Donde se le dice su merecido á la verdad.
Cuando la crisis hubo pasado, y el enfermo recobró aliento, Humbug apoyó
ambos codos sobre la mesa, y con una voz que trató de hacer alegre, sin
conseguirlo:
--Mi querido Truth, dijo no resistais por mas tiempo á vuestra
verdadera vocacion; haceos pastor. Los vicios son de buena pasta; se
dejan maltratar sin decir palabra. Todos los domingos se les fustiga
vigorosamente sobre los hombros del prójimo, despues de lo cual se
almuerza en paz y se come lo mismo. Pero esos bípedos que se creen
hombres por que caminan en dos pies, esos lobos con sombrero redondo,
esos zorros con lentes, esos monos encorbatados, esos ganzos con levita
negra, á esos es necesario mirarlos de cerca para reir de su crueldad, de
su avaricia, de su cobardia, de su estupidez. El que los toma á lo serio,
muere con el corazon despedazado.
--Hé aquí á mi sucesor, dijo Truth tomándome de la mano: el doctor será
un buen asociado para vos.
--El doctor! respondió Humbug, es imposible: si tiene traza de cervatillo!
--¿Cual es pues, esclamé, la especie de bestia que produce los
periodistas?
--Para ser un buen periodista, dijo Humbug con gravedad cómica, se
necesita la cara de un perro, el olfato de un perro, la impudencia de
un perro, el valor de un perro y la fidelidad de un perro. La cara de
perro para intimidar á los picaros: el olfato del perro para sentirlos de
lejos, la impudencia del perro para ladrar tras de ellos apesar de sus
gestos y sus amenazas: el valor del perro para saltarles á la garganta:
la fidelidad del perro para irse, detenerse y volver al primer llamado de
la verdad.
--Señor director de los avisos, dijo yo con impaciencia, no suponia que
tuvieseis por la verdad una pasion tan viva y tan desinteresada.
--¿Porqué no, sabio Esculapio? respondió en tono chocarrero. ¿Creeis
que no sé que dos y dos son cuatro? ¿Qué es lo que hace el precio de los
avisos? El número de lectores. ¿Qué es lo que trae lectores? La opinion.
¿Engañando acaso á la opinion se la gana? La verdad es el cuerpo del
diario; los anuncios no son sino la crinolina, ridículo traje, provisto
por la mentira y la vanidad. _Desinit in piscem mulier formosa superné._
¿Quien tiene la culpa? El espíritu y el buen gusto del público.
--Señor, le dije haciendo dar vueltas la tabaquera en mis manos para
apoyar mis palabras, toda verdad no es bueno decirla. Hay algunas que
turban y desgarran la sociedad.
--Si, querido doctor; la verdad es revolucionaria.
--Al fin, esclamé, lo confesais!
--Sin duda. Ved la Reforma. ¿A qué precio ha libertado la conciencia?
--Eso es, dije yo, golpeando con mi baston, eso es!
--Y el Evanjelio, respondió Humbug. Qué trastorno! Una civilizacion
destruida, Jupiter destronado, los Césares despreciados y derribados.
Cuán conveniente hubiese sido que ahogasen en su orijen á esta verdad que
mataba un mundo y engendraba uno nuevo! Eh! bien, querido Hipócrates ¿no
decis nada? ¿Y la Revolucion Francesa?
--Señor, esclamé, no toquemos las cosas sagradas. La resistencia de los
privilejios fué la que hizo todo el mal. Confesad que hay verdades que
asustan.
--Si, como la luz intimida á los ladrones.
--Hay algunas que son odiosas, para quien las escucha.
--Sí, cuando se perturba la embriaguez, ó se recuerdan los remordimientos.
--Hay algunas que son peligrosas para los que las dicen.
--Sí, cuando tienen un corazon de esclavo ó de lacayo. Di la espalda á
aquel sofista desvergonzado que no temia atacar sabias preocupaciones y
sacudir la almohada en que el mundo duerme en paz hace dos mil años. Me
dirijí á Truth, que habia vuelto á empezar sus recortes y que parecia no
escucharnos.
--¿En qué pensais, querido enfermo? le dije; nuestra conversacion os
fatiga quizá.
--Doctor, respondió sonriendo, perdonad la impertinencia de mi fantasia,
pensaba en Pilatos. Escuchaba á este grave administrador decirle á
Cristo: _¿Qué es la verdad?_ y salir sin esperar la respuesta. En tiempo
de Tiberio César, habriais sido un excelente gobernador de Judea.
--Qué! agregó animándose, no sentis que para nosotros los hombres, la
verdad es la vida, y que la mentira es la muerte? Buscad á vuestro
alrededor paises prósperos, ilustrados, honrados, caritativos: ¿no
son aquellos donde cada cual puede decir la verdad, toda la verdad,
sin escepcion de personas, sin respeto á las preocupaciones, á los
privilejios, á los abusos? Buscad los paises miserables, ignorantes, sin
moralidad; ¿no son aquellos donde reina la mentira oficial bajo todas
las formas? Contemplad la grandeza de la Inglaterra, el crecimiento de
la América, la fortuna naciente de Australia. ¿Cual es la fuerza que en
ochenta años ha levantado á nuestros Estados-Unidos de tres millones
á treinta y un millones de habitantes? No os engañeis: es la verdad.
Dejad á los políticos hacer armazones de sistemas y combinar formas de
gobierno; ved cuales son las instituciones vivas de los pueblos libres.
Escuelas, asociaciones, tribuna, prensa, ¿qué es todo esto, sino otros
tantos instrumentos con el objeto de propagar la verdad y captarse todos
los corazones? Contad los diarios de un pueblo y tendreis su rango en la
escala de la civilizacion: es un termómetro que nunca engaña. ¿Porqué?
Es que la verdad no es, en otros términos, sino la ley que gobierna el
mundo moral: es que hay relaciones naturales entre los hombres, como las
hay entre las cosas. Reconocer y respetar esas relaciones, es reconocer y
respetar la verdad, ó mejor dicho, á Dios mismo, presente en el mundo por
su voluntad todo poderosa.
--Querido señor Truth, respondí, un poco conmovido por este flujo de
palabras, Humbug tiene razon: habeis nacido para predicar. Pero la
esperiencia me ha enseñado hace mucho tiempo que la práctica es lo
contrario de la teoria. ¡Cuántas verdades admirables de lejos, se
desvanecen en la prueba! Todos los dias oigo repetir que los hombres son
hermanos, que la mujer es la igual del hombre, que los gobiernos son
hechos para los pueblos........
--¿Y dudais?--dijo Truth.
--No, no dudo _teóricamente_; pero tratad de poner en práctica esas
bellas máximas: ¿á donde iriamos á parar?
--Al reino del Evangelio, respondió el periodista con singular gravedad.
Si teneis un ideal mas noble, decidlo: si no teneis nada que poner, en su
lugar, no desempeñeis el triste papel de Mefistófeles. La humanidad tiene
la necesidad de creer y de esperar.
--Pero doctor encantador, que no creis en la teoria, esclamó Humbug con
risa impertinente, ¿cuando hablais, sabeis lo que decis? ¿cuando dais un
remedio á vuestros enfermos, sabeis lo que haceis?.... No os incomodeis;
si lo sabeis, haceis teoria apesar vuestro; si no lo sabeis ¿qué razon
teneis para estar tan orgulloso de no raciocinar?
Hundíme en el sillon, crucé las piernas y los brazos y mirando á Humbug
en pleno rostro:
--Señor, le dije, escuchadme sériamente, si sois capaz de algo serio.
En teoria, lo diré una vez mas, amo la verdad, la amo tanto como podeis
amarla vos; pero la prensa no es la verdad. Hay en ella una mezcla de
pasiones, de injurias, de mentiras que sublevan todo corazon delicado.
La salvaje libertad que reina en este pais no es de mi gusto. He
refleccionado largo tiempo á este respecto, y os diré, si os dignais
comprenderme, como se puede organizar la prensa, administrar sabiamente
la verdad, abolir la licencia del mal, y no dejar sino la libertad del
bien.
--Impedid á los perros que ladren, esclamó Humbug echándose á reir, y
está hallada la cuadratura del círculo.
--Supongo, continué sin responder á esta patochada, supongo un gobierno
ilustrado, moral, paternal, que no piensa sino en el bien de sus súbditos.
--Doctor, eso es teoria!
--No señor, es observacion. En este gobierno hay ministros
inteligentes........
--Comprendo, dijo el insoportable bromista, ministros ilustrados,
morales, paternales, y que no piensan sino en el bien de sus
administrados.
--Si, señor, y estos ministros tienen bajo sus órdenes millones de
agentes........
--Todos ilustrados, morales, paternales etc., en una palabra, una lejion
de ánjeles con frac negro.
--En nombre del cielo, Humbug, callaos, esclamó Truth. Dejadlo concluir
su cuento de hadas; me parece oir á un Francés que se imajina raciocinar
porque enfila paradojas y surce palabras.
--Señor Truth, respondí secamente, la razon y la esperiencia hablan por
mi boca; escuchadme. En manos de este gobierno, que todo lo sabe, que
todo lo vé, que todo lo entiende, que no tiene ni preocupaciones, ni
pasiones, en esas manos es, decia, en las que pongo el depósito de la
verdad; no quiero por esto darle el monopolio, soy amigo de la libertad,
pero reglamentada, limitada y moralizada! Reduciria el número de los
impresores, de modo de hacer de la tipografia una censura prudente y
discreta, un sacerdocio conservador; en seguida, limitaria el número
de los diarios, de modo de constituir un pequeño número de tribunas,
verdaderas cátedras de donde no se dejaria hablar sino á la decencia
y á la moderacion. Habria periodistas como hay sacerdotes, es decir,
ministros de la verdad que recibirian del gobierno su investidura y su
símbolo. Si, apesar de la sabia direccion del Estado, algun gacetillero
insolente, olvidando la gravedad de sus deberes, faltase al respeto que
debe á la autoridad, personificacion de la justicia y de la verdad,
entonces no recurriria al juri, que tiene la mano pesada y deja deslizar
entre sus dedos mas de una inocencia dudosa; es á la administracion,
siempre paternal y protectora, á quien yo dejaria la santa mision
de confundir la mentira, en caso de necesidad, de contenerla antes
que aparezca--Es á la administracion, siempre prudente, ilustrada,
desinteresada, y que sabe mejor que nadie, lo que la conviene y lo
que la daña, es la administracion la que herirá á la audacia y la
ignorancia; ella ahogará la oposicion naciente como Hércules en la cuna
ahogó las serpientes. Gracias á esta higiene ingeniosa, los diarios
serán un alimento inocente, un remedio en vez de un veneno. La prensa
será una antorcha en manos del gobierno: no se temerá ya el incendio.
Se prepararán preocupaciones útiles, errores saludables; se sujetará la
verdad á las necesidades del Estado á la fuerza de las poblaciones; y si
alguna nueva doctrina aparece en el estranjero, se esperará á que haga
fortuna en el pais de su orijen, antes de molestar á almas tranquilas y
que no aspiran sino al reposo. Hé ahí mi teoria: señor Humbug ¿qué decis
de ella?
_D--d rascal!_ esclamó descargándome sobre el hombro un puñetazo, capaz
de descornar á un buey. ¡Cuán feliz es uno con tener injenio, siempre se
tiene una bestialidad á mano que decir! Con su aire solemne, he visto el
momento en que este socarron mistificaba á un viejo Yankee como yo.
--Señor Humbug, le dije frotándome el hombro, esos argumentos groseros no
son de mi gusto. Pegar no es responder!
--Estrangular tampoco! gritó el periodista riendo. Continuad, doctor;
sois mas entretenido de los que pensais! _Verba placent et vox_. Pero,
adios: ha llegado la hora de hacer el diario; tiempo es dinero--me
arruinais!
Una vez solo con M. Truth, le pregunté, si no estaba sorprendido como yo
de lo que habia de profundo en el sistema que le exponia; si podía poner
en términos de comparacion á la turbulencia y al desorden de la prensa
americana con ese mecanismo compacto que debia en poco tiempo embridar al
pueblo mas ardiente del mundo, y darle la habitud de la moderacion y el
gusto de una inocente libertad.
--Doctor, dijo con dulzura, soy del parecer de Humbug: os reis de nuestra
simplicidad. Esa doctrina, que nos presentais como una invencion nueva,
hace mucho tiempo que la conozco. Es el dogma de la inquisicion: la
verdad hecha cosa oficial, _instrumentum regni_, y monopolizada por
la Iglesia y el Estado. Hace tres siglos que Lutero ha soplado esas
peligrosas quimeras y repuesto á cada cristiano en posesion de su
conciencia y de su derecho. En los primeros dias del mundo la verdad
salió de la caja de Pandora, con tantos otros bienes, que son otros
tantos males en manos inespertas; buscar la verdad, es la obra de
todos,--apoderarse de ella, no pertenece á nadie. No os pagueis de
palabras: Gobierno, ministros, funcionarios, qué es todo esto, sinó
hombres que no son ni mas infalibles ni mas sábios que nosotros? Hacer
de ellos los dispensadores de la verdad, es un sueño. La verdad es de
todo el mundo, como el aire y la luz; lo único posible es ahogarla, no
impedir que los hombres piensen, sino que hablen. ¿Quién se aprovechará
de tan detestable invencion? ¿La autoridad? Será la primera víctima. Se
la engañará sin cesar; bastará un puñado de intrigantes para seducir
al majistrado mas honrado y comprometerlo en las mas locas aventuras.
¿No veis, por otra parte, que dais á vuestro gobierno todo el poder de
hacer mal, con tal que tenga el cuidado de raciocinar mal? ¿Ganarán con
ello los ciudadanos? Desde el momento en que la cosa pública no les
pertenezca, les quitais lo que hay de mas noble, de mas bello, de mas
grande en la vida: el amor á la patria, la pasion de la libertad. Quitad
la ajitacion de la tribuna y de los diarios, y la sociedad no será sino
una agua mansa de donde saldrán la corrupcion y la muerte. ¿Asegurareis,
por lo menos, la prosperidad material, único incentivo de la multitud?
Muy al contrario: la riqueza es el fruto de la libertad. No hay
seguridad, ni rentas, ni comercio, ni industria, sino en los paises donde
pululan esos diarios cuya voz os importuna. El silencio es el triunfo
de los nécios, la noche no es el reino de las jentes honradas; dejadnos
la luz, el ruido y la vida. Recordad que en Roma tambien se gritaba
contra la charlatanería de los tribunos; que un dia Syla los hizo callar,
con gran placer de los utopistas, y que, desde entonces comenzó una
decadencia, de la que el mismo cristianismo no pudo levantar al universo.
--Permitidme, respondí, admirado del curso que tomaba la discusion; no
pretendo haber encontrado la piedra filosofal en política. Todo sistema
tiene sus abusos; es una cuestion de proporcion. Confesad que el lenguaje
de vuestros diarios es espantoso, y que no hay mal mas horroroso que su
licencia desenfrenada.
--Doctor, vos sabeis lo que dice el Evanjelio; _Es en el fruto en lo que
los conocereis_. Encontradme un pais donde haya mas luces, mas caridad,
mas prosperidad material que en América.
--No veo sino escándalo por todas partes, respondí. Los fundamentos
mismos de la sociedad se hunden en esa arena movediza que llamais la
democracia. ¿Qué es lo que respetais? ¿La relijion? Eh bien! que un
pastor falte á su deber, que su conducta sea lijera, en el acto veinte
periodistas se echarán á reir, como el indigno hijo de Noé, en vez de
ocultar á todos las miradas una debilidad cuya deshonra repercute sobre
la Iglesia.
--La verguenza, dijo Truth, es para la Iglesia que patrocina la causa
del culpable, no para la Iglesia que arroja de su seno á un miembro
gangrenado.
--¿Os llevais bien con la justicia? Ayer no mas, vuestro diario atacaba
con cínica acritud á un juez que, en un instante de mal humor, habia
maltratado á no sé que pícaro. ¿Cómo quereis que se respete al juez, si
no es infalible?
--La justicia, dijo Truth, es hecha para el acusado, y no el acusado para
la justicia.
--Que un subalterno, continué yo, salga de sus atribuciones, que por
casualidad olvide la ley, que detenga por inadvertencia á un inocente:
inmediatamente diez diarios aullarán contra la tirania; como perros que
ladran á la luna; incendiarán el pais por la causa del último de los
miserables, qué sé yo? por un mendigo, ó un ladron puesto preso sin que
las formas hayan sido observadas.
--Tendrán razon, dijo Truth; la libertad del último de los miserables
atañe á todos. Desde el momento en que se violen las formas legales,
desde el momento en que un ciudadano es injustamente agredido, todos
están amenazados. El que no comprenda esto no sabe lo que es la libertad.
--Pero, es que algunas veces es necesario cubrir la estátua de la ley y
salvar el pais á despecho de una falsa legalidad.
--Doctor, vos teneis una especie de inclinacion á Pilatos. El tambien
no se detuvo ante una falsa legalidad, le pareció mejor condenar á un
inocente que perder su puesto. Era un hombre habil; no sé por que el
mundo es tan severo con él.
--¿A dónde iriais? continué, cada vez mas irritado de la frialdad de
Truth. Doce ó quince diarios, hé ahí los dueños de la opinion y de la
república.
--Quince diarios, dijo Truth asombrado: ¿qué quereis decir con eso?
Tenemos trescientos; es poco para un millon seiscientas mil almas. Boston
tiene cien para menos de doscientos mil habitantes, es cierto que en
Boston, la ciudad puritana, se comprende la libertad y la civilizacion de
otra manera que en París.
--Trescientos diarios! esclamé, sorprendido por esta cifra formidable.
¿Entonces quién dirije y gobierna la opinion? El primer desconocido
puede, sin mision alguna, erijirse en profeta y lejislador; el primer
soñador puede decir lo que quiera é imponer sus opiniones á la multitud.
Qué atroz despotismo!
--Mi buen amigo, dijo Truth, bajando la voz para colocarme en un
diapason menos ruidoso, no comenceis de nuevo vuestras bromas: ellas
divierten á Humbug á mi me hacen daño. Allí donde todo el mundo puede
hablar, no hay ni _mision_, ni _profeta_, ni _primer desconocido_: hay
un derecho que pertenece á ciudadano, y de que todo ciudadano usa en
su interés particular ó en el interés jeneral. ¿En un pueblo libre,
quién se ha imajinado poder dirijir y gobernar la opinion? ¿Hay un solo
Yankee que no se haga él mismo su regla de conducta, y que no escoja
con conocimiento de causa su partido y su bandera? La prensa es un éco
que repite las ideas de todo el mundo, y nada mas. Esos innumerables
diarios no tienen sino un objeto, acumular los hechos, las noticias, las
ideas, multiplicar y esparcir la luz! Mientras mas hay, cada ciudadano
se encuentra en mejores circunstancias para leer, reflexionar, y juzgar
por sí mismo. Poner la verdad al alcance de todos, hé ahí nuestra
ambicion. El pretendido despotismo de los diarios no existe sino en
vuestra imajinacion. Cuando mas seria posible allí donde un gobierno mal
aconsejado y que hiciera del periodismo un monopolio contra si mismo, no
sufriese sino diez ó quince hojas, obligando asi á los partidos á aliarse
contra él, y cuando su naturaleza tiende á dispersarlos. Pero en América
donde hay ochocientos ó novecientos diarios, donde nacen nuevos todos los
dias, el número de los tiranos ha muerto la tirania.
--Sea; es un réjimen que Aristóteles no ha previsto: una democracia de
papel. En este pais bienaventurado, todo es gobierno, escepto el gobierno
mismo. Vosotros los periodistas [y aqui todo el mundo es periodista],
vosotros, sois mas que la Iglesia, mas que la Justicia, mas que el
Estado! ¿Qué sois pues?
--La respuesta es muy fácil, dijo Truth; somos la sociedad:
--Pero si la sociedad, si el pueblo gobierna, ¿quién será el gobernador?
--Doctor, respondió el periodista sonriendo, cuando andais por la calle,
quién es el conducido? Por amor á una palabra, necesitais muletas?
Cuando gobernais vuestras pasiones [lo que no siempre haceis], ¿quién
es el gobernado? Hay una edad madura para los pueblos como para los
individuos. Compadezco á la China envejeciéndose en una infancia eterna;
pero nosotros cristianos, nosotros ciudadanos de un gran país, nosotros
no somos un pueblo de idiotas y de privados: hace mucho tiempo que hemos
salido de la tutela, y que nosotros mismos hacemos nuestros negocios.
¿Qué es esa soberania del pueblo, que hace setenta años ponemos al
principio de nuestras constituciones, sino una declaracion de mayor edad?
--Las comparaciones no prueban nada, respondí secamente; lo que es cierto
respecto á un individuo, no lo es respecto á una nacion.
--Siempre palabras, doctor. Una nacion, es una coleccion de individuos.
Lo que es cierto respecto á diez, á veinte, á mil personas, es tambien
cierto respecto á un millon. ¿En qué cifra comienza pues la incapacidad?
--No, dije yo, no es cierto que una nacion sea una simple coleccion de
individuos; es cosa muy distinta.
--Es decir que el total de una adicion es cosa diferente de la suma de
todas las unidades?
--Error! esclamé fatigado de discutir con una intelijencia tan limitada.
Hay aquí una diferencia que salta á la vista. ¿Para desembarazarse de
los intereses particulares, cual es la palabra májica que invocan los
hombres de Estado? El interés jeneral. ¿Cuando se quiere anular derechos
y pretensiones que dañan al gobierno, qué se alega? Un interés superior,
el interés social. La utilidad pública, es la negacion de los derechos
individuales: tal es al menos la manera de raciocinar y de obrar en todo
país civilizado. Si bastase escuchar el deseo de la mayoría y sumar los
intereses y las voluntades, os pregunto lo que sería la política: un
oficio de almacenero, un papel al alcance del primer hombre honrado que
se presentára; os figurais á un César, un Richelieu, un Cromwell, un
Luis XIV, escuchando la voz del campecino, ó tomando el voto de algunos
millones de paisanos? ¿A qué quedarian reducidas las combinaciones, las
alianzas, las guerras, las conquistas, todos esos esplendores, todos
esos juegos de fortuna donde triunfan los héroes? Arrastrar una nacion
á la victoria y á la gloria, imponer á la masa popular ideas que no son
las suyas, hacerla servir á una ambicion y á proyectos que en nada le
importan,--hé ahí la obra del jénio! Hé ahí lo que aman los pueblos:
adoran á aquellos que los pisotean. Dejad esas pobres jentes entregadas
á sí mismas, sembrarán sus coles, sus anales serán de dos renglones,
como la moraleja de los cuentos de hadas: _Vivieron mucho tiempo, fueron
felices, y tuvieron muchos hijos_. ¿Qué seria la historia con ese bello
sistema? ¿Y de retórica qué les enseñarian á nuestros hijos?
Yo estaba elocuente, lo sentía. Truth confundido me miraba con un aire
singular.
--Doctor, me dijo, yo no amo los sofismas: pero de todos esos juegos
de injenio no hay ninguno que me sea mas odioso que las paradojas de
otros tiempos, mentiras muertas hace mucho. Me hacen el efecto de una
vieja cortesana que ha olvidado de hacerse enterrar, y que pasea entre
la juventud disgustada, sus afeites, sus falsos cabellos y sus arrugas.
Washington ha enseñado al mundo lo que es un hombre honrado gobernando
á un pueblo libre; la prueba está hecha; el siglo del egoismo político
ha pasado, ahora no hay lugar sinó para la abnegacion. El que esto no
comprenda, el que no escuche la voz de las jeneraciones nuevas, el que no
sienta que la industria, la paz y la libertad son las reinas del mundo
moderno, ese no es sinó un soñador y un insensato. No es á la gloria á
donde camina,--es al ridículo.
--Acabemos de una vez, señor, esclamé levantándome, y apesar mio, llevé
la mano á la empuñadura de mi espada ausente. Si hubiese tenido mi
uniforme de cirujano de la Guardia Nacional, habria obligado á aquel
insolente á empuñar su acero: haciéndole morder el polvo le habria
probado sin réplica que la América no entiende jota de civilizacion, y
que un francés nunca deja de tener razon.