CAPITULO IX.

Donde se le dice su merecido á la verdad.

Cuando la crisis hubo pasado, y el enfermo recobró aliento, Humbug apoyó

ambos codos sobre la mesa, y con una voz que trató de hacer alegre, sin

conseguirlo:

--Mi querido Truth, dijo no resistais por mas tiempo á vuestra

verdadera vocacion; haceos pastor. Los vicios son de buena pasta; se

dejan maltratar sin decir palabra. Todos los domingos se les fustiga

vigorosamente sobre los hombros del prójimo, despues de lo cual se

almuerza en paz y se come lo mismo. Pero esos bípedos que se creen

hombres por que caminan en dos pies, esos lobos con sombrero redondo,

esos zorros con lentes, esos monos encorbatados, esos ganzos con levita

negra, á esos es necesario mirarlos de cerca para reir de su crueldad, de

su avaricia, de su cobardia, de su estupidez. El que los toma á lo serio,

muere con el corazon despedazado.

--Hé aquí á mi sucesor, dijo Truth tomándome de la mano: el doctor será

un buen asociado para vos.

--El doctor! respondió Humbug, es imposible: si tiene traza de cervatillo!

--¿Cual es pues, esclamé, la especie de bestia que produce los

periodistas?

--Para ser un buen periodista, dijo Humbug con gravedad cómica, se

necesita la cara de un perro, el olfato de un perro, la impudencia de

un perro, el valor de un perro y la fidelidad de un perro. La cara de

perro para intimidar á los picaros: el olfato del perro para sentirlos de

lejos, la impudencia del perro para ladrar tras de ellos apesar de sus

gestos y sus amenazas: el valor del perro para saltarles á la garganta:

la fidelidad del perro para irse, detenerse y volver al primer llamado de

la verdad.

--Señor director de los avisos, dijo yo con impaciencia, no suponia que

tuvieseis por la verdad una pasion tan viva y tan desinteresada.

--¿Porqué no, sabio Esculapio? respondió en tono chocarrero. ¿Creeis

que no sé que dos y dos son cuatro? ¿Qué es lo que hace el precio de los

avisos? El número de lectores. ¿Qué es lo que trae lectores? La opinion.

¿Engañando acaso á la opinion se la gana? La verdad es el cuerpo del

diario; los anuncios no son sino la crinolina, ridículo traje, provisto

por la mentira y la vanidad. _Desinit in piscem mulier formosa superné._

¿Quien tiene la culpa? El espíritu y el buen gusto del público.

--Señor, le dije haciendo dar vueltas la tabaquera en mis manos para

apoyar mis palabras, toda verdad no es bueno decirla. Hay algunas que

turban y desgarran la sociedad.

--Si, querido doctor; la verdad es revolucionaria.

--Al fin, esclamé, lo confesais!

--Sin duda. Ved la Reforma. ¿A qué precio ha libertado la conciencia?

--Eso es, dije yo, golpeando con mi baston, eso es!

--Y el Evanjelio, respondió Humbug. Qué trastorno! Una civilizacion

destruida, Jupiter destronado, los Césares despreciados y derribados.

Cuán conveniente hubiese sido que ahogasen en su orijen á esta verdad que

mataba un mundo y engendraba uno nuevo! Eh! bien, querido Hipócrates ¿no

decis nada? ¿Y la Revolucion Francesa?

--Señor, esclamé, no toquemos las cosas sagradas. La resistencia de los

privilejios fué la que hizo todo el mal. Confesad que hay verdades que

asustan.

--Si, como la luz intimida á los ladrones.

--Hay algunas que son odiosas, para quien las escucha.

--Sí, cuando se perturba la embriaguez, ó se recuerdan los remordimientos.

--Hay algunas que son peligrosas para los que las dicen.

--Sí, cuando tienen un corazon de esclavo ó de lacayo. Di la espalda á

aquel sofista desvergonzado que no temia atacar sabias preocupaciones y

sacudir la almohada en que el mundo duerme en paz hace dos mil años. Me

dirijí á Truth, que habia vuelto á empezar sus recortes y que parecia no

escucharnos.

--¿En qué pensais, querido enfermo? le dije; nuestra conversacion os

fatiga quizá.

--Doctor, respondió sonriendo, perdonad la impertinencia de mi fantasia,

pensaba en Pilatos. Escuchaba á este grave administrador decirle á

Cristo: _¿Qué es la verdad?_ y salir sin esperar la respuesta. En tiempo

de Tiberio César, habriais sido un excelente gobernador de Judea.

--Qué! agregó animándose, no sentis que para nosotros los hombres, la

verdad es la vida, y que la mentira es la muerte? Buscad á vuestro

alrededor paises prósperos, ilustrados, honrados, caritativos: ¿no

son aquellos donde cada cual puede decir la verdad, toda la verdad,

sin escepcion de personas, sin respeto á las preocupaciones, á los

privilejios, á los abusos? Buscad los paises miserables, ignorantes, sin

moralidad; ¿no son aquellos donde reina la mentira oficial bajo todas

las formas? Contemplad la grandeza de la Inglaterra, el crecimiento de

la América, la fortuna naciente de Australia. ¿Cual es la fuerza que en

ochenta años ha levantado á nuestros Estados-Unidos de tres millones

á treinta y un millones de habitantes? No os engañeis: es la verdad.

Dejad á los políticos hacer armazones de sistemas y combinar formas de

gobierno; ved cuales son las instituciones vivas de los pueblos libres.

Escuelas, asociaciones, tribuna, prensa, ¿qué es todo esto, sino otros

tantos instrumentos con el objeto de propagar la verdad y captarse todos

los corazones? Contad los diarios de un pueblo y tendreis su rango en la

escala de la civilizacion: es un termómetro que nunca engaña. ¿Porqué?

Es que la verdad no es, en otros términos, sino la ley que gobierna el

mundo moral: es que hay relaciones naturales entre los hombres, como las

hay entre las cosas. Reconocer y respetar esas relaciones, es reconocer y

respetar la verdad, ó mejor dicho, á Dios mismo, presente en el mundo por

su voluntad todo poderosa.

--Querido señor Truth, respondí, un poco conmovido por este flujo de

palabras, Humbug tiene razon: habeis nacido para predicar. Pero la

esperiencia me ha enseñado hace mucho tiempo que la práctica es lo

contrario de la teoria. ¡Cuántas verdades admirables de lejos, se

desvanecen en la prueba! Todos los dias oigo repetir que los hombres son

hermanos, que la mujer es la igual del hombre, que los gobiernos son

hechos para los pueblos........

--¿Y dudais?--dijo Truth.

--No, no dudo _teóricamente_; pero tratad de poner en práctica esas

bellas máximas: ¿á donde iriamos á parar?

--Al reino del Evangelio, respondió el periodista con singular gravedad.

Si teneis un ideal mas noble, decidlo: si no teneis nada que poner, en su

lugar, no desempeñeis el triste papel de Mefistófeles. La humanidad tiene

la necesidad de creer y de esperar.

--Pero doctor encantador, que no creis en la teoria, esclamó Humbug con

risa impertinente, ¿cuando hablais, sabeis lo que decis? ¿cuando dais un

remedio á vuestros enfermos, sabeis lo que haceis?.... No os incomodeis;

si lo sabeis, haceis teoria apesar vuestro; si no lo sabeis ¿qué razon

teneis para estar tan orgulloso de no raciocinar?

Hundíme en el sillon, crucé las piernas y los brazos y mirando á Humbug

en pleno rostro:

--Señor, le dije, escuchadme sériamente, si sois capaz de algo serio.

En teoria, lo diré una vez mas, amo la verdad, la amo tanto como podeis

amarla vos; pero la prensa no es la verdad. Hay en ella una mezcla de

pasiones, de injurias, de mentiras que sublevan todo corazon delicado.

La salvaje libertad que reina en este pais no es de mi gusto. He

refleccionado largo tiempo á este respecto, y os diré, si os dignais

comprenderme, como se puede organizar la prensa, administrar sabiamente

la verdad, abolir la licencia del mal, y no dejar sino la libertad del

bien.

--Impedid á los perros que ladren, esclamó Humbug echándose á reir, y

está hallada la cuadratura del círculo.

--Supongo, continué sin responder á esta patochada, supongo un gobierno

ilustrado, moral, paternal, que no piensa sino en el bien de sus súbditos.

--Doctor, eso es teoria!

--No señor, es observacion. En este gobierno hay ministros

inteligentes........

--Comprendo, dijo el insoportable bromista, ministros ilustrados,

morales, paternales, y que no piensan sino en el bien de sus

administrados.

--Si, señor, y estos ministros tienen bajo sus órdenes millones de

agentes........

--Todos ilustrados, morales, paternales etc., en una palabra, una lejion

de ánjeles con frac negro.

--En nombre del cielo, Humbug, callaos, esclamó Truth. Dejadlo concluir

su cuento de hadas; me parece oir á un Francés que se imajina raciocinar

porque enfila paradojas y surce palabras.

--Señor Truth, respondí secamente, la razon y la esperiencia hablan por

mi boca; escuchadme. En manos de este gobierno, que todo lo sabe, que

todo lo vé, que todo lo entiende, que no tiene ni preocupaciones, ni

pasiones, en esas manos es, decia, en las que pongo el depósito de la

verdad; no quiero por esto darle el monopolio, soy amigo de la libertad,

pero reglamentada, limitada y moralizada! Reduciria el número de los

impresores, de modo de hacer de la tipografia una censura prudente y

discreta, un sacerdocio conservador; en seguida, limitaria el número

de los diarios, de modo de constituir un pequeño número de tribunas,

verdaderas cátedras de donde no se dejaria hablar sino á la decencia

y á la moderacion. Habria periodistas como hay sacerdotes, es decir,

ministros de la verdad que recibirian del gobierno su investidura y su

símbolo. Si, apesar de la sabia direccion del Estado, algun gacetillero

insolente, olvidando la gravedad de sus deberes, faltase al respeto que

debe á la autoridad, personificacion de la justicia y de la verdad,

entonces no recurriria al juri, que tiene la mano pesada y deja deslizar

entre sus dedos mas de una inocencia dudosa; es á la administracion,

siempre paternal y protectora, á quien yo dejaria la santa mision

de confundir la mentira, en caso de necesidad, de contenerla antes

que aparezca--Es á la administracion, siempre prudente, ilustrada,

desinteresada, y que sabe mejor que nadie, lo que la conviene y lo

que la daña, es la administracion la que herirá á la audacia y la

ignorancia; ella ahogará la oposicion naciente como Hércules en la cuna

ahogó las serpientes. Gracias á esta higiene ingeniosa, los diarios

serán un alimento inocente, un remedio en vez de un veneno. La prensa

será una antorcha en manos del gobierno: no se temerá ya el incendio.

Se prepararán preocupaciones útiles, errores saludables; se sujetará la

verdad á las necesidades del Estado á la fuerza de las poblaciones; y si

alguna nueva doctrina aparece en el estranjero, se esperará á que haga

fortuna en el pais de su orijen, antes de molestar á almas tranquilas y

que no aspiran sino al reposo. Hé ahí mi teoria: señor Humbug ¿qué decis

de ella?

_D--d rascal!_ esclamó descargándome sobre el hombro un puñetazo, capaz

de descornar á un buey. ¡Cuán feliz es uno con tener injenio, siempre se

tiene una bestialidad á mano que decir! Con su aire solemne, he visto el

momento en que este socarron mistificaba á un viejo Yankee como yo.

--Señor Humbug, le dije frotándome el hombro, esos argumentos groseros no

son de mi gusto. Pegar no es responder!

--Estrangular tampoco! gritó el periodista riendo. Continuad, doctor;

sois mas entretenido de los que pensais! _Verba placent et vox_. Pero,

adios: ha llegado la hora de hacer el diario; tiempo es dinero--me

arruinais!

Una vez solo con M. Truth, le pregunté, si no estaba sorprendido como yo

de lo que habia de profundo en el sistema que le exponia; si podía poner

en términos de comparacion á la turbulencia y al desorden de la prensa

americana con ese mecanismo compacto que debia en poco tiempo embridar al

pueblo mas ardiente del mundo, y darle la habitud de la moderacion y el

gusto de una inocente libertad.

--Doctor, dijo con dulzura, soy del parecer de Humbug: os reis de nuestra

simplicidad. Esa doctrina, que nos presentais como una invencion nueva,

hace mucho tiempo que la conozco. Es el dogma de la inquisicion: la

verdad hecha cosa oficial, _instrumentum regni_, y monopolizada por

la Iglesia y el Estado. Hace tres siglos que Lutero ha soplado esas

peligrosas quimeras y repuesto á cada cristiano en posesion de su

conciencia y de su derecho. En los primeros dias del mundo la verdad

salió de la caja de Pandora, con tantos otros bienes, que son otros

tantos males en manos inespertas; buscar la verdad, es la obra de

todos,--apoderarse de ella, no pertenece á nadie. No os pagueis de

palabras: Gobierno, ministros, funcionarios, qué es todo esto, sinó

hombres que no son ni mas infalibles ni mas sábios que nosotros? Hacer

de ellos los dispensadores de la verdad, es un sueño. La verdad es de

todo el mundo, como el aire y la luz; lo único posible es ahogarla, no

impedir que los hombres piensen, sino que hablen. ¿Quién se aprovechará

de tan detestable invencion? ¿La autoridad? Será la primera víctima. Se

la engañará sin cesar; bastará un puñado de intrigantes para seducir

al majistrado mas honrado y comprometerlo en las mas locas aventuras.

¿No veis, por otra parte, que dais á vuestro gobierno todo el poder de

hacer mal, con tal que tenga el cuidado de raciocinar mal? ¿Ganarán con

ello los ciudadanos? Desde el momento en que la cosa pública no les

pertenezca, les quitais lo que hay de mas noble, de mas bello, de mas

grande en la vida: el amor á la patria, la pasion de la libertad. Quitad

la ajitacion de la tribuna y de los diarios, y la sociedad no será sino

una agua mansa de donde saldrán la corrupcion y la muerte. ¿Asegurareis,

por lo menos, la prosperidad material, único incentivo de la multitud?

Muy al contrario: la riqueza es el fruto de la libertad. No hay

seguridad, ni rentas, ni comercio, ni industria, sino en los paises donde

pululan esos diarios cuya voz os importuna. El silencio es el triunfo

de los nécios, la noche no es el reino de las jentes honradas; dejadnos

la luz, el ruido y la vida. Recordad que en Roma tambien se gritaba

contra la charlatanería de los tribunos; que un dia Syla los hizo callar,

con gran placer de los utopistas, y que, desde entonces comenzó una

decadencia, de la que el mismo cristianismo no pudo levantar al universo.

--Permitidme, respondí, admirado del curso que tomaba la discusion; no

pretendo haber encontrado la piedra filosofal en política. Todo sistema

tiene sus abusos; es una cuestion de proporcion. Confesad que el lenguaje

de vuestros diarios es espantoso, y que no hay mal mas horroroso que su

licencia desenfrenada.

--Doctor, vos sabeis lo que dice el Evanjelio; _Es en el fruto en lo que

los conocereis_. Encontradme un pais donde haya mas luces, mas caridad,

mas prosperidad material que en América.

--No veo sino escándalo por todas partes, respondí. Los fundamentos

mismos de la sociedad se hunden en esa arena movediza que llamais la

democracia. ¿Qué es lo que respetais? ¿La relijion? Eh bien! que un

pastor falte á su deber, que su conducta sea lijera, en el acto veinte

periodistas se echarán á reir, como el indigno hijo de Noé, en vez de

ocultar á todos las miradas una debilidad cuya deshonra repercute sobre

la Iglesia.

--La verguenza, dijo Truth, es para la Iglesia que patrocina la causa

del culpable, no para la Iglesia que arroja de su seno á un miembro

gangrenado.

--¿Os llevais bien con la justicia? Ayer no mas, vuestro diario atacaba

con cínica acritud á un juez que, en un instante de mal humor, habia

maltratado á no sé que pícaro. ¿Cómo quereis que se respete al juez, si

no es infalible?

--La justicia, dijo Truth, es hecha para el acusado, y no el acusado para

la justicia.

--Que un subalterno, continué yo, salga de sus atribuciones, que por

casualidad olvide la ley, que detenga por inadvertencia á un inocente:

inmediatamente diez diarios aullarán contra la tirania; como perros que

ladran á la luna; incendiarán el pais por la causa del último de los

miserables, qué sé yo? por un mendigo, ó un ladron puesto preso sin que

las formas hayan sido observadas.

--Tendrán razon, dijo Truth; la libertad del último de los miserables

atañe á todos. Desde el momento en que se violen las formas legales,

desde el momento en que un ciudadano es injustamente agredido, todos

están amenazados. El que no comprenda esto no sabe lo que es la libertad.

--Pero, es que algunas veces es necesario cubrir la estátua de la ley y

salvar el pais á despecho de una falsa legalidad.

--Doctor, vos teneis una especie de inclinacion á Pilatos. El tambien

no se detuvo ante una falsa legalidad, le pareció mejor condenar á un

inocente que perder su puesto. Era un hombre habil; no sé por que el

mundo es tan severo con él.

--¿A dónde iriais? continué, cada vez mas irritado de la frialdad de

Truth. Doce ó quince diarios, hé ahí los dueños de la opinion y de la

república.

--Quince diarios, dijo Truth asombrado: ¿qué quereis decir con eso?

Tenemos trescientos; es poco para un millon seiscientas mil almas. Boston

tiene cien para menos de doscientos mil habitantes, es cierto que en

Boston, la ciudad puritana, se comprende la libertad y la civilizacion de

otra manera que en París.

--Trescientos diarios! esclamé, sorprendido por esta cifra formidable.

¿Entonces quién dirije y gobierna la opinion? El primer desconocido

puede, sin mision alguna, erijirse en profeta y lejislador; el primer

soñador puede decir lo que quiera é imponer sus opiniones á la multitud.

Qué atroz despotismo!

--Mi buen amigo, dijo Truth, bajando la voz para colocarme en un

diapason menos ruidoso, no comenceis de nuevo vuestras bromas: ellas

divierten á Humbug á mi me hacen daño. Allí donde todo el mundo puede

hablar, no hay ni _mision_, ni _profeta_, ni _primer desconocido_: hay

un derecho que pertenece á ciudadano, y de que todo ciudadano usa en

su interés particular ó en el interés jeneral. ¿En un pueblo libre,

quién se ha imajinado poder dirijir y gobernar la opinion? ¿Hay un solo

Yankee que no se haga él mismo su regla de conducta, y que no escoja

con conocimiento de causa su partido y su bandera? La prensa es un éco

que repite las ideas de todo el mundo, y nada mas. Esos innumerables

diarios no tienen sino un objeto, acumular los hechos, las noticias, las

ideas, multiplicar y esparcir la luz! Mientras mas hay, cada ciudadano

se encuentra en mejores circunstancias para leer, reflexionar, y juzgar

por sí mismo. Poner la verdad al alcance de todos, hé ahí nuestra

ambicion. El pretendido despotismo de los diarios no existe sino en

vuestra imajinacion. Cuando mas seria posible allí donde un gobierno mal

aconsejado y que hiciera del periodismo un monopolio contra si mismo, no

sufriese sino diez ó quince hojas, obligando asi á los partidos á aliarse

contra él, y cuando su naturaleza tiende á dispersarlos. Pero en América

donde hay ochocientos ó novecientos diarios, donde nacen nuevos todos los

dias, el número de los tiranos ha muerto la tirania.

--Sea; es un réjimen que Aristóteles no ha previsto: una democracia de

papel. En este pais bienaventurado, todo es gobierno, escepto el gobierno

mismo. Vosotros los periodistas [y aqui todo el mundo es periodista],

vosotros, sois mas que la Iglesia, mas que la Justicia, mas que el

Estado! ¿Qué sois pues?

--La respuesta es muy fácil, dijo Truth; somos la sociedad:

--Pero si la sociedad, si el pueblo gobierna, ¿quién será el gobernador?

--Doctor, respondió el periodista sonriendo, cuando andais por la calle,

quién es el conducido? Por amor á una palabra, necesitais muletas?

Cuando gobernais vuestras pasiones [lo que no siempre haceis], ¿quién

es el gobernado? Hay una edad madura para los pueblos como para los

individuos. Compadezco á la China envejeciéndose en una infancia eterna;

pero nosotros cristianos, nosotros ciudadanos de un gran país, nosotros

no somos un pueblo de idiotas y de privados: hace mucho tiempo que hemos

salido de la tutela, y que nosotros mismos hacemos nuestros negocios.

¿Qué es esa soberania del pueblo, que hace setenta años ponemos al

principio de nuestras constituciones, sino una declaracion de mayor edad?

--Las comparaciones no prueban nada, respondí secamente; lo que es cierto

respecto á un individuo, no lo es respecto á una nacion.

--Siempre palabras, doctor. Una nacion, es una coleccion de individuos.

Lo que es cierto respecto á diez, á veinte, á mil personas, es tambien

cierto respecto á un millon. ¿En qué cifra comienza pues la incapacidad?

--No, dije yo, no es cierto que una nacion sea una simple coleccion de

individuos; es cosa muy distinta.

--Es decir que el total de una adicion es cosa diferente de la suma de

todas las unidades?

--Error! esclamé fatigado de discutir con una intelijencia tan limitada.

Hay aquí una diferencia que salta á la vista. ¿Para desembarazarse de

los intereses particulares, cual es la palabra májica que invocan los

hombres de Estado? El interés jeneral. ¿Cuando se quiere anular derechos

y pretensiones que dañan al gobierno, qué se alega? Un interés superior,

el interés social. La utilidad pública, es la negacion de los derechos

individuales: tal es al menos la manera de raciocinar y de obrar en todo

país civilizado. Si bastase escuchar el deseo de la mayoría y sumar los

intereses y las voluntades, os pregunto lo que sería la política: un

oficio de almacenero, un papel al alcance del primer hombre honrado que

se presentára; os figurais á un César, un Richelieu, un Cromwell, un

Luis XIV, escuchando la voz del campecino, ó tomando el voto de algunos

millones de paisanos? ¿A qué quedarian reducidas las combinaciones, las

alianzas, las guerras, las conquistas, todos esos esplendores, todos

esos juegos de fortuna donde triunfan los héroes? Arrastrar una nacion

á la victoria y á la gloria, imponer á la masa popular ideas que no son

las suyas, hacerla servir á una ambicion y á proyectos que en nada le

importan,--hé ahí la obra del jénio! Hé ahí lo que aman los pueblos:

adoran á aquellos que los pisotean. Dejad esas pobres jentes entregadas

á sí mismas, sembrarán sus coles, sus anales serán de dos renglones,

como la moraleja de los cuentos de hadas: _Vivieron mucho tiempo, fueron

felices, y tuvieron muchos hijos_. ¿Qué seria la historia con ese bello

sistema? ¿Y de retórica qué les enseñarian á nuestros hijos?

Yo estaba elocuente, lo sentía. Truth confundido me miraba con un aire

singular.

--Doctor, me dijo, yo no amo los sofismas: pero de todos esos juegos

de injenio no hay ninguno que me sea mas odioso que las paradojas de

otros tiempos, mentiras muertas hace mucho. Me hacen el efecto de una

vieja cortesana que ha olvidado de hacerse enterrar, y que pasea entre

la juventud disgustada, sus afeites, sus falsos cabellos y sus arrugas.

Washington ha enseñado al mundo lo que es un hombre honrado gobernando

á un pueblo libre; la prueba está hecha; el siglo del egoismo político

ha pasado, ahora no hay lugar sinó para la abnegacion. El que esto no

comprenda, el que no escuche la voz de las jeneraciones nuevas, el que no

sienta que la industria, la paz y la libertad son las reinas del mundo

moderno, ese no es sinó un soñador y un insensato. No es á la gloria á

donde camina,--es al ridículo.

--Acabemos de una vez, señor, esclamé levantándome, y apesar mio, llevé

la mano á la empuñadura de mi espada ausente. Si hubiese tenido mi

uniforme de cirujano de la Guardia Nacional, habria obligado á aquel

insolente á empuñar su acero: haciéndole morder el polvo le habria

probado sin réplica que la América no entiende jota de civilizacion, y

que un francés nunca deja de tener razon.

Paris en América · 第 32 / 109 题