la conducta de Truth, de
bravo y de decidido en el papel de Humbug. Tomar á pecho la causa de las
gentes honradas contra todos los bribones, de que rebalza el mundo, estar
todos los dias de caza, y perseguir sin descanso el robo, la injusticia
la mentira, es algo sin embargo. Un pueblo que cuenta con tales hombres
no es un pueblo vulgar.
--Bah! díjeme espantando los escrúpulos vanos, esta es una escepcion.
Lo mas acertado será suprimir los diarios; se dirá que es suprimir el
remedio y no el mal; pero cuando el mal no tiene remedio, uno se resigna;
si uno se muere, al menos muere sin quejarse. Es una gran ventaja... para
los médicos.
Iba á esa altura en mis reflexiones, cuando, del medio de la calle salió
una voz que me llamó,--la voz de Susana. Se aproximaba en un _cabriolet_
de dos ruedas, dirijido por Marta. El caballo era seguro, y Marta era
una muchacha prudente que se servia mas de las riendas que del látigo;
pero en el ángulo de la calle de Taitbout y de la calle de Helder, me
equivoco, en la esquina de la sétima y octava avenida, hay un terrible
empedradito, hecho, segun creo, por algun veterinario interesado, porque,
hace diez años, no se pasa un dia sin que se caigan en él los caballos.
El corcel de Marta estaba predestinado: al aproximarse á mí, la pobre
bestia se arrodilló de repente; Marta fué arrojada por encima de la
cabeza del caballo, Susana cayó en mis brazos, y del choque me echó en
tierra, rodando ella conmigo por el suelo.
Me levanté furioso y cubierto de polvo. Susana tenia el rostro arañado;
Marta estaba ensangrentada.
--¿Estais herida, Marta? esclamé.
--No, señor, no es nada, dijo; la diestra del Eterno me ha sostenido; no
tengo sino la punta de la nariz estropeada.
Y hénos á ambos ocupados en desencillar y levantar el caballo.
Cuando el caballo fué puesto al tiro--Pardiez! esclamé, es una
verguenza que una administracion municipal consienta hace diez años un
rompe-cabezas semejante, á mi puerta, en la calle mas frecuentada de la
ciudad. ¡Y de rabia me entré á la oficina del diario!
--Doctor ¿qué teneis? dijo Humbug siempre riendo; habeis comenzado ya
vuestra lucha electoral con Fox. A juzgar por vuestro traje, no habeis
salido bien parado.
--Lo que tengo, dije, es que es abominable que haga diez años que se
deje un empedrado en semejante estado, es que mi caballo acaba de rodar,
es que mi hija está herida en el rostro, es que la cocinera casi se ha
muerto; estoy furioso, quiero quejarme, pido justicia. Estamos en Paris
en América, la obtendré. La publicidad pondrá á todo el mundo de mi
parte. Dadme una pluma y tinta, voy á dirijiros una carta severa, en que
trataré á la administracion como merece.
--Aquí teneis lo que deseais, dijo Humbug; y además un dollar.
--¿Un dollar? ¿Para qué?
--Pagamos siempre un dollar á los que nos traen un _hecho diverso_; no
os hagais de rogar, doctor; guardadlo y ponedlo en un cuadro con la
fecha. El os recordará que la prensa es la voz de todos, y que habeis
comprendido esta gran verdad el dia que habeis sufrido.
--Humbug, respondí, esas palabras que lanzais al viento con vuestra
lijereza ordinaria, tienen mas alcance de lo que pensais; no las
olvidaré. Por la mañana cuando lea el diario, cada queja me recordará
un sufrimiento que mañana puede ser el mio, un mal que puedo cortar ó
evitar, asocíandome al grito público.
--Bravo! doctor, sois un gran filósofo. Cuando se abren vuestros ojos,
gritais: _Et lux facta est_. No importa eso; pronto os apercibireis
de otra verdad no menos grande: que en resumidas cuentas la libertad
de la prensa no aprovecha sinó á las jentes honradas. Basta esto para
enseñarnos cuales son sus enemigos.